María de Lourdes Morales Grajales (Tonalá, Chiapas, 1945) llama simplemente Él al teatro, como si fuera una persona, una entidad, en su libro Tercera llamada. El teatro: armonía interna. Mis memorias (Creativos7editorial, 2023). Lo conoció, sintió su llamada, “llena de curiosidad”, a los diecisiete años, en su ciudad natal.
Ya en Tuxtla Gutiérrez audicionó ante el maestro Luis Alaminos (a quien dedica el libro in memoriam) y fue con él con quien debutó y realizó sus primeros trabajos, sus primeros aprendizajes. Su estreno, en esta nueva vida, fue con Yo también hablo de la rosa, de Emilio Carballido, y aquí comienza una constante en su libro de memorias, que es la descripción de la obra y del montaje (vestuario, iluminación, trazo escénico). Cierra este primer capítulo con una certeza (p. 10): “Sí…, me había enamorado del teatro”.
En (p. 11) “los finales de la década de los años sesenta”, nos cuenta, deja de ser “la pequeña Lulú, Mariita, Lulita y otros apodos cariñosos” para convertirse en Malú Morales, que es como la conocemos y llamamos sus amigos. Sigue la puesta en escena de El tejedor de milagros, de Hugo Argüelles, y luego El centro delantero murió al amanecer, de Agustín Cuzzani, donde conoció la luz negra: un tubo de luz morada, que destacaba únicamente lo blanco y oscurecía lo demás.
Varios nombres que va desgranando Malú, en su recuento, son ahora parte de la historia de la literatura y el teatro, como el propio Alaminos y su esposa Martha Arévalo; el poeta Joaquín Vásquez, quien fue su compañero en varias experiencias teatrales; la famosa y querida amiga Lola Montoya, quien participó en el montaje de Olímpica, de Héctor Azar; el compositor Carlos Trejo Zambrano, Socorro Cancino y muchas y muchos más.
Son curiosos los vaivenes en los montajes donde participó Malú: pasaba de las ya mencionadas a, por ejemplo, Las sillas, de Ionesco, y después al Teatro de Orientación Campesina, en 1972, promovido por Eraclio Zepeda, a través de la Conasupo. Un espectro variopinto de géneros, épocas y propuestas.
El libro cuenta varias anécdotas divertidas y humanas de este proyecto orientado a comunidades campesinas que fue, sin duda, un cambio fundamental en la vida de Malú, pues allí encontró a su pareja, tuvo a su hija y dejó Chiapas. En la Ciudad de México estudió formalmente teatro con Héctor Azar, y fueron también sus maestros Sergio Jiménez y Carlos Ancira. Allá la contactó y eligió para uno de sus personajes, en Imán del viento, el reconocido dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda.
Volvió Malú a Chiapas y es curioso que desde entonces a la fecha su experiencia haya sido puesta al servicio del teatro religioso. Durante 15 años lo hizo en Tuxtla donde se convirtió, con la experiencia conseguida en las tablas, en directora.
Aunque lo menciona de paso, Malú ha sido también autora de cuatro libros de cuentos y de Natalia, una novela histórica. ¡La maté!, su primer libro, salió casi al mismo tiempo que mi segundo: Palabras agitadas, y desde entonces o desde antes somos amigos.
Luego de tanto Malú se fue otra vez de Chiapas, ahora a Culiacán, donde viven su hija y sus nietos, y allá se dedica a la docencia y, cómo no, al teatro.
Ha vuelto a Tuxtla Gutiérrez para presentarnos sus memorias teatrales, que atraviesan su devenir vital desde la adolescencia hasta nuestros días. Este libro de Malú Morales es, pues, su vida. Acerquémonos a él, a ella, como nos acercamos a una amiga que quiere abrirnos su corazón, que quiere compartir con nosotros lo que ha aprendido en su caminar por este mundo.
Te abrazo, te felicito y agradezco tu amistad, querida Malú. Muchas gracias.
[Palabras leídas en el presentación del libro Tercera llamada. El teatro: armonía interna. Mis memorias, de María de Lourdes Morales Grajales, el 23 de febrero de 2023, en el Auditorio de Centro Cultural Jaime Sabines, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
Ilustración: Héctor Ventura.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Voces ensortijadas
Elijo vivir
María Gabriela López SuárezA todas las mujeres, en especial a las de mi linaje, gracias por las luchas cotidianas.
La tarde del miércoles había llegado, era uno de los días favoritos de Esperanza porque tenía clase de danza contemporánea. Desde la preparatoria le gustaban los miércoles, no sabía si era azar o coincidencia que en esos días tenía actividades que le agradaba hacer o le sucedían las experiencias más gratas.
Esperanza disfrutó su sesión de danza como solía hacerlo cada semana. Sin embargo, ese día tuvo un toque especial, desde su corazón dedicó el baile a las mujeres de su linaje. Judith, la maestra, preparó la clase para que, a través de la danza, hicieran una especie de homenaje a las ancestras, justo en el inicio del mes de marzo en donde se conmemora el Día Internacional de las Mujeres.
Los cuerpos de las personas danzantes dibujaron formas diversas, cada una sintiendo la música que las acompañaba incentivando los corazones. Una de las características de la clase y que gustaba mucho a Esperanza era que cada compañera y compañero se concentraba en su actividad, así que eso permitía que la energía fluyera mejor. Judith solía decirles que no era competencia, sino que la danza era una forma de cómo comunicar y comunicar-se, una bella forma de liberar lo que traían en el interior.
Al ir bailando Esperanza realizó una especie de ofrenda a cada una de las mujeres de su familia que habían trascendido y a las que continuaban en el caminar de la vida. Las fue evocando una a una en su mente y agradeciendo su presencia en el corazón. Cuando la clase finalizó Judith les propuso que guardaran un minuto de silencio para agradecer y honrar la memoria de todas las mujeres, las que habían luchado y las que luchaban desde distintas trincheras, en la casa, en la calle, en los espacios públicos, las mujeres de a pie, las mujeres olvidadas, las madres con hijas, hijos desaparecidos... el momento fue muy emotivo.
La sesión terminó y cada participante se fue despidiendo. Esperanza se quedó al final, para agradecer a Judith la clase, era un gran regalo y también le brindaba una motivación para continuar en el día a día. Ese cotidiano que a veces se tornaba gris ante tanta injusticia, inseguridad, exclusión y desigualdad para las mujeres.
Una vez realizado su cometido, Esperanza se despidió de Judith y emprendió el camino a casa. Al caminar observó la silueta de su sombra, dibujada por los faroles en las calles. Mientras se internaba en el rumbo de su barrio en su mente sonaba la frase, elijo vivir aún con todas las vicisitudes que tenga en el camino. Respiró profundo, la calle estaba solitaria, apresuró el paso con la certeza de que no estaba sola, las mujeres de su linaje la acompañaban.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Ha sido un caso raro el de Lectores (1 de 2): el artículo en este mi Líneas de desnudo del que más mensajes he recibido –y todos mostrando su acuerdo con lo que yo decía– y, a la par, uno de los menos leídos de mi ya más que centenaria trayectoria en Letras, ideaYvoz. Esto me da que pensar que, en efecto, no hay lectores, porque, ¿a quien le interesa leer, y más cuando el hecho de leer de verdad, con todas sus letras, como vemos, es, en general, una actividad desprestigiada tanto desde arriba como desde abajo de la sociedad? ¿Por qué nos asombramos cuando entramos a una casa y vemos libros, al margen de que es cierto eso de que en la inmensa mayoría de los hogares no hay lugar para ellos?
En las clases sociales más bajas no se lee porque los libros son caros, porque da pereza hacerlo o porque, yendo a lo más sencillo, la lectura no es una prioridad para nadie. O por las tres cosas a la vez. En las clases altas, leer en no pocas ocasiones es un esnobismo, algo con lo que aparentar ante los demás. En las clases medias, esto es, en la mayoría, leer es optativo. No existe la necesidad perentoria de comer, se puede ahorrar y, por ello, también comprar libros y leerlos –que son dos cosas muy distintas–.
¿Es necesario, por otra parte, ser escritor para tener una inmensa biblioteca, cuando éstas, a la postre, son una inmensa minoría? La respuesta es no. Para ser escritor no es necesario tener libros; es imprescindible leerlos. ¿Acaso lo es para conformar aristocracias endogámicas que solo se interesan por sí mismas? Pues tampoco. El que ama los libros es como el que ama las macetas. Tiene, y muchos. Los cuida, los limpia y los ordena, hasta con curiosidad de coleccionista. Que los lea o no es otra cosa.
Se puede leer mucho y que ello no suponga nada para uno. Hay quienes leen y leer es a ellos como el polvo a las maletas. No les permea. Mucha culpa de esto la tiene la sociedad de la velocidad y la intoxicación informativa que vivimos. Hay quien lee menos y lo que leen les entra hasta las entrañas. Hay quien no lee libros, pero se lleva la vida leyendo, pues no todo son los libros. Mucha gente necesita leer la misma página dos y tres veces y siguen sin enterarse de lo que leen. Son victimas pero también carecen de intencion. A los que dirigen la sociedad les interesan las mentes rigidas, planas, de una porosidad inexistente. No son pocos aquellos para los que un libro es una cosa rara, difícil de desenredar, intrincado y confuso. O incluso un enemigo. Mi primera esposa decía que no quería libros en casa porque eran una fuente de bichos y suciedad. Y era periodista. Tuve que tener mis libros, en consecuencia, durante los cuatro años que duró el matrimonio, con mi madre. Luego, claro está, me reclamaba que pasaba demasiado poco tiempo en casa...
Habrá quien diga que el libro es un invento polémico y problemático, pero lo cierto es que sin libros no hay democracia, no hay libertad y no hay paz. El final del libro es el comienzo de la tiranía, de todo lo indeseable para el ser humano. Pero incluso más allá podría haber muchos libros en todas partes, y que nadie los leyera, ¿se lo imaginan ustedes, por ejemplo, los muy pocos lectores que hay que leen sobre los lectores?
Entre el 18 de febrero y el 2 de marzo de 2015. XXXVI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Pabellón Estado de México. Espacio de Sediento Ediciones.
Fotografía: Archivo de Sediento Ediciones, propiedad de M. P.-P.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Desde el pasado día 23 y hasta el domingo día 3 de marzo, en la capital de México, la nación con mayor número de hablantes de la lengua española, se está desarrollando la 44 edición de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), el más importante evento nacional mexicano de promoción del libro y la lectura, por lo que inicio hoy una serie de dos textos acerca de los lectores, de los que son, de los que pudieran ser, de los que serán, de los posibles y de los imposibles.
M. P.-P.
Debo entender –y no es poco– que existe un cierto consenso en relación a la necesidad de la lectura como elemento clave para la conformación no solo de la conciencia personal sino también del desarrollo de la sociedad. Digo que no es poco porque hoy y desde hace tiempo las aguas del mundo bajan tibias, casi frías, con una indiferencia palmaria, en relación a lo cultural y, en consecuencia, a algo tan “menor” como la lectura. “Menor” para los que dirigen nuestros destinos, a los que atemoriza hasta el enflaquecimiento la posibilidad de que la gente lea, y “menor” también –a qué negarlo– para las personas “comunes”, instaladas por lo general en la comodidad de los medios pasivos, o sea, en las antípodas de la lectura, que requiere, sin ir más lejos, esfuerzo.
El lector se construye a sí mismo y al mundo. Aún estamos lejos de una sociedad lectora, pero los lectores existen. Son más que los que indican las estadísticas, aunque los completos, poseedores de carácter y criterio, generadores de masa crítica, escasean. Abundan los banales frente a los conscientes y responsables, pues todo invita a lo superficial, al facilismo y al desprecio a la voluntad, al esfuerzo o a la calidad.
Ahora bien, hay más escritores que lectores. Es un contrasentido y un paradigma de nuestro tiempo. En mis casi cuarenta años como editor en medios y en editoriales he podido conocer muchos miles de textos, y sacar la conclusión de que una gran mayoría de los que escriben no leen. Lo hacen como piensan o como hablan, pero desconocen los registros de la escritura, por no ser lectores. Es un índice más preocupante que los de lectura. Todos podemos ser escritores, bien es cierto. A escribir solo se aprende leyendo, pero el oficio se adquiere por múltiples vías. Y así como ningún escritor puede dimitir de su deber con el lector y con la sociedad, todo el que es verdadero, por serlo, consciente o no, cree, crece y crea, incluso aunque lo niegue. Y el escritor en español posee mayores y más cualificadas herramientas y recursos que ningún otro en el mundo, no solo por el “tesoro” lexicográfico de la lengua sino por su fuerza interior y expresiva y su expansión, evolución y crecimiento continuo, merced a lo cual no conoce fronteras.
Los lectores existen, y no son pocos, pero nos generan dudas. Los lectores completos, los que tienen criterio y combinan diversos tipos de lecturas, escasean. Hoy por hoy hay más lectores banales de información efímera que lectores conscientes, pues todo lo que nos rodea invita a ello, a lo superficial, al flash, al chisme, a lo que dicen otros, a la supremacía del ingenio. Hay también lectores especializados, que solo leen lo que leen, guiados por intereses concretos. O lectores exclusivos de información periodística. Es más, entre estos últimos los hay que con exclusividad leen noticias deportivas. Abundan los que leyeron hace años y viven, por decirlo de algún modo, de las “rentas” de esas lecturas. Los que por lo que entiendo que es la velocidad del mundo no tienen tiempo para leer aunque presumen de ser lectores. En muchos ámbitos queda mal no hacerlo, o no decir que se hace. Y los que solo leen referencias, y hasta le sacan réditos a eso, mostrándose ante los demás como entendidos.
Y todo esto está muy bien, pero yo me pregunto para qué sirve al final, cuando sin criterio formado ni orientación por lo general debemos enfrentarnos si queremos ser lectores a un enorme pajar inflacionista de textos a leer. Un pajar en que encontrar el grano es el más difícil todavía. Y máxime cuando en una inmensa mayoría de los hogares no hay lugar para los libros.
(Continuará…)
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Darse valor
María Gabriela López Suárez
Lourdes había decidido ir al paseo de campo organizado por su familia, el destino era un parque ecoturístico. La idea le encantó desde que escuchó que su mamá se estaba poniendo de acuerdo vía telefónica con el tío Alfonso. El paseo parecía muy prometedor. Y tomando en cuenta que se consideraba una ‘patita de chucho’ como solía decirle Celia, su hermana mayor, no dudó en confirmar que ella sí quería ir con la familia.
El paseo se programó para un fin de semana, aprovecharon uno de los puentes que había en el calendario. Todo se coordinó muy bien y por fin llegó la fecha. Eran 15 personas las que se animaron a ir a la convivencia, entre tíos, tías, primas, primos, sobrinas, sobrinos. El más dicharachero y molestoso era el tío Alfonso, él solía iniciar el ambiente y de ahí le iban siguiendo las demás personas, entre ellas la tía Tony, Rebeca, su prima y Benjamín, uno de sus sobrinos.
Una de las decisiones que tomó la familia fue que llevarían algunos alimentos para compartir, desde frutas, semillas, sandwiches, carne para asar, frijoles, tortillas y aguas de jamaica y naranjada. Cuando llegaron al destino caminaron hacia las mesitas y bancas de cemento que había en el parque y comenzaron a acomodar sus cosas. Algunos no dudaron en acostarse en el pasto y descansar un momento. Otros más, como Lourdes, el tío Alfonso, la tía Tony, Rebeca y Susana, sus primas, decidieron hacer una caminata, rumbo a la tirolesa. La tía Tony comentó que le gustaría aventarse de la tirolesa antes de que desayunara, así iría más ligera de peso.
Caminaron rumbo al destino, había pocas personas esperando para lanzarse a la aventura, así que no tardarían en pasar.
—¿Quién se anima primero? —dijo el tío Alfonso.
—Voy yo —respondió de inmediato Rebeca con la actitud de ser la más valiente.
—Luego yo —señaló Lourdes, minutos después comenzó a sentir que su corazón latía con más rapidez mientras la iban preparando, como con una especie de temor a las alturas, casi se estaba arrepintiendo de aventarse. Se le vino a la mente la recomendación que una vez le hizo su tía Alma, cuando fue a visitarla, porque Lourdes se había fracturado el pie izquierdo y tenía mucho miedo a usar las muletas para caminar.
—Ay hija, no tengás miedo, date valor, verás que poco a poco te acostumbras a usar esas muletas.
La clave ante el miedo es darse valor.
Mientras Lourdes repetía esa frase en su mente alcanzó a escuchar,
—A ver a qué horas te avientas Lulú, ya queremos pasar —era el tío Alfonso.
Lourdes sonrió, respiró hondo y se lanzó a la aventura, al tiempo que se le escuchaba gritar:
— Ahí voyyy, yujuuu.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
El melancólico laúd de un amante
(Resumen del prólogo, fragmento)
Héctor Cortés Mandujano
No sé hablar de amor con delicadezas,
sino decir directamente “Te amo”
William Shakespeare,
en Enrique VEl texto: Un día, por azar, supongo, llegó a mi mente la idea de hacer un libro conceptual: que no naciera de una experiencia, de un sueño, de algo que me contaron, sino de un concepto, de una idea preconcebida. Y pensé en que iniciara con una palabra y fuera ascendiendo hasta llegar, al final, a las 60 palabras. […]
Las ilustraciones: […] Pensé en números grandes (un Uno gigante al lado de la palabra Amor), que fueran disminuyendo de tamaño conforme el texto fuera creciendo. Pero a Juventino Tito Sánchez se le ocurrió que mejor fueran ilustraciones donde el número fuera el centro al que se le agregara algún o algunos elementos del texto desde la perspectiva del ilustrador o ilustradora. Estuve de acuerdo.
Las ilustradoras, los ilustradores: Fueron trece: Juventino Sánchez, Alfredo Espinoza, Nadia Carolina Cortés, Luis Daniel Pulido, Juan Ángel Esteban, Alejandro Nudding, Roxana Carbajal, Raúl Ortega, Paula Ortega, Jimena Ortega, Mónica Corzo, Efraín Bartolomé y yo. Hubo, pues, nuevos y experimentados en la labor de ilustrar; un par de muchachas, varias/varios jóvenes y algunos maduros; gente disímbola, cuya característica central es que están cercanas/cercanos a mi vida. Son amigas, amigos, que decidieron jugar conmigo en esta aventura loca que ahora se ha vuelto una realidad.
El título: Por cuarta o quinta vez estaba leyendo las obras completas de William Shakespeare. En el tomo III, Dramas históricos (Random House Mondadori, 2012), en una obra impensada para hallar un título sobre el amor, Enrique IV, parte 1, cuando conversan el príncipe Henry, que se volverá Enrique V, con Falstaff, éste dice que se siente triste (p. 640) “como un gato castrado o un oso con argolla en la nariz”. Henry agrega: “O un león sin melena, o el melancólico laúd de un amante”. Al leer la última frase sentí un mareo, como si mi inconsciente, por si mi consciente no estuviera muy espabilado, me hubiera dicho: ¡Allí está el título de tu libro!
El tiempo: Cuando empezamos a reunirnos para ilustrar ya había noticias, cada vez más alarmantes, sobre el Covid 19, y ya se hablaba de que harían que nos recluyéramos en nuestras casas. Algunos, algunas lo hicieron, pero mi pequeña tropa de inconscientes (Tito, Nadia, Luis Daniel, Alfredo y yo) nos seguimos reuniendo para tomar cervezas, comer papitas y hacer las muchas ilustraciones que cada cual fraguó desde su muy particular trinchera. […] Era sobre el amor. Y en eso se convirtió.
Cincuenta y tres
Primero mirada extática, haz de palabras dulces, pasión de mar acariciando sirenas.
Luego se ve en la mujer no al ángel, en el hombre no al milagro, se vuelve a los sustantivos de costumbre, el mar se vuelve calmo.
El festín que las bocas querían devorar ansiosamente es ahora comida sápida, bocado cotidiano…
[Presentamos el libro el viernes 10 de febrero, en Telar Teatro, con un público que rebasó el cupo del local. Nos amontonamos para que todas/todos cupieran y vieran los dos videos de la presentación. Uno, donde cada cual leyó el fragmentó que ilustró, y otro donde cada cual habló de su experiencia. Estoy muy agradecido con mis ilustradoras e ilustradores y con los que nos acompañaron e hicieron más alegre el suceso. Mil gracias.]
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
«Después de tanto lo volveré a ver»
Así recordó la mujer de la Casa. En Calle Moro, allí sucedió. Hablaba con un papel en la mano. Lo movía hacia la boca, incesantemente. Un pañuelo improvisado en el marco de un hogar argentino, más allá de las cumbres, en Mendoza, en el barrio azul.
«Me escondí debajo de la mesa. Me atrapó de improviso. Eso fue después, pasado el mediodía. En la madrugada ya supimos algo. Olimos a la muerte. La alarma pateó en mi cabeza. Estaba en la parte superior, colgada del techo. El aparato vibró como una cigarra. Me lo habían avisado. Si grita, sal corriendo. Y gritó. Tomé el susto por dentro de mi alma, después me lavé bien los ojos, me apeoné como pude.
» Quise recordar. No estaba sola. La compañera del trabajo andaría dormida. Me preocupé por ella. Salí al pasillo. Abrí la puerta de su cuarto y la encontré arrebujando vestidos y potingues, medias y zapatos. Me miró. Con el gesto serio me regaló su miedo, quizás el mismo miedo que le sobraba. Intenté dimensionar lo que estaba ocurriendo, pero los destrozos comenzaron.
» Fue como a las doce. Bien que le digo.
» Llevaba varias horas derivando a conocidos y extraños. Me hablaron en hilera, uno a uno. El General de la Marina, luego algunos subsecretarios, amigos particulares, autoridades de todas clases. La última fue Matilde, la mujer de Neftalí, el escribidor. Que qué pasaba. Su voz transmitía una angustia grave. Preguntó por qué había tanto carro y gente en la puerta de su casa. Yo no sabía nada, ni qué decirle, pero poco a poco iba concordando matices, como yo digo. De eso ya hace mucho, más de media vida.
» Sabe usted que los detalles los guardo aquí. Casi un milagro lo de acordarse de tanto.
» Una ya es vieja. En el 11 contaba veintitrés. Poca cosa. Como una niña. Veintitrés y una colegiatura por delante. Pero éramos necesitados y faltaba el sustento. Mi hermano me dio la noticia de que había salido una plaza. Una vacante en la Casa del Presidente. Para llamadas y recados. Así me lo propuso. Ni lo pensé.
» Él fue bueno, sabe usted...
» Le hablo del Presidente.
» Quería ayudar a los pobres. Que aprendiésemos cuentas y letras, a leer y escribir. En concreto, sacarnos de la bajura de los hombres y mujeres del campo. En la vida, sabe usted, hay que aspirar a algo, eso me repetía. Tienes que dar lo que tengas. Devolver a la sociedad lo que te fue dado. Para eso te educaron. Él lo supo.
» Era bueno, digo…
» En la Casa me enteraba de todo. Que si es así, que si es asao. Puras envidias todas. Fue un hombre nacido en el pueblo, con sus incomodidades. Salió de abajo y amaba al pueblo, siempre lo dijo.»
Preparé unas tazas. Necesitaba seguir escuchando los recuerdos de esta joven aviejada. Lo contaba con el sentido del orgullo y un poquito de reconcomio. Había pasado mucho. Se le notaba el sufrimiento. La cojera del alma con las muletas de la esperanza.
Recuerdo que sus ojos brillaban en la penumbra del cuarto. Emanaba de ella un viento de paz, un brillo luciente. Hablaba rozando las palabras. Hacía muchas pausas. Piensa qué va a decir, intenta recordar, apura la memoria de aquellos días. Tal vez aún le pueda el miedo.
«Toda mi vida me he llevado mirando hacia atrás. Un joven se cruzó conmigo en el centro de la plaza. No llegó a detenerse, pero me metió el miedo en el cuerpo. Temía que se arrepintiera y me parara. Continué como si nada, pero iba contrahecha.
» Muy pronto llegaría, lo sospeché de seguro. Creía estar preparada para cruzar las muñecas en la espalda. Siempre pensé en eso. Soñé muchas noches, pesadillas de que me tomaban presa. Y las violencias. Las torturas que no lograría soportar. Me iría de la lengua. Soy débil, mire usted. Asustadiza. Mujer del campo. Hecha a los amaneceres tranquilos, a escarbar la tierra, a segar, aventar, trabajar como una mula.
» Lo de los teléfonos me causaba una risa extraña. No era nada. No entendía que sacar e introducir unos cables fuese ninguna tarea. Preguntar quién era, con quién quería hablar. Dar largas a los abanadores. ¡Y me pagaban por ello!
» Mi hermano trabajaba junto al Presidente. Era su sombra. Como una silueta sobre la pared. Lo protegía. Se sentía muy orgulloso de su trabajo. Decía que siempre estaría dispuesto a dar lo que fuera por su Presidente. Él era así. Sencillo, leal y valiente. Después, mire usted, dio la vida entera. ¡El pobre!»
La telefonista se llevó los dedos a los ojos. Lloraba con un silencio hermoso, como la gélida neblina cuando se posa sobre los valles. La tomé por la educación y dejé que relajara sus recuerdos. Aproveché y salí. Me apoyé en la baranda, cerré los ojos y olí los frutales, luego paseé la vista por la costa de oriente, anduve por los verdes y enormes prados, por la pampa toda. Alejé mi esperanza y creí divisar Buenos Aires. Pero esa ciudad es grande, se puede descubrir por todas partes. Casas que rebosan, pobrecitos que mendigan, avenidas formidables, cafés donde los entendidos hablan y escriben, sueñan, recapacitan, arreglan el mundo, crean.
Por encima de la arboleda fulge un reflejo plata.
Es la entrada de la gran masa. La mar que se cuela buscando la tierra. Mar caprichosa. Atrevida estela de puertos, embarcaciones de papel, sombras densas de las almas, grúas empinadas, gritos de fierro.
Todo eso advertía desde mi atalaya, quería llegar a la mar, a la línea bañada, subir a los barcos pesqueros, necesitaba soñar por las calles.
Y en mí la pura particularidad de la imagen.
Lo imaginaba.
Descubrí las palabras muertas, sus sonidos sordos.
El presidente.
Era él, él muerto.
Vivo.
La sonrisa de siempre, los lentes bien agarrados, su sonrisa evidente en la boca de Elba.
Sonó un rumor a voz cascada. Miramos alrededor. No había nadie. Pero la voz brotó repetida en la parra, en el verde marrón, las cortezas plantadas sobre la tierra del pueblo.
«¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…»
«Sí…
» Esto gritó en sus últimos momentos. Palabras para enmarcar y tenerlas delante. ¡Figúrese!
» Sin embargo, el pueblo es como es. Ahora lo han olvidado. Muchos se fueron arrepintiendo. Pasaron los tiempos. Llegó la moda de los sabotajes. De vuelos a la mar, en las noches largas y sin esperanzas. Fueron esos tiempos anclados en las mordeduras del pueblo, los desconocidos de la tierra, los pobres desamparados que no tienen nada.
» Cuando salió lo festejamos no sé cuántos días. Una esperanza. Pensamos que nos iba a cambiar la vida. Para la gente pobre, sabe usted, era una luz encendida, porque para mí que en esa época había esclavitud. Mucho servicio. De sol a sol. Y nada que llevarse a la boca.
» En mi casa ayudábamos al taito. Con el trigo, la cosecha… Esperábamos a que llegara el fin de año para que nos dieran algo. Pero al señorito le convenía que la gente fuera ignorante, que no tuviera estudios, que viviera pisoteada, y el Presidente venía a eso, a cambiarlo todo.
» Después que alguien me diga que por qué le protegimos. Él lo merecía. Trabajó por mucha gente y la gente iba y le escuchaba y aplaudía sus discursos y le tomaban palmas cuando terminaba. Y en el extranjero también nos respetaba, oiga usted, lo hacía. Hablaba bien de los chilenos, de los trabajadores del valle, de las personas ignorantes que no tuvieron la oportunidad.
» Como decía, los bombardeos me pillaron pronto. El primero me asustó muchísimo. Tiré los cables y me escondí debajo de la mesa. Algunos cascotes saltaron del techo y de no sé dónde. Salí a salvo. Hasta que al poco atronó de nuevo, esta vez la puerta de calle quedó bloqueada.
» Me acordé de la señora, en dónde estaría. Yo no sé qué ocurrió luego, mire usted. Salí corriendo. Llamé a gritos. Doña Hortensia no aparecía. La busqué por las habitaciones, por los pasillos llenos de polvo y de cristales. Tropecé varias veces y caí. Trozos de pared y espejos, ventanas hechas pedazos. Hasta las cortinas saltaron de sus alcayatas.
» Dos compañeros salieron volando. Los recuerdo con nostalgia y cariño, con mucho dolor porque eran jóvenes que sólo cumplían lo que les mandaban. Estaban disparando asomados a una de las ventanas y el helicóptero los fusiló con una llamarada. Ni se dieron cuenta. Así quedaron, echados en el suelo, carbonizados.
» Pero esta historia que usted quiere, mire, da mucho largo. Porque sucedieron demasiadas cosas. Malas. Todas malas. Como que mi Luis se me fue y lo creí muerto bajo las vigas rotas de La Moneda. Lo seguí creyendo hasta muchos años más. Como quince, digo. Cuando sacaron el informe de los desenterrados allí, donde todo el mundo sabe. Mi Luis era uno de ellos. Así lo confirmaron las autoridades. Uno de ellos, mire. También le sacaron en una fotografía del periódico. Se lo llevaban varios milicos, él iba delante. Llevaba las manos levantadas, detrás de la nuca, y sus ojos eran ojos de niño, ojos de miedo, de no saber qué sucedería.
» Ahí empezó todo. Una vida nueva. Gris o negra, oculta, observando gestos y analizando voluntades, que usted no se imagina. Hasta los vecinos me miraban preguntando quién era esa fulana que había llegado en el momento oportuno, de tan lejos, de la sierra, del país del otro lado, el país estrecho, el lacrimoso, el que chorrea hasta el suelo de los glaciares, donde el frío y los inviernos, sabe usted.
» Tuvimos que huir de calle en calle. Una iba como loca. El miedo a ser detenida, a recibir un balazo. Y mientras tanto, mi hermano, que no podía quitar los pensamientos. Su elegancia y años, pocos.
» De lo de él me enteré al día siguiente. Lo habían matado. Eso oí por el hablero. No pudimos aguantar y lloramos como bobas porque no nos lo podíamos creer. Decían que se había suicidado, pero no era cierto. Le mataron. Insistían en eso, en que fueron ellos. No quiero pensarlo.
» Se quedó en el despacho. No quiso salir. Él no era para eso. Le sobraba temple y orgullo, amor hacia el pueblo. Cumplió la palabra. Lo daría todo. Hasta la vida. Todo por su pueblo. Ahora sigo pensando que estuvo mal lo que hicieron, con todo lo que hizo.»
Llueve…
Mansamente, llueve…
Cae un silencio sobre los tiernos seres de estas tierras húmedas. Un manto de amor. Soledad en las hojas, en el verde suelo.
Entra un aire dulce desde el sur.
Huele a sal. Tal vez el puerto. Pero el puerto está muy lejos. Será la sal de la historia que me cuenta.
La voz de esta joven vieja es grave, sensitiva, la mujer habla. Pronuncia con acento andino, como si hubiese aprendido todos los dialectos. Todas las lenguas, signos y gestos, leyendas y mitos.
Para poder confesar sobre las montañas, en las riberas sureñas, en el centro de un valle repetido, escondida bajo la mesa, apurando años en la memoria, para poder llamar a su hermano en la distancia, para seguir con el taito durante la siega, en esos amaneceres fecundos, una mujer que declara que vivió, que lo consigue sin prisas.
Una joven que busca en los pasillos empolvados.
Cuadros deshechos, rotos anhelos de esperanzas.
Sí, la voz suena grave en este silencio de la tarde que se acaba y ella continúa con su pañuelo apretujado entre los dedos y yo pregunto.
Sigo escarbando lo que ocurrió, lo que recuerda en este charco de abras, de acá y allá, junto a Mendoza, en el Bermejo, nombre del barrio que se corre con el verde denso de la humedad que va calando.
(No se pueden frenar las angustias desbordadas)
Ha terminado el café.
Se sienta y compone.
Vuelca los dedos coquetos en su melena vieja.
Plata melena sobre los hombros. Toquilla negra. Tez de café. Aroma a dura piedra hervida. Sobre la taza, labios. Boca en la madurez del servicio. Sufrir para tanto. Para tanto trigo y susto. Para tanto…
«Mire usted, lo que le decía. Usted vino y pregunta, yo digo. Que algunos empezaron a desabrochar lo que pasó en aquel entonces. Temían la mano del General, sus dedos largos.
» Hablaban del compañero con palabras malas. Mire usted que le dieron por que él bebía. Eso. Créalo. Eso decían los muy… Y que iba de calle en calle, por las noches, tras las brujas de Santiago. Y dicen más, sigo. Mi Presidente con fulanas y amantes de pacotilla. No conocieron a doña Hortensia, la señora. Eso es algo evidente. Porque se llevaban el uno para el otro. Y él no soplaba nunca. Lo habría sabido.
» De tejemanejes no me pregunte. Yo soy pueblo, campo, hecha de sueño y de sal, noche, lluvia, como la que ahora cae. No sé más. Nunca me interesó, sabe usted. Una no tuvo la ocasión. Llegué y me casé al año. Desde entonces, si usted quiere, ponga lo que sea en ese periódico. Pero sucedió como le digo. Con todo, era realmente bueno. Dicen que demasiado. Que se pasaba. Pero tonto, no. No era tonto. Era médico. Y Presidente. Aunque la envidia es grave. Eso tal vez. Hacer lo que él consiguió. Fijarse las voluntades en el bolsillo, la gente, sus esperanzas, sueños de llegar a lo alto, eso no es malo. El pueblo le escuchaba. La sonrisa delante. La cara altiva. Mire usted, hablaba y no nos enterábamos. Le queríamos a él. Por eso las palabras pasaban, cosa de políticos, pero él nos miraba, se detenía, te daba la mano, hablaba bien de nosotros, hasta entraba en la casa de algún amigo cuando pasaba con la comitiva y en su coche elegante, eso dicen.
» Esos detalles ahora no se entienden.
» También he escuchado que lo tenían engatusado y que le ponían sus cosas por delante, lo que le gustaba, ya sabe, las francachelas. Yo, mire usted, no me creo nada. Porque lo viví. Estuve en su casa. Trabajé para él y para todos los compatriotas. Una niña. Veintitrés, y una colegiatura por delante. Ahora, mire, hasta el pelo tengo por lo bajo. Me pinto y repaso, miro en el espejo, busco la de antes, la que se fue hace ya mucho, pienso que la vida se me ha ido por esa cuesta, mire usted, la que sale a su espalda.
» Si la toma con paciencia, por ahí se baja hasta la pampa, luego continúa andando, por mucho, entienda, continúa por la senda polvorienta, le llega el verde, el amarillo, azul de cielo, blanco puro, nieve, el agua de vez en cuando hasta las corvas, pero usted siga, no se canse ni aqueje.
» Si toma por ahí llegará más allá de los campos verdes, cruzará por los árboles afrutados, olerá poco a poco la sal marina, la costa curva, el rumor de las olas al naciente, aire frío del sur en el rostro, lamentos pobres de gentes pobres, y entonces habrá llegado el momento de llorar porque le duelen demasiado los pies, de tanto paso, de tanta calma en las planicies, en las llanuras grandes, sobre la vasta pampa. A la derecha siempre el Paraná que cruje, más allá la cortadura, cresta blanca que te vigila, montaña nieve, pureza en mano.
» Perdone si no me explico, que se me fueron las corduras en este pueblo de la sierra, de tanto querer, de tanto pensar y darle al cerebro con las cosas de una, y las de su familia. Lo de mi hermano me dolió, y más que no dijeran por qué fue, qué fue lo que hizo, si él no era malo y aun así lo mataron a balazos.
» Pero después de tanto lo volveré a ver»
Llueve con una tela rota desde el cielo gris.
La Moneda.
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Fui al archivo diocesano en San Cristóbal, ahí compré este libro: Diario de viaje. De Salamanca a Chiapa. 1544-1545. Sin duda sería una muy buena elección para volverlo película. Escrito en español antiguo, en primera persona por Fray Tomás de la Torre. Cuenta la travesía desde el 12 de enero de 1544 partiendo de la ciudad de Salamanca hasta llegar a Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas) el 3 de septiembre de 1545, alguna vez conocida como Chiapa de los Españoles.
Inician con fuertes lluvias, lodo hasta las rodillas, pierden sus zapatos. En alta mar sufren de mareos, vómitos, piojos. Habla del calor y los moscos, de los manglares (desconocidos para ellos). Naufraga un barco en la laguna de Términos y ahí mueren varios frailes. Ayunan porque no tienen qué comer. Hay días de sólo un huevo o sólo una naranja. Después la mayoría se enferma, uno saca lombrices por la nariz, todos tienen temperatura. Y cuando al fin llegan, uno quiere saber más, cómo aprenden a comunicarse con los nativos, cómo los evangelizaron... el libro ha terminado.
Fotografía: I. I. B
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.
En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
La radio, compañera de vida
María Gabriela López Suárez
A mis colegas radialistas, por su pasión y compromiso.
Bertha se levantó un poco más temprano que Genaro, su esposo, ese fin de semana llegarían de visita Joaquina, su sobrina y Daniel, su novio. Tenía rato que no veían a Joaquina, quería consentirla preparándole chilaquiles con pollo, uno de sus platillos favoritos.
Decidió despejarse el sueño dándose un baño y posteriormente, se fue a la cocina para comenzar a guisar los chilaquiles. Mientras sacaba las verduras del refrigerador se percató que le faltaba encender la radio, era uno de sus ingredientes clave para cuando comenzaba a crear la alquimia culinaria.
No alcanzó a escuchar las noticias y en los fines de semana no pasaba un programa de entrevistas que le gustaba. En él se hablaban de temas de interés para las mujeres, la salud, el autocuidado, los derechos, el autoestima, deportes, entre muchos más. Ese día decidió sintonizar una estación donde había una selección de música diversa, tipo retro, pero con una mescolanza de géneros.
Atenta a la preparación del desayuno comenzó a tararear las canciones que se sabía, identificó una canción de Duncan Dhu, "En algún lugar de un gran país, olvidaron construir, un hogar donde no queme el sol y al nacer no haya que morir…" como una especie de regreso en el tiempo Bertha recordó a su primo Pedro, el papá de Joaquina quien había fallecido un par de años atrás, esa canción era una de sus favoritas. Sintió un nudo en la garganta, se permitió soltar unas lágrimas. Regresó al presente, respiró profundo. Pensó en Joaquina y en cuánto disfrutaría degustar los chilaquiles y que recordaran anécdotas con su papá.
La selección musical de la radio cambió de género y de pronto, Bertha ya estaba escuchando "Sopa de caracol" interpretada por Banda Blanca. De nuevo la memoria le trajo al presente a otro familiar, su prima Oralia, quien en su adolescencia solía bailar con gran entusiasmo el baile de punta al escuchar esa melodía. El rostro de Bertha dibujó una sonrisa, qué bonito era recordar, momentos tristes, alegres y agradecía a la radio, compañera de vida, que le permitiera formar parte de su día a día con tantos contenidos, información, consejos, noticias, cuentos, melodías.
Al ritmo de "Sopa de caracol", siguió cocinando, le faltaba sazonar la salsa roja para los chilaquiles. Verificó la hora, estaba muy a tiempo para terminar el desayuno, ir a despertar a Genaro y recibir a las visitas. En eso estaba cuando escuchó...
—¡Qué bien huele! Buenos días amor. ¿En qué te ayudo? —era Genaro que ya se había despertado.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Árbol-Jaguar/ 4
Miles de rugidos, el silencioHéctor Cortés Mandujano
Antes que yo, años atrás, alguien escribió la palabra Jaguar.
Y se escucharon cientos de rugidos.
Después, en una notita de un periódico de provincia (la casa del jaguar no está en las ciudades, sino en el monte) se pudo leer que alguien se ufanaba de haber matado a uno.
Un rugido menos.
Y hubo luego desplazamientos de gente a lugares donde antes sólo había árboles y animales en libertad.
Los jaguares buscaron mayores profundidades para esconderse.
Pero algunos cayeron abatidos.
Los mataron por deporte, por miedo, por ignorancia…
Muchos rugidos dejaron de oírse.
Los animales humanos son cada vez más,
los jaguares cada vez menos.
Yo escribo ahora, en 2023, la palabra Jaguar.
Y afinó lo más posible el oído.
Se oye aún, lejano, un rugido.
Pongo más palabras: “Salvemos los ecosistemas donde todavía vive este enorme y bello felino”.
Y más: “Salvemos al jaguar”.
Lo hagamos ya.
Antes de que alguien escriba la palabra Jaguar
y sólo se escuche el silencio.
«Autorretrato de mi sombra: HCM»
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).