Voces ensortijadas 148. La silla y yo. María Gabriela López Suárez

La silla y yo

Por Maria Gabriela López Suárez

Después del desayuno en casa, la familia de Sabina se levantó de la mesa y se fueron a realizar las actividades que cada integrante tenía en el fin de semana. Sabina era la encargada de lavar los trastes ese día. Se quedó un rato más sentada. Le apetecía un postre. Degustó una naranja, saboreando gajo por gajo la dulce y jugosa fruta. De pronto volteó su mirada hacia el lado derecho y observó con atención una de las sillas del comedor, la sombra se reflejaba en una pared creando una bella fusión con el color que tenía, caoba.

La luz del sol que entraba por la ventana de la sala llegaba hasta el comedor e iluminaba perfectamente a la silla. Esa mañana la luz tenía un color muy especial, un tono ámbar. Sabina no despegaba la mirada de ese mueble que había acompañado el comedor familiar desde que ella tenía uso de razón. Sentía una especie de atracción hacia ella en ese momento, como si en la atmósfera solo se encontraran ambas en ese instante.

El estilo de la silla era muy sencillo, eso le daba también un toque interesante. Recordó cómo su abuelita solía mencionar que los muebles del comedor eran de caoba, una madera preciosa y que los muebles hechos con ese material eran muy duraderos. He ahí la prueba.

Los reflejos de la silla sobre la pared dibujaban las líneas horizontales del respaldo. Ese detalle hizo que  la mente de Sabina viajara en el tiempo, vinieron los recuerdos de todas las personas en su familia que se habían sentado ahí, las que permanecían y las que habían trascendido; amistades, gente conocida e invitados a algunas celebraciones.

—Si la silla hablara, la de historias que podría contar, desde las más alegres hasta las más nostálgicas, no solo de la familia sino desde que fue tallada y su proceso antes de llegar a casa. Y a mí me gustaría  conocer sus vivencias, tener un diálogo entre la silla y yo, —dijo en voz alta.

Terminó de masticar el último gajo de naranja, se sentía muy relajada. Jamás había pasado por su cabeza que una de las sillas que había en casa le causara tal atracción.

—Estoy segura que si mi hermana Azucena me viera en este momento atenta sobre la silla, diría que me estoy resistiendo a lavar los trastes —pensó Sabina, al tiempo que sonreía.

Justo en ese momento se escuchó la voz de Azucena:

—¿Ya terminaste tu tarea Sabina? 

—¡En eso estoy! —respondió Sabina, mientras decía para sí:— Se acabó el encanto.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 34. Arriaga, la de los grandes brazaletes de plata. Roger Octavio Gómez

Arriaga, la de los grandes brazaletes de plata
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…pero sobre todo tú la de los ojos más bellos

en toda la extensión de la ciudad

ahora estás dormida

en los brazos del pobre solitario…

Roque Daltón en «Ya ves como»

Aquella tarde en que llegaste a mi isla y descubriste que yo soñaba con pueblos justos, debiste alejarte de mí. Quizá hacerlo cuando te llamó la atención mi rostro adusto que sometía las expresiones de alegría contra la dureza de la cara ante los discursos vacíos. No distinguiste lo extraño porque no te enseñaron cómo. Tu curiosidad de gato. Hubieras corrido cuando me sorprendiste embelesado con tu risa. 
          Habiendo gente normal, príncipes, ingenieros dedicados, políticos exitosos; te fijaste en mí, el capitán del barco aquel cuyo timón estaba roto. El elegante náufrago. El Robinson Crusoe atónito ante la huella que una sonrisa había plasmado en las arenas solitarias de la playa. 
          Soltaste las amarras con que los Lilitputienses me habían atado. Te convertiste en balsa, vela, viento y ancla. Escondiste la isla aquella en mi equipaje y me deje guiar hasta tu continente. Y me presentaste a tus amigos como "el salvaje que aprendió a ser naturalmente doméstico". Exploramos juntos las calles trazadas por los urbanistas, me enseñaste las costumbres de los colonos, las camas mullidas, los viajes con guías de turista. Todo eso en abundancia, tu sonrisa bastaba. 
           Algo tienen los dioses contra los héroes, te dije. Los cuidan y los forjan para lanzarlos al mar o les ponen monstruos en los senderos. Ellos me cuidan, te confesé. Te lo dije con miedo. Acariciaste mi frente y me enseñaste a construir castillos.

Fue al caer la tarde, observábamos las olas azotar las rocas del reventadero. Tú fuiste a cortar una flor de abismo, no viste que ellos acudieron y me mostraron la isla que habíamos escondido en la maleta. La mostraron como si fuera un mapa o una sentencia. Un trueno seco. El vértigo y el aullido aquel que me empuja hacia adelante, me empujaron. Y te grité que sonrieras, pero tu sonrisa estaba distraída. El fragor del océano apagaba mi garganta. No escuchaste. 
          En sueños rememoro: Caigo, surjo. El mar me devora. Sonríe, suplico. 

Tu sonrisa bastaba. 
          Y es que nací siendo héroe. De la estirpe de los héroes aquellos que no tienen quimera, ni sagas épicas, sólo fantasmas y sueños.
          En sueños lo recuerdo: La corriente hacia mar adentro es fuerte. Ya no eres vela, ancla ni timón. Una luz se aleja. Dulcinea de los Acantilados. La de los brazaletes de plata cortando una flor de abismo. Eres un faro.

Despierto en una playa. Reconozco las arenas. A lo lejos el fragor de una batalla. Los dioses me cuidan. No estás. No quiero convencerme: No estás. 
         Y pienso en los castillos que dejamos inconclusos. En que me esperarás un rato, quizá te digas que he aprendido por fin el arte de las bromas. Me buscarás por las calles. A la madrugada pondrás mi foto en hojas de papel donde anotarás mis generales: ojos de asombro, cejas pobladas, cara de susto, responde al nombre de… ¿Qué nombre pondrás si nunca me pusiste uno? A lo mejor agregues que sufro de mis facultades sociales y que la música de plástico me afecta la garganta. Y la familia real cantará en coro la vieja copla: “te lo dije”. Tratarán de convencerte que me escapé, que no era bueno andarme sin correa, te contarán la historia de la tía solterona, la de la abandonada con muchos hijos, la de la que se fugó con aquel poeta o la que huyó con el domador de potros. Y te harán llorar. No quiero que llores, porque tú no naciste para eso… tú… por mí… si tu sonrisa me bastaba…
          Tú que alumbras allá, cómo pienso en cada noche que dormiste en mis brazos. Tú quien fuiste educada para que se rindieran a tus pies los príncipes, los Atridas, la gente normal o los ingenieros dedicados a la ingeniería. Hubieras corrido cuando me sorprendiste embelesado con tu risa.
 

***

[El nombre de Arriaga que puse al título de esta columna es en dedicatoria a Sinar Corzo, activista chiapaneco quien murió asesinado en la ciudad de Arriaga, Chiapas, México; su pueblo, frente a su casa, en enero de 2019.  
         Moneda común en mi país; antier, entonces y ahora; las voces que denuncian o incomodan son denostadas, perseguidas o segadas mientras los perpetradores de esto último se cubren con un manto llamado impunidad.] 
Ilustración: Adriana GR.

Nota rimada. 15. Nubes de tormenta. Maclovio Fernández

Nubes de tormenta
Por Maclovio Fernández



Nubes de tormenta se avecinan para la 4ta Transformación.

Según se ve en entrevista
que a Don Ricardo Monreal
le hacen medios por igual
nada pareja es la pista.

De ahí el peligro proviene
de un descarrilamiento:
no se arregla el “pavimento”
porque así al patrón conviene.

La carrera principal
tiene los dados cargados
como en los tiempos pasados
del dedo presidencial

Cuando la cosa es injusta
además de indignación,
siendo cosa que disgusta
puede causar rebelión.

Maclovio Fernández

Foto: Pexels

Polvo del camino. 148. Viene de lejos para decir algo. Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído/ 11
Viene de lejos para decir algo

Héctor Cortés Mandujano

¿A qué le llaman distancia?

Eso me habrán de explicar:

Sólo están lejos las cosas

que no sabemos mirar. […]

Si el mundo está dentro de uno,

afuera pa’ qué mirar

Atahualpa Yupanqui, en «A qué le llaman distancia»

No sabía qué tenía tanto en común con el cantor argentino Atahualpa Yupanqui (1908-1992): se llamaba Héctor (Héctor Roberto Chavero), como me llamo yo; nació en el campo, como yo; fue a la escuela a caballo, como yo; su padre domaba potros, como el mío…
	Veo su entrevista en A fondo (en Youtube), del 27 de septiembre de 1977, el mítico programa conducido por Joaquín Soler Serrano. Y allí también explica cosas sobre los caballos: no es lo mismo domar un equino para una señora gorda, que para un niño, que para un vaquero, etcétera, y eso lo saben los domadores, lo preguntan antes de empezar la doma. Me pareció el hombre incluso simpático, sonriente, pese a que en sus canciones siempre se le ve triste, reconcentrado, nostálgico.
	Dice mi tocayo que en su tiempo había 72 millones de vacas pastando en la pampa, “con una hierba tan alta que apenas se veían los pitones de las vacas […] Y donde hay vacas tiene que haber quien las cuide, y a caballo, y allí viene el gaucho. Gaucho viene de gauderio: ‘cuidador de ganado’ ”.
	Los gauchos, cuenta Atahualpa, cantan por la noche, después de trabajar todo el día, con la guitarra desgastada y vieja que cargan; a veces lo que quieren es contar algo íntimo, de su sangre, a un par de amigos (los demás lo entienden y se van; saben que no es audición, es confidencia). Dicen que una vez preguntaron a Justino Leyva, un gaucho, qué era un amigo y él respondió: “Un amigo es uno mismo, pero con otro cuero”.
	De adolescente salió del campo y en Tucumán conoció -aparte del violín y la guitarra, que practicó desde niño- el arpa, la flauta y, entre otros, el sonido del bombo; dice que la tradición define este sonido con una de esas mentiras que inventan los hombres y que suenan a poesía antigua: “El bombo no hace más que imitar la respiración jadeante de la tierra cansada de dar frutos”.
	Su padre, dice, peón de trenes, era “pobre con libro”, un poco el poeta de la aldea. A los catorce años Héctor Roberto empezó a escribir como Yupanqui; su padre, sus tíos, su abuelo, hablaban quechua, lenguaje de indios, aunque ellos no lo eran y Yupanqui es, en quechua, “has de contar, narrarás”. Le agregó después Atahualpa (Ata, viene; hu, lejos; alpa, tierra): “Viene de lejos para decir algo”.
	Cuando empezó dice que decían de él, desdeñosamente: “Pero cómo, si es el negrito de la vuelta de casa”. Escribió varios libros: Piedra sola, El canto del viento, El payador perseguido, Cerro Bayo, Aires indios… y grabó y le grabaron muchísimos discos, muchísimas canciones, se volvió una leyenda.
	Fue a París y estaba en casa del poeta Paul Eluard; un día le dijo que vendría alguien para quien quería que tocara su guitarra y cantara. Era Edith Piaf. Ella contrató el teatro para cuatro conciertos y lo puso en el programa. La enorme y genial cantó la primera parte (como si fuera la menos importante) y le cedió la segunda a él, un desconocido total: “Extraordinario honor, que no podré pagar jamás”. Se le abrieron las puertas y a partir de esa presentación con la Piaf dio 60 conciertos más y se volvió famoso. Le ofrecieron grabar de inmediato.
         Se quedó a vivir en París y eso se lo criticaron mucho sus coterráneos. Él dice: “No tengo nostalgia por mi país. Cuando me hace un ruidito dentro mío mi tierra, cojo la guitarra y está el paisaje conmigo: Tengo la pampa, tengo la selva, tengo la montaña”: ¿A qué le llaman distancia?

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración de Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Cajón de rubores. 30. Crónicas 6. Antonio Florido

Crónicas (6)
La pesadilla
Por Antonio Florido


El Presidente tomó la botella de chivas y se acomodó, solo, en el sofá de carmín. Destapó, inclinó y comenzó a tragar sin pensar en nada. El desprecio hacia sí mismo le fue subiendo, y un trago sucedió a otro, y así…. Intentaba destrozar la memoria de su vida, los esfuerzos en balde, apagar esas palabras que martillaban en sus oídos. Imaginadas o ciertas, eran voces clarividentes. 
          El General escuchaba los consejos y opiniones de sus correligionarios. Llegó a dudar en algún momento, pero calló. Prefería la prudencia y el silencio a las habladurías recurrentes y vacuas. Asesinar a un compañero no iba con él. En el fondo le daba asco un acto como el que todos pretendían. Anotaba distintos caminos en su libretita. Una salida condescendiente para un hombre que había dado tanto por todos. Le mostraba un afecto interno. Pero los demás formaban un coro de voces extrañas llenas de odio y sin sentido.  
           Sonó un golpe tremendo sobre la mesa. 
           ―¡Mañana!
           Todos quedaron mudos. Comprendieron la orden.
           ―¡Prepara los timbres, reparte, ordena, encarcela a quien se resista, mata si fuera necesario, no quiero errores!
           Lo había vociferado en un arranque de ira y de frustración. Como un enajenado, sin mirar a nadie. Después se retiró a la habitación de al lado y se tumbó sobre la cama sin deseos de dormir. 
           Amo la superioridad que otorga esa altura que me dieron sin querer. Quise estar solo en la cima. Lo deseaba con todas las fuerzas de mi alma. Llegué. Desde el alto gozo columbré la cotidiana banalidad de la plebe. Luego me senté sobre la roca. Descansé toda la tarde esperando la llegada del atardecer. El mundo me llamaba el Presidente. Me rendían pleitesía, obedecían mis órdenes, se anticipaban… Pero ese sueño duró solamente un instante. Luego llegó el arrepentimiento. Cada Orden y Decreto, cada Ley y mirada, cada gesto o sonrisa. Descreí mi pensamiento. Muy tardo, como una piedrita que rueda chocando con las laderas, zarandeada por las ásperas y cárdenas roquedas del poema.
           El caballete abierto sostenía un arco de tela tenso y expectante. Faltaban el arrojo, los artificios, la voluntad perezosa. Necesité mucho tiempo para dilucidar el paisaje en mi mente. Un pueblo alegre. La izquierda triunfante, los halagos y roncerías. Comencé un íntimo acto de expiación luchando con el lienzo que me retaba a cada instante.
           (Los colores se confunden…)
           (…Hubo tonos imposibles.)
           ¿Acaso la revolución que se acercaba a Palacio?
           Cada mañana pintaba un lazo estridente. Trataba de crear una figura hermosa, pero la sospecha de lo que ansiaba siempre huía, presurosa, con el horror sobre los pies deformes. Comprendí que mi labor era grandiosa e insuperable. Más allá incluso de mi propia capacidad, mi engreimiento me decía que lo dejara.
           El primer arrepentimiento se fue transformando en un segundo fallo. El Presidente no debería transigir a las primeras de cambio, pero los demás hablaban y hablaban, discutían decisiones absurdas, voceaban a mi lado, algunos llegaron a manotear la mesa, despreciando la figura de un Presidente que se diluía.
           Pasó otro minuto. El ventanal seguía abierto de par en par y la taza de café aún dormía sobre el calado glamuroso.
Recordó las sonrisas de sus hijas, de pequeñas, jugando al pilla entre las mesas de caoba, corriendo por los inmensos vericuetos del edificio. Supo atrapar aquellos momentos en que el amor lo introducía en ese cuarto donde los sentimientos se van deshaciendo. Luego le pudo otro recuerdo. Habló en alto, recreando aquel pasaje que se le quedó clavado en la memoria, cuando entonces.
           Mi nostalgia no es una emoción ligera. Es una enfermedad. Mortal si se me antoja. Porque me puede la compasión profunda por abandonar mi propio país, mi conciencia y mis actos, la historia misma de toda mi vida. Es un sufrimiento contagioso. Enfermé por eso, por el pueblo que anhela y requiere de mí toda mi alma y paciencia. Y no puedo más. Por eso tal vez desee lo que ya se intuye.
           Pero he de estar y reconocer que me he acercado (tal vez de una manera sublime y excelsa) a ese borde donde el abismo comienza a caerse. De ahí en más no tendré regreso y todo estará perdido.
El Presidente toma la botella con un cariño exquisito, como queriendo acariciar la helada y sobria superficie curva de la etiqueta y del licor. Una cárcel para el último elixir de su vida. 
           El límite está ahí, lo percibo con todas las fuerzas que soy capaz de reunir, en un esfuerzo sincrético, como aquella vez primera con el escalpelo entre los dedos, temblando en el paroxismo de la duda.
           ¿Qué son ahora los atributos del sexo y del alimento diarios?
           ¿Qué la meditación filosófica y el arte de la música?
           A veces los pensamientos se adensan de una forma inextricable.
           Es bella la imagen del fusil sobre la mesa. Curva, acero y madera, formas plegables… Sería muy sencillo. Es tan pequeño que con una mano sostendría el filo del cortado. Con la otra tomaría la decisión de todo un pueblo, o de unos desgraciados que discutían la manera de alcanzar un ilegítimo ascenso.
           Desde mi asiento la puedo distinguir y analizar, pensar en sus fútiles detalles, sus tonos y medidas, la fuerza del acero huesoso por donde llegaría al final del llano, donde comienza el tajo.
           (De pronto una caída suave. La bajura que me llama. Crujo y me desgarro como una roca desprendida. Un arbusto insospechado forma grietas en mi cara. Mi cabeza hecha añicos. Sesos salpicados por los velos y contrastes, en el techo y paredes a mi espalda. Sólo un instante sin pensar en nada).
           ¿Quién lo ha logrado en este mundo?
           ¿Abandonarse?
           Tal vez sea un acto imposible.
           ¿Absurdo?
           Quizás, si hablamos de aquella razón consciente que llegó a percibir sus propios límites.  
           El Presidente ha dejado caer la botella. El golpe sobre el suelo y la pérdida de lo grave le despiertan. Ha bebido demasiado y le duele la cabeza. Se frota los ojos, pasa unos dedos inseguros por las arrugas asurcadas de su frente. Busca sus lentes que los dejó sobre la mesa elegante. Pero es medio ciego y apenas distingue una mancha.
           Todavía cree en la quimera.
           Un hombre que se hunde en una pesadilla. 
           El fusil continúa apoyado como siempre.
           Quieto, callado, esperando…


«El sueño de la razón produce monstruos», Francisco de Goya (Fuendetodos 1746-Burdeos 1828)
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Nota muerta. Calaveritas 14. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Roger Octavio

Por Maclovio Fernández

A Roger Octavio Gómez Espinosa

Roger Octavio
La muerte llego de lado
cuando estaba entretenido
en un escrito sumido
y lo agarró descuidado.

Él dio el último teclazo
para terminar su historia;
por andar buscando gloria
no percibió el guadañazo.

Así terminó su cuento
dándole fin a su vida
porque la Parca, atrevida,
también escribió un fin cruento.


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Ilustración: Adriana Corzo Aguirre, Acuarela

Polvo del camino. 147. Aviso para caminantes. Héctor Cortés Mandujano

Aviso para caminantes

Héctor Cortés Mandujano

!Si lo terreno acaba, en suma,

cielo e infierno,

y nuestras vidas son la espuma

de un mar eterno!

Lavemos bien de nuestra veste

la amarga prosa;

soñemos en una celeste

mística rosa

Rubén Darío, en «A Mariano Miguel de Val»dolfo Bioy Casar»


En la muerte de la Woolf pesó la roca. Quiroga, cuentista, se mató a balazos. Hemingway se disparó en la boca. A Luther King partieron en pedazos.

Sócrates decidió tomar cicuta. Séneca decidió también lo mismo. Cicerón fue muerto en fea ruta. Los tres, en fin, cayeron al abismo.

Nadie escaparemos de la muerte. Mejor entenderlo que ignorarlo. No será ni buena ni mala suerte.

Tener miedo es sólo acrecentarlo. Nuestra vida final será la muerte. Morir es respirar, mejor saberlo.

***
[A veces escribo sonetos (14 versos endecasílabos) nomás para tener caliente la mano. No siempre los publico. Éste, me parece, no quedó tan mal.] 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Héctor Ventura**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en Tuxtla Gutiérrez, la capital de su estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. 
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.

Voces ensortijadas 147. Renacer en la vida. María Gabriela López Suárez

Renacer en la vida

Por Maria Gabriela López Suárez

Ese amanecer del sábado fue distinto para Josefina, no había escuchado el canto de los gallos, ni el incesante barullo de los gansos, menos el ladrido de los perros que llegaban a pedir su desayuno, sino un silencio y luego un toquido en la puerta del cuarto. Era la enfermera que le llevaba sus medicamentos. Se le había olvidado que estaba en el hospital. 

Tomó las pastillas y se quedó un rato contemplando el silencio en la habitación. No estaba sola, su amado compañero la acompañaba, cuidando su sueño, era quien le había dado los buenos días, un tanto adormitado. Ella cerró los ojos y se quedó pensando que no tenía idea de qué hora era, quizá como las seis de la mañana. Había perdido la noción del tiempo. No le quiso preguntar a él, mejor seguir descansando ambos otro rato.

La mente de Josefina estaba tranquila, en la tarea de asimilar el proceso de recuperación de su enfermedad. No era fácil  librar las batallas, a cada persona le toca lidiar con una batalla distinta, pensó. Se acordó de don Paquito y su esposa Sara, tenía poco que había fallecido su hijo Luis, un adolescente. Lupita, su vecina, mamá soltera que tenía enferma de asma a su hijita Rosa. Don Juvencio que había sido abandonado por sus hijos y ya  era una persona mayor. Rebeca y Jacinto que eran mamá y papá de unos gemelos y tenían meses de no conseguir trabajo. 

Respiró profundo y se sintió agradecida de estar viva, aún con lo que tocara seguir. Era parte de los aprendizajes. Se sentía acompañada y fortalecida. Una de las tareas grandes era tener como aliado al tiempo para darse sus espacios y eso sería parte de la sanación que requería, no solo física sino interior. Ese día se sintió bendecida por el bello regalo de renacer en la vida.
 
Permaneció con los ojos cerrados. En un tercer plano escuchó el canto de un zanate, tenía la fortuna de tener cerca una ventana en el cuarto del baño, eso le recalcó que eran como las seis de la mañana. En un quinto plano escuchó cantar a una de las enfermeras, primero una de las interpretaciones de Luis Miguel… "miénteme como siempre, por favor miénteme", luego una interpretación de Laura Pausini… "no puedo dividirme ya entre tú y mil mares…" regresó al primer plano del silencio en su cuarto y se fue quedando dormida..

Photo by Erkan Utu on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota muerta. Calaveritas 13. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Luis Antonio

Por Maclovio Fernández

A Luis Antonio Rincón García

Luis Antonio
De las letras hizo un guion:
que fueran sin vencimiento,
pa’ que viviera contento
sin ir jamás al panteón.

Fue de concurso en concurso
andando como alma en pena
buscando la repepena
de lana con su discurso.

Mas la Parca lo envidió
y en lo álgido de su gira
en un encoge y estira
al panteón lo remitió.


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Fotografía: María del Pilar Guillén Figueroa

Nota muerta. Calaveritas 12. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

A la porca parca

Por Maclovio Fernández

A la porca Parca
A una calavera loca
cuya intención me lastima
le respondo con inquina:
que a mi dama no la toca.

Será el mentado sereno
y aunque sea el día de la Flaca
a mi dama no la ataca
con guadaña o con veneno.

Con machete o con cuchillo
si me acompaña la suerte
volverá muerta la Muerte
cuando le rompa el fundillo.

Yde paso o refilón,
rasgaré cualquier escollo
para engrandecerle el hoyo
ya de regreso al panteón.


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Fotografía: Adriana Corzo Aguirre