Líneas de desnudo/ 40

¿Quién soy?
Por Manuel Pérez-Petit

En mi más tierna infancia –y tuve una niñez llena de felicidad– escribía cuentos y hasta hacía “libros” en cuadernos, recortando revistas y pegándolas ahí con mis comentarios. Eran “publicaciones” de variedades, misceláneas, y de ejemplar único, que aún conservo, junto a mi madre, allá, en Sevilla. Puedo recordarme con mis tijeras escolares, mi pegamento Imedio, mis lápices y rotuladores, sentado en el suelo o sobre mi cama…, pero no puedo decir cuándo comencé a escribir.
            Me asombro cuando escucho que alguien puede precisar la fecha de lo primero que escribió, pues para mí sería imposible hacerlo. Sin embargo, sí tengo la conciencia de que escribir y, de algún modo primario, editar, nacieron en mí de la mano y en un tiempo tan pretérito que puedo decir que lo he hecho siempre. Yo escribía, y a la vez hacía publicaciones, aunque no con lo que escribía, pues mis “libros” no contenían nunca mis propios textos...
            Puedo hablar de mí, aunque es mi tema menos preferido y soy lo menos autorreferencial que yo conozco, pero de manera recurrente con los años me he preguntado: ¿Quién soy? ¿Cómo puedo reconocerme, identificarme, señalarme y, en consecuencia, comenzar la vida, yo diría que virtuosa, de quitarme importancia, de ponerme en mi sitio, de bajarle tres rayitas a cualquier yo que pueda imponerse en mí? 
            Ayer en el grupo privado de autores de Kolaval se estableció un debate acerca de la fama y la gloria. Todo empezó con un comentario de mi amable editor, Roger Octavio Espinosa, quien, a colación de mi Líneas de desnudo 38 (“Dudas sobre el libro”), publicado el pasado viernes, día 29, comentó: “Por si las dudas, ya compré mi pluma de ganso y estoy en busca de tinteros…” Y lo que podría haberse ahí desató un cierto debate, del que en parte me considero culpable, pues mi respuesta fue: “Deberíamos volver al papel de trapo, para tener la humildad de saber que lo que escribamos apenas tendrá setenta u ochenta años de vida…” Walter Schaefer, autor de Ciudad Juárez, Chihuahua, México, intervino pocos minutos después, argumentando que por más olvidado que esté un libro “cuando alguien lo toma y desempolva el autor vuelve a vivir”, y mi respuesta fue inmediata: “Yo es que creo mucho más en la obra que en el autor”. Enseguida, Walter, en tono jocoso, saltó: “Yo en ambas…, y luego está nuestra fama, jajaja”. Roger Octavio regresó enseguida al tono más serio en relación a mi comentario de que creo más en la obra: “Totalmente de acuerdo. ¿Quién fue el autor de las pinturas rupestres de Altamira? No importa, la obra está ahí…”, pero ya me había enfrascado: “A mí la fama me parece un fuego fatuo. Las dos grandes bibliotecas de la humanidad, las de Alejandría y Pérgamo, desaparecieron en sendos incendios y no pasó nada. Hoy conocemos la obra de Aristóteles por copias. En el fondo no sabemos si lo que escribió Aristóteles es lo que podemos leer de su autoría”. Walter, siempre divertido y provocador, nos amenazó con bloquearnos, a lo que yo le contesté que al final “todos calvos”. “Yo la fama la verdad es que la regalo. Me da una güeva…”, dije, y apostillé: “Y un sueño dorado para mí es que todas las obras de arte sean anónimas”. 
            El debate prosiguió, interviniendo varios autores –Reina Castro –poeta de mucho más allá de la frontera en que vive–, Gabriel Vega Real –narrador que levanta en su pluma un ser de corazón grande y aliento armonioso–, Ladislao Melchor, Elsa D. Solórzano –norteña mexicana en el sur, con lo mejor de ambos mundos, comprometida como pocos que yo conozca–, todos mexicanos, por cierto, y del norte al sur del país–, y por cada vez más derroteros…, y fue precisamente Ladislao, autor de extraordinarias novelas históricas que van mucho más allá del género, quien remató el debate: “Pienso en que hay razón al renunciar a la llamada 'fama'. Los 'freeways' de EEUU tienen una peculiaridad que a mi me impresionó. Resulta que en esas 'súper-avenidas' tiene 'prioridad de paso' el que ingresa, NO el que va dentro (cómo en México en su "anillo periférico"). Esa peculiaridad hace que se privilegie la 'entrada', no la 'conservación' del grupo ya establecido. ¿Podríamos mencionar 'I'am the walrus' sin decir Lennon y McCartney? Me parecería innoble no darles crédito, pero, ¿no por la misma ambición de tener fama ahora tenemos que soportar la misoginia disfrazada del reggaeton? Sí, quizá si el arte fuera anónimo, sería menos voluntarioso”.
            Pero vuelvo a mi pregunta inicial: ¿Quién soy? Periodista, escritor, editor… respuestas sencillas que, en realidad, no lo son, y, en todo caso, están en un plano simple, pues si lo pienso bien no soy ninguna de esas cosas. Antes que nada soy un ser humano que no eligió vivir y ni siquiera en este momento, que se encontró con ser sin más, que vive en la creencia de que uno debe buscar su “yo” para, una vez encontrado, comenzar la tarea de desprenderse de él. El yo da tantos problemas como la nada. Es poco práctico y menos inteligente todavía, es más defecto que virtud. Lo digo muchas veces. Soy enemigo de la nada y en aras de vivir una vida tranquila –lo cual es mi mayor deseo, que cumpliré, no sin antes cumplir por mi conciencia y honor con mis asuntos–, el poco o mucho talento que tengo me lo quitaría de encima, lo donaría... Y en donación lo doy de todos modos, en lo que escribo y hago, porque no me queda más remedio y porque así lo dicta mi decisión, sin mezquindades y con las limitaciones de las que intento –en muchas ocasiones de manera infructuosa– hacer virtud. No puedo entender la vanagloria de quien por escribir unas líneas necesita darse mayor postín ni la creación artística basada en la egolatría. No se puede ser artista en mi opinión sin ser donante. Y no se puede ser donante si no se tiene capacidad de negarse a uno mismo. Sin amor, sin humildad, sin afán.   
            Y ni siquiera me preocupa que el olvido anticipado del yo nos lleve a la desaparición.
M. P.-P., en 2016.
Fotografía:  M. P.-P., en 2016, en la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma de Estado de Hidalgo (UAEH)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.