Líneas de desnudo/ 7

Un poema de nuestro tiempo

Manuel Pérez-Petit

Habiendo ya entrado la Era distópica de lleno en nuestras vidas nada más nacer, consagrando, entre otras muchas cosas, uno de los cánones más celebrados de la historia de la humanidad, que la realidad supera a la ficción –y no dejen de estar atentos a mi columna del viernes de la serie ensayística acerca de la distopía, pues lo que está pasando en estos mismos días en el mundo no hubo escritor de tan calenturienta imaginación como para anticiparlo–, he recordado como por ensalmo uno de los más grandes poemas escritos en español en el siglo XX, para mí de la historia de la literatura en español, y que, además, fue escrito por un mexicano.
            Se trata de un poema largo –de ésos que ahora llaman muchos “de largo aliento”, lo cual me parece una cursilería–, escrito tanto en términos de palabras como de silencio. De un poema que justifica por sí solo la vida de un poeta, no en vano su autor apenas escribió tres libros en su vida. Un poema que es un encuentro turbador, lleno de clasicismo y música, y, a la vez, de una rabiosa contemporaneidad, que nunca baja la guardia en su encontrarse con un movimiento continuo en sí mismo, lleno de imágenes que prometen mucho más de lo que dicen. De uno de esos poemas impredecibles que te abducen desde el primer verso. A partir de un comienzo tumultuoso, centrado no solo en descifrar la condición humana sino también en una identificación del propio protagonista –el poeta–, que se reconoce en sí mismo y describe una materia informe como el agua para al final descubrir el vaso, la cosmogonía de este poema se despliega a partir de una simbología central en que la forma, Dios y el mundo se hacen existencia, una existencia justificada de igual modo en sí misma. Pero el vaso pierde su sentido y la materia se vuelve huérfana, lo cual obliga a un nuevo esfuerzo, lleno de inutilidad, por destacar la forma, y el mundo queda abocado a su muerte. Así, cuando el sistema ordenador del universo queda en evidencia y la materia queda reducida a no ser nada, la destrucción lo invade todo y ya solo queda la muerte y el diablo, ante cuya realidad solo le queda al poeta la posibilidad del sarcasmo, no en vano pone a la inteligencia en la cumbre de las cualidades, e incluso la diferencia con la inteligencia divina, a la que atribuye la capacidad de concebir las ideas. Y es precisamente de inteligencia de lo que se compone este poema, que aborda la incapacidad del ser humano de crear por sí mismo, condenado como queda a la muerte, esa realidad ante la que solo queda, como queda dicho, la ironía.
En consecuencia, este poema, al que antecede tres epígrafes del libro del Antiguo Testamento Proverbios: “Conmigo está el consejo y el ser; yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza” (P., 8, 14), “Con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (P., 8, 30), “Mas el que peca contra mí defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte” (P., 8, 36), que termina:
 
         (...)
         Desde mis ojos insomnes
         mi muerte me está acechando,
         me acecha, sí, me enamora
         con su ojo lánguido.
         ¡Anda, putilla del rubor helado,
         anda, vámonos al diablo!
 
se nos presenta en realidad como un flujo de conciencia –sometido a la paradoja de su andar consciente– que nos debería hacer pensar sobre la realidad de muerte que nos está tocando vivir en este llegar al primer cuarto del siglo XXI, y en el que los nuevos héroes son personas de carne y hueso que hacen lo posible por sobrevivir a la adversidad y a su propia vida.
            A José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, México, 1901-Ciudad de México, 1973) le bastó con este poema, publicado en 1939, dividido en diez partes y cuyos primeros diecinueve versos contienen la que quizá la más brillante descripción de la condición humana de la historia de la poesía en español:
 
            Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
            por un dios inasible que me ahoga,
            mentido acaso
            por su radiante atmósfera de luces
            que oculta mi conciencia derramada,
            mis alas rotas en esquirlas de aire,
            mi torpe andar a tientas por el lodo;
            lleno de mí —ahíto— me descubro
            en la imagen atónita del agua,
            que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
            un desplome de ángeles caídos
            a la delicia intacta de su peso,
            que nada tiene
            sino la cara en blanco
            hundida a medias, ya, como una risa agónica,
            en las tenues holandas de la nube
            y en los funestos cánticos del mar
            —más resabio de sal o albor de cúmulo
            que sola prisa de acosada espuma.
            (...)

            Un poema que viene ahora a colación por la realidad que nos circunda y cuyo título refleja como pocas cosas lo que estamos viviendo en la actualidad: Muerte sin fin.
            En sus versos podríamos ver la huella de la Sor Juana Inés de la Cruz de Primero Sueño, así como la de el Rilke de las Elegías de Duino, el T. S. Eliot de los Cuatro Cuartetos o el San Juan de la Cruz de Noche oscura del alma, dada su carga filosófica y su indudable carácter místico, pero también encuentra sus raíces en la obra de Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora. Podríamos ver en sus versos concomitancias con el Vicente Huidobro de Altazor o ver su influencia en la obra de José Lezama Lima. Podríamos analizar el papel de este poema en la renovación de la lírica mexicana –siendo Gorostiza como como era uno de Los Contemporáneos, ese grupo al que el propio Xavier Villaurrutia llamó “grupo sin grupo”, y en el que coincidió, por ejemplo, con Salvador Novo, Jaime Torres Bodet o Jorge Cuesta–, y, por extensión y con más propiedad, de la de la lengua española. Podríamos decir, como el crítico literario Víctor Sampayo, que Muerte sin fin es “Unidad formada en dos partes: ida y vuelta, eterno retorno, círculo en que todo muere y todo renace”. Podríamos ver incluso la influencia de este poema en la música contemporánea… Pero esta tarea la dejo a los refinados estudiosos de la poesía, al fin y al cabo soy apenas lector y como tal se me ponen los vellos como escarpias cuando leo:

            (...)
            hasta que –hijo de su misma muerte,
            gestado en la aridez de sus escombros–
            siente que su fatiga se fatiga,
            se erige a descansar de su descanso
            y sueña que su sueño se repite
            irresponsable, eterno,
            muerte sin fin de una obstinada muerte
           (...)
 
            Y de manera irremediable me llega a la mente la idea de que este poema pudiera haber sido escrito hace una semana.
 
  
(... Continuará…)


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.