Cajón de rubores. 21. Dolor. Antonio Florido

Dolor

Por Antonio Florido

    

Dicen, la creatividad, pero no saben que se trata de una lucha feroz y constante, un castigo irreductible que no acaba, donde el pensamiento navega al socaire de sus ansias; la creatividad, sí, como lucha para controlar las ideas y los medios al alcance. Ahora bien, uno observa con detenimiento y concluye que ese artilugio del infierno lo expresa ella con los nervios de sus ojos. Vean. La nacieron con la vida agotada, marcada a fuego, con un rostro definido. Es una mujer que matiza con el color desesperado de una angustia de vida.

Pinta, vive, ríe, llora…

Me asomo y la veo con el cuerpo inclinado. Trabaja tenaz, incansable, no se rinde. Levanta la cabeza de vez en cuando, como quien no quiere. De a poco abandona el trabajo, mira al exterior a través de la ventana, ralentiza sus maneras, reflexiona, acerca el pincel a la húmeda tela atirantada, retoca lo que rumia que no cumple. Así en el tiempo muerto de cada mañana. Ella, obcecada en ganarle la partida a este llanto que se acerca. Ni siquiera entiende que un día pintará con más garbo.

(Aquel día nadie quiso detenerla, nadie pudo, nadie supo. Tenía que suceder. Era necesario para el mundo).

Continúo dibujando su silueta, me sitúo en aquel pensamiento profundo, noto el dolor que se aproxima. Pero ella, ella, no transige. Es una hembra excesiva, paciente, delicada, toda realidad. Vean, si no. Uno sólo. Azul amarronado, triste, recta, seria. Oigan, digo. No es más que una circunstancia que nadie quiso, un recodo de la calle, el sonido incansable que retruena, horror en un grito fulgurado, luego…, luego cuerpos en el suelo, y esa mujer trazada en grueso, miren, vean, no se cansen, es el boceto que transpira, el dolor que nos llama. En la vida es difícil mantener la simetría, sin embargo, ahí está, plana, rebosante, forma la exclamación encarnada de toda mujer que se precie, el destello imparable sobre el lienzo que le cubre.

Deja los instrumentos sobre la mesa. Es así, créanme. Sale de la habitación alumbrando el pasillo con su pena. Pasa junto a mí y no me ve, no repara. Parece que no anda, vuela. Quiero apresar esa melena negra, quiero apartarla del camino, ser ella, camuflarme, cambiar mi vida toda por su vida, pero el tiempo pasa, es, sucede, como el desgarramiento al saber que nada puedo. Sí, observen, analicen, háganme caso. Pintó su vida para todos nosotros, para todas las letras y anhelos clarificados. Salúdenla, se lo merece. Su nombre sonará por mucho tiempo y los colores de sus días, de sus ansias, como el rubor de su trágica, triste elocuencia.

Es la noche. Ella, sobre la cama, duerme, sueña. Mañana volverá sobre lo mismo. Para qué, digo. Para todo. Para ser el mundo, el tiempo derretido sobre el amor de un padre que sospecha, que tal vez emerja en el sufrimiento de perder, de no ser posible aquello que sucede, que comienza en la rabia del error, que demuda en color de su risa. Aquella mar entre los dos. Aquel castigo, aquella pena. Bajo el cuello enterrada la columna de su vida. Sí, así fue. Una mordedura en la carne que comienza su existir.
 
Desde aquí clavo el rumor del mundo en los ojos del que pinta de esta forma. Sólo resta esperar. Ver el astro en el cisco de la noche. Esperanzar mi querencia, mi ser en pleno. Mientras tanto el tiempo irá gimiendo, las miradas, ausencias de comer en todo caso, recordar como lo hace el enfermo que no sana, y querer, a toda costa, y amar, incansablemente, y soñar, con que todo pasa, y vivir, aunque yo muera.


La columna rota (1944). Frida Kahlo (Coyoacán, 1907-ibid. 1954)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 17. Creo que. Erik García Briones

Creo que

EGB
EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Trabajo en alturas. 11. La composición fotográfica en Villa-Matas. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (3)
La composición fotográfica en Villa-Matas

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

En el articulo de la semana pasada hablábamos de que el cuento, según una analogía de Cortázar es un elemento que debe vencer por knockout, pero también un artilugio que se puede comparar a una fotografía, diferente a la novela que sería una película. Veamos si puedo aclararlo:

La composición fotográfica en Villa-Matas
En «La hora de los cansados», Enrique Villa-Matas nos presenta a un narrador testigo que se detiene a contemplar a los pasajeros que llenan de súbito los andenes de una estación de metro. Por una manía de cuentista, se interesa por la vida de los otros, es una especie de vouyerista de las actitudes mundanas. Ve a un viejo que carga un maletín pesado. Lo sigue. A pesar de su aparente edad, sin embargo, el viejo se mueve con agilidad. El viejo a su vez parece seguir a un hombre de color que se ha detenido a comprar un objeto religioso.  La cadena de persecución continúa hasta la catedral y en el camino nos vamos enterando de las líneas argumentativas que el personaje se va planteando, como la de que el viejo quizá traiga una bomba. El hombre pierde a su perseguido y se ve de pronto persiguiendo al «negro».  Abandona la empresa. Mas nos enteramos de que ahora el perseguido es él. El hombre de color lo persigue y lo alcanza. El protagonista se ve en la necesidad de contar sobre su actividad de cuentista. El afrodescendiente que en un principio parece agresivo resulta ser un hombre tranquilo y hasta bondadoso. Un estallido los sorprende. El viejo quizá sí traía una bomba. 
	Si buscáramos aplicar la idea de la fotografía en este cuento en un principio pensaríamos que estamos ante muchas imágenes. Sin embargo, pensemos en estas como parte de lo que los fotógrafos llaman «la composición». 
	Cuando se habla de la composición de una imagen se refiere a los elementos que se encuadran en una toma. A los elementos que quedan capturados. Pensemos pues en los acontecimientos narrados como elementos. El metro, la hora en que ocurre, la persecución triple en círculo, la catedral y la explosión final. Los elementos capturados, sin embargo, apelan y señalan hacia un elemento principal que llama la atención, interior: el motivo, que a su vez apela hacia algo que lo trasciende. Qué tan trascendental sea ese motivo y que tan bello sea el conjunto de elementos depende de la habilidad del fotógrafo o, en este caso, del cuentista. 
        Queda, pues, impresa una imagen que puede visualizarse y que rememora la totalidad del cuento, pero también lo que lo trasciende.


[En la próxima entrega, si sigues interesado, amable lector, usaremos la analogía del cuento como esfera de nieve]



Referencias:

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.


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Polvo del camino. 121. 15 metros, 3″, 8/8, 16 milímetros. Héctor Cortés Mandujano

Apunte de oído/ 8
15 metros, 3", 8/8, 16 milímetros

Héctor Cortés Mandujano

Este mundo es un atajo

el sufrimiento es un traje,

que siempre viste el de abajo

León Chávez Teixeiro, en «Adela Fernández»
Son tres largas canciones las que vienen a mi mente cuando pienso en León Chávez Teixeiro (Ciudad de México, 1936): “Cipriano Hernández Martínez” (un traidor a la huelga. Le dice su patrón: “Te aumentaré tu jornal, sin me señalas muy bien quién me va a alborotar”, y señala a Juvenal, a quien matan), “Mujer, se va la vida, compañera” (una crónica minuciosa acerca de los trabajos infinitos en el día a día de las mujeres pobres: “Se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero”) y, la que más me impactó, desde el título, cuando la oí hace muchos años: “15 metros, 3”, 8/8, 16”. 
          Las tres están en las reformulaciones que, como homenaje, hicieron cantantes cómplices (Guillermo Briseño, El David Aguilar, Francisco Barrios,  Gerardo Enciso…) en el disco “La chava de la Martín Carrera” (Wikipedia dice que el disco fue editado en 2010, Spotify que en 2020). Son 25 canciones. “Cipriano…” la canta Roberto González, “Se va la vida…”, Los Morales y Óscar Chávez, y “15 metros…”, Nina Galindo, es decir, cantantes como él: marginales, libres, inconformes, varios muertos, varios participantes del movimiento rupestre de los 70: Rafael Catana, Emilia Almazán, Roberto González, Nina Galindo… Por supuesto, si no se les ha oído hay que conocerlas con la voz del compositor, plena de humanidad, de emociones concentradas. 
          León tuvo una infancia difícil y comenzó muy joven como músico callejero, y también como acompañante de movimientos sociales (fue militante del Partido Mexicano del Proletariado), lo que se refleja muy claramente en sus canciones.
         “15 metros, 3”, 8/8, 16” cuenta paralelamente varias historias que le están pasando a un obrero: una lámina que le corta cuatro dedos/ una chava que lo cortó; el dolor por la herida física, el dolor por la herida de amor… La canción enlaza la fiebre por las dos cosas, la ayuda del líder sindical para que el patrón no lo despida y al final, lo que me parece lindo, el reconocimiento de que la mujer se ha ido, no va a volver y pueden ser amigos, compañeros, en la trasformación de la pasión al amor y luego a la amistad. Comparto contigo lector, lectora, algunos fragmentos significativos de esta gran rola.
          Dice en su inicio: “15 metros, tres pulgadas, ocho octavos, 16 milímetros de espesor, y la lámina corrió, resbaló como navaja, en mi mano se detuvo, cuatro dedos me cortó, igual que me hiciste tú. Recordé cuando te fuiste, tu mirada dura y fría, me empezó a dar calentura, repetiste un seco “no”. Unos compas me atendieron… […] el patrón está molesto, pues la banda se paró. Me cortaste de tu vida”.
Consigue un mes de incapacidad, algo de atención médica: “Las heridas me dolieron, casi tanto como tú, casi tanto como tú”.
         Pasan los días. “Ya mi mano se curó, tu figura no he olvidado, tú me echaste de tu lado, eres libre y tu sentir no se arrima a mi costado, 15 metros, ocho octavos”.
	Pasan el accidente, el dolor (que incluye la cortada de la mano, la cortada del amor) y llega el equilibrio: “La ternura de tu risa, la recuerdo mi querida María Luisa. En tu vida hoy tan lejana, me daré por bien servido, compañera combatiente, si recuerdas al amigo, me visites por mi casa, te daré un café caliente”.
	León Chávez no tiene muchos discos (una decena apenas) a sus 86 años, ni mucha difusión. Hay canciones suyas que, me parece, deben seguirse oyendo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Voces ensortijadas 120. Una pizca de silencio. María Gabriela López Suárez

Una pizca de silencio

Por María Gabriela López Suárez

Antonieta y Augusto, su hermano menor, fueron el fin de semana al zoológico, ella le había prometido que lo llevaría de paseo. El niño estaba aprendiendo a leer y Antonieta pensó que era un buen ejercicio que pusiera en práctica la lectura con los letreros que había ahí.

Augusto iba muy entusiasmado, se puso su gorra favorita y sus tenis verdes que hacían llamativa combinación. Ambos emprendieron el paseo, se llevaban muy bien a pesar de la diferencia de edades, iban muy conversadores como solían serlo, a ambos les gustaba platicar mucho. Su papá solía decirles, ustedes hablan hasta por los codos, había bastante de cierto en ello.

La actividad de lectura no tardó en comenzar, sin que Antonieta le recordara, Augusto comenzaba a leer en voz alta  y a su ritmo los letreros. Antes de ingresar a espacios cerrados Antonieta le recomendó que pusiera mucha atención, había letreros que indicaban guardar silencio para respetar el hábitat de los animales. 

—Hay muchos letreros acá y con dibujos, se ven bonitos —dijo Augusto.

—Sí, a eso se le llama señalética, está en todas partes a las que vamos, mercados, carretera, restaurantes, hoteles, escuelas —respondió Antonieta.

—Ah ya me acordé que hay varios en mi escuela.

Después de haber recorrido el herpetario, el tortugario, el aviario y el espacio de los felinos, ya casi habían terminado la caminata, solo les faltaba el mariposario. El calor estaba intenso, llegaron a un área de descanso bellamente cobijada por los árboles que tenían bancas de cemento alrededor, tomaron un respiro y se sentaron.  Augusto,  le dijo a su hermana que le gustaba el paseo, había muchos animales y algunos no los conocía más que en fotos, como los que estaban en el herpetario. 

Antonieta abrió su bote con agua, tenía mucha sed, iba a preguntar a Augusto si quería beber un poco y al voltear a verlo  se espantó, tenía los ojos cerrados y permanecía sentado a su lado. 

—¿Augusto te sientes bien? —preguntó asustada mientras lo tomaba del hombro izquierdo.

—Shhhh, sí, solo necesito una pizca de silencio —respondió sin abrir los ojos.

—¿Una pizca de silencio? ¿De qué hablas?

—Acércate —le dijo a Antonieta, con los ojos cerrados y moviendo su mano izquierda para que se inclinara y decirle en voz baja.  

—Aquí hay animalitos en los árboles pero no los podemos escuchar si no guardamos silencio, yo quiero escucharlos, te invito a que cierres los ojos y a ver si adivinamos cuáles son.

—De acuerdo, acepto la invitación —señaló Antonieta en tono susurrante.

Cerró los ojos y comenzó a disfrutar el paisaje sonoro de las aves y también fueron asomando los monos y los loros.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 10. Cortázar, el réferi. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (2)
Cortázar, el réferi

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

"Decíamos ayer..." que el cuentero oral usaba una especie de cuerda-guía para salir avante del laberinto que suponía su auditorio, sin embargo, con el escritor de cuentos tal sedal quizá no sea tan palpable y quizá por eso hay, habemos, tantos cuentistas perdidos. ¿Cómo puede, según expertos, controlar, pues, un escritor el efecto de un cuento en sus lectores? 

Cortázar, el réferi
No hay leyes para escribir un cuento, dice Julio Cortázar en «Algunos aspectos del cuento» (1971). Sin embargo, la experiencia del autor y su conocimiento sobre literatura le permiten indagar en este tipo de narración, dar una opinión de experto y proponer conceptos muy válidos, no sólo para su escritura sino también para su estudio.
	Para Cortázar no basta escribir llanamente sobre algún tema que haya conmovido al prospecto a «buen cuentista» pues esto no garantiza que a su vez los lectores se conmoverán. «No bastan las buenas intenciones», se debe desarrollar un oficio de escritor que sea capaz de «secuestrar momentáneamente al lector», quizá como secuestraba mi atención el cuentero oral. Esto se logra «mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión», y se deben subrayar estos dos últimos términos ya que serían los elementos, además de la significación que se manifieste, los que puedan convertir el texto en un medio que implique una visualización que trascienda la lectura, que logre transferir al lector el universo creado. No es algo sencillo de lograr, aunque Cortázar los explique con sencillez. 
	Hay que recordar que estamos hablando de cuento y que este se distingue de otras formas de narración. Al respecto Velasco (2020) rescata de Cortázar en una serie de viñetas lo siguiente: La brevedad, unidad, esfericidad, ritmo, intensidad y una temática significativa y objetivada –hecha objeto y exorcizada en la escritura.
	Por otro lado, algo que a mí me gusta reseñar sobre de la visión cortazariana del cuento es su alusión a la música, en particular el jazz; al boxeo y la fotografía. Musicalidad con armonías inesperadas, un asalto ganado por knockout y una composición que trasciende las imágenes que ha capturado. Esto último contrapuesto a la novela que sería una sinfonía larga, que gana por decisión técnica o por puntos después de 12 rounds y que consistiría en un entramado de imágenes, como el del cine, que acumula impresiones en el espectador.  
	Aunque Cortázar parece ser claro, sin embargo, interpretarlo puede dar pie a múltiples sentidos que trataré de acotar. 
        Por un lado, considero que la musicalidad de la obra, que en Cortázar se refiere al ejercicio que caracteriza al jazz donde una melodía inesperada puede surgir y dar un mejor matiz a lo que se escucha, brinda también una “personalidad” única a la obra, que también puede ser un identificador del estilo del autor. Sin embargo, esto no es privativo del cuento. En poesía y también en novela, hay un ritmo y acordes que se mueven y emanan para generar algo que puede ser un símil de lo que en Física se conocen como armónicos, múltiplos de las ondas de frecuencia fundamentales, que en acústica pudieran representar un elemento que genere placer auditivo. Es decir, la semejanza de lo musical no es privativo del cuento.
          Nos queda el tema del boxeo y la fotografía. 

Manuel Rivas a combate
¿A qué se refiere Julio Cortázar cuando habla de que el cuento vence por knockout? 
         Se trata de un combate que se da entre el lector y el texto.  Conciba el lector una contienda cuasi musical, jazzista, para salvar la violencia que se pueda percibir cuando se habla de box. Se refiere a que desde el inicio el cuento, debido a que se desarrollará en un espacio breve, no se permite acumular elementos gratuitos, antes bien, busca la efectividad que lo lleve pronto a una resolución exitosa, dar un golpe certero que deje al lector en la lona de los significados. 
          Por ejemplo, en el cuento “La lengua de las mariposas” Manuel Rivas nos introduce en la clase escolar de un niño al que nombran, ya cariñosamente, Gorrión. Ambientado en una época en la que se espera que la escuela sea un lugar de tortura vengativa en la que los padres meten a los niños. Sin embargo, aparece la figura de un maestro apasionado que más que enseñar contagia su sabiduría. Se percibe que hay condiciones externas, quizá políticas, que provocan una polarización que llega a notarse en las discusiones de los adultos. Clero contra laicismo; derecha contra izquierda. El padre del protagonista, quien parece ser de tendencias de izquierda, regala al maestro un traje. La madre, de derecha, invita cenas al maestro. Gorrión lo admira y se maravilla de cómo ha logrado absorber conocimiento y de un placer, digamos que espiritual, que le provoca llenar su curiosidad con verdades que existen y que va descubriendo en el aprendizaje. Parece un cuento inofensivo. Llega la guardia civil, el miedo. Detienen al profesor por ser sospechoso de lo que sea. Nadie es capaz de defenderlo. Antes bien, fingen odiarlo, actúan como que lo repelen. Se meten tanto en su papel que lo fingido va mas allá y gritan «contras», lanzan injurias. Gorrión se reconoce como parte del grupo de niños que corren lanzando insultos contra el maestro que va detenido en una comitiva represora que vino para llevárselo preso. Caigo aniquilado. En la lona no me queda más que visualizar cómo se eleva el vocerío de algo que trasciende al combate. No necesitan decirme que esto es quizá una denuncia a una guerra civil, al fratricidio, a la división que se produce entre hermanos por un miedo que es superior a la civilidad puesto que se está ante fuerzas injustas que apelan, para ser más fuerte, precisamente a eso, al miedo. Siento el miedo, la injusticia y también la impotencia de Gorrión ante eso que le quita al maestro guía, porque el cuento, en un buen sentido, me ha noqueado. 
	El golpe que me «derribó», cabe mencionarlo, surgió como una nota imprevista que brotó entre los acordes de un tema que la requería.  Esto es el knockout del que habla Cortázar y me tomó por sorpresa cuando mis defensas estaban abajo.

[El tema del cuento como fotografía: Ojalá podamos discutirlo en la próxima entrega...]


Referencias:

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.


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Absenta 16. En el mar de la tranquilidad. Erik García Briones

En el mar de la tranquilidad

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 120. Matar un caballo. Héctor Cortés Mandujano

Matar un caballo

Héctor Cortés Mandujano

Ya no vuelve a mi pesebre mi fiel caballo,

no vuelve, no

Francisco Brancatti, Carlos Gardel y José RAzzano en «El bayo», pero en la versión corrido de Antonio Aguilar


He visto tres películas de Chloé Zhao: Nomadland (2020), su tercera cinta, una auténtica maravilla que ganó el Oscar merecidamente, El jinete (The Rider, 2017), su segundo largometraje, que me dejó impactado, y Eternals (2021), que es una historia de Marvel y con una de superhéroes, digámoslo suave, es difícil hacer arte. Sólo ha hecho cuatro pelis. La primera, de 2015, Songs My Brothers Taught Me, aún no he podido encontrarla. 
	Esta guionista y directora china, nacida en 1982, sabe lo que hace. En el caso de El jinete mezcla lo que parece una película contemplativa –el protagonista ha sufrido un accidente en su labor de jinete de rodeo y ya no podrá seguir su sueño– con el documental, porque los espléndidos actores de la cinta son los verdaderos seres humanos a los que sigue su cámara amorosa, reflexiva, poética. 
          Brady Jandreu, Tim Jandreau, Lilly Jandreau y Lane Scott (quien quedó sin habla y casi sin movimiento, por un accidente en su carrera de jinete de toros) se interpretan a ellos mismos y lo hacen con la convicción que rara vez se encuentra en los actores profesionales. Qué grado de naturalidad, qué manera de trasmitir emociones tan genuinamente. Qué gran artista es Chloé Zhao para lograr que la vida parezca una película y al revés.
          La escena que estuvo a punto de quebrarme es cuando Brady encuentra a Apolo, el caballo que ha domado y al que adora, herido de una pierna. Sabe que tendrá que matarlo, porque el equino no podrá vivir con esa herida. Lo intenta y no puede hacerlo. Tiene que venir su papá a darle el tiro mortal. Terrible escena.

Mi papá amaba los caballos y yo, tal vez por su ejemplo, también los amo. Dejé de estar con ellos desde la infancia, que me volví gente de ciudad, aunque, lo he escrito varias veces, recuerdo sus ojos nobles, sus resoplidos, los gestos de sus hocicos, sus modos de ser conmigo. Siempre tengo un caballo corriendo por las montañas de mi alma.
	Tendría seis-siete años cuando cayó por las tierras de nuestra finca la encefalitis equina y se murieron varios. Mi padre era charro y sus caballos eran enormes y bellos. Uno de ellos se acostó en el campo a morir. Mi papá llegaba a verlo y le daba comida, agua, medicinas. Cuando supo que no se salvaría, lo mató de un balazo. Sufrieron los dos esa muerte.
	Mi padre, como un corrido de caballo, era cantador. Un día, pasado poco tiempo del suceso doloroso, nos tenía abrazados, acostados en la cama, creo que a mi hermano Hernán y a mí, y nos cantaba el “Corrido del caballo bayo”, que cuenta la enfermedad, la agonía y la muerte de un cuaco.
	Apenas recuerdo (no lo olvido, porque me lo han recordado muchas veces en mi vida) que en cierto momento de la canción me puse a llorar. Tendría unos seis años de edad. Mi papá interrumpió alarmado la canción y me dijo: “Hijito, ¿te sientes mal, por qué lloras?”. Yo contesté con la sinceridad infantil del caso y casi todos, salvo mi papá, estallaron en carcajadas: “Lloro por la canción”.
	A ese momento de mi vida me llevó El jinete, de Chloé Zhao. Gran película.

[PD. Aunque, dada su antigua data, la composición de “El bayo”, como se llama originalmente, ha sido motivo de polémica, en especial porque uno de los compositores es el gran cantador de tangos Carlos Gardel y no se ha hallado, creo, ninguna grabación con su emblemática voz. Si hay en Youtube una versión, de 1928, de Ignacio Corsini. Sin embargo, de quién sea, es notable la adaptación que se hizo para que Antonio Aguilar la convirtiera en el célebre “Corrido del caballo bayo”.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Voces ensortijadas 119. Mientras tanto. María Gabriela López Suárez

Mientras tanto

Por María Gabriela López Suárez

Ese jueves por la tarde Rebeca quería que el tiempo pasara volando, le tocaba ir a cita con el dentista. Era necesario quitarle una de las muelas del juicio, le estaba dando muchas molestias. Se preparó mentalmente porque no le agradaba asistir al consultorio dental, sentía nervios de solo pensar en el ruido que hacía uno de los aparatos, como una especie de taladro, solo que al interior de su boca y muy cerca de sus oídos.

Llegó a la clínica, era la segunda ocasión que iba a ese lugar, se lo había recomendado su amigo Renato. Él solía asistir ahí y tenía muy buenos comentarios de los servicios. Esta ocasión Rebeca tuvo la oportunidad de explorar más la sala de espera. La vez anterior no pudo porque pasó de inmediato a su cita donde le hicieron el diagnóstico de la muela.

El espacio de espera tenía un aspecto poco común, eso lo hacía sentirlo acogedor, era como estar en la sala de una casa, así lo percibió Rebeca. Había un ventanal grande que permitía filtrar la luz, los muebles eran modernos y en un tono rojo, una mesa pequeña al centro con objetos artesanales de la región.  Y el elemento principal para Rebeca era un estante mediano como librero, con todas las repisas llenas de libros y revistas. A diferencia de otros consultorios, donde normalmente se encuentran revistas de productos médicos o de celebridades, el estante tenía una colección que le resultó interesante, desde novelas, cuentos, de autores nacionales e internacionales, hasta libros de historia, antropología, sociología.
 
En un primer momento Rebeca se sentó en uno de los sillones, pero al ver el estante se levantó y cual niña frente a una inmensidad de golosinas, comenzó a observar el mosaico de colores y tamaños que dejaban ver los lomos de los libros. Se topó con un tesoro que jamás había visto, una colección de historietas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. —Me habría encantado leerlas de niña —pensó. Las publicaciones estaban muy bien cuidadas, la edición era de la década de los setenta. Seguía recorriendo con la mirada los materiales para decidir cuál le gustaría leer mientras pasaba a cita y hacer más amena la espera. Un libro con lomo rojo y letras negras atrapó su atención, no solo por el color sino por el título Escribir es un oficio peligroso, de la autora Alice Basso.

Regresó a sentarse, se colocó como si estuviera en casa y comenzó la lectura. Se dejó atrapar por el contenido que hasta como en un tercer o cuarto plano alcanzaba a escuchar el ‘taladro’, como ella nombraba al instrumento que le causaba nervios, sin que le interrumpiera la concentración. Estaba por iniciar el cuarto capítulo cuando escuchó su nombre, era el turno de pasar. 

—¡Qué lástima! Ya me había picado leyendo.

Dejó el libro sobre la mesa del centro y se dirigió al consultorio. El corazón empezaba a palpitar con más rapidez, saludó al dentista quien le dio la bienvenida y comenzó a explicar el procedimiento.

—¿Alguna duda Rebeca?

—Ninguna —respondió, tratando de sonreír. 

Rebeca se acomodó en el sillón dental para que iniciara el procedimiento. 
Escuchó el ruido de los instrumentos que preparaba el dentista. Mientras tanto, observó la pintura de fondo en el consultorio, a modo de mural estaba La noche estrellada de Vincent Van Gogh, respiró profundamente y cerró sus ojos. Estaba preparada.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 9. Los hijos del fraile y el filandón. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (1)

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Parte de mi familia proviene de una región del sur de México a donde llegaron legiones de frailes católicos, tantos que hoy se sigue conociendo a esa zona como La Frailesca. Es muy probable que entre mis genes haya el de algún religioso que olvidó, no sería la primera vez, su voto de castidad. En esta zona el lenguaje está tapizado con palabras de un español tan antiguo que ya no existe ni en los diccionarios, incluso hay quienes han querido catalogarlo como un dialecto derivado del castellano. No creo que sea para tanto, es sólo que la incomunicación y lo remoto de aquellos parajes crearon una burbuja que conservaron costumbres y palabras que se mezclaron con las nativas hasta que la modernidad nos alcanzó de nuevo para hacernos notar que el español "culto" estaba ya en desuso. 
       Dialecto o no, a donde quiero llegar es que entre mis mejores recuerdos tengo la imagen de mujeres y hombres ancianos con grandes habilidades de narradores contando historias a los que se disponían a escucharlas. 

En la película «El filandón» de José María Martín Sarmiento (1984), cinco escritores son convocados para acudir a una ermita a narrar ante la imagen sacra de un mártir santificado llamado Pelayo, quien protege a los pobladores de posibles peligros a cambio de escuchar, precisamente, cinco relatos. Los escritores aceptan encantados. Cuentan cuatro cuentos fantásticos y un poema. Reviven una tradición llamada filandón que consiste, más o menos, en reunirse por la noche para contar cuentos y leyendas. La misma historia que rodea las causas de santificación de Pelayo es en sí digno de un cuento y las forma en que el santo pide que le cuenten historias también: cada que un peligro asola a la comarca el río Boeza se tiñe de rojo y la campana de la ermita suena. 
            
Los velorios de mi infancia era muy enriquecedores ya que ciertos personajes solían relatar cuentos y leyendas que aún platico, sin la gracia ni el histrionismo que merece, a mis hijos. La modernidad, por otro lado, ha provocado que ya no tenga mucho sentido morirse puesto que en los velorios actuales ya no hay quienes narren como los viejos cuenteros a quienes también fuimos velando uno a uno. En el último sepelio al que acudí noté muchas cabezas agachadas, ya no por tristeza, sino por observar sus teléfonos celulares los cuales han sustituido a los narradores orales de largo aliento. 
          En la actualidad hay un movimientos que pretende revivir la costumbre del filandón en España y hubo en algún momento un movimiento en el sur de México que pretendía algo similar. Aunque la cultura oral está presente en muchas regiones del mundo, considero que es difícil evitar su extinción. Poco a poco fuimos olvidamos las fogatas y los motivos que se fueron con los viejos narradores y narradoras que alimentaron el imaginario de muchos de ustedes, estimados lectores, quienes tuvieron la fortuna de conocer a uno de esos cuenta-cuentos.

Lo cierto es que la atracción que causaba el narrador de historias y el disfrute que generaba en sus oyentes debería tener algo más que sólo palabras y anécdotas. ¿Habría implícita alguna «técnica» ancestral para esas narraciones orales? Si existía, el cuentero la ejercía sin percatarse de esta, siguiendo una intuición que era un poco guiada por su ingenio y otro por el ánimo del auditorio, un poco por el valor y la confianza que iba tomando conforme la historia iba cautivando o, simplemente, la autoridad que le daban las canas y la experiencia. 
          En la literatura escrita, por otro lado, el sedal aquel que usaba el cuentero oral para librar los vericuetos de su auditorio es menos palpable, menos seguro, puesto que no hay un auditorio, si acaso hay un «lector ideal». ¿Cómo puede controlar, pues, un escritor el efecto de un cuento en sus lectores? Espero poder indagar sobre el tema en la próxima entrega...

Referencias:
Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.


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