Líneas de desnudo/ 41

¿De dónde vengo?
Por Manuel Pérez-Petit

Si la consciencia del yo es la condición del ser humano, que conjuga en sí mismo identificación y acción, pues se identifica y ubica en el universo por una combinación de signos que pertenecen a un código fruto de una convención universal que se llama “nombre”, y por lo que hace y desarrolla en forma de actividad y disciplina, fruto o no ésta de la voluntad, la memoria es la genética del individuo.
            Así, estableciendo un paralelismo entre el individuo y la obra de arte, y conviniendo que ésta es una unidad de ser y de sentido, en la persona el ser sería su biología y el sentido su yo, yo que es identificación y acción y se forma con la memoria, el garante de la individualidad, de la identidad, aquello que da redondez, unidad, ser, sentido y diferencia.
            La memoria, a su vez, se conforma de varios elementos, entre los que tienen especial relevancia aun no siendo esenciales a ella los recuerdos y los olvidos. Tanto los unos, los recuerdos, como los otros, los olvidos, determinan a cada persona, y aunque no la definen, no podría existir memoria si no existieran. Son necesarios para ser individuo. Recuerdos y olvidos a veces llegan en aluvión, y por lo general esto suele ocurrir cuando “algo” ocurre. Por ejemplo, un encuentro da lugar a una tormenta interior que conduce a la reconstrucción –“fatal” por inevitable– de unos hechos de hace más o menos tiempo que fueron mucho más determinantes de lo que uno hubiera imaginado. Ese “algo”, por su naturaleza, es innecesario, pues se podría vivir con una plenitud razonable sin que ello ocurriera. Pero a diferente escala ocurre y no pocas veces que no solo determina la importancia de los hechos que se recuperan sino la dimensión y trascendencia de los mismos, en un esfuerzo fabuloso e involuntario en que uno se ve sometido a fuerzas sobre las cuales tiene apenas capacidad de control. 
            La memoria también puede ejercitarse como disciplina. En ocasiones preocupa olvidar ciertas experiencias, al margen de que sean esenciales o no, y para ello nada mejor que escribirlas lo antes posible, aunque ahora los avances tecnológicos permiten el registro de los acontecimientos de múltiples formas con garantías de perdurabilidad, e incluso en simultáneo a la propia realidad. Luego estará en el criterio de cada cual organizar, clasificar, priorizar y tabular dichos registros, a fin de que queden para uno con el sentido que quiera otorgarles: desde la simple archivística –incluso como sublimación de la egolatría– al ejercicio del autoconocimiento. También, cómo no, está la mentira, tentadora posibilidad de autoinventarse y, en consecuencia, alejarse del yo. Y allá cada cual con los potajes que quiera tragarse. 
            A la tarea de la consciencia del yo se está abocado de manera indefectible –incluso desde la más inocente y original inconsciencia–. El objetivo de ser se alcanza en mayor o menor medida según cada caso, y depende de ello. Todo ser humano es por su naturaleza creativo, e incluso puede afirmarse que no hay un ser humano que no haya realizado alguna vez en su vida algún acto de genuina creación, por leve o minúsculo que éste sea. Entendida de forma genérica, la convención, sistema de sistemas por el cual se establece la autoimposición pactada de lo que es común y aceptable por todos con la finalidad de entenderse en ciertas cuestiones consideradas como elementales, designa también a ese tipo de actividades que se consideran “arte”.
            El arte está hecho por los artistas, de tal modo que no puede darse si no existieran éstos. Las actividades artísticas son oficios que se adquieren con esfuerzo y disciplina, en una búsqueda inevitable que en no pocas ocasiones dan en “hallazgos” capaces de completar y hacer más pleno el universo conocido. En el ejercicio que los artistas realizan de sus respectivos oficios artísticos se generan las obras de arte, que tienen en común su inutilidad práctica –la obra de arte es contra natura, y dotar de ser y de sentido a cosas que no existen pero que se generan de lo existente es un ejercicio incluso esquizo y autodestructivo, por más que agrande y complete el mundo–, pero que se hacen necesarias, y no solo por el gozo que generan sino también como aporte eficaz a la estructura de pensamiento. 
            Aunque a veces se tiene lugar la tentación no se puede ser artista sin ser persona, de igual modo que no se puede ser persona si no se afronta el hecho de vivir con la humildad necesaria que genera darse cuenta de lo poco que es uno ante el hecho de ser. De la tarea que supone, de los peligros que conlleva. Los escritores están encuadrados en esta categoría de los artistas. Yo soy escritor, y puedo decir que lejos de ser un motivo de vanagloria, ser escritor es para mí una maldición y una condena, una inmensa putada –si me permiten–, pero también una decisión personal y un ejercicio y una disciplina fruto de la voluntad, por lo cual reconozco que es culpa mía. 
            Todo arte deviene de la memoria. No existen obras de arte, y las literarias lo son, si no hay vida vivida, y la condición de necesidad de ésta es la consciencia del yo, incluso aunque se sepa que el yo está para encontrarlo y una vez encontrado desprenderse de él. En mi caso, que soy artista, y antes de ello –por de perogrullo que parezca hay que indicarlo, pues en muchos casos observados no parece que exista dicha condición– persona, ejercitar mi oficio y, sobre todo, la memoria, me permite al menos saber quién soy y de dónde vengo. 
            Tanto si escribo un libro de aventuras, un poema épico o una historia en que hable de mí mismo hablo sin remedio de mí, impúdico, algo que no me gusta nada pero que tengo cierta habilidad en disimular, que es consecuencia del oficio. No soy yo quien debe determinar la relevancia o irrelevancia de mi vida –al fin y al cabo tengo fe y mi vida tiene sentido de cualquier modo–, y sin embargo sí sé que mi obra no es irrelevante, incluso aunque hable de mí –como por otra parte no hay otro remedio–, y digo esto, parafraseando a Rilke, con humilde y callada sinceridad.
            Y así al menos soy, estoy, vengo y voy, pero esto no me consuela porque ahora debo pensar a dónde voy.
 Universidad de Navarra, 1988. (Foto: Manuel Castells)
Fotografía:  Recital de poesía y guitarra en un aula del edificio Central de la Universidad de Navarra, España, celebrado en 1988, acompañado por Julio Pinel, Ángel Alcalá y César González Cajete. Foto: Manuel Castells.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.