Cajón de rubores. 38. Crónicas 16. Antonio Florido

Crónicas (16)
Milicos
Por Antonio Florido

                                                                   
MILICOS



El 9, ese fue el día.
          ―No Teo, eso no puede suceder. Aunque tu amigo lo haya confirmado, conozco al Chicho. Es un tipo bueno. Un poco infantil, pero de buenas intenciones. En la facultad siempre era el primero en defender a los más pobres. Lo sé muy bien, estuve con él, codo con codo. A veces, Teo, nos pasábamos un poco, sobre todo el Chicho, que le gustaba la charanga.
         Le tomaba el brazo, me lo llevaba, le hacía dormir, eso era todo, luego me iba.
         ―La cosa se ha puesto fea, padre. Mi amigo me lo ha asegurado.  Tened cuidado, por eso vine volando. 
         Me costó la vida. Pensaba en ti, en todos. Quiero encontraros vivos, decía. Y manejaba con el nervio sobre el volante, desde Santiago.
«Puede que mañana tenga que venir a detenerte. Vete.»
         Pero mi padre, militante socialista y médico, muy amigo del Presidente, no podía creer lo que yo le decía y aseguraba que su amigo no dejaría que eso pasara. Tenía mutilados los ojos. No veía.
         Cuando se trata de amigos uno debe humillarse, perder la compostura en los silencios, cobijarse en las sombras de un atardecer cualquiera. Mensajes como conceptos muertos, amores sin vida. Así fueron las palabras de Teo en la mañana del valle.
         El 11, a dos cuadras del palacio de gobierno, la ECA, allí me acerqué. Estaba intranquilo por el dolor de la duda que no me dejaba. La duda terrible, la de mi vida larga. Comenzaron las explosiones. Eran hilos de trueno sobre las nubes de la ciudad, de parte a parte. No daba tiempo a nada. Ni siquiera logré percibir el nombre de los bombarderos. Antenas de comunicaciones, rayos del cielo. Luego la Casa, que me lo dijeron mucho más tarde. Cayeron como granizo sobre la siega. Ruido sobre los oídos, cascotes como cuchillos afilados, muros henchidos de miedo, tejados mirando hacia abajo, hombres gritando como gritaron el 10 del 10, niños corriendo por las aceras grises y cuadradas.
          La Moneda cayó por el centro. Balcón y puerta de entrada, nubes grises en la cubierta, hombres amortajados en el interior. Ráfagas de acá y allá. Muchos milicos se apostaron detrás de los bancos, paredes caladas de caquis ametrallados, jóvenes que disparaban por vez primera, madres que lloraban por primera vez.
          Corrí a la casa de Loreto y María. Estaban con la cabeza baja. Lloraban. Se abrazaban sin saber por qué, como los niños atemorizados por el hombre del saco y la noche negra, por el silencio azul y la blanca ausencia. 
           La radio hablaba sin parar con una voz metálica. Una frecuencia era suficiente cuando lo que se tiene que decir es poca cosa. Repetir frases y angustias. Nada. El mediodía en lo alto. Los aparatos seguían lanzando obuses sobre el palacio. Como simples postales arrojaban hierros panzones sin porqué, ningún fundamento en las tiras caídas. Ya no quedaba más que la ficción de estar vivos. Un triste decoro.
           Los compañeros fueron muriendo. Luchaban por su Presidente. Por el orgullo de un país encerrado en sus casas. La vida se les acabó. Olí la pena angostada en la expansión expresarse. De ahí superó por años esa pena, dolor del alma, lamento del campesino cuando le llueve sobre la mies amarilla, rubia, alta, sedienta de manos. 
          Tuve que salir a la ECA. La radio me llamaba desde la otra parte de la ciudad, Santiago hermosa, Santiago sola, Santiago cobre dorado.
          Abracé a mis hijas, miré a mi esposa, recordamos aquellos tiempos, cuando nos arrullábamos en el espeso aire de la sala. Pero ya no tenía hijas, ni esposa, ni calma, ni sala. Había sido un sueño que dormí junto a la tapia. Allí esperé escondido a que el miedo se fuera, como se iban los edificios, las calles, los desesperados que huían al campo. 
          El empleado de servicios lucía un uniforme de la Fuera Aérea.
          En el rostro asomaba una sonrisa de suficiencia. Cierto arrumaco de orgullo. Me había atrapado y le brillaba la calaña en la misma cara.
          «Mandamos nosotros, oiga. Que las cosas cambiaron».
Una expresión anormal en el susodicho, altiva gracia sobre los hombros. El aviador no estaba seguro de lo que decía. El bravo dudaba.
Me llevaron a una oficina. Había doce compañeros del trabajo. Militantes de la UP. Nos introdujeron en un furgón envasado y comenzamos un desequilibrio loco por las calles de la ciudad.
          Fue la primera vez que sucedió. Insisto, la primera vez. Nunca había observado Santiago, mi querida Santiago, por un agujero de mierda. Intuía sin cesar sus colores y sonidos, pasábamos una vez y otra por los mismos lugares. Querían desorientarnos. Estaba claro.
          La casona a la que llegamos era antigua. De varias piezas. Jamás la habíamos visto. Tal vez estaba en la periferia, así como escondida. En ella no pudimos comunicarnos. Los fusiles apuntaban la salida de palabras, por si acaso nos hacíamos los distraídos y alguno se iba de la lengua. Pero éramos unos desdichados en una tesitura desconocida. Nadie se atrevió, por supuesto. Todavía la sorpresa en nosotros era joven. Y el recuerdo de cuando entonces. Los pensamientos encerrados volaban hacia nuestras familias. Días por delante sin saber hasta cuándo. Eso duele.
           Bajaron colchonetas y frazadas. Las echaron al suelo. «¡Ahí tienen, arréglense!» Había gritado un arrejuntado. Nos aseamos como bien pudimos. Malamente. Groseramente, con nervios. Uno se puso a fregar el suelo y los enseres con el cloro que trajeron. Dos baños para trece muertos. Mala risa. Sobraba. 
          Me interrogaron por mucho tiempo. Los investigadores iban cambiando, pero yo era el mismo. Nadie reparaba, pero yo era el mismo, no cambiaba.
           Siempre de pie, oiga.
           Siempre serio.
           Siempre asustado, con las muñecas grilladas.
          «¿Dónde las armas? ¿Quiénes son sus líderes?
          » ¡Nombres, nombres!
          » ¿Cuándo se llevará a cabo el Plan Z?»  
          Llevábamos dos días sin dormir. Uno tras otro en la sala de las preguntas. Nos hacíamos las necesidades encima. Todo. Créanme. No nos dejaban. Nos trataban como a verdaderos animales, insisto, necesito que ustedes me crean.
           Al tercer día sacaron a Carlos, Ernesto y Juan, era recién amanecido. No sabíamos a qué, adónde, con qué sentido. Los compañeros se quedaron mirando y supe escuchar el sonido de la montaña que lloraba mansamente. Nunca volvimos a saber nada. Les robé la memoria, los recuerdos, las alegrías.
           La cordillera comenzó a pintarse de un encarnado terroso y la gente de Santiago la miraba y se pasaba los dedos por la frente y los hombros, pechos de angustia en los rezos del día. Ninguno nos dio una explicación, aunque nosotros lo averiguamos pronto, que se llevaban a los compañeros, se los llevaban.
           Quise matar los recuerdos de mi familia. Deseaba morir lentamente, por mi única causa, que a ellos no les daría el gusto de reír por este hombre calmo y bueno.
          Me acostumbré a no dormir en las noches quietas.
          A cualquier hora entraba un milico. Me sacaba a culatazos. El investigador se frotaba los ojos. El sueño le podía. Reía malévolamente. Preguntaba lo apuntado en un papel. Después volvía a leerlo. Temía que le pudiese la desesperación. No quería morir así. Preguntaba y mostraba su fusil, lo colocaba encima de la mesa, lo acariciaba con un paño blanco, hablaba sin palabras, sólo gestos de burla y orines bajo la mesa, en los perniles. 
           Pasaron tres meses en la casona.
           Santiago y su revuelo. No podía oír en la distancia. Sólo el olor a campo, pájaros en los cercanos predios, cánticos en las ramas rotas, horizonte azul para mi gusto, cárdenas peñas a la deriva, colinas blancas en largo fuste, frío añil, miedo seco, sed de amor...
         ―¡Salga!
         Dos milicos me empujaron hasta el cuarto, me obligaron a recoger mis pertenencias. Iba a no sé dónde.
         (La imaginación humana es delicada y frágil. Agresiva a veces; a veces muestra su energía y profundidad, su poder para transformar el mundo. Mundo en arte. En belleza toda. Siempre supe que para alcanzar la virtud hay que caminar por la senda de la pasión. La luz al final. Pasos cansinos y pacientes. Boca alegre que llega al fin. Creo que esto es la intimidad solidificada, por lo único que merece la pena vivir. Y ellos obsesionados en derribar esta silueta íntima y sobrecogedora, en la ignorancia de creer que hay lo que no se puede, en desconocer lo que uno guarda).
            Estaba muy nervioso. Me despedí de mis compañeros. 
            Un hasta siempre cosido en los labios. Caminé por el pasillo extenso. Puertas, ventanas, escritorios claros, veladuras de angustia en mi garganta. Me llevaban.
            En la puerta de la casona mi jefe esperaba. Hacía sol de quejumbre, radiaba el suelo, quemaba. Era un hombre bueno. Nos habíamos cosido con el cariño de años. Don Joaquín era su nombre. Podía haber sido otro, porque todos los nombres son sólo uno. Pero era don Joaquín. A saber.
Sonrió.
          «Han venido a por usted. ¡Salga!»
           El oficial quedó contrahecho. Me devolvió mis enseres, me agaché y los colgué de mi hombro, luego agarré el brazo de mi jefe y salimos. No me volví. Me alejé con el pensamiento de ellos. Lleno de ansia fui caminando. Una camioneta de la ECA estaba aparcada sobre la junta de la acera.
            ―¿Quién ha sido?
            ―El de Chiloé. Ya sabe. Oficial. Un hijo de mala madre. Asegura que ahora mandan ellos. Va presumiendo. ¡Serán…!
            ―¿Cuántos?
           ―Doce. Los conocemos a todos. La ECA entera, casi.
           ―Tengo que llamar. Sus familias esperan algo. Ya me cuentas en el camino.
           ―Le voy diciendo. Como perros. Sí, don Joaquín, como verdaderos delincuentes. Algunos no aguantarán demasiado. Se lo aseguro. Los he visto. Caen al suelo como viejos. Los milicos se apuran, levantan los cuerpos, les dan agua y comida, mala. Como perros callejeros, digo.
          ―¿Y qué? ¿Cómo?
          ―Psicología. Ya usted supone. Ataques sin avisar. A cualquier hora. Días hablando. No se cansan de preguntar. Me refiero a lo de la Z. Yo no sé nada. Usted me conoce. En verdad, nadie. Pero ellos que sí, que habláramos. Detalles. Sólo querían detalles. Y las armas. Como si fuésemos un ejército. Querían las armas. ¡Serán!
           ―¿Preguntaron por alguien?
           ―Por todos. Los nombres de cada uno. Sobre todo, de los cabecillas. También de sus familias. Direcciones, tiempos del Plan. Tienen miedo. Desconfían hasta de su sombra. Les tiemblan las barbillas. Lo noté, era evidente. Aterrados como niños. Les preocupa los componentes de la oposición. Yo me quedé callado, no crea. Que se las avíen. Después las constantes amenazas. Que matarían a los nuestros. A nosotros mismos. Fusilamientos, eso decían, de eso hablaban, figúrese. No nos dejaban dormir. Te llamaban a cualquier hora.
          ―¿A ti?
          ―A varios. Yo fui tres veces. Nos colocaban a medianoche. En fila horizontal, paralela a la pared del patio. Desfilaban como gallos. Pasos cuadrados. Canciones tristes. El oficial daba las órdenes. El azul lechoso de la luna en los rostros. La última forma clavada en la tintura de los ojos. Para recordar en el más allá. La noche clara. Inmensa. Inabarcable. Y un candor hermoso en el fondo negro.
          ―Despiadados estos milicos de mierda. Trabajan con la debilidad.  Nos quebramos pronto. Nuestro punto débil. Ellos entienden de psicología. 
           ―Yo pensaba en mi familia, don Joaquín. Mi padre, mis hijos. Dispararon al tiempo. Un ruido en la cabeza, en la pared varios desconchones, calichas confrontadas en el suelo, polvo en las narices, miedo, piernas que se doblan y sucumben, orina suelta, manchas en los pantalones, agravios y temblor, dientes sobre los dientes, lloros, gritos, corazón que late y late… Así nos trataron. Por tres veces. Tras la primera no había modo de descansar. Llegaba la noche y contaba. Rezaba lo que sabía y contaba. Contaba el tiempo, la estela por la ventana, el corrido fugaz de las estrellas. Cielo indiferente. Humo en los ojos. Oía los pasos de los vigilantes. Alguno paraba, encendía la mecha. Creía que tocaba la suerte de alguien. 
          ―No te preocupes, hombre. Te necesito, por eso logré que te soltaran. Ahora estate tranquilo. Déjate de bobadas. No hagas tonteras y obedece. Lo dice tu Juaco.
          ―¿Y?
          ―Vas al sur. Un algo lejos. Olvídate de esto. Me quedo en Santiago. Debo seguir con la ECA. Es nuestro pan. Tú te largas al sur. Hasta que diga.
          Quedé en un espacio misterioso. El pozo hondo de mi alma. No supe hablar. La boca sellada, el corazón en las manos, en la mente el recuerdo. Mi familia, ¿cuándo?
          Juaco lo imaginó. Torció la cara. Dijo que podría despedirme de los míos. Poca cosa. Lo suficiente. Luego con el hato bajando por la costa, lejos, hasta la isla, hasta que el camino se canse.
          ―Ya te aclararé, pero eres el único que sabes. Comprenderás a tu tiempo. Ahora irás a tus hijas, Santiago, retén en la memoria las calles y olores, todo. Puedes bajar a Curicó. Tus padres esperan ver la camioneta.  Les llamé. Me hablaron a golpes. Eso se sabe. Te anoto los detalles en este papel. Guarda, lee, quema. No me metas en más.
           Los días sucesivos fueron pasando por mi vida como los pueblitos camino del sur. Coyhaique me esperaba. Me despedí de los míos. Llevaba prisa. Juaco me apremió. Anda largo, dijo. Tomé la camioneta con los dedos aprestados. Sostuve el sueño por mucho tiempo. Aunque el cansancio me podía, volteé el camino como pude. Paré en varias ocasiones, sin embargo. Talca, Linares, Chillán, Los Ángeles, Temuco, varias miradas al este para ensoñar con los nevados de mi infancia. Recé por los míos. Cuando traspuse Osorno y Puerto Montt iba deshecho. Allí me achiqué junto a la mar escondida, aguas azules, rizosas espumas, magia en las veladuras de las barcas navegando. Descansé los huesos.
           Los mismos arrestos me arrebataron. Tuve que seguir el camino.
En la ciudad esperaban a Teo. Debía cerrar los tratos. Había que comer. Alcancé el puerto alto. Desde la cima, el valle. Aysén es grande y plana. Por los picos asoman nieves, pero muy al fondo, lejos de todo, tras el horizonte. Soñé con viajar hasta ellos, separarme de los milicos, comprender por qué los hombres hacen lo que hacen, por qué se sufre. 
          Quise caminar por la Patagonia.
          El cerro me miraba.
          McKay. Rocoso y sordo. Atravesado por senderos negros, blancos, amarillos, grises. Abarca la ciudad.
          Yergue su estatura en forma escalonada. Altivo, presuntuoso, como las montañas que se van muriendo. Hacia el sur todo acaba.
Andes chiquitos, blancos achancados. Busqué en las afueras al río Simpson. Llevaba la consigna de encontrar el Abriga.  Allí el bosque denso y la Cascada de la Virgen. Al día siguiente Dios vería. 
         Es una tierra de frío encalmado siempre. Manso, triste, cala hasta el fondo, traspasa los tejidos, abrigos y camisas, ropa infinita, pero el frío puede, nace en la cordillera chica y baja. La ciudad se agarra a los edificios. Temen las casas. La gente aúlla.
         Si fuera Parapanda llovería a cada instante. Pero es McKay. Su lluvia es tierra, polvo movedizo, seco, muerto.  
Juaco dijo que yo era suficiente. Buen conocedor del género. No podía ser otro. Sólo el Teo, él sabe, déjenlo. A más me desfilé hacia el mercado. Era de mañana y el aire congelaba. Los puestos con las manos encima, trastabillando. La gente encuentra después de horas, revuelven, compran, ríen las argucias. 
         Yo era jefe zonal de la región Aysén. Me atendieron en el interior de una casa de terciopelo. Que qué quería. Eso dijeron. Tomé un poco de café. Me quemé los dedos, no dije nada. 
         Lana. Quiero lana. La mejor. Para don Joaquín, le conocéis. Irá a Santiago para endulzar los hombros de las mujeres. Pusieron buena cara. El trato era corto. Uno por otro, plata y tejido, cargamento en la camioneta, kilómetros esperando por delante, horas, días, piernas estiradas, tacridos de huesos.
         Solté toda la plata. Me dejaron escoger. Era buena, fina, como la seda, ataujía de taracea. Metales nobles y elegantes. Tiernos como el pelo de gato. Hispanoárabes en la ristra de la Patagonia, una miseria de broma. Me llevé la labor fina y reí sin saber por qué. Lo hice largamente. Después lloré, que poca diferencia hay entre una cosa y otra.
         Mi padre estaría vivo, supuse.
         Pagué el hospedaje. Abandoné el apartamento. El Abriga quedó muy atrás. Dejé los cerrados, crueldades por mucho tiempo caladas. Luego me arrebujé tras el volante, solté las piernas, manejé con la paciencia de siempre. 
         En el camino dije lo que antes no dije a nadie.
         En Coyhaique estaba vigilado. Juaco me avisó. Me presentaba al Regimiento en la mañana y en la tarde. Me colocaban los papeles de mala gana. Firmaba con una equis, después el Teo y una raya. Un libro se iba llenando de vigilados opositores, delincuentes de baratija. Era un proscrito, político con algunas, muy pocas libertades. Podía trabajar en mis industrias, una vida normal, sosa y tonta. Así me llevé dos meses. Pero la carretera nunca terminaba. Larga y negra. Una cinta en la llanura, norte de progreso, hacia el Palacio, mis recuerdos, los amigos, la familia, mis hijas y esposa, las calles ocupadas por fusiles encendidos, cielo de ceniza, alto y hueco.
          Dos meses, digo. Luego Santiago. 
          Me despidieron de mi trabajo.
          Tantos años en la ECA…
          Había muerto. La vida me colocó de vendedor en un laboratorio.
          Cada día me vigilaban. Sombras y siluetas, risas y garbos, embusteros compañeros que mandaban. A todas partes iba duplicado. Andaba y me detenía, jugaba como un niño solo. La intranquilidad, el azar de mis días.
          Pedí Curicó. Me dieron una plaza.
          Allí vendí las piedras.
          Las esperanzas.
          Las pesadillas mustias.
          Comunicaba a todos lo de la cosa.
          Me creían. Abrían las bocas y suspiraban. Me seguían creyendo. Algunas madres lloraban por sus hijitos. Otras por sus esposos. Por sus soledades y desiertos.  
          Eso sucedió en el 83.
          ¡Cómo me puede!
          Agosto se presentó duro. Nevó y cayó la tierra. Hablé con mi padre. El hombre era corto, se perdía en los horizontes fecundos. Traté de conversar sobre cosas importantes, y las otras las pegué a mi manera, las fui colando, muy poquito a poco, para oír sus lamentos y viejadas. 
          ―Sabes de lo mío. Los compañeros esperan. Yo soy un viejo. Les hablé de ti. Te conocen la tonsura. Soy socialista. Eres socialista. Son como nosotros. Debes ir. Lucha por tu tierra. 
          Así me habló. De esta guisa sentí que mi viejo me adivinaba. Llamé varias veces. Uno me lo dijo. En la noche. En tal sitio, a tal hora, tomar precauciones.
          De eso, todos.
          La resistencia trabaja en la sombra.
          Me alisté cuando pude, al tiro hecho. Mi viejito era mucho. 
          ―Ellos son hombres. Como tú y yo. Hombres con sus penas. A qué santo, di. Tal vez se equivocaron. La cosa no aclaraba. Cada vez más miseria, más hambre, más locuras.
          ―Son paniaguados. Generales, coroneles, milicos con fusiles. No podemos caminar. Ni dormir. Ir con miedo no es propio. 
          ―Pero son hombres, se podría hablar.
          Olía a pan recién hecho. Harina, levadura, horno y llamas, tiempo en el hueco de la noche. 
           La panadería de un amigo socialista.
           Reuniones. Argucias. Empeños. (Tanto que más).
           Planificar contrapartidas. Acciones de trabajo. 
           Compañeros y familias. Presos. Había que sacarlos como fuera. 
           En Curicó se formó una comisión para defender los derechos humanos. Me ofrecí. Hablábamos de nombres sobre papeles garrapateados. Eran hombres y mujeres, otros casi niños. La voz era de los abogados. Entendían del asunto. Cada noche un caso, una vida, una tragedia del gobierno. Yo escuchaba distraído. Pensé tantas veces en la carretera. Mis tejidos cajoneados. 
          Descubrí algunos momios.
          Sapos que también oían.  
          Soporté mi pensamiento en un decidido acaecer. Quise madurar en el mundo atravesado. No había vuelta atrás. Ni modo alguno. Sólo imaginar que todo nace y sigue. Crear las costuras. Hilvanar conversaciones dispares. Y soñar. Soñar como sueña un loco. Vivir en el manicomio del mundo. Pintar paisajes desordenados. Instaurar un orden nuevo. Quería salir a la madreselva. Nadar en la mitología. Conocer a la Pincoya. La de la historia que me contaban. La sirena, la Pincoya. 
           Bajé en la orillita de la mar. Había un puerto riguroso. Los pescadores voceaban con las manos en tubo. Llamaban a la sirena. Parecían locos. Se notaban solos y perdidos. Las barcas aparecían casi hermanas. Salieron a la mar. Las redes en alto. Giros y giros. Voceaban a la Pincoya. Eso fue en Chiloé. Una isla grande. Lejos y lejos de todos. Pero grande y tierna. La Pincoya va con el Pincoy. Adentran sus aleteos entre ríos y lagos. Hacia el agua suave y dulce de la llanura. Desahogar sus frustraciones. El Pincoy besa a la Pincoya. Las ramas se balancean. Nacen amores en las brisas del atardecer. La luz de las estrellas puja por asomarse. Los chilotas se adormecen en las faldas de sus esposas, los niños en sus madres. Si hay amor habrá peces y mariscos bajo las aguas. Alegría en la oscura fragancia de la madrugada, risas y flores al mediodía, comidas en abundancia. 
          Si hay amor…
          Los pescadores siguen aullando. Miran hacia la costa, olvidan las redes en las cubiertas, escuchan y oran, esperan.
          Si hay amor…
          Me quedé en la mañana. Deseaba ver si había flores en la simulación de esa mitología. Todos abarcaron sus pequeñas canoas. Saltaron a la arena, los pies hundidos, las bocas llenas de esperanza, algarabía sorda. La Pincoya había danzado. El Pincoyo la acariciaba. Era todas las manos del mundo, este Pincoyo. 
         Ella miraba al azul reflejo de la mar. Brazos abiertos. La espalda hacia los pobres. En los pueblitos lloraron mucho. La Pincoya no quiso verles. Así se pudra.
         ―Mal testimonio, niña.
         ―Malo, madrecita.
         ―Habrá necesidad. Padre volverá a morir este día. Dilo a los demás, que lo preparen. La caja basta. Él es chiquito.
          ―Seremos pobres. Desesperados. 
          ―Es el sino, niña. Entiende. Y la Pincoya. Así se muera.
          Una semana de bailes y zarandajas, cantes, risas, llantos.
          ―Niña, los curantos, que ella vea. ¡Corre! 
          Carrocearon hasta la laguna Huelde.
          Cucao asomaba al fondo, disimulaba el horizonte. A la puerta una bella mujer. Blanca. Blanca y rubia. Tintes pintados de bronce. Cabellos de oro y piernas adecuadas. Pez sobre la puerta que les llamaba y llamaba. 
          ―Niña, niñita mía, esta noche silbará. Escucha su canción amorosa. Llama al dizque. Dile que venga. Él espera. Tuya. Serás siempre tuya. De aquí en más.
          Gaviota grande.
          Si hay amor…
          Intuí a Carmen en la distancia. Sonia, la guerrillera. Sin embargo, aún faltaban días. Soñé con ella y con mis hijas. Soñé muchas noches que la seguía, la enamoraba.
          Trabé mis pensamientos con las reuniones en la peña. El Alero del Cantar. Nos acurrucábamos en los silencios y las quijadas de las angustias. Comíamos entre veladas. Cantaban las voces muertas. Mi padre nos acompañaba casi siempre que podía. 
          Carmen, Carmen…

          La belleza existe, naturalmente.
          No la inventamos.
          Es ella. 
          Excelsa, neutra, apasionante e indiferente. 
          Pensar el cielo es puro arte de la virtud.
          Belleza emergente, en idea postulada.
          Necesito una estética que me arrope.
          Idea de la apariencia, donde las cosas, el todo puede.
          Nací en el seno bello. 
          Pienso en ella.
          Carmen, la que conocí mucho más tarde.
          La guerrillera de Los Queñes, la que quiso huir por los caminos. 
          Carmen tras las rejas. Ojerosa y triste, hermosa elocuencia de hablar sin hablar.
          Sólo una mirada y un gesto en la palidez de la celda, una luz en la ventura.
          Creí perder lo que tuve.
          Ella fue.
          Me acogió en los últimos momentos. 

Los sapos y el temor nos removieron. Cada noche en la Peña buscaba en los rincones. Al final de la reunión, hablares y providencias, destinos y gozos. Centro de Curicó, con los cantes, bailadas hermosas. Nos llamaban comunistas. Blandos, inocentes, socialistas del regreso, con las formas que se van por los años. La dictadura nunca entraba en esa Peña. Se unieron folcloristas de todas partes. Santiago, Rancagua, Talca… Maule en valle, eclosión de sentimientos y torturas en pespuntes. Pero ella me llamaba, sí, lo hacía. 
         Carmen, Carmen…
         El 85. De tarde. Las compañeras del partido me dijeron sus secretos. Hay personas atrapadas. Vamos a buscarlas. Ya que se entiende, hice lo propio. Al día siguiente las llevaron al particular. Visitadoras locales. No podían donde las mujeres. Para eso me llamaban.
         La CDH anduvo por las calles de un Curicó silencioso. La cárcel era grande. Llena de mujeres. Hombres en la reserva. Las ventanas daban al cerro. Condell oteaba en la distancia.
          El milico abrió con cierto aire de recelo. Desconfiaba el hombre. Nos perdonaba la vida el niño rancio. Allí abrió los hierros. La mujer sentada levantó la vista. Nos miró con difidencia, puro yeso en la forma. 
          ―No quiero nada. No necesito nada.
          ―Sólo vengo a verla. Hablar de algo. De cómo está. El trato, las comidas, entrevistas si las hay. 
          Se coló entre nosotros un silencio espeso, la claridad de los rostros, una expresión que rompía, y el rumor del miedo que se iba por los valles, las montañas, las orillas de la mar, lejos, lejos.
          Clavó sus ojos en los míos. 
          Me retuvieron las alegorías. Quedó sólo ella. La mujer. El signo del amor en mi talladura. Sus manos temblorosas. Rumió su boca. Habló su cuello cisne.
          Carmen, Carmen…


Milicos
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 104. El daño gratuito. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 104

El daño gratuito
Por Manuel Pérez-Petit

A Lourdes Uranga, que es de los ateos que irán al Cielo.

Para un foráneo no es posible pasear sin más por Tepito. Adentrarse por esas calles es una experiencia de alto riesgo. Tepito es una república independiente. A los que no conozcan este país de los milagros ni esta utopía desmesurada que es la Ciudad de México les puedo decir que para adentrarse por las calles tepiteñas hay que atarse los machos a la vieja usanza, pues el barrio es bravo hasta dar miedo. Allá, donde la Ley es relativa, y se impone la costumbre y la casta, los varones llevan pistola y mano larga para golpear a sus mujeres por la mera razón de que por ser machos llevan el mando. Y en ese territorio indómito nació, hace 83 años, Lourdes Uranga López.
            Ella cuenta que por parecer varios años menor a su edad se libró durante un tiempo del acoso machista, pero que llegó el día en que un hombre abusó de ella, a raíz de lo cual mereció una paliza que le proporcionó su hermano y la obligación de casarse con su agresor. No deja de ser curioso que luego, unos años después, ambos hermanos coincidieran como buenos y leales camaradas en las filas del Frente Urbano Zapatista (FUZ), una de las guerrillas que, con el ideal del socialismo y el combate a la desigualdad, se enfrentó a un estado mexicano que era arbitrario y apuntaba a un neoliberalismo extremo, casi sometido al imperialismo estadounidense.  
            Como guerrillera, entre otras acciones, Lourdes participó en el primer secuestro de un alto funcionario del gobierno federal: el del director de Aeropuertos y Servicios Auxiliares Julio Hirschfeld Almada, que tuvo lugar en los últimos días de septiembre de 1971, y cuyo rescate fue empleado en parte en ayudar a madres de familia en situación de necesidad. En enero de 1972 el FUZ fue desmantelado por la agencia de inteligencia mexicana, que sometió a Lourdes y a sus compañeros a varios días de detención clandestina, con torturas y vejaciones, hasta su puesta a disposición del juez, que los condenó a prisión. En 1974, a sus integrantes se les ofreció el exilio. Y Lourdes marchó primero a Cuba y luego a Italia, exiliada de un país, su patria, en el que, de manera paradójica, se celebraban elecciones “democráticas”. En 1979 el gobierno mexicano decretó una amnistía que le permitió regresar, haciendo carrera con posterioridad en el ámbito académico, como maestra de antropología de treinta generaciones de alumnos de la Universidad Autónoma de Chapingo. Hoy Lourdes es una mujer femenina y feminista, fuerte, noble, más comprometida que nunca con la justicia social, inteligente, comprensiva, generosa, sensible y capaz de hacer posible lo que parece imposible: poner de manera efectiva una piedra radical en la edificación de un mundo mejor. Por eso creo de verdad que es de los ateos que irán al Cielo. 
            El pasado miércoles día 8 Lourdes me invitó a participar en la marcha feminista de la Ciudad de México y no puedo negar que fui con miedo, yo, que he sido incluso acusado de manera arbitraria, injusta e indemostrable de algún episodio de violencia contra la mujer por la sola razón de que alguien, con un trastorno mental evidente y descompensado, y que me ha despojado de casi todo, levantó su mano para utilizar a personas que eran amistades mías y a quienes conoció por mí, faltando de paso el respeto a las mujeres que de verdad sufren. 
            Lourdes es un ejemplo admirable y una inspiración, y hoy, a un año y dos días de haber publicado en este Letras, ideaYvoz mi artículo Feminismo, ya en el camino de curarme del último daño recibido por mi torpeza en la vida, con tanto bueno por hacer pendiente, refrendo con plena convicción mi compromiso con la igualdad, la justicia y la verdad, y más aún sabiendo que en esta América latina, por desgracia, como en otras partes del mundo, siguen existiendo mujeres agredidas de manera gratuita. Incluso por “tradición”. Y no digo de manera injusta porque no hay ni siquiera una verdad que pueda justificar agresión ni daño gratuito alguno. 
Miércoles 8 de marzo de 2023. Acompañando a Lourdes Uranga y participando en la marcha del Día Internacional de la Mujer de la Ciudad de México.
Fotografía: ©Rocío Betancur, de prensa del Sindicato de trabajadores académicos de la Universidad Autónoma de Chapingo. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Librero del uroboro. 24. Todo cuanto amé. Ilse Ibarra Baumann

Todo cuanto amé

Por Ilse Ibarra Baumann

Todo cuanto amé de Siri Hustvedt es otro de estos libros que compré por ser "de premio". Está dividido en tres capítulos. Debo de confesar que en el primero estuve a punto de tirar la toalla y dejarlo. No lo hice por dos cosas: Primero porque ya gasté al comprarlo y no soporto tirar el dinero; segundo, porque alguien me dijo “no desertes, se pondrá mejor”.
          Su escritura es muy simple y fácil de entender y un poco plana, de hecho la voz del narrador es la plana, no sé si sea un hecho deliberado del autor (pero qué aburrido). Leo, el narrador, cuenta su vida en torno a Érica (su esposa), Bill (su amigo) y Lucille (la esposa de Bill). Son vecinos, tienen hijos de la misma edad. Bill se divorcia y entra en su vida Violet. 
          Hay situaciones que para mí no encajan. Primero el inicio de la amistad de los dos: Leo y Bill, resulta muy rápida e íntima y apenas se conocen. El narrador nunca menciona a su familia, hasta la página 353 menciona a su madre y no es nada trascendente. Ya por el último capítulo hay una escena donde Bill ha grabado a bebés. Qué padre dejaría que un hombre desconocido se aproxime con una cámara y grabe a sus hijos. De los adultos sólo se ven brazos, piernas, hombros; esto quiere decir que los bebés están ocupando todo el espacio porque hasta el moisés, la carriola, etc, salen enteros y en primer plano. No puede ser, no es creíble. Hasta dando pecho los graba.  Interactúa con los niños desconocidos: “cómo se llama tu muñeca…” Esto transcurre imagino que en los 80, imaginen el tamaño de esa cámara. Después sigue grabando y avanza poco a poco en las edades hasta llegar a niñas en pubertad, con pequeños senos. De esto de las grabaciones serían unas tres o cuatro páginas que me dieron ganas de no leer. Ni siquiera tenían relación con la historia. Pero bueno. ¿Quién soy yo para seguir criticando lo que ya es un premio?
Subrayé muy poco. Quizás tres fragmentos en 487 páginas. 
          Si lo leen y son de esos lectores que encuentran algo diferente a mi lectura, explíquenme, por qué pudo ser merecedor de un premio. Pero si no puedes comulgar con su lectura, quizá sea bueno advertirte: deserta, no se pondrá mejor. 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Polvo del camino. 163. Animales histriónicos. Héctor Cortés Mandujano

Animales histriónicos

Héctor Cortés Mandujano

María de Lourdes Morales Grajales (Tonalá, Chiapas, 1945) llama simplemente Él al teatro, como si fuera una persona, una entidad, en su libro Tercera llamada. El teatro: armonía interna. Mis memorias (Creativos7editorial, 2023). Lo conoció, sintió su llamada, “llena de curiosidad”, a los diecisiete años, en su ciudad natal.
	Ya en Tuxtla Gutiérrez audicionó ante el maestro Luis Alaminos (a quien dedica el libro in memoriam) y fue con él con quien debutó y realizó sus primeros trabajos, sus primeros aprendizajes. Su estreno, en esta nueva vida, fue con Yo también hablo de la rosa, de Emilio Carballido, y aquí comienza una constante en su libro de memorias, que es la descripción de la obra y del montaje (vestuario, iluminación, trazo escénico). Cierra este primer capítulo con una certeza (p. 10): “Sí…, me había enamorado del teatro”.
	En (p. 11) “los finales de la década de los años sesenta”, nos cuenta, deja de ser “la pequeña Lulú, Mariita, Lulita y otros apodos cariñosos” para convertirse en Malú Morales, que es como la conocemos y llamamos sus amigos. Sigue la puesta en escena de El tejedor de milagros, de Hugo Argüelles, y luego El centro delantero murió al amanecer, de Agustín Cuzzani, donde conoció la luz negra: un tubo de luz morada, que destacaba únicamente lo blanco y oscurecía lo demás.
	Varios nombres que va desgranando Malú, en su recuento, son ahora parte de la historia de la literatura y el teatro, como el propio Alaminos y su esposa Martha Arévalo; el poeta Joaquín Vásquez, quien fue su compañero en varias experiencias teatrales; la famosa y querida amiga Lola Montoya, quien participó en el montaje de Olímpica, de Héctor Azar; el compositor Carlos Trejo Zambrano, Socorro Cancino y muchas y muchos más.
	Son curiosos los vaivenes en los montajes donde participó Malú: pasaba de las ya mencionadas a, por ejemplo, Las sillas, de Ionesco, y después al Teatro de Orientación Campesina, en 1972, promovido por Eraclio Zepeda, a través de la Conasupo. Un espectro variopinto de géneros, épocas y propuestas. 
	El libro cuenta varias anécdotas divertidas y humanas de este proyecto orientado a comunidades campesinas que fue, sin duda, un cambio fundamental en la vida de Malú, pues allí encontró a su pareja, tuvo a su hija y dejó Chiapas. En la Ciudad de México estudió formalmente teatro con Héctor Azar, y fueron también sus maestros Sergio Jiménez y Carlos Ancira. Allá la contactó y eligió para uno de sus personajes, en Imán del viento, el reconocido dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda.
	Volvió Malú a Chiapas y es curioso que desde entonces a la fecha su experiencia haya sido puesta al servicio del teatro religioso. Durante 15 años lo hizo en Tuxtla donde se convirtió, con la experiencia conseguida en las tablas, en directora.
	Aunque lo menciona de paso, Malú ha sido también autora de cuatro libros de cuentos y de Natalia, una novela histórica. ¡La maté!, su primer libro, salió casi al mismo tiempo que mi segundo: Palabras agitadas, y desde entonces o desde antes somos amigos.
	Luego de tanto Malú se fue otra vez de Chiapas, ahora a Culiacán, donde viven su hija y sus nietos, y allá se dedica a la docencia y, cómo no, al teatro.
	Ha vuelto a Tuxtla Gutiérrez para presentarnos sus memorias teatrales, que atraviesan su devenir vital desde la adolescencia hasta nuestros días. Este libro de Malú Morales es, pues, su vida. Acerquémonos a él, a ella, como nos acercamos a una amiga que quiere abrirnos su corazón, que quiere compartir con nosotros lo que ha aprendido en su caminar por este mundo. 
	Te abrazo, te felicito y agradezco tu amistad, querida Malú. Muchas gracias.

[Palabras leídas en el presentación del libro Tercera llamada. El teatro: armonía interna. Mis memorias, de María de Lourdes Morales Grajales, el 23 de febrero de 2023, en el Auditorio de Centro Cultural Jaime Sabines, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.] 
	

Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 163. Elijo vivir. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Elijo vivir
María Gabriela López Suárez



       A todas las mujeres, en especial a las de mi linaje, gracias por las luchas cotidianas.


La tarde del miércoles había llegado, era uno de los días favoritos de Esperanza porque tenía clase de danza contemporánea. Desde la preparatoria le gustaban los miércoles, no sabía si era azar o coincidencia que en esos días tenía actividades que le agradaba hacer o le sucedían las experiencias más gratas. 

Esperanza disfrutó su sesión de danza como solía hacerlo cada semana. Sin embargo, ese día tuvo un toque especial, desde su corazón dedicó el baile a las mujeres de su linaje. Judith, la maestra, preparó la clase para que, a través de la danza, hicieran una especie de homenaje a las ancestras, justo en el inicio del mes de marzo en donde se conmemora el Día Internacional de las Mujeres.

Los cuerpos de las personas danzantes dibujaron formas diversas, cada una sintiendo la música que las acompañaba incentivando los corazones. Una de las características de la clase y que gustaba mucho a Esperanza era que cada compañera y compañero se concentraba en su actividad, así que eso permitía que la energía fluyera mejor. Judith solía decirles que no era competencia, sino que la danza era una forma de cómo comunicar y comunicar-se, una bella forma de liberar lo que traían en el interior.

Al ir bailando Esperanza realizó una especie de ofrenda a cada una de las mujeres de su familia que habían trascendido y a las que continuaban en el caminar de la vida. Las fue evocando una a una en su mente y agradeciendo su presencia en el corazón. Cuando la clase finalizó Judith les propuso que guardaran un minuto de silencio para agradecer y honrar la memoria de todas las mujeres, las que habían luchado y las que luchaban desde distintas trincheras, en la casa, en la calle, en los espacios públicos, las mujeres de a pie, las mujeres olvidadas, las madres con hijas, hijos desaparecidos... el momento fue muy emotivo.

La sesión terminó y cada participante se fue despidiendo. Esperanza se quedó al final, para agradecer a Judith la clase, era un gran regalo y también le brindaba una motivación para continuar en el día a día. Ese cotidiano que a veces se tornaba gris ante tanta injusticia, inseguridad, exclusión y desigualdad para las mujeres.

Una vez realizado su cometido,  Esperanza se despidió de Judith y emprendió el camino a casa. Al caminar observó la silueta de su sombra, dibujada por los faroles en las calles. Mientras se internaba en el rumbo de su barrio en su mente sonaba la frase, elijo vivir aún con todas las vicisitudes que tenga en el camino. Respiró profundo, la calle estaba solitaria, apresuró el paso con la certeza de que no estaba sola, las mujeres de su linaje la acompañaban.
 


Photo by Engin Akyurt on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Líneas de desnudo. 103. Lectores (2 de 2). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 103

Lectores (2 de 2)
Por Manuel Pérez-Petit

Ha sido un caso raro el de Lectores (1 de 2): el artículo en este mi Líneas de desnudo del que más mensajes he recibido –y todos mostrando su acuerdo con lo que yo decía– y, a la par, uno de los menos leídos de mi ya más que centenaria trayectoria en Letras, ideaYvoz. Esto me da que pensar que, en efecto, no hay lectores, porque, ¿a quien le interesa leer, y más cuando el hecho de leer de verdad, con todas sus letras, como vemos, es, en general, una actividad desprestigiada tanto desde arriba como desde abajo de la sociedad? ¿Por qué nos asombramos cuando entramos a una casa y vemos libros, al margen de que es cierto eso de que en la inmensa mayoría de los hogares no hay lugar para ellos?
            En las clases sociales más bajas no se lee porque los libros son caros, porque da pereza hacerlo o porque, yendo a lo más sencillo, la lectura no es una prioridad para nadie. O por las tres cosas a la vez. En las clases altas, leer en no pocas ocasiones es un esnobismo, algo con lo que aparentar ante los demás. En las clases medias, esto es, en la mayoría, leer es optativo. No existe la necesidad perentoria de comer, se puede ahorrar y, por ello, también comprar libros y leerlos –que son dos cosas muy distintas–. 
            ¿Es necesario, por otra parte, ser escritor para tener una inmensa biblioteca, cuando éstas, a la postre, son una inmensa minoría? La respuesta es no. Para ser escritor no es necesario tener libros; es imprescindible leerlos. ¿Acaso lo es para conformar aristocracias endogámicas que solo se interesan por sí mismas? Pues tampoco. El que ama los libros es como el que ama las macetas. Tiene, y muchos. Los cuida, los limpia y los ordena, hasta con curiosidad de coleccionista. Que los lea o no es otra cosa. 
            Se puede leer mucho y que ello no suponga nada para uno. Hay quienes leen y leer es a ellos como el polvo a las maletas. No les permea. Mucha culpa de esto la tiene la sociedad de la velocidad y la intoxicación informativa que vivimos. Hay quien lee menos y lo que leen les entra hasta las entrañas. Hay quien no lee libros, pero se lleva la vida leyendo, pues no todo son los libros. Mucha gente necesita leer la misma página dos y tres veces y siguen sin enterarse de lo que leen. Son victimas pero también carecen de intencion. A los que dirigen la sociedad les interesan las mentes rigidas, planas, de una porosidad inexistente. No son pocos aquellos para los que un libro es una cosa rara, difícil de desenredar, intrincado y confuso. O incluso un enemigo. Mi primera esposa decía que no quería libros en casa porque eran una fuente de bichos y suciedad. Y era periodista. Tuve que tener mis libros, en consecuencia, durante los cuatro años que duró el matrimonio, con mi madre. Luego, claro está, me reclamaba que pasaba demasiado poco tiempo en casa... 
            Habrá quien diga que el libro es un invento polémico y problemático, pero lo cierto es que sin libros no hay democracia, no hay libertad y no hay paz. El final del libro es el comienzo de la tiranía, de todo lo indeseable para el ser humano. Pero incluso más allá podría haber muchos libros en todas partes, y que nadie los leyera, ¿se lo imaginan ustedes, por ejemplo, los muy pocos lectores que hay que leen sobre los lectores?
Entre el 18 de febrero y el 2 de marzo de 2015. XXXVI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Pabellón Estado de México. Espacio de Sediento Ediciones.
Fotografía: Archivo de Sediento Ediciones, propiedad de M. P.-P. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.