Librero del uroboro. 28. Dossier K. Ilse Ibarra Baumann

Dossier K

Dossier K. (Acantilado, Trad. Adan Kovacsics) es mi tercer libro de Imre Kertész. Lo compré pensando en otra de sus novelas y resultó ser una entrevista. O más bien una recopilación de ellas. En este libro habla de Dios, de su obra, de su primera mujer, de cómo percibe al hombre y a la sociedad, de Auschwitz y del régimen opresivo socialista de Kadar. 

Aquí les dejo unas de sus citas. 

De Dios: “¿crees en Dios” “No sabría qué contestar, así, a la primera, pero da lo mismo. Porque el sentimiento religioso natural existe dentro de mí; al fin y al cabo, hay que agradecerle la vida a alguien, aunque da la casualidad de que no existe nadie que acepte nuestro agradecimiento.”

De su obra: “Al Final se descubrirá incluso que poseo cierto talento para la escritura a pesar de todo: nada me resultaría más desagradable. De hecho, no empecé a escribir porque poseía talento, sino todo lo contrario: cuando decidí escribir una novela, también decidí, de paso, tener talento. Lo necesitaba para acabar mi trabajo. Había de esforzarme en escribir un buen libro, no por vanidad, sino por la naturaleza de la cosa, por así decirlo.”

De su primera mujer: “Se fue y se llevó consigo la mayor parte de mi vida, el tiempo en que empezó y culminó la creación literaria, en que, viviendo en un matrimonio desdichado, nos quisimos tanto.”

Del hombre: “Lo cierto es que todavía no se ha arrojado luz sobre si realmente existimos o si sólo somos las corporeizaciones de montones de células que trabajan dentro de nosotros, fenómenos que, necesariamente, hacen como si fuesen una realidad autónoma.”

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 169. Las disipadas fábulas del viento/ II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 169
Las disipadas fábulas del viento/ II

“Lamentación de Dido”, de Rosario Castellanos
Héctor Cortés Mandujano

Rosario Castellanos nació por azar en la Ciudad de México, en 1925, pero su vida y su obra están ligadas indisolublemente a Chiapas.
	El filo de su inteligencia tocó con ironía y sin piedad varios asuntos suyos, y de otros, que iban de lo doméstico a lo amoroso y a lo social, y que se convirtieron, en el sortilegio de su literatura, en ensayos, cuentos, novelas, artículos periodísticos, obras de teatro y, dejemos las enumeraciones, poesía.
	Dentro del corpus extenso de su trabajo poético brilla poderosamente “Lamentación de Dido”, personaje cuyas primeras menciones se hallan en Ovidio y en Virgilio, de donde Rosario, según reconoció ella misma, tomó el mito y lo actualizó desde la intertextualidad.
        Ovidio, en Heroidas VII, y Virgilio, en el libro IV de La Eneida, pusieron a Dido en brazos de Eneas. Este héroe mítico, cuyo destino –después de participar en la guerra de Troya– era fundar Roma, naufragó en las playas de Cartago, donde la viuda Dido reinaba. Ella se lo llevó al palacio y olvidando su jerarquía, su inteligencia, su poder, y bajo el influjo de Venus, se volvió su amante, su esclava amorosa.
	Pero los héroes no están para arrumacos y en un sueño el joven y apuesto Eneas –hijo de Anquises y Venus– supo que debía dejar el reino, sin hacer caso a las súplicas de la mujer derrotada por los designios del destino. Dido corrió como loca y vio cómo el barco donde iba su amor se alejaba. Lloró como un sauce a la orilla de un río, después hizo una pira con las pertenencias de Eneas y luego se suicidó con la espada del héroe.
	Dido antes se llamó Elisa y llegó como exiliada hasta las tierras que en el futuro gobernó. El poema de Rosario Castellanos retoma la historia urdida por Ovidio y por Virgilio, y la vuelve un largo poema donde la ya reina hace un recuento de su vida y su ascenso, de su amor y su caída, de su dolor y de su desesperación, antes de suicidarse. Su lamentación es, pues, su último discurso, sus palabras finales, el canto del cisne.
	Hay varios paralelismos entre estas dos cultas damas –Dido y Rosario–, no sólo en su huida a otras tierras, no sólo a su desvelo al batir, leyendo, “la selva intrincada de los textos”, sino, evidentemente, en su desgracia ante el amor. ¿Quién mejor para escribir sobre el abandono que una mujer abandonada? ¿Quién escribe con más detalle sobre la desgracia que quien la ha llevado encima todo el tiempo?
	Pero Rosario huyó en este poema, escrito en largos versículos, de la confesión abierta, porque tenía la tutoría de dos clásicos y su enorme talento para que Dido hablara por ella. Dido, dice Rosario, “eleva la trivialidad de la anécdota (¿hay algo más trivial que una mujer burlada y que un hombre inconstante?) al majestuoso ámbito en que resuena la sabiduría de los siglos”.
	Y la voz de Dido, desde Ovidio, desde Virgilio y desde Rosario, sigue resonando.
	La muerte de Castellanos, como refrendo del mito, ocurrió también después de haber sido abandonada por el hombre que amaba y lejos de su país, de su pueblo: en Tel Aviv, Israel, en 1974, al conectar una lámpara. La luz, por eso, sigue siendo parte de su imagen. Rosario Castellanos es una lámpara que no cesa de iluminarnos…

[Este texto debe varios datos, por supuesto, a la Eneida, de Virgilio, y a los textos ensayísticos “ ‘Lamentación de Dido’ de Rosario Castellanos: convergencias y desvío”, de Edgardo Dobry; “La influencia de Virgilio y de Ovidio en el poema ‘Lamentación de Dido’ de Rosario Castellanos”, de María Jesús Cruz Gimeno, y “Heroidum epistularum VII: Dido en Ovidio”, de Jorge S. Mainero, consultados en línea. La lectura en atril de “Lamentación de Dido” se llevó a cabo en Telar Teatro, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 29 y 30 de marzo de 2023, con la participación de Sharon Hernández, Lucía Zambrano, Maricruz Aguilar y Mónica Corzo, bajo la dirección de Héctor Cortés Mandujano, con el apoyo de Carlos Ariosto, Juan Ángel Esteban Cruz, María Cristina Fernández Reséndiz, Dalí Saldaña, Alfredo Espinoza, Carolina Rodríguez y Ulises Peimberth. Hubo público que, dado que ya no cabían más sillas, durante los dos días, vio de pie nuestro trabajo y nos aplaudió y gritó “bravos”. Quedamos felices y agradecidos. Mil gracias.]

Lucía, Maricruz, Héctor, Sharon y Mónica




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 169. El sobreviviente. María Gabriela López Suárez

El sobreviviente
María Gabriela López Suárez


Ese martes Tamara decidió ir a buscar el par de sandalias que tanto quería. Era un día muy caluroso,  por lo que no demoró en salir de casa. Se dirigió rumbo al mercado, le gustaba pasar por los puestos donde vendían productos de ixtle. Se podía pasar mucho rato viendo la diversidad de cosas que tenían en ese pasillo. Casi siempre salía comprando algo, para ella o para alguien de su familia. Recordaba siempre a la tía Bertha, era una amante de esos productos y artesanías, quizá ella le había heredado eso. Para no perder la costumbre Tamara terminó comprando un cepillo redondo para el cabello, le encantó desde que lo vio.

Se apresuró para ir en busca de sus sandalias, tenía que regresar a más tardar al mediodía porque había quedado de ir a comer con su familia y no quería que se le hiciera tarde. Después de ir a tres zapaterías, por fin encontró las sandalias en el modelo que deseaba, en tono color marrón y con unos detalles en forma de flores muy discretas.

Salió con dirección a su casa, de pronto, se quedó observando la calle que estaba frente a  ella. En la esquina un terreno con extensión grande donde antes estuvo un edificio muy antiguo que luego demolieron, parecía ocupado. Ahora fungía como un estacionamiento rústico, sin techo, eso no es lo que llamó la atención de Tamara sino que el único árbol que sobrevivió a lo que antes había en el lugar podría desaparecer si decidían construir en ese espacio. El solo pensarlo le provocó una especie de tristeza. Recordó las veces que había pasado cerca del árbol y lo había saludado. Solía expresarle que le daba gusto que permaneciera ahí. Era uno de los árboles endémicos en la ciudad, quizá era de edad mediana porque su tamaño no era tan grande; conforme pasaba el tiempo esos árboles parecían extinguirse sin que casi nadie lo tuviera en cuenta.

Cada que caminaba por donde estaba el árbol, agradecía su presencia porque le brindaba un poco de sombra, sobre todo en días soleados como ese martes. Sin dudarlo caminó rumbo a la calle y se quedó contemplando el árbol, como si quisiera tener una conversación con él. Se puso bajo el árbol y le agradeció la oportunidad de tenerlo cerca, las veces que había alegrado la vida de quienes caminaban por ahí y se sentían confortados con su sombra, con el danzar de sus ramas en los días de intenso viento. Casi como un susurro le dijo:

—Eres el sobreviviente de lo que antes hubo en este espacio, te deseo larga vida y que permanezcas mucho tiempo alegrando esta calle. 

Acarició parte del tronco y algunas ramas, las que pudo alcanzar, respiró profundo. Se le vino a la mente lo que solía decirle su tío Carlos, siempre que se pueda hay que hablarle a los árboles, ellos nos escuchan y agradecen que les tengamos cariño. Dirigió sus pasos a casa, estaba a buen tiempo de llegar  para la comida.
Photo by Nikita Igonkin on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 27. Sin destino. Ilse Ibarra Baumann

Sin destino

En Sin destino (Acantilado, trad. Judith Xantus) aprendí que “en ninguna otra circunstancia importa tanto llevar una vida ordenada, ejemplar y hasta virtuosa como estando preso.” Y aunque diga, en ninguna otra circunstancia, recuerdo que mi madre siempre me dijo “no sabes lo que es ser huérfana de madre y tener que caer bien para que no te hagan el feo y te rechacen en los lugares a donde el destino te avienta, en donde vives: interna o con otras familias”

“Lo principal era no abandonarse; algo siempre pasará porque nunca ha pasado que algo no pasara, eso me enseñó Bandi Citrom, afirmación llena de sabiduría que él había aprendido en el campo de trabajo. La primera cosa, la más importante era, en todas las circunstancias, lavarse. También era sumamente importante administrar la ración de comida, la hubiera o no. Por difícil que resultara esa dura disciplina había que guardar algo para el desayuno de la mañana siguiente. Es más, otro trozo debía quedar para la hora de la comida, procurando evitar que nuestros pensamientos y, sobre todo, nuestras manos se encaminaran a los bolsillos. Así, y sólo así, se evitaba el penoso pensamiento de no tener que llevar a la boca.”

“Todos ellos se esforzaba por igual en una misma cosa: todos trataban de mostrarse buenos presos. Claro, ese era su interés, eso requerían las circunstancias; nuestra vida, en realidad, se limitaba a eso.”

“ cualquier palabra de reconocimiento, cualquier señal, por pequeña que fuera, nos hubiera sido más útil, por lo menos a mí.(…) El sentimiento de vanidad permanece aún entre los presos, y ¿quien no anhela un poco de comprensión y de buena voluntad? ¿ Acaso no se llega más lejos con eso?”

Este es de los pocos libro referentes a la Segunda Guerra que la acepta, es parte del destino, así tenía que ser, no guarda rencor. Y pese a las atrocidades, el personaje contempla el atardecer y, ya estando libre, los recuerda, recuerda aquella belleza que vió estando preso.

Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 168. El silbido del viento. María Gabriela López Suárez

El silbido del viento
María Gabriela López Suárez


La ciudad se percibía tranquila, el periodo vacacional le daba un respiro al incesante cotidiano lleno de ajetreo y prisas. Iracema se percató de eso al no escuchar el ir y venir de los coches y del transporte público, el ruido del claxon y el inconfundible acelerar de motocicilistas que continuamente llegaba hasta su casa.

—¡Qué apacible atmósfera se percibe hoy! Tenía rato de no disfrutar este ambiente —dijo para sí.

Se entrajinó en algunos menesteres pendientes en la cocina, en la temporada de la Semana Santa en la familia de Iracema tenían la tradición de preparar dulce de garbanzo. Esa tarde iracema y su familia habían quedado de ir a casa de la tía Lourdes para compartir la cena. Ella había quedado de llevar el postre, dulce de garbanzo. Así que terminó de lavar el garbanzo previamente hervido y lavado; lo preparó con canela, un poco de azúcar y panela para que fuera tomando sabor.

Llamó a Jeremías y Tobías, sus hijos, para que le ayudaran a lavar los recipientes en que llevaría el garbanzo. Un poco a regañadientes llegaron e hicieron la labor encomendada para luego escabullirse y continuar jugando dominó.

Iracema estuvo pendiente que el dulce quedará bien cocido y con caldito, sin olvidar una de las principales recomendaciones, evitar agregar agua fría para que el garbanzo no se pasmara. Es decir, tomará una consistencia dura, sinónimo de haberlo echado a perder. Una vez cocinado el dulce de garbanzo, llevó la olla al patio para que se enfriara.

Después de colocar la olla sobre una mesita, se sentó un rato y se detuvo a contemplar de nuevo el paisaje sonoro, sin la bulla de coches. Observó la luz de la tarde, era sumamente bella. En el patio, la hojarasca que se mecía al compás del suave oleaje del viento que la empujaba llegaba a formar pequeños remolinos. Iracema respiró profundo, como en un cuarto plano alcanzó a escuchar las risas de sus hijos, seguro que se la estaban pasando bien, aunque no tardaría en llegar el reclamo de alguno de los dos al perder en la partida de dominó.

El paisaje de la tarde trajo a la memoria de Iracema  las tertulias en familia cuando era niña. Algo que disfrutaba era escuchar las anécdotas de la abuelita o el abuelito y qué decir de las experiencias que compartia el tío Panchito, tenía un estilo peculiar de narrar las historias y de lo chusco que le había sucedido. El silbido del viento la hizo volver al presente. Iracema revisó su reloj, ya era hora que se fueran arreglando para ir a casa de la tía Lourdes; el dulce de garbanzo ya estaba preparado y el viento había sido el mejor aliado para enfriarlo.

Photo by Jan Koetsier on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 168. De sangre helada. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

Polvo del camino/ 168

De Sangre helada
Héctor Cortés Mandujano


Juan Ángel y yo publicamos un librito donde cada uno hizo su propio ejercicio. Yo escribí y Juan Ángel dibujó, pintó, diagramó, cortó y pegó… El monstruito se echó a andar y hubo que presentarlo a los demás. Lo hicimos.  
        Luego de las breves presentaciones (que aquí resumo) leímos, acompañados por música de suspenso y con una falsa penumbra, cuatro de los diez textos que constituyen Sangre helada.
	Dijo Majo: “Son los monstruos, las hadas, los espectros y animales fantásticos, quienes desde pequeños nos ofrecen moralejas fantásticas, porque siempre resulta mejor vivir la fealdad desde lo fantástico en lugar de la realidad, resulta mejor narrar la idea de monstruos que roban niños y hacerles ser cuidadosos, antes que aprender en carne propia o en afectos cercanos, lo que es el verdadero terror”. Luego Majo leyó “El duende”.
	Tania tomó la palabra: “La ilustración hace más que adornar o decorar un texto; por etimología también lo hace brillar, lo alumbra, lo aclara para explicar mejor su contenido. Los textos, que no por breves son menos sustanciosos, tienen la habilidad de dejarnos pensar, de imaginar el antes y el después, el siempre, porque nos habla de seres eternales”. Leyó “El gato”.
        Juan Ángel también habló: “Sangre helada nació como un híbrido de dos ideas concretas: un libro de horas u horarium y la visión del imaginario local. Héctor logra, en un ejercicio de abstracción hasta casi al punto de ser minimalista, ir más allá de las leyendas trilladas. Todo el conjunto de palabras queda enmarcado entre flores y huesos, y acompañado por un gráfico alusivo”. Leyó después “Las lechuzas”.
Yo leí “El árbol zopilote”. Éste, que te comparto lector, lectora,  no lo leímos:


El nagual

Las niños que están naciendo, aun cuando no sepan cuál será su opción sexual en el futuro (mujeres u hombres, binarios o poliamorosos), no saben que los tienen dentro.
	Son los naguales y habitan los cuerpos de los seres humanos desde que nacen.
	No siempre ellos están en lo que la gente suele llamar, con supina imprecisión, el alma, el chulel, el espíritu, pues toman como nuestra la parte que más se les antoja.
	Así, hay manos cuyos naguales son tarántulas y pies de machos cabríos.
	Espaldas donde hay alas de gallina y pechos en los que medran asustadizas ranas.
	Movimientos donde habita la pantera y bocas donde vive un chacal.
	Vaginas con lenguas de sapo y penes donde circula sangre de aves de rapiña. 
	Ojos de inocentes venados y corazones donde danzan las serpientes. 

[Sangre helada, con textos de Héctor Cortés Mandujano e ilustraciones de Juan Ángel Esteban Cruz se presentó en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en Telar Teatro, el viernes 24 de marzo de 2023, con la participación de María José García Cruz, Tania Corzo Hernández y los autores, con el apoyo de Carlos Ariosto y Alfredo Espinoza. Muchas gracias al público que nos acompañó y compró libros.]

 

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 167. Bienvenida a la primavera. María Gabriela López Suárez

Bienvenida a la primavera
María Gabriela López Suárez


Se acercaba el periodo vacacional de la Semana Santa, Roberta esperaba con ansias unos días de descanso. Felipe, su esposo, la había invitado a que fueran a visitar a sus tías Conchita y Luisa que vivían en un pueblo ubicado a unas 3 horas y media de la ciudad. La idea de estar en contacto con el campo le hacía mucha ilusión a Roberta.
          Finalmente llegó la fecha esperada. Felipe compró chocolate con cardamomo para obsequiarle a las tías, había recordado que era una de sus bebidas favoritas. Roberta preparó pan de cazueleja para compartirles.
          Salieron de casa con previa revisión de que el coche estuviera en buenas condiciones para viajar en carretera. El paisaje que les acompañó en el camino a su destino fue una bella tarde soleada, de esas que arrullan e invitan a tomar una siesta. El clima caluroso se dejaba sentir. Cuando salieron de la ciudad el clima se sintió más agradable, un airecillo fresco acarició el rostro y cabello de Roberta.
           En su trayecto, mientras conducía, Felipe le fue comentando a Roberta algunas anécdotas de su infancia y adolescencia en compañía de las tías Conchita y Luisa. La casa donde vivían guardaba una serie de gratas nomemorias. Felipe era tan buen narrador que Roberta disfrutaba de la charla, escuchaba con atención y se imaginaba las historias.
         —Felipe debías ser cuentacuentos porque describes con tanto detalle lo que pasó que casi siento que estoy en el lugar de los hechos.
          —Y eso que no me viste cuando la tía Luisa me enseñó a hacer unos guiñoles con retazos de tela, era para la presentación de un cuento que, por cierto, terminó relatando ella porque me dio pena hablar en público.
          Ambos sonrieron y Roberta preguntó,
          —¿Ya estamos cerca del pueblo? Tiene rato que no veníamos pero hay ciertos elementos que voy recordando.
          —Tienes buena memoria, así es, llegaremos como en  media hora.
          Hicieron una pausa en la charla. Roberta observó que el camino se iluminaba con los rayos de la Luna que estaba cercana a su etapa de Luna llena. Se deleitó con la vista hacia la bóveda celeste, las estrellas titilaban decorando el cielo. Agradeció la ausencia de tantas luces como las que había en la ciudad. Alcanzó a percibir uno de sus paisajes sonoros favoritos, el canto de los grillos. Ese canto se había ido perdiendo en la ciudad y cada que Roberta tenía la oportunidad  lo disfrutaba. Percibió que la noche tenía un aroma distinto, el olor a naturaleza se hacía presente, no solo por estar en el pueblo de las tías sino también porque estaban en una de sus épocas favoritas del año. Ese viaje era una bella forma de dar la bienvenida a la primavera.
         El sonido del celular de Felipe se dejó escuchar, era la tía Conchita que preguntaba si ya estaban por llegar a casa, les estaban esperando para cenar.


Photo by Min An on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 167. Lo que calan son los filos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

Polvo del camino/ 167
Lo que calan son los filos
Héctor Cortés Mandujano

                                                     La cruz no pesa:
                                           lo que calan son los filos

                                                       “Bala perdida”,
                                               canción de Tomás Méndez


En las primeras secuencias de la cinta El poder del perro (2021, dirigida por Jane Campion) los dos hermanos, dueños de una finca, arrean vacas. 
        En Don Segundo Sombra (Editora Nacional, 1978), de Ricardo Güiraldes, el narrador cuenta de su primer arreo, que dura varios días; el joven amigo de don Segundo dice (p. 103): “Lo que me dolía era el vientre, los muslos, las paletas, las pantorrillas”. Hace después otro arreo y apunta (p. 332): “Seis días más anduvimos, entre fríos y mojaduras, rondando casi todas las noches nuestro arreo, siempre matrero, cruzando barriales y pantanos, juntando cansancio de a camadas y apilándolo en nuestros nervios”.
	Las dos obras me recordaron la vez que mi padre me pidió le acompañara a un arreo de un rancho a otro (como dice una canción de Vicente Fernández). Yo era un niño. Supongo que habré tenido ocho-nueve años, y más por intuición creo que alguien más iba con nosotros. No lo sé, está fuera del rango de mi memoria.
	Era de madrugada y las reses eran sólo sombras movientes cuando salimos de El Ciprés hacia Montecristo. Ni siquiera suponía cuánto íbamos a tardar en llegar, porque el primer rancho lo conocía de pe a pa (allí nací y crecí hasta los once años); el segundo era un enigma.
	Y estaba el asunto de qué tan fácil o complicado iba a ser conducir el ganado.
	El hato era pequeño, aunque había algunas vacas mañosas; recuerdo que me tocó ir por una de ellas, que se separó del grupo, y traerla al conjunto. También me acuerdo que no hicimos pausa para desayunar ni comer. Mi padre me pasó tortillas, carne, frijoles y queso, y allí tuve que hacerme bolas, montado en mi cuaco, para comer, vigilar las vacas, y beber de mi pumpo de agua.
	Atravesamos un primer arroyo, y otro, y luego un río, y otro (vacas y caballos tomaron agua). Si hubiera visto para ese tiempo Shreck 2 (2004, dirigida por Andrew Adamson, Kelly Asbury y Conrad Vernon) hubiera preguntado incesantemente como el Burro: “¿Y falta mucho para llegar?”. Pero seguí, creo, calladito y bonito para que mi papá no se arrepintiera de haberme llevado. Tan mal estaban las cosas, pienso, que optó por mí cuando mi primo Guillermo, mi hermano Hernán e incluso mi hermana María eran muchísimo mejores jinetes que yo, y lo hubieran ayudado más, estorbado menos.
	Sin embargo, ahí estaba yo, en mi papel de charrito comprometido. Tal vez, luego de que pasó el medio día, llegó la tarde y comenzó a caer la noche (las vacas de nuevo eran sólo bultos móviles) yo hubiera querido volver el tiempo y decirle a mi papá que no quería ir, que de ninguna manera.
	¡Y llegamos!
	Alguien abrió una tranca y mi papá anunció que allí era Montecristo.
	Dios existe, pensé, hasta que moví la pierna para bajarme del caballo. Me dio un tirón, un calambre intenso. Me aguanté. Bajé. Di el primer paso y en ese instante sentí, en la parte interna de mis nalgas, un dolor angustiante, terrible, espantoso. Me dieron ganas de gritar (como cuando me picaba alguna abeja ahorcadora o una hormiga roja) o de quitarme la vida de una vez. ¿Qué era esto?
	Mi papá vio mi rictus y se acercó sonriente.
	—¿Qué tienes, varoncito?
	Di otro pasó y como si un ancho y filoso cuchillo se me clavara en salva sea la parte.
	—Me duele, aquí, en mis nalgas.
	Mi papá se rio.
	—Ah, sí, es que te escaldaste por venir tanto tiempo montado. Es falta de práctica. Se te va a pasar pronto.
	—¿Pronto?
	Duré como una semana caminando como recién parida. Me juré nunca más apuntarme ni aceptar un arreo. Montar caballos no era ni es mi gracia. Para eso están John Wayne o Benedict Cumberbatch o mi papá. Hasta ahora, cumplí mi juramento.
	 

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 26. Son de mar. Ilse Ibarra Baumann

Son de mar

Por Ilse Ibarra Baumann

No sé porqué cayó en mis manos el libro Son de mar, de Manuel Vicent. Seguramente al comprar la colección Bruguera usada, por ser su cliente, también me mandaron de regalo este otro como suelen hacer. Lo tenía en esa parte de mi librero donde están los no leídos y (confieso)sin muchas ganas de leer. Como el anterior a este libro fue uno de Imre Kertész que me fascinó, compré otros dos de este autor. Ya me llegó uno y mientras leía este libro tan de acciones simples y narración ordinaria comencé el otro maravilloso. Así que ayer me impuse, como manda o castigo, terminar “Son de mar”. Soy una persona que odia desperdiciar lo que sea, empezando por la comida, cincuenta pesos, gasolina, y, por qué no, un libro usado. 
           De él no subrayé nada. El principio me atrapó, imagínense, llegan dos ahogados: un hombre y una mujer, vestidos de novios, cada uno a una cala diferente pero cercana una de otra; un domingo de verano en las aguas del Mediterráneo. Empieza in extrema res. Así que me entró la curiosidad por saber qué pasó. 
           No sé si desechar de mi lista los premios Alfaguara. La literatura es de acción y de sentimientos flojos. Quizás porque son ficción y no autobiográficos. No lo sé. 
           Si no eres un lector muy exigente (así como me exijo en no desperdiciar), te gustará. Pero si exiges y no despilfarras, es probable que el libro te quede debiendo. ¿Qué puede deber un libro? La médula del escritor. Cada quien tiene algo más dentro que sólo acciones. Eso le faltó.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Cajón de rubores. 39. Crónicas 17. Antonio Florido

Crónicas (17)
Vacío 
Por Antonio Florido

                                                                   
                    VACÍO




[De que el Presidente lo supo, de eso se trata el asunto. El hombre aislado siempre fue consciente de que el barco se le hundía. Sí, eso que ocurrió el 11 del 73. Desastre de La Moneda en La Moneda misma. La prensa mundial habló. Palabras del Presidente. Heroicidad del Presidente. Todo era un revoltijo, y los demás con los puños encrespados.]
              En el último estertor del año. La democracia colapsó. A partir de ahí un pecio en las profundidades de la memoria del pueblo. Decían que era una de las más estables. Augusta, afirmaban otros. Hubo una corriente de aire infestado de la cordillera, las cabezas se hicieron daño y la gente comenzó a pedir y pedir, hasta lo que nunca fue suyo, a manotazos, querían la vida resuelta, que todas sus ocurrencias fuesen atendidas como Dios manda, eso pedían. 
               Las torres paralelas habían sido derribadas. Cayeron en una garganta de nubes y la noticia circuló de un lado a otro del mundo. Yo estaba trabajando. Movía los muebles. Era mi casa, la mudanza en el interior, mi niña pequeña jugaba a lo suyo y mi mujer faenaba lo que podía. De pronto sonó la voz en la pantalla y me detuve. Fue un silencio hueco, como si se tratase de un vacío en el estrecho corredor de nuestro piso. Era para el caso. Sólo salió eso, pero se llevó todo el día y parte de la noche y de nuevo todo el día y así no sé cuántos. El mundo estaba cambiando. Me dio mucho miedo por la celeridad con la que sucedían los acontecimientos porque yo vivía en la burbuja de la evanescencia. Me tomó de traviesa, una cosa rara. La América se retorcía. Era una tragedia de la que nos iríamos enterando en lo sucesivo, esto sólo era el comienzo, que la caída sería larga, hasta de años.
               La Moneda fue antes, me atravesó un recuerdo espadado. También cayó. Parecía que alguien nos estuviera maldiciendo. Un anticipo de lo que se nos venía encima. Septiembre, siempre en septiembre. Cosa de locos. De ahí que me dio en apoyarme en la voz de los malditos. Reivindico el derecho a la locura. Ser de más. Inevitablemente. Partir la cuadratura, en una convulsión de cada día. Recordar, como la única herramienta que destruye el conocimiento y lo embota. Se resiste el arte de crear, por eso hace falta el delirio, la enajenación más exasperante. 
                La prensa latinoamericana se hizo eco. Un hombre ha perdido la cabeza. Y con ese hombre otros muchos hombres que lo siguieron por la angostura, hacia la capital, con armas en los brazos; iban cargados esos hombres de ilusiones y esperpentos, donde el ser dejó de ser y se transformó en algo telúrico, como el oráculo que alza la voz de los dioses y comunica al mundo la valía del Presidente. Llegó el espejismo hasta la colina. Salió de su Casa de gobierno y el hombre se iba preguntando si el amigo estaría a salvo, sin saber que ese mismo amigo le había traicionado, pero él lo seguía creyendo, como un bebito que se impone a los años que ya cumplió de por mucho. 
               ¿Cómo estará, le habrá pasado algo?, y continuaba limpiando las legañas de sus ojos adormilados que únicamente veían el altivo gesto de entender que todo iba funcionando. 
                El colapso y la dictadura, una constante en el devenir de la historia de tantos países del sur. 
Soy un hombre bueno.
                Un hombre loco. Un incomprendido al que nadie entiende.
                Llegó al palacio presidencial, saludó marcialmente con una sonrisa en la cara, entró a su despacho, tomó la botella, bebió hasta la línea baja de la etiqueta, no quiso detenerse hasta que las entendederas se le fueron abriendo y algo le dijo que ya era suficiente, que esa sería la última botella de su vida. La miraba con los aspavientos de un enloquecido que se cree el salvador de la comuna. Luego comenzó a recordar las cifras que esos desafortunados le colocaban por delante todos los días. 
               [Me engañan, esos malditos la tienen conmigo y me embaucan para que el pueblo me ignore, para que les asalte el odio encerrado de tanto]. 
               Sobre la mesa un informe abierto. Colapso socialista, inflación, todo por las nubes, violencia en las miradas y componendas. 
               [Yo no trabajé para esto. Nunca lo quise. Sólo buscaba otro camino para alcanzar al horizonte y tumbarlo. Deseaba reparar la historia de los pobres, devolverles algo que les fue robado. Muchos con la canción de que debo cambiar el rumbo, que esto no se aguanta. ¡Qué saben ellos de lo que uno sabe!]
               Los periódicos mundiales llamaron héroe al Presidente. Páginas de colores fuertes, rojos de celofán y azules extendidos, amarillos chillones, enceguecedoras imágenes de la rabia asesinada, la furia del pueblo, del individuo pobre que aspira llevar un pedazo de pan a su casa. Daba igual hablar de ideologías. Habían muerto encarnadas en un símbolo de gafas con rebordes negros. El mundo se quedó con la cara ancha, pensaban en las prefecturas que no se debe tratar a nadie de esta manera. Todos se pusieron de acuerdo en difundir las imágenes de un cuerpo sin alma, balaceado sin misericordia, levantaron las palabras en invectivas, así quedaron enterradas las ocurrencias a la verita del Mapocho.

Vacío
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.