Revista

Polvo del camino. 168. De sangre helada. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

Polvo del camino/ 168

De Sangre helada
Héctor Cortés Mandujano


Juan Ángel y yo publicamos un librito donde cada uno hizo su propio ejercicio. Yo escribí y Juan Ángel dibujó, pintó, diagramó, cortó y pegó… El monstruito se echó a andar y hubo que presentarlo a los demás. Lo hicimos.  
        Luego de las breves presentaciones (que aquí resumo) leímos, acompañados por música de suspenso y con una falsa penumbra, cuatro de los diez textos que constituyen Sangre helada.
	Dijo Majo: “Son los monstruos, las hadas, los espectros y animales fantásticos, quienes desde pequeños nos ofrecen moralejas fantásticas, porque siempre resulta mejor vivir la fealdad desde lo fantástico en lugar de la realidad, resulta mejor narrar la idea de monstruos que roban niños y hacerles ser cuidadosos, antes que aprender en carne propia o en afectos cercanos, lo que es el verdadero terror”. Luego Majo leyó “El duende”.
	Tania tomó la palabra: “La ilustración hace más que adornar o decorar un texto; por etimología también lo hace brillar, lo alumbra, lo aclara para explicar mejor su contenido. Los textos, que no por breves son menos sustanciosos, tienen la habilidad de dejarnos pensar, de imaginar el antes y el después, el siempre, porque nos habla de seres eternales”. Leyó “El gato”.
        Juan Ángel también habló: “Sangre helada nació como un híbrido de dos ideas concretas: un libro de horas u horarium y la visión del imaginario local. Héctor logra, en un ejercicio de abstracción hasta casi al punto de ser minimalista, ir más allá de las leyendas trilladas. Todo el conjunto de palabras queda enmarcado entre flores y huesos, y acompañado por un gráfico alusivo”. Leyó después “Las lechuzas”.
Yo leí “El árbol zopilote”. Éste, que te comparto lector, lectora,  no lo leímos:


El nagual

Las niños que están naciendo, aun cuando no sepan cuál será su opción sexual en el futuro (mujeres u hombres, binarios o poliamorosos), no saben que los tienen dentro.
	Son los naguales y habitan los cuerpos de los seres humanos desde que nacen.
	No siempre ellos están en lo que la gente suele llamar, con supina imprecisión, el alma, el chulel, el espíritu, pues toman como nuestra la parte que más se les antoja.
	Así, hay manos cuyos naguales son tarántulas y pies de machos cabríos.
	Espaldas donde hay alas de gallina y pechos en los que medran asustadizas ranas.
	Movimientos donde habita la pantera y bocas donde vive un chacal.
	Vaginas con lenguas de sapo y penes donde circula sangre de aves de rapiña. 
	Ojos de inocentes venados y corazones donde danzan las serpientes. 

[Sangre helada, con textos de Héctor Cortés Mandujano e ilustraciones de Juan Ángel Esteban Cruz se presentó en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en Telar Teatro, el viernes 24 de marzo de 2023, con la participación de María José García Cruz, Tania Corzo Hernández y los autores, con el apoyo de Carlos Ariosto y Alfredo Espinoza. Muchas gracias al público que nos acompañó y compró libros.]

 

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 109. Recuperar a Octavio Paz. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 109

Recuperar a Octavio Paz
Por Manuel Pérez-Petit

Este viernes 7 de abril me tocó hacerme cargo de Temas y +temas, que, como saben, es el programa de radio y tv en que, bajo la dirección de mi muy querido Miguel Bárcena, corajudo y preclaro periodista de raza, colaboro desde hace tiempo. Hacer periodismo es algo en lo que me va la vida y es casi lo único por lo que lo cambiaría todo…

A Maricruz Patiño

La Semana Santa es un montón de días sin magia y sin sorpresas –y en eso se diferencia de la Navidad– en que no hay nada que hacer o en que se hace cada año una y otra vez las mismas cosas. Como decía en mi anterior artículo, Todos los santos tienen octava, por lo general y salvo honrosas excepciones, en Semana Santa nunca pasada nada... Pero este año se ha llevado la palma y ha sido de órdago. Recuperen la costumbre de leer la prensa, y así me evito tener que enumerarles la de cosas que han pasado. Algunas de ellas terribles, sí, pero grandiosas, y es que cuando la actualidad se pone gritona desconoce la existencia de las minúsculas.
            De manera particular en mi caso ha sido anodina hasta antes de ayer, jueves, en que estuve conversando con una de las pocas personas que pueden presumir de haber sido y ser discípulas nada menos que de Octavio Paz (1914-1998), la que en mi opinión es la más importante poeta viva de México en la actualidad, Maricruz Patiño (1950), y aprovechamos para grabar lo que podríamos denominar entrevista pero que en realidad fue una clase magistral por su parte. De toda nuestra larga conversación salieron, y ya no pude editar ni recortar más, dieciocho minutos memorables, que fueron emitidos ayer en Temas y +temas, ocupando toda la segunda mitad de la emisión. Mis lectores saben que nunca los remito a que vean mis otros “trabajos”, pero hoy les recomiendo que lo hagan. Abajo les dejo algunos enlaces en que pueden disfrutar del conversatorio y de la propia Maricruz Patiño. No hay ahí un minuto que no merezca la pena ser escuchado. 
            25 años después de su fallecimiento, a Octavio Paz le han dedicado una casa museo, cosa que le dedican a cualquiera pero que hasta ahora nadie había dedicado al más importante poeta mexicano de todos los tiempos. “No sabes lo feliz que estoy –decía Maricruz, casi al final de la entrevista–, y, además, por desempolvar y deshacer esa historia negra que le han hecho a Paz. Trataron de apropiarse de él los de Letras Libres, pero yo creo que es un bien intangible nacional, por lo que no se lo pueden agenciar grupúsculos de intelectuales orgánicos para hacerlo pasar a la historia como un reaccionario de mierda”. 
            Pero lo cierto es que Octavio Paz es hoy un perfecto desconocido, ¿qué podemos hacer para recuperarlo? Maricruz lo tiene claro: “Para empezar, el Fondo de Cultura Económica debería publicar “Piedra de sol” en una edición barata y de bolsillo, y casi regalarla a todo el país. Creo que la manera de difundir a los poetas es haciendo que su obra se lea. Hay que hacer ediciones muy baratas de su obra, al menos de la más asequible, para empezarlo a dar a conocer, para que la gente al menos sepa su nombre...”
 __________
Nota del autor
No hay felicidad que dure nada. Ayer, tras la emisión del programa, me sentía feliz, pero esta mañana recibí el mazazo terrible de la noticia del fallecimiento de Lourdes, hermana de mi muy querida Rosa Pereda, amiga que fue de Paz, por cierto, a quien he mandado un abrazo transoceánico lleno del cariño de media vida. Tanto ella como Lulú, que ahora está en el Cielo, saben bien lo que siento, y lo que las quiero. Descanse en paz.
 
   
 El 5 de marzo de 2012, en la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en el evento de presentación de Sediento Ediciones, en el marco del Pabellón Estado de México. Justo detrás de M. P.-P., con camisa morada, Maricruz Patiño. A su derecha, Guillermo Fajardo, Lorena Aguilar y Elia Vargas Sastré, y a su izquierda, Maria Merced Nájera Migoni y Jorge Gutiérrez, por aquel entonces Jorge Leroux. Agachados, a la derecha de M., Javier Trejo, y al extremo de su izquierda Alberto Zuckermann. Con apenas siete meses de vida, qué catálogo tenía ya por entonces Sediento Ediciones…
Fuente de la fotografía: Archivo de Sediento Ediciones, propiedad de M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, escritor, editor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 108. Todos los santos tienen octava. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 108

Todos los santos tienen octava
Por Manuel Pérez-Petit

Por estar de vacaciones o por relajarnos en fechas en que se reduce la actividad general o sabe Dios por qué, nos pilla a casi todos fuera de juego, y esa es la clave por la que la Semana Santa es tiempo propicio para generar noticias importantes. Los motivos son un misterio, pues en apariencia no tiene mucho sentido, salvo si la intención es copar portadas de la prensa, pero no creo que los sesudos comunicólogos y publicistas de turno se hagan planteamientos tan simples. Estos días son, por decirlo de algún modo, por su condición original, de baja intensidad informativa, y así viene siendo desde siempre, y desde siempre hay ‘bombazos’ en esta semana que por su naturaleza es, cuanto menos, de reflexión y, sobre todo, de descanso. Esta ya tradicional efervescencia noticiosa semanasantera la entiendo, en cierto modo, como fruto de la paulatina e inexorable desacralización de nuestras vidas, máxime cuando los asuntos religiosos se vienen transformando de facto en materia cultural y no espiritual desde hace años, incluso generaciones. Como ejemplo, me ha venido a la memoria la legalización del Partido Comunista de España, que tuvo lugar el 9 de abril de 1977, sábado santo nada menos, en un país hipercatólico e hiperconvulso por aquellos tiempos pero en el que los dirigentes tenían claro su proyecto de levantar una verdadera democracia.
            En efecto, siempre hay ‘bombas’ informativas en estas fechas, por lo que uno ya ni puede relajarse. Solo en México han tenido lugar dos acontecimientos que, incluso, van más allá de lo cultural y no necesitarían de fechas vacías de información para tener lugar en las aperturas de los medios:
            El 31 de marzo, viernes de Dolores, cuando millones de personas están por irse a desconectar del mundo pero, eso sí, coincidiendo con el 108 aniversario del natalicio del poeta, fue inaugurada la Casa Museo Marie José y Octavio Paz, dando por fin salida a uno de los asuntos en mi opinión más vergonzosos e incomprensibles de la historia reciente de México, el del escritor mexicano más importante del siglo XX, querido por muchos y denostado por no menos pero de cuya entidad literaria y cultural al país nadie debió haber dudado nunca. Y quizá nadie dudó nunca, pero hace más de dos decenios que murió el poeta y no existía lugar al que ir a visitarlo. Al frente de tan magna institución han puesto a una personalidad de aparente bajo perfil pero impecable trayectoria como la poeta, gestora y editora Leticia Luna, a quien deseo la mejor de las venturas en esta responsabilidad. Hay mucho que hacer, desde luego, y no me refiero de manera específica a recuperar el tiempo perdido. 
            El 2 de abril, domingo de Ramos, Raúl Padilla López, el gran jefe de la Universidad de Guadalajara, México, y hacedor y factótum de la Feria Internacional del Libro (FIL), decidió por voluntad propia entregar la cuchara en su domicilio jaliscience, en un último acto de soberbia o quién sabe si de poco probable rendición, con una misteriosa nota de despedida que hace, por lo visto, temblar de pánico a más de uno, cuyo contenido desconocemos pero que algún día, tal vez cercano, dejará de ser un misterio.
            No me detengo en otros acontecimientos noticiosos de estos mismos días, como en la carta del presidente López Obrador a su homólogo chino, Xi Jinping, para frenar los envíos de la droga de moda, el fentanilo, hacia México, “por razones humanitarias” y “por los groseros amagos” de legisladores estadounidenses “para invadir México”, o en la compra por parte del gobierno mexicano de 13 plantas generadoras de energía a la hasta no hace poco multinacional “enemiga” española Iberdrola por cerca de seis mil millones de dólares, que el propio presidente define como “nacionalización”, que tuvieron lugar ayer, día 4 de abril, martes santo.
            Me quedo, pues, con el monumental acto de justicia que supone que por fin se haya abierto una Casa Museo de Paz y con el fallecimiento prematuro de Raúl Padilla, y dado que todos los santos tienen octava, lean esto como una especie de sumario de mis próximos dos artículos... Y es que es lo que pasa: se ausenta uno por unos días y zas, le llueven las noticias. Hoy ya no hay derecho a los descansos...
   
En un acto de justicia superlativo, por fin existe una Casa Museo de Octavio Paz (1914-1998).
Autor de la fotografía: Rafael Doniz. Fuente: Fototeca de Zona Paz. Tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Octavio_Paz_-_Entre_Libros.jpg. Licencia: Creative Commons Atribución-Compartir Igual 4.0 Internacional. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 167. Bienvenida a la primavera. María Gabriela López Suárez

Bienvenida a la primavera
María Gabriela López Suárez


Se acercaba el periodo vacacional de la Semana Santa, Roberta esperaba con ansias unos días de descanso. Felipe, su esposo, la había invitado a que fueran a visitar a sus tías Conchita y Luisa que vivían en un pueblo ubicado a unas 3 horas y media de la ciudad. La idea de estar en contacto con el campo le hacía mucha ilusión a Roberta.
          Finalmente llegó la fecha esperada. Felipe compró chocolate con cardamomo para obsequiarle a las tías, había recordado que era una de sus bebidas favoritas. Roberta preparó pan de cazueleja para compartirles.
          Salieron de casa con previa revisión de que el coche estuviera en buenas condiciones para viajar en carretera. El paisaje que les acompañó en el camino a su destino fue una bella tarde soleada, de esas que arrullan e invitan a tomar una siesta. El clima caluroso se dejaba sentir. Cuando salieron de la ciudad el clima se sintió más agradable, un airecillo fresco acarició el rostro y cabello de Roberta.
           En su trayecto, mientras conducía, Felipe le fue comentando a Roberta algunas anécdotas de su infancia y adolescencia en compañía de las tías Conchita y Luisa. La casa donde vivían guardaba una serie de gratas nomemorias. Felipe era tan buen narrador que Roberta disfrutaba de la charla, escuchaba con atención y se imaginaba las historias.
         —Felipe debías ser cuentacuentos porque describes con tanto detalle lo que pasó que casi siento que estoy en el lugar de los hechos.
          —Y eso que no me viste cuando la tía Luisa me enseñó a hacer unos guiñoles con retazos de tela, era para la presentación de un cuento que, por cierto, terminó relatando ella porque me dio pena hablar en público.
          Ambos sonrieron y Roberta preguntó,
          —¿Ya estamos cerca del pueblo? Tiene rato que no veníamos pero hay ciertos elementos que voy recordando.
          —Tienes buena memoria, así es, llegaremos como en  media hora.
          Hicieron una pausa en la charla. Roberta observó que el camino se iluminaba con los rayos de la Luna que estaba cercana a su etapa de Luna llena. Se deleitó con la vista hacia la bóveda celeste, las estrellas titilaban decorando el cielo. Agradeció la ausencia de tantas luces como las que había en la ciudad. Alcanzó a percibir uno de sus paisajes sonoros favoritos, el canto de los grillos. Ese canto se había ido perdiendo en la ciudad y cada que Roberta tenía la oportunidad  lo disfrutaba. Percibió que la noche tenía un aroma distinto, el olor a naturaleza se hacía presente, no solo por estar en el pueblo de las tías sino también porque estaban en una de sus épocas favoritas del año. Ese viaje era una bella forma de dar la bienvenida a la primavera.
         El sonido del celular de Felipe se dejó escuchar, era la tía Conchita que preguntaba si ya estaban por llegar a casa, les estaban esperando para cenar.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 167. Lo que calan son los filos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

Polvo del camino/ 167
Lo que calan son los filos
Héctor Cortés Mandujano

                                                     La cruz no pesa:
                                           lo que calan son los filos

                                                       “Bala perdida”,
                                               canción de Tomás Méndez


En las primeras secuencias de la cinta El poder del perro (2021, dirigida por Jane Campion) los dos hermanos, dueños de una finca, arrean vacas. 
        En Don Segundo Sombra (Editora Nacional, 1978), de Ricardo Güiraldes, el narrador cuenta de su primer arreo, que dura varios días; el joven amigo de don Segundo dice (p. 103): “Lo que me dolía era el vientre, los muslos, las paletas, las pantorrillas”. Hace después otro arreo y apunta (p. 332): “Seis días más anduvimos, entre fríos y mojaduras, rondando casi todas las noches nuestro arreo, siempre matrero, cruzando barriales y pantanos, juntando cansancio de a camadas y apilándolo en nuestros nervios”.
	Las dos obras me recordaron la vez que mi padre me pidió le acompañara a un arreo de un rancho a otro (como dice una canción de Vicente Fernández). Yo era un niño. Supongo que habré tenido ocho-nueve años, y más por intuición creo que alguien más iba con nosotros. No lo sé, está fuera del rango de mi memoria.
	Era de madrugada y las reses eran sólo sombras movientes cuando salimos de El Ciprés hacia Montecristo. Ni siquiera suponía cuánto íbamos a tardar en llegar, porque el primer rancho lo conocía de pe a pa (allí nací y crecí hasta los once años); el segundo era un enigma.
	Y estaba el asunto de qué tan fácil o complicado iba a ser conducir el ganado.
	El hato era pequeño, aunque había algunas vacas mañosas; recuerdo que me tocó ir por una de ellas, que se separó del grupo, y traerla al conjunto. También me acuerdo que no hicimos pausa para desayunar ni comer. Mi padre me pasó tortillas, carne, frijoles y queso, y allí tuve que hacerme bolas, montado en mi cuaco, para comer, vigilar las vacas, y beber de mi pumpo de agua.
	Atravesamos un primer arroyo, y otro, y luego un río, y otro (vacas y caballos tomaron agua). Si hubiera visto para ese tiempo Shreck 2 (2004, dirigida por Andrew Adamson, Kelly Asbury y Conrad Vernon) hubiera preguntado incesantemente como el Burro: “¿Y falta mucho para llegar?”. Pero seguí, creo, calladito y bonito para que mi papá no se arrepintiera de haberme llevado. Tan mal estaban las cosas, pienso, que optó por mí cuando mi primo Guillermo, mi hermano Hernán e incluso mi hermana María eran muchísimo mejores jinetes que yo, y lo hubieran ayudado más, estorbado menos.
	Sin embargo, ahí estaba yo, en mi papel de charrito comprometido. Tal vez, luego de que pasó el medio día, llegó la tarde y comenzó a caer la noche (las vacas de nuevo eran sólo bultos móviles) yo hubiera querido volver el tiempo y decirle a mi papá que no quería ir, que de ninguna manera.
	¡Y llegamos!
	Alguien abrió una tranca y mi papá anunció que allí era Montecristo.
	Dios existe, pensé, hasta que moví la pierna para bajarme del caballo. Me dio un tirón, un calambre intenso. Me aguanté. Bajé. Di el primer paso y en ese instante sentí, en la parte interna de mis nalgas, un dolor angustiante, terrible, espantoso. Me dieron ganas de gritar (como cuando me picaba alguna abeja ahorcadora o una hormiga roja) o de quitarme la vida de una vez. ¿Qué era esto?
	Mi papá vio mi rictus y se acercó sonriente.
	—¿Qué tienes, varoncito?
	Di otro pasó y como si un ancho y filoso cuchillo se me clavara en salva sea la parte.
	—Me duele, aquí, en mis nalgas.
	Mi papá se rio.
	—Ah, sí, es que te escaldaste por venir tanto tiempo montado. Es falta de práctica. Se te va a pasar pronto.
	—¿Pronto?
	Duré como una semana caminando como recién parida. Me juré nunca más apuntarme ni aceptar un arreo. Montar caballos no era ni es mi gracia. Para eso están John Wayne o Benedict Cumberbatch o mi papá. Hasta ahora, cumplí mi juramento.
	 

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 26. Son de mar. Ilse Ibarra Baumann

Son de mar

Por Ilse Ibarra Baumann

No sé porqué cayó en mis manos el libro Son de mar, de Manuel Vicent. Seguramente al comprar la colección Bruguera usada, por ser su cliente, también me mandaron de regalo este otro como suelen hacer. Lo tenía en esa parte de mi librero donde están los no leídos y (confieso)sin muchas ganas de leer. Como el anterior a este libro fue uno de Imre Kertész que me fascinó, compré otros dos de este autor. Ya me llegó uno y mientras leía este libro tan de acciones simples y narración ordinaria comencé el otro maravilloso. Así que ayer me impuse, como manda o castigo, terminar “Son de mar”. Soy una persona que odia desperdiciar lo que sea, empezando por la comida, cincuenta pesos, gasolina, y, por qué no, un libro usado. 
           De él no subrayé nada. El principio me atrapó, imagínense, llegan dos ahogados: un hombre y una mujer, vestidos de novios, cada uno a una cala diferente pero cercana una de otra; un domingo de verano en las aguas del Mediterráneo. Empieza in extrema res. Así que me entró la curiosidad por saber qué pasó. 
           No sé si desechar de mi lista los premios Alfaguara. La literatura es de acción y de sentimientos flojos. Quizás porque son ficción y no autobiográficos. No lo sé. 
           Si no eres un lector muy exigente (así como me exijo en no desperdiciar), te gustará. Pero si exiges y no despilfarras, es probable que el libro te quede debiendo. ¿Qué puede deber un libro? La médula del escritor. Cada quien tiene algo más dentro que sólo acciones. Eso le faltó.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Cajón de rubores. 39. Crónicas 17. Antonio Florido

Crónicas (17)
Vacío 
Por Antonio Florido

                                                                   
                    VACÍO




[De que el Presidente lo supo, de eso se trata el asunto. El hombre aislado siempre fue consciente de que el barco se le hundía. Sí, eso que ocurrió el 11 del 73. Desastre de La Moneda en La Moneda misma. La prensa mundial habló. Palabras del Presidente. Heroicidad del Presidente. Todo era un revoltijo, y los demás con los puños encrespados.]
              En el último estertor del año. La democracia colapsó. A partir de ahí un pecio en las profundidades de la memoria del pueblo. Decían que era una de las más estables. Augusta, afirmaban otros. Hubo una corriente de aire infestado de la cordillera, las cabezas se hicieron daño y la gente comenzó a pedir y pedir, hasta lo que nunca fue suyo, a manotazos, querían la vida resuelta, que todas sus ocurrencias fuesen atendidas como Dios manda, eso pedían. 
               Las torres paralelas habían sido derribadas. Cayeron en una garganta de nubes y la noticia circuló de un lado a otro del mundo. Yo estaba trabajando. Movía los muebles. Era mi casa, la mudanza en el interior, mi niña pequeña jugaba a lo suyo y mi mujer faenaba lo que podía. De pronto sonó la voz en la pantalla y me detuve. Fue un silencio hueco, como si se tratase de un vacío en el estrecho corredor de nuestro piso. Era para el caso. Sólo salió eso, pero se llevó todo el día y parte de la noche y de nuevo todo el día y así no sé cuántos. El mundo estaba cambiando. Me dio mucho miedo por la celeridad con la que sucedían los acontecimientos porque yo vivía en la burbuja de la evanescencia. Me tomó de traviesa, una cosa rara. La América se retorcía. Era una tragedia de la que nos iríamos enterando en lo sucesivo, esto sólo era el comienzo, que la caída sería larga, hasta de años.
               La Moneda fue antes, me atravesó un recuerdo espadado. También cayó. Parecía que alguien nos estuviera maldiciendo. Un anticipo de lo que se nos venía encima. Septiembre, siempre en septiembre. Cosa de locos. De ahí que me dio en apoyarme en la voz de los malditos. Reivindico el derecho a la locura. Ser de más. Inevitablemente. Partir la cuadratura, en una convulsión de cada día. Recordar, como la única herramienta que destruye el conocimiento y lo embota. Se resiste el arte de crear, por eso hace falta el delirio, la enajenación más exasperante. 
                La prensa latinoamericana se hizo eco. Un hombre ha perdido la cabeza. Y con ese hombre otros muchos hombres que lo siguieron por la angostura, hacia la capital, con armas en los brazos; iban cargados esos hombres de ilusiones y esperpentos, donde el ser dejó de ser y se transformó en algo telúrico, como el oráculo que alza la voz de los dioses y comunica al mundo la valía del Presidente. Llegó el espejismo hasta la colina. Salió de su Casa de gobierno y el hombre se iba preguntando si el amigo estaría a salvo, sin saber que ese mismo amigo le había traicionado, pero él lo seguía creyendo, como un bebito que se impone a los años que ya cumplió de por mucho. 
               ¿Cómo estará, le habrá pasado algo?, y continuaba limpiando las legañas de sus ojos adormilados que únicamente veían el altivo gesto de entender que todo iba funcionando. 
                El colapso y la dictadura, una constante en el devenir de la historia de tantos países del sur. 
Soy un hombre bueno.
                Un hombre loco. Un incomprendido al que nadie entiende.
                Llegó al palacio presidencial, saludó marcialmente con una sonrisa en la cara, entró a su despacho, tomó la botella, bebió hasta la línea baja de la etiqueta, no quiso detenerse hasta que las entendederas se le fueron abriendo y algo le dijo que ya era suficiente, que esa sería la última botella de su vida. La miraba con los aspavientos de un enloquecido que se cree el salvador de la comuna. Luego comenzó a recordar las cifras que esos desafortunados le colocaban por delante todos los días. 
               [Me engañan, esos malditos la tienen conmigo y me embaucan para que el pueblo me ignore, para que les asalte el odio encerrado de tanto]. 
               Sobre la mesa un informe abierto. Colapso socialista, inflación, todo por las nubes, violencia en las miradas y componendas. 
               [Yo no trabajé para esto. Nunca lo quise. Sólo buscaba otro camino para alcanzar al horizonte y tumbarlo. Deseaba reparar la historia de los pobres, devolverles algo que les fue robado. Muchos con la canción de que debo cambiar el rumbo, que esto no se aguanta. ¡Qué saben ellos de lo que uno sabe!]
               Los periódicos mundiales llamaron héroe al Presidente. Páginas de colores fuertes, rojos de celofán y azules extendidos, amarillos chillones, enceguecedoras imágenes de la rabia asesinada, la furia del pueblo, del individuo pobre que aspira llevar un pedazo de pan a su casa. Daba igual hablar de ideologías. Habían muerto encarnadas en un símbolo de gafas con rebordes negros. El mundo se quedó con la cara ancha, pensaban en las prefecturas que no se debe tratar a nadie de esta manera. Todos se pusieron de acuerdo en difundir las imágenes de un cuerpo sin alma, balaceado sin misericordia, levantaron las palabras en invectivas, así quedaron enterradas las ocurrencias a la verita del Mapocho.

Vacío
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 107. Declaración de lluvia. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 107

Declaración de lluvia
Por Manuel Pérez-Petit

En la tarde de ayer domingo iba y venía la lluvia como cartero despistado que debe volver a recorrer la misma calle para entregar la carta que se le escurrió en el carrito al lugar que no debía. Aparecía y desaparecía y volvía a aparecer durante parte de la tarde, y en algún mornento soltó su buena dosis de granizo, que para ella es como tocar la puerta, paso previo a ser recibida; el aldabón a través del que se anuncia, más efectivo incluso que los relámpagos que la han acompañado, y debo confesar que el granizo, incluso el de la vida, me golpea más fuerte que el trueno.
            Como ahora vivo en una zona alta de esta milagrosa y fatalista ciudad del valle, la calle se cubrió de salvajes escorrentías que bien conozco de acá y, en realidad, de todos los sitios que he pisado a lo largo de mi azarosa vida porque soy Sísifo, y subo por mi voluntad, al límite de mis fuerzas, y bajo arrastrado, con toda la gracilidad que para subir no tengo pero contra mi deseo, y no consigo nunca liberarme de mi condena, acerca de la cual comienzo a sospechar con fundamento que no tiene cura, y aun así, terco como soy, no pierdo la esperanza.
            Las coladeras, que es como aquí se llama a las alcantarillas, se suelen convertir, y ayer pasó, en surtidores que adornan como jardín la calle, pues el agua no puede pasar a la red de saneamiento –que debe haberla, supongo– a causa de la basura acumulada, o quizá sean géiseres y me engañan estos ojos míos que cada día ven menos y peor, pero no me consuela aquello de que tener poca vista pudiera ser una bendición para lo que hay que ver, pues me rebelo ante ello y veo mucho más que lo que miro, incluso demasiadas veces a mi pesar. 
            Ubicado al fondo de un patio de vecindad de tan solo tres vecinos, mi departamento de planta baja tiene dos puertas pintadas de blanco, una de metal y otra de madera. Suelo entrar por esta segunda que es la que tiene chapa –en otros sitios, cerradura–. Salí ayer tarde antes de que lloviera, a comprar algo de pan y un poco de jamón para la cena, y como el tequila ya lo tengo en casa me ahorré comprar el trago. Cuando regresé, he descubierto que el piso –léase suelo–  del dormitorio estaba cubierto por una fina capa de agua. No cabe duda de que la lluvia me quiere como amigo.
            Yo también quiero a la lluvia como amiga, debo reconocerlo, como también que hay amistades que matan –es un decir– y que algunos excesos de confianza resultan eso, excesivos –lo digo de este modo para no complicarme–. En realidad, me encanta la lluvia, y hasta me casaría con ella, al fin y al cabo me da paz tanto cuando la veo como cuando la siento, y ya va siendo hora. La lluvia es, a mi entender, como el verbo, el primer paso decidido hacia la vida. Hoy la lluvia es, al menos en nuestras urbes, sucia, pero en su naturaleza es prístina y me empapa hasta los huesos.
            Puede que anoche durmiera en una barca, e incluso lo hubiera agradecido: esa posible realidad no deja ser una metáfora de mi existir y transcurrir por la vida; esta sucesión incontenible de naufragios y lágrimas –agua salada, por cierto–, las buenas y las malas, con que me confundo a cada paso y más que nunca cuando llueve y me abro como todas las rosas recién llegada la primavera, como por ensalmo, de tal modo que siempre recuerdo al poeta estadounidense e. e. cummings (1894-1962), gracias a cuya lectura con quince años aprendí a amar la lluvia, y me siento en su verso “Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas” para reafirmar mi vocación a la vida.
   
Firma autógrafa de e. e. cummings, de fecha desconocida.
Fuente de la fotografía: Heritage Auctions. Tomada de: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:EE_Cummings_signature.svg

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 166. La pasión: debut y despedida. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 166

Apuntes de oído/ 13
La pasión: debut y despedida
Héctor Cortés Mandujano

                                 Acuérdate de mí, no me abandones tan solo,
                                               que este abril me desespera.
                                     No olvides que el amor vuela de noche
                                         y anida en otro abril cualquiera.

                                                              Amaury Pérez,
                                         en su canción “Acuérdate de abril”



En Diario de un seductor (publicado originalmente en 1843), de Soren Kierkegaard, Johannes, que es el posible origen del nombre Juan como sinónimo de tenorio, mujeriego, cuenta las peripecias que tiene que idear para conquistar a una dama y cómo, apenas poseyéndola, la pasión, el deseo desaparece.
	Es normal, diría cualquiera que sabe de esas calenturas. La pasión, por definición, es pasajera (y qué bueno: sería horrible andar enfebrecido, sin pausa, por mucho tiempo). En su canción “Yamilé, la más bella flor”, Noel Nicola (del disco Así como soy, de 1980) dice que un buen jardinero cuando ve una flor, “por más bella que sea la flor, se lo come la ansiedad de mirar el jardín”. No hay jardineros fieles, aunque John le Carré (en su novela El jardinero fiel) diga lo contrario. 
	La vieja canción “Total” (de Ricardo García Perdomo), interpretada por muchas, muchos, lo plantea sin muchas vueltas, con claridad meridiana: “Pretendiendo humillarme pregonaste el haber desdeñado mi pasión. Y fingiendo una honda pena imaginaste, que moriría de desesperación. Total, si me hubieras querido, ya me hubiera olvidado de tu querer…”. Es decir, conocer a alguien en la intimidad es quitarse el velo de la imaginación. Dice Eduardo Galeano en un texto que Serrat musicalizó (“Secreta mujer”, en Sombras de la China, 1998): “Arránqueme, señora, las ropas y las dudas: desnúdeme, desdúdeme”. 
	Las caricias soñadas son las mejores, dice Eugenia León (Ven acá, 1989) en su versión de “La última carcajada de la cumbancha”, de Agustín Lara. La cotidianidad es el mejor remedio contra la lujuria, lo ha dicho, según yo, Jaime López en alguna de sus canciones.
	La canción “Debutantes”, de Joan Manuel Serrat (del álbum Mi niñez, de 1970), para rematar, hace una disección de la pasión en los amantes. Comienza con la adolescencia:

	Los amantes debutantes
        comenzaron a bailar ayer.
        Van girando, preludiando
        la sinfonía del hombre y la mujer
	
	La pasión los toma por completo: “Y nada vale nada a su alrededor, creen que inventaron el amor”. Como todos.
	Un día, después de que susurraban sus nombres como una oración, “se marchitan y a una cita uno de los debutantes no vendrá”. El abandonado o la abandonada encontrará consuelo en otra, en otro: “Y la noria de esta historia sube del fondo del pozo hasta el brocal”.
	El final de la canción es el vaivén de las olas, una muestra de que las pasiones amorosas van y vienen: “Buscando terciopelo en la mirada y abrazarse contra la almohada, con un amor de contrabando, pasas la vida debutando”. Es decir, nuestra pasión muere en una persona y renace en otra…
	




Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 166. Al mal tiempo, buena cara. María Gabriela López Suárez

Al mal tiempo, buena cara
María Gabriela López Suárez

Genoveva había tenido un día de esos que dan ganas que termine pronto la jornada laboral y llegar a refugiarse en la comodidad del hogar. Las cosas no habían salido como deseaba y para acabarla había olvidado su comida en casa. No pudo evitar recordar la canción A bad day que solían recitar en una de sus clases de inglés: I overslept and missed my train, slipped on the sidewalk in the pouring rain, sprained my ankle, skinned my knees , broke my glasses, lost my keys… En un contexto más local, había pensado para sí misma, vaya que hoy me llovió en mi milpa y también se le vino a la mente la frase que solía decir su tía Clemencia cuando algo no le salía bien, solo falta que me orine un chucho. Sin embargo, aún con lo poco grato del día, Genoveva tenía presente aquella frase de al mal tiempo, buena cara; claro que esto último le estaba costando bastante.
          Cuando revisó el reloj vio que eran las seis de la tarde, el rostro se le iluminó, al fin era hora de salida. Se despidió de sus colegas de la oficina deseándoles buena tarde y por dentro se incluía en ese deseo. Camino a la parada del transporte, de nueva cuenta vio el reloj, no tardaba en llegar el autobús que la llevaba cerca de su domicilio. En efecto, el camión arribó puntualmente. Genoveva subió, iban varios de lugares vacíos. Sintió gran alivio, tenía pocas ganas para ir de pie. Justo cuando se preparaba para pedir la parada alguien más se adelantó. Sonrió para sí misma, qué bien, pensó.
          Se dirigió al departamento que rentaba con Ingrid y Donato, sus amistades y paisanos. Al abrir la puerta de la entrada Genoveva percibió un agradable olor a crepas de champiñones, se le vino a la mente que Donato e Ingrid podrían haber llegado antes que ella y estaban cocinando su comida o cena, ya casi eran las siete de la noche. Antes de que pudiera asomarse a la cocina, alguien salió a su encuentro, era Ingrid, 
         —¡Hola Geno! Llegas justo a tiempo para comer-cenar juntas, ¿te apetece? 
         —¡Hola Ingrid! Muchas gracias, claro que acepto. Creerás que olvidé mi comida.
         —Me di cuenta, guardé tu recipiente en el refri. Debes venir exhausta y con hambre, vente ya están listas las crepas. Preparé agua de guayaba.
          Cenaron, conversaron y a la charla se sumó Donato, quien llegó un rato después de la cena. Luego se despidieron para ir a dormir. En su cuarto Genoveva abrió la ventana que daba al patio, se acostó mientras trataba de repasar su día, se quedó con la parte de regreso a casa, su cierre del día había sido mucho mejor de lo que esperaba. Le había venido muy bien recuperar la frase al mal tiempo, buena cara. Cerró los ojos. Se sentía cansada, quería conciliar el sueño pero faltaba algo para cerrar con broche de oro la noche. No tardó en escuchar el canto arrullador de un grillito que habitaba en el jardín, la melodía fue acompañándola hasta que se quedó dormida.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.