Revista

Cajón de rubores. 19. El cubo. Antonio Florido

Fisonomía 19 
El Cubo

Por Antonio Florido

     
                              
Observamos una mancha arenosa anticipo de un horizonte que se acerca. Sobre la arena cárdena y granulosa, un cubo, como todos los cubos del mundo, sin ninguna característica especial, sin ninguna arrogancia. El agua entró en él un día cualquiera, volcada por unas manos sin dueño.
         (El horizonte nos observa desde su lado, a su manera).
         La base del cubo está perfectamente encajada en la densidad de la tierra. Aprisionada. Equilibrada. Un escenario sin más. Como en una obra de teatro minimalista y absurda. Suspira una leve brisa que dibuja sobre el agua un rizo gracioso. El cubo podría ser de cinc. También podríamos imaginarlo hecho de plástico. O de carne. O de pereza, incluso. Porque en esta escena única todo podría ser convertido a nuestro antojo. Solamente dependerá de nuestra decisión. Y hoy, en la soledad de este paisaje, se nos ha antojado que las cosas sean de esta manera.
         Al final de la retina asoman dos figuras irreconocibles. Aún es mucha la distancia. Debemos esperar a que suceda el tiempo, a que pase lo que tenga que pasar. Y el tiempo, animado, corre como por arte de magia, sin que comprendamos muy bien su motivo.
         Las figuras de los hombres que caminan hacia nosotros (ya los hemos adivinado) van cobrando forma. Uno de ellos es alto, delgado, moreno, ligeramente extraña su manera de mover los miembros. Parece cansado. Sin embargo, a pesar de su rostro avejentado (lo vemos claro), el hombre es joven. Le echamos treinta años, acaso treinta y cinco. A su lado, como a dos metros, el otro. Más bajito y rechoncho. Y más viejo, sin duda. Por los cincuenta, quizás. Camina dando pequeños saltitos tratando de apurar la distancia que le separa del compañero. Los hombres avanzan sobre unas imaginadas líneas paralelas. Pero cada uno va a lo suyo.
        A lo suyo…
        Sus pies se hunden en la arena. Pisadas huecas donde el agua del mar, si la hubiese, se cobijaría. Es bonito y agradable imaginarnos rodeados de olas que van y vienen. Elevándose. Hundiéndose. Como si lloviera una capa de espuma que desaparece al instante. Pero en este nuestro paisaje no hay mar de agua. Solamente un mar de arena. Y un cubo en medio, solitario, sin objetivo aparente, dejado allí por unas manos olvidadas.
          Ya se encuentran a nuestro lado. Y ambos, al observar el objeto del que hablamos, detienen su peregrinaje. Se miran por vez primera. 
Uno de ellos, el más rechoncho, parece también algo exhausto. Se sienta sobre la arena con las piernas cruzadas. Como está excesivamente gordo la barriga se le ha hinchado. Se ha negado a seguir caminando. Y el compañero, para no ser menos, se sienta igualmente. La arena se ha hundido por el peso de ambos. El horizonte, para ellos, ha subido en el cielo. Y a lo lejos se adivinan unas manchas oscuras que se desplazan veloces hacia ellos.
La tormenta se anuncia. Pronto les cubrirá. Todo depende de múltiples factores, sobre todo del capricho de la naturaleza, que hay que ver quién la comprende. Entre ambos observamos el cubo del que ya hemos hablado. Equidistante. Simetría del absurdo.
         ¡Ja, del absurdo!
         Pongamos que estuviera medio lleno de agua.
A mira el cubo y sonríe creando unas pequeñísimas sombras alrededor de su nariz. B, extrañado y confuso, también sonríe. Porque si no lo hiciese se sentiría el hombre más solo del mundo. Y ninguno de los dos ama la soledad. Más aún, la temen. La repudian. E intentan apartarse de ella, cueste lo que cueste. La risa floja dura lo que dura. Lo absurdo de lo absurdo también dura lo que dura. Aunque hay ocasiones, (todos lo sabemos), en que esta dilatación de la incoherencia se torna insoportable. 
La brisa se ha transformado en un soplo tierno que choca en las mejillas de los hombres. A lo lejos vemos cómo las manchas grises de antes están ahora mucho más cerca. Y el cubo, hierático, continúa en medio de ambos sin decir esta boca es mía. 
         Pero sigamos…
         No podemos, sería imposible afirmar que el tiempo pasa porque todavía no hemos llegado a ese grado de entendimiento. Digamos simplemente que fluye. Con su armoniosa y rutinaria cadencia. Con esa característica tontura de cuando nos miramos al espejo y nos volcamos hacia atrás, asustados. 
          Suena una dulce y suave melodía que vibra en los corazones. De pronto un alto, muy alto, que duele en los oídos. Y luego, más allá de nuestra cordura, el silencio explayado sobre nuestros hombros.
Nos sentimos calmos. Conformes con nuestras conciencias. Libres de responsabilidades. Cuasi etéreos seres que vuelan sin peso.
          A giró la cabeza. Lo mismo hizo B. Han oído el gemido tibio de unos pasitos sobre la arena. Un pequeño camina torpemente. En un desequilibrio pasajero. Surgió de la nada. O tal vez siempre estuvo ahí y nosotros fuimos incapaces de verlo. Luce unos cachetitos abultados y rojos. Y una gracia innata expresada por unos ojos enormes, negros, hermosos. El niño se acerca. Sus piernas arqueadas apenas sostienen el peso. Va vestido de forma exquisita. Como los niños más puros del mundo. Como esos niños, ideales, con que todos hemos soñado alguna vez. Podría tratarse de nuestro propio hijo, si es que se diera el caso. Pero tanto A como B aún no tienen hijos.
          El pequeño vio el cubo desde lejos. Y le pareció tan hermoso que se le llenó la mente con el deseo de jugar con él. Ya está junto al círculo de metal. O de plástico. O de carne. O de pereza. Porque en su momento no decidimos de qué material podría estar hecho. Sus manitas se aferran al aro. La cabeza, de un cabello fino y encrespado, asoma sobre el borde. Casi al cuello le alcanza el límite. A y B observan callados. Luego, como si no fuesen capaces de soportar la armonía y la belleza del silencio que les rodea, comienzan a balbucir palabras con escasos sentimientos. 
         El tiempo, en su medida, continúa fluyendo.
         A habla con B. Intenta hilvanar el hombre un diálogo efímero. B, sin embargo, volcó sus ojos sobre el pequeño. Se siente atraído por él. A habla y habla como si nada. Poco le importa que B no le eche cuenta.
El pequeño ansía, necesita jugar con el agua del cubo. Pero el agua está muy lejos de sus dedos. El pequeñín se agacha de pronto, inesperadamente, y toma en su manita un puñado de arena. Ha pensado arrojarla al interior del cubo, sobre la superficie graciosa y rizada (en este momento no sabemos si el pequeño sabe qué es un cubo, ni tampoco si hay algo dentro de él, o, más aún, no sabemos siquiera si el chiquillo conoce el significado de dentro de él). Cuando eleva sus deditos muchos granos se le van escapando y crean una delicada lluvia de polvo. Y en un impulso nervioso, incomprensible para los que ya hemos dejado de ser niños, el pequeño abre sus deditos y suelta en el aire los escasos diamantes que recogió. Ahora su cara sonríe, y sus ojos oscilan muy abiertos. B permanece inmerso en la escena. No pierde el hombre detalle alguno. La cara del niñito quizás le recuerde a la del hijo que desde siempre hubo anhelado. Y en sus oídos golpea la cancioncilla ridícula y monótona de A, que sigue hablando sin parar, de cualquier cosa.
          El día sucede…
          Las nubes, esas nubes de antes, se encuentran en estos instantes sobre sus cabezas. Un gruñido del cielo anuncia el comienzo de la tormenta. Caerá, posiblemente, una cortina de agua. Y las gotas se hundirán en el suelo arenoso buscando cada una el hueco preciso.
         El niño se ha colocado de puntillas. Su cuerpecito, aunque pequeño y leve, ha hundido un poco el cubo que, ahora, aparece más clavado en la arena. Las manitas del pequeño rozan levemente el agua. Y los dedos del niño se estremecen y vibran furiosamente al contacto con el frío. Para él el agua no deja de ser más que una gelatina atrayente. El pequeño, de puntillas, intentará introducirse en el cubo, llegar todo él hasta el agua, fundirse en ella, tocarla, olerla. Todavía la vida no le dio la oportunidad de conocer el frío, el verdadero frío que encoge los cuerpos y los arruga.
Ha subido una pierna, pero al llegar al borde del aro, el pie le resbala y le cae de nuevo al suelo. Sólo ha sido un primer intento. Intento que B ha observado con el alma aturdida. En el pecho del hombre se abrió de pronto un paréntesis de temor al ver a la personita en ese atrevimiento. Sabe el peligro que el juego acarrea. Pero como A insiste en su locura de palabras, a B le da así como algo de pena y de vergüenza. Y entonces le vuelve los ojos y simula prestarle atención.
           La escena (posiblemente ya la hemos intuido) tiene que ocurrir. Está todo dispuesto. En una segunda intentona el pequeño, que ya ha aprendido, impulsa la pierna con más fuerza, poniendo toda su energía en el envite. Una ráfaga de aire vino en su ayuda. Y el niño, ahora, cayó, penetró al abismo.
            Dentro del cubo las cosas suceden de manera distinta. Sólo una pared infinita, una masa de líquido y un cuerpo que lucha por cobrar la vertical. Sobre la superficie rizada se ha levantado una ola repetida que moja y moja las ropas del pequeño. El frío gatea por sus brazos. Ya le inundó la carne. Si pudiésemos mirar adentro veríamos unos ojazos negros, abiertos, asustados, unos ojos que buscan nerviosos alguna salida, tal vez un diminuto saliente en la pared en redondo. Pero esa pared, además de no tener ni comienzo ni final, es lisa y resbalosa.
            Se aproxima una tragedia.
            Desde la sentada de ambos no pueden ver lo que ocurre. B piensa en el niño. El hombre imagina. Y un dolor agudísimo le punza en el centro, donde el corazón se dispara. Ha comenzado su respiración a cabalgar locamente. A le cuenta sus cosas con una cadena infinita de palabras, en un atrevimiento inocente, igual que si los significados los tuviese colgados del hilo que le une al compañero. B, sin embargo, espera a que los deditos del pequeño aparezcan de pronto agarrados al filo redondo. El niño se mueve en un juego inútil y casi ridículo. Pero consigue ponerse de pie en medio del charco encerrado. Hasta el pecho le alcanza la línea del frío. Y, asustado, sin comprender nada de lo que le ha sucedido, asoma la cabecita por encima del borde, hasta donde la arena se extiende, más allá del horizonte. B, al verle, respiró profundamente. Ha quedado el hombre tranquilo. Y ahora las palabras de A le llegan más altas, más claras, más desnudas en sus significados.
            Una nube ha gritado y comienzan a caer goterones. El pequeño siente miedo. La rajadura del cielo sonó tan fuerte que al niño le tembló todo el cuerpecito. A y B han mirado hacia arriba. Pero son tan viejos que ya el miedo les pasó por el lado.
El agua se está convirtiendo en una cascada, semeja una cortina impetuosa. El cubo, lentamente, silenciosamente, se va llenando. Al cuello llegó, del niño. Y el pequeño resiste la postura erguida a pesar de que sus fuerzas están escaseando, así como el frío, que le atora los movimientos, como una obliteración inesperada. B se pasa las manos por la frente. El agua resbala por sus palmas anchas. A dejó un instante el parloteo, el tiempo necesario para observar al natural elemento. Pero ahora continúa cosiendo sus labios a los oídos del compañero. En el pecho de B crece el nervio. Una desazón propia de las almas sensibles. Piensa que debería levantarse, abandonar al otro en su monótona retahíla, y acercarse al pequeño para ayudarle y sacarle del agua. El niño se colocó de puntillas, por el filo de la boca una línea de frío, como un cuchillo que lame la piel. Poco tiempo le queda de aguante. Pero B no acaba de decidirse. Porque cree que A también debería hacer lo mismo. Y, sin embargo, la voluntad de su compañero es tan tibia, tan indolente, tan asquerosamente apática…
         B sabe perfectamente que sólo de él depende el futuro del mundo. Oye los pequeños sollozos del niño, que ya ha comprendido en lo más profundo de su pequeña alma el destino que le espera. Empero, algo sucede dentro de B, algo desconocido, como una gasa de humo que le anestesia las decisiones. Las manos de B se han acolchado y el cuerpo se le hunde en la arena.
         Sigue cayendo la lluvia.
         Cesaron los sollozos.
         El filo del aro luce bajo las gotas en mil reflejos siniestros. A, con su cantinela estúpida, ha sonreído de pronto, ajeno a la tragedia. Solamente mira el hombre al cielo y abre la boca. Igual de nauseabundo que una babosa.
         Dentro, una carne blanca, aterida, adquiriendo rápidamente un tono azulado, como de muerte. Flota el niño en el agua, con el cuerpecito formando un círculo, con las piernas y los brazos hundidos, hacia abajo, y la cabecita empapada con el líquido que sube y sube, sin descanso ni prisa. Luego, el mismo cuerpo comienza a bajar hasta la profundidad del abismo, donde termina el destino, donde comienza la piel a arrugarse.
Frío…
         Soledad…
         Silencio…
         Nosotros, después de suspirar profundamente, nos apartamos. Nada podemos hacer. Es una escena que no nos concierne.
         (¿o sí?)
         Por la distancia vemos el rastro sobre la arena. La moral que huye. Callada. Destruida. Olvidada. Unas huellas dispares que se tornan pequeñas. 
          B camina solo. Cansado. Más cansado que nunca. ¿Arrepentido? Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá jamás. Pero el hombre mira hacia su derecha, adonde la mar de arena inventada. Atrás le quedó el corazón roto.
          El cielo, en un último esfuerzo, ha lanzado un grito de horror, intenso, intensísimo, desgarrador. Luego un tímido hilo de luz en diagonal, sobre el cubo que fulge allá, en la línea del horizonte.

Concepto espacial (1962). Lucio Fontana (Santa Fe 1899-Varese 1968)
Espacialismo
(Fundador)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 8. Las mujeres rojas. Erik García Briones

Las mujeres rojas

 

EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Líneas de desnudo. 95. El misterio del documento de la FIL. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 95

El misterio del documento de la FIL
Por Manuel Pérez-Petit

No sé cuántos editores rusos asisten a las diversas ferias internacionales; no sé, tampoco, cuántos editores oficiales tiene Rusia, ni qué editan. Lo que es claro es que excluir a las editoriales por las acciones de su gobierno nos llevaría a excluir a muchos de los editores de muchos otros países que nutren las ferias, para convertirlas en “compartimentos estancos” y destruir los lazos que el libro, los libros, intentan unir; es censurar el conocimiento y tomar partido en una guerra de muchos intereses. Esa medida no beneficia a los pueblos, a ninguno y sí atenta contra el valor de las culturas. Las ferias son espacio de pluralidad, de acercamiento, de intercambio: la cultura puede ser el último bastión de la humanidad: lo que nos hace humanos. Las ferias del libro, en fin, antes que negocios, deben ser espacios para convocar a la libertad y el entendimiento a través de la palabra, eliminando la intransigencia: la de las armas, la de las exclusiones.

Carlos Anaya-Rosique, en Facebook, 9/03/2022
El pasado 7 de marzo la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) publicó una declaración de la ‘Conferencia de Directores de Ferias Internacionales del Libro’ en la que participaban las de Bogotá, Bolonia, Bruselas, Budapest, Frankfurt, Gotemburgo, Guadalajara, Jerusalén, Leipzig, Praga, Sao Paulo, Seúl, Taipei y Varsovia: “(...) deploramos categóricamente el uso de la fuerza por parte del régimen ruso. No podemos permanecer en silencio ni indiferentes ante la transformación de Ucrania en un campo de exterminio por parte de Rusia. Por lo tanto, decidimos suspender contacto con cualquier editor oficial de la Federación rusa e invitar a editores y autores de Ucrania a exhibir sus títulos en nuestras ferias sin costo alguno”. Pero la declaración desapareció por completo de la faz de la FIL en menos de 48 horas.
            Podríamos encargarle el caso a Sherlock Holmes, el famoso detective inventado por Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), por su uso de los métodos científicos, de observación y deducción, pero yo apostaría en esta ocasión por Hercules Poirot, creación de Agatha Christie (1890-1976), por su práctica detectivesca basada en la psicología y en el estudio de la naturaleza humana. O a mí, que lo tengo muy claro, y que no me vendría mal un empleo.
            Experto como soy en hacer amigos, ya lo avisé en mi “¿Adónde vas, FIL?”: “La sensación que tengo es que la FIL, a la que le sobran pelotas, si me permiten, y le falta valentía, está desgastada, desnortada, desorientada, carente de propuestas imaginativas, ciega ante la posibilidad de que existan nuevos horizontes, sin frescura, incapacitada para innovar, vacía de autocrítica, llena de autosatisfacción, impotente ante la posibilidad de renovarse y encantada en exceso de conocerse”.  
            La declaración “fantasma”, a la que no hay, por cierto, referencia alguna en las páginas de internet de los otros firmantes, es de manual del disparate. ¿Qué significa eso de “cualquier editor oficial”? ¿Qué es eso de “invitar a editores y autores de Ucrania a exhibir sus títulos en nuestras ferias sin costo alguno”? ¿Va en serio? Sin costo alguno deberíamos ir algunos que, habiendo llevado siempre parte de la mejor literatura y en libros de mayor calidad que la media, nos hemos dejado la piel en y por la FIL y que por ser pequeños llevamos años malviviendo al borde de la quiebra sin que la FIL nos mire. Las ferias del libro debieran ser para el negocio de los editores, no para el de los organizadores. Para todos, no para los que tengan capital. Tan editores son los grandes como lo somos los pequeños. Y también los ucranianos, faltaría más. Y “sin costo” para los que no podemos y hemos hecho méritos. 
            Es el misterio de la declaración desaparecida. Ante la declaración no he leído nada más acertado ni lúcido que lo del maestro Carlos Anaya-Rosique que antecede a estas líneas, pues, en efecto, las ferias “deben ser espacios para convocar a la libertad y el entendimiento a través de la palabra”. No para hacer el ridículo. Y salvo que lo expliquen bien o nuestros detectives favoritos lo esclarezcan, esta vez los dinosaurios lumbreras de la FIL se han cubierto de gloria más que nunca. Deberían jubilarse. O alguien debería hacer rodar cabezas. Aunque sea por la imagen de la propia FIL, que debería ser el orgullo del idioma español y no un esperpento.
La declaración desaparecida.
Fuentes de la fotografía (cualquiera sirve):
– https://www.eluniversal.com.mx/cultura/guerra-rusia-ucrania-ferias-de-libro-suspenden-contacto-con-editores-de-la-federacion-rusa.
– https://publishnews.es/conferencia-de-directores-de-ferias-internacionales-del-libro-condenan-la-invasion-rusa/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 94. Feminismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 94

Feminismo
Por Manuel Pérez-Petit

A Karla Jara, Adriana Labardini, Maru Reyes o América Santiago, mexicanas excepcionales por su compromiso, su corazón y su inteligencia. Al nombrarlas, simbolizo en ellas a todas las personas que creen, crecen y crean en la construcción de un mundo no solo igualitario sino justo y completo, definitivo.

Conozco tanto a mujeres como a hombres admirables, de igual modo que conozco a mujeres y hombres detestables, realidades hermosas y también desoladoras, situaciones llenas de vida y entornos en que impera la muerte. La vida se da en todos por igual y la realidad es la misma para todo ser humano. Mi capacidad de entendimiento es limitada, como la de cualquiera, y lo mismo le pasa a mi capacidad de comprensión. En todo el planeta todos sin excepción somos iguales y debemos serlo, pero la igualdad, por mucho que tenga de ideal –en el sentido de propuesta, y quizá por ello–, no existe a pie de calle.
            La mayor de las lacras de la Humanidad desde siempre ha sido y es la desigualdad de género. Tiene sentido, pues, que exista el feminismo, y aún lo tiene más que los hombres, que tanto nos dedicamos a predicar y tan poco ejemplo ofrecemos, debamos ser o seamos feministas, porque estoy convencido de que debiéramos serlo si lo que queremos es un mundo mejor y más completo. O incluso, de manera más elemental, por una cuestión de Derecho natural.
            Para mí, el artículo ideal es el que se tarda en leer tres minutos, que es mi objetivo como autor, por lo que no me detendré aquí en aspectos históricos o en la desigualdad aberrante generalizada que se manifiesta en todos los órdenes, y ni siquiera en la muy pobre definición que de la voz ‘feminismo’ se da en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) –con dos acepciones: “Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre” y “Movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo”–, como tampoco en qué se debe hacer para revertir esto y construir una sociedad igualitaria de verdad en todo el mundo, clave para alcanzar la justicia y el orden natural de la propia vida. 
            No es lucha de sexos, y siendo una cuestión cultural no se trata tampoco ni de una revolución ni de un quítate tú que me pongo yo. Se equivoca el que lo vea como la tarea de imponer nada a nadie. No es una guerra en la que tenga que haber vencedores ni vencidos. Debe ser fruto de un convencimiento elemental del que ninguna persona puede sustraerse y al que todos y cada uno podemos llegar de forma desapasionada, solo con el uso de la razón y el ejercicio de nuestra humanidad. El feminismo no es solo asunto de las mujeres; debe ser de todos. Y fruto de la comunión en la condición humana, todos deberíamos tener como meta que llegue el día en que superemos el feminismo. 
            Estamos muy lejos de ese reto esencial. Lo conseguiremos cuando la igualdad sea real, en nuestra diferencia y en nuestra complementariedad, desde el respeto más sagrado. Más aún, cuando por encima de ser mujer u hombre seamos, ante todo, personas. En ese momento, en el que de una vez la justicia en su más amplio sentido se haga carne de forma definitiva y el orden natural de las cosas prevalezca, el feminismo carecerá de sentido, y podremos afirmar que vivimos, por fin, en un mundo completo, en que mujeres y hombres vayamos de la mano en la construcción de un nuevo amanecer que dé lugar a un horizonte pleno y definitivo.
8 de junio de 2019. 7:12 de la mañana. Nuevo amanecer en Tuxpan de Rodríguez Cano, estado de Veracruz de la Llave, México (imagen cortesía de su autora).
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 93. Pacifismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 93

Pacifismo
Por Manuel Pérez-Petit

En su más amplio sentido, el pacifismo es la actitud de quien ama la paz. Se trata de una disposición de ánimo manifestada de algún modo en la acción. De ninguna manera se manifiesta en la pasividad, y mucho menos en la indiferencia. Es una postura ética que requiere de acción y de una acción determinada y clara. También es un conjunto de doctrinas que se oponen a la guerra y a la violencia, sea cual sea el motivo que hayan generado éstas, y emplea medios para sus objetivos como la no violencia activa, la diplomacia, la desobediencia civil, el boicot, la objeción de conciencia, las campañas de divulgación y la educación por la paz, entre otros.
            El 26 de junio de 1945 fue firmada la Carta de las Naciones Unidas (ONU), cuyo preámbulo es un manifiesto pacifista que exige acabar con las guerras. Fue redactado por los representantes de los 50 países fundadores de la institución, los cuales, reunidos por tal motivo al principio en San Francisco, California, Estados Unidos, la estuvieron redactando con posterioridad durante dos meses, poniendo así el germen de la constitución de la propia ONU, que tuvo lugar el 24 de octubre de ese mismo año, ya habiendo contado con la firma de todos los países. Pero fue un poco antes, con Mahatma Gandhi (1869-1948), que nació el pacifismo moderno, por su liderazgo del Movimiento de independencia indio entre 1942 y 1947, en que apostar por la paz le supuso cárcel y hasta ser asesinado.
            Resulta una paradoja que la mayor parte de los grandes pacifistas de la modernidad han sido asesinados. Tal es el caso de Martin Luther King (1929-1968), pastor y dirigente estadounidense, principal líder del Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, del músico británico John Lennon (1940-1980), miembro de The Beatles, que lanzó en 1971 la canción "Imagine", en que pedía al mundo que la violencia acabara, o del arzobispo salvadoreño Óscar Romero (1917-1980), defensor de los oprimidos y enemigo de la violencia que ejercían en su país la extrema derecha nacionalista y el ejército, que fue asesinado mientras oficiaba una misa. Pocos pacifistas se han librado de terminar siendo asesinados. Quizá el caso más notable de estos últimos años ha sido el de Nelson Mandela (1918-2013), abogado y activista que luchó por la emancipación racial de Sudáfrica junto al Congreso Nacional Africano con el que gobernó el país a fines de la década de los 90 tras estar 27 años en prisión, y murió por causas naturales. 
            Visto lo visto con solo unos pocos ejemplos de muchos casos, está claro que el de Mandela es excepcional y que en el mundo en que vivimos predicar la paz y actuar por ella es peligroso y puede llevar incluso a la muerte, y a una muerte violenta... ¿En qué mundo vivimos? Pues en el nuestro, que ha sido así toda la vida. 
            Dada la violencia inherente a la naturaleza y la condición humanas, declararse pacifista, pues, no es solo quedarse en dar discursos –ni siquiera encendidos– acerca de la fraternidad universal sino llevar adelante con todas sus consecuencias una actitud decidida en favor de la paz que, por consiguiente, conlleve acciones determinadas a ese objetivo, lo cual, sobre todo, requiere voluntad, un fuerte ejercicio de la voluntad, al que, por lo general, no estamos en realidad dispuestos. ¿O sí?
Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828): Pelea a garrotazos, óleo sobre lienzo, pintado sobre 1820-1823 (la imagen es de dominio público). El cuadro original se encuentra en Madrid, España, en el Museo del Prado (http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/obra/duelo-a-garrotazos/), Madrid, España.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 111. El terruño en vísperas de la primavera. María Gabriela López Suárez

El terruño en vísperas de la primavera

Por María Gabriela López Suárez

Esa noche le costó conciliar el sueño a Sonia, daba vueltas en la cama. No pudo evitar recordar lo que solía decir su abuelita Luci en las pláticas con la familia y ella escuchaba cuando era niña:
         
—Yo por eso no tomo café, si no para qué quiero, se me espanta el sueño.

Luci no alcanzaba a imaginar qué era de eso de espantar el sueño, ahora de adulta ya lo estaba viviendo, pero vaya que había disfrutado sus dos tazas de café por la tarde. Como quien dice, lo bailado nadie se lo quitaba, solo que ahora debía esperar a tener sueño. Descartó leer de manera física o través de su celular, quería descansar la vista. Así que optó por hacer lo que alguna vez les recomendó uno de sus profesores en la preparatoria: Recordar lo que habían hecho durante el día, paso a paso, desde que despertaron hasta antes de dormir.

Sonia quiso darle un giro a la sugerencia de su profesor y decidió hacer el esfuerzo por recordar, al menos dos días, el anterior y el actual, ella se interesó en los paisajes observados. Vino a su mente el paisaje de la tarde anterior, cielo azul con nubes blancas, intenso calor que se aligeraba con ráfagas de viento, de esas que se sienten como brisa para apaciguar lo cálido del clima. Siguió su recorrido, los árboles de sabinos que cubrían la vertiente del río Sabinal estaban ahí, observó sus tallos, población adulta, sus ramas, algunas caídas, otras aún de pie como ellos. Una garza blanca se posaba en una de las ramas, como contemplando el ambiente. Se quedó pensando de cuántas historias serían testigos, se imaginó que los árboles eran como las personas adultas, llenas de conocimientos y sabiduría. No pudo evitar sentir nostalgia, en la cotidianidad en que se vive, cuántas personas se percatan de estos ancestros de la naturaleza que parecen agonizar en medio de la ciudad que se va cubriendo de asfalto.  

Continuó trayendo a la mente otros paisajes. Se topó con las plantaciones de bambú que se encontraban como una especie de ramilletes, si algo disfrutaba Sonia era del sonido que producía el viento cuando soplaba y las ramas se movían de un lado a otro. Podría quedarse ahí mucho tiempo observando, escuchando y disfrutando el paisaje.

La párvada de loros no escapó de su memoria, le alegraba escuchar lo bulliciosos que eran, era un deleite tener la oportunidad de verlos y registrar en su corazón este canto.

En los vaivenes del tiempo su mente se posó en los árboles, las ceibas frondosas cambiando de hojas, esperando revestirse de verde follaje. Y de nuevo  las aves trinando, entonando  bellos cantos, melodías para alentar  los corazones que se pierden en las vicisitudes cotidianas. Este último paisaje le pareció que era señal de el terruño en vísperas de la primavera. A lo lejos, muy lejos le pareció alcanzar a escuchar los ladridos de Canica, la perrita que tenían sus vecinos, sus ojos se fueron entrecerrando poco a poco.

Photo by Marcel Kodama on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. Antonio Florido, un español muy latinoamericano. Roger Octavio Gómez

Antonio Florido, un español muy latinoamericano

Por Roger Octavio Gómez

La novela Quién vendrá a mi entierro me ha hecho pensar que su autor, Antonio Florido, escritor español de Carmona, es latinoamericano. Son varios los que hablan, mas una sola voz es la que teje la narración de una trama que es un rosario de tragedias ensortijadas en un sedal conductor hilado por un personaje que se hace llamar a sí mismo “Escribidor”, una historia que bien pudieran haber sucedido en la Hispanoamérica rural, donde la justicia se impartía con crudeza en medio de la anarquía, donde las pasiones tenían más valor que el amor, tierra de caciques y de enmendadores sin suerte. El Escribidor nos advierte que estamos ante una visión “encuadrada en un lugar desconocido, ancho y despoblado, salido de la nada” al que ha llenado con recuerdos, querencias y mentiras. ¿Comala, Santa María, Yoknapatawpha? No, La Camuña, un lugar que “huele a muerte y desperdicio de vidas”. 
         En la anarquía hay siempre un orden superior, similar al orden que imprime Florido en cada una de sus palabras y frases, pulidas y con una métrica que brinda el ritmo exacto con que se cuentan los hechos. Cada frase es una pincelada definida, con los colores exactos, pero es hasta contemplar la obra entera cuando se aprecia el universo donde mora Echandía Arsuaga, el personaje principal. Un hombre que arrastra un crimen, no cualquiera, un fratricidio; y un amor prohibido que no le permite amar a La Tana, la mujer que arrebató a otro, o a cualquier otra mujer, está enamorado de un hombre.
         Son varias las capas de lectura que ofrece Antonio Florido. Me llama la atención la intencionalidad que hay en El escribidor, quien opera como demiurgo, alter ego, quizá, del escritor. El Escribidor a veces recuerda al Melquiades de García Márquez, pero también a los profetas de religiones antiguas. Al Escribidor no se le escapa ni un gesto, construye en el aire y del aire, es capaz de concebir el mundo en que suceden los hechos e, incluso, borrar a su antojo la memoria de los pobladores de La Camuña. Una lectura es, como digo, la del demiurgo que juega a crear el mundo, la otra es la develación de los recursos que tienen las sociedades para negar la posibilidad de que las cosas diferentes existan. ¿Olvidan a un hombre por ser homosexual o por ser el posible asesino de El señorito? Tal vez por ambos motivos, damantio memoriae. 
          El que La Camuña esté tocada por un Paraná a donde llegan las tonadas de las trovas rosarinas no rompe con la tradición rescatada por Florido. ¿Acaso Comala no es una dimensión inexistente que brota de las tierras de Jalisco o Yoknapatawapha no tiene tintes del Misisipi?
	 Esta novela de Antonio Florido es también una historia de amor, un amor prohibido por un orden social que se parece al nuestro y si bien rememora a varias obras, estas no debilitan la trama, sino que nos hacen notar el gran acervo literario y cultural de su autor aunado a una habilidad estilística muy particular y lograda. 

He colocado Quién vendrá a mi entierro de Antonio Florido en el estante de mis libros favoritos.

Libro: Quién vendrá a mi entierro
Autor: Antonio Florido
Editorial: Kolaval por Hispanoamérica / 2021
     



Antonio Florido**




*Sobre el autor:

Roger Octavio Gómez Espinosa

Tuxtla Gutièrrez, Chiapas, 1974.

Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.

Autor de La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal); Soltar las riendas (autor, 2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Autor, Tifón, 2018). Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.

*Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 7. Los otros dioses. Erik García Briones

Los otros dioses

 

EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 111. Volver al Ciprés. Héctor Cortés Mandujano

Volver al Ciprés

Héctor Cortés Mandujano

Tengo miedo del encuentro con el pasado

que vuelve

a enfrentarse con mi vida

«Volver», de Carlos Gardel

1
Varias personas habían pedido ir conmigo al Ciprés, la finca donde nací. Le daba vueltas al tema. Fue en diciembre pasado cuando de nuevo me hicieron la petición y, en silencio, decidí que iría otra vez.
	Cumplí 61 años el 24 de febrero. Pensé que ese sería el buen pretexto. Fijé la fecha: sábado 26 de febrero de 2022. Le dije a mi mujer que avisaría a los que ya me habían dicho de ir y a quienes consideraba pudieran estar interesados; si nadie se apuntaba, iríamos ella y yo.
	Se formó un pelotón. En la decisión del azar (hubo quienes no pudieron o no quisieron), el grupo que quedó fue el mejor, el perfecto; fuimos muchos adultos: mi familia cercanísima (mi mujer, mi hija, Daniel) y queridas amigas, queridos amigos: Tania, Juan, Tito, Alfredo, Álex, Anny, Fer y Flor; y varias niñas, varios niños: Jacobo y Camilo (mis nietos), Iñaki, Isabella, Zazil y Jerome. 

2
Hace 23 años había ido y aunque la finca tenía entonces cerradas las puertas de los cuartos, el corredor y las pilastras estaban en buen estado; el cuarto que había sido de mis padres, donde dormí buena parte de mi infancia, estaba derrumbándose, y la cocina y los demás agregados a la construcción original eran montones de cascajo revueltos con tejas, madera y heteróclitos materiales.
	Tenía miedo de ir: ¿Qué sentiría; cómo quedaría emocionalmente si ya sabía, por boca de una prima, que la finca estaba desde hace tanto abandonada? Treinta años de olvido, por lo menos, y “el olvido todo destruye”. 

3
Llegamos al pueblo donde teníamos que entrar hacia la vía de carretas que va a la finca e hicimos una salida en falso. Ya puestos en el carril correcto, fue el camino miel sobre hojuelas. 
          La entrada hacia la tranca de entrada fue una sorpresa. No se veía: estaba cubierta de hierbas altas y zacatal. Tomé la delantera y Alfredo y Daniel me siguieron. Hicimos una ruta con nuestras pisadas y los demás llegaron con algarabía.
          Lo único que queda en pie de la finca es el corredor y dos cuartos, con puertas y ventanas de par en par, a medio destruir. Lo que fue la habitación del enorme altar de la abuela es ahora hogar de murciélagos, que han llenado el piso y las paredes con sus huellas, con sus marcas. El otro amplio cuarto es igualmente pieza ocupada por la basura, los desechos y el abandono. En uno de sus rincones mi mamá tuvo trabajo de parto auxiliada de comadronas. Allí nací.

4
Subimos a la loma donde están enterrados mis ancestros. La subida no fue fácil (llena de monte, espinas y zacatal), pero Danny y Álex fueron abriendo camino. Llegamos al fin. Un zopilote no paraba de planear en el cielo, alrededor nuestro, tan cerca que veíamos sus patas encogidas, sus garras. 
	La construcción de ladrillos que rodeaba y protegía las tumbas se ha derrumbado por completo y de las tumbas no quedaban ni rastros visibles, porque el monte ha crecido sobre ellas. Alfredo logró mostrar, en el suelo, una esquina de cemento y Álex se empeñó en descubrirla lo más posible.    Todos, asombrados, leímos el nombre del muerto: Florentino Cortés. ¡Mi abuelo! Aplaudimos. En ese instante, sin que nadie lo llamara ni lo detuviera, mi nieto Camilo, de tres años, fue hasta la tumba y con sus manitas se puso a limpiarla de la basura, de la tierra. Hay instantes en que después de vivir una experiencia memorable he pensado: “Ya me puedo morir”. Ese fue uno de esos momentos mágicos, irrepetibles: La pequeña mano de mi nieto limpiando, con delicadeza, con cuidado, la tumba de su tatarabuelo. En ese hombre muerto, en esa mano tierna, convivían en mí, como eslabones, la vida y la muerte. La imagen era, también, una muestra de la incesante eternidad humana.

5
Luego de bajar de la loma fuimos a comer al arroyo. Llevamos distintas comidas que se distribuyeron a lo largo de viejo árbol caído y se volvió colectivo el bufett riquísimo y variado; comimos, conversamos, reímos, sintiendo que nuestro día había sido tocado por la felicidad del encuentro con la magia.
	Un día después, el domingo 27, una de mis amadas primas, Natividad, me dijo que otra de mis queridas primas, Isabel, le había dicho que mi tía Araminta, la actual dueña del Ciprés, había muerto (“es un soplo la vida”). Isabel, por tacto, no había querido decírmelo directamente porque el deceso ocurrió más o menos en sincronía con mi llegada (rodeado de gente querida) al Ciprés. Me escribió Naty: “Pensé que era como que se hubiese cerrado un ciclo, como que algo sucedió arriba”. Este aldabazo de misterio volvió todavía más significativo, más icónico, este volver a mi pasado, a mi vida de niño, a mis recuerdos de siempre, a mis sueños recurrentes.
          Gracias a quienes me acompañaron…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Líneas de desnudo. 92. Guerra y literatura: Contra la parálisis. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 92

Guerra y literatura: Contra la parálisis
Por Manuel Pérez-Petit

El horror paraliza y escribir acerca de la guerra al ser esta un horror es paralizante, y, sin embargo, tendríamos que estar más familiarizados con ella de lo que estamos en realidad, verla, en consecuencia, con mayor naturalidad, y afrontarla con otra madurez, pues todos, al menos en el mundo Occidental, hemos crecido leyendo obras literarias que tratan de la guerra.
            Desde los tiempos de Homero con la Ilíada, que, escrita en griego antiguo, nos cuenta la cólera de Aquiles, que dio lugar a la guerra de Troya, origen de la Grecia clásica, e incluso antes, la guerra ha sido y es uno de los grandes temas de la literatura universal, y no solo eso: todas las naciones de la tierra son, de algún modo, “hijas” de la guerra, como puede constatarse en los cantares épicos y de gesta clásicos y medievales, que precedieron al nacimiento de las grandes naciones y culturas europeas. Anterior al ciclo artúrico y escrito en inglés antiguo, el Beowulf, con el que los académicos no se ponen de acuerdo, datando su escritura en diferentes fechas que van del siglo VIII al XII, es una historia de la guerra en que se habla de las invasiones nórdicas y germánicas que están en el origen de Inglaterra. La Canción de Roldán, escrita en francés antiguo bien avanzado el siglo XI, el cantar de gesta escrito en lengua romance –esto es, derivada del latín– más antiguo, narra la emboscada que, por parte de los vascones, en Roncesvalles, Navarra, España, sufrió la retaguardia del ejército de Carlomagno en el siglo VIII, que es la gran gesta conformadora de Francia. El Cantar de Mío Cid, compuesto en español antiguo alrededor del año 1200 d.C. y que está en el origen de la nación española, relata el proceso de recuperación de la honra de su protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, que se dirime al final con fuertes actos de guerra y de violencia. El Cantar de los nibelungos, epopeya nacional alemana escrita alrededor del siglo XIII en alto alemán medio –una especie de protoalemán– es un poema que nos traslada a los orígenes de lo germánico, también basado en la guerra y la lucha por el poder.
            Todas estas obras y otras tenían por objetivo preservar la historia o la mitología y, sobre todo, los conflictos originarios de cada identidad a fin de reforzar la memoria colectiva del pueblo y no solo no lo paralizaban sino que los motivaban para emprender en favor de sus ideales. Desde la Alta Edad Media y el comienzo del Renacimiento, la literatura de la guerra abandonó en gran medida su tradicional pedagogía identitaria y su narrativa histórica para convertirse en fuente de debate, ficción y pensamiento, y desde entonces –hablamos de los comienzos de la denominada Edad Moderna– la guerra nos es tan familiar como el amor. Por ello, la podemos percibir como natural, aunque nos horrorice. Y por esta misma razón no debería paralizarnos, sino activarnos, movilizarnos, y no solo con testimonios. Porque podemos hacer mucho, pero lo que no podemos de ningún modo es abandonar nuestras vidas por esa parálisis. Dediqué mi “Dolor ejemplificante” “A Manuel de Luque Soult, amigo de la infancia, y a su hija ucraniana, que ojalá llegue pronto a casa”, y en relación a ello hacía referencia a una información publicada por el periódico español Diario de Sevilla, “​Familias de acogida sevillanas piden ayuda para rescatar a los niños en Ucrania”. Bien, al cabo de los días y habiéndose desplazado a la zona de conflicto su mujer y su hijo, Manuel y los suyos han conseguido rescatar no solo a su hija ucraniana sino a tres menores más del horror de la guerra, y todos volarán mañana de Varsovia a Barcelona. 
            Si nos paralizáramos tanto ante la guerra no sería posible que tuvieran lugar milagros como éste.
Bandera de Ucrania




*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.