Revista

Voces ensortijadas 171. Que no sople el viento. María Gabriela López Suárez

Que no sople el viento

Que no sople el viento
María Gabriela López Suárez


Como todos los sábados Margarita despertó después de las 7,30 de la mañana. Junto con su familia se daba el regalo de dormir otro rato más, para compensar el madrugar que tenían de lunes a viernes. Recordó que ese sábado les tocaba comprar cosas para la despensa, irían al mercado. 

No tuvo necesidad de despertar a Gonzalo, su esposo, quien había sido el segundo en levantarse de la cama. Solo faltaba por despertar Lidia, su hija de ocho años. Aún no daba señales de haber abandonado su cama. Margarita decidió que la dejaría dormir un rato más, mientras Gonzalo preparaba licuado para que no se fueran en ayunas y ella tomaba un baño. 

Antes de las 9 de la mañana la familia ya estaba lista para ir por el mandado. Margarita fue la conductora para ese día. Gonzalo propuso que desayunaran en el mercado, en el puesto de doña Esperanza. La señora vendía atole de guayaba y arroz con leche, tamales de anís, de piña con coco y de fiesta, como solían llamar a los de mole. La propuesta de Gonzalo fue aceptada.

En el mercado se organizaron para surtir la lista de productos a comprar, de manera que pudieran aprovechar más el tiempo. Luego se fueron con doña Esperanza, ordenaron lo que desayunarían y escucharon que algunos clientes comentaban su preocupación porque en las faldas del cerro que rodeaba a la ciudad había varios incendios difíciles de sofocar.

Margarita comentó que justo ese día no había prendido la radio, normalmente la escuchaba apenas se despertaba, era su compañera mientras hacía las faenas en la cocina.

Entre Gonzalo y ella comenzaron a externar la tristeza que les daba por la situación que estaba pasando el cerro, cada árbol o especie animal que moría representaba un impacto para el medio ambiente y por lo tanto, para la vida.  Deseaban que las personas que tenían la tarea de apagar el fuego salieran con bien y que el fuego cesara. Lidia escuchaba la conversación sin comentar nada, su rostro estaba atento a la conversación de su mamá y papá. Ambos externaron su interés en poder ayudar de alguna manera. Doña Esperanza alcanzó a escucharles y les dijo que algunos grupos de personas se estaban organizando para recolectar agua, víveres y herramientas para quienes tenían la ardua encomienda de apagar los incendios. Sin dudarlo le pidieron los datos, pasaron a comprar algunas botellas con agua, ese sería su granito de arena para apoyar.

Mientras se dirigían a entregar las botellas, Margarita y Gonzalo seguían platicando de la situación y les angustió más que de pronto se comenzaron a sentir unas ráfagas de viento que, en otro momento, habrían sido bienvenidas pero ahora en esa situación representaba la posibilidad de que el fuego se propagara con mayor rapidez. Lidia seguía escuchando con atención, sin decir alguna palabra. Llegaron al punto de encuentro para dejar las botellas con agua. Margarita volteó a ver qué hacía Lidia, era raro que estuviera callada. Le hizo una señal a Gonzalo. Para sorpresa de ambos el rostro de Lidia tenía los ojos cerrados, y Margarita alcanzó a escuchar que intentaba decir algo. 

—¿Te sientes bien Lidia? —preguntó Margarita en un tono asustado.

Sin abrir los ojos Lidia le respondió, 

—Me dio tristeza lo de ese gran incendio, y lo que dicen ustedes del viento. Yo  también quiero apoyar y estoy intentando que el viento me escuche y deje de soplar. 

Las miradas de Gonzalo y Margarita se encontraron, ella sintió un nudo en la garganta. Gonzalo la tomó de la mano y se volvió hacia Lidia, ¿hija nos dejas ayudarte a esa petición?

Lidia continuaba con los ojos cerrados.

—Sí, si nos juntamos los tres el viento nos podrá escuchar mejor. Repitan conmigo, que no sople el viento, que no sople el viento, que no sople el viento.

Margarita cerró los ojos intentando enunciar la frase mientras sentía rodar las lágrimas en sus mejillas.
 
Que no sople el viento
Ilustración: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 171. Casi tan bella como el suicidio. Héctor Cortés Mandujano

Casi tan bella como el suicidio
Héctor Cortés Mandujano

                                    ¿Es que yo soy? ¿verdad que sí?
                                    ¿no es verdad que yo existo
                                    y no soy la pesadilla de una bestia?

                                    Alejandra Pizarnik,
                                    en “Mucho más allá”


Leo la Poesía completa (1955-1972), publicada por Ramdom House en 2000, de la célebre poeta argentina Alejandra Pizarnik, quien nació en Buenos Aires en 1936 y, como dice la nota biográfica, “decidió morir” en 1972.
	Me gusta la dedicatoria de “Ser incoloro” (p. 16): “Al conejito que se comía las uñas”.
	En varios poemas se habla a sí misma, a veces con insistencia, como en “La enamorada” (p. 53): “esta lúgubre manía de vivir/ esta recóndita humorada de vivir/ te arrastra Alejandra no lo niegues”.
	Dice en “Noche” (p. 57): “Tal vez esta noche no es noche,/ debe ser un sol horrendo, o/ lo otro, o cualquier cosa…”, y escribe en “Balada de la piedra que llora (p. 62): “la muerte se muere de risa pero la vida/ se muere de llanto pero la muerte pero la vida/ pero nada nada nada”.
	Le dedica un poema a mi adorada Emily Dickinson (“Poema para Emily Dickinson”), que dice en sus líneas finales (p. 64): “Algo llora en el aire,/ los sonidos diseñan el alba./ Ella piensa en la eternidad”.
	En “La danza inmóvil” habla con desesperanza (p. 75): “Yo devoro la furia como un ángel idiota/ invadido de malezas/ que le impiden recordar el color del cielo./ Pero ellos y yo sabemos/ que el cielo tiene el color de la infancia muerta”.
	Tiene muchos poemas breves y muy breves, como “La carencia”, que cito completamente (p. 91): “Yo no sé de pájaros,/ no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas”.
	En “Un sueño donde el silencio es oro” dice (p. 227): “He tenido muchos amores –dije– pero el más hermoso fue mi amor por los espejos”.
	Dice en la extensa “Extracción de la piedra de la locura”, escrito narrativamente (p. 251): “No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín”.
	“Piedra fundamental” pone el dedo en la llaga sobre la escritura, sobre su escritura (p. 266): “También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más”.
	Escribe en “Los poseídos entre lilas” (p. 294): “Los perros son como la muerte: quieren huesos", y en “Como yo la quería” (p. 317): “Morir como muere un animal pequeño/ en los cuentos para niños./ Eso tan terrible. Lleno de hermosura”.
	Termina sus “Capítulos principales” de esta manera (339): “Al final todos se casan:/ el mar y las olas,/ la noche y lo oscuro,/ el vaso y el vino,/ el anillo y el dedo,/ la muerte y el cadáver”.
	En “Esta noche, en este mundo” afirma (pp. 398-399): “las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia”, y casi al final del mismo pide (p. 400): “oh ayúdame a escribir el poema más prescindible/ el que no sirva ni para/ ser inservible”. 
El título de esta columna está tomado de “Sala de psicopatología” donde además escribe (p. 416): “le pasó (a Kafka) lo que a mí:/ se separó/ fue demasiado lejos en la soledad/ y supo –tuvo que saber–/ que de allí no se vuelve”.


Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 170. Fluir como el río. María Gabriela López Suárez

Fluir como el río
María Gabriela López Suárez


Rosenda había tenido un día complicado, eso le había generado estar dispersa en sus actividades laborales y le resultaba poco grato, no se sentía a gusto. Clara, su colega y una de sus amistades de toda la vida, con quien coincidía compartiendo espacio laboral le aconsejó que no se tomara las cosas tan a pecho.

—No te aflijas tanto por las cosas Rosenda, todo tiene solución. Recuerda que mientras uno tiene más ruido en la mente, menos se concentra. Ya casi es hora de salir, podrás irte a descansar a casa y disfrutar a tu familia.

—Gracias por tus palabras Clara, espero sentirme mejor. 

Se despidieron y regresaron a sus oficinas. 

Llegada la hora de salida Rosenda apagó la computadora, la desconectó y verificó que el regulador también estuviera apagado. En la empresa donde trabajaba era una recomendación especial a todo el personal que hicieran ahorro de la energía eléctrica.

Esa vez más que nunca agradeció que para ir a su casa solo debía caminar alrededor de cinco cuadras. Cuando estuvo en su domicilio sintió un gran alivio, el recibimiento de las flores que tenía en sus macetas le dio una sensación de paz. Federico, su esposo, aún no había llegado con Ariadna su hija. Era miércoles y solía llevarla a clases de dibujo. Revisó el reloj, eran las 5,20 pm. Decidió que los esperaría un rato más para que en familia decidieran qué cenarían.
Se colocó sus sandalias, se recogió el cabello en una coleta y se sentó frente a donde podía apreciar sus macetas con flores de geranios. Las observó atentamente, disfrutaba los colores de cada una, en tonos rojo, rosa, blanco. Todas le gustaban mucho. 

Recordó el mensaje de Clara, la sugerencia de dejar la aflicción a un lado. Mientras dedicaba su atención a las flores, se le vino a la mente una de las imágenes más bellas que tenía guardada en su memoria y en su corazón, el paisaje del fluir constante de un río. En un paseo que realizó se le quedó grabada una escena que la impresionó, la imagen era una parte del río, donde unas piedras formaban una pequeña caída de agua y como efecto, de manera incesante, se creaba una especie de espuma blanca que desaparecía y de inmediato se formaba nuevamente. 

Qué razón tenía Clara, pensó para sí. Justo lo que Rosenda necesitaba era permitirse fluir como el río, como esa imagen que le había cautivado cuando la tuvo frente a ella. Cerró los ojos, intentó recuperar el paisaje sonoro que acompañaba a la imagen. Primero cerró sus ojos fuerte, fuerte y luego se acordó del fluir del agua, así que los fue relajando y comenzó a respirar de manera consciente, intentando concentrarse para evocar el sonido del agua. Se fue sintiendo más relajada. Pudo escuchar su respiración, se quedó un momento consigo misma. Se sentía mucho mejor, su corazón y mente se habían conectado. Rosenda dibujó una sonrisa, aún permanecía con los ojos cerrados. 

Los murmullos cercanos a casa la trajeron de nuevo al presente, eran Ariadna y Federico que ya estaban de vuelta. 
Photo by Quang Nguyen Vinh on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 170. Juego de luces. Héctor Cortés Mandujano


Juego de luces
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

La luz blanca y poderosa –del hogar– se encendió en el corazón del hombre. Abrazó y besó a su hijo; le dijo:
	—Hijo, te amo; trabajaré duro para darte lo mejor, lo que desees.
	Besó luego a su mujer, montó en su coche y salió rumbo a su trabajo. 
        Recibió en el camino una llamada de Rebeca, con quien tenía una aventura.
	Se encendió la luz roja en sus genitales y tuvo una erección. Quedaron de verse en el motel de siempre.

Su jefe hacía negocios turbios en los que era un invitado. Le dijo que harían algo ilegal, con ganancias exorbitantes. Se encendió en su cerebro la luz amarilla, la de la codicia. Cerraron el trato.
	Cuando iba hacia el motel, discutió con un automovilista. La discusión subió de tono y se encendió en su hígado la luz negra. Se bajó del coche y se enredó a golpes con el desconocido.

Por la noche, después de estar con su amante, de hacer su negocio ilícito, de curarse las pequeñas heridas, volvió a su casa y fue muy cariñoso con su mujer y su hijo, a quien llevó a su cama y contó un cuento.
	En su pecho brillaba, de nuevo, la luz blanca.


Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 28. Dossier K. Ilse Ibarra Baumann

Dossier K

Dossier K. (Acantilado, Trad. Adan Kovacsics) es mi tercer libro de Imre Kertész. Lo compré pensando en otra de sus novelas y resultó ser una entrevista. O más bien una recopilación de ellas. En este libro habla de Dios, de su obra, de su primera mujer, de cómo percibe al hombre y a la sociedad, de Auschwitz y del régimen opresivo socialista de Kadar. 

Aquí les dejo unas de sus citas. 

De Dios: “¿crees en Dios” “No sabría qué contestar, así, a la primera, pero da lo mismo. Porque el sentimiento religioso natural existe dentro de mí; al fin y al cabo, hay que agradecerle la vida a alguien, aunque da la casualidad de que no existe nadie que acepte nuestro agradecimiento.”

De su obra: “Al Final se descubrirá incluso que poseo cierto talento para la escritura a pesar de todo: nada me resultaría más desagradable. De hecho, no empecé a escribir porque poseía talento, sino todo lo contrario: cuando decidí escribir una novela, también decidí, de paso, tener talento. Lo necesitaba para acabar mi trabajo. Había de esforzarme en escribir un buen libro, no por vanidad, sino por la naturaleza de la cosa, por así decirlo.”

De su primera mujer: “Se fue y se llevó consigo la mayor parte de mi vida, el tiempo en que empezó y culminó la creación literaria, en que, viviendo en un matrimonio desdichado, nos quisimos tanto.”

Del hombre: “Lo cierto es que todavía no se ha arrojado luz sobre si realmente existimos o si sólo somos las corporeizaciones de montones de células que trabajan dentro de nosotros, fenómenos que, necesariamente, hacen como si fuesen una realidad autónoma.”

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 169. Las disipadas fábulas del viento/ II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 169
Las disipadas fábulas del viento/ II

“Lamentación de Dido”, de Rosario Castellanos
Héctor Cortés Mandujano

Rosario Castellanos nació por azar en la Ciudad de México, en 1925, pero su vida y su obra están ligadas indisolublemente a Chiapas.
	El filo de su inteligencia tocó con ironía y sin piedad varios asuntos suyos, y de otros, que iban de lo doméstico a lo amoroso y a lo social, y que se convirtieron, en el sortilegio de su literatura, en ensayos, cuentos, novelas, artículos periodísticos, obras de teatro y, dejemos las enumeraciones, poesía.
	Dentro del corpus extenso de su trabajo poético brilla poderosamente “Lamentación de Dido”, personaje cuyas primeras menciones se hallan en Ovidio y en Virgilio, de donde Rosario, según reconoció ella misma, tomó el mito y lo actualizó desde la intertextualidad.
        Ovidio, en Heroidas VII, y Virgilio, en el libro IV de La Eneida, pusieron a Dido en brazos de Eneas. Este héroe mítico, cuyo destino –después de participar en la guerra de Troya– era fundar Roma, naufragó en las playas de Cartago, donde la viuda Dido reinaba. Ella se lo llevó al palacio y olvidando su jerarquía, su inteligencia, su poder, y bajo el influjo de Venus, se volvió su amante, su esclava amorosa.
	Pero los héroes no están para arrumacos y en un sueño el joven y apuesto Eneas –hijo de Anquises y Venus– supo que debía dejar el reino, sin hacer caso a las súplicas de la mujer derrotada por los designios del destino. Dido corrió como loca y vio cómo el barco donde iba su amor se alejaba. Lloró como un sauce a la orilla de un río, después hizo una pira con las pertenencias de Eneas y luego se suicidó con la espada del héroe.
	Dido antes se llamó Elisa y llegó como exiliada hasta las tierras que en el futuro gobernó. El poema de Rosario Castellanos retoma la historia urdida por Ovidio y por Virgilio, y la vuelve un largo poema donde la ya reina hace un recuento de su vida y su ascenso, de su amor y su caída, de su dolor y de su desesperación, antes de suicidarse. Su lamentación es, pues, su último discurso, sus palabras finales, el canto del cisne.
	Hay varios paralelismos entre estas dos cultas damas –Dido y Rosario–, no sólo en su huida a otras tierras, no sólo a su desvelo al batir, leyendo, “la selva intrincada de los textos”, sino, evidentemente, en su desgracia ante el amor. ¿Quién mejor para escribir sobre el abandono que una mujer abandonada? ¿Quién escribe con más detalle sobre la desgracia que quien la ha llevado encima todo el tiempo?
	Pero Rosario huyó en este poema, escrito en largos versículos, de la confesión abierta, porque tenía la tutoría de dos clásicos y su enorme talento para que Dido hablara por ella. Dido, dice Rosario, “eleva la trivialidad de la anécdota (¿hay algo más trivial que una mujer burlada y que un hombre inconstante?) al majestuoso ámbito en que resuena la sabiduría de los siglos”.
	Y la voz de Dido, desde Ovidio, desde Virgilio y desde Rosario, sigue resonando.
	La muerte de Castellanos, como refrendo del mito, ocurrió también después de haber sido abandonada por el hombre que amaba y lejos de su país, de su pueblo: en Tel Aviv, Israel, en 1974, al conectar una lámpara. La luz, por eso, sigue siendo parte de su imagen. Rosario Castellanos es una lámpara que no cesa de iluminarnos…

[Este texto debe varios datos, por supuesto, a la Eneida, de Virgilio, y a los textos ensayísticos “ ‘Lamentación de Dido’ de Rosario Castellanos: convergencias y desvío”, de Edgardo Dobry; “La influencia de Virgilio y de Ovidio en el poema ‘Lamentación de Dido’ de Rosario Castellanos”, de María Jesús Cruz Gimeno, y “Heroidum epistularum VII: Dido en Ovidio”, de Jorge S. Mainero, consultados en línea. La lectura en atril de “Lamentación de Dido” se llevó a cabo en Telar Teatro, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 29 y 30 de marzo de 2023, con la participación de Sharon Hernández, Lucía Zambrano, Maricruz Aguilar y Mónica Corzo, bajo la dirección de Héctor Cortés Mandujano, con el apoyo de Carlos Ariosto, Juan Ángel Esteban Cruz, María Cristina Fernández Reséndiz, Dalí Saldaña, Alfredo Espinoza, Carolina Rodríguez y Ulises Peimberth. Hubo público que, dado que ya no cabían más sillas, durante los dos días, vio de pie nuestro trabajo y nos aplaudió y gritó “bravos”. Quedamos felices y agradecidos. Mil gracias.]

Lucía, Maricruz, Héctor, Sharon y Mónica




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 169. El sobreviviente. María Gabriela López Suárez

El sobreviviente
María Gabriela López Suárez


Ese martes Tamara decidió ir a buscar el par de sandalias que tanto quería. Era un día muy caluroso,  por lo que no demoró en salir de casa. Se dirigió rumbo al mercado, le gustaba pasar por los puestos donde vendían productos de ixtle. Se podía pasar mucho rato viendo la diversidad de cosas que tenían en ese pasillo. Casi siempre salía comprando algo, para ella o para alguien de su familia. Recordaba siempre a la tía Bertha, era una amante de esos productos y artesanías, quizá ella le había heredado eso. Para no perder la costumbre Tamara terminó comprando un cepillo redondo para el cabello, le encantó desde que lo vio.

Se apresuró para ir en busca de sus sandalias, tenía que regresar a más tardar al mediodía porque había quedado de ir a comer con su familia y no quería que se le hiciera tarde. Después de ir a tres zapaterías, por fin encontró las sandalias en el modelo que deseaba, en tono color marrón y con unos detalles en forma de flores muy discretas.

Salió con dirección a su casa, de pronto, se quedó observando la calle que estaba frente a  ella. En la esquina un terreno con extensión grande donde antes estuvo un edificio muy antiguo que luego demolieron, parecía ocupado. Ahora fungía como un estacionamiento rústico, sin techo, eso no es lo que llamó la atención de Tamara sino que el único árbol que sobrevivió a lo que antes había en el lugar podría desaparecer si decidían construir en ese espacio. El solo pensarlo le provocó una especie de tristeza. Recordó las veces que había pasado cerca del árbol y lo había saludado. Solía expresarle que le daba gusto que permaneciera ahí. Era uno de los árboles endémicos en la ciudad, quizá era de edad mediana porque su tamaño no era tan grande; conforme pasaba el tiempo esos árboles parecían extinguirse sin que casi nadie lo tuviera en cuenta.

Cada que caminaba por donde estaba el árbol, agradecía su presencia porque le brindaba un poco de sombra, sobre todo en días soleados como ese martes. Sin dudarlo caminó rumbo a la calle y se quedó contemplando el árbol, como si quisiera tener una conversación con él. Se puso bajo el árbol y le agradeció la oportunidad de tenerlo cerca, las veces que había alegrado la vida de quienes caminaban por ahí y se sentían confortados con su sombra, con el danzar de sus ramas en los días de intenso viento. Casi como un susurro le dijo:

—Eres el sobreviviente de lo que antes hubo en este espacio, te deseo larga vida y que permanezcas mucho tiempo alegrando esta calle. 

Acarició parte del tronco y algunas ramas, las que pudo alcanzar, respiró profundo. Se le vino a la mente lo que solía decirle su tío Carlos, siempre que se pueda hay que hablarle a los árboles, ellos nos escuchan y agradecen que les tengamos cariño. Dirigió sus pasos a casa, estaba a buen tiempo de llegar  para la comida.
Photo by Nikita Igonkin on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Líneas de desnudo. 110. La muerte del cacique. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 110

La muerte del cacique
Por Manuel Pérez-Petit

A vueltas con la tan celebrada entrevista que a la maestra Maricruz Patiño realicé para Temas y +temas del pasado viernes día 7, decía la poeta que a Carlos Fuentes cuando escribió “La muerte de Artemio Cruz” le pudo haber pasado como a Octavio Paz con “El laberinto de la soledad”. “Carlos Fuentes era un tipo fino –comentaba Patiño–, de clase social más o menos acomodada, y de pronto escribe ‘Artemio Cruz’... ¿De dónde le salió el cacique? Pues del cacique que todos los mexicanos llevamos inoculado en nuestro inconsciente colectivo”.
            El Diccionario de la Lengua Española (DLE) cuenta con cuatro definiciones para la voz ‘cacique’. La primera de ellas (“Gobernante o jefe de una comunidad o pueblo de indios”) no viene al caso respecto de este artículo, como tampoco la cuarta (“Mujer del cacique”), pero sí la segunda (“Persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo”) y la tercera (“Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos”). Anótese que en estas dos últimas se usa un adjetivo (“abusivo” en la primera y “excesiva” en la segunda). ¿Puede deducirse, pues, que si todo mexicano lleva en la sangre un cacique todo mexicano es excesivo y abusivo? No lo creo, pero sí estoy convencido de que todo mexicano que sea cacique lo es.
            Ninguna feria del libro del mundo, por ejemplo, aun teniendo una cabeza es personalista. Eso solo pasa en México. Los méritos de Raúl Padilla López (1954-2023), que falleció por voluntad propia hace unos días, son indudables. Sin él, por ejemplo, la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, que sigue siendo el evento de promoción del libro y la lectura más importante del idioma español en el mundo, no sería lo mismo, como tampoco lo sería la Universidad de Guadalajara, Jalisco, México, y debo reconocer sentirme impactado con la de ríos de tinta que ha supuesto la desaparición del cacique –perdón, prócer– jalisciense. Es imposible hoy no encontrar en dónde leer acerca de Padilla, por lo que me lo ahorro, y debo reconocer que el personaje lega, a partes iguales, luz y oscuridad, incluso en su afán de demostrar quién lleva las pistolas, cosa de la que hizo gala hasta el mismo momento de su muerte, dejando incluso una nota, como los poetas malditos, de despedida que sigue siendo un misterio. Fue el paradigma del afán de protagonismo que todo cacique que se precie debe llevar a gala. Pasa en un buen montón de ferias de libro mexicanas, que llevan por bandera el nombre de alguien sin el que el acontecimiento no parece ser posible. Personas concretas que por lo general se aferran al sillón como si el mundo dependiera de ellos. Me ahorro también nombrar casos, para evitar los efectos de mi providencial capacidad de hacer amigos, pero desde cualquier punto de vista es inconcebible que al frente de un acontecimiento público de gran magnitud pueda estar la misma persona durante diez, quince, veinte o más años, cosa que ocurre solo en México, donde el caciquismo es una forma de vida, pues en el resto de países que uno conoce los eventos de esta naturaleza son dirigidos por consorcios, agrupaciones o comités integradores de los agentes del sector. Y no digamos las universidades, que no tienen un dueño fijo con nombre y apellidos, como también ocurre aquí. 
            Ante la muerte del cacique tenemos en México la oportunidad de oro de evolucionar a otro tipo de organizaciones de los grandes eventos, al menos en lo que se refiere al libro y la lectura, al punto de que estoy convencido de que con el deceso de Raúl Padilla, que descanse en paz y descansemos, con todas las incógnitas e incertidumbres que genera, se acaba la era del cacique cultural lleno de testosterona y puede comenzar la modernidad en la gestión cultural mexicana, que ya es hora.
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Nota del autor
He sido crítico con la gestión de de la FIL en los últimos años, como puede comprobarse en mis "Por qué hoy prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” a la FIL" y "¿Adónde vas, FIL?", publicados el 12 y el 13 de diciembre de 2021, y en "El misterio del documento de la FIL", del 11 de marzo de 2022, que están en comunicación directa con este de hoy, y a través de los cuales pretendo aportar mi granito para una nueva era cultural sin caciques, pese a lo bueno, que es mucho, y a lo malo, que no es menos, que conllevan, en México.  
   
Cartel de la FIL 2023, la primera de la era post Padilla.
Fuente de la fotografía: https://www.fil.com.mx/media/carteles.asp

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Librero del uroboro. 27. Sin destino. Ilse Ibarra Baumann

Sin destino

En Sin destino (Acantilado, trad. Judith Xantus) aprendí que “en ninguna otra circunstancia importa tanto llevar una vida ordenada, ejemplar y hasta virtuosa como estando preso.” Y aunque diga, en ninguna otra circunstancia, recuerdo que mi madre siempre me dijo “no sabes lo que es ser huérfana de madre y tener que caer bien para que no te hagan el feo y te rechacen en los lugares a donde el destino te avienta, en donde vives: interna o con otras familias”

“Lo principal era no abandonarse; algo siempre pasará porque nunca ha pasado que algo no pasara, eso me enseñó Bandi Citrom, afirmación llena de sabiduría que él había aprendido en el campo de trabajo. La primera cosa, la más importante era, en todas las circunstancias, lavarse. También era sumamente importante administrar la ración de comida, la hubiera o no. Por difícil que resultara esa dura disciplina había que guardar algo para el desayuno de la mañana siguiente. Es más, otro trozo debía quedar para la hora de la comida, procurando evitar que nuestros pensamientos y, sobre todo, nuestras manos se encaminaran a los bolsillos. Así, y sólo así, se evitaba el penoso pensamiento de no tener que llevar a la boca.”

“Todos ellos se esforzaba por igual en una misma cosa: todos trataban de mostrarse buenos presos. Claro, ese era su interés, eso requerían las circunstancias; nuestra vida, en realidad, se limitaba a eso.”

“ cualquier palabra de reconocimiento, cualquier señal, por pequeña que fuera, nos hubiera sido más útil, por lo menos a mí.(…) El sentimiento de vanidad permanece aún entre los presos, y ¿quien no anhela un poco de comprensión y de buena voluntad? ¿ Acaso no se llega más lejos con eso?”

Este es de los pocos libro referentes a la Segunda Guerra que la acepta, es parte del destino, así tenía que ser, no guarda rencor. Y pese a las atrocidades, el personaje contempla el atardecer y, ya estando libre, los recuerda, recuerda aquella belleza que vió estando preso.

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 168. El silbido del viento. María Gabriela López Suárez

El silbido del viento
María Gabriela López Suárez


La ciudad se percibía tranquila, el periodo vacacional le daba un respiro al incesante cotidiano lleno de ajetreo y prisas. Iracema se percató de eso al no escuchar el ir y venir de los coches y del transporte público, el ruido del claxon y el inconfundible acelerar de motocicilistas que continuamente llegaba hasta su casa.

—¡Qué apacible atmósfera se percibe hoy! Tenía rato de no disfrutar este ambiente —dijo para sí.

Se entrajinó en algunos menesteres pendientes en la cocina, en la temporada de la Semana Santa en la familia de Iracema tenían la tradición de preparar dulce de garbanzo. Esa tarde iracema y su familia habían quedado de ir a casa de la tía Lourdes para compartir la cena. Ella había quedado de llevar el postre, dulce de garbanzo. Así que terminó de lavar el garbanzo previamente hervido y lavado; lo preparó con canela, un poco de azúcar y panela para que fuera tomando sabor.

Llamó a Jeremías y Tobías, sus hijos, para que le ayudaran a lavar los recipientes en que llevaría el garbanzo. Un poco a regañadientes llegaron e hicieron la labor encomendada para luego escabullirse y continuar jugando dominó.

Iracema estuvo pendiente que el dulce quedará bien cocido y con caldito, sin olvidar una de las principales recomendaciones, evitar agregar agua fría para que el garbanzo no se pasmara. Es decir, tomará una consistencia dura, sinónimo de haberlo echado a perder. Una vez cocinado el dulce de garbanzo, llevó la olla al patio para que se enfriara.

Después de colocar la olla sobre una mesita, se sentó un rato y se detuvo a contemplar de nuevo el paisaje sonoro, sin la bulla de coches. Observó la luz de la tarde, era sumamente bella. En el patio, la hojarasca que se mecía al compás del suave oleaje del viento que la empujaba llegaba a formar pequeños remolinos. Iracema respiró profundo, como en un cuarto plano alcanzó a escuchar las risas de sus hijos, seguro que se la estaban pasando bien, aunque no tardaría en llegar el reclamo de alguno de los dos al perder en la partida de dominó.

El paisaje de la tarde trajo a la memoria de Iracema  las tertulias en familia cuando era niña. Algo que disfrutaba era escuchar las anécdotas de la abuelita o el abuelito y qué decir de las experiencias que compartia el tío Panchito, tenía un estilo peculiar de narrar las historias y de lo chusco que le había sucedido. El silbido del viento la hizo volver al presente. Iracema revisó su reloj, ya era hora que se fueran arreglando para ir a casa de la tía Lourdes; el dulce de garbanzo ya estaba preparado y el viento había sido el mejor aliado para enfriarlo.

Photo by Jan Koetsier on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.