Polvo del camino/ 62

La montaña familiar
(Fragmento de mi novela inédita Dadrá, la ciudad de la princesa)


Héctor Cortés Mandujano

  
La montaña tenía variados y extraños arbustos desdibujados, como si en el diseño de la naturaleza no se hubieran podido precisar sus hojas, el color exacto de su crústula, la delineación de los pétalos de “cosas” que parecían flores.
	Quizá se debía a que el paraje estaba teñido con un azul grisáceo que fingía ser la noche.
	El monte parecía una fotografía barrida, tomada en un coche a toda velocidad, por un fotógrafo inexperto.
	El pasto era amarillo, de una brillantez inusual, dado que alumbraba en ese momento no el sol, sino la luna. Ninguna estrella. Ningún viento. El único sonido era el de mis movimientos, el de mi respiración cada vez más agitada, pues la tarea que llevaba a cabo resultaba por momentos extenuante.
	La montaña me pertenecía.
	Mi trabajo era poner, al pie del imponente montículo, los postes de la cerca delimitante. Alguien que conocía la distancia ideal los había dejado tirados para que yo sólo los levantara y los sembrara en los hoyos realizados exprofeso.
	Mi única herramienta era una pala con la que arrojaba la tierra que, también, habían dejado apilada al lado de los agujeros. Lo más extraño de esa noche, de esa montaña y sus montes eran los postes.
	No eran de madera.
	Eran cadáveres de hombres y mujeres jóvenes, de altura similar a la mía (1.85 m aproximadamente), en total desnudez.
	Pero igual los levantaba, los acomodaba en el hoyo y los sembraba casi hasta las rodillas. 
	No olían mal.
	Parecían frescos y ninguno tenía menoscabo alguno en su geografía corporal. Todas, todos tenían los ojos cerrados y una expresión de seriedad. Se podía decir que sus músculos parecían vivos y la belleza en general era muy pareja: ningún abdomen inflado, ninguna adiposidad, ningún rostro desusado.
	Parecían maniquíes hechos, con pequeñas diferencias, sobre una misma base de perfección. Los sexos tenían vello púbico; los pechos femeninos eran perfectos, los genitales masculinos guardaban una proporción ideal al tamaño de los cuerpos.
	Yo estaba vestido con una camisa de satín negro, un pantalón de casimir gris y unos zapatos de vestir recién lustrados. 
	Hubo un momento en que necesité descanso y me senté en una piedra que parecía puesta allí para mi confort.
	Detrás de mí, escuché la voz del maestro:
	—¿Cómo vas? ¿Cómo te sientes?
	—No sé, no entiendo esto…
	—Qué.
	¬—Estos cadáveres, por ejemplo.
	—¿Ya los viste bien?
	—Sí, parecen jóvenes, parecen vivos.
	—En cuanto te sientas descansado, te pido que veas sus rostros con atención.
	Me levanté y lo hice con un hombre, ya sembrado.
	—¡Soy yo!
	Luego vi a una mujer.
	—¡No puede ser, soy yo mismo, en una versión femenina!
	—Así es. Lo que estás haciendo es usar a tus antepasados como protección, como cerco para que puedas avanzar, para separarte y, al mismo tiempo, seguir unido a ellas y a ellos. Mujeres y hombres que te antecedieron son tú mismo, como has descubierto. Este es el inicio de la montaña de tu vida; la montaña es tu futuro en ciernes, es decir, eres tú también aunque aun potencialmente; en la cúspide está lo que puedes ser. Tienes que subir solo, mientras este cerco de muertos/vivos cuidan tus espaldas.
	La luz lunar fue volviéndose más nítida, más clara. Era la nueva mañana. Abrí los ojos, desperté.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com