Cajón de rubores. 37. Crónicas 15. Antonio Florido

Crónicas (15)
La Moneda
Por Antonio Florido

                                                                   

«Después de tanto lo volveré a ver»   
         Así recordó la mujer de la Casa. En Calle Moro, allí sucedió. Hablaba con un papel en la mano. Lo movía hacia la boca, incesantemente. Un pañuelo improvisado en el marco de un hogar argentino, más allá de las cumbres, en Mendoza, en el barrio azul. 
        «Me escondí debajo de la mesa. Me atrapó de improviso. Eso fue después, pasado el mediodía. En la madrugada ya supimos algo. Olimos a la muerte. La alarma pateó en mi cabeza. Estaba en la parte superior, colgada del techo. El aparato vibró como una cigarra. Me lo habían avisado. Si grita, sal corriendo. Y gritó. Tomé el susto por dentro de mi alma, después me lavé bien los ojos, me apeoné como pude.
        » Quise recordar. No estaba sola. La compañera del trabajo andaría dormida. Me preocupé por ella. Salí al pasillo. Abrí la puerta de su cuarto y la encontré arrebujando vestidos y potingues, medias y zapatos. Me miró. Con el gesto serio me regaló su miedo, quizás el mismo miedo que le sobraba. Intenté dimensionar lo que estaba ocurriendo, pero los destrozos comenzaron. 
        » Fue como a las doce. Bien que le digo. 
        » Llevaba varias horas derivando a conocidos y extraños. Me hablaron en hilera, uno a uno. El General de la Marina, luego algunos subsecretarios, amigos particulares, autoridades de todas clases. La última fue Matilde, la mujer de Neftalí, el escribidor. Que qué pasaba. Su voz transmitía una angustia grave. Preguntó por qué había tanto carro y gente en la puerta de su casa. Yo no sabía nada, ni qué decirle, pero poco a poco iba concordando matices, como yo digo. De eso ya hace mucho, más de media vida.
         » Sabe usted que los detalles los guardo aquí. Casi un milagro lo de acordarse de tanto. 
         » Una ya es vieja. En el 11 contaba veintitrés. Poca cosa. Como una niña. Veintitrés y una colegiatura por delante. Pero éramos necesitados y faltaba el sustento. Mi hermano me dio la noticia de que había salido una plaza. Una vacante en la Casa del Presidente. Para llamadas y recados. Así me lo propuso. Ni lo pensé.  
         » Él fue bueno, sabe usted...
         » Le hablo del Presidente. 
         » Quería ayudar a los pobres. Que aprendiésemos cuentas y letras, a leer y escribir. En concreto, sacarnos de la bajura de los hombres y mujeres del campo. En la vida, sabe usted, hay que aspirar a algo, eso me repetía. Tienes que dar lo que tengas. Devolver a la sociedad lo que te fue dado. Para eso te educaron. Él lo supo.
         » Era bueno, digo…
         » En la Casa me enteraba de todo. Que si es así, que si es asao. Puras envidias todas. Fue un hombre nacido en el pueblo, con sus incomodidades. Salió de abajo y amaba al pueblo, siempre lo dijo.»  
          Preparé unas tazas. Necesitaba seguir escuchando los recuerdos de esta joven aviejada. Lo contaba con el sentido del orgullo y un poquito de reconcomio. Había pasado mucho. Se le notaba el sufrimiento. La cojera del alma con las muletas de la esperanza.
         Recuerdo que sus ojos brillaban en la penumbra del cuarto. Emanaba de ella un viento de paz, un brillo luciente. Hablaba rozando las palabras. Hacía muchas pausas. Piensa qué va a decir, intenta recordar, apura la memoria de aquellos días. Tal vez aún le pueda el miedo.
        «Toda mi vida me he llevado mirando hacia atrás. Un joven se cruzó conmigo en el centro de la plaza. No llegó a detenerse, pero me metió el miedo en el cuerpo. Temía que se arrepintiera y me parara. Continué como si nada, pero iba contrahecha. 
        » Muy pronto llegaría, lo sospeché de seguro. Creía estar preparada para cruzar las muñecas en la espalda. Siempre pensé en eso. Soñé muchas noches, pesadillas de que me tomaban presa. Y las violencias. Las torturas que no lograría soportar. Me iría de la lengua. Soy débil, mire usted. Asustadiza. Mujer del campo. Hecha a los amaneceres tranquilos, a escarbar la tierra, a segar, aventar, trabajar como una mula.
         » Lo de los teléfonos me causaba una risa extraña. No era nada. No entendía que sacar e introducir unos cables fuese ninguna tarea. Preguntar quién era, con quién quería hablar. Dar largas a los abanadores. ¡Y me pagaban por ello!
         » Mi hermano trabajaba junto al Presidente. Era su sombra. Como una silueta sobre la pared. Lo protegía. Se sentía muy orgulloso de su trabajo. Decía que siempre estaría dispuesto a dar lo que fuera por su Presidente. Él era así. Sencillo, leal y valiente. Después, mire usted, dio la vida entera. ¡El pobre!»

         La telefonista se llevó los dedos a los ojos. Lloraba con un silencio hermoso, como la gélida neblina cuando se posa sobre los valles. La tomé por la educación y dejé que relajara sus recuerdos. Aproveché y salí. Me apoyé en la baranda, cerré los ojos y olí los frutales, luego paseé la vista por la costa de oriente, anduve por los verdes y enormes prados, por la pampa toda. Alejé mi esperanza y creí divisar Buenos Aires. Pero esa ciudad es grande, se puede descubrir por todas partes. Casas que rebosan, pobrecitos que mendigan, avenidas formidables, cafés donde los entendidos hablan y escriben, sueñan, recapacitan, arreglan el mundo, crean.
        Por encima de la arboleda fulge un reflejo plata.
Es la entrada de la gran masa. La mar que se cuela buscando la tierra. Mar caprichosa. Atrevida estela de puertos, embarcaciones de papel, sombras densas de las almas, grúas empinadas, gritos de fierro.
Todo eso advertía desde mi atalaya, quería llegar a la mar, a la línea bañada, subir a los barcos pesqueros, necesitaba soñar por las calles.
        Y en mí la pura particularidad de la imagen.
        Lo imaginaba.
        Descubrí las palabras muertas, sus sonidos sordos.
        El presidente.
        Era él, él muerto.
        Vivo.
        La sonrisa de siempre, los lentes bien agarrados, su sonrisa evidente en la boca de Elba.
        Sonó un rumor a voz cascada. Miramos alrededor. No había nadie. Pero la voz brotó repetida en la parra, en el verde marrón, las cortezas plantadas sobre la tierra del pueblo. 
        «¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…»
         «Sí…
         » Esto gritó en sus últimos momentos. Palabras para enmarcar y tenerlas delante. ¡Figúrese!
         » Sin embargo, el pueblo es como es. Ahora lo han olvidado. Muchos se fueron arrepintiendo. Pasaron los tiempos. Llegó la moda de los sabotajes. De vuelos a la mar, en las noches largas y sin esperanzas. Fueron esos tiempos anclados en las mordeduras del pueblo, los desconocidos de la tierra, los pobres desamparados que no tienen nada.    
         » Cuando salió lo festejamos no sé cuántos días. Una esperanza. Pensamos que nos iba a cambiar la vida. Para la gente pobre, sabe usted, era una luz encendida, porque para mí que en esa época había esclavitud. Mucho servicio. De sol a sol. Y nada que llevarse a la boca. 
         » En mi casa ayudábamos al taito. Con el trigo, la cosecha… Esperábamos a que llegara el fin de año para que nos dieran algo. Pero al señorito le convenía que la gente fuera ignorante, que no tuviera estudios, que viviera pisoteada, y el Presidente venía a eso, a cambiarlo todo.
         » Después que alguien me diga que por qué le protegimos. Él lo merecía. Trabajó por mucha gente y la gente iba y le escuchaba y aplaudía sus discursos y le tomaban palmas cuando terminaba. Y en el extranjero también nos respetaba, oiga usted, lo hacía. Hablaba bien de los chilenos, de los trabajadores del valle, de las personas ignorantes que no tuvieron la oportunidad. 
         » Como decía, los bombardeos me pillaron pronto. El primero me asustó muchísimo. Tiré los cables y me escondí debajo de la mesa. Algunos cascotes saltaron del techo y de no sé dónde. Salí a salvo. Hasta que al poco atronó de nuevo, esta vez la puerta de calle quedó bloqueada.  
         » Me acordé de la señora, en dónde estaría. Yo no sé qué ocurrió luego, mire usted. Salí corriendo. Llamé a gritos. Doña Hortensia no aparecía. La busqué por las habitaciones, por los pasillos llenos de polvo y de cristales. Tropecé varias veces y caí. Trozos de pared y espejos, ventanas hechas pedazos. Hasta las cortinas saltaron de sus alcayatas. 
         » Dos compañeros salieron volando. Los recuerdo con nostalgia y cariño, con mucho dolor porque eran jóvenes que sólo cumplían lo que les mandaban. Estaban disparando asomados a una de las ventanas y el helicóptero los fusiló con una llamarada. Ni se dieron cuenta. Así quedaron, echados en el suelo, carbonizados. 
         » Pero esta historia que usted quiere, mire, da mucho largo. Porque sucedieron demasiadas cosas. Malas. Todas malas. Como que mi Luis se me fue y lo creí muerto bajo las vigas rotas de La Moneda. Lo seguí creyendo hasta muchos años más. Como quince, digo. Cuando sacaron el informe de los desenterrados allí, donde todo el mundo sabe. Mi Luis era uno de ellos. Así lo confirmaron las autoridades. Uno de ellos, mire. También le sacaron en una fotografía del periódico. Se lo llevaban varios milicos, él iba delante. Llevaba las manos levantadas, detrás de la nuca, y sus ojos eran ojos de niño, ojos de miedo, de no saber qué sucedería. 
        » Ahí empezó todo. Una vida nueva. Gris o negra, oculta, observando gestos y analizando voluntades, que usted no se imagina. Hasta los vecinos me miraban preguntando quién era esa fulana que había llegado en el momento oportuno, de tan lejos, de la sierra, del país del otro lado, el país estrecho, el lacrimoso, el que chorrea hasta el suelo de los glaciares, donde el frío y los inviernos, sabe usted.  
        » Tuvimos que huir de calle en calle. Una iba como loca. El miedo a ser detenida, a recibir un balazo. Y mientras tanto, mi hermano, que no podía quitar los pensamientos. Su elegancia y años, pocos. 
        » De lo de él me enteré al día siguiente. Lo habían matado. Eso oí por el hablero. No pudimos aguantar y lloramos como bobas porque no nos lo podíamos creer. Decían que se había suicidado, pero no era cierto. Le mataron. Insistían en eso, en que fueron ellos. No quiero pensarlo.
        » Se quedó en el despacho. No quiso salir. Él no era para eso. Le sobraba temple y orgullo, amor hacia el pueblo. Cumplió la palabra. Lo daría todo. Hasta la vida. Todo por su pueblo. Ahora sigo pensando que estuvo mal lo que hicieron, con todo lo que hizo.» 
         Llueve…
         Mansamente, llueve…
         Cae un silencio sobre los tiernos seres de estas tierras húmedas.  Un manto de amor. Soledad en las hojas, en el verde suelo.
         Entra un aire dulce desde el sur.
         Huele a sal. Tal vez el puerto. Pero el puerto está muy lejos.  Será la sal de la historia que me cuenta. 
         La voz de esta joven vieja es grave, sensitiva, la mujer habla. Pronuncia con acento andino, como si hubiese aprendido todos los dialectos. Todas las lenguas, signos y gestos, leyendas y mitos. 
         Para poder confesar sobre las montañas, en las riberas sureñas, en el centro de un valle repetido, escondida bajo la mesa, apurando años en la memoria, para poder llamar a su hermano en la distancia, para seguir con el taito durante la siega, en esos amaneceres fecundos, una mujer que declara que vivió, que lo consigue sin prisas.
         Una joven que busca en los pasillos empolvados.
         Cuadros deshechos, rotos anhelos de esperanzas.
         Sí, la voz suena grave en este silencio de la tarde que se acaba y ella continúa con su pañuelo apretujado entre los dedos y yo pregunto.
Sigo escarbando lo que ocurrió, lo que recuerda en este charco de abras, de acá y allá, junto a Mendoza, en el Bermejo, nombre del barrio que se corre con el verde denso de la humedad que va calando.
         (No se pueden frenar las angustias desbordadas) 
         Ha terminado el café.
         Se sienta y compone.
         Vuelca los dedos coquetos en su melena vieja.
         Plata melena sobre los hombros. Toquilla negra. Tez de café. Aroma a dura piedra hervida. Sobre la taza, labios. Boca en la madurez del servicio. Sufrir para tanto. Para tanto trigo y susto. Para tanto…
         «Mire usted, lo que le decía. Usted vino y pregunta, yo digo. Que algunos empezaron a desabrochar lo que pasó en aquel entonces. Temían la mano del General, sus dedos largos.  
         » Hablaban del compañero con palabras malas. Mire usted que le dieron por que él bebía. Eso. Créalo. Eso decían los muy… Y que iba de calle en calle, por las noches, tras las brujas de Santiago. Y dicen más, sigo. Mi Presidente con fulanas y amantes de pacotilla. No conocieron a doña Hortensia, la señora. Eso es algo evidente. Porque se llevaban el uno para el otro. Y él no soplaba nunca. Lo habría sabido. 
         » De tejemanejes no me pregunte. Yo soy pueblo, campo, hecha de sueño y de sal, noche, lluvia, como la que ahora cae. No sé más. Nunca me interesó, sabe usted. Una no tuvo la ocasión. Llegué y me casé al año. Desde entonces, si usted quiere, ponga lo que sea en ese periódico. Pero sucedió como le digo. Con todo, era realmente bueno. Dicen que demasiado. Que se pasaba. Pero tonto, no. No era tonto. Era médico. Y Presidente. Aunque la envidia es grave. Eso tal vez. Hacer lo que él consiguió. Fijarse las voluntades en el bolsillo, la gente, sus esperanzas, sueños de llegar a lo alto, eso no es malo. El pueblo le escuchaba. La sonrisa delante. La cara altiva. Mire usted, hablaba y no nos enterábamos. Le queríamos a él. Por eso las palabras pasaban, cosa de políticos, pero él nos miraba, se detenía, te daba la mano, hablaba bien de nosotros, hasta entraba en la casa de algún amigo cuando pasaba con la comitiva y en su coche elegante, eso dicen. 
         » Esos detalles ahora no se entienden. 
         » También he escuchado que lo tenían engatusado y que le ponían sus cosas por delante, lo que le gustaba, ya sabe, las francachelas. Yo, mire usted, no me creo nada. Porque lo viví. Estuve en su casa. Trabajé para él y para todos los compatriotas. Una niña. Veintitrés, y una colegiatura por delante. Ahora, mire, hasta el pelo tengo por lo bajo. Me pinto y repaso, miro en el espejo, busco la de antes, la que se fue hace ya mucho, pienso que la vida se me ha ido por esa cuesta, mire usted, la que sale a su espalda. 
         » Si la toma con paciencia, por ahí se baja hasta la pampa, luego continúa andando, por mucho, entienda, continúa por la senda polvorienta, le llega el verde, el amarillo, azul de cielo, blanco puro, nieve, el agua de vez en cuando hasta las corvas, pero usted siga, no se canse ni aqueje. 
         » Si toma por ahí llegará más allá de los campos verdes, cruzará por los árboles afrutados, olerá poco a poco la sal marina, la costa curva, el rumor de las olas al naciente, aire frío del sur en el rostro, lamentos pobres de gentes pobres, y entonces habrá llegado el momento de llorar porque le duelen demasiado los pies, de tanto paso, de tanta calma en las planicies, en las llanuras grandes, sobre la vasta pampa. A la derecha siempre el Paraná que cruje, más allá la cortadura, cresta blanca que te vigila, montaña nieve, pureza en mano. 
        » Perdone si no me explico, que se me fueron las corduras en este pueblo de la sierra, de tanto querer, de tanto pensar y darle al cerebro con las cosas de una, y las de su familia. Lo de mi hermano me dolió, y más que no dijeran por qué fue, qué fue lo que hizo, si él no era malo y aun así lo mataron a balazos. 
         » Pero después de tanto lo volveré a ver»

         Llueve con una tela rota desde el cielo gris. 

La Moneda.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Librero del uroboro. 23. De Salamanca a Chiapa. Ilse Ibarra Baumann

Diario de viaje. De Salamanca a Chiapa. 1544-1545

Por Ilse Ibarra Baumann

Fui al archivo diocesano en San Cristóbal, ahí compré este libro: Diario de viaje. De Salamanca a Chiapa. 1544-1545. Sin duda sería una muy buena elección para volverlo película. Escrito en español antiguo, en primera persona por Fray Tomás de la Torre. Cuenta la travesía desde el 12 de enero de 1544 partiendo de la ciudad de Salamanca hasta llegar a Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas) el 3 de septiembre de 1545, alguna vez conocida como Chiapa de los Españoles.   
          Inician con fuertes lluvias, lodo hasta las rodillas, pierden sus zapatos. En alta mar sufren de mareos, vómitos, piojos. Habla del calor y los moscos, de los manglares (desconocidos para ellos). Naufraga un barco en la laguna de Términos y ahí mueren varios frailes. Ayunan porque no tienen qué comer. Hay días de sólo un huevo o sólo una naranja. Después la mayoría se enferma, uno saca lombrices por la nariz, todos tienen temperatura. Y cuando al fin llegan, uno quiere saber más, cómo aprenden a comunicarse con los nativos, cómo los evangelizaron... el libro ha terminado. 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 161. La radio, compañera de vida. María Gabriela López Suárez

La radio, compañera de vida
María Gabriela López Suárez

                                        A mis colegas radialistas, por su pasión y compromiso.


Bertha se levantó un poco más temprano que Genaro, su esposo, ese fin de semana llegarían de visita Joaquina, su sobrina y Daniel, su novio. Tenía rato que no veían a Joaquina, quería consentirla preparándole chilaquiles con pollo, uno de sus platillos favoritos. 

Decidió despejarse el sueño dándose un baño y posteriormente, se fue a la cocina para comenzar a guisar los chilaquiles. Mientras sacaba las verduras del refrigerador se percató que le faltaba encender la radio, era uno de sus ingredientes clave para cuando comenzaba a crear la alquimia culinaria. 

No alcanzó a escuchar las noticias y en los fines de semana no pasaba un programa de entrevistas que le gustaba. En él se hablaban de temas de interés para las mujeres, la salud, el autocuidado, los derechos, el autoestima, deportes, entre muchos más. Ese día decidió sintonizar una estación donde había una selección de música diversa, tipo retro, pero con una mescolanza de géneros.

Atenta a la preparación del desayuno comenzó a tararear las canciones que se sabía, identificó una canción de Duncan Dhu, "En algún lugar de un gran país, olvidaron construir, un hogar donde no queme el sol y al nacer no haya que morir…" como una especie de regreso en el tiempo Bertha recordó a su primo Pedro, el papá de Joaquina quien había fallecido un par de años atrás, esa canción era una de sus favoritas. Sintió un nudo en la garganta, se permitió soltar unas lágrimas. Regresó al presente, respiró profundo. Pensó en Joaquina y en cuánto disfrutaría degustar los chilaquiles y que recordaran anécdotas con su papá.

La selección musical de la radio cambió de género y de pronto, Bertha ya estaba escuchando "Sopa de caracol" interpretada por Banda Blanca. De nuevo la memoria le trajo al presente a otro familiar, su prima Oralia, quien en su adolescencia solía bailar con gran entusiasmo el baile de punta al escuchar esa melodía. El rostro de Bertha dibujó una sonrisa, qué bonito era recordar, momentos tristes, alegres y  agradecía a la radio, compañera de vida, que le permitiera formar parte de su día a día con tantos contenidos, información, consejos, noticias, cuentos, melodías.

Al ritmo de "Sopa de caracol", siguió cocinando, le faltaba sazonar la salsa roja para los chilaquiles. Verificó la hora, estaba muy a tiempo para terminar el desayuno, ir a despertar a Genaro y recibir a las visitas.  En eso estaba cuando escuchó...

—¡Qué bien huele! Buenos días amor. ¿En qué te ayudo? —era Genaro que ya se había despertado. 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 161. Miles de rugidos, el silencio. Héctor Cortés Mandujano

Árbol-Jaguar/ 4
Miles de rugidos, el silencio

Héctor Cortés Mandujano


Antes que yo, años atrás, alguien escribió la palabra Jaguar.
        Y se escucharon cientos de rugidos.

Después, en una notita de un periódico de provincia (la casa del jaguar no está en las ciudades, sino en el monte) se pudo leer que alguien se ufanaba de haber matado a uno.
        Un rugido menos.

Y hubo luego desplazamientos de gente a lugares donde antes sólo había árboles y animales en libertad.
        Los jaguares buscaron mayores profundidades para esconderse.
        Pero algunos cayeron abatidos. 
        Los mataron por deporte, por miedo, por ignorancia…
        Muchos rugidos dejaron de oírse.

Los animales humanos son cada vez más, 
        los jaguares cada vez menos.

Yo escribo ahora, en 2023, la palabra Jaguar.
        Y afinó lo más posible el oído.
        Se oye aún, lejano, un rugido.

Pongo más palabras: “Salvemos los ecosistemas donde todavía vive este enorme y bello felino”.
	Y más: “Salvemos al jaguar”.
	Lo hagamos ya.
	Antes de que alguien escriba la palabra Jaguar
	y sólo se escuche el silencio.

«Autorretrato de mi sombra: HCM»




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 160. Conexiones en el tiempo. María Gabriela López Suárez

Conexiones en el tiempo
María Gabriela López Suárez

Esa tarde Tamara decidió consentirse un rato arreglando su jardín, tenía varias semanas que deseaba hacerlo pero por una u otra cosa no había podido. Armando, uno de sus primos, había prometido llegar a ayudarle para compartirle abono para sus maceteras. Sin embargo, ella decidió avanzar porque ya conocía lo poco puntual que podría ser su primo, a ella también le pasaba así en algunas ocasiones.

Fue por los guantes para comenzar su labor, pero antes de colocárselos le dieron ganas de tocar la tierra y sentir la textura de las raíces y pétalos de las flores. Así que prefirió trabajar sin guantes. El canto de  los cotorros que pasaban en parvadas era parte del paisaje sonoro, sumándose a éste el saludo de los zanates que se posaban en la barda de su casa, para luego pasarse a la parte alta del árbol de guayaba que había en el jardín.

Mientras Tamara cortaba las hojas secas de las flores, sembraba nuevos retoños y removía la tierra de las maceteras se puso a reflexionar sobre los diversos regalos que la naturaleza le había brindado en la vida. Uno a uno fueron viniendo a su mente distintos momentos en los que su vida se había conectado con la naturaleza, en la infancia, la juventud y ahora la edad adulta. Recordó sus primeros acercamientos con las flores, los árboles frutales en casa de sus tías, sus abuelitas y abuelitos y, por supuesto, los árboles de limón y naranja que había en casa de sus padres.

Casi sintió de nuevo la sensación del primer piquete de abejas que tuvo, cuando era niña, por no fijarse que en el jardín de la tía Claudia las abejas se deleitaban con el néctar de las flores y ella llegó a interrumpir su labor. O las veces que observó a Tina, la tortuga que tenía su prima Trini, le encantaba cuando Tina se quedaba percibiendo el aire, levantaba su cabeza y comenzaba a caminar con gran seguridad y a paso rápido.

Después se le vinieron, una a una, las imágenes de sus entrañables amigos caninos, mininos y aves, que habían trascendido a lo largo de los años y con quienes había pasado diversidad de aventuras. Como en una especie de memoria fotográfica Tamara los recordaba, de cada uno había aprendido y agradecía su presencia en la vida y en la de su familia.

Mientras observaba lo alegre que se veía su jardín, se quedó pensando que con el paso de los años se van teniendo conexiones en el tiempo, las que se tienen con la naturaleza son de las más bellas y fructíferas. 

Se agradeció por el regalo que había dado a su jardín y por la sensación de sentir la vida a través de apapachar a sus flores. Había sido una linda decisión trabajar esa tarde sin los guantes. El rostro de Tamara estaba relajado y contento, sacudió sus manos para soltar los últimos residuos de tierra, mientras pensaba que si Armando llevaba el abono, lo usaría para sembrar nuevas flores.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 160. Las disipadas fábulas del viento/ I. Héctor Cortés Mandujano

Fotografía: Pascual Elí Méndez León

Las disipadas fábulas del viento/ I
"Algo sobre la muerte del mayor Sabines"

Héctor Cortés Mandujano

a

Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 y murió, casi en un paralelismo, el 19 de marzo de 1999.
	Su poesía, en un principio, molestó a los críticos y a varios otros poetas, pero encantó a la gente común porque su lenguaje parecía sencillo y dejaba puesta, exacta, a veces dentro de un verso deslumbrante, una palabrota.
	Y luego estaba él: alto, apuesto, de ojos claros y enormes, de voz de galán de cine. Las faldas volaban a su alrededor como flores de carne en un jardín lúbrico.
	Sabines hizo escuela en su manera de leer poesía. Su entonación, sus pausas, su modo de reconocer que más que un poeta alejado de las multitudes era un hombre metido en la faena de vivir, que vendía telas, se equivocaba políticamente, vivía en un rancho, sufría un accidente que lo dejaba sin poder caminar, leía en Bellas Artes ante un montón de lectores fanáticos que fueron a verlo como si se tratara de una estrella de rock.
	Sus poemas brincaron al cine, por ejemplo, con Julissa desnuda leyendo “Los amorosos”, y a la música y al teatro y a todas las artes que se dejaron tocar por su voz masculina, poética, humana.
	Nada más humano que su poema de largo aliento “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” donde habla de la enfermedad de su padre, del dolor compartido con la familia que lo cuida, de su agonía, su muerte, su entierro y el recuerdo que tarda demasiado en dejar de ser tizón encendido en el centro de los corazones que lo amaron.
	“Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es el retrato de un Jaime Sabines sin miedo de mostrarnos su vulnerabilidad, su modo de llorar a gritos, su humanidad desenganchada de la educación inflexible que ha intentado enseñar a los hombres a no mostrar sus emociones. Pero no es este sólo un poema confesional, sino una muestra de saber poético. Si bien hay versos libres, no excluyen una infinidad de tropos (metáforas, metonimias, sinécdoques, hipálages, etcétera); hay también sonetos, casidas, incluso rezos, diversas formas poéticas que parecen escritas con la difícil facilidad de alguien que sabe que van a leerlo y, además, quiere que lo entiendan. En el terreno fonético, lo dice Esther Hernández Palacios, hay  “isometrías, isorritmias, homometrías, homorritmias, rimas y figuras de repetición”. 
         Aquí escribe, pues, el poeta y nos habla el hombre. 

[Este es el texto de presentación, leído por Ulises Peimberth, de la serie de poemas en atril (haremos diez, se supone), Las disipadas fábulas del viento I, con la intervención de Carlos Ariosto, Luis Daniel Pulido y Alfredo Espinoza. Se presentó, en su estreno, los días 20 y 21 de enero de 2023, en Telar Teatro, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, bajo la dirección de Héctor Cortés Mandujano. Mil gracias al público que llenó las dos funciones.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Pascual Elí Méndez León
Fotografía: Pascual Elí Méndez León




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 22. Cuando sale la reclusa. Ilse Ibarra Baumann

Cuando sale la reclusa

Por Ilse Ibarra Baumann

Compré el libro porque Fred Vargas recibió el premio Princesa de Asturias. No es el tipo de literatura que disfruto leer. O al menos este libro no me cautivó. Es novela policiaca. Debo de reconocer que los de Ágatha Christie son excelentes. La trama de la novela es sobre unos asesinatos hechos con veneno de araña violinista, de cómo el comisario Adamsberg maneja a toda la flotilla de una comisaría de uno de los distritos de París para desenredar la intriga. Yo nunca llegué a estar en suspenso. Los diálogos son muy simples. Se lee aprisa. No sé si esta escritora tenga otra novela que valga más la pena. Siento que perdí tiempo al leerla.
 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Cajón de rubores. 36. Crónicas 14. Antonio Florido

Crónicas (14)
Los Queñes
Por Antonio Florido

                                                                   


Llevo ya no sé los días con Toribio y Carmen, con otros muchos. Oigo declamar las voces en el teatro. Tonos desesperados. Canciones tristes.  Nostalgias puras en las letras de las naciones.
         Sin embargo, hoy es sábado. Descansaremos. 
         (No soy fácil)
         Llegué para estar un rato, lo justo para entender la indiscutible sonoridad del hombre. Paso casi todo mi tiempo buscando. Pero no me pregunten, por favor. No sé muy bien qué se me arrima a esa angustia por saber. Aún es pronto. 
         De vez en cuando hallo una preciosa perla en el fondo de un pensamiento; en otras ocasiones asumo que mi tarea consiste en la terrible gatea de llegar a lo más alto. Desde allí oteo el panorama, grito, los demás no me oyen. Otros ni siquiera comprenden el garro de este hombre que desea obsesivamente.
         Llueve.
         Siempre llueven mis pensamientos. Casi siempre lentos y calmos.
         Pronto, en la mañana, abro los ojos. Le veo en la distancia, oigo sus pasos sobre la alfombra. Mueve silencioso de acá para allá, abre el grifo de la ducha y siento desde mi cuarto el agua caliente correr hacia el suelo de laca de la bañera, blanca concavidad, ciega doblez de la naturaleza. Luego se lava el rostro hasta la tarde. Llama quedo en la puerta de mi dormitorio. Retiro la tela que me cubre, saludo.
        ―Hoy nos espera la montaña. Si te parece, Tonio, subiremos hasta Los Queñes. Te gustará―dijo. 
        Asentí con la muda voz del poeta. Nos esperan Miguel y Alicia, Carmen…
          El auto es viejo. Ronca cuando le puede una curva, tose en las maniobras. Es como un viejito animal desesperado. Pero Toribio lanza el pie sobre el pequeño cascarón de chapa y el carro vuela cruzando las calles concurridas, las avenidas. Hemos parado unos minutos. Veinte, para qué más, no está lejos. Coloca la goma sobre el receptor de acero, las cifras marcan el precio de la bencina. Me mira sonriente. Ya aclaró sus oídos y su rostro permanece apacible sobre el asiento. Maneja apoyado muy cerca del volante. Controla las medidas del arco, la curva cede, el auto dibuja dos sendas negras sobre el asfalto claro.  
         Desde aquí abajo el valle asoma hasta no acabar, como los dedos de un niño aferrados a una bardilla alta. Una leve subida apunta el cerro, sobre la parte este de Curicó. Luego, más allá, el pueblo va muriendo poco a poco. Las montañas se agarran unas a otras.
¿Será el miedo que las atrapa?
          Carmen, Miguel y Alicia están acabando sus desayunos. Me ven entrar y se levantan. Los tres se acercan y me saludan como si yo fuera alguien. Pero se equivocan. Quizás sólo se trate de un pensamiento loco que les atravesó de parte a parte. Una inquina lisonjera, señal de la vanidad que se escapa. Sin embargo, estos saludos me entristecen, como las únicas visiones de alguien al que nunca más volveré a ver.
         (Millones de voluntades a lo largo de mi vida)
         (Nos hemos parado en un semáforo en rojo. Hemos coincidido en algún recinto extraño, al cruzar las aceras, observando las inútiles rebajas de un escaparate…
         Recuerdo la primera vez.
         Ella echaba en el surtidor. Me quedé serio y quieto. Callé lo que mi boca aullaba. No te veré más. Sólo esta vez, una sola. La imagen fue retenida acaso un instante, suficiente para el recuerdo de toda una vida.
Dicen que somos muchos miles de millones, pero yo no los veo ni les conozco. Tal vez me hayan mentido y los únicos seres sobre la tierra seamos nosotros, los encontradizos, creando un universo de fantasía, con el indisimulado estertor del que muere. 
           Pasó el tiempo y no podía olvidar esa figura de la mujer echando en el surtidor. Quizás haya muerto. O esté cuidando a sus hijos. A lo mejor remonta una altura incomprensible o permanece detrás de mí sin poder observar y reconocer los detalles de aquel día). 
         Nunca sabrás quién está a tu espalda, nunca.
         Los niños miraron heridos por la curiosidad y el miedo. Está loco, este maestro está loco de atar. (Pero lo hacían). 
         Aunque lo intentéis, jamás podréis saber lo que se encuentra a vuestro alrededor. Si vuelves, la figura habrá cambiado de lugar, si te colocas como antes, se habrá marchado. ¡Pero estuvo allí, creedme!
         La sombra corre más que la luz de tu mirada.
         (Así intentaba que entendieran la oculta realidad de las formas) 
         Ahora estamos en la cocina de Carmen. Nos hemos sentado alrededor de la gran mesa. Carmen coloca una taza enorme, la carga hasta que mi mano le indica. Tomo el café con algo de azúcar. Unas pastas, un poco de pan con mantequilla. Luego Miguel me toma la mano, la aprieta, me lanza una terrible carcajada.
         Dice: «Tonio, ¿un matecito?»
         Miguel comienza la liturgia de la preparación. El mate, la bombilla limpia, la yerba dulce, una pizca de yerba amarga, el agua hervida…
         Mientras trabaja sobre su mate me va desplegando el ritual diario.
         ―Esto es así, Tonio. Los argentinos lo usamos a cada momento. 
         Después me aclara la forma correcta de tomar.
         ―Nunca la agarrás por la bombilla, esto es muy importante. ―Esas palabras admonitorias las ha soltado muy serio.   
         Vuelvo a pensar en la figura vieja del Toribio viejo. Aún estoy en la habitación, canturrea bajo la ducha. Sale, sonríe, observa su silueta en el espejo, la toalla a medio cuerpo.
         «Un momentito―dice―y mide la distancia con los dedos. Un momentito de nada. Puedes ir saliendo, Tonio, sí.»  
Toribio quedó afuera. Necesitaba echar un vistazo al auto, el agua, el nivel de aceite, las luces…
         Entra mirando al suelo y se une al grupo de la mesa enorme. Su esposa le sirve un tesito. Nos miramos sin ningún tipo de apoyo emocional.  Miguel continúa con sus explicaciones.
          Tomo la bombilla con mis labios, sorbo. Suena un pequeño arrullo cuando acabo el agua.
         ―¿Ves? Fácil. Ya has mateado. ―Carcajea de nuevo, vuelca el termo sobre el mate, lo llena. 
         ―En mi país se toma en grupo. Lo pasamos de mano en mano, así de sencillo, compartimos a todas horas. 
         En el exterior se adivina el perfil quebrado de las montañas azules y blancas. El aire sopla. Es frío. Quema los rostros con la brisa que baja de la cordillera. La gente camina sola. Especula el mundo. Recuerda cuando era delito salir a la calle. Podían atraparte en un descuido, por nada. Luego sacabas la documentación como si eso fuese algo valioso. Tu vida en un trozo de cartón plastificado. Pero el Estado no sabe de identidades. Sólo busca el silencio prieto. Conversaciones cortadas de cuajo.
         El carabinero ríe. Mira el papelito, después observa al compañero. Cuando te das cuenta estás entre las cuatro paredes. Más solo que por las calles solitarias de una ciudad que sospecha.
          (En unos días todo volverá al principio. Confinados en las casas, obedeciendo los consejos de un estado de alarma que nos tomó el paso. Pero ahora es media mañana y estamos preparados para ir a la cordillera). 
Entramos en el auto. Me dejan el asiento del copiloto, por mi bastón y mi pierna. Vamos saliendo entre comentarios capciosos, llenando el interior con la poesía de las canciones de mi amigo que tararea unas deliciosas fantasías. De vez en cuando miro hacia los amigos argentinos, les hago preguntas. Me responden tranquilos. Hablan de su tierra, más allá de lo que el ojo percibe, tras las montañas chilenas, donde comienzan las estribaciones en una leve bajada, zigzagueante, larga como el eco parido entre los cerros.  
         ―Son dieciocho horas, Tonio. En bus. Se hace largo y pesado. Todas curvas de un lado a otro, hasta que la cosa se va arreglando y se divisan, desde lejos, las cubiertas grises de Rosario, y las brillosas aguas del Paraná, que por ahí navega tranquilo y rumoroso.
        Habla con un deje de nostalgia.
        De su tierra plata.
        Sus costumbres ancestrales.
        El arraigo que a todos nos puede en la vida.
        Como semillas, echamos raíces silenciosas en cada trozo de tierra.  Repartidos por el mundo, hablando el mismo idioma de las emociones humanas, fracasos sucesivos, ansias declaradas, iniciativas de vivir un día más. 
Miguel observa el rostro de Alicia. Toma su mano. Sonríe. Está pidiendo sin palabras el asentimiento de su esposa. Al poco ella atestigua lo que su marido ha dicho. 
         Carmen mira distraída a través de su ventanilla hacia las alturas que lentamente van surgiendo al final de cada curva. Tal vez el recuerdo de su Lily la haya tomado de sorpresa y la busque entre las abras rugientes.
Se ha hecho un silencio de espera. Es hermosa la sierra. A la izquierda juguetea con nosotros un riachuelo de aguas negras. Un poco más adelante, el mismo río chiquito aparece a la derecha, cruza bajo nosotros, esconde sus rizos, asoma por el otro lado. Las tierras andinas son gruesas y grises. Pintan las escorrentías de una sombra diluida. Los árboles van desapareciendo, nosotros trepamos en el interior del auto que gatea. Se aferran las ruedas viejas al asfalto viejo. Vamos lentos.
          ―Un par de horas. ―Dijo Toribio, sin apartar la curva de su frente. 
         A la altura de Los Queñes bajamos a estirar las piernas. Varias casitas asoman. Construcciones de montaña. Viejas y dejadas. Cartones, hojalatas, colores estallando, caras afiladas sobre los viajeros. Un restaurante para los turistas se dibuja al cruzar el puente. Ellos han continuado. Yo me quedé sobre el estrecho barandal. Me tomaron varias fotografías con el valle de fondo, el río, los verdes pastos, las casitas tristes bajo un sol cálido. Hay una calma que se lamenta sobre los rostros de los paseantes. Nadie se atreve a alzar la voz. Únicamente el sonido fragoroso del agua que culea sobre las rocas lisas. La mirada queda atrapada en esta alma natural, en ninguna parte, donde los hombres jamás pensaron ni existieron. El mundo es grande. Las montañas sobrepasan los seis kilómetros. Sobre las nubes blancas y algodonosas, donde el ser se abandona, sólo un azul puro permanece.
          Eternidad en los sentidos.
          Noté llegar la humillación por esta clara evidencia.
          Una mota, un grumo que piensa que piensa, eso soy.
          Miguel me llamó. Era la hora del almuerzo.
          Entramos en un recinto escrito por todas partes. Anuncios de comidas, consejos, menús, manufacturas al costo… Un salón enorme, casi vacío. Una televisión diminuta y lejana sobre la alta pared. Trajeron para los cinco, comimos sin parar de hablar. De todo un poco. La historia de Los Queñes, los hechos de los 70, el transcurrir de la vida desde entonces, la política de un país y del otro, las detenciones injustificadas, el trasiego de los desertores por la parte montañosa donde estábamos, el tiroteo trascendental, la persecución de la revolucionaria… 
         Logré dividir la conciencia a media parte.
         Dos mundos atrevidos. Dos elementos disjuntos. Uno en calma, oyendo la conversación de mis compañeros, las historias nuevas, episodios para recordar como amuletos de un viaje muy extraño; otro para evocar el sentido de la ausencia, en la soledad del uno mismo, abrazado al aire denso y claro. Lo poético y lo salvaje endulzaron el ambiente. Me supe puramente desgarrado, como si estuviera escribiendo una obra en la hondura de la ilusión.
         Imaginaba el comienzo de todo. El título adecuado sobre un texto creciente. Lo haría con las herramientas de la memoria y las impresiones. No deseaba datos concretos. Sólo flujos inmanentes de la naturaleza. Trazos, pinceladas, colores y sonidos. Más allá en el tiempo vendría la ocasión de dibujar una historia compuesta de mil historias distintas. Amenas concavidades de mi cerebro sobre las teclas anhelantes de mi computadora. Saludos con la mano abierta, francos besos en el aire, sonrisas volanderas, poemas y cánticos en la sobremesa, tristes miradas en la penumbra de la noche, un cielo desconocido, la Cruz del Sur en el alto negro, una forma lejana, chiquita, indiferente. Y en medio el lunar que me acompañó desde que salí de casa, con su cara manchada, creciendo orgullosa del otro lado. Luna de allá, la que compartimos en la tintura de un cielo embalsamado.
          (Los cogumelos mágicos)
          La montaña nos sorprendió con una resignación penetrante. Quedaba cerca la frontera con la Argentina. Atravesamos varios cauces que mojaban el asfalto y pasaban al otro lado, donde el río negro baja con estrépito. A la derecha se abrió una manta hermosa. Azul celeste por varios cientos de metros, se extendía a lo largo de la carretera, sobre el arcén y poco más. Eran millones de hongos. Infinitas tonalidades giraban alrededor de ese color más parecido al matiz de la desesperación en un día caluroso de primavera. Los hongos se confundían unos en otros, subían las laderas hasta desaparecer a cierta altura. Aquí no hay árboles. Quedaron atrás, hasta los mil quinientos metros. De ahí en más no son capaces, no se atreven esos frondosos postes de leña ocre y verdes hojas. La paja me entró en los ojos y los toqué. Eran lágrimas chiquitas. Nunca fui capaz de soportar la avalancha de la hermosura. Me vuelvo y disimulo. El apenado detalle de un ser rebelde y débil.
         El aire es más lábil en las alturas. Noté cierta dificultad al respirar. Necesitaba más oxígeno, más alimento, más elixir embriagador.
         Alicia recoge algunas florecillas. 
         La mujer permanece aislada en su soledad, rodeada del azul pálido.  Es una falla en el dulzor de la primavera que va huyendo.
        (Octubre. Aún hace frío)
        Cubre sus hombros con las mangas sueltas del abrigo. Mira alrededor, se le pierde la vista en el anhelo de atraparlo todo.
         Es una tinta indeleble de amor.
         ¡Cómo detener la angustia cuando uno se sabe inerme!
         En las cimas blanquea la nieve. Dice Toribio que esa nieve nunca se va. Incluso en verano continúa la imagen pintada de las copas blancas, sobre los arabescos y rizados de las montañas. Desde Curicó no hay más que salir a la calle y observar la nítida silueta de la cordillera. Como si tus manos se alargaran. Como si llegasen hasta ellas.
          Aquella mañana mi amigo dijo: «Allí detrás está la cordillera. Hoy no se ve. Hay nubes. Quizás llueva, pero luego…» Después tragó sus palabras. Se habían convertido en deseos muertos en el filo de sus labios, deseaba que el amigo viajero descubriera ese amor de la tierra hacia los curicanos. 
           Llegó el olor olvidado a tierra mojada. A lo lejos una sombra cubrió los picos sucesivos y las piedras comenzaron a rodar por la pendiente. Estaba tan lejos que no oíamos el ulular de la tierra. La nieve también caía sobre las rocas rodantes.
           Llovía.
           Sombras inclinadas mostraban el lugar exacto donde el agua escurría de las nubes grises y negras. En pocos minutos esa agua nos alcanzaría como el olor de la tierra primitiva. Nos miramos asustados. Alicia se abrochó el pecho con los brazos. Miguel se escondió en el abrigo. Luís y yo no dejábamos de observar con recelo, prestando el oído al lejano extravío del valle. El sol apuntaba sus tenues azules por detrás de los picos del oeste. Atardecía deprisa. El aliento congelado nos golpeó y tuvimos que bajar con el auto, delante de la tormenta que nos seguía con los remolinos atroces a través de la senda. 
           Descendíamos rápido. Por nada del mundo debíamos quedar a merced de la borrasca. En esta parte es peligroso. Atravesamos los campos transparentes de cogumelos. Toribio conectó el aire caliente. Nos sumergimos en un desmayo apaciguado, nos atrapó el sueño. La tarde se iba. Llegaba la noche alunada por la parte del norte. Y el frío, el viento, las oscuridades, sonidos rocosos, quejidos y lamentos a nuestro alrededor. Aún tenía grabado el azul celeste y brillante y las transparencias y los armónicos dibujos de los troncos y las mismas copas. Creí viva la montaña. La montaña que nos empujaba hacia el valle. La timidez en la roca que sólo quería defender lo suyo, alejar al hombre de su territorio. No era bueno descubrir los secretos de las prominencias en el cerrado sepulcro de su intimidad. Era un fuero distinto y nosotros unos simples turistas de fin de semana. 
          La carretera se convirtió en un lodazal. El auto resbalaba y Toribio aferraba el volante con fuerza. Pasamos de nuevo por Los Queñes y una voz como muerta susurró pidiendo por la vida de la comandante Tamara.
         (Yo no fui, creedme, que así lo digo, lo imploro. Dejad a mi pueblo salvo. Yo no fui, pero estoy dispuesta. Soy La Comandante, desque sentí en la sangre el dolor de las gentes. Lucho por ellos, pero yo no soy mala).  
         Así de chiquito brotó el murmullo entre los zarzales del fondo y los matorrales invisibles. Luego se fue corriendo por la ladera, junto a las aguas del río, negros presentimientos. Recuerdos de varias décadas, eso fue. 
         Toribio nos avisó de que no era bueno escuchar esas voces. No eran reales. Es la montaña, sabed, es ella, que no soporta las aventuras triviales ni los ahogos. 
         Tamara sobre el agua negra.
         Rodrigo sobre el agua negra.
         Carne deshecha y agua y cieno y venganza.
         Fue simple. Lloraban como chiquillos. Soportaron sólo al comienzo, que después el cansancio y el miedo…
         Al día siguiente se conoció. Los expusieron en el altar del orgullo, a esos chilenos sobrantes. Seis vergüenzas con seis nombres. Los escribieron al pueblo. El pueblo los leyó callando. Se cerraron las puertas de casi todas las casas de la ciudad. El frente había fracasado y Los Queñes ya no eran suyos.
         ―Ella avisa. Nos recuerda los miedos de antes. Te lo quise explicar cuando llegamos. Pero se me fue olvidando porque si no olvido, muero. Hay que tener la virtud de perder los recuerdos. Algunos detalles deben irse. Hay que seguir. Hay que vivir como se pueda. 
         No hablamos más.
         Las primeras luces de Curicó aparecieron en la negrura de la noche. Detuvimos el auto a un lado. Había pasado mucho tiempo desde el olor a tierra llorada. 
         Por la carretera caminaba un hombre. Iba solo. Viejo, con las manos a la espalda, la cabeza agachada. Hablaba consigo mismo. Movía los labios y hablaba. A veces se detenía, alzaba la vista, la perdía por el callejón del valle, luego continuaba por la orilla. Pronto supimos que la gente les ve muy a menudo. Son desesperados que huyen a las montañas. Desean acabar con sus vidas. La sociedad les falló, no soportan más y buscan los hongos transparentes y azules y celestes en las alturas. Algunos se llevan varios días y noches caminando hacia las flores. Por el olor se guían. Por la renuncia. Buscan la salida al dolor que les fue atrapando en el avance de la vida. El sinsentido quedó atrás. Sus rostros, dicen, se vuelven claros y sonrientes, como de niños que juegan. Pero es la fragancia. Es ella la que los va llamando. Por eso suben. Buscan la soledad y la posibilidad de terminar con sus angustias. La gente sale a las puertas, ven a esos hombres humillados. No les dicen nada. Rezan y piden que a ellos nunca les pase.
          En los setenta y ochenta había una ristra de cuerpos echados sobre el alquitrán. Llegaba hasta más allá de la posta. Se pudrían y las alimañas arrastraban los restos. Sus familias nunca fueron informadas. Esas gentes llenaban las iglesias. Pedían que sus hombres aparecieran, que alguien les dijera algo. Fueron años así. De hombres contra hombres, ridículo, grotesco. Una caricatura de lo verdadero y útil. Fue cuando el amor comenzó a desaparecer del mundo.
         Me lo dijo la voz de Toribio. También la de Carmen.
         Alicia y Miguel asintieron.

Andes. Estribaciones.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 159. Ser turista en el terruño. María Gabriela López Suárez

Ser turista en el terruño
María Gabriela López Suárez


Bianca se despertó temprano como acostumbraba para ir a la preparatoria. Aunque el clima estaba muy frío, en casa ya había movimiento, Gregorio y Melissa, su papá y mamá ya estaban preparándose para ir a trabajar. Bianca fue a la cocina, preparó su taza de café y buscó pan. Melissa le había dejado una concha de chocolate, sabía que era uno de sus panes favoritos. Degustó la bebida y el pan, luego se arregló rápidamente, debía salir pronto para alcanzar el camión.

Se despidió de Gregorio y Melissa deseándoles buen día, tomó una de sus bufandas, su mochila y fue rumbo a la parada. Caminó alrededor de dos cuadras y media, el autobús llegó puntualmente como cada mañana, eran las 6:20. A Bianca le gustaba irse en el camión de ese horario porque podía elegir el asiento para sentarse, no dudó en buscar ventanilla en la tercera fila del lado izquierdo. Se sentó, colocó su mochila sobre sus piernas, la abrazó y terminó de acomodarse. 

Se percató que sus orejas estaban muy frías, el clima estaba ideal para dormitar un ratito mientras llegaba a la escuela. Sin embargo, quiso aprovechar la ventana de su asiento y decidió prestar atención al paisaje, se le ocurrió que iba de turista en la ruta que le llevaría a la escuela.

Bianca observó cada parte que iba pasando, descubrió cosas que no había visto, varios pinos de gran tamaño que estaban al fondo de una calle poco concurrida. Luego distinguió unas viviendas con más de tres pisos que tenían jardineras bellamente decoradas por flores de colores vistosos. Le agradó ver nuevos árboles plantados en algunos camellones y por otro lado, le entristeció ver muchos perros en la calle, intentando cruzar de una banqueta a otra y lidiando con personas que conducían sin darles espacio para pasar. 

—¿En qué mundo vivimos? ¿Por qué tanta indiferencia ante los perros que hay en la calle?           —pensó para sí.

El camión siguió el recorrido. Su ánimo volvió nuevamente al contemplar las montañas, con la densa neblina que las revestía de una manera majestuosa, imaginó que estaban posando para ella. Sintió muchas ganas de estar caminando rumbo a esas montañas para ascender y luego contemplar la vista desde la parte más alta. Se percató que faltaba poco para llegar a la escuela, se fue preparando para pedir la parada. Respiró profundo. Qué rápido se le había hecho el viaje, qué bonita experiencia la de ser turista en el terruño. Se acomodó la mochila en la espalda y se ajustó la bufanda.

—Bajan en la parada, por favor  —se escuchó la voz de Bianca. Mientras descendía y se dirigía a la escuela frotándose las manos, el clima continuaba helado.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 159. Nuevo oficio. Héctor Cortés Mandujano

Nuevo oficio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

En realidad, no importa quiénes fueron tus papás, lo importante es nacer

HCM, en Estanislao Musni lo contó un día

Llegué a la ciudad como vagabundo y hasta ahora, aún, hago trabajos de sobrevivencia. No siento haber dejado atrás algo importante ni ahondo nunca en mi biografía porque mi interés está centrado en este momento que pasa. Y nada más.
	Ocupo una casa en las afueras, que no sé a quién pertenezca. Está a medio construir, a medio destruir, pero tiene un techo menoscabado en algo que he convertido en mi cuarto. Al principio dormía en el suelo, luego llevé cartones, después una colchoneta y ahora tengo un viejo colchón. Puse cerraduras básicas para que nadie entre en mi ausencia y he llenado de huellas alrededor para que sepan que estas ruinas, pese a que no tienen luz eléctrica, son la habitación, la vivienda de alguien.
	No supe cómo ni cuándo ni con quién probé por primera vez la carne humana. Lo que sé es que su consumo me ha curado de los intensos dolores de cabeza, el insomnio, los líos gástricos. Por eso, porque mis preferencias no son aceptadas por la generalidad, he vivido en muchos pueblos y me he cambiado de nombre: me he llamado Arturo, José, Armando… Ahora he decidido llamarme Vladimir.
	En el pueblo anterior hubo un hombre que me vendía carne humana, a buen precio. No tengo vicios, salvo un vino barato al que le agrego sangre (cuando la carne es todavía muy fresca); lo que gano lo invierto en comer, porque mi alimento no es fácilmente asequible.
	Aquel hombre me dio el nombre de una mujer a la que contacté en un mercado de esta ciudad. Hablamos con brevedad y nos pusimos de acuerdo. No sé qué le atrajo de mí, porque incluso se volvió mi amante ocasional. Ella, me parece, tenía una perversidad, un halo siniestro, y nunca quise indagar dónde conseguía mi cuota semanal de carne y de sangre: la calentaba en una olla que ponía sobre las rocas del patio y luego la dejaba enfriar para agregarla a mi vino. La carne, en ocasiones, la volvía tiras y la secaba.
	La mujer dejó de llegar y supe que la habían matado a cuchilladas (también se cambiaba de nombre; descubrí, con su muerte, que no se llamaba como me dijo). No comí en varios días, hasta que traté de comer otra carne, otras cosas y tuve fuertes vómitos, diarreas, dolores innumerables.
	No supe qué hacer, hasta que tomé la decisión más importante de mi vida. Me he dedicado a muchos oficios de resistencia física y he robado, mentido, engañado, estafado a gente en el camino. Sin embargo, nunca había privado de su vida a nadie. Hoy, hace unos minutos, en la noche, en una calle oscura, maté a un muchacho desconocido, con un cuchillo pesado y filoso. Tomé de su cuerpo varios órganos y escapé sin que nadie me viera. Logré captar algo de su sangre. 
	Hoy cenaré su corazón, a las brasas. 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Efraín Bartolomé/Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com