Líneas de desnudo. 41. ¿De dónde vengo? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 41

¿De dónde vengo?
Por Manuel Pérez-Petit

Si la consciencia del yo es la condición del ser humano, que conjuga en sí mismo identificación y acción, pues se identifica y ubica en el universo por una combinación de signos que pertenecen a un código fruto de una convención universal que se llama “nombre”, y por lo que hace y desarrolla en forma de actividad y disciplina, fruto o no ésta de la voluntad, la memoria es la genética del individuo.
            Así, estableciendo un paralelismo entre el individuo y la obra de arte, y conviniendo que ésta es una unidad de ser y de sentido, en la persona el ser sería su biología y el sentido su yo, yo que es identificación y acción y se forma con la memoria, el garante de la individualidad, de la identidad, aquello que da redondez, unidad, ser, sentido y diferencia.
            La memoria, a su vez, se conforma de varios elementos, entre los que tienen especial relevancia aun no siendo esenciales a ella los recuerdos y los olvidos. Tanto los unos, los recuerdos, como los otros, los olvidos, determinan a cada persona, y aunque no la definen, no podría existir memoria si no existieran. Son necesarios para ser individuo. Recuerdos y olvidos a veces llegan en aluvión, y por lo general esto suele ocurrir cuando “algo” ocurre. Por ejemplo, un encuentro da lugar a una tormenta interior que conduce a la reconstrucción –“fatal” por inevitable– de unos hechos de hace más o menos tiempo que fueron mucho más determinantes de lo que uno hubiera imaginado. Ese “algo”, por su naturaleza, es innecesario, pues se podría vivir con una plenitud razonable sin que ello ocurriera. Pero a diferente escala ocurre y no pocas veces que no solo determina la importancia de los hechos que se recuperan sino la dimensión y trascendencia de los mismos, en un esfuerzo fabuloso e involuntario en que uno se ve sometido a fuerzas sobre las cuales tiene apenas capacidad de control. 
            La memoria también puede ejercitarse como disciplina. En ocasiones preocupa olvidar ciertas experiencias, al margen de que sean esenciales o no, y para ello nada mejor que escribirlas lo antes posible, aunque ahora los avances tecnológicos permiten el registro de los acontecimientos de múltiples formas con garantías de perdurabilidad, e incluso en simultáneo a la propia realidad. Luego estará en el criterio de cada cual organizar, clasificar, priorizar y tabular dichos registros, a fin de que queden para uno con el sentido que quiera otorgarles: desde la simple archivística –incluso como sublimación de la egolatría– al ejercicio del autoconocimiento. También, cómo no, está la mentira, tentadora posibilidad de autoinventarse y, en consecuencia, alejarse del yo. Y allá cada cual con los potajes que quiera tragarse. 
            A la tarea de la consciencia del yo se está abocado de manera indefectible –incluso desde la más inocente y original inconsciencia–. El objetivo de ser se alcanza en mayor o menor medida según cada caso, y depende de ello. Todo ser humano es por su naturaleza creativo, e incluso puede afirmarse que no hay un ser humano que no haya realizado alguna vez en su vida algún acto de genuina creación, por leve o minúsculo que éste sea. Entendida de forma genérica, la convención, sistema de sistemas por el cual se establece la autoimposición pactada de lo que es común y aceptable por todos con la finalidad de entenderse en ciertas cuestiones consideradas como elementales, designa también a ese tipo de actividades que se consideran “arte”.
            El arte está hecho por los artistas, de tal modo que no puede darse si no existieran éstos. Las actividades artísticas son oficios que se adquieren con esfuerzo y disciplina, en una búsqueda inevitable que en no pocas ocasiones dan en “hallazgos” capaces de completar y hacer más pleno el universo conocido. En el ejercicio que los artistas realizan de sus respectivos oficios artísticos se generan las obras de arte, que tienen en común su inutilidad práctica –la obra de arte es contra natura, y dotar de ser y de sentido a cosas que no existen pero que se generan de lo existente es un ejercicio incluso esquizo y autodestructivo, por más que agrande y complete el mundo–, pero que se hacen necesarias, y no solo por el gozo que generan sino también como aporte eficaz a la estructura de pensamiento. 
            Aunque a veces se tiene lugar la tentación no se puede ser artista sin ser persona, de igual modo que no se puede ser persona si no se afronta el hecho de vivir con la humildad necesaria que genera darse cuenta de lo poco que es uno ante el hecho de ser. De la tarea que supone, de los peligros que conlleva. Los escritores están encuadrados en esta categoría de los artistas. Yo soy escritor, y puedo decir que lejos de ser un motivo de vanagloria, ser escritor es para mí una maldición y una condena, una inmensa putada –si me permiten–, pero también una decisión personal y un ejercicio y una disciplina fruto de la voluntad, por lo cual reconozco que es culpa mía. 
            Todo arte deviene de la memoria. No existen obras de arte, y las literarias lo son, si no hay vida vivida, y la condición de necesidad de ésta es la consciencia del yo, incluso aunque se sepa que el yo está para encontrarlo y una vez encontrado desprenderse de él. En mi caso, que soy artista, y antes de ello –por de perogrullo que parezca hay que indicarlo, pues en muchos casos observados no parece que exista dicha condición– persona, ejercitar mi oficio y, sobre todo, la memoria, me permite al menos saber quién soy y de dónde vengo. 
            Tanto si escribo un libro de aventuras, un poema épico o una historia en que hable de mí mismo hablo sin remedio de mí, impúdico, algo que no me gusta nada pero que tengo cierta habilidad en disimular, que es consecuencia del oficio. No soy yo quien debe determinar la relevancia o irrelevancia de mi vida –al fin y al cabo tengo fe y mi vida tiene sentido de cualquier modo–, y sin embargo sí sé que mi obra no es irrelevante, incluso aunque hable de mí –como por otra parte no hay otro remedio–, y digo esto, parafraseando a Rilke, con humilde y callada sinceridad.
            Y así al menos soy, estoy, vengo y voy, pero esto no me consuela porque ahora debo pensar a dónde voy.
 Universidad de Navarra, 1988. (Foto: Manuel Castells)
Fotografía:  Recital de poesía y guitarra en un aula del edificio Central de la Universidad de Navarra, España, celebrado en 1988, acompañado por Julio Pinel, Ángel Alcalá y César González Cajete. Foto: Manuel Castells.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 40. ¿Quién soy? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 40

¿Quién soy?
Por Manuel Pérez-Petit

En mi más tierna infancia –y tuve una niñez llena de felicidad– escribía cuentos y hasta hacía “libros” en cuadernos, recortando revistas y pegándolas ahí con mis comentarios. Eran “publicaciones” de variedades, misceláneas, y de ejemplar único, que aún conservo, junto a mi madre, allá, en Sevilla. Puedo recordarme con mis tijeras escolares, mi pegamento Imedio, mis lápices y rotuladores, sentado en el suelo o sobre mi cama…, pero no puedo decir cuándo comencé a escribir.
            Me asombro cuando escucho que alguien puede precisar la fecha de lo primero que escribió, pues para mí sería imposible hacerlo. Sin embargo, sí tengo la conciencia de que escribir y, de algún modo primario, editar, nacieron en mí de la mano y en un tiempo tan pretérito que puedo decir que lo he hecho siempre. Yo escribía, y a la vez hacía publicaciones, aunque no con lo que escribía, pues mis “libros” no contenían nunca mis propios textos...
            Puedo hablar de mí, aunque es mi tema menos preferido y soy lo menos autorreferencial que yo conozco, pero de manera recurrente con los años me he preguntado: ¿Quién soy? ¿Cómo puedo reconocerme, identificarme, señalarme y, en consecuencia, comenzar la vida, yo diría que virtuosa, de quitarme importancia, de ponerme en mi sitio, de bajarle tres rayitas a cualquier yo que pueda imponerse en mí? 
            Ayer en el grupo privado de autores de Kolaval se estableció un debate acerca de la fama y la gloria. Todo empezó con un comentario de mi amable editor, Roger Octavio Espinosa, quien, a colación de mi Líneas de desnudo 38 (“Dudas sobre el libro”), publicado el pasado viernes, día 29, comentó: “Por si las dudas, ya compré mi pluma de ganso y estoy en busca de tinteros…” Y lo que podría haberse ahí desató un cierto debate, del que en parte me considero culpable, pues mi respuesta fue: “Deberíamos volver al papel de trapo, para tener la humildad de saber que lo que escribamos apenas tendrá setenta u ochenta años de vida…” Walter Schaefer, autor de Ciudad Juárez, Chihuahua, México, intervino pocos minutos después, argumentando que por más olvidado que esté un libro “cuando alguien lo toma y desempolva el autor vuelve a vivir”, y mi respuesta fue inmediata: “Yo es que creo mucho más en la obra que en el autor”. Enseguida, Walter, en tono jocoso, saltó: “Yo en ambas…, y luego está nuestra fama, jajaja”. Roger Octavio regresó enseguida al tono más serio en relación a mi comentario de que creo más en la obra: “Totalmente de acuerdo. ¿Quién fue el autor de las pinturas rupestres de Altamira? No importa, la obra está ahí…”, pero ya me había enfrascado: “A mí la fama me parece un fuego fatuo. Las dos grandes bibliotecas de la humanidad, las de Alejandría y Pérgamo, desaparecieron en sendos incendios y no pasó nada. Hoy conocemos la obra de Aristóteles por copias. En el fondo no sabemos si lo que escribió Aristóteles es lo que podemos leer de su autoría”. Walter, siempre divertido y provocador, nos amenazó con bloquearnos, a lo que yo le contesté que al final “todos calvos”. “Yo la fama la verdad es que la regalo. Me da una güeva…”, dije, y apostillé: “Y un sueño dorado para mí es que todas las obras de arte sean anónimas”. 
            El debate prosiguió, interviniendo varios autores –Reina Castro –poeta de mucho más allá de la frontera en que vive–, Gabriel Vega Real –narrador que levanta en su pluma un ser de corazón grande y aliento armonioso–, Ladislao Melchor, Elsa D. Solórzano –norteña mexicana en el sur, con lo mejor de ambos mundos, comprometida como pocos que yo conozca–, todos mexicanos, por cierto, y del norte al sur del país–, y por cada vez más derroteros…, y fue precisamente Ladislao, autor de extraordinarias novelas históricas que van mucho más allá del género, quien remató el debate: “Pienso en que hay razón al renunciar a la llamada 'fama'. Los 'freeways' de EEUU tienen una peculiaridad que a mi me impresionó. Resulta que en esas 'súper-avenidas' tiene 'prioridad de paso' el que ingresa, NO el que va dentro (cómo en México en su "anillo periférico"). Esa peculiaridad hace que se privilegie la 'entrada', no la 'conservación' del grupo ya establecido. ¿Podríamos mencionar 'I'am the walrus' sin decir Lennon y McCartney? Me parecería innoble no darles crédito, pero, ¿no por la misma ambición de tener fama ahora tenemos que soportar la misoginia disfrazada del reggaeton? Sí, quizá si el arte fuera anónimo, sería menos voluntarioso”.
            Pero vuelvo a mi pregunta inicial: ¿Quién soy? Periodista, escritor, editor… respuestas sencillas que, en realidad, no lo son, y, en todo caso, están en un plano simple, pues si lo pienso bien no soy ninguna de esas cosas. Antes que nada soy un ser humano que no eligió vivir y ni siquiera en este momento, que se encontró con ser sin más, que vive en la creencia de que uno debe buscar su “yo” para, una vez encontrado, comenzar la tarea de desprenderse de él. El yo da tantos problemas como la nada. Es poco práctico y menos inteligente todavía, es más defecto que virtud. Lo digo muchas veces. Soy enemigo de la nada y en aras de vivir una vida tranquila –lo cual es mi mayor deseo, que cumpliré, no sin antes cumplir por mi conciencia y honor con mis asuntos–, el poco o mucho talento que tengo me lo quitaría de encima, lo donaría... Y en donación lo doy de todos modos, en lo que escribo y hago, porque no me queda más remedio y porque así lo dicta mi decisión, sin mezquindades y con las limitaciones de las que intento –en muchas ocasiones de manera infructuosa– hacer virtud. No puedo entender la vanagloria de quien por escribir unas líneas necesita darse mayor postín ni la creación artística basada en la egolatría. No se puede ser artista en mi opinión sin ser donante. Y no se puede ser donante si no se tiene capacidad de negarse a uno mismo. Sin amor, sin humildad, sin afán.   
            Y ni siquiera me preocupa que el olvido anticipado del yo nos lleve a la desaparición.
M. P.-P., en 2016.
Fotografía:  M. P.-P., en 2016, en la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma de Estado de Hidalgo (UAEH)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas. 62. La rana en la orquídea. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 62

La rana en la orquídea

Por María Gabriela López Suárez

Citlalli observó el reloj, vio que aún faltaban 30 minutos para que su reunión presencial diera inicio, estaba en tiempo. Por suerte, el lugar de la actividad le quedaba cerca de casa. Tomó su bolso, se puso el cubrebocas, los lentes para el sol y salió rumbo a su destino laboral. El calor estaba en su apogeo  y aún era temprano.
          Al llegar a la cafetería donde era la actividad Citlalli observó a su alrededor  para ver si ya estaban ahí sus colegas. Vio que el personal del lugar portaba cubrebocas, las mesas estaban distribuidas cuidando la distancia y para dar cabida a pocos comensales. En uno de los espacios cerca de un ventanal vio a sus compañeros del trabajo. Fue a su encuentro.
          Por fortuna la reunión fue breve, abordaron puntos concretos y delegaron tareas. Eso era algo que Citlalli agradecía. Pensó que la habrían podido hacer de manera virtual, sin embargo, también era importante  la interacción personal con todos los cuidados necesarios, por la pandemia. Ésa era la tercera ocasión que veía a sus colegas en una reunión presencial,  tenían más de un año de trabajar en línea. Se despidió y tomó camino a casa. 
          Verificó la hora, no era ni mediodía. Decidió ir por fruta fresca al mercado, antes buscó si traía la pequeña bolsa de tela donde guardaba el mandado. Ahí estaba en un compartimento de su bolso. Después de comprar su mandado observó a una señora vendiendo orquídeas. La señora se le acercó y le ofreció flores. Citlalli le compró una de las orquídeas que venía cuidadosamente envuelta en una bolsita de plástico. Sin fijarse en más detalles la colocó adentro de su bolsa de tela.
          Mientras regresaba a su domicilio iba pensando en dónde la plantaría. Al llegar a casa sintió un remanso de paz y frescura. Hizo su respectiva sanitización. Después, colocó la orquídea en un recipiente con agua mientras le buscaba espacio en el pequeño jardín que tenían en casa. 
          Al salir al patio verificó cuál sería el lugar más acogedor para la orquídea, decidió que era el árbol de flor de mayo. Fue por la planta y mientras le quitaba la bolsita que la cubría sintió algo frío que rozó su piel y gritó de los nervios. Era una pequeña rana que venía acompañando a la orquídea. Citlalli no se percató de eso cuando la compró ni al ponerla en su bolsa de tela.    
          Sin soltar la planta, se acercó para ver la rana, por el color de su piel podía camuflarse con el tono de las raíces de un árbol o de una hoja seca. Era la primera vez que observaba una rana de ese tipo, las que conocía eran verdes y en tonos amarillentos y cafés. Aún no entendía cómo no se había percatado que venía ahí.
          Colocó la orquídea en una parte del árbol, la regó al tiempo que le susurraba que ojalá le gustara su nuevo hogar. Se quedó pensando si la visita de la rana traía algún mensaje específico, como cuando en las culturas prehispánicas asociaban al croar de las ranas con la llegada de las lluvias. 
          Mientras daba rienda suelta a su imaginación el sonido del timbre de la casa la hizo volver al momento actual. Era Marina, una amiga de la familia, conocedora de cuentos y leyendas. Citlalli sonrió, a ella sería la primera a quien le contaría la presencia de la rana en la orquídea.


 
Photo by Inga Seliverstova on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 62. La montaña familiar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 62

La montaña familiar
(Fragmento de mi novela inédita Dadrá, la ciudad de la princesa)


Héctor Cortés Mandujano

  
La montaña tenía variados y extraños arbustos desdibujados, como si en el diseño de la naturaleza no se hubieran podido precisar sus hojas, el color exacto de su crústula, la delineación de los pétalos de “cosas” que parecían flores.
	Quizá se debía a que el paraje estaba teñido con un azul grisáceo que fingía ser la noche.
	El monte parecía una fotografía barrida, tomada en un coche a toda velocidad, por un fotógrafo inexperto.
	El pasto era amarillo, de una brillantez inusual, dado que alumbraba en ese momento no el sol, sino la luna. Ninguna estrella. Ningún viento. El único sonido era el de mis movimientos, el de mi respiración cada vez más agitada, pues la tarea que llevaba a cabo resultaba por momentos extenuante.
	La montaña me pertenecía.
	Mi trabajo era poner, al pie del imponente montículo, los postes de la cerca delimitante. Alguien que conocía la distancia ideal los había dejado tirados para que yo sólo los levantara y los sembrara en los hoyos realizados exprofeso.
	Mi única herramienta era una pala con la que arrojaba la tierra que, también, habían dejado apilada al lado de los agujeros. Lo más extraño de esa noche, de esa montaña y sus montes eran los postes.
	No eran de madera.
	Eran cadáveres de hombres y mujeres jóvenes, de altura similar a la mía (1.85 m aproximadamente), en total desnudez.
	Pero igual los levantaba, los acomodaba en el hoyo y los sembraba casi hasta las rodillas. 
	No olían mal.
	Parecían frescos y ninguno tenía menoscabo alguno en su geografía corporal. Todas, todos tenían los ojos cerrados y una expresión de seriedad. Se podía decir que sus músculos parecían vivos y la belleza en general era muy pareja: ningún abdomen inflado, ninguna adiposidad, ningún rostro desusado.
	Parecían maniquíes hechos, con pequeñas diferencias, sobre una misma base de perfección. Los sexos tenían vello púbico; los pechos femeninos eran perfectos, los genitales masculinos guardaban una proporción ideal al tamaño de los cuerpos.
	Yo estaba vestido con una camisa de satín negro, un pantalón de casimir gris y unos zapatos de vestir recién lustrados. 
	Hubo un momento en que necesité descanso y me senté en una piedra que parecía puesta allí para mi confort.
	Detrás de mí, escuché la voz del maestro:
	—¿Cómo vas? ¿Cómo te sientes?
	—No sé, no entiendo esto…
	—Qué.
	¬—Estos cadáveres, por ejemplo.
	—¿Ya los viste bien?
	—Sí, parecen jóvenes, parecen vivos.
	—En cuanto te sientas descansado, te pido que veas sus rostros con atención.
	Me levanté y lo hice con un hombre, ya sembrado.
	—¡Soy yo!
	Luego vi a una mujer.
	—¡No puede ser, soy yo mismo, en una versión femenina!
	—Así es. Lo que estás haciendo es usar a tus antepasados como protección, como cerco para que puedas avanzar, para separarte y, al mismo tiempo, seguir unido a ellas y a ellos. Mujeres y hombres que te antecedieron son tú mismo, como has descubierto. Este es el inicio de la montaña de tu vida; la montaña es tu futuro en ciernes, es decir, eres tú también aunque aun potencialmente; en la cúspide está lo que puedes ser. Tienes que subir solo, mientras este cerco de muertos/vivos cuidan tus espaldas.
	La luz lunar fue volviéndose más nítida, más clara. Era la nueva mañana. Abrí los ojos, desperté.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 39. 24 horas en Nueva York. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 39

24 horas en Nueva York
Por Manuel Pérez-Petit

La primera vez que pisé Nueva York fue la primera vez que vine a México, en junio de 1991, hace casi casi 30 años. No tenía yo previsto en aquella ocasión conocer la ciudad de los rascacielos, pero la fortuna se alió conmigo y me permitió pasar veinticuatro horas completas allá… Poco después escribí este pequeño relato de mi entonces breve y primera experiencia neoyorkina, que ahora, por casualidad, me he encontrado, y que publico con una muy somera revisión, por lo cual ruego al lector comprensión para ese intento de escritor que yo era entonces, que hasta ese momento casi solo había escrito poesía y que aún no había descubierto el mundo.

            24 horas en Nueva York

            Anoche llegué al aeropuerto internacional John Fitzgerald Kennedy, a tiempo de perder, por suerte para mí, el vuelo de Mexicana de Aviación que iba a llevarme a México, Distrito Federal, por lo que tuve que cambiar mi boleto y pasar la noche en un pequeño motel de carretera camino de Rhode Island. Digo que por suerte para mí, porque ahora Manhattan está desplegada ante mis ojos, esa Manhattan en la que lo minúsculo no tiene cabida y en la que acabo de navegar sin rumbo fijo, esa Manhattan que acaba de inflamarme porque me ha hecho ver que es posible resumir la vida en apenas diez avenidas y sesenta y tantas calles, en las que se encuentran condensadas todas las mejores y todas las peores cosas del ser humano, y de una manera muy sutil.... El caso es que ahora me encuentro en el metro que une Rhode Island con esa especie de corazón del espejo del mundo que es el centro de esta ciudad paradigmática. Y menudo el vagón en que me encuentro. Desde luego, la fauna es curiosa. Unos leen, otros ni miran, y no veo que nadie tampoco se pare a ver a los demás, quizá seré yo el único que observe lo que constituye, sin duda alguna, un biotipo especial, el de los vagones del metro. Muchos de los que aquí se encuentran duermen, despatarrados, con una sofisticación inaudita. Me pregunto si no se les pasará su parada. Aunque no, nadie pierde su ritmo, tan controlado y, a la vez, tan desordenado, que impresiona por su funcionalidad. Hace sol, es 27 de junio. 
            Veo un termómetro que marca veintiocho grados centígrados y el cielo está despejado. Aunque apenas entiendo inglés, esta mañana compré los dos únicos periódicos que tenían disponibles en el motel en que he dormido: el Newsday y el New York Times, que pesa algo más de un kilo, el muy bestia. Estoy tranquilo, llevo la Pentax y el zoom. Acabamos de entrar en el túnel que cruza por debajo del río Hudson. De golpe, me encuentro en una gran estación. Leo en los carteles del metropolitano: "Madison". Se me ponen los vellos de punta. Echo a andar. Subo unas escaleras. Salgo a la calle. El Madison Square Garden se presenta ante mí. A mi izquierda, no muy lejos, el rascacielos por antonomasia, el Empire State. Me encamino hacia sus pies gigantescos. Son las nueve de la mañana. 
            No es muy caro ni apto para cardíacos, porque el ascensor sube como un cohete. ¿A pie? Ja, ja. Usted no sabe, ni siquiera Induráin en bicicleta es capaz de subir las rampas de este puerto. El caso es que sube. Ya me encuentro arriba, qué maravilla. Se está tan alto que ni se siente el vértigo. Desde aquí podría ver la Giralda casi como puedo ver al caniche de una amiga desde mi metro setenta y cinco. La vista, aun con todo, no me da lugar a recordar otras alturas. Al norte, las gemelas, lejanas, sirven de vigía a la estatua de la libertad, que casi ni se percibe. Al oeste, tirando al sur, Chrysler tiene una torre que parece salida de un castillo de hadas, qué bárbaro, justo al lado del puente de Brooklin, algo detrás de la Panam, que aunque ya no exista la compañía aérea aún sigue en pie uno de los colosos más notables de esta ciudad, el que fuera su edificio. Justo detrás suyo, al sur, que también existe, como escribió Bennedetti y cantó Serrat, Central Park, como una gran ventana abierta a la frescura. En él, cabrían varios parques de María Luisa… Y tras arrepentirme de comprar unas postales tan caras como malas en el fondo, bajo, con gran alivio por pisar tierra.
            Paseo un poco por la Quinta y paso a la Sexta, justo a la altura de Broadway, ilusionado porque voy a ver la fachada del Radio City Music Hall. Antes, dado que son ya las once y media, entro en un fast food, el "Herald Square", donde me pido un 7Up y un plato de la carta, llamado "Old World", que no debe uno perderse por nada del mundo salvo que le guste la buena comida. Tiene queso y patatas, servidos con salsa de manzana. En fin, todo un compendio de lo que no debe probarse, pero, la verdad, es que me sienta de maravilla, sobre todo por las burbujitas del refresco. Vuelvo a la calle, y me encuentro con un vendedor ambulante de frutas. 
            —¡Qué plátanos! —digo con ojos como platos. 
            —Onedólar —me contesta como con rutina y displicencia.
            —Yes, yes —respondo ufano.
            —¿Ar-gen-ti-no? —me pregunta con interés.
            —No, español.
            Se me queda mirando con fijeza.
            —¡Español!... España... Europa…
            Pobre hombre, si supiera, me digo para mis adentros. Se me queda mirando como quien mira un héroe, en tanto me voy alejando. De todos modos, me llevo la mejor parte: tres plátanos como tres catedrales, que ríete tú de los de Canarias, envueltos en un cartucho de papel, y por tan sólo un dólar. Tan dulces que parecen de mentira y tan en su punto que se deshacen al comerlos.   
            Sigo caminando por la Sexta avenida, la de las Américas, llena de rascacielos y de miseria. Vagabundos que rebuscan en las papeleras públicas, apenas a cien metros de las boutiques más famosas del mundo, locas con bolsos repletos de sabe Dios qué griferías o aparatos del espíritu, repartidores de propaganda de tiendas donde una motorola es más barata que en la propia fábrica, quién sabe... Mi próximo destino: Rockefeller Center, cualquier cosa... Delante de uno de los rascacielos más simbólicos de la ciudad de los rascacielos, una fuente de varios pisos es coronada por un Prometeo dorado que parece volar sobre las aguas. La gente pasea y descansa aquí, y luego continúa hacia la catedral de San Patricio, una preciosidad neogótica que no pega ni con cola y que está llena de banderas americanas y pontificias. 
            Yo no sé que haría esta gente sin banderas, qué barbaridad. La avenida de las Américas, llena de la de todos los países latinoamericanos; los grandes hoteles, repletos sin orden ni concierto de las banderas más ondeantes. Nadie que se precie prescinde de los símbolos, y acaso sea esta una ciudad en la que todos los símbolos del mundo se reúnen para hacer, en común y con otras salsas, un símbolo del propio mundo. Quizá el más simbólico. No creo que pueda haber nada tan desprovisto de personalidad propia y, a la vez, con tanta personalidad y universalidad.
            Pero México me espera, y he de irme al motel a recoger mis cosas, con mis casi dos kilos de periódicos a cuestas. Apenas diez dólares he gastado en un día que no he de olvidar en el resto de mi vida.
 Nueva York
Fotografía:  Nueva York. (La imagen es de dominio público). Fuente de la imagen: Pixabay.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 38. Dudas sobre el libro. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 38

Dudas sobre el libro
Por Manuel Pérez-Petit

Me impresionan los muchísimos alucinados por las tecnologías y por internet, e incluso más cuando hablan de los soportes del libro y la información con tanta habilidad dialéctica como poco acierto científico, y se atreven incluso a veces a augurar la muerte del papel a manos del avance de no se sabe bien qué desarrollo de la técnica, en una actitud excluyente y simplista que no va más allá de las pantallas de sus equipos informáticos.
            No cabe duda que los nuevos tiempos de la Era Distópica implican un desarrollo de lo virtual impensable hasta hoy, pero no está de más recordar que han sido soportes del libro la piedra, la tableta de arcilla, el papiro, el pergamino y diversos tipos de papel, por ejemplo, y que hoy se conservan muestras de todos ellos, algunas datadas hace varios milenios. Con la invención de la imprenta, a mediados del siglo XV, el papel se consagró como el soporte rey de la información.
            De la edición de la Biblia realizada por Gutemberg entre 1450 y 1455, con el famoso sistema de tipos móviles, por ejemplo, se conservan aún hoy una cincuentena de ejemplares, veintiuno de ellos completos, tanto en papel como en pergamino. 
            El papel es el soporte que ha permanecido vigente por más tiempo. Primero fue de trapo. En la segunda mitad del siglo XIX se impuso el procedente de la madera, usado masivamente hasta el primer tercio del siglo XX, cuando se descubrió que, por su característica orgánica, se descompone y deshace al cabo de unos setenta u ochenta años. Para conservar estos libros y periódicos se viene acudiendo a su digitalización, lo cual muestra una primera utilidad de los soportes electrónicos, cuyo sentido mayor está en su capacidad para conservar documentos. Se impuso después el papel de celulosa, que ahí permanece aún hoy. Los libros ya no afectan a los bosques, pues, además, se reciclan y hasta hay papel “free-acid” cuya duración garantizada es casi eterna. 
            Sabemos que el algoritmo matemático –en que está basado cualquier soporte informático– no tiene caducidad, es más largo en su durabilidad que el papel y que cualquier otro soporte, pero también sabemos que no es en sentido estricto un ‘soporte’: es un código, como el alfabeto, aunque tiene una desventaja respecto a éste: No puede ser objeto de transmisión oral. Por otra parte, no se ha inventado un soporte físico electrónico que sobreviva más allá de unos pocos años y, en algunos casos, meses. Les pasaba a los músicos electroacústicos y electrónicos del tercer cuarto del siglo XX: Componían una obra con un aparato y, a la hora de estrenarla, tenían que adaptarla a un nuevo reproductor, pues en lo que a la electrónica se refiere los nuevos soportes no se suman a los anteriores sino que los sustituyen y eliminan.
            Nada más hay que acordarse de los discos de pizarra, anulados por los de vinilo y luego por los cassettes, anulados, a su vez, por el CD, el cual desapareció a manos del DVD, que también comienza ya a ser especie en vía de extinción…, pero también puede uno acordarse de los sistemas operativos de las computadoras, del video, de las tarjetas perforadas, los discos flexibles –aquellos grandes y los otros pequeños–, el minidisc…, y hasta puede uno tener miedo de pensar en el futuro de las memorias USB. Además, hay que rezar para no encontrarse cerca de imanes, cargas electromagnéticas –tan comunes en nuestra supertecnificada sociedad– o, simplemente, agua; para que a uno no se le caiga al suelo ninguno de estos adminículos o exista la posibilidad de exponerlos al polvo o a la contaminación, porque podríamos perderlo todo. Claro está que eso nos obliga a tener varias copias en diversos soportes…  
            ¿Alguien tiene en su biblioteca varios ejemplares del mismo libro por si uno se le estropea? ¿A qué huele el soporte electrónico en plena vigencia?, ¿cómo es al tacto?, ¿puede uno dormir abrazado a uno? ¿Alguien ha podido leer un soporte electrónico sin disponer de electricidad o de pila en su equipo, que es lo mismo? ¿Alguno de todos aquellos que creen saber a ciencia cierta que el periódico y el libro en soporte papel desaparecerán puede garantizar que el soporte electrónico será para siempre o, al menos, durará lo que los ejemplares de la Biblia de Gutenberg, y se podrá leer dentro de casi 600 años, como aquella?  
            Ah, y a diferencia de los que defienden los soportes electrónicos –que no digo que no sean necesarios sino que no tienen por qué sustituir a los de siempre–, ni desprecio a nadie ni lo descalifico. Y quizá sea porque el libro –al que amo– es democrático, libre, integrador y accesible; un dinamizador social y algo que, lejos de separarnos, nos une.
   
Copia en vitela de un ejemplar de la Biblia de Gutenberg propiedad de la Biblioteca del Congreso de EE. UU.
Fotografía:  Copia en vitela de un ejemplar de la Biblia de Gutenberg propiedad de la Biblioteca del Congreso de EE. UU. (la imagen es de dominio público, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported Atribución: Raul654)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 37. Declaración de intenciones. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 37

Declaración de intenciones
Por Manuel Pérez-Petit

Aprendí hace muchos años a vivir el presente –no como forma de suicidio sino como actitud en la que no dar pábulo a la nostalgia–, y, si acaso, a dirigir mi capacidad de ver –cuestión que he cultivado como todas las demás toda mi vida– hacia un futuro que, por inexistente, es el único concepto de promesa que concibo. Aunque lo mío es un cúmulo arquetípico de náufragios, sabe Dios cuándo aprendí a vivir, y no es una frase, como si cada día fuera el primero y el último a la vez. Hace decenios aprendí a valorar lo que tenía cuando lo tenía y a no echar de menos lo que ya no tenía cuando ya no lo tenía, y, lo que es aún mejor, lo aseguro, a no querer tener nada, a resistir los cantos de sirena de eso que llaman expectativas y que todo el mundo abona pero yo denosto, para obtener la ventaja, por ejemplo, de nunca sentirme defraudado. En consecuencia, aprendí a no querer más que lo que hay, y mucho menos para mí. Cierto que es, según se mire, poco práctico, pero, en ese terreno, aprendí, y en gran parte se lo debo a mi tío Antonio Petit Caro –cuya repentina ausencia me ha legado un sentimiento de orfandad que no soy capaz aún de superar–, a practicar dos máximas: que lo mejor es enemigo de lo bueno y que un mismo esfuerzo debe servir para varias cosas, y no son tampoco frases. Todo depende de la voluntad y de darse cuenta de que no todo está en los libros y mucho menos en internet sino en nuestra cabeza. También aprendí, y gracias a todo ello, que es mejor ser un mal alumno que no serlo, que el alumno más digno es el que simplemente aprueba, y yo sé mucho de suspensos en la vida.
            Hace muchos años aprendí a ser algo así como una esponja, a vivir en el alambre –sobre todo a fuerza de mis decisiones arriesgadas, que siempre fueron muchas, y mi proverbial tenacidad en mantenerlas y no enmendarlas–, a no quedarme nunca en la lona –pese a los muchos golpes recibidos–, a valorar que era mejor que me partieran la cara a salir corriendo –y de manera literal nunca me ha pasado ninguna de ambas cosas, pues las veces en que me he partido la cara he sido yo mismo–, a que los partidos duran noventa minutos y hasta el último suspiro hay vida, a pactar con la realidad, a llamar a las personas por su nombre, a que nunca hay que desistir en el empeño de ofrecer el corazón, la comprensión y la amistad incluso a los que fallan –y todos fallamos–, a que uno es el único responsable de todo lo que le pasa –y no puede echar balones fuera nunca, en consecuencia–, a compartir los éxitos –si es que a algo se le puede calificar así–, a reconocer que cada día el mundo se levanta nuevo. Asimismo, aprendí a apreciar la adversidad, pues se trata de una fuente de aprendizaje incomparable, y no son solo palabras. A saber que todo reto está llamado a ser resuelto. A desterrar las adversativas de mi vocabulario. A conocer todo lo que es sin medida, a sentirlo, a exprimirlo, a vivirlo, a no detenerme. A quitarme importancia, pues todo lo que veo es más grande que yo. Aprendí, incluso, a escribir, lo cual hace más de cuarenta años era un sueño de dimensiones inalcanzables, cuando me empeñaba en leer en lugar de jugar al baloncesto en el recreo –al fútbol sí que jugaba, de vez en cuando–… Y aquí me ven… Desatado –aunque quizá no tanto como parezca–… Diabético –y bético del Real Betis, mi equipo del alma– de mar y selva... Como Jack Sparrow, con una brújula que no marca el norte sino lo que más deseo... 
            Qué manera de escribir, me dicen algunos, y a veces no sé cómo interpretarlo, si me lo dicen porque les gusta lo que escribo o porque entienden que escribo demasiado, que habrá de todo. Quizá también pueda ser que me lo digan porque no se entienda nada o mucho de lo que escribo… Toda respuesta, sea de la naturaleza que sea, no obstante, es mejor que ninguna. Y vivo lleno de gratitud. Por ello y por todo lo demás. Esto de escribir es un asunto complejo que, a veces, puede con uno, lo enajena y casi abduce, en fin, en un proceso acerca del que muchos han escrito muchos textos que merecen la pena ser leídos. Pero para mí, sobre todo, es lo único seguro que tengo hasta el día de mi muerte. 
            Existe una posibilidad real de que todo me salga mal en la vida, al fin y al cabo emprendo cosas que nadie en su sano juicio emprendería, y, más allá de eso, pese a que no rindo pleitesía a expectativa alguna, todo me sigue llamando la atención y me ilusiono mucho con todo, como si tuviera quince años y anduviera en la tesitura de afrontar como novato la existencia. Pero voy camino de los cincuenta y cinco, edad, por otra parte, perfecta para comenzar a vivir de una vez, que ya me vale. Y la única forma de vivir que conozco es darme.
            Nunca he dejado de tener sueños. Siempre soñaba –incluso despierto– con que un día iba caminando por la calle y, de repente, comenzaba a desaparecer hasta desaparecer del todo. Y sí, sueño con ello. Sueño con desaparecer, por ejemplo, de la vida pública en algo así como en cinco o seis años, irme al Trópico a impartir talleres y escribir novelas y poemas y vivir en mangas de camisa, y con esa fertilidad paradigmática que en ciertas zonas del planeta es un monumento continuo a la vida y a la esperanza. Pero antes de eso, quisiera publicar mi obra literaria superviviente –después de tantos naufragios, expolios y actos aparentes de justicia, apenas siete series de poemas, dos novelas y tres ensayos, que yo recuerde–, culminar mi tarea de editor y, de paso, terminar de aprender mi oficio y dejar mi legado en forma de artículos publicados aquí, en Letras ideaYvoz, pese a que mi madre querida me dice que debería cobrar aunque fuera 5 euros por cada uno de ellos, pero me gusta entregarme a las cosas bellas –y eso se hace sin cobrar– y este proyecto de Roger Octavio Gómez Espinosa es hermoso, un lugar perfecto para depositar el repositorio de lo que he sido y soy capaz de escribir, por si alguien algún día quiere ocupar su tiempo de ocio en leer algo de mí –incluso sin saber de mí, que la obra perfecta es la obra que no conoce autor– o, de forma más simple, para terminar de vaciarme, pues aspiro a llegar a mi último suspiro sin nada de nada en las alforjas. No en vano nada tengo, nada quiero y nada he de llevarme a mi último viaje.   
            Existe una posibilidad real de que todo me salga mal en la vida, al fin y al cabo emprendo cosas que nadie en su sano juicio emprendería, y, más allá de eso, pese a que no rindo pleitesía a expectativa alguna, todo me sigue llamando la atención y me ilusiono mucho con todo, como si tuviera quince años y anduviera en la tesitura de afrontar como novato la existencia. Pero voy camino de los cincuenta y cinco, edad, por otra parte, perfecta para comenzar a vivir de una vez, que ya me vale. Y la única forma de vivir que conozco es darme. 
            Tan existe una posibilidad real de que todo me salga mal en la vida, digo, como que toda realidad sea bonancible y plena por el resto de mis días, pero al menos siempre me quedará escribir, y ahí sí que sí, lo proclamo: escribo desde la libertad y la honestidad más brutales que puedan conocerse, e insisto que puede que sea lo único que me quede, esclavo como soy en todo caso tanto de lo que digo como de lo que callo, que es el único privilegio que llevo conmigo asegurado de por vida. Después habré de morir y en eso no seré ni original ni distinto. Abrazaré con gozo el descanso que supone caer en el olvido, claro que de eso ya no seré consciente, y por esa misma razón lo único posible para mí es entregarme a la vida con ganas de vivirla, morirme de ganas de amar, amar y terminar abrazando un proyecto vital honesto, sencillo y pleno, basado en la confianza y la lealtad junto a alguien a quien llene, que me llene y con quien pueda amar. Lo demás son fruslerías.
 En la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Ciudad de México, 2012.
Fotografía:  En la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Ciudad de México, del 22 de febrero al 5 de marzo de 2012. En el evento de presentación de Sediento Ediciones, en el marco del Pabellón Estado de México. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 36. Tiempo de mujeres. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 36

Tiempo de mujeres
Por Manuel Pérez-Petit

El parto de todo libro es terrible, como el ángel del que nos da noticia Rilke en su primera elegía. Soy de los que sostienen que ser escritor es una maldición y que las obras de arte, y las literarias lo son, son contra natura a la vez que expanden el universo. Y soy de los que pueden hacer compatible esta contradicción. Soy creador porque quiero, no porque no pueda no serlo. Existe mucho mito al respecto. Si siempre lo vi todo con palabras, lo normal es que todo lo haya expresado y exprese por escrito, como así ha sido, en una experiencia mucho más dolorosa que gozosa que ha dependido de la disciplina. Y sé que hablar de voluntad y disciplina en el mundo occidental en que vivimos es nadar contra corriente, pero es lo que hay, pues no se trata ahora de hacer ficción.
            No se puede hablar de parto ni de voluntad ni de disciplina sin hablar de mujeres, motores incuestionables y sostenes en demasiados casos de la vida. Yo no soy mujer, y quizá ésta sea mi mayor carencia. Si abundando decimos mujeres escritoras estamos hablando del doble valor de quienes se ven abocadas, en unos casos por complejas cuestiones culturales y en otros por simples imposiciones de la “oficialidad” masculina, a adoptar un papel secundario en todos los órdenes, y, en consecuencia, también en el de la literatura. Pero nada más lejos de la realidad. El siglo de Oro español no puede entenderse sin dos mujeres esenciales, Teresa de Jesús y Juana de Asbaje, más conocida ésta por Sor Juana Inés de la Cruz, cuyas obras sin parangón están ubicadas por la historiografía oficial como fundamentales y al nivel de los más importantes autores de la historia de la literatura.
            En tiempos más recientes y en otras literaturas, lo que solemos conocer de la inglesa del XIX, por ejemplo, es Dickens y Collins..., y sin embargo esa literatura no sería lo que es sin las mujeres extraordinarias que fueron coetáneas de ellos: Jane Austen, Emily Brontë, George Eliot..., muy influyentes en la literatura del siglo XX, como en Virginia Woolf, de tan grande influencia en todo lo que vino después de ella. Son solo casos que, incluso, se dan en todas las literaturas, y mujeres escritoras las hubo siempre, digan lo que digan a veces los manuales de historia. 
            No podríamos tampoco entender la literatura mexicana del siglo XX sin las mujeres escritoras que habiendo sido muchas veces “apartadas” de la historia oficial han ido terminando por imponerse sin remedio. Ahí están los casos de Elena Garro, Rosario Castellanos, Margarita Michelena, Ángeles Mastretta y muchos más...
            Pero hablando de mujeres tampoco podemos obviar el papel de ciertas mujeres en el desarrollo del conjunto de la sociedad, y no solo en la consecución de los derechos civiles para las propias mujeres. Y de figuras como Margarita Michelena, María Teresa Rodríguez, Daniela Camacho, Ángeles Mastretta, Hermila Galindo, Rosario Castellanos, Virginia Woolf, Murasaki Shikibu, Elena Paz Garro y La Pasionaria trata este libro que, además, está escrito por mujeres no menos excepcionales: Bárbara Sánchez, Elvira Hernández Carballido, Eve Gil, Marisa DSantos, Reyna Hinojosa Villalva, Rosa María Valles Ruiz, Sagrario León García, Teresa Dey y Mirna Yanira Garcia Vargas. Y todo ello tiene en común que estos trabajos, llamados a formar parte de la historiografía esencial generada en México y acerca de mujeres –y por mujeres–, fueron presentados –todos ellos– en el marco de la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México, uno de los más importantes acontecimientos de fomento del libro y la lectura de cuantos se desarrollan en la nación mexicana. Y, por tanto, tiene sentido que en la FUL se lance esta edición, que ya antes de nacer resulta imprescindible.
            Si hablamos de mujeres escritoras debe quedar claro que una cosa es la literatura de mujeres y otra la literatura femenina, y que podría darse el caso de que haya más hombres que mujeres que hagan esto último, pero si hablamos de mujeres de lo que hablamos es de la historia del ser humano. 
            Llevo años negándome a aparecer en público. Si lo he hecho –demasiado en mi opinión– ha sido para demostrar que sigo vivo. Llevo años escribiendo como un condenado sin que nadie lo supiera, dedicándome con gozo y sufrimiento a la tarea de ser un escritor secreto... Sentado siempre al mismo lado del escenario en cientos de eventos, frente al público, en los que nunca fui el protagonista, pues siempre se trataba de dar protagonismo a otro, y eso me hacía sentir bien, pues de algún modo también con ello me negaba y a la vez me afirmaba en mi voluntad de dedicarme a los demás. Y en esa dedicación, las mujeres escritoras tuvieron siempre un papel protagonista. Fue mi decisión desde el principio. De los más de ciento cincuenta títulos publicados por mí con Sediento Ediciones, más o menos la mitad son de mujeres escritoras, y en todos los géneros imaginables: cuento, novela, poesía, ensayo, teatro... He publicado mujeres de todas las generaciones vivas y de más de una docena de países, residentes en seis de ellos. Primeras obras de muchas de ellas, compilaciones de otras, reediciones de otras más y ensayos también sobre mujeres, algunos de ellos escritos por mujeres. Las mujeres escritoras han sido siempre amables conmigo, mucho más que los hombres, y hasta podría afirmar que de ellas he aprendido más que de ellos, aunque esto siempre es relativo. 
            Por ello, por las razones expuestas más arriba y por muchos otros motivos que no cabe aquí señalar, en el proceso más doloroso de transformación de mi modesta y agotada casa editorial, es para mí una gran alegría presentar –y prologar, cosa que tampoco hice hasta hoy– este Tiempo de mujeres. Escritoras en la FUL, que de manera tan primorosa ha compilado Marisa D´Santos. 
            Y me siento agradecido.

                        Manuel Pérez-Petit.
                        México, Distrito Federal, agosto de 2016

 __________

Nota del autor
Traigo hoy aquí el prólogo que escribí a Tiempo de mujeres. Escritoras en la FUL. (Sediento Ediciones, 2016), coeditado con Kanankil Editorial.
 
   
 Portada de Tiempo de mujeres. Mujeres en la FUL (Sediento Ediciones, 2016)
Fotografía:  Portada de Tiempo de mujeres. Mujeres en la FUL (Sediento Ediciones, 2016). Imagen de portada: Tiempo de mujeres, ilustración digital, de ©Valente Bautista López, 2016.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas. 61. La espera en primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 61

La espera en primavera

Por María Gabriela López Suárez

Alba y Elisa concretaron irse de mochileras a visitar pueblos fuera de su estado. Además de buenas amigas, tenían la coincidencia de trabajar de manera independiente y eso permitía que sus tiempos libres pudieran ajustarse para tomar unos días de descanso. 
          Ya ubicadas en uno de sus destinos, el primer día madrugaron para aprovechar el tiempo.      Decidieron recorrer el pueblo de San  Miguel, el clima era agradable, soleado pero fresco. En su trayecto no pudieron resistirse a comprar recuerdos y productos de la región. En uno de los puestos Elisa encontró bolsos tradicionales, le gustaron mucho para poder adquirirlos y venderlos en su tienda de artesanías. Sin darse cuenta, en alrededor de un par de horas ya llevaban varias bolsas con las compras realizadas. 
          Mientras seguían su recorrido se detuvieron al inicio de un andador donde a lo lejos se veían varios puestos de antojitos, les venían como anillo al dedo, sobre todo porque aún no desayunaban. 
          –Elisa, ¿te has fijado que parece que fuimos al mercado por la despensa de la semana? Mira cuántas bolsas traemos, hay que fijarnos muy bien para no olvidar alguna.
          –Es cierto Alba, vaya que somos rápidas comprando. Y hablando de eso, ¿entre tu cargamento traes los bolsos tradicionales que compré? 
          – No, creí que los habías agarrado tú después de pagar.
          Luego de revisar el contenido de cada bolsa, preocupadas se dieron cuenta que Elisa había olvidado esos productos en la tienda, varias cuadras atrás. Elisa propuso que ella regresaría a la tienda para avanzar y Alba se quedara con las compras. Pidió a Alba la esperara en la esquina del andador de los antojitos. Acordado esto Elisa partió prometiendo no demorarse tanto, Alba no le creyó del todo, justo porque era la primera vez que recorrían esas calles en un pueblo desconocido para ambas.
           El reloj comenzó a marcar el tiempo, eran las 11:45 de la mañana. Alba decidió sentarse a esperar  bajo el ventanal de una casa, ubicada al inicio del andador. Acomodó las bolsas. Para matar el tiempo quiso revisar sus redes sociales, sin embargo, no había señal. Se arrepintió de no haber llevado algún libro de bolsillo. Vio la hora, las 12:55. Empezó a impacientarse.
          Aprovechó para observar la dinámica en ese andador. Se puso de pie, le gustó el empedrado del piso. Se veía movimiento en donde estaban los puestos de comida, en ambas banquetas del andador. La mayor parte de las personas que transitaban eran mujeres. Se veía señoras ofreciendo sus  productos como blusas y vasos hechos con bambú. Alrededor de donde Alba estaba las paredes tenían murales muy coloridos con rostros de niñas, niños, jóvenes y personas adultas, con detalles que Alba asumió alusivos a elementos culturales que había visto en las artesanías que vendían.
          Sintió un ligero roce en su espalda, giró y se percató que era una rama,  la ventana de la casa estaba bellamente decorada con flores. Se acercó a una de las flores y halló en uno de sus pétalos a una catarina. Para Alba era una linda premonición haberla encontrado, recordó que solían dormir en invierno y salir en primavera, justo la época en que se encontraban. Tan entretenida estaba que olvidó revisar el reloj. En ese momento escuchó la voz de Elisa que gritaba,
          –¡Alba, Alba ya regresé!
          Al tiempo que agitaba alegremente la bolsa con los productos recuperados.
          Alba le devolvió el mensaje con una sonrisa en el rostro y aplaudiendo. La espera en primavera había valido la pena.

 
Photo by Viviana Camacho on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 61. Apuntes de oído, 2. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 61

Apuntes de oído, 2
Liliana Felipe: Y váyanse a joder como les guste


Héctor Cortés Mandujano

  
Liliana Felipe nació en Argentina, en 1954, pero desde hace muchos años vive en nuestro país y se ha nacionalizado mexicana. Desde hace años, también, es pareja pública de la actriz Jesusa Rodríguez (aunque se casaron en 2010), con quien codirigió y animó, por mucho tiempo, el mítico bar El Hábito en la Ciudad de México donde, por cierto, reapareció para volverse internacionalmente famosa, con 80 años a cuestas, Chabela Vargas.
	Liliana es pianista, compositora e intérprete. Sus 23 discos, hasta el 2019, los ha grabado en forma independiente y la mayoría con el sello de Ediciones El Hábito. Evidentemente no se le pudo ni se le puede ver por televisión ni pasan sus canciones por la radio. Es irreverente (hizo una versión del “Huapango” de Moncayo, con coros que repiten las palabras caca y popó, por ejemplo), no se detiene ante las llamadas “malas palabras” (deja de cantar y termina “Como Madame Bovary” con un grito contra los políticos corruptos: “Que se vayan a la puta madre que los recontramilreparió”) y es abiertamente lesbiana, feminista, vegana, defensora de los derechos humanos y de los animales no humanos. Artista y militante. Nada fácil de encarar para la superficialidad con se manejan los contenidos televisivos.
         Muchas de sus canciones son coyunturales (el TLC, las elecciones de cierto momento, algunos políticos que ya no están en funciones: Hank, Salinas, Cedillo, el canciller Derbez…), pero son señalamientos para que no se olvide lo que nos hicieron; sus dardos en general van dirigidos contra la religión, la política, los roles sexuales, la edad, la estupidez humana, los asuntos sociales; es decir, ha tenido y tiene mucha tela de dónde cortar.
         Es una artista a la que se le notan las lecturas. Ha puesto música a poemas de Fernando Pessoa (especialmente en su disco Tabaquería, 1997), Xavier Villaurrutia (“Nuestro amor”, que ha sido cantada por muchas intérpretes), Oliverio Girondo (“Se presienten”, “Todo era amor”), musicalizó la serie de descripciones sexuales de Henry Miller sobre el coño en Trópico de capricornio (“Los sexos de Miller”) y, entre varias referencias más, dice con tono perfecto el texto terrible y certero “Los nadies”, de Eduardo Galeano… 

“A nadie” (Que 20 años no es nada, 2009) es una de sus canciones emblemáticas y tal vez la más versionada. La cantan Eugenia León, Margie Bermejo, Susana Zavaleta, Regina Orozco… Es una canción rara porque, aunque hace descripciones del fantasma a quien se la canta, nunca lo ha conocido; o sea, está dedicada a nadie. Dice: “Porque puede que te falte entusiasmo antagonista, porque puede que te sobre moralina y seas panista. […] Por eso no estás conmigo, por eso no estoy contigo”.
          “Mala” (Elotitos tiernos, 1992) es, creo, la primera canción que escuché de Liliana (con Astrid Hadad) y me encantó por las extravagantes comparaciones que hace: “Mala como la mentira, el mal aliento y el estreñimiento; mala como la censura, como rata pelona en la basura. Mala como la miseria, como foto de licencia. […] Mala por donde la mires, mala como una endodoncia… […] Pero qué bonita, chingao”.
          “A su merced” (Elotitos tiernos, 1992) es también una canción que ha sido interpretada por varias más y es un danzón en toda la barba. Es muy divertida y, me parece, muy creativa. Es una conversación entre frutas: “Platicaban las naranjas que las limas son bien fresas, que la vulgar mandarina se siente tan tangerina, y aconsejadas las tunas por la pérfida manzana, se agarraron de botana a las pobres aceitunas. Todo pasa, todo pasa, hasta la ciruela pasa”.

Te comparto lector, lectora, algunas líneas de sus muchas canciones, de sus muchos discos:
En “Mujer inconveniente” (de Elotitos tiernos, 1992): “Soy una mujer inconveniente; de esas que son fieles, relativamente”.
          En “Como Madame Bovary” (de Trucho, 2002): “Como Madame Bovary, todos tenemos un amante por ahí; como Madame Butlefly, todos tenemos un suicidio en Stand by… Como Madame Pompadour, tanta miseria nos da un toque de glamour”.
          En “Pero no te extraño” (de Oh noche, 1996, Eugenia León): “Y yo no te extraño, estoy como el caño, el caño de un baño, mojada por dentro y seca al revés”.
          En “También la belleza” (de Elotitos tiernos, 1992): “No me dejes sola como un calendario…”.
          En “Tienes que decidir” (de Tan chidos, 2005): “Tienes que decidir quién prefieres que te mate: un comando terrorista o tu propio gobierno para salvarte del comando terrorista. […] Tienes que decidir cómo prefieres morir: de hambre natural, de asco terminal, de pago de predial, ahorcada con tu chal, debiendo un dineral, cruzando de ilegal…”.
          En “Sentirlo todo” (de Elotitos tiernos, 1992): “Yo soy como la madeja: se me confunden las moralejas”.
          En “Si Diosito” (de Mil veces mil, 2008): “Si Diosito hubiera querido que no me masturbara o masturbase, me hubiera puesto el sexo más abajo o las manos más arriba, o las chichis en la espalda”.
          En “Si por el vicio” (de Trucho, 2002): “Por lo que fue brindaremos, voy al súper y tú cierras la llavecita del gas. Déjame escrito un adiós, una receta; cuando regrese no te quiero ver la jeta. Será el olvido como un dulce de chayote…”.
          En “No me daba cuenta” (de Liberación animal, 2019): “No me daba cuenta y como no me daba cuenta, no me daba cuenta de que no me daba cuenta…”.
          En “Las histéricas” (de Vacas sagradas, 2000): “¡Ay, Segismundo, cuánta vanidad! Infantiloide y malsano, el orgasmo clitoriano. ¡Ay, Segismundo, cuánta vaginalidad!, el orgasmo clitoriano, se te escapa de la mano. ¡Ay, Segismundo, cuánta vanidad! De tan macho, ya no encaja, no me digas que el placer es pura paja. […] Ya no sé si ponerle punto final o ponerle punto G”.

Mis dos discos favoritos: Elotitos tiernos (1992) y ¡Que devuelvan! (1996, Danzonera Dimas con Eugenia León). Mis 10 canciones favoritas: “A nadie”, “Mala”, “Mujer inconveniente”, “Como Madame Bovary”, “San Miguel Arcángel” (con Eugenia León), “Pero no te extraño”, “Sobreviví” (con Margie Bermejo), “También la belleza”, “También los jóvenes envejecen” (con Eugenia León) y “Los sexos de Miller”. El subtítulo de esta columna la tomé de su canción “Chivo expiatorio”.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Juventino Sánchez
Ilustración: Juventino Sánchez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com