Revista

Voces ensortijadas 106. Volar, volar. María Gabriela López Suárez

Volar, volar

Por María Gabriela López Suárez

El reloj de la sala hizo sonar sus campanadas, Bianca volteó a ver la hora, justo eran cuarto para las seis de la tarde. Ese día debía ir por el saco que había llevado a la tintorería hace más de una semana. 

—Uy apenas y me alcanza el tiempo para ir, cierran a las 6,30 — dijo para sí, en tono apresurado.

Rápidamente escribió una nota que dejó sobre la mesa del comedor, para que la leyeran en su familia, quien llegara primero a casa:  “Regreso en un rato, fui a la tintorería y después a comprar pan. No llevo celular. Besos, B.”

Jaló un chaleco, sus llaves de la casa y reviso llevar en su bolso dinero y la nota de la prenda. Su paso fue algo rápido, llegó a la esquina y giro a la derecha, comenzó a caminar con menos prisa. Se topó con reparación en un par de calles. Mientras iba caminando alzó la vista, el atardecer se asomaba, los tonos rojizos combinados con el celeste del cielo y las pequeñas nubes blancas como trozos alargados de algodón decoraban el cielo. 

Bianca se alegró de haber salido a esa hora, de no haber sido por el mandado se habría perdido esa puesta de sol. Intentó adivinar qué hora era, no solía usar reloj y el celular lo había dejado en casa. No tardó en tener su pregunta respondida, una parvada de pájaros pequeños comenzó a realizar su vuelo a una cuadra de distancia de donde ella estaba. Tenía rato que no observaba ese hermosa paisaje, la danza de los pájaros, así lo consideraba, el vuelo sincronizado de las aves que, cada tarde, en punto de las seis se daba cita en esa avenida. Bianca había pensado que debía llamarse Avenida El vuelo de los pájaros, esquina con Date una pausa y disfruta el paisaje.

Se detuvo unos instantes, atenta, observando las vueltas que daban todos los pájaros, dibujando especie de círculos que atravesaban la calle, sin perder su ritmo.  Siguió su paso, sintiendo una emoción en su interior, agradeciendo el regalo de la naturaleza. Se puso a pensar cómo sería ella si fuera uno de esos pájaros, le dieron ganas de volar, volar y disfrutar con esa parvada que le había alegrado la tarde. Vino a su mente una de sus canciones favoritas, Volar, de El Kanka:
 
"Volar, lo que se dice volar, volar, volar, volar, no vuelo...pero desde que cambié el palacio por el callejón. Desde que rompí todas las hojas del guión, si quieres buscarme, mira para el cielo… solté todo lo que tenía y fui feliz. Solté las riendas y dejé pasar, no me ata nada aquí, no hay nada que guardar, así que cojo impulso y a volar.
"

Entre el tarareo de la canción se dio cuenta que estaba a unos pasos de la tintorería, estaba abierta, sonrió y sintió un gran alivio, al tiempo que seguía resonando "volar, volar, lo que se dice volar".

Photo by vishnudeep dixit on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 12. La cama de hojas. Antonio Florido

Fisonomía 12 
La cama de hojas

Por Antonio Florido

       


Hablar de la causalidad. Lo que ocurre. Presuroso. Tal vez en nuestras mentes. Es prescindible. Cáustico. Amierdado. Hablar de El Pozo es vivir. Morir. No creer. Sacar los sentimientos. Abriendo el hecho. El suceso. Crujiéndolo. Extrayendo la médula. El tuétano.

Montevideo, 1 de julio de 1909.

El comienzo de todo. La tragedia. La puta en la cama. Y la niña. El filo abierto entre sus piernas. El triángulo donde brilla la tormenta, aún. Onetti. Sólo estoy comenzando. La noche. Oculto a mí mismo. Onetti con los labios pintados de blanco. Un colgajo blanco. Un humo blanco. Unos pulmones negros. La melancolía. Y la discordia entre esto y aquello. También la intemperancia, le puede. Como la indiferencia. Anclada en el corazón. Punzada. Sangrante. Varias historias en una. Pero una sola escritura. Un único nervio. Belleza. Exaltación. Calor derramado por la ventana. Veinte hombres rozando a la puta. Y vemos un hombro rojo. Olor agrio en un patio. Por la excrecencia de la mediocridad. Mugre. Calor. Patio encharcado. Inapetencia en los lugares del reposo. La caja de papeles. La alfombra de hojas. La niña sobre la cama. Los brazos forzados. Pero nada de violación. Onetti solamente fuerza el olvido de lo vulgar. Y lo consigue. Alzando su escritura. Brillando con el cuerpo inclinado. Fumando. Y fumando. Blanco humo en la pieza. Esperando a Lázaro. Existencialismo, pronunció alguien. ¿Existencialismo?, digo yo. ¿Preciosismo? ¿Belleza en la suciedad de la vida? Onetti, Juan Carlos. Y Borges. ¡Qué manera tan absurda de querer desprenderse! ¡Imposible! Le vemos hacia abajo. Le observo. Me observa. Desde lejos. Sus gafas. Sus ojos. Leo. Se ha quedado sin tabaco. Y mañana cumplirá los cuarenta. Dos atrevimientos. Dos estallidos en el aire. Pasea. Y vuelve sobre sus pasos. Entonces escribe. En la noche. Hasta la extenuación. Uruguacho. ¡Qué más podés decir! ¿Cuándo comenzó usted a escribir? ¿De pequeño? No, responde. Yo, de niño, no escribía. Mentía. Fabulaba. Distorsionaba. Retorcía mi realidad. En otra. Más feroz. Más íntima. Diferente. Lejos de la medianía, tan asquerosa. Onetti. Yo no sé escribir, afirma. Sabe que lo sabe. Un dolor. Una parida del mundo. Y habla del hecho y del sueño. Se acuerda de Bunin. Iván. El ruso. Con su frío agarrado al pecho. En su cabaña mísera. Onetti tratando de desnudar su vergüenza ante nadie. Pero nadie existe con el alma limpia. Luego Cordes, el poeta. Volverá por sus fueros. Más adelante. Esperemos. Onetti vive, dice. No se pasa el día imaginando cosas. Claro. Y cuando sobrevuelo sus líneas el desmayo del escritor. Él mismo bajo las luces de los que triunfaron. El fracaso aparece. O ya estaba dentro de su alma. Puede. Pero le importa un corno, afirma. Le entiendo. Eso creo, al menos. ¿Y usted? ¿Acaso leyó usted alguna vez a Onetti? Habla de Hanka, la mujer. Le aburre. Y del amor. Sobre la doble partida del mismo. Maravilloso. Absurdo. Sobre todo cuando se fue. Y lo vemos en la distancia. Fuera de nuestra boca. De nuestra lengua, tal vez. La joven frente a la mujer. Ésta es práctica y hedionda. Cuando pasa los veinte o veinticinco. Cuando se hace mujer. Antes no. Todas iguales. Llega a entender el asco amoroso por las niñas, de los viejos. Y sigo leyendo. Me asalta. Dice: “Hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. Hermoso. Y cierto. ¿No? También nos pone delante los sucesos. Como cáscaras. Vacías. Huecas. Vanas. Apenas para llenarlas de sentimientos. Éstos los únicos sensatos y verdaderos. Lo demás, ¡qué importa!

Onetti, su personaje, esto es, vive con Lázaro. ¿Casual? Una pesadilla. Constantemente le pide los pesos debidos. Pero Lázaro no aparece. La pesadilla recurrente. Como sus sueños. Como su historia. Repetida. En una ciudad, ahora. Luego en otra, quizás. A lo mejor más allá, al fin. Mas siempre lo mismo. La misma. La hermosa joven echada sobre la cama de hojas. No la viola. No le interesa. No siente esa avidez por la carne. Ella escupe en su frente. La saliva resbala. Después se seca, al aire, mientras camina. Igual que lo hace por la pieza. De pared a pared. Sin fin posible. El escritor encerrado. Escribiendo siempre el mismo libro. Con matices. Distinto. Igual. Siempre igual. Hasta el desmayo. Hasta lo no consciente. Una infancia feliz que no quiere recordar. Mayor, de golpe. La redacción. Las noches sobre las cuartillas. Con el oído atento a los teletipos. Europa arde. ¿Arde? Cordes declama su poema. Lo canta. Otro escupitajo a su orgullo. El verso es magnífico. ¡Tanto le duele la estrofa! Le responde con un cuento imaginado. El otro lo toma como una bolsa de cacahuetes. No está a su nivel. Y llega el fracaso. Otra vez el fracaso. Una caja llena de fracasos papelados.

Después de El Pozo estalló la tormenta. Uruguay expectante. Los uruguayos quietos, esperando, leyendo, leyendo. El mundo encogido. Onetti cesa de fumar un instante. Y en ese instante, apenas un suspiro, escribe Tierra de nadie. Después otro cigarro blanco, otro instante. Escribe ahora Los adioses. Fuma de nuevo y dibuja Para una tumba sin nombre. Más tabaco y logra El astillero. Así compuso Onetti una obra sustancial para comprender la literatura actual uruguaya. Juntacadáveres, La muerte y la niña…

Madrid, 30 de mayo de 1994.

Acaba la sinfonía. La cama de hojas continúa en mi mente. En tu mente. En su mente. Inabarcable. Insustituible. Eterna. En ese esbozo vespertino en el que dejó de fumar porque se le hubo, había acabado el tabaco y decidió, en un arranque total, escribir El Pozo.




Retrato de Onetti (¿1972?).  José Montes (Montevideo 1929-Montevideo 2001).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 106. Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor. Héctor Cortés Mandujano

Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor

Héctor Cortés Mandujano

Tengo celos del todo en tus anhelos.

Que tú besabas a Jesús, he visto,

y aunque Jesús es Dios, yo tengo celos:

No vuelvas a besar a Jesucristo

M.R. Tovar, en «Amor y celos», Álbum del corazón, de Fernando Soria

 

Fernando Soria Cárpena. Su vida y su obra (Ediciones Proturco, 2020) es un continuado trabajo de investigación de Douglas M. Bringas Valdez, doctor en musicología por la Universidad Complutense de Madrid, pianista de enorme experiencia y profesor de piano en la Facultad de Música de la Unicach, quien me hizo el favor de obsequiarme éste y su complemento: Álbum de corazón, No. 1 Suite Romántica y No. 2 Suite Elegíaca, también de Fernando Soria, piezas compuestas a partir de fragmentos poéticos, con los mismos datos de edición. 
	Dice Douglas en la introducción de la biografía de Soria (p. 13): “El nombre de Fernando Soria apareció en 2003 en los anaqueles del Centro Universitario de Información y Documentación de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, como autor de un Himno a Chiapas que nadie conocía”.
	No fue fácil determinar quién era el músico desconocido, pero Douglas se impuso el reto. En la revista México musical de enero de 1933 se asienta que Soria tuvo (p. 17) “como fecha de nacimiento el 11 de agosto de 1860, en Ocozocoautla, Chiapas”, probablemente hijo de un español y de madre peruana, aunque él mismo cambiaba esos datos por otros. 
         Su inclinación por la música inició en la infancia, según sus propias palabras (p. 19): “A la edad de nueve años suplía yo a mi maestro en el coro de la iglesia, como acompañante en el harmonium y corista cantor en jefe”. Trabajó en Comitán como (p. 23) “profesor de teoría y piano”, “simultáneamente en Quetzaltenango, Guatemala” y San Cristóbal de Las Casas, “posiblemente entre 1885 y 1888”;  entre 1905 y 1913 (p. 54) “en escuelas primarias de la Ciudad de México”. También vivió y trabajó en Veracruz y, por supuesto, en Chiapas.
         Fernando Soria ganó, como músico, premios en París en 1900 y 1909. En Chiapas dedicó el bolero ¡Viva mi tierra! a Belisario Domínguez, cuyas palabras autógrafas dicen (p. 58): “Sr. Doctor Domínguez: Dígnese aceptar el presente homenaje a su valor civil, que más tarde consignará la Historia con letras de oro”.
         Escribe Douglas (p. 63): “Desde 1922 y hasta su muerte, en 1937, Soria se estableció en la Ciudad de México”.  En una de las entrevistas que Douglas hizo se enteró que la abuela de Soria decía de él que (p. 65) “era compositor de tiempo completo, al grado de dormir con una pluma y tinta junto a su cama para escribir en los puños del pijama las melodías que soñaba”. Tuvo siete hijos (p. 38): “De ellos destacó a nivel nacional e internacional a principios del siglo XX la segunda hija, Isabel (1890-1976)”, cantante de ópera con una carrera en México, que la llevó a Puerto Rico y España.
          En la breve autobiografía que hizo Soria dice que (p. 73) “he compuesto en mi vida de artista más de 300 piezas de varios géneros”; dice Douglas que de ellas ha podido localizar 93: “Entre ellas, el género que predomina (72%) es la música para piano, las demás (28%) son composiciones para coro con piano, y siete canciones para voz”. 
          Ahora, Douglas Bringas, con generosidad y con la autoridad que le confiere su profesionalismo y la altura de su arte musical, ha grabado un disco con composiciones de Fernando Soria, y ha hecho muchos conciertos dando a conocer la vida y la obra de este músico, cuya obra –notable y vasta– ya está a la disposición de quien quiera conocerla.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Absenta 2. Entre nosotros. Erik García Briones

Entre nosotros

Por Erik García Briones

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Líneas de desnudo. 78. Leer. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 78

Leer
Por Manuel Pérez-Petit

Convengamos que hay tres tipos de lectura.
            Está la del académico, el crítico o el editor, por ejemplo, que debe ser analítica, aunque sea llevada a cabo con diversos métodos y finalidades. Sin menoscabo de que pueda generar disfrute, esta lectura es más bien contraria a lo lúdico, aunque no niega esta posibilidad. 
            También está la del que anda en el proceso de adentrarse en el oficio de escribir, que es una lectura interesada, casi parasitaria, conducente al aprendizaje de un oficio que no puede estudiarse en Escuela, Facultad o Colegio alguno y que apenas puede adquirirse mediante la propia lectura y el ejercicio continuo, disciplinado y fruto casi en exclusiva de la voluntad, acudiendo a referencias cuyo valor es indudable, tales como otros autores y la lectura de obras consagradas. “Roben si es necesario”, decía Juan Carlos Onetti (1909-1994) en su célebre "Decálogo (más uno) para escritores principiantes". Es una práctica que exige entrar en el texto de forma no erudita ni intelectual sino llena de afán devorador, hambrienta de elementos en que expresar la propia intención escritora, y que por lo general conviene llevar a cabo mediante la orientación de alguien en quien se deposita la propia confianza como facilitador, asesor o maestro. 
            Y, como es natural, está, de igual modo, la lúdica, que es la lectura común, y si bien las otras dos no están reñidas con el placer de leer, la que en exclusiva es por placer y no tiene intención más que la de pasar el tiempo es esta, en mi opinión la más grande todas, aquella por la que en verdad merece la pena adentrarse en un libro. 
            La panoplia de posibilidades, como se ve, es muy amplia. No se está, por otra parte, en condiciones de desdeñar ninguna lectura. Hay quienes desprecian unas en favor de otras, e incluso quienes descalifican o califican a las personas en función de las obras que leen. Para gustos, los colores, como diría el castizo. Sin embargo, el clima no está para exquisiteces, al menos a nivel de calle, en esta cosificación a la que estamos siendo sometidas las personas. Otro asunto es que se hablara de circuitos o círculos culturales, una gran parte de los cuales –a qué mentirnos– son “de salón”, o sea, frívolos, insustanciales, mundanos, como torear sin toro, teóricos, carentes de esfuerzo y riesgo. Aún así, en algunos sí entra en juego el rigor, el criterio, la selección, la capacidad de jugársela, que, en todo caso, deben ser coherentes y que en un universo ideal tendrían que ser asunto de todos. Pero se dista mucho –y mucho más que nunca– de ese mundo. 
            Para el lector lo importante es encontrar obras y acceder a ellas, y ahí toma protagonismo, por cuanto facilitador y por su responsabilidad moral, la importancia del oficio de escribir, pues no podemos olvidar que de manera necesaria se escribe para los otros. Hoy existe una corriente de autores que dicen que los lectores no les interesan, y yo siento que eso es venderse de algún modo al poder y a las cadenas, porque si uno escribe es para ser leído, no para su vanidad personal, y si cualquiera lo hiciera por éste último motivo no tiene sentido que se presente al público diciendo que escribe solo para sí mismo, pues con esa ordinariez y falta de respeto a los demás se descalificaría a sí mismo. Mejor sería en este caso que no se anunciara. Esos autores que desprecian al lector dan la razón a quienes controlan las cosas. Hacen falta poetas en el más amplio sentido de la palabra. Y lo cierto es que hay que leer. Como sea. Igual no tanto como las campañas se empeñan en hacernos ver, y en vano todas ellas transmiten la sensación de que son un exceso que no sirve para nada.
            Y la realidad es la que nos toca. Se habla más que lo que se lee. Alguna cita o algún comentario suele bastar para ilustrar a muchos –no son pocos los que recitan de memoria quedándose en las primeras frases de las obras, y casi nadie se sabe fragmentos ubicados a mitad de cualquier libro o poemas completos–. Se lee bien poco. Se habla más por referencias –y mejor si breves– que por la propia lectura. Un terrible signo de nuestro tiempo es la impostura. Cualquiera puede “conocer” cualquier tema con “San google”: son los “wikiexpertos” de encefalograma plano, carentes de criterio y rigor, acumuladores de datos para "certificar" su aptitud a la hora de afrontar planteamientos discursivos que no requieren de recuerdos y a los que no afectan los olvidos, y con los que muestran a los demás de manera voluntaria su “suficiencia” e involuntaria su mediocridad.
           No juzgo, válgame Dios, solo me faltaba eso, pero con más que notable frecuencia, insisto no sin cierta tristeza, confundimos información con conocimiento. Dirán que me repito más con esto que el chorizo de Cantimpalos, pero solo indico una realidad observada –o realidades– por largo tiempo en multitud de casos y situaciones, que me preocupa, y no poco.
           Leer poco o mucho o algo es condición imprescindible hoy en nuestro mundo para poder vislumbrar algún horizonte posible, y es muy molesto para quienes dirigen con mano de hierro y sin disimulo el deambular de nuestras sociedades a su antojo y capricho, por lo que lo proscriben y, por si fuera poco, aplauden a los que no leen, pues ello facilita de manera determinante la fertilidad incontestable de su discurso finalista de manipulación, dominio y control acérrimos. 
         Pero lo cierto es que los que no leen son la inmensa mayoría –por más que de manera tan patética a veces quieran parecer eruditos de panfleto y/o mientan como condenados diciendo que se leen hasta los prospectos de las medicinas, y es que esto se percibe en la pobreza expresiva y de vocabulario: no es posible que lea quien no sabe hablar–, lo que hace aún mas necesario el grito que deberíamos alzar todos para que el mundo deje de ser cada día más hostil y más pequeño. 
         Ay, si la mitad de la gente que presume de ser lectora lo fuera de verdad...
 Colección casi completa a junio de 2014 de los títulos publicados por Sediento Ediciones (archivo de M. P.-P.), proveniente de una biblioteca particular.
Fotografía: ©Gabriel Mendoza García.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 77. Qué más da. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 77

Qué más da
Por Manuel Pérez-Petit

(…) Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, o “Hay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, o “Déjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”. Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañado –verse “interpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado. Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos. Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos. También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella. (…)

Javier Marías: Las lecciones de la imaginación. El País, 26/04/2014
Son cosas que pasan. El club de los descubrimientos tardíos es excepcional. A la lengua española, sin ir más lejos, le costó tres siglos reconocer a dos poetas: Juan de Yepes Álvarez (1542-1591) –más conocido como San Juan de la Cruz– y Luis de Góngora y Argote (1561-1627) como lo que hoy son de forma definitiva a la poesía universal. Lo mismo le pasó a Diego Rodriguez de Silva y Velázquez (1599-1660), pues hasta bien avanzado el siglo XIX no era su obra sino la de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) la considerada como la cumbre de la pintura barroca española. Dos sevillanos en disputa por el trono del arte, que al final quedó en posesión del autor de “Las Meninas”, considerado hoy una cumbre universal, sin desdoro alguno para el otro. Son solo casos, y quizá habría que dedicarle cientos de páginas al libro de los olvidos o de los descubrimientos fuera de su tiempo.
            Y es que el tiempo tiene estas cosas. Para todos. Conviene recordar que la primera definición de la voz ‘tiempo' en el Diccionario de la Lengua Española es “Duración de las cosas sujetas a mudanza”, aunque también significa muchas otras cosas, sobre todo para darnos cuenta de que, al final, el tiempo es subjetivo, por lo que con él se caen todas las teorías racionalistas. Incluso más aún en estos tiempos que vivimos.
            No estamos para perder el tiempo, y en todo caso habrá que sentar el tiempo, dado lo que tenemos no cerca sino, de manera literal, encima, y más aún en la sospecha, cierta como castaña, de que no podemos dejar al tiempo que ponga las cosas en su sitio. O lo hacemos todos y cada uno, y ya, o estamos con exactitud perdidos. En nuestra situación, lo que hay nos obliga a capear el tiempo con alma, corazón y vida, con los seis sentidos –o cinco, que son los comunes–, pero sobre todo con voz y manos, pues acomodarse al tiempo a día de hoy es tarea mucho más que ruinosa. Allá cada cual, pero nos podría pasar que en un tiempo no sepamos no solo quién fue Góngora o Velázquez o Maricastaña, que es lo de menos, sino quiénes somos nosotros mismos, todos y cada uno, reducidos como empezamos a estar a las cenizas de ser número y cosa.
            Y si no, al tiempo (“expresión para manifestar el convencimiento de que los sucesos futuros demostrarán la verdad de lo que se afirma, relata o anuncia”). Claro que no cabe duda de que es irrefutable aquello de Ortega y Gasset (1883-1955): “Yo soy yo y mis circunstancias”, que también categorizamos hasta la histeria, porque esa regla de tres nos lleva a abundar de forma indiscriminada en muchas ocasiones, demasiadas, en el anecdotario vital de aquellos que consideramos figuras –y hay pocas cosas como esta tan carentes de sentido a nivel de calle y/o en nuestras circunstancias actuales– o en aquello de “tiempo al tiempo”, justificando de ese modo, que todo es relativo y que el tiempo “da y quita razones”, planteamientos que a estas alturas son monumentales tonterías de bulto redondo.
            Como no lo resolvamos no tendremos remedio. Y haremos un flaco favor de gigantescas dimensiones a la más terrible expresión que hoy podamos tomar por bandera: "Qué más da".
Mañana del 1 de enero de 2020. Desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, terminal 2.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 76. Volviendo a las andadas. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 76

Volviendo a las andadas
Por Manuel Pérez-Petit

Después de unos días de descanso, regreso a mi encuentro con los lectores en este mi ‘Líneas de desnudo’. La breva cayó en el caso Djokovic: con exactitud como lo había previsto en mis textos precedentes, Homogéneos, ¿Qué más podría haber hecho este hombre? y Está al caer la breva, de tan buena acogida general. Estamos, por otra parte, asistiendo al enésimo episodio de la tensión Rusia-Occidente con Ucrania como campo de pruebas, cuestión en que se demuestra que pese a la homogeneización que supone para los gobiernos del mundo la nueva Era distópica de la que nos encontramos en el año 3 esto no es incompatible con que se mantengan reminiscencias del pasado. En fin, les ahorro más cuestiones, como la de que García Márquez fue vigilado por el servicio de espionaje mexicano por muchos años al ser considerado “pro-castrista”, noticia a la que ayer mismo, domingo, hemos tenido acceso, o que el Betis del alma mía está que se sale en la liga española. Tonterías, que diría el castizo, pues lo que importa son otras cosas, y ésta es la razón por lo que hoy regreso por otros fueros por fin, cansado –y no menos agradecido– también de recibir reclamaciones por mi ausencia. No deja de ser cierto que mi columna es para mí un ejercicio de salud mental. La locura no tiene cura, al menos la mía, pero puede aliviarse, y aunque escribo porque me da la gana es verdad que también escribo porque, como a Emily Dickinson, “se me saltan las tapas de los sesos”. Reconozco de igual modo que me llevo por días rumiando a la vez varios artículos, en paralelo, y que escribir justo antes de que se publique es algo que me lleva la adrenalina a cotas maravillosas. No pueden imaginarse, por tanto, cómo he tenido la olla exprés –sí, la misma que denosto en la cocina pero que confieso tener encima en mis hombros– durante estos días de ausencia. Setenta y cinco llevo y he tenido casi otros tantos madurándose en estas pasadas jornadas extrañas, durante las cuales he cumplido un capicúa único, 55. Es la vida: sin duda, el misterio más grande que podamos conocer, esto en lo que lo único que con certeza sabemos es que vamos a morir. Y si de morir se trata, de alguna forma nos morimos a diario, y quizá por ello concuerdo con quien piense que en la vida son más importantes las despedidas que los encuentros. Pero también con quien afirme que la vida es un monumental reconocimiento a la soledad.

El autor
Ea, volviendo a las andadas, esto es todo por hoy. Pasado mañana, miércoles 26, volveremos a encontrarnos.
            Sin más, se despide de ustedes su seguro servidor, Manuel. 
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Posdata:
Siempre nos quedará París, perdón, el arte. Para los egipcios, el sol –puro fuego– era un ser viviente, más viviente, incluso, que los hombres, por su no sometimiento a la historia. El mexicano Octavio Paz (1914-1998) escribió que la obra de arte “es vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia” y la filósofa española de larga radicación en México María Zambrano (1904-1991) afirmó: “Escribir es defender la soledad en la que se está, es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”. 
            No deberíamos confundir información con conocimiento, pero en la sociedad del aislamiento, la depresión y la soledad en que vivimos es lo habitual, y en el fondo hasta nos da igual. Hoy sobra más información y falta más conocimiento que nunca, pese a todos los supuestos avances de la sociedad comunicada, pero al final por las treinta monedas simbólicas de la vanidad y la autosatisfacción mal entendidas vendemos con una facilidad pasmosa nuestra libertad, sin ir más lejos, a las redes, que son capaces de hacer con nosotros lo que les venga en gana, incluso reservándonos el inútil derecho a la queja. Las redes son, además, adictivas y, por tanto, determinadoras de nuestras vidas. Un día hablaré de las redes, pero de lo que hoy se trata es de la soledad, la que nos toca.
 En 2009 recorrí en auto toda España en un mes, sin saber que en el fondo era una despedida. Es solo un ejemplo.
Fuente de la fotografía: Archivo personal M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 105. Florecer. María Gabriela López Suárez

Florecer

Por María Gabriela López Suárez

Mientras realizaba sus compras en la plaza del pueblo Rosalía encontró a un vendedor de flores, ella no llevaba en su lista la compra de alguna flor. Sin embargo, el señor insistió hasta convencerla, se decidió por un pequeño rosal. El vendedor aseguró que el color de las rosas era rojo, que ya lo vería cuando florecieran.

Rosalía llegó a casa y comenzó a indagar cómo plantar rosales y el cuidado que debía darles. Adaptó el espacio en su patio, ocupó como macetera una cubeta de tamaño mediano. Estaba al pendiente de cuándo florecerían, cuando observó que tenía botones se alegró. Llegó el día que pudo ver las rosas en su pequeño jardín. Para su sorpresa no eran color rojo sino amarillo. Lejos de incomodarla le gustó mucho observar el colorido brillante de los pétalos.

Fueron pasando los meses sin que dejara de estar al pendiente de su rosal, fue acostumbrándose a verlo florecer varias veces en el año. Sin embargo, en alguna de esas etapas observó que ya había pasado el tiempo esperado y el rosal no tenía botones nuevos. Revisó la tierra, la removió, le agregó abono y la regó como solía hacerlo, tanteadito para que no la fuera a ahogar. Recordaba muy bien los comentarios que el exceso de agua a veces no ayuda mucho a las flores. 

En una ocasión don José, su papá, la sorprendió en plática con el rosal. 
         —¿Qué haces hija? ¿Estás hablando con la rosa?
         –Sí, a ver si se anima a dar más flores, ya ves que sienten el cariño y cuidado que uno les brinda. Ya no sé qué más quiere esta rosita. 
         –El día que menos lo esperes la verás floreciendo de nuevo. Dale tiempo, sin dejar de cuidarla.
         —¡Ojalá tengas boca de profeta!

Rosalía no perdía la esperanza de contemplar de nuevo el amarillo de las flores. Un día se percató que tenía botones nuevos y eso la emocionó. Y tal como lo dijo don José, una mañana con toque invernal Rosalía se acercó para regar el rosal y observó que de los 8 botones que tenía 5 habían reventado y tres estaban por hacerlo. Su corazón se alegró. Agradeció al rosal el bello regalo. 

Mientras percibía el aroma de las rosas se le vino a la mente don José, vaya que tenía razón. La espera había valido la pena. Se quedó pensando que tal como había pasado con las rosas, florecer en la vida es un proceso que lleva tiempo, cada persona lo vive y lo asume de forma distinta, solo hay que saber esperar.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 11. El amor inconcuso. Antonio Florido

Fisonomía 11 
El amor inconcuso

Por Antonio Florido

       


Samuel tiene nueve años. Está jugando. Pasando su tarde con el amigo. El otro es rubio. Y pecoso. Y gordo. Y estúpido. Y arrogante. No todos los gordos son simpáticos. Él no lo es. Y nunca lo será…
         La tarde se ha desmayado sobre las espaldas de los niños. El frío avanza. Samuel arroja la pelota hacia el amigo. Pero cae al suelo. El amigo es torpe de movimientos. Y como lo sabe se enerva. Prefiere jugar a las chapas. Sentados. Así jadea menos. Por las carnes, que le tiemblan. El gordo se mira al espejo. Luego su madre le lava la cara. Con la manopla. Tarda un tiempo. Sus pecas se alejan unas de otras. Y brillan. Parecen rosadas estrellitas en el cielo. La pelota la toma el gordo y la devuelve. Samuel la atrapa al instante. Muchas veces repiten el inútil juego de lanzar y recoger. Samuel lo hace con desgana. Pero no quiere herir a su amigo. Es su único amigo. Ahora le toca de nuevo al gordo. No controla bien el impulso. La pelota sube al cielo. Huye. Se aleja. Se convierte en un punto diminuto. Como un planeta encendido. Al volver no llega al suelo. Quedó en el tejado. Entre dos tejas. Apretada. Sufriendo. Samuel mira al amigo con odio. Con el odio que sólo conocen los niños. El gordo agacha la cabeza. No se despide. Se va. Samuel queda solo. Y triste. Y aburrido. Ahora está sin su pelota. Mira hacia el tejado. Está lejos. O él es aún demasiado pequeño. Como un gusano. O una rata. Piensa en su madre. Y en su padre. Alguno de los dos deberá ayudarle. Pero, quién. Es difícil decidirlo. Su madre estaría dispuesta. Su padre tal vez pusiese mala cara. Un gesto huraño. Al fin se acerca a la baranda. ¡Madre!, llama. Mamá sube deprisa. Al oír el grito se puso en lo peor. ¡Estos niños! Samuel señala con el dedo. La pelota se ha dormido. Ya está cansada de esperar. La madre comprende. Y por dentro sonríe. Hace falta una escalera, dice. Voy a por ella. Samuel se queda solo. Otra vez. El frío avisa. Se le cuela por el cuello. Y llega a su espalda. Se encoge. El tiempo tarda. Casi se detiene. El tiempo es una masa de plastilina. Ahora Samuel se acuerda de su abrigo. Pero lo tiene colgado en su cuarto. Mejor no bajar. Algún pajarillo aventurero podría picotear su pelota. Oye un suspiro, de lejos. Se asoma y ve a su madre. Carga con la escalera. Al ser de hierro, pesa. Al fin llega. El último escalón se comportó como un viejito. Dulce. Tierno. Acolchado. Silencioso. La escalera apoyada sobre la pared. Si tuviese valor subiría. Y su madre quedaría abajo. Muy abajo. Debería ser valiente. Debe ser valiente. Seguro que lo hará. Su madre le pregunta, insegura. Samuel responde con aplomo. No tiene miedo. Ya es casi un hombre. La escalera se agarra a la pared como una sabandija. No quiere volcarse. Se rompería. Y Samuel la coloca como puede. Disimulando, porque le pesa demasiado. Su madre como espectadora. Samuel sube el primer peldaño. Ahora, sin embargo, tiene un problema. El mismo problema de todos los perfeccionistas. Él salió en esto a su padre. Uno de los pies lo ha colocado torcido. Habrá que enderezarlo. Pero si lo intenta puede venir el desequilibrio. Y teme. Y siente más frío que antes. Ha asomado la primera estrella. El filo del horizonte arde, aún. Es hermoso. Su cuerpecito está quieto. Y su madre no respira. Le conoce. Samuel, inténtalo, le dice. Su madre es joven todavía. Samuel es ella. Y ella Samuel. Los dos en uno. El pie derecho tiembla. Busca la derechura. El paralelismo con el pie izquierdo. Sus dedos curvan los lados de la escalera. Abiertos por igual. Formando el mismo espacio entre ellos. ¡La perfección! Han salido otras estrellitas en lo oscuro. Ahora están todas juntas. Un árbol de navidad. Encendido. La mamá le apremia. Y se abrocha el abrigo al cuello. Su hijo no está tan abrigado. Pero la pelota aún en lo alto. Sola. Desconsolada. Triste. Samuel continúa temblando. De miedo. De impotencia. Y de frío. Pero no baja del peldaño. Es tozudo. El gordo estará cenando, piensa. Junto a sus padres. En el calor. Sólo los cobardes no atrapan pelotas embarcadas. Él lo hará. El tiempo pasa. No se detiene. Lo siente en las palpitaciones de su corazón. Persiste en su esfuerzo. Intenta escalar al siguiente peldaño. Sin embargo, duda. ¿Qué pie debería subir primero? ¿El izquierdo? ¿El derecho? Una duda terrible. De su decisión pueden cambiar muchas cosas. Hasta el mundo. La madre sostiene la escalera. La asegura con la fuerza de sus manos. De ello obedece el destino de Samuel. Pero los segundos se desgranan. Y los minutos. Una estrella gira en el cielo. Y arrastra a las demás. El cielo, todo, se retuerce. Hay silencio. La gente cena. Algunos ya duermen. Sobre todo los más pequeños. Mañana hay colegio. Deberán levantarse temprano. La pelota entre dos tejas. Que no cae, la dichosa. Es posible que la pierda. Pero es su pelota. La única que tiene. La quiere. La ama. Pero a su madre también la quiere, piensa. Mas, de otra manera. Más primitiva. Más ideal. Es un amor indefinible. Tántrico. Piensa en su padre. Al que también ama. Aunque de otra forma. Hay muchos amores, se dice. Su padre le sirve de modelo. Intenta imitarle. Se le figura el espejo de la niñez. El padre está abajo. Sentado. Cena. Y ve la tele. Luego recoge lo suyo. Se vuelve a la salita. Y lee. Se acuerda de Samuel. Y de su esposa. Los dos tardan. Algo debe ocurrir. Deja el librito sobre la mesa. Con el piquito de una hoja doblado. Piensa dar una voz para llamarles. Pero decide subir. Es mejor. Así se despejará un poco. Arriba se encuentra con ella. Y con él subido a la escalera. El padre observa la escena. Es extraña. Luego, al mirar al tejado, comprende. Y sonríe. Los esposos se miran en silencio. Hablan sin palabras. El padre se apoya en la baranda. Y mira hacia el oeste. Al cielo rocoso y negro. Luego busca a Orión. Allí está. Con su cinturón ladeado. Y sus cuatro esquinas, que brillan. ¡Cuánta inmensidad! Los dos esperan a Samuel. A que sea el niño quien decida. Sólo una decisión. Pero fundamental. Es importante la espera. Radical en sus vidas. Los esposos se abrazan. Hace frío. La noche con su vahído. La embriaguez de sus vidas. Samuel debe, deberá crecer. Madurar. Vencer. Hacerse hombre. La pelota es ahora la que manda. Desde arriba le llama. Desnuda. Sobria. Aterida. Le sigue llamando. Sólo con su forma. Con su presencia. Solamente le basta con ser. Samuel, sin embargo, quedó quieto. Asustado. Tal vez convertido en piedra. O en sal. O en granito. Duros sus huesos. Sus músculos, tensos. Samuel respira. Piensa en sus padres. Los dos allá abajo, esperando. Los ama con pasión. Sin ellos, ¡qué haría! Samuel tiembla. Su cuerpecito se estremece. ¡Si tuviese el abrigo! ¡Su abrigo! De vez en cuando eleva los ojos. Clava en la pelota su mirada. ¡Qué lejos! Le gustaría tener elásticos sus brazos. Y alargarlos. Pero esa idea sólo es un sueño de niño. O de adulto. Que nadie sabe. El misterio le envuelve. Orión le mira desde la distancia. Betelgeuse alumbra la escena. Tenue. Frágil. Está demasiado lejos. A mil millones de pensamientos de distancia. Un cuadro familiar. En la tesitura. Dentro de poco el cuadro irá cambiando. El frío viste a los esposos. Se abrazan con más fuerza. El chico nota un hilillo de vergüenza. Sabe que es cobarde. Y sabe que sus padres lo saben. Quisiera cambiar. Pero él es como es. Un niño. Abierto al mundo. Al azar. Al destino. Cruje el cielo. La negrura se ha juntado. Forma copitos negros que atemorizan. Los copos envejecen muy rápido. Se vuelven canos. Albinos. Blancos hasta el resplandor. Y duros. Y fríos. Los copos pesan. El cielo ya no los quiere. Y los deja abandonados en el aire. Entonces comienzan a caer. Van volando muelles sobre el amor del vacío. Caen desmayados. Como plumas vaporosas. Las tejas del techo los reciben. Y la gente de la calle cierra sus abrigos. Y se cubren las cabezas. Nieva. Es hermosa la escena. Los tres continúan en la azotea. El gordo lleva una hora dormido. Caliente. Entre las sábanas. Tal vez esté soñando con la pelota. Y la vea subir al cielo, altísimo. Samuel maldice al amigo. Otro día no jugarán a la pelota. Los padres no claudican. Deberá ser él mismo el que tome la decisión. Su hijo maduro. Hecho ya un hombrecito. El esposo ama a su hijo. Daría la vida por él. Está seguro de ello. Siempre lo estuvo. La madre siente lo mismo. Y con más fuerza, aún, si cabe. No es asunto para discutir. En su actitud mayéutica los padres no hacen preguntas. Mas, esperan que la verdad de su hijo aparezca. Debe hacerlo. Es necesario. De ese surgimiento depende, repito, un destino. Toda una vida. Samuel es aún un niño. Débil. Tierno. Indeciso. ¡Pero tan perfeccionista! No sube al segundo peldaño. Tampoco baja hasta el suelo. Poner sus pies en el suelo sería una deshonra. Le marcaría de por vida. El peldaño que le sostiene se convierte en su morada. Las piernas derechas. Rectas. Tensas. Dolientes. Todo él resuena en el cóncavo misterio del Tiempo. Sus padres se miran. En los ojos de ambos brilla una idea. Una idea sencilla. Atroz. Última y clara. Los dos se acercan a Samuel. Abrazan las piernas del hijo. Sostienen su cuerpo tan lábil. Han decidido viajar con el hijo. Adonde él mismo decida. No importa el precio. Ellos ya han vivido lo suyo. La nieve cae lenta sobre los tres. Sus cabezas blanquean. Y sus hombros. Y sus brazos. Los tres cuerpos envueltos. Níveos. Tres cuerpos que resplandecen en lo negro. Tres cuerpos que arden. El mundo sigue rodando. Las ratas comen. Roen. Amamantan. Los gusanos inventan curvas infinitas. Y la nieve continúa lloviendo sobre la circunstancia. Una pelota en lo alto. Lejana. Sola. Inalcanzable. Los tres abajo. Agarrados. Formando un ovillo de amor. Las tres figuras se tornan claras, blancas. Como de sal. Como de azúcar. El amor es blanco, tal vez. O rosa. O de color miel. Nadie lo sabe. Hace ya mucho que el amor fue. Sólo en esta casa resiste. Y esta noche el amor no duerme. Ha decidido abrigarlos. Hacerlos suyo. Una masa blancuzca en el suelo. Enhiesta. Firme. Inconcusa. Un dolor, un deseo, un ansia, una frenética necesidad de abandonar la escritura. De descansar. La nieve golpea con fuerza. El viento, despierto, se volvió loco. Violento. Engreído. Casi un energúmeno. Los tres corazones dejan lentos de palpitar. El silencio estalla. Nadie se ha dado cuenta. La inopia nos ciega. Cuando el tejado se apura no puede más. Y la nieve cae a golpes. Con nervio. Enfadada. Entonces toco la pelota con mis dedos. Y noto la dureza de su superficie. ¡Tanta, que la esfera pesa! Y entonces comienza un movimiento. Un temblor. Un diminuto terremoto. Levísimo. Sutilísimo. La esfera se ha movido. Nerviosa, comienza a rodar. La cuesta abajo le puede. La pendiente es cruda. Y resuelta. El suelo la llama desde abajo. Al fin llega al espacio. Y gravita. Alocada. Ufana. Tonta. Tan tonta como todas las pelotas. 
          Cayó, al fin. Sobre la masa amorfa y blanca. Sobre el inmaculado e inocente amor de una pequeña familia.




Les amants (1928). René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 1. Cuento del espejo. Erik García Briones

Cuento del espejo

Por Erik García Briones

 

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.