Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Ada se detuvo frente al espejo de su tocador, estaba sin una gota de maquillaje. Observó atentamente su rostro, lo veía pálido, sin los tonos que acostumbraba a colocarse y se asomaban las líneas de expresión propias de su edad. Tomó el cepillo y comenzó a peinarse, lo hacía con sumo cuidado y observando que su cabello estaba tomando el color natural, el tono del tinte que solía pintarse se había desvanecido. Se asomaban los hilos de plata en buena parte de la cabellera.
Una vez que terminó de cepillarse buscó con la mirada dónde estaban los botes del tinte. No tardó en hallarlos, los tenía bien colocados, en un lugar visible. Se acercó a tomar uno de ellos, y como si fuera la primera vez que lo veía se dispuso a leer cuidadosamente las instrucciones. Volvió la vista al espejo y nuevamente fijó la mirada en su rostro, poniendo especial atención al cabello. Esta ocasión no había tomado el bote de tinte en automático para hacer la preparación y colocarlo en cada hebra de su cabellera, tenía días que venía meditando esa decisión, le costaba mucho pero estaba dispuesta a no dar marcha atrás. Dejaría de teñirse con el bello tono de castaño claro que le había acompañado por varios años.
Mientras recopilaba los botes de tinte para depositarlos en una caja que luego obsequiaría, la mente de Ada tenía varias ideas que no dejaban de asomarse, imaginaba las palabras de Rita y Alberto, su hija e hijo, ¿mamá, te sientes mal? ¿Por qué no te has teñido el cabello? ¿Te has dado cuenta que ya se asoman las canas? ¿Qué dirán tus amistades y la tía Paty que siempre anda fashion?
Ada tenía las respuestas a cada una de esas preguntas, decidió dejar de agobiarse por estar observando que las raíces del cabello se habían despintado y tenía que retocarlas de manera urgente. La frase de ‘siempre debes lucir impecable para verte bella’ resonó mucho tiempo en su vida. Muchos años después había reflexionado: ¿por qué estar dando gusto a medio mundo sin escucharse? Quería darle un apapacho a su cabello y dejarlo respirar. No era una tarea fácil acostumbrarse a su nuevo tono, valía la pena intentarlo.
Por tercera ocasión se observó frente al espejo, buscó una ballerina color marrón y se la colocó. Acomodó su cabello. Su rostro seguía al natural, se quedó viendo, como si intentara reconocerse. Después de varios instantes ahí, sonrió, tenía mucho tiempo sin sentirse bonita. Le gustaba como se veía. Buscó uno de sus labiales favoritos y se pintó. Se dirigió al alhajero y eligió unas arracadas medianas de plata para usar. Ese día había tomado una decisión importante, el sentirse bonita era algo que debía vivir y gozar, sin tener que estar dándole gusto a las demás personas. Ahora quería disfrutar de sus canas, de sus hilos de plata con toda la tranquilidad.
El timbre del teléfono sonó. Era su prima Paty que llamaba para avisarle que, en un rato más, pasaría por ella para que fueran a desayunar. Ada le dijo que la esperaba, al tiempo que sonreía pensando en el rostro que pondría, tía Paty, cuando la viera con su nueva imagen.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Tengo claro que la pregunta, ¿por qué leer?, tiene una respuesta compleja que quizá yo no pueda alcanzar a cubrir dada la gama de senderos que se abren al indagar en ella, también tengo claro que no se debe tomar a la ligera y no debo dar por sentada ninguna de las respuestas que se hayan emitido al respecto. Son varias las veces que me la he cuestionado y hay muchos libros que plasman palabras que intentan responderla. Diría que las posibles soluciones deben estar ligadas con los orígenes del hombre que toma conciencia de sí mismo y de su entorno, que toma conciencia de que puede crear ficciones y de la posibilidad de trasmitirlas a sus semejantes, a los primeros hombres que pudieron “leer” las cosas que su ambiente les dictaba.
En un artículo que publiqué a propósito del fomento a la lectura en las empresas, aseguré que leer no servía para aumentar las ventas ni para mejorar los indicadores claves de las organizaciones. Mis conclusiones llevaban a lo que recientemente leí en Volpi (2011) y que había leído en otros autores: que si bien la literatura no tiene una función utilitaria sí tiene una que trasciende lo inmediato: nos da tintes de humanidad. ¿El por qué debían fomentar la lectura en los miembros de las organizaciones?, sin llegar a lo sentimental es: por el aprecio sincero, y para brindar acceso a los empleados a un poder inmaterial. Curiosamente, quien no estuvo de acuerdo conmigo fue un escritor que defendía que leer si debe mejorar a las empresas ya que en su opinión mejora a los seres humanos y los hace concebir oportunidades para el “éxito” que no habrían notado sin la lectura. Si el éxito tuviera que ver con lo monetario: tampoco se requiere leer. Muchos de nuestros líderes son analfabetas funcionales y varios han demostrado no haber tocado ningún libro importante en sus carreras personales y, sin embargo, dirigen nuestros destinos.
Ser analfabetas de la escritura occidental no significa, o no debería, dar un grado menos de humanidad ni tendríamos por qué unificarlos en nuestra idea de lo que éxito signifique. Aunque, como denuncia Héctor Cortés (2013) existe un analfabetismo funcional en estudiantes de nivel licenciatura y en algunos profesores universitarios, y como agregué antes, en muchos líderes económicos y políticos. Este analfabetismo consiste en saber interpretar la gramática, pero no saber rescatar los contenidos, es decir, no poder interpretar lo que los textos dicen y en no saber pensar para dar orden y coherencia a las ideas. Como apunta Daniel Cassany, “lo que importa en la lectura es la comprensión, el hecho de entender un significado particular.” (2019: 77) Quizá este pudiera ser una de las respuestas: leer sirve para aprender a entender significados y poder ser coherentes. Sospecho que hay más.
Leer no nos hace ni peores ni mejores personas, se ha recalcado como idea en muchos autores. “No trates de mejorar a tu vecino ni a tu ciudad con lo que lees ni por el modo en que lees”, nos dice Harold Bloom (2000: 20) cuando nos habla sobre su propuesta de principios para renovar la manera en que se lee hoy. Dar como respuesta que la lectura puede ser un arma moral no creo que sea la adecuada.
Leer nos brinda un ejercicio mental formidable, es cierto, mas no es la única fuente de ejercicios mentales que existe, los satanizados videojuegos pueden dar un estímulo mental y de coordinación estupendo como también nos lo pudiera dar el escuchar música, otra de nuestras grandes manifestaciones, observar una escultura, ver un atardecer, meditar, socializar, hasta vivenciar inconscientemente los sueños mientras dormimos o vivir en un ambiente hostil. Lectura como ejercicio mental, esta respuesta tampoco debe satisfacernos.
Si bien, como apunta Jorge Volpi, “Leer una novela es como habitar el mundo” (2011: 121), muchas de las grandes obras y mitos que trascendieron culturas fueron durante varias generaciones parte de tradiciones orales y fue mediante la palabra hablada y cantada que se mejoraron y nutrieron. Aunque le dio mayor capacidad de transferencia, sospecho que la palabra escrita las acotó. Hablo de obras como la Odisea, la Iliada y muchos de los mitos de nuestra vena griega, lo mismo sucedió con los mitos de las culturas prehispánicas que fueron trastocados por el cristianismo cuando fueron recopiladas o las canciones nativas de Australia, África, confines. Aún en nuestros días prevalecen culturas cuyos mitos son transferidos mediante palabras armadas a modo de canciones, no escritas. Si bien leer nos mete a la ficción y a nuevos mundos, no es necesario leer para ficcionar ni para entrar en los universos paralelos que nos brinda la creatividad. So pena de parecer aguafiestas, tenemos que seguir indagando en la pregunta.
Leer nos trasciende más allá de lo inmediato, sí, pero menos acá de lo eterno. Veamos esta vía: Considero que la literatura será una de las piezas que dejaremos como civilización, así como los mayas nos dejaron su calendario solar y los hombres de la edad de piedra sus edificaciones que en un principio nos parecían burdas y más adelante caímos en la cuenta que revelaban un basto conocimiento astronómico y matemático. Tales expresiones nos sorprenden y causan admiración, sin embargo, son avances para los que no hubo continuidad y tuvimos que redescubrir lo que ya antes había sido expresado. Hay verdaderas muestras de arte en muchas cavernas de artistas neolíticos cuyos nombres se perdieron en el anonimato, cuántos “leyeron” sus pinturas, cuántos hablaron de lo especiales que eran estos individuos en cuya cultura quizá no leían como nosotros concebimos la lectura, aunque a su manera, lo hacían. Sus expresiones humanas generaron una luz de la que ni sus creadores fueron consientes, como hoy iluminan las nuestras, mas tal luz fue sepultada por el fin de aquellas civilizaciones que tan luminosas resultaron que en nuestra era, a pesar del peso de las centurias, nos deslumbran. ¿Pensaron nuestros ancestros se perderían sus formas de vida?
Es duro aceptar que somos seres provisionales, sin una morada segura, errantes y solitarios en un universo silencioso. Siguiendo a Blaise Pascal, (Cit. En Buber, 1949: 31) “le silence éterned de ces espaces infinis méffraie.” (“El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”). Ante lo infinitamente grande que es el universo en que caemos se contrapone lo infinitamente pequeño de nuestro mundo y nuestra existencia, tan efímera. A pesar de eso generamos expresiones, tanto individuales como colectivas y no paramos de hacerlo. Inventamos, creamos, imaginamos, escribimos, leemos, observamos, nos preguntamos.
Por un lado, somos individuos que vivimos en colectividad —que no quiero llamar sociedad porque contaminaría nuestra relación universal entre las culturas que se han manifestado— en la que se establecen lazos entre sí, por otro somos la colectividad misma. Como si de células neuronales se tratara, cada miembro genera acciones que de alguna manera se trasmiten para generar aquello que llamamos humanidad. “El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre” (Buber, 1949: 146). Octavio Paz, en su "Piedra de sol", nos dice: “Para que pueda ser, he de ser otro,/ salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo...” (cit. en Volpi 2011: epígrafe). No quiero entrar en temas antropológicos, me voy a lo intuitivo e intuyo que la lecto-escritura es una de muchas vías de comunicación que el ser-humanidad tiene para comportarse como un ente con rasgos propios a partir de muchas individualidades. El lenguaje, la tecnología, el arte, el conocimiento, las religiones, la destrucción de ecosistemas, la contaminación, las guerras, las bombas de destrucción masiva. Invenciones y acciones tan humanas todas, nos dan un rostro de conjunto: sublime, a veces; monstruoso, también.
Calvino (2020:20), en su ensayo Por qué leer a los clásicos clarifica el asunto de la razón para leer (a los clásicos) con dos ideas que en apariencia se oponen: 1)”...los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado...”, y más adelante, apenas un párrafo después: 2) “...no se crea que los clásicos se han de leer porque <<sirven>> para algo...”, se puede no hacerlo, pero leer es mejor que no leer. Y cierra citando a Cioran con un bello pasaje sobre Sócrates aprendiendo un aria para flauta justo antes de beber la cicuta; ¿para qué aprender a tocar un aria para flauta si pronto se cumpliría su condena de muerte? “Para saberla antes de morir” (20). Y con eso me quedo y concluyo:
Leer no es un ejercicio para que viva la industria editorial, los escritores o las universidades que portan algo del conocimiento humano, ni para unificar el comportamiento de los hombres en clasificaciones simplistas: bueno, malo; no es para estimular nuestras mentes puesto que nuestras mentes se auto-estimulan, tampoco es para hacer trascendental nuestro existir ya que nuestras palabras resuenan en “Nosotros” y nadie más que “Nosotros” las comprende. La literatura y nuestras manifestaciones son quizá el trozo de piel con que el que en nuestra indigencia nos cubrimos del frío, y es también un blasón que nos brinda una actitud estoica, nos mantiene retadores y unidos, aunque cada cual navegue en su solitaria individualidad. Al leer las obras que han superado los muchos años de nuestra breve existencia, como civilización, mantenemos una llama luminosa que dice al callado universo, portador de nuestra cicuta: somos pequeños, sí, y grandiosos.
Referencias bibliográficas y recomendaciones para leer:
Argüelles, Juan Domingo. (2007). ¿Qué leen los que no leen?: El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. 2a ed. Barcelona, España. Ed. Croma-Paidós.
Cassany, Daniel. (2019) Laboratorio lector. Para entender la lectura. Barcelona, España. Ed. Anagrama.
Bloom, Harold. (2000). Cómo leer y por qué. Trad. Cohen, Marcelo. Barcelona, España. Ed. Quinteto.
Buber, Martín. (1949). Qué es el hombre. Trad. Eugenio Ímaz. México: FCE.
Calvino, Ítalo. Por qué leer los clásicos. Editorial Ciruela. Consultado el 5 de febrero de 2020 en: https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44973
Cortés Mandujano, Héctor. (2013). "Casa de citas 133, Leer: ese tormento, ese placer". Diario digital Chiapas paralelo, 10 de septiembre de 2013. En https://www.chiapasparalelo.com, consultado el 28 de enero de 2020.
Volpi, Jorge. (2011). Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. Adaptado por Celia Corral Cañas. Madrid, España. Alfaguara. Consultado el 5 de febrero de 2020 en:
https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44974
—¿Existe el éter?
—No. Los científicos, después de tanto, decidieron que no.
—¿Y San Martín Caballero?
—No. La Iglesia decidió que la caballerosidad no es santa.
—¿Y Plutón?
—No.
—¿Y el limbo?
—Ya no.
—¿Por qué han desaparecido cosas que se supone existían?
—Ah, son asuntos de la vida y la muerte, es decir, son creaciones. A alguien ya se le ocurrió que la vida es sueño y a otro que la muerte es una pesadilla.
—¿Y eso es cierto?
—Recuerda a Shakespeare: Palabras, palabras, palabras…
[…]
—¿Tú me quieres?
—No siempre.
—¿No existe el amor eterno?
—El amor y la eternidad son palabras antípodas, ubicadas cada cual en polos extremos.
—¿Quién eres?
—Algo evanescente en este minuto. Antes fui nada. Seré nada.
—¿Y yo?
—Lo mismo. Precaria permanencia, fugacidad.
—¿Cuándo terminará esto?
—Ni siquiera estamos seguros de haber comenzado.
—¿Somos, existimos?
—Piensa en algo más que este instante. No pertenecemos al lejano futuro. Ahora nuestros nombres pueden ser palabras de amor o palabras asesinas, pero dentro de poco sólo serán mudez, silencio.
[…]
—¿Me callo, entonces?
—Sí, por favor. Gracias
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Raúl Ortega**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.
Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
El canto de un ave despertó a Cristina, había conciliado el sueño pasada la media noche y su propósito ese sábado era despertar tarde. No pudo hacerlo. En cuanto escuchó el canto abrió los ojos, como si fuera una especie de alarma matutina, con la diferencia que no se levantó de golpe, como solía hacerlo entre semana para apagar la alarma del reloj. Recordó que era sábado y no tenía ningún compromiso.
Permaneció unos minutos en cama, tratando de cerciorarse que en realidad era el canto de un ave lo que escuchaba, cuando lo confirmó se levantó de la cama para abrir la ventana de su cuarto. Se sentía afortunada de que el edificio donde vivía con su familia tenía algunos árboles alrededor, eran los únicos que había en el condominio y justo frente a su ventana estaba uno de esos árboles.
Descubrió posando en una de sus ramas al pájaro que estaba concentrado en su cantar, era de tamaño pequeño, con el pecho rojo y las plumas negras, una bella combinación. Se quedó unos instantes contemplando el paisaje y escuchando el canto.
Regresó a su cama, reviso qué hora era, las 6:30 de la mañana —aún es de madrugada para ser fin de semana —pensó. Estaba indecisa si seguía durmiendo o ya se levantaba, sintió la ráfaga de aire fresco que se colaba por la ventaba abierta.
Tenía la mente llena de ruido, había estado en situaciones de estrés por cuestiones familiares y laborales y justo por eso quería dormir mucho, para ver si lograba descansar y levantarse con más ánimo. El canto del ave seguía deleitándola, en ese momento le dieron ganas de ser ese pájaro que lejos de enojarla por haberla desmañanado le brindaba el regalo de su melodía.
Decidió que ya no dormiría, se asomó nuevamente a la ventana, no tardaba en darle los buenos días el sol. Se quedaría despierta e intentaría hacer un ejercicio de meditación ayudándose de algún video guía. Una de sus compañeras del trabajo le había comentado que la meditación era una herramienta útil para disminuir el estrés, la respiración era el ingrediente esencial. —Ante una situación de ansiedad, respira, respira —solía decirle Paola. También se le vino a la mente una frase que le compartió en alguna ocasión una de sus amigas, Mente quieta, espalda recta y corazón tranquilo. Eso era lo que necesitaba en ese momento.
Buscó uno de los videos que le habían recomendado para meditar, colocó una manta en el piso, se acomodó sobre ella en una postura cómoda. Escuchó la voz que guiaba la meditación, inhale lento y profundo, exhale… comenzó a sentir cómo su cuerpo se relajaba y a escuchar su propia respiración.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Los hijos del fraile y el filandón (3)La esfera-universo de Atxaga
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
Decíamos en el artículo anterior que el cuento puede dejar en la mente una una imagen que puede visualizarse y que rememora la totalidad del cuento, pero también lo que lo trasciende y que dicha impresión era similar a la que deja la fotografía al capturar un "momento justo". Pero hay más analogías que pueden ayudar al lector interesado en los cuentos a recrear acercamientos intuitivos a la lectura. Veamos el de la esfera-universo:
La esfera-universo en Atxaga
Cuando se habla de la esfericidad de un cuento imagino una de esas esferas con agua que venden actualmente en las tiendas de baratijas traídas de China pero que al parecer tuvieron una gran tradición en los países occidentales. Dentro hay figuritas de plástico que recuerdan algún motivo o escena, generalmente navideña, que vive una tormenta blanca cada que se les agita. Los elementos están ahí, estáticos, y lo que se agrega es la imaginación del espectador y el movimiento que revive una tormenta invernal. Las hay ya con muchas variantes, algunas tienen música, otras luces, pero son entes cerrados, si se les quiere agregar algo habría que abrirlas y eso las pone en el alto riesgo de ser destruidas sin remedio.
Bernardo Atxaga en su cuento “Saldría a pasear todas las noches” reúne lo que a mí me parece una esfera de cristal del tipo de las que intenté describir arriba, pero percibidas desde el punto de vista de dos protagonistas: Katharina y Marie. Dos agitaciones a la esfera. Hay dos historias separadas, que suceden en un mismo universo narrativo donde se unen por una serie de vasos comunicantes, algunos nítidos otros velados: dos mujeres, una niña y una adulta, cada quien en su propia trama tienen razones para no salir de casa por las noches; un tren que atraviesa la ciudad provoca evocaciones de distinta índole a las protagonistas; el recuerdo de un traslado de caballos hacia un puerto que los llevará a América donde, quizá, sean consumidos como carne; la pérdida de algo, una de un amor que no la busca más, otra de un viejo rocín que tampoco volverá. Son los vasos comunicantes que menciono los que hacen que esta historia cumpla con la unidad narrativa y con las otras condiciones que nos sugiere Cortázar, un asalto de box contado dos veces, una fotografía vista desde dos ángulos distintos.
Mi maestro, Héctor Cortés Mandujano, defiende la idea de el "cuento-artefacto". Un artefacto no debe conterner elementos de más porque cualquier agregado estorba. Y esta idea se puede aplicar a casi cualquier elemento de la vida cotidiana. Si a un martillo se le agrega ornamentos o garigoleos estrafalarios, será un martillo adornado, mas el aderezo no necesariamente ayudará que el artefacto cumpla su función primaria: martillar; incluso puede estorbarlo. Como la esfericidad que veíamos en Axtaga: ninguna molécula de ese cuento está fuera de sus límites, lo único que la trasciende es la imaginación del lector que puede agitar una y otra vez la esfera que se excitará dando una impresión mimética de vida pero que no dejará salir ni una gota, ni una molécula, a menos que se rompa y se dañe irremediablemente. Un buen cuento lo es en su simplicidad y, así, soporta el paso del tiempo y a los críticos más extraviados.
Conclusiones
Si lo que interpreté de alguna lecturas, de mi somera experiencia y de mis recuerdos sobre mis “filandones” de velorio es medianamente acertado, concluyo que para que se pueda brindar la intensidad, tensión y significados necesarios a la narración oral, que en más de una ocasión llega a concretarse en grandes cuentos orales, se requiere de una habilidad especial por parte de su narrador quien se manifiesta por una pulsión vocacional, pero también por la práctica que le da el seguir tales impulsos. De igual manera para que el cuento literario escrito logre el estilo necesario y suficiente requiere del talento de su autor, pero también de habilidades que se obtienen con la práctica y la lectura de los otros.
Quizá no haya leyes para la construcción de un cuento, pero sí hay felices coincidencias o esquemas que se repiten en las obras consagradas, cada cual con sus variantes. Esto hace posible enseñar, como lo hacen muchos conocedores del oficio, como Julio Cortázar, y aprender de tales enseñanzas, como intentamos hacerlo nosotros los lectores que queremos indagar en la escritura creativa para acercarnos, un poco cada vez, a los grandes exponentes de los géneros narrativos breves.
Una manida frase atribuida al budismo zen dice que cuando el alumno está listo aparece el maestro. Mientras éste llega, hay tanto por leer, tanto por indagar, tanto por des-aprender.
No sé si esté a la altura de los excelentes maestros con los que me encontrado durante mi vida. Seguro sí estoy de que siempre agradezco enormemente que me hayan compartido mapas de los senderos que, para sus alumnos, listos o no, han trazado.
Bibliografía
Anderson Imbert, Enrique. “Cuentos realistas y no realistas” en Teoría y técnica del cuento, pp. 166-178, 4ª edición. Material proporcionado para fines didácticos, consultado el 24 de septiembre de 2020. Ed. Ariel letras.
Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica.
Cortés Mandujano, Héctor (2009). Apuntes genéricos sobre el cuento.México: UNICACH.
Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). El filandón. [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.
Merino, José María (2015). Cuentos del reino secreto. Barcelona: Alfaguara.
Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.
Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.
“En toda obra se unen un deseo, una idea, la acción y la materia”
Paul Valery
Se deriva un miedo personal del que pocos podrían dudar si se les diera el caso. Es un fuerte sobre la superficie que respira en los años atrasados de la historia. Aquello sucedió, y luego vino otro y sopló sobre la vela de su eco, porque los hechos se muestran, a veces, muy tozudos (alguien apuntó que demandantes); porque los acontecimientos divergentes nacen de la tragedia de querer artear con un pincel y ser dolido. Yo me lo figuro de un color como rojizo, hondo, triste, el que prieta mientras ves, en dos figuras arreciadas, en el centro definido, por un filo plateado que te inunda, arde. Es lo principal. Que qué representa, dice. Un reparto diminuto, perder poquita cosa, adueñar lo tuyo propio, amorear con el destino. Que qué dice, o representa, sigue. No más que una locura. La ilusión en plata, madero de la tierra argenta, el querer a toda costa extender el horizonte. No más que eso.
(Por qué he de morir si la plana veladura de este abrazo seguirá viviendo).
-¿Podrías esculpir tus emociones?
-Ni que lo pienses. Lo único que hago es buscar y no lo encuentro.
-¿La concordia te refieres, un tacítisimo acuerdo?
-Tus ojos. Tus ciegas intuiciones. Busco el alma tuya. El nido de tu nombre. Indago sin cesar, figurativa, alocadamente.
-Pero ya no hay tiempo, ¡cucha! No hubo caso. Todos miran.
-Sí. Quieren la opresión para estar allí, de pie, observando como búhos.
-¿Crees que no servirá de nada? ¿Nuestro encuentro? ¿Nuestra muerte?
-No. Englóbate. Muérete si es lo que deseas. Ellos decidirán, si acaso.
(Mostrar un nivel de intensidad es necesario si lo que dedeas expresar es la narración dolorosa de lo que se relató en aquel cuadro)
¡Ahhhh!
Por tanto, detén tu cavilar, observa, abre bien los brazos, hincha el pecho cuanto puedas, traga esa muerte que te adora, siente. Más allá sólo la cálida ternura de la sangre del rival. Emergió de la obscuridad, piensa en eso. Lo hizo con el lazo suave del silencio. Estuvo escondido lo que dura una vida de recelos. Incordió tras el árbol, sostuvo las quijadas, tomó su tiempo, aire. Después salió la luz sobre el agua en filo, lució el horizonte… Un hombre hierro, un ser de plata, gris, espejoso. Sonó como la lanza cuando se clava. Crujió el ansia, se hizo cuatro brazos en la zona inacabada de ese bosque. Uno hincó sus ojos, el otro reprendió lo que pudo. Los dos se fueron rejuntando en un amor incomprensible.
(No se sabe ¿? cómo terminó la riña. Tal vez ganara uno, tal vez el otro fuera).
Ahora ando, camino por las cuadras. Voy sabiendo en los demás la trágica tesitura acuñada por los años. Miro al niño que no habla, viejo sabio que se intuye, hombre adusto sobre la acera, mujer con la ira refrenada. En los ojos cristalinos nace el aura de un deseo. Yo camino, insisto, largo, voy sencillo, lento, sólo quiero eclectitud, medio giro en gesto. Hacer lo que se pueda, entrar y ver, sentir.
Un rojo intenso firma el trazo del olvido. Algunos piensan en el pasado, en lo que fue; otros, distraídos, quizás fabulen o traduzcan el sentido gesto del pintor. Por aquí el grito sordo del encuentro. Aparece la nostalgia, el color rosado que se riza.
Han salido. Nace la memoria, la quejura india que se nubla. Más allá, entre nieblas vespertinas, surge el alma, quema, duele.
Deseo, Idea, Acción, Materia1.
El abrazo (1980). Jorge González Camarena (Jalisco, 1908-Ciudad de México, 1980)
Reflexión del nacimiento de la cultura mexicana, la búsqueda de reconciliación y el respeto a la riqueza indígena.
Un guerrero águila entierra su lanza en un soldado español y éste, al mismo tiempo, clava su espada en el cuerpo del indígena.
Una crítica a las divergentes propuestas ante las revisiones historicistas de tener un grupo llamado los hispanistas que menosprecian los logros alcanzados por las civilizaciones mesoamericanas y que establecen que la occidentalización de América representó no sólo modernidad sino la civilidad. Esas son formas que no están valorando la riqueza y la grandilocuencia de nuestras culturas ancestrales.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Evocadas páginas de otro libro/VILos días de Scherezada
Héctor Cortés Mandujano
Me saca de quicio con sus historias de topos,
de hormigas, del encantador Merlín, de dragones
peces sin aletas, grifos de roídas alas, cuervos en muda,
leones yacentes, gatos rampantes y otras mil extravagancias.
La noche pasada me tuvo nueve horas por lo menos
enumerando los nombres de los principales demonios y sus adláteres
William Shakespeare, en Enrique IV, primera parte
El rey Schahriar estaba harto de ordenar el asesinato de mujeres. Su primera esposa lo había engañado, él lo había descubierto palpablemente, y desde entonces se casaba, poseía a la mujer en turno en la noche de bodas y luego la madrugada marcaba la ejecución de la muchacha desflorada. ¡Qué saqueo del jardín de la belleza! No era óbice que, ni para el sexo ni para la muerte, a ellas no les tomaran consentimiento.
Era difícil, a veces, deshacerse de la joven de boca dulce; de aquella cuyas caderas parecían una invención prodigiosa; de la otra de pechos opimos; de ésta, la de ahora mismo bajo su cuerpo, de movimientos fantásticos. ¿Quedarse con ella? ¿Y si también lo engañaba? La esposa infiel había fingido amarlo sin dobleces. Maldita sea.
—Que la maten.
Durante un tiempo el rey sintió un especial placer mórbido al saber que este cuerpo fresco, este suave perfume, esta vagina recién estrenada, sería, horas más tarde, no más que un cadáver. Sentía su poder al máximo. Una doncella sacrificada a su sexo, como si ello fuera la máxima distinción, la última puerta. Vienen a mí y luego no les queda más que morir.
El hombre es animal de hábitos: quiere comer a ciertas horas, conversar con amistades, con afinidades electivas, disfrutar del goce erótico en distintas camas, beber líquidos embriagantes, consumir drogas que lo saquen de la cotidianidad, pero quiere, al final, después de todas las actividades crápulas a las que le lleve el desenfreno, llegar al seno amoroso de una mujer que lo quiera y lo conozca más que nadie. Recargar allí su cabeza y en esa almohada soñar que la vida es algo más que un cuerpo que suda, come, traga, hace el amor. El hombre quiere repartir su tiempo en el putero más sucio, de noche, y en el hogar purísimo, de día. Necesita errar por la noche de vicios, pero quiere a la esposa fiel en casa, a la mujer como vestal irrenunciable.
A eso aspiraba el rey. Por eso, cuando Scherezada se ofreció como su esposa, a sabiendas del fin boreal, el hombre poderoso se relamió los bigotes y sintió el principio de una erección. Una víctima propicia, una mujer que sabía que por retozar un rato a su lado pagaría con la noche eterna. Las mujeres previas lloraban, en ocasiones, mientras él las poseía; o hacían notoria la desesperación por consentirle sus caprichos, por rebajar su dignidad, por lamerlo completamente para salvar la vida. Siempre él las elegía y hasta ahora se encontraba con una voluntaria.
—Tal vez sea muy fea, pensó.
Scherezada tenía unos ojos que parecían cerca de la lágrima, cerca del placer; una boca de labios delgados y unos dientes maravillosos. Su risa era deslumbrante, su voz llena de inflexiones. 20 años. Carne suave y ágil, buena grupa.
Se celebraron las fiestas recurrentes y el rey la llevó hasta su lecho. Ella le dio un beso apasionado, que lo puso a punto:
—Bien mío, le dijo entonces, te pido posponer este encuentro que he soñado tantas veces, porque mi hermana menor no puede dormir si yo no le cuento una de las historias que bullen en mi mente.
El deseo pospuesto se escancia mejor, lo sabía, y accedió a la petición. Entró la adolescente y su ya ahora esposa comenzó con una historia que lo dejó subyugado. Cuántas sugerencias en la voz, qué suavidad de ademanes, cuántos caminos de la historia. No se dio cuenta de la hora, del desvelo. Llegó la madrugada. ¿Cómo matar a esta mujer que era una hipnótica maga de la palabra, y que, además, todavía no poseía? Le otorgó licencia de vida por un día más.
Lo mismo sucedió con la noche siguiente y la siguiente. A la séptima, luego que se hubo ido la hermanita, el rey, aunque cansado, desnudó a Scherezada y ésta bailó a horcajadas sobre su vientre; mientras la poseía le contó una historia sobre cómo el pene real, transformado en pájaro de encantos, entraba en una cueva donde le esperaban muchos misterios, infinitas aventuras. El rey oía arrobado el relato, mientras empujaba y jadeaba; no quería explotar para no interrumpir lo que la mujer decía en su flexible voz. No pudo más. Se sintió morir. La mujer, al oído, le dijo sibilina:
—Te esperan mil y una noches mejores que ésta.
El rey dormía de día. En la noche escuchaba el cuento dicho a la hermana menor, una adolescente menuda y silenciosa, y por las madrugadas gozaba con las historias que esta bruja del lenguaje le contaba sobre sus propios ejercicios eróticos, a los que ya se sabía esclavizado.
La gente en su demarcación vivía una vida donde no se notaba la presencia de la autoridad, salvo en los casos de delito flagrante. El vértigo imaginativo de Scherezada y su sapiencia en materia de cama tenían al rey en una cápsula de tiempo y espacio donde nada más importaba la historia nocturna y el sexo de madrugada.
Hubo que ocuparse de asuntos oficiales y oyó únicamente la historia nocturna. Renunció al sexo, por un par de días, con la dificultad con la que un alcohólico rechaza la botella que le ofrecen. Comió con su mujer y durante la comida ella le contó la historia del platillo delicioso, de las frutas exóticas y del vino que degustaron al final.
En el día siguiente le fabuló sobre el ropaje que vestían y la silla alta desde donde el rey daba órdenes irrevocables. El hombre había tornado casi a la mudez, pues uno de sus vicios era escuchar a esa mujer que parecía ser dueña de las palabras exactas, de la fantasía intensa, del origen inventado de todas las cosas.
Cuando de nuevo retornaron al sexo, en una madrugada, el rey sintió tal explosión de placer que para pagarlo decidió testar en favor de Scherezada sus bienes materiales, el oro inconmensurable del que era propietario. Pensó varias veces, incluso, que podía morir al tocar el paraíso del orgasmo y que ese era el mejor reinado que hombre alguno pudiera tener.
En ocasiones, cuando se retiraba a descansar a su rico aposento de almohadones de plumas, perfumes delicados y velos sutiles, Scherezada le cantaba canciones venidas de algún confín desconocido, con una garganta que parecía tener anidadas voces de pájaros prodigiosos. Su mujer le rodeaba, le circundaba en vigilia y sueños, en día y noche.
Pasaron los años. El rey ya no era tan joven y su cuerpo resentía con mayores achaques las desveladas. Se le demandaba más sobre asuntos de estado, algunas rebeliones esporádicas, cuestiones de hacienda. En Scherezada también empezaban a notarse los daños del tiempo. Su voz ya no alcanzaba todos los registros y a veces desafinaba; los cuentos no siempre lograban el suspenso perfecto, el final redondo. El rey ya no estaba tan dispuesto para el sexo y ella, en algunos momentos, parecía perder la compostura. Y llegaba a los gritos, al llanto y a las reclamaciones.
No fue fácil para el rey llegar a la decisión. Quería paz, quería volver a dormir a pierna suelta, se sentía fatigado, enfadado de tanta cháchara verbal, de tantas demandas sexuales. Quería regresar al tiempo en donde un vaso era sólo un vaso y no una historia interminable.
Cuando el verdugo levantó la cimitarra, a Scherezada se le ocurrió un magnífico cuento sobre las armas. Y se le quedó atrapado en el cofre del cráneo; en la cabeza, recogida en un cesto de holanes rosas, de donde había brotado un innumerable río de historias locas. Se le enterró con todas las pompas oficiales.
[En el original de Las mil y una noches, al final, el rey Schahriar y Scherezada siguen casados y han tenido tres hijos. El hermano del rey se casa con la hermana de Scherezada. Todo queda en familia.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Rita aceptó la invitación de sus amistades Carlos y Sarita para visitar a los abuelitos de ellos que vivían fuera de la ciudad, en un ejido. Pasarían ahí el fin de semana. Salieron a la primera luz del día, justo al alba, el clima era muy agradable y el paisaje sumamente bello.
El camino no estuvo mal, la carretera estaba en buenas condiciones, probablemente porque aún no era temporada de lluvias. Antes de llegar a la casa de doña Esther y don Toño pasaron por un tramo de terracería como de dos kilómetros aproximadamente. Era el indicio de que estaban cerca de su destino.
Fueron recibidos con mucha alegría, Sarita y Carlos presentaron a Rita con sus abuelitos, quienes le dieron la bienvenida.
—Mucho gusto hija, estás en tu casa, humilde pero llena de amor —dijo doña Esther.
—Las amistades de nuestros nietos son también nuestras, siéntete en familia —comentó don Toño.
—Gusto en conocerles, Sarita y Carlos me han platicado mucho sobre ustedes y este bello lugar, muchas gracias por el recibimiento. Les traje pan para compartir —mencionó Rita.
Acomodaron sus cosas en el cuarto donde dormirían y luego se fueron a dar una caminata para conocer el huerto y el terreno aledaño, para que después ayudaran a preparar el desayuno. El huerto tenía muchos árboles frutales y el piso estaba cubierto de hojarasca, eso le daba un efecto especial de sonido al caminar, además de cumplir con una función ambiental importante para la tierra.
El cielo estaba bellamente decorado con nubes blancas y el azul celeste de fondo le daba un lindo toque al paisaje, las ráfagas de aire hacían que la intensidad del sol fuera más llevadera. El arbolado que había favorecía no solo el clima, la sensación de calor era menor, sino que también albergaba a muchos invitados.
Rita comenzó a caminar rumbo a los árboles de mango y toronja, un concierto de aves estaba justo en ese momento. Alzaba la vista intentando identificar a cada intérprete, eran de distintos tamaños y colores y sus cantos iban alternándose, como en sincronía.
Siguió caminando rumbo a la casa, escuchó la voz de doña Esther y se dirigió a donde estaba. Descubrió que platicaba con sus gallinas y guajolotes mientras les daba de comer. La abuelita no se percató de la presencia de Rita, quien guardó silencio al tanto que observaba con alegría el gran jolgorio que tenían las aves mientras les repartían la comida. Además del paisaje sonoro, se apreciaban las gallinas de diversos colores, blancas, coloradas, negras y las de nuca pelona, los guajolotes permanecían juntos. Jamás había presenciado un momento así, era una especie de fiesta en el gallinero.
El rostro de Rita dibujó una sonrisa, se sentía agradecida de estar en ese lugar y con la familia de sus amistades, esa mañana había presenciado el jolgorio de aves de corral que quedaría grabado en su mente y corazón. Sin duda había regalos, como ése, que eran gratuitos y hermosos, solo había que poner atención en lo cotidiano.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.