Líneas de desnudo. 107. Declaración de lluvia. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 107

Declaración de lluvia
Por Manuel Pérez-Petit

En la tarde de ayer domingo iba y venía la lluvia como cartero despistado que debe volver a recorrer la misma calle para entregar la carta que se le escurrió en el carrito al lugar que no debía. Aparecía y desaparecía y volvía a aparecer durante parte de la tarde, y en algún mornento soltó su buena dosis de granizo, que para ella es como tocar la puerta, paso previo a ser recibida; el aldabón a través del que se anuncia, más efectivo incluso que los relámpagos que la han acompañado, y debo confesar que el granizo, incluso el de la vida, me golpea más fuerte que el trueno.
            Como ahora vivo en una zona alta de esta milagrosa y fatalista ciudad del valle, la calle se cubrió de salvajes escorrentías que bien conozco de acá y, en realidad, de todos los sitios que he pisado a lo largo de mi azarosa vida porque soy Sísifo, y subo por mi voluntad, al límite de mis fuerzas, y bajo arrastrado, con toda la gracilidad que para subir no tengo pero contra mi deseo, y no consigo nunca liberarme de mi condena, acerca de la cual comienzo a sospechar con fundamento que no tiene cura, y aun así, terco como soy, no pierdo la esperanza.
            Las coladeras, que es como aquí se llama a las alcantarillas, se suelen convertir, y ayer pasó, en surtidores que adornan como jardín la calle, pues el agua no puede pasar a la red de saneamiento –que debe haberla, supongo– a causa de la basura acumulada, o quizá sean géiseres y me engañan estos ojos míos que cada día ven menos y peor, pero no me consuela aquello de que tener poca vista pudiera ser una bendición para lo que hay que ver, pues me rebelo ante ello y veo mucho más que lo que miro, incluso demasiadas veces a mi pesar. 
            Ubicado al fondo de un patio de vecindad de tan solo tres vecinos, mi departamento de planta baja tiene dos puertas pintadas de blanco, una de metal y otra de madera. Suelo entrar por esta segunda que es la que tiene chapa –en otros sitios, cerradura–. Salí ayer tarde antes de que lloviera, a comprar algo de pan y un poco de jamón para la cena, y como el tequila ya lo tengo en casa me ahorré comprar el trago. Cuando regresé, he descubierto que el piso –léase suelo–  del dormitorio estaba cubierto por una fina capa de agua. No cabe duda de que la lluvia me quiere como amigo.
            Yo también quiero a la lluvia como amiga, debo reconocerlo, como también que hay amistades que matan –es un decir– y que algunos excesos de confianza resultan eso, excesivos –lo digo de este modo para no complicarme–. En realidad, me encanta la lluvia, y hasta me casaría con ella, al fin y al cabo me da paz tanto cuando la veo como cuando la siento, y ya va siendo hora. La lluvia es, a mi entender, como el verbo, el primer paso decidido hacia la vida. Hoy la lluvia es, al menos en nuestras urbes, sucia, pero en su naturaleza es prístina y me empapa hasta los huesos.
            Puede que anoche durmiera en una barca, e incluso lo hubiera agradecido: esa posible realidad no deja ser una metáfora de mi existir y transcurrir por la vida; esta sucesión incontenible de naufragios y lágrimas –agua salada, por cierto–, las buenas y las malas, con que me confundo a cada paso y más que nunca cuando llueve y me abro como todas las rosas recién llegada la primavera, como por ensalmo, de tal modo que siempre recuerdo al poeta estadounidense e. e. cummings (1894-1962), gracias a cuya lectura con quince años aprendí a amar la lluvia, y me siento en su verso “Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas” para reafirmar mi vocación a la vida.
   
Firma autógrafa de e. e. cummings, de fecha desconocida.
Fuente de la fotografía: Heritage Auctions. Tomada de: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:EE_Cummings_signature.svg

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 166. La pasión: debut y despedida. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 166

Apuntes de oído/ 13
La pasión: debut y despedida
Héctor Cortés Mandujano

                                 Acuérdate de mí, no me abandones tan solo,
                                               que este abril me desespera.
                                     No olvides que el amor vuela de noche
                                         y anida en otro abril cualquiera.

                                                              Amaury Pérez,
                                         en su canción “Acuérdate de abril”



En Diario de un seductor (publicado originalmente en 1843), de Soren Kierkegaard, Johannes, que es el posible origen del nombre Juan como sinónimo de tenorio, mujeriego, cuenta las peripecias que tiene que idear para conquistar a una dama y cómo, apenas poseyéndola, la pasión, el deseo desaparece.
	Es normal, diría cualquiera que sabe de esas calenturas. La pasión, por definición, es pasajera (y qué bueno: sería horrible andar enfebrecido, sin pausa, por mucho tiempo). En su canción “Yamilé, la más bella flor”, Noel Nicola (del disco Así como soy, de 1980) dice que un buen jardinero cuando ve una flor, “por más bella que sea la flor, se lo come la ansiedad de mirar el jardín”. No hay jardineros fieles, aunque John le Carré (en su novela El jardinero fiel) diga lo contrario. 
	La vieja canción “Total” (de Ricardo García Perdomo), interpretada por muchas, muchos, lo plantea sin muchas vueltas, con claridad meridiana: “Pretendiendo humillarme pregonaste el haber desdeñado mi pasión. Y fingiendo una honda pena imaginaste, que moriría de desesperación. Total, si me hubieras querido, ya me hubiera olvidado de tu querer…”. Es decir, conocer a alguien en la intimidad es quitarse el velo de la imaginación. Dice Eduardo Galeano en un texto que Serrat musicalizó (“Secreta mujer”, en Sombras de la China, 1998): “Arránqueme, señora, las ropas y las dudas: desnúdeme, desdúdeme”. 
	Las caricias soñadas son las mejores, dice Eugenia León (Ven acá, 1989) en su versión de “La última carcajada de la cumbancha”, de Agustín Lara. La cotidianidad es el mejor remedio contra la lujuria, lo ha dicho, según yo, Jaime López en alguna de sus canciones.
	La canción “Debutantes”, de Joan Manuel Serrat (del álbum Mi niñez, de 1970), para rematar, hace una disección de la pasión en los amantes. Comienza con la adolescencia:

	Los amantes debutantes
        comenzaron a bailar ayer.
        Van girando, preludiando
        la sinfonía del hombre y la mujer
	
	La pasión los toma por completo: “Y nada vale nada a su alrededor, creen que inventaron el amor”. Como todos.
	Un día, después de que susurraban sus nombres como una oración, “se marchitan y a una cita uno de los debutantes no vendrá”. El abandonado o la abandonada encontrará consuelo en otra, en otro: “Y la noria de esta historia sube del fondo del pozo hasta el brocal”.
	El final de la canción es el vaivén de las olas, una muestra de que las pasiones amorosas van y vienen: “Buscando terciopelo en la mirada y abrazarse contra la almohada, con un amor de contrabando, pasas la vida debutando”. Es decir, nuestra pasión muere en una persona y renace en otra…
	




Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 166. Al mal tiempo, buena cara. María Gabriela López Suárez

Al mal tiempo, buena cara
María Gabriela López Suárez

Genoveva había tenido un día de esos que dan ganas que termine pronto la jornada laboral y llegar a refugiarse en la comodidad del hogar. Las cosas no habían salido como deseaba y para acabarla había olvidado su comida en casa. No pudo evitar recordar la canción A bad day que solían recitar en una de sus clases de inglés: I overslept and missed my train, slipped on the sidewalk in the pouring rain, sprained my ankle, skinned my knees , broke my glasses, lost my keys… En un contexto más local, había pensado para sí misma, vaya que hoy me llovió en mi milpa y también se le vino a la mente la frase que solía decir su tía Clemencia cuando algo no le salía bien, solo falta que me orine un chucho. Sin embargo, aún con lo poco grato del día, Genoveva tenía presente aquella frase de al mal tiempo, buena cara; claro que esto último le estaba costando bastante.
          Cuando revisó el reloj vio que eran las seis de la tarde, el rostro se le iluminó, al fin era hora de salida. Se despidió de sus colegas de la oficina deseándoles buena tarde y por dentro se incluía en ese deseo. Camino a la parada del transporte, de nueva cuenta vio el reloj, no tardaba en llegar el autobús que la llevaba cerca de su domicilio. En efecto, el camión arribó puntualmente. Genoveva subió, iban varios de lugares vacíos. Sintió gran alivio, tenía pocas ganas para ir de pie. Justo cuando se preparaba para pedir la parada alguien más se adelantó. Sonrió para sí misma, qué bien, pensó.
          Se dirigió al departamento que rentaba con Ingrid y Donato, sus amistades y paisanos. Al abrir la puerta de la entrada Genoveva percibió un agradable olor a crepas de champiñones, se le vino a la mente que Donato e Ingrid podrían haber llegado antes que ella y estaban cocinando su comida o cena, ya casi eran las siete de la noche. Antes de que pudiera asomarse a la cocina, alguien salió a su encuentro, era Ingrid, 
         —¡Hola Geno! Llegas justo a tiempo para comer-cenar juntas, ¿te apetece? 
         —¡Hola Ingrid! Muchas gracias, claro que acepto. Creerás que olvidé mi comida.
         —Me di cuenta, guardé tu recipiente en el refri. Debes venir exhausta y con hambre, vente ya están listas las crepas. Preparé agua de guayaba.
          Cenaron, conversaron y a la charla se sumó Donato, quien llegó un rato después de la cena. Luego se despidieron para ir a dormir. En su cuarto Genoveva abrió la ventana que daba al patio, se acostó mientras trataba de repasar su día, se quedó con la parte de regreso a casa, su cierre del día había sido mucho mejor de lo que esperaba. Le había venido muy bien recuperar la frase al mal tiempo, buena cara. Cerró los ojos. Se sentía cansada, quería conciliar el sueño pero faltaba algo para cerrar con broche de oro la noche. No tardó en escuchar el canto arrullador de un grillito que habitaba en el jardín, la melodía fue acompañándola hasta que se quedó dormida.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 25. Kadish por el hijo no nacido. Ilse Ibarra Baumann

Kadish por el hijo no nacido

Por Ilse Ibarra Baumann

En Kaddish por el hijo no nacido, de Imre Kertész, el protagonista (que es autobiográfico), empieza diciendo ¡No! Al filósofo quien le ha preguntado si tiene hijos. La novela gira en torno a esa pregunta y al porqué de su rechazo. Irme, el escritor, es judío y estuvo en Auschwitz. La novela no habla del campo de exterminio sino de su matrimonio y de su infancia que fue tan dura que, fue como quien dice el preparatorio para su vida en Auschwitz. Internamente él no se siente judío, no es practicante, quisiera arrancarse su origen pero lo lleva en su ADN. Únicamente se siente judío cuando su mujer le dice que lo engaña con un no judío. 
          Tiene un estilo singular que, de tan repetitivo, cierra cualquier resquicio de significado para no quedarnos con ninguna duda. 

“llegado a este punto, considero conveniente contar a grandes rasgos como vivía yo en aquella época, para entender y conocer lo que debo entender y conocer: en que se distinguía aquel instante de otros instantes parecidos en los cuales se decidía, como en aquel momento, que pronto me acostaría con una determinada mujer. Y digo se decidía porque, si bien es cierto y del todo natural, naturalmente, que yo mismo participo en gran medida de tales decisiones y, al menos en apariencia, hasta tomo directamente la iniciativa, porque si bien todo esto es cierto, digo, nunca se me presenta como una decisión, por así decirlo, sino como todo lo contrario, como una aventura que hace incluso imposible la posibilidad de tomar una decisión…”

Y así sigue. Por algo es premio Nobel. 
          Lo recomiendo. El fondo de la novela de no adentrarse en el campo de concentración pero a la vez de enseñar lo que lleva dentro, y de cómo le ha afectado pese a vivir como si no, es único. Nada de “El hombre en busca del sentido” o “La bailarina de Auschwitz”, nada de eso. Esto es la vida común de un hombre que ha sufrido.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Líneas de desnudo. 106. Pesimismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 106

Pesimismo
Por Manuel Pérez-Petit

Me dice una persona muy querida que mis artículos son pesimistas y trágicos, que habrá que ver la vida por otras caras…, y esto me ha dado para pensar en la combustión en que vivo lleno de asombro.

M. P.-P.
El asombro es gratuito. Aparece por sorpresa y nadie puede controlarse ante él. Es como la verdad: provoca risa. Las inevitables risas del asombro y de la verdad se parecen mucho, y vengan de donde vengan amplían el mundo.
            Podemos luego creer en el azar o la fortuna o en la providencia, que son conceptos antagónicos, en el determinismo social o en definir el mundo como voluntad y representación, fuente inevitable de terribles sufrimientos, siguiendo a Arthur Schopenhauer (1788-1860) en su pesimismo radical. De leerme, este filósofo alemán no diría que mis artículos son pesimistas sino todo lo contrario, ya que su ateísmo convencido le impediría concordar con mi declarada fe, que dota a lo que escribo de esperanza, concepto imposible de asimilar para él.
            En cierto modo, todo depende del punto de vista, y más en este maremágnum a veces histérico a veces neurótico en que hemos permitido que el mundo se convierta. Alejado de los focos mundanos, Schopenhauer tuvo tiempo de contemplar y reflexionar acerca de lo observado, actividades con las que el común de los mortales actuales no solo ni sueña sino que ni se plantea. Hay, eso sí, una minoría de personas, y yo conozco a varias, que se salen de lo común, y contemplan, y reflexionan con sentido, y son capaces de asombrarse ante el mundo y las cosas que pasan. Y en ellos radica la esperanza de nuestra ajada y depauperada sociedad Occidental de no convertirse en el peor de los mundos. 
            Sin embargo, todo invita a irse, a exiliarse de la realidad. ¿Merece de verdad la pena implicarse? Pese a que todo indica lo contrario, yo creo que sí, pues soy, como Schopenhauer, un idealista, un inadaptado crónico especialista en sonoros y aplastantes fracasos. Yo tendría motivos reales para ser pesimista y trágico, en efecto, pero mi voluntad me impide sucumbir ante esa “dorada” tentación, y más aún teniendo asuntos pendientes y tantas cosas buenas por hacer, y más habiendo cada día más retos que afrontar y que cada vez somos menos los que tenemos la voluntad de darle la vuelta a la tortilla de una realidad que cuanto menos escuece, dado que siendo realistas, interesándose y observando el mundo, comprometiéndose hasta las entrañas, incluso con capacidad de asombro, que es la fuente de la belleza, aquello sin lo que no podríamos vivir aunque no lo sepamos, todo emprendimiento lleno de luz tiene como enemigo implacable esa oscuridad llena de oropeles con que las sirenas de la velocidad y el hastío nos pretenden fagocitar con sus redes abducientes y esclavizantes.
            ¿Donde están la rebeldía, el libre pensamiento, el espíritu crítico o el afán por vivir, aunque sea por quitarle la razón a Schopenhauer, y que son las verdaderas armas contra la desaparición del asombro, la relativización de la verdad y la implantación de la nueva esclavitud, que son casi inevitables? Podríamos decir, para estar más cómodos, “¡Vivan las cadenas!”, como decían algunos españoles de hace dos siglos para rendir pleitesía al nefasto Fernando VII, y nos quitaríamos en apariencia de “problemas”, sin darnos cuenta de que entraríamos de cabeza en la “resolución final”, el de la sociedad de los muertos que andan por la calle, objetivo de la pesimista y trágica distopía que ahora estamos viviendo, pues por desgracia no se puede ver la vida hoy por otras muchas caras.
   
Fotografía de retrato de Arthur Schopenhauer, por Johann Schäfer. Marzo de 1859.
Fuente de la fotografía: Biblioteca de la Universidad de Frankfurt am Main. Tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Arthur_Schopenhauer_by_J_Sch%C3%A4fer,_1859b.jpg

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 105. El libre albedrío. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 105

El libre albedrío
Por Manuel Pérez-Petit
Puede ser que sea que me parezca al padre de alguien o a su hermano o a su ex-marido o a algunos de sus ex-novios o al fontanero del que se prendió una mañana en que los rayos del sol llegaban al fondo de la cocina, no lo niego, como tampoco que a veces por estornudar o por levantar un dedo en una conversación alguien se haya sentido agredido o incluso amenazado por mí. Al fin, en todas partes soy y siempre seré un extranjero, como Rosaura, quien con hábito de hombre llega a Polonia, se pierde en el camino, encuentra en un risco una torre y cuando se acerca a ella escucha una voz: “¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!”, y se llena de tristeza. Allí está encerrado Segismundo, príncipe inconsciente de Polonia, quien, como yo cuando le recuerdo a alguien a su padre o a su hermano o a su ex-marido o a algunos de sus ex-novios o al fontanero del que se prendió una mañana en que los rayos del sol llegaban al fondo de la cocina, generado ríos aéreos de partículas de polvo y brillos en las llaves del agua que parecían estrellas, no entiende nada, ni la cadena que le sujeta ni las pieles que le cubren ni la razón de su existir, pues toda su vida ha permanecido en esa cueva.
            Puede ser que sea que recuerde, como también me ha pasado, al violador que abusó de alguien en su niñez, aunque fuera por la sola razón de llevar bigote, como en algunas temporadas ha sido, al que rentaba las bicicletas de no sé qué parque o solo por ser extranjero ser considerado un peligro. Y aún a sabiendas de mi condición apátrida no dejo de ser yo, puesto que si llegara el dia en que me desataran de la cadena y me vistieran con ropas adecuadas a mi rango, y ser el rey por un día, podría estallar de ira en el desconcierto de una realidad desconocida y volverme loco, como el rey Basilio interpretó, basado en la profecía que auguraba que Segismundo, su hijo secreto, sería cruel y terrible, para justificar dormirlo de nuevo y regresarlo a su torre, haciéndole creer que nunca salió de allí, y cuando allí se vió Segismundo dijo aquello de:

            Yo sueño que estoy aquí
            destas prisiones cargado,
            y soñé que en otro estado
            más lisonjero me vi.
            ¿Qué es la vida? Un frenesí.
            ¿Qué es la vida? Una ilusión,
            una sombra, una ficción,
            y el mayor bien es pequeño:
            que toda la vida es sueño,
            y los sueños, sueños son.
 
            Así, los fantasmas subjetivos de los demás se manifiestan contra uno –puedo ser yo o puede ser cualquiera–, y la culpa es de uno, no del que inventa parecidos que en nada son reales, pues es uno el que se expone a ello. Así, cuando los soldados, en la contienda civil que se establece al ser de conocimiento general que es el auténtico príncipe heredero, van a liberar a Segismundo, que está decidido a hacer el bien, y es restituido a su honor, éste decide castigarlos por haber traicionado a su padre, el rey, y pone orden en el viejo y oscuro reino de Polonia, negando cualquier posibilidad de venganza. 
            Y es que, como bien dice Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) en su “La vida es sueño”, obra cumbre de la literatura universal, el libre albedrío es más fuerte que el destino. Dicho de otro modo, todos tenemos fantasmas subjetivos, y todos ellos son dignos de comprensión, pero depende de uno no darles rienda suelta, pues ni yo ni nadie somos el padre, el hermano, el ex-marido, ninguno de los ex-novios o el fontanero del que se prendió una mañana en que los rayos del sol llegaban al fondo de la cocina, así como tampoco el señor con bigote que abusó de nadie hace muchos tacos de almanaque, el que rentaba las bicicletas de no sé qué parque o un extranjero que, por serlo, merezca la vitola de ser un peligro, y menos sabiendo que quien es extranjero en todas partes no lo es en ninguna. 
            Lo que se ha perdido en nuestra sociedad Occidental es el libre albedrío, aquello que permite ser un buen rey a Segismundo y que nos impide ser justos –aún siéndolo en realidad–, dejándonos arrastrar por nuestros fantasmas subjetivos y proyectándolos en los otros arrastrados por nuestro propio descontrol.
Reproducción digital a partir de Primera parte de comedias de Pedro Calderon de la Barca …, En Madrid : por la viuda de Iuan Sanchez, a costa de Gabriel de Leon …, 1640, h. 1-26 Localización: Biblioteca Nacional (España). Sig. R/12588
Origen de la imagen: https://www.cervantesvirtual.com/obra/la-vida-es-sueno--8/ 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 165. Disforia. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 165
Evocadas páginas de otro libro/ IX


Disforia
Héctor Cortés Mandujano

El hada maléfica (no era su nombre, sino su característica principal) no fue invitada a la fiesta donde los reyes, por fin, presentaban a Rosa Silvestre, su anhelada hija. El pretexto baladí para no invitarla fue que sólo había en palacio doce platos de oro, y las hadas eran trece.
	Llegó de todos modos y dijo, como las otras, en voz alta, la sentencia que se cumpliría inexorablemente cuando la recién nacida cumpliera quince años: “Se pinchara un dedo con la rueca y dormirá para siempre”. 
Y se fue.
	Otra de las hadas pudo matizar la maldición: “Dormirá cien años y podrá ser despertada por el beso de amor de un príncipe”.

Pasaron los años y muchos intentaron llegar al palacio que había sido tomado por los breñales, la flora feraz. Desistían.
	Un forastero llegó y a fuerza de empeño diario fue haciendo un túnel en aquella tundra inextricable. Entró en el palacio y vio que los cocineros también habían quedado dormidos, lo mismo que los cerdos, las gallinas, los reyes, el fuego. En un rincón halló a una pareja (ella delgada, el gordo) en plena, aunque detenida sesión sexual. Se veían contentos. 
        Olía mal en el palacio. 
	Buscó en una de las recámaras y se dio cuenta de que de allí salía el peor mal olor. Disforia. Tal vez porque era el origen del sibilino castigo, la princesa apestaba a los mil demonios. Se tapó las narices y se acercó hasta donde ella dormía. Qué hediondez. ¿Y había que besarla?
	No tuvo muchas dudas. Pensó que quizás ya estaba tan maloliente cuando quedó dormida y había pasado cien años sin bañarse, sin cepillarse los dientes.
	“Mejor buscar otras aventuras” –se dijo– y se fue de allí.

[En Borges (Editorial Destino, 2006), de Adolfo Bioy Casares, cuenta que Álvaro Melián Lafinur (1889-1958) les leyó otras versiones de los cuentos clásicos: “Él descubrió lo que nadie: que después de un largo sueño la Bella Durmiente tenía feo olor”.]

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 165. Menos puentes, más ciudad. María Gabriela López Suárez

Respetar y cuidar la vida
#MenosPuentesMasCiudad

María Gabriela López Suárez

Sonia revisó el calendario, quería confirmar la fecha en que había dicho a René, su hijo y a Juliana, su sobrina, de 10 y 11 años, que los llevaría al parque a montar bicicleta. El fin de semana había llegado, le llamó a Belén, su hermana, para que dejara ir a Juliana al paseo.

El domingo Sonia y René se levantaron tempranito, acomodaron en el coche la bici de René, sus botes con agua y luego pasaron por Juliana, quien vivía a un par de cuadras y los esperaba con ansias. Subieron la bici de Juliana al auto. Belén los saludó y despidió deseando que se la pasaran muy bien.

—Buenos días Juli, ¿cómo estás? Ya te hicimos madrugar en domingo —dijo Sonia.

—¡Hola tía Sonia! ¡Hola René! No te apures, ya contaba los días para que fuera la salida.

—¡Hola Juli! Ahora si podremos dar muchas vueltas en la bici, a ver cuántas vueltas aguantamos. 

La ciudad estaba sin tráfico, eran las 7,30 de la mañana. El clima daba pinta que iba a ser caluroso ese día.

En el camino hicieron una parada, pasaron a comprar jugo de naranja con doña Chofi, quien vendía jugos a la entrada de la colonia donde vivían. Sonia se estacionó y bajó por los jugos.

—Buenos días doña Chofi, ¿cómo le va? 

—Buen día señora Sonia. Aquí ya lista con la venta, ¿cuántos jugos y de qué sabor quiere? Hoy tengo de naranja, zanahoria, betabel y toronja. 

—Por favor, quiero tres, de naranja. 

Sonia compró los jugos, se despidió de doña Chofi y regresó al auto para continuar rumbo al parque. En el trayecto había señalamientos de ir más despacio, Sonia observó la maquinaria trabajando para excavar. No tardó en darse cuenta que buena parte de lo que estaban excavando tenía como vecinos a una hilera de árboles que, sin duda, no tardaban en ser derribados.

—¿Oye mamá qué van a construir acá? ¿Por qué hay tantas máquinas?

Antes que Sonia pudiera responder, Juliana preguntó,

—Tía, ¿y esos arbolitos de allá los van a tirar? Son muchos, ¿verdad?

Sonia les explicó que en la ciudad había proyectos para construir puentes, y desafortunadamente, en muchos de esos proyectos el cuidado y respeto a la naturaleza no estaba contemplado, ni tampoco las afectaciones que eso podría causar a la población. Juliana y René escuchaban con atención. Mientras iban pasando por un puente les compartió que años atrás ahí había muchos árboles que fueron derribados para construir sobre ese espacio el puente. Como parte del resultado ahora el clima era más caluroso al haber menos árboles y más asfalto. Además de que los espacios con áreas verdes cada vez eran  más pocos.

Cuando llegaron al parque ya eran alrededor de las 8,30; bajaron las bicicletas y botes con agua. Sonia se acomodó en el pasto donde un árbol de matilisguate le brindaba una confortable sombra y además le permitía observarlos mientras rodaban bicicleta. 

Al alejarse observó cómo René y Juliana se apresuraban con entusiasmo para montar sus bicicletas. 
Respiró profundo y pensó qué afortunados eran por contar con esos espacios rodeados de naturaleza. 
Sin embargo, eso también implicaba cuidar los parques, los árboles, la fauna que habitaba esos espacios, y para ello la organización y movilización ciudadana era esencial porque también significaba respetar y cuidar la vida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 164. La compañía de mis dedos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding

Polvo del camino/ 164

La compañía de mis dedos
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano


                                                  A mi amiga Tania Corzo




Me llegó a la cara una ráfaga de viento y agua, como si el bosque hubiera estornudado. Avanzaba con cuidado, porque el piso estaba muy húmedo y los grandes árboles creaban una suave nocturnidad en este medio día. Mis botas estaban barnizadas de lodo y ya había dejado de sudar, de tanto hacerlo, lo que suponía un problema, porque evidenciaba mi cansancio y un cuerpo que había agotado sus líquidos. Pero había un río cerca, eso pensé.
	Tres cocodrilos, desde la playa de arenas toscas, ni siquiera cerraron sus bocas cuando me acerqué. Los tres tenían dentro sendos pájaros que limpiaban sus dentaduras, al mismo tiempo que se llenaban el buche. Una gorda serpiente me vio sin mostrar emociones, con sus hipnóticos ojos, desde su enredamiento en una rama baja y cercana.
	Metí la cabeza en la corriente y luego, como si fuera un caballo o una cebra, tomé agua hasta sentir que mi estómago no podía estirarse más.
	Me moví en sentido contrario de los grandes saurópsidos, sin saber adónde me llevaría esa errática vía. El río dejaba el bosque que poco a poco se convertía en un lomerío de montes bajos y escasos árboles. Mi atuendo era más adecuado para esta geografía, porque sólo tenía, aparte de las botas, un short y una camiseta. Nada en las bolsas, nada en las manos, más que la compañía de mis dedos.
	Llegué hasta el corte abrupto del último cerro, donde el agua se volvía una cascada que caía hasta tal vez una poza profunda porque el chorro, tan abundante, habría horadado las rocas que hubiera allá abajo.
	De pie, miré buscando alguna forma de bajar que no fuera aventarme por la caída líquida, la trenza de cabellos blancos que contrastaba con los cafés de las piedras y el azul del cielo. Nada. Era un abismo sólo apto para el vuelo. 
	Me senté en una ancha piedra, como cama, como mesa, y vi el horizonte lejano, de cirros, cúmulos y estratos. Serían tal vez, supuse, cerca de las dos de la tarde y en mi mente no hallé ningún plan que me hiciera avanzar o retroceder. Decidí quedarme allí hasta que alguna idea me llegara. 
        Me acosté en posición fetal y con los ojos abiertos escudriñé el pequeño estante de aguas sucias donde me hallaba. Toqué con mis dedos, en el centro de mi cuerpo, una resbalosa liana que parecía conectarme con algo más, cuyo extremo no podía alcanzar, pese a mis movimientos continuos, al estiramiento de mis brazos, a los tentaleos que sólo movían el agua oscura donde vivo.
	Oigo su voz: “Mira, se está moviendo mucho, otra vez; tal vez le guste como a mí esta película de aventuras. Ese actor me encanta, tiene un cuerpo hermoso y una cara divina. Ojalá este bebé se parezca a él, cuando nazca, cuando sea grande. Ya, precioso, tranquilo, duérmete, mami te está cuidando”.
	Me gusta su voz, me calma, me adormece. Dejo de moverme, cierro los ojos y sigo en su vientre, soñando que algún día la conoceré y seré feliz junto a ella.
	

Ilustración: Alejandro Nudding
Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 164. No estás sola. María Gabriela López Suárez

No estás sola
María Gabriela López Suárez


Jocelyn logró cambiar el turno de su trabajo en la papelería con su compañera Ariadna, fue la única que se mostró solidaria con ella cuando comentó que deseaba participar en la marcha del 8 de marzo. Ariadna era madre soltera, tenía una hija y un hijo adolescentes, Martha y Artemio; cuando escuchó a Jocelyn con tanto entusiasmo y esperanza de participar en la marcha no dudo en apoyarla para cubrir su turno por la tarde. Recordó que Martha y Artemio también tenían interés en sumarse a la marcha. Ariadna estaba motivada porque veía que en las nuevas generaciones traían inquietudes por conocer, defender  y hacer respetar sus derechos.

—Doña Ari, muchas gracias por hacerme el paro, mañana le cuento cómo estuvo la marcha. Mi participación también va por usted. A lo mejor me topo con la Marthita o el Temo y los saludo.

—Lo hago con gusto Jocelyn, ve con cuidado y recuerda no apartarte del contingente. Ojalá te los encuentres.

Jocelyn salió de la papelería, no sin antes preparar su pancarta, #RespetaMiCuerpo, #VivasNosQueremos. Se colocó su gorra color morado, el sol estaba intenso y se dirigió al punto de reunión. Comenzó a caminar a paso rápido, vio su reloj y llevaba 15 minutos de retraso. En el trayecto se encontró con algunas mujeres, no las conocía. Sin embargo, todas iban a la marcha, intercambió mensajes con ellas y eso le generó una sensación grata, de compañerismo y empatía.

El contingente se veía a lo lejos, muchas mujeres, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas que se habían congregado para partir a la plaza central. Jocelyn buscó si lograba ver a alguna de sus amistades, no tardó en hallar a dos de ellas, de la secundaria, Lulú y Aurora. Se saludaron y se formaron en las filas, no tardaba en iniciar la marcha.

Durante el recorrido hubo organización y gran participación de las compañeras, quienes con entusiasmo, fuerza y convicción gritaban diversas consignas: Ni una más ni una más, ni una asesinada más; Ni una más ni una menos porque vivas nos queremos; Vivas se las llevaron, vivas las queremos. Jocelyn observó con gusto y esperanza que era una gran cantidad de mujeres que se habían sumado a la marcha. Mientras iba gritando las consignas, venían a su mente las mujeres de su familia, ella iba en representación de cada una, pero también de sus vecinas, doña Pilar, la señora que cosía manteles; doña Hortensia, la señora que tenía su tiendita de abarrotes en el barrio; doña Ari, su compañera de trabajo; doña Petrita, la señora que hacía el aseo en la papelería y también dedicó su participación a las mujeres migrantes como doña Luci, una vecina que había ido a alcanzar el sueño americano junto con su hijo Chepe.

Una vez que llegaron a la plaza central, se invitó a hacer uso del micrófono. Jocelyn se quedó con Lulú y Aurora. Escucharon las diversas denuncias que hacían, de vez en vez intercambiaban miradas. Jocelyn observó los rostros de las mujeres que estaban a su alrededor, algunos denotaban asombro, coraje, dolor. También percibió un ambiente de confianza y seguridad entre todas las mujeres. Su corazón se sintió fortalecido cuando más de una vez, después de cada testimonio o denuncia compartida, se dejó escuchar en coro la frase: No estás sola, no estás sola. 

De regreso a casa, Jocelyn se acompañó con Lulú y Aurora, escuchaba sus impresiones sobre la marcha. Ella iba en silencio, sintiendo aún la fuerza de la frase: No estás sola.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.