Polvo del camino. 174. El insondable misterio de una cama revuelta. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura

                        
                          Polvo del camino/ 174
              El insondable misterio de una cama revuelta
                      Héctor Cortés Mandujano

¿Estamos enamorados 
o sólo estamos en celo?
¿Lo nuestro es un encharcado
o estamos tocando el cielo?

¿Me lo ha dicho tu boca
o tal vez lo he pensado yo?
¿Seremos como la roca
o como agua del arroyo?

¿Me amas como te amo?
¿Te podré dar lo que me das?
¿Soy tu esclavo, soy tu amo?
¿Es este el final o habrá más?

[Dicen los tratados sobre versificación que los versos octasílabos son los más fáciles de escribir. Y sí, escribí estos en un santiamén, sólo por jugar, después de leer al poeta argentino Baldomero Fernández Moreno, quien escribe versos románticos. También hice unos bisílabos jugando: “Nora besa como habla: rico.”]



Ilustración: Héctor Ventura
Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 173. K’unk’un. María Gabriela López Suárez

K’unk’un
María Gabriela López Suárez

Elba estaba sumamente estresada, ese miércoles se le habían juntado varias cosas por la tarde, entregar los reportes de fin de mes que le encomendaron en su trabajo y que estaba terminando de integrar; llevar a clase de dibujo a su sobrina Pamela; encargar el pastel de cumpleaños de su tío Salvador y pasar por un vestido a la tintorería. 

Intentó hacer un repaso, ¿en qué momento se le habían empalmado las actividades? Todas eran importantes de llevar a cabo. Mientras preparaba la comida hizo el esfuerzo para calmarse y respirar, 

—¡Tú puedes, tú puedes! —se repetía a sí misma.

Como una especie de reflexión se le vino a la mente la frase que solía decirle su maestra de lengua Tseltal cuando percibía que Elba se desesperaba al no comprender tan rápido la lengua de estudio:

—K’unk’un Elba, mok ma’me x-elmaj awot’an (Despacio Elba, que tu corazón se relaje).

A lo anterior le sumó recordar la ocasión en que bordaba con mucho cuidado un dibujo, que regalaría a su esposo Maximiliano, la hilasa se enredó y lejos de ponerse nerviosa,  ella se observó revisando con detalle cómo deshacer el nudo sin que la costura, que tanto tiempo le había llevado avanzar, se lastimara. La actividad resultó con éxito y la calma había sido un elemento clave.
 
El aroma de las hierbas de olor que agregó a la pasta que preparaba la hizo volver al presente, reservó la salsa roja y los champiñones que había cortado en trocitos para incorporarlo todo al final. En eso estaba cuando escuchó que Maximiliano llegaba a casa.

—¡Hola Elbita! ¿Qué tal tu día amor? ¡Mmm, huele delicioso! —señaló Maximiliano, mientras se acercaba a saludar a Elba.

—¡Hola Max! ¡Qué bueno que llegaste! Ya está la comida. ¿Me ayudas a preparar agua de limón con hierbabuena y cortar pan en trozos?

Mientras Maximiliano realizaba la encomienda, Elba le comentó cómo le había ido en ese miércoles y de sus pendientes, él se ofreció a ayudarle para que ella pudiera avanzar. El rostro de Elba dibujó una gran sonrisa, siguieron conversando y procedieron a degustar la comida. En la mente de Elba asomó de nuevo la frase  K’unk’un Elba, mok ma’me x-elmaj awot’an. Justo ahora sentía el corazón relajado.


 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 173. Mundos pedestres/ fantásticos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                           Polvo del camino/ 173


                       Mundos pedestres/ fantásticos
                          Héctor Cortés Mandujano

Despierto, abro los ojos// se caen las alas con las que volaba sobre el candente desierto de Ardán, donde he vencido y muerto, con muchas dificultades, al abominable monstruo conocido por TraHup, que asolaba las ciudades cercanas a aquellos paisajes oníricos. 
	Me levanto, voy a lavarme la cara, me veo al espejo// sobre la rama más alta del árbol más alto de la selva me ves fijamente: eres una pantera de ojos hipnóticos y sé que no puedo moverme, porque en ese instante saltarás y me morderás la yugular para beber mi sangre, como a veces me muerdes, cuando eres mi novia y al mismo tiempo ese felino que me sigue viendo, y sólo me das placer y no muerte.
	Me baño, me visto// la cascada me arrastra y caigo sin saber lo que encontraré en la honda poza a donde vertiginosamente me dirijo; un cocodrilo imposible de tan grande, como si fuera una pesadilla, me tira una tarascada cuando apenas mis ojos se han acostumbrado a ver debajo del agua, lo monto como si fuera un caballo salvaje y cuido que sus corcoveos o un coletazo me dejen fuera de combate; se oye una voz con absoluta nitidez que ordena al animal llevarme hasta la playa. Allí me espera quien habló: el rey de los cocodrilos…
	Voy a la cocina, enciendo el fuego, pongo agua para café// el volcán arroja lava, la tierra tiembla, el calor derrite piedras, el río de fuego avanza hacia la aldea donde estoy dormido, porque fui narcotizado por el hombre que se enamoró de mi mujer y se la lleva, dejándome a merced de un destino inminente; el río ardiente, que destruye todo lo vivo a su paso, con su viveza infernal, llega hasta mi choza, abre la puerta y llega hasta mi cuerpo, lo toma y me trasforma: soy un hombre antorcha y siento renacer en mí la nueva vida en la que podré comer incluso brazas sin daño alguno.
	Desayuno un par de huevos revueltos// y soy el león ante el ciervo destrozado; cedo una parte a mi leona y mis cachorros; las hienas dan vueltas mientras ven con ojos lastimosos como nos tragamos esta buena carne palpitante todavía, caliente; los buitres dan vueltas en el cielo.
	Me cepillo los dientes//, y sé que soy el anciano sabio que ha conseguido entender todos los secretos de la vida y la muerte, y los explico a señoras gordas, millonarias, y a hombres aburridos de estar sentados, tomando güisqui y llenándose de dinero cada momento por sus acciones en todas las empresas que hacen daño al planeta; enfatizo, desde mi posición de profeta sin falla, lo que va a ocurrir si no depositan el dinero que les he pedido por iluminarlos; lo que me gustaría es tener dientes y dar una mordida a una manzana, pero sé que eso no será posible, pese a mi poder manifiesto.
	Reviso mi peinado, mi vestimenta//, he dejado la vieja piel, como crústula blanca, tendida sobre las piedras y repto con mi nueva piel: soy la serpiente más bella del herpetario y ahora uno de nuestros cuidadores ha dejado varios ratones que erran desesperados por nuestra cárcel de cristal; ni siquiera me muevo, sé que uno vendrá a entregarse a mis mandíbulas.
	Suena el teléfono. Es mi jefe. Que me necesita con urgencia. // No sé si montaré mi coche o el caballo volador que tengo amarrado en el árbol seco de la entrada.// Carajo, a veces mi imaginación es un lastre…




Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

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Voces ensortijadas 172. Sin temor a las alturas. María Gabriela López Suárez

Sin temor a las alturas
María Gabriela López Suárez


Mónica recibió la buena noticia que el examen que aplicó para una plaza laboral vacante había sido aprobado. El puesto de diseñadora gráfica era para ella. Llamó a su familia para compartir el motivo de su alegría. Decidió que cuando le fuera posible festejaría ese logro. 

Su encomienda laboral le implicaba mudarse de ciudad, Mónica tenía ahora una nueva tarea, la búsqueda de vivienda. Estaba consciente que tendría que invertirle paciencia a esa búsqueda, lo bueno es que tenía el tiempo necesario. Iniciaría en su puesto justo dentro de cuatro semanas.

En la cena comentó con su familia sobre su mudanza y la necesidad de encontrar una vivienda lo más cerca de su trabajo. Eso le permitiría ahorrar tiempo y gastos en el transporte. Roberta, su mamá, se acordó que tenía unas amistades en esa ciudad, les preguntaría si conocían de algún departamento pequeño que rentaran por la zona del trabajo de Mónica. Joaquín, su papá, dijo que ahora con las facilidades en internet sin duda encontrarían varias opciones. Miriam, su hermana menor no dudó en decir que ella se apuntaba a acompañar a Mónica en la búsqueda de vivienda, siempre y cuando fuera en fin de semana para no faltar a clases.

Finalmente, entre toda esa búsqueda de opciones Mónica tuvo de dónde elegir. El fin de semana fue con su familia para conocer la opción que le parecía más viable. La colonia en que se ubicaba el departamento estaba aproximadamente a media hora de la empresa donde trabajaría Mónica, esto si lo hacía caminando; a diez minutos en transporte público y a quince minutos en bicicleta. El costo de la renta incluía servicios de agua, luz e internet. El departamento tenía cerca un mercado, supermercado, farmacias, tortillerías, cafeterías, restaurantes, hasta un pequeño parque muy pintoresco con mucha vegetación.

Todo iba bien hasta que llegaron al espacio por el que Mónica se había decidido. Una señora de nombre Blanca les atendió. El departamento se ubicaba en el piso número 10, el penúltimo piso del edificio. Cuando llegaron Mónica no daba crédito a no haberse fijado en ese gran detalle. Ella solía temer a las alturas. Roberta y Joaquín le animaron a vencer ese miedo, sería un gran reto, valdría la pena. Miriam les observaba sin animarse a decir algo, ella también tenía cierto desencanto por las alturas.
 
Por fin lograron que Mónica subiera a ver el departamento, el espacio era pequeño pero confortable, muy bien iluminado y la vista era un deleite. Roberta y Joaquín revisaron que todo estuviera en condiciones seguras, la decisión final la tendría Mónica. 

La mente de Mónica estaba en un dilema, de pronto, se le vino a la memoria, la imagen de una tarde en que entró al gallinero que tenía su tía Lupita. Alzó la vista y observó que en los árboles, de ramas delgadas, estaban muy bien sostenidas varias gallinas, entre ellas una gallina coquena. Le preguntó a la tía Lupita si no se caían, ella respondió que no, que dormían ahí y que ellas elegían ese espacio.

—¿Entonces Moni, qué has decidido por el departamento? —preguntó Roberta, la señora Blanca está esperando la respuesta.

Mónica regresó al presente, sintió la mirada de su familia y de la señora Blanca. Su rostro dibujó una sonrisa:

—Me quedó con él, sin temor a las alturas —dijo en un tono seguro. Mientras tanto su familia se acercaba a felicitarla y abrazarla.
 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 172. Mi mamá en el infierno. Héctor Cortés Mandujano

                         Polvo del camino/ 172

                         Mi mamá en el infierno
                             (Minificción)
                        Héctor Cortés Mandujano


Alguien tocaba a la puerta de mi departamento. Traté de ignorarlo, pero siguió dando persistentes toquidos. Abrí. Era un ser pequeño, desconcertante, de una inenarrable fealdad. 
	No era una cara la suya y no alcanzaba a verle algo parecido a una boca, cuando escuché su voz que era, también, espantosa:
	—Soy un diablo. Tu madre está en el infierno y quiere darte un recado muy importante. Le concedieron, no sé por qué, ese deseo. Para que vayas, necesito hacerte siete preguntas; si contestas satisfactoriamente, te llevaré con ella.
	—No quiero verla, gracias. ¿La torturan?
	—Se tortura sola. No puedes rehusar las preguntas. ¿Cuándo ves el rojo más profundo?
	—Cuando veo el sol con los ojos cerrados.
	—¿Cuál es el árbol más pequeño?
	—La semilla.
	—¿Qué es el rencor?
	—Polvo diabólico.
	—¿Y el amor?
	—Alas blancas. ¿Sabes? No me interesa seguir contestándote. Y no quiero ver a mi mamá. Si eres un diablo, tú sabrás qué quiere decirme, dímelo y ya. Tengo otras cosas que hacer.
	No sentí ningún cambio y en lo que dura un parpadeo estaba en una especie de mazmorra pestilente y oscura; escurría algo, con la consistencia de la sangre, del piso y las paredes que parecían pétreas. La materia oscura manchaba mis zapatos, el calor era asfixiante. Mis ojos se fueron acostumbrando y vi en un rincón a una mujer vieja, parada frente a un mueble de sombras. Movía las manos como tomando alguna materia, que yo no alcanzaba a distinguir.
	—¿Mamá? 
	La figura no se movió.
	La vi esperando que se volviera, que hablara. Pasaron varios minutos. Dijo:
	—¿Qué haces aquí, cómo llegaste?
	—Me trajeron, supongo, no sé cómo.
        —¿Para qué?
        —Me dijeron que querías hablar conmigo de algo importante.
        —¿Estás muerto o vivo?
        —Vivo, creo.
	—¿No sabes qué quería decirte?
	—¡Claro que no!
	—¿Qué te podría decir que fuera importante?
	—Eso mismo me pregunté. No quería venir.
	—¿No querías verme?
	—No.
	Volvió su rostro hacia mí. Hacía tanto que no la veía, me sorprendió notarme mucho parecido con ella.
	—¿Te hice daño?
	—Mamá, espero que no sea para una escena melodramática que me hiciste venir. Me dan flojera los llantos, los gritos y sombrerazos de vivos o muertos.
	Caminó hacia mí y detuvo su rostro frente al mío.
	—Te ves bien –me dijo.
	—Gracias.
	—No conozco a ningún demonio. Me la paso sola aquí, no me puedo sentar, no duermo, no como, no sé si pienso. No entiendo cómo fueron por ti ni para qué. Perdóname, hijo, si yo tuve algo que ver con eso. No fue mi intención.
	De la misma manera, sin que algo raro notara, estaba de nuevo en mi departamento frente al ser monstruoso.
	—Disculpa, hubo un error. Buscaba a otra persona. Puedes seguir con tu vida.
	Se desvaneció en un segundo. Cerré la puerta y regresé a servirme el desayuno. Mientras comía, decidí dejar el alcohol y las drogas. Tal vez algún consejo así me daría mi mamá, si viviera. 




Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 29. Doce cuentos en contra. Ilse Ibarra Baumann

Doce cuentos en contra

Compré Doce cuentos en contra (Barbara Jacobs, La Centena ed.) de pura nostalgia. Lo escogí porque la de la portada: la escritora, se parece a mi tía Hortencia. Mi tía ya murió, era la hermana de en medio de mi padre y casi no la traté, él era el menor de los tres. Y hoy que le enseñé la foto de Bárbara Jacobs a mi madre y le pregunté “¿a quién se parece?” Me dice “No sé, al menos a alguien que yo conozca, no. ¿Quién es?” La niñez me distorsionó el rostro de seguro. En la contraportada no venía de qué trata el libro, sólo menciona sus obras publicadas.

La forma de narrar de Jacobs me resultó muy agradable. Varios cuentos están representados por personajes adolescentes o jóvenes y tienen un trabajo literario ingenioso y con arquetipos lógicos y hábiles. 

No sabía que ella fue esposa de Augusto Monterroso y que ganó el premio Xavier Villaurrutia por su novela “Las hojas muertas” (1987). Habrá que leerla.

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 171. Que no sople el viento. María Gabriela López Suárez

Que no sople el viento

Que no sople el viento
María Gabriela López Suárez


Como todos los sábados Margarita despertó después de las 7,30 de la mañana. Junto con su familia se daba el regalo de dormir otro rato más, para compensar el madrugar que tenían de lunes a viernes. Recordó que ese sábado les tocaba comprar cosas para la despensa, irían al mercado. 

No tuvo necesidad de despertar a Gonzalo, su esposo, quien había sido el segundo en levantarse de la cama. Solo faltaba por despertar Lidia, su hija de ocho años. Aún no daba señales de haber abandonado su cama. Margarita decidió que la dejaría dormir un rato más, mientras Gonzalo preparaba licuado para que no se fueran en ayunas y ella tomaba un baño. 

Antes de las 9 de la mañana la familia ya estaba lista para ir por el mandado. Margarita fue la conductora para ese día. Gonzalo propuso que desayunaran en el mercado, en el puesto de doña Esperanza. La señora vendía atole de guayaba y arroz con leche, tamales de anís, de piña con coco y de fiesta, como solían llamar a los de mole. La propuesta de Gonzalo fue aceptada.

En el mercado se organizaron para surtir la lista de productos a comprar, de manera que pudieran aprovechar más el tiempo. Luego se fueron con doña Esperanza, ordenaron lo que desayunarían y escucharon que algunos clientes comentaban su preocupación porque en las faldas del cerro que rodeaba a la ciudad había varios incendios difíciles de sofocar.

Margarita comentó que justo ese día no había prendido la radio, normalmente la escuchaba apenas se despertaba, era su compañera mientras hacía las faenas en la cocina.

Entre Gonzalo y ella comenzaron a externar la tristeza que les daba por la situación que estaba pasando el cerro, cada árbol o especie animal que moría representaba un impacto para el medio ambiente y por lo tanto, para la vida.  Deseaban que las personas que tenían la tarea de apagar el fuego salieran con bien y que el fuego cesara. Lidia escuchaba la conversación sin comentar nada, su rostro estaba atento a la conversación de su mamá y papá. Ambos externaron su interés en poder ayudar de alguna manera. Doña Esperanza alcanzó a escucharles y les dijo que algunos grupos de personas se estaban organizando para recolectar agua, víveres y herramientas para quienes tenían la ardua encomienda de apagar los incendios. Sin dudarlo le pidieron los datos, pasaron a comprar algunas botellas con agua, ese sería su granito de arena para apoyar.

Mientras se dirigían a entregar las botellas, Margarita y Gonzalo seguían platicando de la situación y les angustió más que de pronto se comenzaron a sentir unas ráfagas de viento que, en otro momento, habrían sido bienvenidas pero ahora en esa situación representaba la posibilidad de que el fuego se propagara con mayor rapidez. Lidia seguía escuchando con atención, sin decir alguna palabra. Llegaron al punto de encuentro para dejar las botellas con agua. Margarita volteó a ver qué hacía Lidia, era raro que estuviera callada. Le hizo una señal a Gonzalo. Para sorpresa de ambos el rostro de Lidia tenía los ojos cerrados, y Margarita alcanzó a escuchar que intentaba decir algo. 

—¿Te sientes bien Lidia? —preguntó Margarita en un tono asustado.

Sin abrir los ojos Lidia le respondió, 

—Me dio tristeza lo de ese gran incendio, y lo que dicen ustedes del viento. Yo  también quiero apoyar y estoy intentando que el viento me escuche y deje de soplar. 

Las miradas de Gonzalo y Margarita se encontraron, ella sintió un nudo en la garganta. Gonzalo la tomó de la mano y se volvió hacia Lidia, ¿hija nos dejas ayudarte a esa petición?

Lidia continuaba con los ojos cerrados.

—Sí, si nos juntamos los tres el viento nos podrá escuchar mejor. Repitan conmigo, que no sople el viento, que no sople el viento, que no sople el viento.

Margarita cerró los ojos intentando enunciar la frase mientras sentía rodar las lágrimas en sus mejillas.
 
Que no sople el viento
Ilustración: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 171. Casi tan bella como el suicidio. Héctor Cortés Mandujano

Casi tan bella como el suicidio
Héctor Cortés Mandujano

                                    ¿Es que yo soy? ¿verdad que sí?
                                    ¿no es verdad que yo existo
                                    y no soy la pesadilla de una bestia?

                                    Alejandra Pizarnik,
                                    en “Mucho más allá”


Leo la Poesía completa (1955-1972), publicada por Ramdom House en 2000, de la célebre poeta argentina Alejandra Pizarnik, quien nació en Buenos Aires en 1936 y, como dice la nota biográfica, “decidió morir” en 1972.
	Me gusta la dedicatoria de “Ser incoloro” (p. 16): “Al conejito que se comía las uñas”.
	En varios poemas se habla a sí misma, a veces con insistencia, como en “La enamorada” (p. 53): “esta lúgubre manía de vivir/ esta recóndita humorada de vivir/ te arrastra Alejandra no lo niegues”.
	Dice en “Noche” (p. 57): “Tal vez esta noche no es noche,/ debe ser un sol horrendo, o/ lo otro, o cualquier cosa…”, y escribe en “Balada de la piedra que llora (p. 62): “la muerte se muere de risa pero la vida/ se muere de llanto pero la muerte pero la vida/ pero nada nada nada”.
	Le dedica un poema a mi adorada Emily Dickinson (“Poema para Emily Dickinson”), que dice en sus líneas finales (p. 64): “Algo llora en el aire,/ los sonidos diseñan el alba./ Ella piensa en la eternidad”.
	En “La danza inmóvil” habla con desesperanza (p. 75): “Yo devoro la furia como un ángel idiota/ invadido de malezas/ que le impiden recordar el color del cielo./ Pero ellos y yo sabemos/ que el cielo tiene el color de la infancia muerta”.
	Tiene muchos poemas breves y muy breves, como “La carencia”, que cito completamente (p. 91): “Yo no sé de pájaros,/ no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas”.
	En “Un sueño donde el silencio es oro” dice (p. 227): “He tenido muchos amores –dije– pero el más hermoso fue mi amor por los espejos”.
	Dice en la extensa “Extracción de la piedra de la locura”, escrito narrativamente (p. 251): “No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín”.
	“Piedra fundamental” pone el dedo en la llaga sobre la escritura, sobre su escritura (p. 266): “También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más”.
	Escribe en “Los poseídos entre lilas” (p. 294): “Los perros son como la muerte: quieren huesos", y en “Como yo la quería” (p. 317): “Morir como muere un animal pequeño/ en los cuentos para niños./ Eso tan terrible. Lleno de hermosura”.
	Termina sus “Capítulos principales” de esta manera (339): “Al final todos se casan:/ el mar y las olas,/ la noche y lo oscuro,/ el vaso y el vino,/ el anillo y el dedo,/ la muerte y el cadáver”.
	En “Esta noche, en este mundo” afirma (pp. 398-399): “las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia”, y casi al final del mismo pide (p. 400): “oh ayúdame a escribir el poema más prescindible/ el que no sirva ni para/ ser inservible”. 
El título de esta columna está tomado de “Sala de psicopatología” donde además escribe (p. 416): “le pasó (a Kafka) lo que a mí:/ se separó/ fue demasiado lejos en la soledad/ y supo –tuvo que saber–/ que de allí no se vuelve”.


Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 170. Fluir como el río. María Gabriela López Suárez

Fluir como el río
María Gabriela López Suárez


Rosenda había tenido un día complicado, eso le había generado estar dispersa en sus actividades laborales y le resultaba poco grato, no se sentía a gusto. Clara, su colega y una de sus amistades de toda la vida, con quien coincidía compartiendo espacio laboral le aconsejó que no se tomara las cosas tan a pecho.

—No te aflijas tanto por las cosas Rosenda, todo tiene solución. Recuerda que mientras uno tiene más ruido en la mente, menos se concentra. Ya casi es hora de salir, podrás irte a descansar a casa y disfrutar a tu familia.

—Gracias por tus palabras Clara, espero sentirme mejor. 

Se despidieron y regresaron a sus oficinas. 

Llegada la hora de salida Rosenda apagó la computadora, la desconectó y verificó que el regulador también estuviera apagado. En la empresa donde trabajaba era una recomendación especial a todo el personal que hicieran ahorro de la energía eléctrica.

Esa vez más que nunca agradeció que para ir a su casa solo debía caminar alrededor de cinco cuadras. Cuando estuvo en su domicilio sintió un gran alivio, el recibimiento de las flores que tenía en sus macetas le dio una sensación de paz. Federico, su esposo, aún no había llegado con Ariadna su hija. Era miércoles y solía llevarla a clases de dibujo. Revisó el reloj, eran las 5,20 pm. Decidió que los esperaría un rato más para que en familia decidieran qué cenarían.
Se colocó sus sandalias, se recogió el cabello en una coleta y se sentó frente a donde podía apreciar sus macetas con flores de geranios. Las observó atentamente, disfrutaba los colores de cada una, en tonos rojo, rosa, blanco. Todas le gustaban mucho. 

Recordó el mensaje de Clara, la sugerencia de dejar la aflicción a un lado. Mientras dedicaba su atención a las flores, se le vino a la mente una de las imágenes más bellas que tenía guardada en su memoria y en su corazón, el paisaje del fluir constante de un río. En un paseo que realizó se le quedó grabada una escena que la impresionó, la imagen era una parte del río, donde unas piedras formaban una pequeña caída de agua y como efecto, de manera incesante, se creaba una especie de espuma blanca que desaparecía y de inmediato se formaba nuevamente. 

Qué razón tenía Clara, pensó para sí. Justo lo que Rosenda necesitaba era permitirse fluir como el río, como esa imagen que le había cautivado cuando la tuvo frente a ella. Cerró los ojos, intentó recuperar el paisaje sonoro que acompañaba a la imagen. Primero cerró sus ojos fuerte, fuerte y luego se acordó del fluir del agua, así que los fue relajando y comenzó a respirar de manera consciente, intentando concentrarse para evocar el sonido del agua. Se fue sintiendo más relajada. Pudo escuchar su respiración, se quedó un momento consigo misma. Se sentía mucho mejor, su corazón y mente se habían conectado. Rosenda dibujó una sonrisa, aún permanecía con los ojos cerrados. 

Los murmullos cercanos a casa la trajeron de nuevo al presente, eran Ariadna y Federico que ya estaban de vuelta. 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 170. Juego de luces. Héctor Cortés Mandujano


Juego de luces
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

La luz blanca y poderosa –del hogar– se encendió en el corazón del hombre. Abrazó y besó a su hijo; le dijo:
	—Hijo, te amo; trabajaré duro para darte lo mejor, lo que desees.
	Besó luego a su mujer, montó en su coche y salió rumbo a su trabajo. 
        Recibió en el camino una llamada de Rebeca, con quien tenía una aventura.
	Se encendió la luz roja en sus genitales y tuvo una erección. Quedaron de verse en el motel de siempre.

Su jefe hacía negocios turbios en los que era un invitado. Le dijo que harían algo ilegal, con ganancias exorbitantes. Se encendió en su cerebro la luz amarilla, la de la codicia. Cerraron el trato.
	Cuando iba hacia el motel, discutió con un automovilista. La discusión subió de tono y se encendió en su hígado la luz negra. Se bajó del coche y se enredó a golpes con el desconocido.

Por la noche, después de estar con su amante, de hacer su negocio ilícito, de curarse las pequeñas heridas, volvió a su casa y fue muy cariñoso con su mujer y su hijo, a quien llevó a su cama y contó un cuento.
	En su pecho brillaba, de nuevo, la luz blanca.


Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com