Revista

Absenta 20. Lluvia. Erik García Briones

Lluvia

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Trabajo en alturas. 15. El año de las tormentas II. Roger Octavio Gómez

El año de las tormentas II

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Reseña a La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit]

El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios


Mas las tormentas no se detienen porque un simple humano les ordene detenerse, menos las que son originadas por los torbellinos emocionales. Los recuerdos acuden una y otra vez. 

Hay una segunda entrega que escribe Manuel Pérez-Petit de El año de las tormentas. El segundo volumen se subtitula: La vida es el príncipe de los misterios. En la lid del volumen anterior, muchas figuras retóricas y poéticas sirven para ir describiendo las sensaciones que el personaje va percibiendo. La estructura se mantiene, hay un flujo de conciencia que coquetea con el juego poético y que se recrean con figuras del lenguaje, imágenes. 
	Ya en el volumen uno nos enterábamos del nombre de la mujer que evoca el personaje: Antea. Mas es en este volumen donde se despliega el significado real, por sobre las etimologías, de lo que ese nombre signifique. Antea es una de las ciudades ofrecidas por Agamenon a Aquiles, en la Iliada, también significa Flor y es, además, según nos dice el texto, una estrella, ¿se referirá a Astrea? Para el personaje de esta novela Antea es también una jitanjáfora que produce el ansia por expresar el arte en palabras y es la tortura. ¿Una musa? ¿Una maldición? Un amor que, gracias a que no fue culminado, persiste más vivo en la idealización que en la materia. 		
	“La vivencia del arte te lleva al corazón de las tinieblas”, dice Manuel Pérez-Petit a través de su personaje. Para acercarse al corazón de las tinieblas que explora esta novela hay que estar cerca de los linderos de la locura, pero con un pie algo plantado en la cordura. Antea es, en mi opinión, Dulcinea. Manué, el hombre con alma de poeta que se parece al Manuel de carne y hueso, es un quijote que se ha bebido muchos libros, películas y música; que arremete esgrimiendo citas, no contra gigantes sino contra eso que se llama vida, la que consume todo, para exponernos también su particular visión de lo que el arte y la lectura son cuando se tiene una musa con la que nos lleva a viajar en tren, o quizá sólo estemos viajando por un librero, pero vemos a través de sus ojos desde la Europa hasta el nuevo mundo que se le revela en la “piedra de sol“ en México, siempre acompañado de libros o de escenas entrañables del cinematógrafo que fungen como un Sancho Panza fragmentado.  
	Antea es también un fantasma que escucha atento en la charla insomne del poeta desvelado, del lector que cita versos en el aire, y es el crisol donde cada palabra es decodificada porque ese fantasma es el lector ideal que encuentra el camino hacia las más espesas tinieblas que moran en el alma de Manuel, ¿de cuál de los Manueles? Por momentos es difícil discriminar entre el personaje y el autor.
	Manuel abraza a su musa porque no puede arrancarla de sí mismo. Y si pudiera, se abalanzaría tras ella en el mismo momento en que retirada de él la sintiera. 
	Llega la aceptación. La reconciliación que le da la confesión. Redención, no en ella sino la del poeta en el mundo, con su Dios y con los Dioses de los otros, con la ambición de ser cura y con el mismo autor de la novela con quien comparte la afición por el Betis, por los comics, el Capitán Trueno, Astérix, Obélix y Moebius. El poeta sopesa la reconciliación con la naturaleza, como verdadero romántico, no ya con el romántico que mal entiende el amor cortés, sino con del Hombre contra lo inhóspito, que se pierde en los sublime, la búsqueda del monstruo ese que llena de oxígeno los pulmones, que se agita respirando la vida misteriosa que lucha en cada pulso por arrebatarnos el aliento.  


Roger Octavio Gómez Espinosa
Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.



[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
Photo by Lennart Wittstock on Pexels.com

Polvo del camino. 125. La vida de un fantasma. Héctor Cortés Mandujano

La vida de un fantasma

Héctor Cortés Mandujano

Yo le leía poemas de fantasmas

Ferenando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»

Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.
	El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella. 
	Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.
	He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.
	Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.
	En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.
	En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.
	Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.
	La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.
	Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”. 
	Qué buen libro. Qué gusto leerlo.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). 

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).

Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Trabajo en alturas. 14. El año de las tormentas I. Roger Octavio Gómez

El año de las tormentas I

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Reseña a La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit]

1). La vida es sueño reza el título de una obra de don Pedro Calderón de la Barca estrenada, según los estudiosos, en el año 1635. 2). Por otro lado, es difícil establecer una época en la que El Tango naciera, pero es muy seguro que se gestara por ahí de la primera mitad del siglo XIX, dos siglos después de la obra de Calderón, en Sudamérica. Mestizo y apasionado el compás reconquistó después al viejo mundo. 3). Me intriga el título del libro de Manuel Pérez-Petit, largo, alejandrino si fuera un verso, que de entrada desata mi imaginación. 

Abro el libro y noto en primera instancia que no hay concesiones para el lector distraído, ni para nadadores de corto tramo, arranca con un largo monólogo dirigido a alguien. Nos deja respirar hasta después de 5 páginas. Largas brazadas, condición física exigida. A quién le habla este personaje, “¡Manué!”, quién es ese ser pirenaico de sonrisa pergeñada que le provoca tales recuerdos.  
	En la segunda inmersión me encuentro con que ese personaje me recuerda a mí mismo o, mejor dicho, al yo mismo que fui en mi juventud primera, cuando marcar desde un teléfono a la mujer que es lejana, por la distancia y por el olvido que esta le procura, provoca un amasijo de sensaciones indescriptible, pero que el autor describe bien; al joven que es capaz de dar saltos gimnásticos ante el sí de una mujer, al que le temblaban las piernas cuando descubría nuevos espacios en la esperanza de un amor y que era capaz de huir por ella hasta el mismísimo Paris, aunque los míos fueron lugares menos icónicos, igual me posiciono del recuerdo de la juventud aquella de cuando ya se usa una máquina de rasurar pero apenas se comienza a descubrir lo que significan las primeras ilusiones rotas.
	Voy en la página quince y los párrafos tan largos no son ya pruebas de fondo sino una cascada de palabras que me arrastra a la velocidad de ese joven que va al encuentro de su amada. Avanzo en la lectura sin más contratiempo que dejarme llevar por la corriente. Hasta un Paris que festeja su bicentenario, donde todos festejan menos ese personaje que platica lo vacuo y triste que es la Ciudad de las Luces cuando la soledad lo acompaña a uno, una soledad que no puede llenarse con la compañía de nadie más que de la mujer que está ausente y que se ha perdido.
	¿Pero qué se hace cuando se es joven y apenas comienza a conocer los vericuetos del desamor? Andar, vagar y seguir con la energía de esa preciosa edad y con la rebeldía contra las instituciones, contra las falsas revoluciones, contra los muros. Mas siempre con Ella en forma de un recuerdo. Manué nos lleva de viaje por la Europa de sus memorias, que ya tienen lagunas, y apenas vamos por la página veintitrés. 
	Nos expone la búsqueda de la normalidad que se espera de un hombre que escribe y que por eso quizá no pueda ser considerado “normal”, cómo los libros pasan de ser un regalo exótico, a ser considerados basura que luego pueda ser rescatada para adornar los libreros. Denuncia las lecturas que son confundidas o banalizadas. Lamenta que los resultados de la escritura, que puede ser para los que la practican una terrible droga que no puede ser dejada y que exige al artista ser escrita, es luego tratada como un simple pasatiempo de segunda. Esa escritura que invoca las sensaciones de la realidad y no la realidad misma, que trae las entrañas mismas de quien la escribe es para algunos sólo un amasijo de ideas sin sentido. 
	A la juventud sigue la madurez o la decadencia, depende quien la encare. Luego las profundidades del abismo y el ascenso. El hombre que se cree curado y que encuentra en la dureza de una máscara el paliativo que parece la panacea es luego destruido por la causante de los males. Sucede el reencuentro con “la ingrata” y el personaje se compara con el Rick de “Casablanca”, la icónica película de Michael Curtiz. El héroe adusto se derrumba ante un gesto de ella que aparece como si nada y pide una canción que revive el ardor en las cicatrices que se creían curadas. Lo vuelve un varón domado que baila al son de las notas de las que ella marca el ritmo, los encuentros y desencuentros. 
	Un tango, nos aclara el personaje, esta historia de encuentros y desencuentros se vuelve, en efecto, un tango acompasado que pudiera ser un sueño, el tango de una vida cantada en unas estrofas, la misma que es sueño en el título de la obra de Calderón de la Barca. Bien caben doscientos años en un instante y bien pudo Calderón de la Barca haber equiparado a la vida con un tango y es una lástima que éste no existiera en aquella época. La historia que nos presenta el autor Manuel Pérez-Petit cabe en el instante en que una voz revive el universo de un recuerdo que no quiere olvidar, aunque en su desesperación apele a los “brazos del olvido”.

                                  Roger Octavio Gómez Espinosa
                   Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.



[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas I. La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Las tormentas pasan, las pandemias también, pero a la ingrata aerolínea (que se quedó con mi dinero y mis ansias de mundo) no le importó aquello ni mis derecho de viajero por lo que no pude llegar al Viejo Mundo. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
Photo by Marko Zirdum on Pexels.com

Voces ensortijadas 124. Diez minutos. María Gabriela López Suárez

Diez minutos

Por María Gabriela López Suárez

La cita que tengo es a las seis de la tarde, apenas me alcanza el tiempo para llegar puntualmente al lugar indicado. Calculo que en diez minutos podré estar en el estudio donde tendré la entrevista, mi mente dice si llego, les digo a mis piernas y mis pies si llegamos, seguro que lo haremos. Observo mi silueta que se dibuja con la luz del sol que me acaricia la espalda, una sombra pinta el movimiento de mi cuerpo y mi cabello, corrijo mi postura. Me gusta mi silueta que se va combinando con el paisaje que me rodea.
  
Dejó de prestar atención a mi sombra y  me pongo a observar a la gente, buscó algún rostro conocido con quien yo coincida en las calles, ninguno. Veo a las personas que, al igual que yo, aún portan su cubrebocas y eso me hace recordar que tenemos un nuevo rostro cuando lo portamos correctamente. Sigo mi camino, falta más de la mitad del recorrido.

Intento conectar con la arquitectura de las calles, hay banquetas en remodelación, muchos locales comerciales que no estaban, edificios antiguos que han sido derribados. Me atrapa el cielo azul con sus detalles en tonos blancos, como una especie de pinceladas bellamente trazadas. El sol sigue acariciando mi piel, siento sus rayos tan intensos, después de una semana de paisaje en tono gris por las intensas lluvias trato de disfrutar del clima cálido. Estoy en mi tierra, mi lindo Tuxtla.

Me interno por calles que no suelo transitar, hago memoria para recordar qué anécdotas tengo de estos espacios, intento reconocer el barrio. No tardan en aflorar momentos de la adolescencia, con mi familia y amistades. De pronto, la atmósfera se convierte en esos instantes que ya he vivido, las fachadas de las casas, las viviendas con árboles que se asoman y que me saludan recordándome su presencia. Un señor de rostro amable, quien porta un sombrero y se detiene con su carrito de paletas antes de cruzar la calle, me hace reconocer este oficio que permanece. Nada más agradable que degustar una paleta de hielo en una tarde calurosa como la de hoy. 

Sigo caminando, ya falta poco para llegar a mi destino, conecto con esta emoción de caminar en una tarde cálida, a un ritmo que es muy característico en mi andar, sobre todo cuando llevo prisa. Un ritmo que echaba de menos. Siento mis pasos y mi respiración agitada. Mi mirada se deleita con el colorido de los graffitis que descubro como bellos hallazgos, casi me quedó ahí observando las calles bellamente trazadas en una ventana. 

Buscó la dirección a donde me dirijo, voy bien ubicada, las casas con techos de teja me siguen haciendo sentir ese aire nostálgico del Tuxtla que se esfuma. Una señora y un señor sentados afuera de sus viviendas me evocan a una calle de mi barrio, las tardes donde se solía tomar el aire fresco. Regreso la mirada buscando el número de la dirección, antes que el número descubro que ahí está Tito quien me hará la entrevista. He llegado a mi destino. Reviso la hora, las seis de la tarde. Respiró profundo, estoy en el tiempo indicado. Sonrío, saludo a Tito, ahora viene otra travesía.

[Entrevista a la autora: Maria Gabriela López Suárez]
Photo by Plato Terentev on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 124. Tres películas peruanas. Héctor Cortés Mandujano

Tres películas peruanas

Héctor Cortés Mandujano

El mundo como un pañuelo, que propone Netflix, da la oportunidad de ver cine de países que antes eran sólo un enigma: Tailandia, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, etcétera. También da foro a la cinematografía latinoamericana: Colombia, Argentina, Perú… De este último país me encontré con tres propuestas sólidas, interesantes, de contenidos profundos, de magníficas hechuras, que te recomiendo lector, lectora. 

Retablo  (2017)

Es la primera película de Álvaro Delgado-Aparicio, quien también coescribió el guion con Héctor Gálvez. Participó, como candidata a mejor película, en los Goya de España y los Oscar de EUA.
	La historia se centra en un padre y su hijo, quienes hacen y venden retablos (muñequitos tallados en yeso) para celebraciones religiosas, para adornos. El hijo descubre que su padre, quien vive con esposa y dos hijos, tiene prácticas homoeróticas. Difícil y lograda actuación de un adolescente (Junior Bejar), quien tiene que trabajar mucho para llegar a comprender y respetar a su padre. No ocurre lo mismo en su pequeña y pobrísima comunidad homofóbica.
	La trama da la oportunidad de oír el quechua (está hablada en ese idioma andino), de gozar con los paisajes verdísimos de los cerros y montañas peruanas, de conocer la vida cotidiana de sus comunidades…

Wiñaypacha (2018)

Dirigida por Óscar Catacora, es la primera película peruana en ser hablada completamente en idioma aimara (wiñaypacha significa eternidad). Fue filmada en la bellísima montaña nevada Allincapac y ganó varios premios. Fue la primera cinta de este director, y la única, pues desafortunadamente Óscar murió en 2021, a los 34 años.
	Los únicos protagonistas son dos viejos (Willka y Phaxsi, Sol y Luna) que viven en abandono y pobreza, y suspiran porque el hijo que se fue, regrese. Contó Óscar que la historia hace referencia a sus abuelos. De hecho, Vicente Catacora, el actor de la cinta, es abuelo de Óscar, el director. 
	Las imágenes son portentosas y la historia no necesita para conmover ni música ni efectos especiales: es un retrato de dos octogenarios, sobreviviendo en condiciones precarias, en la soledad (o la compañía, según se vea) de la naturaleza.

Canción sin nombre (2019) 

Es el primer largometraje de Melina León, quien la coescribió y la dirige. Está ambientada en la época terrorista de 1980. Ha ganado varios premios y recorrido varios festivales internacionales (Cannes, Goya, Oscar…).
	Dos cosas que me llamaron la atención de la trama, que involucra el robo de niños y la complicidad de jueces y señores de la justicia con ese crimen, fueron a). Cuando la protagonista entra a un edificio hay un corro de niñas que juegan a saltar la cuerda y repiten una canción terrible, que supongo es o ha sido popular por aquellos lados: “Soltera, casada, viuda, divorciada; con hijos, sin hijos, no vales nada”.
	Y b). La otra es un poco más sutil y tiene que ver con la influencia de la cultura estadounidense, que se filtra en todos los órdenes de la vida en América Latina. Uno de los personajes es un actor, y uno supondría que está trabajando en la obra de un dramaturgo local o que se refiera a los hechos de Perú. Y no. Está montando El zoo de cristal, de Tennessee Williams.
        La cinta presenta a dos personajes marginales (entre otros), enfrentados al gobierno y al narcotráfico, sin más armas que la desesperación: una madre a la que le han robado su niña recién nacida y a quien nadie recibe ni ayuda, y un periodista homosexual que toma como suya la odisea de una mujer que batallaba sola.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Voces ensortijadas 123. Sentirse bonita. María Gabriela López Suárez

Sentirse bonita

Por María Gabriela López Suárez

Ada se detuvo frente al espejo de su tocador, estaba sin una gota de maquillaje. Observó atentamente su rostro, lo veía pálido, sin los tonos que acostumbraba a colocarse y se asomaban las líneas de expresión propias de su edad. Tomó el cepillo y comenzó a peinarse, lo hacía con sumo cuidado y observando que su cabello estaba tomando el color natural, el tono del tinte que solía pintarse se había desvanecido. Se asomaban los hilos de plata en buena parte de la cabellera. 

Una vez que terminó de cepillarse buscó con la mirada dónde estaban los botes del tinte. No tardó en hallarlos, los tenía bien colocados, en un lugar visible. Se acercó a tomar uno de ellos, y como si fuera la primera vez que lo veía se dispuso a leer cuidadosamente las instrucciones. Volvió la vista al espejo y nuevamente fijó la mirada en su rostro, poniendo especial atención al cabello. Esta ocasión no había tomado el bote de tinte en automático para hacer la preparación y colocarlo en cada hebra de su cabellera, tenía días que venía meditando esa decisión, le costaba mucho pero estaba dispuesta a no dar marcha atrás. Dejaría de teñirse con el bello tono de castaño claro que le había acompañado por varios años.

Mientras recopilaba los botes de tinte para depositarlos en una caja que luego obsequiaría, la mente de Ada tenía varias ideas que no dejaban de asomarse, imaginaba las palabras de Rita y Alberto, su hija e hijo, ¿mamá, te sientes mal? ¿Por qué no te has teñido el cabello? ¿Te has dado cuenta que ya se asoman las canas? ¿Qué dirán tus amistades y la tía Paty que siempre anda fashion?

Ada tenía las respuestas a cada una de esas preguntas, decidió dejar de agobiarse por estar observando que las raíces del cabello se habían despintado y tenía que retocarlas de manera urgente. La frase de ‘siempre debes lucir impecable para verte bella’ resonó mucho tiempo en su vida. Muchos años después había reflexionado: ¿por qué estar dando gusto a medio mundo sin escucharse? Quería darle un apapacho a su cabello y dejarlo respirar. No era una tarea fácil acostumbrarse a su nuevo tono, valía la pena intentarlo.

Por tercera ocasión se observó frente al espejo, buscó una ballerina color marrón y se la colocó. Acomodó su cabello. Su rostro seguía al natural, se quedó viendo, como si intentara reconocerse. Después de varios instantes ahí, sonrió, tenía mucho tiempo sin sentirse bonita. Le gustaba como se veía. Buscó uno de sus labiales favoritos y se pintó. Se dirigió al alhajero y eligió unas arracadas medianas de plata para usar. Ese día había tomado una decisión importante, el sentirse bonita era algo que debía vivir y gozar, sin tener que estar dándole gusto a las demás personas. Ahora quería disfrutar de sus canas, de sus hilos de plata con toda la tranquilidad. 

El timbre del teléfono sonó. Era su prima Paty que llamaba para avisarle que, en un rato más, pasaría por ella para que fueran a desayunar. Ada  le dijo que la esperaba, al tiempo que sonreía pensando en el rostro que pondría, tía Paty, cuando la viera con su nueva imagen.
Photo by cottonbro on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 13. Por qué leer. Roger Octavio Gómez

Por qué leer

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

El hombre no puede vivir sin una confianza

duradera en que hay algo indestructible en él…

Fran Kafka, «Aforismo 50»
Tengo claro que la pregunta, ¿por qué leer?, tiene una respuesta compleja que quizá yo no pueda alcanzar a cubrir dada la gama de senderos que se abren al indagar en ella, también tengo claro que no se debe tomar a la ligera y no debo dar por sentada ninguna de las respuestas que se hayan emitido al respecto. Son varias las veces que me la he cuestionado y hay muchos libros que plasman palabras que intentan responderla. Diría que las posibles soluciones deben estar ligadas con los orígenes del hombre que toma conciencia de sí mismo y de su entorno, que toma conciencia de que puede crear ficciones y de la posibilidad de trasmitirlas a sus semejantes, a los primeros hombres que pudieron “leer” las cosas que su ambiente les dictaba.
          En un artículo que publiqué a propósito del fomento a la lectura en las empresas, aseguré que leer no servía para aumentar las ventas ni para mejorar los indicadores claves de las organizaciones. Mis conclusiones llevaban a lo que recientemente leí en Volpi (2011) y que había leído en otros autores: que si bien la literatura no tiene una función utilitaria sí tiene una que trasciende lo inmediato: nos da tintes de humanidad. ¿El por qué debían fomentar la lectura en los miembros de las organizaciones?, sin llegar a lo sentimental es: por el aprecio sincero, y para brindar acceso a los empleados a un poder inmaterial. Curiosamente, quien no estuvo de acuerdo conmigo fue un escritor que defendía que leer si debe mejorar a las empresas ya que en su opinión mejora a los seres humanos y los hace concebir oportunidades para el “éxito” que no habrían notado sin la lectura. Si el éxito tuviera que ver con lo monetario: tampoco se requiere leer. Muchos de nuestros líderes son analfabetas funcionales y varios han demostrado no haber tocado ningún libro importante en sus carreras personales y, sin embargo, dirigen nuestros destinos.
          Ser analfabetas de la escritura occidental no significa, o no debería, dar un grado menos de humanidad ni tendríamos por qué unificarlos en nuestra idea de lo que éxito signifique. Aunque, como denuncia Héctor Cortés (2013) existe un analfabetismo funcional en estudiantes de nivel licenciatura y en algunos profesores universitarios, y como agregué antes, en muchos líderes económicos y políticos. Este analfabetismo consiste en saber interpretar la gramática, pero no saber rescatar los contenidos, es decir, no poder interpretar lo que los textos dicen y en no saber pensar para dar orden y coherencia a las ideas. Como apunta Daniel Cassany, “lo que importa en la lectura es la comprensión, el hecho de entender un significado particular.” (2019: 77) Quizá este pudiera ser una de las respuestas: leer sirve para aprender a entender significados y poder ser coherentes. Sospecho que hay más.
	Leer no nos hace ni peores ni mejores personas, se ha recalcado como idea en muchos autores. “No trates de mejorar a tu vecino ni a tu ciudad con lo que lees ni por el modo en que lees”, nos dice Harold Bloom (2000: 20) cuando nos habla sobre su propuesta de principios para renovar la manera en que se lee hoy. Dar como respuesta que la lectura puede ser un arma moral no creo que sea la adecuada. 
        Leer nos brinda un ejercicio mental formidable, es cierto, mas no es la única fuente de ejercicios mentales que existe, los satanizados videojuegos pueden dar un estímulo mental y de coordinación estupendo como también nos lo pudiera dar el escuchar música, otra de nuestras grandes manifestaciones, observar una escultura, ver un atardecer, meditar, socializar, hasta vivenciar inconscientemente los sueños mientras dormimos o vivir en un ambiente hostil. Lectura como ejercicio mental, esta respuesta tampoco debe satisfacernos.
        Si bien, como apunta Jorge Volpi, “Leer una novela es como habitar el mundo” (2011: 121), muchas de las grandes obras y mitos que trascendieron culturas fueron durante varias generaciones parte de tradiciones orales y fue mediante la palabra hablada y cantada que se mejoraron y nutrieron. Aunque le dio mayor capacidad de transferencia, sospecho que la palabra escrita las acotó. Hablo de obras como la Odisea, la Iliada y muchos de los mitos de nuestra vena griega, lo mismo sucedió con los mitos de las culturas prehispánicas que fueron trastocados por el cristianismo cuando fueron recopiladas o las canciones nativas de Australia, África, confines. Aún en nuestros días prevalecen culturas cuyos mitos son transferidos mediante palabras armadas a modo de canciones, no escritas. Si bien leer nos mete a la ficción y a nuevos mundos, no es necesario leer para ficcionar ni para entrar en los universos paralelos que nos brinda la creatividad. So pena de parecer aguafiestas, tenemos que seguir indagando en la pregunta.
         Leer nos trasciende más allá de lo inmediato, sí, pero menos acá de lo eterno. Veamos esta vía: Considero que la literatura será una de las piezas que dejaremos como civilización, así como los mayas nos dejaron su calendario solar y los hombres de la edad de piedra sus edificaciones que en un principio nos parecían burdas y más adelante caímos en la cuenta que revelaban un basto conocimiento astronómico y matemático. Tales expresiones nos sorprenden y causan admiración, sin embargo, son avances para los que no hubo continuidad y tuvimos que redescubrir lo que ya antes había sido expresado. Hay verdaderas muestras de arte en muchas cavernas de artistas neolíticos cuyos nombres se perdieron en el anonimato, cuántos “leyeron” sus pinturas, cuántos hablaron de lo especiales que eran estos individuos en cuya cultura quizá no leían como nosotros concebimos la lectura, aunque a su manera, lo hacían. Sus expresiones humanas generaron una luz de la que ni sus creadores fueron consientes, como hoy iluminan las nuestras, mas tal luz fue sepultada por el fin de aquellas civilizaciones que tan luminosas resultaron que en nuestra era, a pesar del peso de las centurias, nos deslumbran. ¿Pensaron nuestros ancestros se perderían sus formas de vida? 
	
Es duro aceptar que somos seres provisionales, sin una morada segura, errantes y solitarios en un universo silencioso. Siguiendo a Blaise Pascal, (Cit. En Buber, 1949: 31) “le silence éterned de ces espaces infinis méffraie.” (“El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”). Ante lo infinitamente grande que es el universo en que caemos se contrapone lo infinitamente pequeño de nuestro mundo y nuestra existencia, tan efímera. A pesar de eso generamos expresiones, tanto individuales como colectivas y no paramos de hacerlo. Inventamos, creamos, imaginamos, escribimos, leemos, observamos, nos preguntamos. 
         Por un lado, somos individuos que vivimos en colectividad —que no quiero llamar sociedad porque contaminaría nuestra relación universal entre las culturas que se han manifestado— en la que se establecen lazos entre sí, por otro somos la colectividad misma. Como si de células neuronales se tratara, cada miembro genera acciones que de alguna manera se trasmiten para generar aquello que llamamos humanidad. “El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre” (Buber, 1949: 146). Octavio Paz, en su "Piedra de sol", nos dice: “Para que pueda ser, he de ser otro,/ salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo...” (cit. en Volpi 2011: epígrafe). No quiero entrar en temas antropológicos, me voy a lo intuitivo e intuyo que la lecto-escritura es una de muchas vías de comunicación que el ser-humanidad tiene para comportarse como un ente con rasgos propios a partir de muchas individualidades. El lenguaje, la tecnología, el arte, el conocimiento, las religiones, la destrucción de ecosistemas, la contaminación, las guerras, las bombas de destrucción masiva. Invenciones y acciones tan humanas todas, nos dan un rostro de conjunto: sublime, a veces; monstruoso, también.  
         Calvino (2020:20), en su ensayo Por qué leer a los clásicos clarifica el asunto de la razón para leer (a los clásicos) con dos ideas que en apariencia se oponen: 1)”...los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado...”, y más adelante, apenas un párrafo después: 2) “...no se crea que los clásicos se han de leer porque <<sirven>> para algo...”, se puede no hacerlo, pero leer es mejor que no leer. Y cierra citando a Cioran con un bello pasaje sobre Sócrates aprendiendo un aria para flauta justo antes de beber la cicuta; ¿para qué aprender a tocar un aria para flauta si pronto se cumpliría su condena de muerte? “Para saberla antes de morir” (20). Y con eso me quedo y concluyo:
         Leer no es un ejercicio para que viva la industria editorial, los escritores o las universidades que portan algo del conocimiento humano, ni para unificar el comportamiento de los hombres en clasificaciones simplistas: bueno, malo; no es para estimular nuestras mentes puesto que nuestras mentes se auto-estimulan, tampoco es para hacer trascendental nuestro existir ya que nuestras palabras resuenan en “Nosotros” y nadie más que “Nosotros” las comprende. La literatura y nuestras manifestaciones son quizá el trozo de piel con que el que en nuestra indigencia nos cubrimos del frío, y es también un blasón que nos brinda una actitud estoica, nos mantiene retadores y unidos, aunque cada cual navegue en su solitaria individualidad. Al leer las obras que han superado los muchos años de nuestra breve existencia, como civilización, mantenemos una llama luminosa que dice al callado universo, portador de nuestra cicuta: somos pequeños, sí, y grandiosos.

Referencias bibliográficas y recomendaciones para leer:

Argüelles, Juan Domingo. (2007). ¿Qué leen los que no leen?: El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. 2a ed. Barcelona, España. Ed. Croma-Paidós.

Cassany, Daniel. (2019) Laboratorio lector. Para entender la lectura. Barcelona, España. Ed. Anagrama.

Bloom, Harold. (2000). Cómo leer y por qué. Trad. Cohen, Marcelo. Barcelona, España. Ed. Quinteto.

Buber, Martín. (1949). Qué es el hombre. Trad. Eugenio Ímaz. México: FCE.

Calvino, Ítalo. Por qué leer los clásicos. Editorial Ciruela. Consultado el 5 de febrero de 2020 en: https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44973

Cortés Mandujano, Héctor. (2013). "Casa de citas 133, Leer: ese tormento, ese placer". Diario digital Chiapas paralelo, 10 de septiembre de 2013. En https://www.chiapasparalelo.com, consultado el 28 de enero de 2020.

Volpi, Jorge. (2011). Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción.  Adaptado por Celia Corral Cañas. Madrid, España. Alfaguara. Consultado el 5 de febrero de 2020 en:
 https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44974

Photo by Pixabay on Pexels.com

Polvo del camino. 123. Incumbir. Héctor Cortés Mandujano

Incumbir

Héctor Cortés Mandujano

Mi nombre es una palabra asesina

David Lynch, en Dune

—¿Existe el éter?
     —No. Los científicos, después de tanto, decidieron que no.
     —¿Y San Martín Caballero?
     —No. La Iglesia decidió que la caballerosidad no es santa.
     —¿Y Plutón?
     —No.
     —¿Y el limbo?
     —Ya no.
     —¿Por qué han desaparecido cosas que se supone existían?
     —Ah, son asuntos de la vida y la muerte, es decir, son creaciones. A alguien ya se le ocurrió que la vida es sueño y a otro que la muerte es una pesadilla.
     —¿Y eso es cierto?
     —Recuerda a Shakespeare: Palabras, palabras, palabras…

[…]

—¿Tú me quieres?
     —No siempre.
     —¿No existe el amor eterno?
     —El amor y la eternidad son palabras antípodas, ubicadas cada cual en polos extremos.
     —¿Quién eres?
     —Algo evanescente en este minuto. Antes fui nada. Seré nada.
     —¿Y yo?
     —Lo mismo. Precaria permanencia, fugacidad.
     —¿Cuándo terminará esto?
     —Ni siquiera estamos seguros de haber comenzado.
     —¿Somos, existimos?
     —Piensa en algo más que este instante. No pertenecemos al lejano futuro. Ahora nuestros nombres pueden ser palabras de amor o palabras asesinas, pero dentro de poco sólo serán mudez, silencio.

[…]

—¿Me callo, entonces?
     —Sí, por favor. Gracias


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Absenta 19. Palabras para un adios. Erik García Briones

Palabras para un adios

EGB
EGB
EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.