El bosque y el animal amableHéctor Cortés Mandujano
1
La loba dejó su manada cuando llegó el tiempo de su primer celo. Fundó una nueva familia con un lobo que ella eligió dentro de los varios que la pretendieron. Se hicieron padres muy pronto, pero hubo mala fortuna con los cachorros y, salvo una, murieron todos.
La mamá cuidaba mucho a su lobezna hasta que el padre le hizo entender, con buenas razones, que tenía que dejarla enfrentar sus propios retos de animal salvaje.
Ella, entonces, comenzó a hacerle pequeños encargos que la nena tenía que realizar sola, mientras la vigilaba sin que la pequeña se diera cuenta, hasta que un día decidió probar si sus enseñanzas ya habían cuajado en la conciencia de la lobita.
Le dijo que los tres irían a visitar a la abuela loba (lo hacían con frecuencia) y que ella iría al frente. Los padres lobos le seguirían en el largo camino que, sabían, evitaba el bosque donde regularmente había humanos, esas bestias con las que no se podía razonar de ninguna forma.
La lobita no mostró ninguna vacilación en tomar las distintas bifurcaciones, y madre y padre respiraron con tranquilidad cuando vieron la cueva donde vivía la manada de donde la ahora orgullosa mamá se había escindido, elidido.
2
Mamá loba dijo a su hija que esta vez iría sola a visitar a su abuela, pero que por ningún motivo pasara por el bosque, porque allí podría encontrarse con el hombre y era éste, como ya se lo había dicho tantas veces, una bestia muy peligrosa.
Lobita prometió a su mamá que tomaría el largo camino; sin embargo, cuando vio el atajo hacia el bosque entró en él sin ninguna duda, sin ningún miedo. Caminó por un sendero, a la vera de un arroyo, y se entretuvo unos momentos en intentar atrapar a unos peces que saltaban en la corriente.
Iba distraída y se encontró, de pronto, frente a un animal bípedo que le decía algo que no alcanzaba a entender. No intentó correr porque sabía que la podía alcanzar con facilidad, pues estaban una junto al otro. Se mantuvo expectante.
¿Era este un hombre? Parecía pequeño y amable, y hacía ruidos extraños para ella, pero tranquilizantes, amorosos. Se le acercó y puso la mano sobre su cabeza. Así estuvo por minutos; luego se hincó para estar más cómodo, y la acarició de cabeza a cola, mientras seguía haciendo amables ruidos con la boca.
A la lobita le gustó la sesión de caricias, le encantaron los ojos que ese animal puso frente a los suyos, sus dientes blancos y los ruidos que hacía con su pequeño hocico; por eso, cuando aquel comenzó a caminar, le siguió.
3
El hombre vio que su hijo, un niño de ocho años, venía por el camino y detrás suyo un lobo pequeño, la ingenua lobita.
Fue con rapidez por su rifle, apuntó e hizo un disparo perfecto.
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La Patricia es una gatita gorda, cariñosa, comilona. Es de Nadia, mi hija. Ella le tomó esta foto de mañanita. Pareciera que la Paty se ríe, pero es así: está bostezando. Qué flojera dejar el lecho.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Foto: Nadia Carolina Cortés Vázquez
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Fue un 29 de diciembre que me dije: Me aplasta la derrota de saberme un paria, de no poder tener asiento aunque lo quiera, de traicionarme por sistema y tropezar siempre en las mismas piedras, de esa parcela de mi soledad con la que no pacto, de mi rebeldía que no me lleva a ningún sitio, de estas palabras que no me sirven ni como parapeto porque son yo mismo, de tu ausencia, que por mi ser y estar en el mundo bien me explico..., y apostillé: Hay nublaos que encallan y no tienen cura... Aquello me duró todo el día, lo recuerdo bien, y la verdad es que me encontraba también bien. Por la noche tuve un encuentro inesperado, tras el que escribí: "Por fin encontré el motivo que me faltaba para poder hacer el retablo de mi vida. Errante he andado por los siglos hasta ver esta luz que es la Luz y el altar en que a ti y en tu espera me consagro... Sé que vendrás, y cuando llegues todo estará tibio y preparado. Desde ya me pongo la estola pues seré tu sacerdote. Y me desharé en liturgias que brinden culto a tu mente, tu alma y tu cuerpo, que somos ambos”.
El 5 de enero, me puse de nuevo: "Sacerdote como soy de tu luz que es la Luz, ferviente de los milagros que solo en ti se hallan, en tu espera seguiré creciendo erguido y fuerte, dispuesto a cumplir todas tus liturgias, a convertirme contigo en el sacramento definitivo de nuestro encuentro, en mi pequeñez cada día más demostrada ante la grandeza de lo que somos, de lo que seremos, y alzo mi fuego por nosotros en la oración de amor que construimos”. Y el 8: "Me llega como la luz el rayo con que te anuncias, y todo se me vuelve trueno de repente, temblores me desatan y me atan a la llama. Es tu blusa la frontera que levantas con tus ojos y el sudor se mira en el espejo arando mis carbones. La playa se extravía con gozo y me marea saber que tu sabor es oceánico, que para siempre la tormenta ha de saber salada... Esto rima con tu nombre y esto eres tú, mi gavilana”. Ya estaba yo febril, y, cuatro hojas de almanaque más tarde, volví a anotar en mi cuaderno: "Verde. Como las esmeraldas que salen de tu boca, como el trigo que en ti germina, como el bajo Guadalquivir o las selvas que te circundan, como esas playas de oro y algas que soñamos, como los aguijones de miel que hay en tus ojos, como el color de tus abrazos, como tu corazón transparente, geografía de mi ser, ser de mi extrañamiento. Y verde porque me da la gana, que eso rima con tu nombre". Aquello no parecía tener fin, y a las 48 horas, ya el 14, desde otro enfoque, volví a la carga: "Manuel Pérez-Petit es, por lo visto, un hombre de grandes sentimientos... Y eso le convierte en potencia en alguien muy peligroso para sí mismo. Pero pase lo que pase, sigue creyendo en el agua y en la luz y en los milagros y en que las selvas son fértiles, y sigue firme, incorruptible, y nunca decaerá en su voluntad de crecer y seguir creciendo". No recuerdo bien la razón por la que me expresé en esos términos, sin embargo, a las cuatro horas, movido por un impulso involuntario, volví a tomar mi bolígrafo: "Me purifico, me limpio de presencias y de cosas que lejos de aportarme me empobrecen, me abro a la luz y a la Luz que de ti llega, me dispongo a recibirte, preparo las liturgias que a ti te corresponden, sigo prendiendo lámparas, continúo mi tarea de sacerdote que se pone en tus manos, me consagro y te miro, genuflexo y con el respeto que es a ti debido, y, porque además rima con tu nombre, la vida se engalana”. Todo siguió creciendo, no obstante, y el 17 de enero publiqué en Facebook: "Camino firme hacia nosotros, nuestra realidad, me juego los talentos recibidos a la carta que lleva por nombre nuestro nombre, me vuelvo ciego para siempre y así verte más que nunca y poder prender la vela que no existe y, por ello, la más viva que pueda existir... Y el yo tuyo y mío es un yo nuevo; un yo plural que alza catedrales... Y el mundo –y rima con tu nombre– es la más grande ventana”.
Ya en ese punto, empezó a imponerse en mí la necesidad de ser discreto, pese a lo cual, el 18 publiqué: "De 8, cubo de 2, al cuarto primo –cuadrado de 2, por cierto, 4, a su vez mitad de 8–, que es 7, media el abismo de un palo en romanos, de oxígeno –8– a colores del arco iris –7–, de bola negra –8– a letra hebrea que representa los valores espirituales –7–, de justicia –8– a luz –7–... De 8 a 7 vamos al ciclo en que Dios creó el mundo –y rima con tu nombre– porque le dio la divina gana... Y cuando Dios descanse, llegaremos”. Y, como es lógico, tuve que explicarlo: "Por partes, el 8 se escribe en romanos VIII, y el 7, VII. Además, el 8 es el número atómico del oxígeno, el número que lleva la bola negra de billar y el octavo arcano del tarot (La justicia). 7 son los colores del arco iris. La séptima letra del alfabeto hebreo, llamada zain; representa los valores espirituales. 7 es el signo cabalístico de la luz y representación del ojo humano capaz de captarla; es el sefira neshá, el Triunfo o Carro del Sol triunfante representado por el séptimo arcano del tarot, según he leído. Dios creó el mundo en 7 días, pero el séptimo descanso, que aunque trabajó seis el siete también contó, siendo esto último lo más caprichoso de todo lo expuesto aquí. Y lo más envidiable. El del descanso es el más importante de todos los días. Por ello, hallaré la luz ahí y no en cualquier otro sitio ni momento. De todos modos, y perdóneseme una leve ironía más, que Dios descanse un poco no nos viene nada mal... Así también descansamos nosotros…” Y aún añadí: "El palo de más que tiene el 7 respecto al 8 escrito en romanos se me asemeja a un abismo..." y "El 8 es subdivisible mientras el 7 no. Hago una correlación de complementarios y antagónicos de igual forma, sin dejar a un lado lo paradójico, repitiendo incluso algún dato: A ver, de 8 a 7. Del oxígeno al arco iris, de la bola negra a lo que representa los valores espirituales, del arcano de la justicia al de la luz… Si siguiéramos una enumeración convencional, esto es de 7 a 8, los resultados no serían lo mismo: pasaríamos de un número primo a uno subdivisible, del arco iris al oxígeno, de los valores espirituales a la bola negra y de la luz a la justicia. Por tanto, no es lo mismo pasar de 8 a 7 que de 7 a 8”.
Lo escrito el 19 de enero no favorecìa, he de reconocerlo, ese deseo de discrecciòn: "Al principio, Dios creó el cielo y la tierra, y creó la luz y la separó de las tinieblas... Dios ya te conocía, como queda demostrado –si no, ¿cómo iba a concebir el cielo y la luz?–. Al principio, pues, ya sabía de nosotros... Desde entonces hubo tarde y mañana, y rima con tu nombre, y es casi la hora de nacer, dando gracias al Cielo –esto es, a ti–, para la hora en que estamos para siempre llamados a encontrarnos". Y el 20 de enero lo rematé: "Yo soy más yo en ti que en mí mismo”. En realidad, yo ya estaba vencido. Las jornadas posteriores fueron de tensión y de silencio... Hasta que estallé en canciones el 25 de enero, y eso desató una tormenta. En la madrugada del 26, sentencié: "Escribir es lo que queda", y pocas horas después publiqué mi poema "Madrid, última nevada", lleno de incertidumbre, no en vano estaba a unas horas de tomar el vuelo. En Madrid nevaba y sentí cómo la nieve bendecía mi partida.
¿Qué fue lo que pasó en las siguientes 48 horas para que luego, ya el 28, yo escribiera: "El pecado es enamorarse. Lo que nos queda es vivir”? No se sabe… El 30 me dejé discurrir: " ...Once upon a time in America: Fourth day... together forever... Manuel is now in San Josè, Costa Rica... I will write later about my odyssey...", haciendo público en dónde estaba, y, transcurridas diez horas, asustado, dije: "¿Por qué quiere vendarme los ojos, coserme la boca, hurtarme la vida?", intentando calmarme, supongo, de algo semejante a una inundación. Un día más tarde, ya domingo, apostillé: "Aún no sé cuál es la deriva del despojo..."
Y ya el lunes 1 de febrero: "Sigo creyendo en la luz y en los milagros, pese a ser el tonto más grande que pueda imaginarse”.
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Nota del autorEl 3 de febrero de hace once años escribí el presente texto que, de algún modo, no solo estaba influido por mi deriva de los meses anteriores sino que en su trasunto, en un plano interno, reflejaba lo que había sido y era de mí: una habitación alquilada en Madrid, un hostal en Sevilla por tres meses, el conocimiento de alguien entre tanto, y mi partida, un 26 de enero, bajo una preciosa nevada, de la capital de España camino de Bogotá, con destino final en San José, Costa Rica; una partida, dicho sea de paso de complejo regreso. En el tiempo en que hice esta especie de sucinto memorando, yo vivía en Costa Rica y estaba en la duda de si quedarme, viajar a México o a Argentina, o regresar a España… Yo estaba en esos días cruciales vagando en tanto escribía –reconozco que como poseso– por las calles de la más hermosa que bella pero entrañable y amada para mí San José. He de reconocer que el presente texto es pura carpintería. Y, por ejemplo, sin el efecto ordenador de sus líneas no hubiera podido cerrar mi serie Poemas urgentes.
Cuando la semana pasada atrás releí estas hojas que hoy comparto, me di cuenta de que hay cosas que nunca cambian.
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
‘Distopía’ y ‘utopía’ son antónimos. El axioma, de entrada, no tiene discusión posible, pero aún así a mí me asaltan dudas, sobre todo a la luz que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE) arroja sobre ambas, estableciendo dos acepciones para la segunda de estas dos palabras: primera: “Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización” y segunda: “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”, y una sola para la primera: ”Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. El DRAE es el instrumento mediante el cual estamos de acuerdo en el uso de la lengua, la convención que nos ordena y orienta en nuestra comunicación, fruto del esfuerzo compilatorio, integrador y ordenador de la institución –hoy ya institución de instituciones– cuyo encargo es limpiar, fijar y dar esplendor al idioma... Y por esta razón, el topar con muro que supone poner en comparación la definición de ambas voces –’distopía’ y ‘utopía’– es seco y causa desconcierto.
El DRAE establece que, en ambos casos, se trata de un sistema de sociedad “futura”, aunque marca ‘utopía’ como “deseable” –en su primera acepción–, y “favorecedora del ser humano” –en su segunda–, y ‘distopía’ como negativa y causa de la “alienación” humana. Dice de ‘utopía’ que es una “representación imaginativa” –en la segunda– y “de muy difícil realización” –en la primera–, y de ‘distopía’ que es una “representación ficticia”, y señala que de “características negativas”, aunque no hace referencia alguna acerca de su probabilidad de existencia. Por otra parte y a fin de una mejor comprensión, según el propio DRAE, ‘imaginativo’ tiene cuatro acepciones, la cuarta de las cuales es “Facultad interior que recoge las impresiones de los sentidos exteriores”, y ‘ficticio’ tiene dos, siendo la primera “Fingido, imaginario o falso. Entusiasmo ficticio”, y esto nos da una clave: según el más alto instrumento de nuestro idioma, ‘utopía’, al ser fruto de “impresiones de los sentidos”, tendría una posibilidad de existencia, y ‘distopía’, al ser “falsa”, sería de naturaleza imposible.
Varias obras tanto de la literatura y la filosofía como cinematográficas conforman lo que podríamos definir el canon de las distopías, la mayor parte de ellas tecnológicas y basadas en políticas de control de la sociedad y hasta del pensamiento. Uno de los pilares canónicos del “género” distópico es Un mundo feliz, novela publicada en 1932, en que Aldous Huxley describe una realidad sin valores humanos, en el que la procreación tiene lugar en una especie de cadena de montaje y cada individuo es sometido a un control total y condicionado desde su genética hasta su utilidad social, llamado cada cual a ser miembro de una de las cinco castas en que se divide la población de las élites a los trabajadores elementales y antes, durante y después del proceso es sometido a revisión continua y vigilancia, hasta en los aspectos emocionales. No está muy lejos –me parece– de los regímenes totalitarios de cualquier color que han sido y son un denominador común en la historia del mundo desde siempre: monarquías absolutas, regímenes comunistas, tiránicos o dictatoriales, estados integristas de cualquier color… Pero aún hay más, en Un mundo feliz deprimirse está proscrito, y la solución es el soma, la droga que está en todas partes y que todo el mundo debe tomar para estar en equilibrio y tener una funcionalidad adecuada, lo que a mí me recuerda, de manera particular, al pan y circo de toda la vida: un placebo para amansar a la gente. Y, por si fuera poco, todo ocurre después de una gran guerra y el establecimiento de un estado único mundial, el cual recuerda un tanto a la hegemonía que sobre el resto del mundo –al menos, el conocido en su momento– han tenido sucesivamente algunas naciones desde tiempos inmemoriales, bien por la vía del dominio militar o cultural o económico o de todas ellas a la vez, considerando incluso lo no dominado como bárbaro. Lo de la gran guerra es capítulo aparte, porque no ha habido guerra que no haya establecido un desarrollo tecnológico y un cambio en el estatuto de las naciones. Hay un capítulo en esta serie dedicado a ello, que saldrá en pocas semanas y pone en relación las grandes guerras del siglo XX con el desarrollo integral del concepto de ‘distopía’.
La historia de Huxley transcurre en el año 632 d. F. (2540 de la era cristiana), pues se cuentan los años desde 1908, fecha en que Henry Ford –de aquí la “F.”– puso en marcha la primera cadena de montaje de su famosa fábrica de automóviles, creando el Ford T. A mí la verdad que esto me suena a que hace muchos años, al menos en algunas partes del planeta, esta realidad saltó de la ficción al plano terrenal. Podría discutirse –aunque no creo que mucho–, pero el mundo ante pandémico era, en parte, eso. Y digo “era”, porque lo que ha hecho posible la p. pandemia es la cristalización exacta –o casi– de la fantasía de Huxley en nuestras vidas, ¿o no es con casi precisión relojera –y quizá hasta suiza– la sublimación del sistema capitalista imperante hace decenios en Occidente o la colectivización a ultranza de las sociedades de inspiración y dirigencia comunista o, en ambos casos, la relación Norte-Sur de las naciones, o, por no abundar en exceso, unos de los pilares de la Era distópica: el teletrabajo, en que dando la sensación de libertad –¿soma quizá?– se controla incluso más y hasta mejor –y si no, al tiempo– a cada persona que nunca antes?
Más distopía es imposible que en esta obra, en la que en favor de la construcción de una “sociedad de características favorecedoras del bien humano” –utopía–, esto es, perfecta, han desaparecido, entre otras muchas cosas, la diversidad cultural, el arte y hasta el amor… E incluso hay solución para los que no se someten o no encajan del todo: Se les recluye en islas, para reformarlos, sin más, y adaptarlos al sistema. Pero en Un mundo feliz las guerras y la pobreza han sido erradicadas y todos viven en un indudable estado de felicidad. ¿Qué más puede quererse, incluso sin mirar el precio, si lo que tenemos como alternativa da, por ejemplo, en lo que ocurrió la semana pasada nada menos que en Estados Unidos, hechos con los que se nos han caído de golpe los palos del sombrajo y las últimas –o penúltimas, dicho sea por los optimistas– gotas de fe en lo que llamamos democracia? Si no fueran hechos ciertos y solo los conociéramos de oídas, diríamos que es “imaginativo” –utopía–, concediendo el beneficio de la duda a la noticia, y la verdad es que, por su naturaleza fáctica y tangible, no puede ser “ficción” –distopía–. Acontecimientos como los que han tenido y, con probabilidad, tendrán lugar en la nación estadounidense no son más que distopías hechas realidad, y siendo una consecuencia de lo distópico “la alienación humana”, aquello de lo que acabamos de ser espectadores solo puede ser un síntoma de la degradación que justifica cualquier idea utópico-distópica –al fin y al cabo lo mismo– que pueda pasársenos por la cabeza. Al coste que sea.
No quisiera ahorita ponerme platónico, pero, ¿acaso alguien puede indicar qué régimen de libertades es real, aunque sea razonablemente, o en qué situación somos de verdad libres en nuestra sociedad, o qué tipo de libertad reivindicamos cuando reivindicamos nuestro derecho a la libertad? En nuestra tesitura, y no es por justificar nada, hay situaciones en las que se entiende, al menos, el desconcierto, generadas por supuestas “ficciones” capaces de entrar por la puerta trasera de nuestras vidas y hacerse realidad que son indeseables y nos hacen dudar, pues estamos sometidos –querámoslo o no– a “las impresiones de los sentidos exteriores”, por lo que de algún modo estamos residiendo ya en un mundo que es más “representación” que mundo. Y así nos va, que Dios nos pille “confesaos”.
(... Continuará…)
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Georgina anheló que el día fuera soleado, el universo se lo concedió. Al mediodía se encaminó con su mamá llevando una ofrenda de flores amarillas, la morada que visitarían se ubicaba en un espacio lleno de vegetación, donde los susurros del viento solían escucharse suavemente al mecer las hojas de los árboles y también se apreciaba el trinar de distintas aves.
Mientras caminaban a su destino iban en silencio, solamente se escuchaba el crash, crash de sus pasos acariciando la hojarasca. La memoria de Georgina iba repasando los recuerdos con el Dragón, el último de los integrantes de una familia de perros labradores que se había sumado a los perros que tenían en casa. No tenía muy presente cómo había sido de pequeño, de adulto aún era juguetón; por alguna razón que ella nunca comprendió, no logró integrarse del todo con los demás perros que ya tenían en su familia.
Georgina siempre lo percibió como un espíritu libre, además de ser muy noble y buen acompañante. A ella le gustaba contemplar cómo recorría el campo, aún cuando fuera temporada de lluvias. Le gustaba saludarlo intercambiando miradas, los ojos color café claro que denotaban la nobleza del animal contrastaban con su pelaje color negro, en tono brillante. Siempre solía extenderle la mano derecha cuando ella acariciaba su cabeza.
Desde hace unos meses el Dragón había comenzado mal de salud, sus ojos se habían cubierto del velo que trae consigo el paso de los años. Pese a eso y que su corazón había presentado algunos fallos, su ánimo persistía. En algún momento de los que surgen del corazón, Georgina le había agradecido el tiempo compartido con la familia, adelantándose a esos momentos que no se desea que lleguen.
En el último paseo nocturno sus miradas se conectaron, esos ojos cafés con tono de melancolía era uno de los recuerdos con los que Georgina se quedaba en el corazón y en la memoria. El día menos pensado el corazón del Dragón dejó de latir y pasó al descanso.
–Es aquí–,dijo la mamá de Georgina, haciéndola volver al presente.
Georgina asintió con la cabeza y procedieron a depositar la ofrenda de flores. El tono de los pétalos era un amarillo alegre, como alegres eran los recuerdos que quedaban en los corazones de las experiencias compartidas con el Dragón. Para ellas, como seguramente otras personas, los perros no solamente eran mascotas sino integrantes que se sumaban a la familia y también merecían ser honrados y recordados. Ambas guardaron silencio, mientras Georgina observaba una presencia que les acompañaba, una bella mariposa negra con bordes rojos se posaba en las hojas de uno de los árboles que hacían sombra a la tumba.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Apuntes de oído, 1Jaime López: Por mi raza hablará el PiporroHéctor Cortés Mandujano
Jaime López (Matamoros, Tamaulipas, 1954) fue parte fugaz del Movimiento rupestre –cantautores con acompañamiento de guitarra, teclado o armónica–, cuyo primer concierto se dio en 1984. Jaime, para ese entonces, ya había grabado el LP Roberto (González) y Jaime (López), sesiones con Emilia (Almazán), en 1980.
Juan Jaime López Camacho, cuando todavía usaba su nombre completo, llegó a los 16 a la Ciudad de México y desertó muy pronto de la carrera de Filosofía y Letras de la UNAM, pero no de la composición, que ya lo tenía entre sus redes.
En su segundo LP (Long Play, acetato con diez o más canciones), La primera calle de la Soledad (1985), fue coordinador general de producción Álvaro Dávila, marido de Paty Chapoy, quien era la mano derecha de Raúl Velasco, el todo poderoso mandamás de Siempre en Domingo. Tal vez por eso, Jaime López pudo cantar en varias emisiones de ese programa “Ella empacó su bisteck”, su primer sencillo, que se volvió popular con la oración completa de su inicio (“Ella empacó su bisteck, con todo y refrigerador”); también cantó mucho “El mequetrefe” y otras que no eran fáciles de volverse de consumo tan masivo. Dice, por ejemplo, en “BXH/2”, de ese disco: “Si esta sombra no trepara como gato, lo dejaba todo por sentir de cerca tus zarpazos”.
Sin duda, también por su colaboración directa/indirecta con Dávila y Chapoy lo invitaron a participar en el Festival OTI, donde presentó “Blue Demon Blues”, que sacó el honroso último lugar de esa sesión (“ese cero no me dieron, me lo gané”, declaró en una entrevista). López grabó después un disco, ¡¿Qué onda ese?! (1987), de cumbias, de música tropical, que supongo desorientó a sus eventuales escuchas. ¿De qué va este bato? Parecía serio. Pero ya había sembrado varias ideas, varias rolas (“Bonzo”, “Corazón de cacto”, “1940”, “La primera calle de la soledad”…) en el público que no estaba hipnotizado por la música comercial. También ya había conseguido intérpretes que lo cantaban y lo cantan en muchos discos: Cecilia Toussaint, Margie Bermejo, Eugenia León, Betsy Pecanins…
En sus canciones es usual que haga ingeniosos juegos de palabras, desde sus títulos. Cito algunos: “Adiós a los dioses”, “Aremos otra tierra”, “Bluz María”, “Delirium semen”, “Dice Eurídice”, “Lacayo de la calle”, “Masa en sí fálica”, “Soneto medio ocre”; las letras de sus canciones están llenos de ellos: “Se puede uno morir parchando mujeres inflables” (“Corazón de silicón”); “Me hizo crack el corazón, ¿quién crees que soy? ¿El hombre de Wall Street?” (“El hombre de Wall Street”); “Sífilis mental te diagnostican; ¿ah, te cae?: las malas compañías” (“La almohada eléctrica”); “Luzbel le lame los labios” (“Alma de tabique”).
En los títulos de sus discos, ha grabado muchos, también usa ese ingenio que parece tan natural (Mujer y ego, un ejemplo; Di no a la yoga, otro), pero que evidencia su preocupación, su familiaridad, su complicidad con el lenguaje.
Como este texto sólo busca acercarlo a quienes no lo han oído y/o decirle algo más de él a quienes sí, pondré tres ejemplos de cómo busca agarrar del rabo a las palabras y azotarlas (Paz dixit) para que digan algo distinto: “Óyeme” (en Jaime López y su Hotel Garage: en vivo y en Domínguez, 2006) sólo tiene una petición, que repite sin variaciones: “Óyeme, cabrón, hijo de tu pinche madre”; sin embargo, me parece, la canción se vuelve algo más que un insulto. Habrá que oírla.
En “Lo que te voy a contar” (de Oficio sin beneficio, 1992) no sólo canta la canción, sino, por sí mismo y con sonidos onomatopéyicos, hace la orquesta, algo que no resulta usual en ningún compositor-cantante. Dice en su introducción: “Hey, familia, danzón tarareado, medio platicado, con puros arreglos a señas y a grito pelado”. Le quedó muy bien. Hace una variación: en “La almohada eléctrica” (Jaime López, 1989) su acompañamiento en con coro y chasquidos de dedos.
En “Chilanga banda” (Odio Fonky, tomas de buró, 1994), una de las canciones más redondas del idioma español, que supone dificultades para ser entendida a cabalidad [en Hecho en México (Mondadori, 2007), Lolita Bosch hace una explicación verso por verso de ella], los logros de Jaime López como autor son exponenciales. No es una canción que use la ch recurrentemente, sino una obra maestra.
[La famosa versión de café Tacuba incurre en un error, tal vez por desconocimiento del argot. Dice “Chichiflos”, en lugar de “Chichifos”, que es la forma de llamar a los hombres de venden placer erótico a hombres gays.]
Como esta es una súper síntesis, comparto sólo algunas líneas de sus muchas canciones:
En “Me siento bien, pero me siento mal” (Arpía, Cecilia Toussaint, 1987): “Llegué a la cama y se me entrometió”, que dicho suena a “semen entró, metió”.
En “Muriéndome de sed” (Mar adentro, de Eugenia León, 1988): “Y no me basta hartarme pisando un solo charco, ni me verán feliz ahogándome en un vaso. […] Tal vez la libertad no es más que una celda”.
En “Puñalada trapera” (Jaime López, 1989): “La buena onda es tu bandera exterior, bajo las aguas eres un tiburón”.
En “Vete derecho al infierno” (Jaime López, 1989): “Vete derecho al infierno; pero vuelve, cuando te falte calor”.
En “Puerto Bagdad” (Jaime López, 1989): “Para todo aquel que no crea que los piratas existen, a ver, que apague la luz”.
En “El amor es pasajero” (Palabras necias, 2014): “Si tu príncipe es de cuento, debe ser azul; si el amor es pasajero, yo soy autobús […] Si la vida es un destello, no será una cruz”.
En “Sus males espanta” (Palabras necias, 2014): “Lo contrario de la monogamia, no es la poligamia: es el placer”.
Mis dos discos favoritos: Jaime López (1989), Odio Fonky, tomas de buró (con la brillante colaboración de José Manuel Aguilera, 1994). Mis 10 canciones favoritas: “¿Qué más puedo decirte del mar?”, “Muriéndome de sed” (las mejores versiones de estas dos primeras me parecen las que canta Eugenia León); “Sácalo”, “Me siento bien, pero me siento mal” (las mejores versiones, según yo, son las que canta Cecilia Toussaint); “Vivir como mueres hoy” (la canta mejor, según yo, Amparo Ochoa) y con interpretación del propio Jaime López: “¿Qué onda ese?” (la versión tropical de 1987; de allí tomé el subtítulo de la columna), “Corazón de cacto”, “Puñalada trapera”, “Chilanga banda” (la versión de Odio Fonky) y “No ando buscando a Jesús”.
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Mi amiga Roxana Carbajal hizo con talento y paciencia dos muñecos que representan a los personajes (y a los actores, Alfredo Espinoza y yo) de mi obra La divinidad del monstruo. Lindo regalo de inicio de año. Mil gracias, querida Rox.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Foto y muñecos: Roxana Carbajal
Fotografía y muñecos: Roxana Carbajal
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Habiendo ya entrado la Era distópica de lleno en nuestras vidas nada más nacer, consagrando, entre otras muchas cosas, uno de los cánones más celebrados de la historia de la humanidad, que la realidad supera a la ficción –y no dejen de estar atentos a mi columna del viernes de la serie ensayística acerca de la distopía, pues lo que está pasando en estos mismos días en el mundo no hubo escritor de tan calenturienta imaginación como para anticiparlo–, he recordado como por ensalmo uno de los más grandes poemas escritos en español en el siglo XX, para mí de la historia de la literatura en español, y que, además, fue escrito por un mexicano.
Se trata de un poema largo –de ésos que ahora llaman muchos “de largo aliento”, lo cual me parece una cursilería–, escrito tanto en términos de palabras como de silencio. De un poema que justifica por sí solo la vida de un poeta, no en vano su autor apenas escribió tres libros en su vida. Un poema que es un encuentro turbador, lleno de clasicismo y música, y, a la vez, de una rabiosa contemporaneidad, que nunca baja la guardia en su encontrarse con un movimiento continuo en sí mismo, lleno de imágenes que prometen mucho más de lo que dicen. De uno de esos poemas impredecibles que te abducen desde el primer verso. A partir de un comienzo tumultuoso, centrado no solo en descifrar la condición humana sino también en una identificación del propio protagonista –el poeta–, que se reconoce en sí mismo y describe una materia informe como el agua para al final descubrir el vaso, la cosmogonía de este poema se despliega a partir de una simbología central en que la forma, Dios y el mundo se hacen existencia, una existencia justificada de igual modo en sí misma. Pero el vaso pierde su sentido y la materia se vuelve huérfana, lo cual obliga a un nuevo esfuerzo, lleno de inutilidad, por destacar la forma, y el mundo queda abocado a su muerte. Así, cuando el sistema ordenador del universo queda en evidencia y la materia queda reducida a no ser nada, la destrucción lo invade todo y ya solo queda la muerte y el diablo, ante cuya realidad solo le queda al poeta la posibilidad del sarcasmo, no en vano pone a la inteligencia en la cumbre de las cualidades, e incluso la diferencia con la inteligencia divina, a la que atribuye la capacidad de concebir las ideas. Y es precisamente de inteligencia de lo que se compone este poema, que aborda la incapacidad del ser humano de crear por sí mismo, condenado como queda a la muerte, esa realidad ante la que solo queda, como queda dicho, la ironía.
En consecuencia, este poema, al que antecede tres epígrafes del libro del Antiguo Testamento Proverbios: “Conmigo está el consejo y el ser; yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza” (P., 8, 14), “Con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (P., 8, 30), “Mas el que peca contra mí defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte” (P., 8, 36), que termina:
(...)
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!
se nos presenta en realidad como un flujo de conciencia –sometido a la paradoja de su andar consciente– que nos debería hacer pensar sobre la realidad de muerte que nos está tocando vivir en este llegar al primer cuarto del siglo XXI, y en el que los nuevos héroes son personas de carne y hueso que hacen lo posible por sobrevivir a la adversidad y a su propia vida.
A José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, México, 1901-Ciudad de México, 1973) le bastó con este poema, publicado en 1939, dividido en diez partes y cuyos primeros diecinueve versos contienen la que quizá la más brillante descripción de la condición humana de la historia de la poesía en español:
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
(...)
Un poema que viene ahora a colación por la realidad que nos circunda y cuyo título refleja como pocas cosas lo que estamos viviendo en la actualidad: Muerte sin fin.
En sus versos podríamos ver la huella de la Sor Juana Inés de la Cruz de Primero Sueño, así como la de el Rilke de las Elegías de Duino, el T. S. Eliot de los Cuatro Cuartetos o el San Juan de la Cruz de Noche oscura del alma, dada su carga filosófica y su indudable carácter místico, pero también encuentra sus raíces en la obra de Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora. Podríamos ver en sus versos concomitancias con el Vicente Huidobro de Altazor o ver su influencia en la obra de José Lezama Lima. Podríamos analizar el papel de este poema en la renovación de la lírica mexicana –siendo Gorostiza como como era uno de Los Contemporáneos, ese grupo al que el propio Xavier Villaurrutia llamó “grupo sin grupo”, y en el que coincidió, por ejemplo, con Salvador Novo, Jaime Torres Bodet o Jorge Cuesta–, y, por extensión y con más propiedad, de la de la lengua española. Podríamos decir, como el crítico literario Víctor Sampayo, que Muerte sin fin es “Unidad formada en dos partes: ida y vuelta, eterno retorno, círculo en que todo muere y todo renace”. Podríamos ver incluso la influencia de este poema en la música contemporánea… Pero esta tarea la dejo a los refinados estudiosos de la poesía, al fin y al cabo soy apenas lector y como tal se me ponen los vellos como escarpias cuando leo:
(...)
hasta que –hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros–
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte
(...)
Y de manera irremediable me llega a la mente la idea de que este poema pudiera haber sido escrito hace una semana.
(... Continuará…)
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
El reloj marcó las 10 de la noche, Ruth revisó su teléfono, su jornada laboral había concluido. Se quitó el delantal y se despidió de sus compañeros. Tomó su bolsa y se retiró a casa.
Como de costumbre caminó sobre una de las calles principales del barrio rumbo a su domicilio. Solía hacer eso, primero, porque era uno de los espacios más transitados por la noche; segundo porque le gustaba despejarse de su jornada en la cafetería, observando los anuncios que colocaban, a manera de mural, sobre diversas actividades. Se acercó a uno de ellos, repasó rápidamente la información y su atención se detuvo en Clases de danzaterapia. Tomó foto al cartel para revisarlo en casa. Siguió su trayecto.
Un rato después de haber llegado a casa y cenado, se sentó para leer el cartel de la danzaterapia. Le pareció interesante, no tenía idea de qué irían las clases, tampoco tenía alguna compañera o amiga para ir, pero se animó a tomar una clase para conocer. Le vendría bien hacer una actividad nueva. Ahora faltaba ver los horarios y días. Las clases eran por las tardes, su hora laboral, sin embargo, para su buena fortuna, una de las sesiones coincidía en su día libre, miércoles. Justo al día siguiente.
Ruth esperó con ansias que dieran las seis de la tarde para estar en su primera clase de danzaterapia. Llegó minutos antes. Preguntó dónde era el salón, atravesó un pasillo, subió unas escaleras metálicas en forma de caracol, bellamente decoradas por flores de huele de noche. Estaba nerviosa. Minutos después llegó la chica que impartía las clases, dijo que esperarían un momento más para ver si llegaban otras personas. Mientras tanto Ruth fue preparándose, recorrió el salón donde sería la clase. Le pareció un espacio ameno, tenía ventanales grandes y podían verse los tejados de las casas, así como una parte del cielo. El piso era de duela, se veía muy limpio. En eso estaba cuando entró la maestra acompañada de otra chica. La clase daría inicio.
Empezaron con la presentación de cada una, Luisa era la maestra, Cecilia la compañera de la clase ese día. Luisa fue indicando los beneficios de la danzaterapia en la salud. Mencionó que una de las partes principales eran los movimientos físicos con ritmo para explorar y expresar las emociones. A medida que iba escuchando Ruth se emocionaba de haber decidido ir a la clase. Llegó el momento de iniciar la sesión de la danzaterapia. Luisa indicó que para fluir en el baile cerraran los ojos y comenzaran a danzar sobre el espacio, como cada una de ellas fuera sintiendo el compás de la música y estuvieran atentas al momento que ella les diera alguna indicación.
Nuevamente Ruth sintió que los nervios le invadían, no se consideraba buena bailando. Luisa les fue guiando, estaban ahí cada una desde su interior, reconociéndose y explorando sus emociones, dejando a un lado los prejuicios. Poco a poco Ruth fue sintiendo la música, teniendo confianza en sí misma, en el espacio, en las personas que le acompañaban, viviendo una experiencia agradable, sin la timidez que le daba al bailar frente a otras personas. Ella baila sola, se ama, se respeta y se escucha, iba resonando en su mente, mientras cada parte de su cuerpo lo iba sintiendo y expresando.
La sesión concluyó hora y media después. Al final de la danza hubo agradecimiento y compartir de las vivencias. Se despidieron. El rostro de Ruth reflejaba relajamiento, dibujaba también una sonrisa, al tiempo que su mente seguía repasando Ella baila sola, se ama, se respeta y se escucha.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Más de cuatro minutos para que tú hagas arteHéctor Cortés Mandujano
Pensaba escribir un texto sobre el estadunidense John Cage (1912-1992), músico, compositor, filósofo, teórico musical, y su modo de llegar al límite en la composición e interpretación, es decir, su modo de aterrizar en la nada que tanto debe al manotazo en la mesa que dio Marcel Duchams sobre cómo debía pensarse y verse el arte.
Traté de hablar de su propuesta cuando escribí sobre la música popular y luego de la música clásica, pero no hallé cómo hacerlo parte de aquello. Lo dejé por la paz, pero en realidad se quedó agazapado hasta que llegó el momento, éste, de saltar a la página.
En su biografía Palabras sin música (Malpaso, 2015), mi admirado Philip Glass me hizo la tarea y habla de su célebre y extrema pieza 4’ 33’’. Dice Philip (p. 125): “Tomemos la famosa pieza de John 4´ 33’’. John, o cualquier otro, se sentaba al piano durante cuatro minutos y treinta y tres segundos y, durante ese tiempo, todo lo que uno pudiera escuchar formaría parte de la pieza, ya fueran los pasos de la gente caminando por el pasillo, el ruido del tráfico o el zumbido de la instalación eléctrica del edificio. La idea consistía en que John simplemente ocupara ese espacio y definiera ese determinado periodo de tiempo anunciando: ‘Es en esto en lo que se van a fijar. Lo que vean y oigan es arte’. Y cuando se levantaba, la pieza acababa”.
***
No habrá una barrera en el mundo, que mi amor profundo no rompa por ti
“Obsesión”, de Pedro Flores,
canción emblema de Carlitos, en Las batallas en el desierto
Mi amiga Silvia Roque se apareció a visitarme, con una bolsita: “Son libros, te los traje de regalo”. En la veintena de títulos se hayan Güiraldes, Yáñez, Revueltas, Novo, Twain, Stevenson, Galeano… y Las batallas en el desierto (Era, 1981), de José Emilio Pacheco que, como acto celebratorio de este inesperado regalo (regalarme libros es cómo darle agua al sediento, huesos al perro), decidí leer de nuevo.
La novelita, breve y genial, ya se volvió película (Mariana, Mariana, 1987, dirigida por Alberto Isaac) y hasta canción de Café Tacuba (“Las batallas”, de su disco debut de 1992). Carlitos, el niño protagonista, se enamora de Marina, la joven mamá de su mejor amigo; le declara su amor y ella, muy madura y linda, le explica por qué ese amor no puede ser. Se enteran todos y sacan a Carlitos de la escuela, lo llevan al psiquiatra y demás. Años más tarde, Carlos, se entera del terrible final de Mariana, el amor de su vida. El título alude a la cancha de tierra donde los niños juegan batallas entre ejércitos ficticios.
Mi nieto Jacobo, de ocho años, nos pregunta a mi mujer y a mí, mientras vamos en coche rumbo a casa, a partir de la vista de varios techos. “¿Sabían que el asbesto produce cáncer?”. Me llamó la atención cómo esta idea, que yo también me sé desde adolescente, siga dando vueltas en la mente de las nuevas generaciones. No conozco ningún estudio que avale el aserto, pero guardo silencio ante la información de Jacobito. Pacheco también lo dice en Las batallas… (p. 18): “Todas las azoteas con tinacos de asbesto cancerígeno”.
Cuando Carlitos dice a Mariana (p. 37) “es que estoy enamorado de usted”, ella le dice que lo entiende perfectamente y agrega (p. 38): “Ahora tú tienes que comprenderme y darte cuenta de que eres un niño como mi hijo y yo para ti soy una anciana: acabo de cumplir veintiocho años”.
En la película, Elizabeth Aguilar –una belleza de aquellos tiempos– es Mariana y le da un beso en los labios a Carlitos (interpretado por Luis Mario Quiroz). “Pedofilia”, dirían ahora.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
HCM
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
A costa de mis amigos los dragones hice un inciso el pasado 25 de diciembre en la serie acerca de la distopía, y, como habrán observado –no ha faltado quien me lo haya echado en falta, y hasta me ha sorprendido la cantidad de mensajes recibidos al respecto–, el pasado viernes 1 de enero tampoco apareció mi Líneas de desnudo en este proyecto valiente de Letras ideaYvoz. Pero ya estoy de regreso, y con noticias frescas, pues a partir de la semana próxima incrementaré mi colaboración acá, con hasta dos artículos a la semana, de publicación los martes y los viernes, siendo este último día el dedicado a lo distópico. Sin embargo, ahora estoy con lo que estoy, y a vueltas ya de lleno con lo mismo, es bueno señalar que hay varios centenares de producciones cinematográficas circunscritas de algún modo u otro al concepto de distopía, por usar una distopía en su argumento o por ser distópicas en su conjunto, desde las más clásicas a las más recientes –en su mayor parte desarrolladas éstas últimas bajo el concepto de saga, esto es, que una película continúa en la siguiente, tan de moda en estos tiempos– del presente siglo XXI, que parece inmerso en un milenarismo de carácter fatalista y cuya máxima expresión ha sido este recién fenecido año 0 de la p. pandemia o, como la mayoría entiende, 2020 de la era cristiana.
A lo largo de la historia de la cinematografía el asunto distópìco ha sido recurrente, y más desde que en 1927 Fritz Lang elevara el género –o subgénero, si se prefiere– a categoría superlativa con Metrópolis, una producción de cine mudo de 153 minutos nada menos –más de dos horas y media– e inspirada en la novela homónima de Thea von Harbou, a la sazón coguionista del filme junto a su director, que retrata un hipotético 2000 con 73 años de antelación… Aún así tuvieron que pasar más de tres decenios para que recobrará popularidad lo distópico, pues no fue hasta la década de los sesenta del siglo pasado que regresó para quedarse. En 1966 apareció Fahrenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury, siendo la única película de lengua inglesa del cineasta francés François Truffaut. Esta cinta, por cierto, carece de títulos de crédito, no en vano en la obra está prohibida la escritura, como quizá en cierto modo en nuestros tiempos actuales está de algún modo prohibida la libertad de expresión.
Dos años después, en 1968 fue lanzada El planeta de los simios, otro hito del cine, basada en otra novela, esta vez de Pierre Boulle, cuya actualidad se ha mantenido viva hasta el presente, con multitud de secuelas, precuelas y remakes desde entonces: En el año 3978 una nave espacial se estrella en un planeta extraño tras 18 meses de hibernación y navegación interestelar a casi la velocidad de la luz. Los tripulantes de la misma salen de improviso de su hibernación y se encuentran con un mundo dominado por simios evolucionados que esclavizan a los seres humanos. La memorable escena final se convirtió de inmediato en un mito: el protagonista, el coronel Taylor, interpretado por Charlton Heston, se arrodilla en una playa mientras se lamenta de su descubrimiento, y es que en realidad han viajado en el tiempo. De fondo, la estatua de la libertad en ruinas yace medio enterrada: el planeta al que llegaron es la Tierra. Dos mil años después de su partida.
En esta película, como, en general en todas las de anticipación y, por supuesto, las distópicas, hay una carga filosófica y ética que va, según el caso, desde la elemental moraleja a la más profunda reflexión. En 1971 fue estrenada La naranja mecánica, obra maestra y polémica de Stanley Kubrick, basada en la novela del mismo nombre de Anthony Burguess, de una carga de profundidad que obliga a verla una y otra vez pese al estupor que causa, pues el gusto por la violencia, lo salvaje y lo grotesco alcanzan en ella un grado superlativo. Alex, líder de una banda criminal que adora el sexo, la ultraviolencia y la música de Beethoven, tras cometer sin descanso numerosas brutalidades, termina siendo detenido y sometido a una terapia experimental a fin de ser reinsertado en la sociedad, tras lo que debe afrontrar su pasado. En realidad, la cinta es una crítica social ambientada en Inglaterra en 1995, supuesto futuro por entonces que no está tan lejos de la violencia de todo tipo que el fin del siglo XX y lo que llevamos del XXI nos ha mostrado. ¿No recuerdan aquellos abusos de algunos soldados estadounidenses que torturaron, incluso con prácticas propias del sadomasoquismo, a prisioneros iraquíes durante la segunda guerra del Golfo y que fueron descubiertos e investigados a comienzos de 2003?
El milenarismo, no tanto por su definición –la venida de Cristo para un reino en paz de mil años– sino por su sentido de utopía de carácter secular aunque también religioso, influenciado por el cambio de siglo, en que muchos veían el advenimiento del fin del mundo, y cuyo concepto fue desde los mismos años sesenta del siglo XX muy extendido y popularizado, ha tenido un protagonismo muy determinante desde entonces en todas las artes y ha condicionado incluso mentalidades, hábitos y modos de vida, sobre todo en Occidente. El totalitarismo, algo muy en boga hoy incluso en las democracias más avanzadas, es consecuencia, por ejemplo, de ello, y las artes cinematográficas así nos lo atestiguan. Como se puede ver, sin mayor abundamiento, en Stalker (Andrei Tarkovsky, 1979), Doce monos (Terry Gilliam, 1995), Matrix (cuya saga comenzó en 1999) o Minority Report (Steven Spielberg, 2002), solo por nombrar algunos títulos emblemáticos aún no nombrados en este ensayo por entregas, e incluso de trascendencia mucho más allá de lo artístico en sentido estricto.
A estas obras, entre otras, dedicaré el próximo artículo de esta serie acerca de la distopía que si bien fue anunciada para cuatro textos tendrá al final una docena que irán saliendo de viernes en viernes. En ellos seguiré abordando la materia desde las más diversas expresiones artísticas, literarias y filosóficas. Y lo inquietante es que de todos y cada uno de los casos se puede colegir un paralelismo con la realidad que nos está tocando vivir. Porque nuestro año 1 d. p., 2021 para entendernos, es en realidad el año 1 de la Era distópica.
(... Continuará…)
Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Era la tarde del segundo día del nuevo año, Joaquina estaba decidiendo qué hacer, ver una película, empezar a programar su agenda de actividades o leer uno de tantos libros que tenía pendiente. Prefirió hacer lo último, fue a la mesita donde estaban acomodadas las obras literarias, empezó a buscar algún título, retomó uno que había comenzado a leer hace meses, Historias de la Alcarama, del autor Abel Hernández, periodista español.
Colocó una cobija y se sentó en el piso, en su rincón favorito para la lectura. El viento de la tarde soplaba fuertemente, le llegaba un ligero airecillo frío hasta donde estaba acomodada, la ventana del cuarto estaba abierta. Recordó las cabañuelas, era 2 de enero, según ese conocimiento local estaba pintando el mes de febrero.
Inició la lectura, llamaron su atención dos elementos, primero, la frase Universal es lo local sin paredes, de Miguel Torga colocada antes de iniciar la historia; segundo, un mapa que ubicaba con mucha precisión la localización de Sarnago, pueblo en las tierras altas de Soria, en la Sierra de la Alcarama, en España, lugar de origen del autor e inspiración para su obra literaria. A juicio de Joaquina, eran detalles importantes para ubicar al público lector.
Hizo una pausa, justo en ese instante recordó cómo había adquirido el libro. Ella solía tener un gusto especial por la lectura, en la universidad se percató que los libros que se llaman de segunda mano son una excelente opción de leer para conocer, así como también, hacer intercambio de libros o trueque en los espacios donde se incentiva el hábito de la lectura.
Justo en uno de los puestos de libros de segunda mano, después de haber hecho un repaso minucioso el título del libro llamó su atención, al leer la sinopsis no dudo en adquirirlo. La crónica era uno de sus géneros favoritos y Abel Hernández hacía eso en su obra, retornó a la lectura… “Este misterioso atractivo de Sarnago entre gentes de toda condición no sólo no ha disminuido con la muerte del pueblo, sino que ha ido en aumento, como si San Bartolomé, el patrón del pueblo y de los caballeros templarios, no se resignara a permanecer recluido en un cuartucho. Una poderosa fuerza interior me ha obligado a mí mismo a recuperar la memoria de mi infancia y confiarte a ti, Sara, estas historias, en la que pretendo reflejar lo que va de ayer a hoy...”.
Joaquina hizo una segunda pausa, la luz del sol comenzaba a disminuir, se levantó a prender el foco de la habitación. Alcanzó a contemplar el ocaso frente a la ventana. Se quedó pensando en la historia que comenzaba a leer, luego se ubicó en el presente, a lo lejos podía contemplar uno de los cerros de la ciudad donde ella vivía, cuántos años habrían de pasar para que ese cerro se perdiera entre las luces que poblaban los alrededores… por instantes su mirada se perdió en el horizonte intentando encontrar una respuesta. El sol se ocultó y Joaquina regresó a su lectura, “Me dio la idea de escribirte estas cartas…”
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.