La flama y la cicuta II
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020. El artículo completo quizá fue publicado en un libro que recopilaría las memorias del congreso.
En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]
La flama y la cicuta II
En el cuento «Mamal Jmol» (Los últimos dioses, de Marceal Méndez), el narrador nos comunica lo que escucha de dos viejos que platican sobre un ermitaño, sabio y poseedor de algún poder, que de vez en cuando bajaba a vender carne a los habitantes del poblado La Libertad. El anacoreta fue acusado por los «mestizos» de robar ganado; fue cazado, emboscado y, finalmente, asesinado. Los jaguares en el monte se alborotan, lloran a su dueño, y sus rugidos llegan a los oídos de los ancianos; la tranquilidad se rompe por el temor de ser atacados por algún jaguar enojado. Los dioses moran aún reteniendo lluvias o mandándolas según su criterio, pero también maldicen a los que obran contra sus hombres sabios. Pero son los viejos quienes en su sabiduría inherente pueden encontrar las palabras para ablandarlos. En los cuentos que Marceal Méndez rescata hay una realidad religiosa, donde no es sorpresa que un hombre pueda convertirse en jaguar y viajar en busca de carne para alimentar a su comunidad, aunque luego los ganaderos vengan a hacer justicia y a acusarlos de robo de ganado y de paso a apropiarse de más tierras de las comunidades indígenas en cuyo acaparamiento incluso participaron los conventos dominicos según Juan Pedro Viqueira en Encrucijadas chiapanecas (190). Pareciera que Méndez mezcla la realidad con lo sobrenatural, y Todorov pudiera asignar una clasificación mágico-realista, pero no, es una realidad muy real en la visión indígena que vive lo religioso como algo palpable.
El término «transescritura» es usado para sustituir el término «adaptación», común en cine, radio y otros medios. Cuando en cine se habla de adaptación de una obra literaria se puede dar cabida a la interpretación de que la obra «adaptada» es superior a la que resultaría después de realizar las operaciones necesarias para trasladar el contenido textual a otros medios. De una forma de expresión artística se traslada a otra y el resultado es una obra diferente. Menciono esto porque me parece que Marceal Méndez realizó una transescritura de la tradición oral de su región. Quiero decir que las voces de los que conocen los mitos de una comunidad y que saben trasmitirla en forma de cuentos orales no ejercen un arte menor ni menos culto. Méndez reúne en cuentos muy bien elaborados y con una técnica muy afortunada historias de una comunidad que nos permiten asomarnos a una cosmovisión compleja y, muchas veces, incomprendida y hasta denostada.
4
La visión de la deidad en las culturas trastocadas por el cristianismo genera un sincretismo que puede ser extraño para un europeo o para un europeizado. Tal sincretismo, sin embargo, permeó hasta las esferas de los mestizos quienes, sería de esperarse, guardarían una visión más «pura» de los mitos introducidos por occidente. Por ejemplo, aunque en México actualmente aloja un gran número de credos religiosos –no sólo judeocristianos– por su historia hispánica, predomina el número de ciudadanos que se declaran católicos: 89.3 % de la población según el censo de 2010 (INEGI), sin embargo, por otro lado se puede decir que México no es en su mayoría católico sino guadalupano: en un cerro donde se adoraba a la diosa Tonatzin, madre de los dioses prehispánicos, apareció una virgen, madre del dios cristiano, pero con apariencia morena y con palabras dirigidas a un pueblo al que le costaba aceptar el catolicismo –un catolicismo que entonces hablaba en latín en las misas–. La religiosidad popular, que supo ser aprovechada en aquella época oscura, fue la encargada de la evangelización que daba sustento a la intervención europeo-española en América –cuando hablo de América me refiero al continente América que toca ambos polos de la tierra, no al país Estados Unidos de América.
Tan popular fue esa religiosidad que se usó para concretar, no sólo evangelizaciones sino la conquista. Se puede pensar que la conquista se completó con la caída del imperio Azteca en 1521: fue mucho más tardada que eso, hubo muchas conquistas; el historiador Antonio Rubial García (2019) redondea a tres siglos el tiempo que tomó a España conquistar el territorio de lo que sería la Nueva España. Fray Bernardino de Sahagún, una importante figura religiosa que se identifica por la preservación de muchos documentos originales de las culturas conquistadas y por contribuir con trabajos que permiten concebir una visión indígena de la conquista, fue reacio en aceptar el nuevo culto Guadalupano que finalmente terminó siendo parte fundamental de la evangelización de los indígenas del centro del país y que se irrigó a gran parte del continente, facilitando las conquistas religiosas. Se trataba de una visión femenina de dios, maternal, pacífica y que se acercaba al sufrimiento terrenal, lo cual tenía un componente más indígena que europeo; se arraigó fuerte y permeó muchas capas. ¿Cómo afectó eso a la visión de los herederos de la tierra conquistada: los criollos y mestizos?
La enseñanza seglar en América latina es, por supuesto, euro-centrista, y junto con el eurocentrismo se introdujo una mitología fundacional que ya convivía en los conquistadores con las abrahámicas: la griega, tan fascinante. El mestizo, hijo del criollo (español nacido en el nuevo mundo), el supuesto «heredero», quedó entre cuatro fuentes mitológicas: la indígena, la católica, la griega y la africana. Quede esto como una forma de contextualizar; no hay ninguna intención de polémica, sólo quiero que se conciba una escenografía. En los lugares más apartados del país, como lo fue Chiapas, conviven aún hoy palabras que parecen provenir de un castellano antiguo y en desuso en varias partes del mundo, algunas erradicadas ya de los diccionarios actuales y que sin embargo fueron introducidas por los conquistadores. Incluso muchas leyendas europeas fueron tropicalizadas y muchas otras fueron mezcladas con las que se parecían a las de vena indígena. El trópico alienó incluso a los conquistadores y a sus hijos –basta recordar cómo afectó en la península de Yucatán a Gonzalo Guerrero, el náufrago Español quien antes de concretarse la conquista Mexica se convirtió en maya y murió luchando contra las huestes de Francisco de Montejo–. Se fundaron burbujas culturales, aisladas, que pervivieron con sus propios medios hasta que luego fueron re-occidentalizadas cuando las modificaciones de las metrópolis los volvieron a alcanzar, esto recién en el siglo pasado, como lo constataron los viajeros tsotsiles y otros más. Hoy, en el lenguaje contemporáneo puede notarse innovaciones que la modernidad occidental traía y sigue trayendo, por ejemplo, las trazas de vocablos mal pronunciados de otros idiomas, como el inglés, o reinterpretaciones del cristianismo basadas quizá en "el informe Rockefeller".
(Continúa en la siguiente entrega...)
Aforismos (FCE et al, 2019), de Lev Tostói, es una selección, traducción y prólogo de Selma Ancira, quien dice que Tolstói lo llamó El camino de la vida y estaba dividido en 31 capítulos (p. 11), “con la idea de que el lector pudiese leer un capítulo por día y que la lectura se prolongara a lo largo de un mes. Cada capítulo está dedicado a un tema fundamental: la fe, el alma, el amor, la lujuria, la abnegación, la violencia, el esfuerzo… y juntos dan una idea clara de la doctrina tolstiana”.
Tolstói tomó de distintas fuentes sus aforismos, sin acreditar su procedencia (supongo que Selma fue quien los buscó: aparece hasta Nezahualcóyotl), de allí que, por ejemplo, en sus antologías aparezcan como suyos textos que más bien proceden de otras voces, otros ámbitos. En fin. Tomo varias de sus enseñanzas para compartirlas contigo lector, lectora.
De la sabiduría budista tomó esto (p. 35): “Todo lo vivo quiere lo mismo que tú; reconócete a ti mismo en todo ser viviente”, y casi como consecuencia dice más adelante: “Si todos aquellos que comen animales los mataran ellos mismos, más de la mitad de la gente se negaría a comer carne”.
Su dardo va contra los que critican los defectos de otros (p. 91): “Mientras más inteligente y más bondadosa es la persona, más cualidades ve en la gente, y mientras más tonta y más mala es, más defectos ve en los otros”.
Dice (p. 125): “Perdonar no es decir ‘te perdono’, sino arrancar del corazón el enojo, el mal sentimiento contra el ofensor. Y para lograrlo, es necesario que recordemos nuestros pecados. Si los recordamos, seguramente nos daremos cuenta de que hemos cometido peores actos que aquellos que suscitan nuestro enojo”.
Su libro está, obviamente, encaminado a la bondad, a la luz (p. 130): “Lo más importante para ti es cómo te percibes tú a ti mismo porque de ello dependerá que seas feliz o infeliz”. Cita a Blaise Pascal (p. 188): “El movimiento más pequeño provoca consecuencias infinitas. Todo es importante”.
Rebate el dicho que dice “Habla bien de los muertos o no hables” (p. 191): “¡Qué injusto! Habría que decir lo contrario: ‘habla bien de los vivos o no hables’ ”. Plantea (p. 237): “Un hombre vive para su cuerpo y dice: todo es horrible. Un hombre vive para su alma y dice: no es cierto, todo es maravilloso”.
Sobre la maldad, anota (p. 242): “El mal no existe más que dentro de nosotros, es decir, es un lugar del que puede ser expulsado”. Cita a Nezahualcóyotl (p. 252): “La oscuridad es la cuna del sol, y para que brillen las estrellas es necesaria la negrura de la noche”.
Hace una analogía simple, pero efectiva (p. 262): “La muerte destruye el cuerpo como los albañiles destruyen los andamios cuando el edificio está listo. El edificio es la vida espiritual, los andamios son el cuerpo”. Cita a Dostoievski (p. 271): “El hombre es infeliz porque no sabe que es feliz”.
Está línea de Angelus Silesius me encantó (p. 272): “Si el paraíso no está en ti, nunca entrarás en él”. Y éste (p. 279): “Hay que estar siempre alegres. Si la alegría se acaba, busca en qué te equivocaste”.
Pero la vida de Tolstói fue un desastre, como lo acredita la cronología de Ricardo San Vicente, que se incluye al final. Hasta cuando se enamoró estaba torturado (p. 290): “Estoy tan enamorado como nunca hubiera creído posible estarlo. He perdido la razón, me mataré si esto continúa”. Murió en una estación de trenes, en el frío intenso de su patria. Solo. De neumonía. Tal vez no creyó en lo que escribía…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.
La tarde del sábado Bernarda observó atentamente el cielo, estaba gris y se tornó oscuro. Era una señal de que la lluvia no tardaba en llegar. Las nubes se movieron rápidamente y el cielo comenzó a tronar con los rayos. La lluvia se hizo presente en menos de lo que imaginó.
El olor a tierra mojada se fue esparciendo y el viento comenzó a soplar moviendo, primero suave y después con fuerza las hojas de los árboles. Bernarda se quedó contemplando la lluvia desde el patio de su casa, el viento le salpicaba el agua en el rostro como una suave caricia. Cerró los ojos y se dejó llevar por el concierto natural que traía la lluvia, se dispuso a disfrutarlo.
Ese día se encontraba sola en casa, Renato, su compañero, y Mariposa, su perrita, habían salido. Él solía llevar a la cachorra cuando iba a comprarle el alimento. Así que el concierto no tenía el paisaje sonoro de los ladridos de Mariposa que, normalmente, se ponía nerviosa cuando había truenos.
Permaneció con los ojos cerrados y comenzó a identificar la mezcla de sonidos que provocaba la lluvia, en el techo, al rozar con la tierra, el chorro que caía en la tina donde almacenaban el agua, el viento que rozaba con los árboles y los truenos que continuaban haciendo retumbar el cielo.
Le encantaba disfrutar la lluvia si estaba en casa, para ella era un regalo que agradecía, la lluvia era una bendición y le recordaba los regalos que traía para la vida. Vino a su mente lo que escuchaba que decían sus abuelitos en las noches de lluvia, la alegría con que la recibían,
—Cuando cae la lluvia la naturaleza se pone contenta, escuchen el canto de las ranas. No tardará en aparecer el canto de los grillos, una vez que acabe el agua, —decía la abuelita Martina.
Bernarda respiró profundo, sintió que su corazón se apapachaba, como si acabara de escuchar esas palabras y que la presencia de sus abuelitos la acompañaba esa tarde. Cuando cae la lluvia, pensó, la vida se reconforta y el espíritu se fortalece. A lo lejos escuchó el ladrido de Mariposa, era el anuncio de que Renato y ella habían llegado.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Orbes en la frailesca abiertos
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
A Hugo Corzo Espinosa,
con un abrazo para Emma, Adriana, Mónica, Vero y Hugo
Orbes en la frailesca abiertos
a golpes de tesitura grave.
Bocado dulce a la ensoñación briosa,
corcoveante y belfos a reventar,
fuerte el reparo,
suave la brida
que sólo él sabía sostener
hasta el justo soplo en que desbocar a las palabras debía.
Y yo que en blanco estoy,
ay, si cabalgar supiera
por los lugares de su infancia,
los que existieron mil veces y los que él mismo creó.
Pero mis palabras huyen, cimarronas, ásperas, torpes
y no puedo llamar
al jinete que se escapa
que espere
que me diga otra vez cómo se puede volar allá
como volaba él.
Paquita estaba acostada en uno de los sillones de su sala, abrazando a su conejo de peluche, su rostro mostraba la tristeza que tenía.
—Toc, toc, ¿hay alguien por acá que me abra la puerta? —Se escuchó la alegre voz de la tía Vero, que como cada viernes por la tarde pasaba a visitar a sus familiares después del salir de su trabajo.
—Mamá abriré la puerta, es la tía Vero —mencionó Paquita.
Luego de saludar a Paquita la tía Vero le dijo,
—¿Y esa carita? ¿Qué te pasa Paquita? Por cierto, es raro que estés en casa, normalmente sales a jugar con tus amistades del vecindario.
—Estoy enferma tía —respondió casi sollozando, mientras se recostaba nuevamente en el sillón.
En ese momento llegó Gertrudis, la mamá de Paquita, saludó a la tía Vero y le comentó que Paquita había tenido fiebre un par de días antes y no podía salir a jugar al patio hasta que estuviera recuperada.
—Ah con que es eso, Paquita si te cuidas y sigues las indicaciones de tu mamá estarás mejor y podrás salir a jugar. ¿Quieres que preparemos juntas los hot cakes que te gustan?
Paquita movió la cabeza, en señal de negación, para luego colocarse en posición fetal.
—Niña, no seas grosera.
—Déjala Gertrudis, está triste. Ya sé, más tarde haremos los hot cakes, mientras te propongo jugar a crear historias, ¿te gustaría?
Paquita levantó la cara y respondió, —¿jugarás conmigo tía Vero?
—Claro que sí, a ver, antes sécate las lágrimas y trae a tu conejo para que también juegue con nosotras. Gertrudis también estás invitada.
Vero las llamó para observar desde la ventana que daba a la calle, como vivían en un departamento en segundo piso, la vista era bastante generosa. Las tres se pusieron cómodas, acercaron unas sillas y para Paquita pusieron un banco más alto para que ella y su conejo vieran mejor.
El juego consistía en mirar con atención qué pasaba en la calle, para que luego cada quien eligiera algo que llamara la atención y a partir de eso crear historias. En la calle había varios personajes, el señor que vendía raspados, la muchacha que iba con su venta de globos, el carro que anunciaba la venta de tamales, los camiones que pasaban constantemente, uno que otro ciclista que asomaba, unas niñas que vendían rosas y la gente que salía de la jamonería que estaba situada en esa calle.
—¿Quién quiere iniciar? —Preguntó Vero.
—Tú tía, para que nos enseñes cómo hacerlo — respondió de inmediato dijo Paquita, quien tenía el rostro más animado y no soltaba a su conejo.
—Muy bien —dijo Vero. La historia es sobre la muchacha que vende globos. Eloisa salió como todas las tardes con su vendimia, sus globos habían sido inflados con gran alegría y había elegido cuidadosamente cada uno de los colores de los globos...
Mientras Vero contaba la historia, Gertrudis observaba a su hija y sentía que el corazón se le llenaba de gusto, vaya que había sido muy buena idea la de Vero para que Paquita estuviera entretenida esa tarde.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Mi hermana Andrea
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
A mi querida amiga Tere Argueta
Salvo tareas y alguna nota sin importancia, creo que no escribí en vida ni siquiera una carta. Ahora, además, tampoco puedo hablar; sin embargo, el estar muerta me da una perspectiva tan completa que, aleluya, puedo incluso usar palabras que nunca me imaginé que existían.
Lo otro también es fantástico: puedo conocer y conozco el hilo genético del que provengo, que prácticamente pasa por miles de personas. Pese a eso, hoy sólo quiero hablar de dos personas, aunque en mi historia haya muchas alrededor. Bueno, una es persona, la otra ya no.
La una es mi hermana Andrea. ¡Dios, cómo la admiraba y cómo la quiero! Era tan erguida, tan alta, tan femenina; con tanta bondad en su mirada y tanta belleza en el rostro. Su cabello era largo, precioso, negrísimo. Si no fuera porque vivíamos en un pueblo, hubiera sido hallada por una gente de cine y se hubiera vuelto un mito su hermosura.
Pero en ese pueblo lo único menos peor que podía pasarle es que el hijo del terrateniente se enamorara de ella y la buscara como amiga, luego la pidiera como novia y después como inminente esposa. Él, de hecho, era de buena pinta: alto, musculoso, aunque con el vicio de carácter que tienen todos los que han sido consentidos por la fortuna, es decir, celoso, caprichoso, violento.
Una discreta mirada de mi hermana hacia algún muchacho que no fuera él, se volvía una sarta de recriminaciones, una escena explosiva, un montón de amenazas. Mis padres pensaban que el futuro de mi hermana con ese hombre era imprevisible, como una tormenta en el mar (que nunca conocí cuando vivía).
Mi hermana nunca nos contó por qué decidió no ir al baile en el parque (me enteré ya muerta que había terminado con él, porque esta vez hubo algo más que sospechas: mi hermana dio un beso al joven del que sí estaba enamorada, alguien los vio y le contaron al loco de su novio). Mis papás sí querían ir y yo también. Mi hermana me peinó como acostumbraba ella y me dio prestado uno de sus vestidos de salir: yo sentí que, adamada como quedé, nada me podría hacer más feliz.
Estaba sentada, al lado de mis padres, cuando sentí que algo ardiente penetraba, por detrás, el hueso de mi cabeza. Fue un instante de dolor supremo y luego nada. Cuando pude entender lo que había pasado descubrí que el novio de mi hermana nos confundió y pensando que yo era ella me dio un primer balazo en la cabeza y luego descargó un par de tiros más de su pistola sobre mi cuerpo, frente a mis padres, hasta que se dio cuenta de su error, y huyó.
Yo tenía trece años.
Desde este lado del espejo de la vida vi cómo mis padres mandaban a mi hermana lejos y cómo poco a poco ella, joven y bella, volvía a vivir, aunque llevaba mi desgracia como un animal oscuro agazapado en su corazón, y también vi como su novio, luego de emborracharse, drogarse, llorar y pedir perdón a gritos, se colgaba de una soga y moría sin encontrar consuelo.
Yo me adapté muy pronto a este modo de estar y no estar, y soy feliz, especialmente cuando veo que a los míos, aunque con nostalgia por mí, les llegan ráfagas de alegría, de buena suerte, de amor. Nació una bebé de mi hermana, a quien pusieron mi nombre. A veces, para sentir de nuevo la vida, me meto en su espíritu y juego con mi hermana, y con mis papás-abuelos.
El asesino de Andrea no vino a este no lugar donde no vivo. Sé que sufre donde está y también sé que sufrirá… eternamente.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juventino Sánchez Vera**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.
Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).
Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha. Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.
La flama y la cicuta I
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020. El artículo completo quizá fue publicado en un libro que recopilaría las memorias del congreso.
En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]
La flama y la cicuta I
El tratamiento de la divinidad en la literatura del sur de México presenta un sincretismo entre las fuentes introducidas por Occidente y las propias de Mesoamérica precolombina. El presente trabajo se sustenta en la argumentación partiendo del análisis de cuatro obras de autores nacidos en Chiapas. El análisis resultante muestra que ciertas peculiaridades culturales diferencian la percepción de la divinidad dependiendo del nicho cultural (indígena, mestiza, eurocéntrico) en que se inscriba el autor al momento de concebir su obra, creándose nuevos cánones literarios que deben ser leídos y estudiados en paralelo con el canon eurocentrista predominante.
1
En Los viajeros al otro mundo, Domingo De La Torre y Anselmo Pérez (2006), dos pobladores tsotsiles de Zinacantán, una etnia del sur de México, la parte centroamericana de México para ser precisos, narran sus impresiones sobre un viaje efectuado en 1963 hacia los Estados Unidos de Norteamérica. Invitados por Robert M. Laughlin, un antropólogo quien había estado trabajando en la elaboración de un diccionario tsotsil-inglés. En esa época, «ningún zinancanteco había estado nunca en Estados Unidos» (11), y la pregunta de los invitados pareció entonces extraña: «–Si yo fuera ahí, ¿me comerían?». Cuánta sabiduría en la intuición que el tiempo confirmaría como una pregunta sobradamente válida.
El viaje al mundo del antropólogo Laughlin, «tan familiar para nosotros, tan extraño para ellos» (15), abre con el «Rezo del viajero» que invoca a Jesucristo, a Dios, a San Lorenzo, a Santo Domingo y a la Mujer del Cielo. El acto de viajar, hoy tan banalizado, debería ser siempre parte de un ritual místico. La intención de Laughlin parece la de un experimento antropológico que superó las expectativas. La extrañeza con que los viajeros ven las costumbres occidentales le brinda al libro una objetividad que recalca detalles que, en aquel siglo XX, hacen parecer salvajes algunas costumbres de la cultura occidental que presume una superioridad en sus ideales de civilización; algunos actos bárbaros, por cierto, prevalecen en este siglo XXI.
2
Ya en 1952 Ricardo Pozas, en su libro Juan Pérez Jolote, resultante de sus investigaciones en la zona Chamula, colindante con el Zinacantán estudiado por Laughlin, nos contaba la biografía de un hombre que tiene que realizar un viaje fuera de su comunidad y que es arrastrado por la vorágine del mundo occidentalizado internándose en un país extraño: México, el cual debería ser su país pero que lo hacía sentir extranjero en su propia tierra. Juan Pérez Jolote volvería a su paraje con experiencias que sonaban increíbles para su mundo y que percibidas en su visión eran dignas del libro que Ricardo Pozas nos brindó.
Pozas nos cuenta la visión religiosa de los tsotsiles. Es evidente la «herencia» y la inserción de la fe católica en sus ritos, los cuales, sin embargo, rescatan costumbres que, vistas desde aquella fe, lo acercarían al paganismo. La gran firmeza en sus creencias religiosas, modificadas y sincréticas, por otro lado, son aún defendidas con un celo severo, como el que les enseñaron los misioneros católicos.
3
En 2010 se publicó un libro bilingüe: Los últimos dioses, de Marceal Méndez, un libro de cuentos que provienen de una tradición oral, aunque trasladados a la escritura con gran habilidad por su autor. Este libro abre con un cuento titulado «Un demonio invencible», que nos cuenta cómo las comunidades luchan contra demonios de carne y hueso quienes, aunque sufren los dolores y la muerte, saben revivir. Curiosamente, los demonios parecen ser la descripción de hombres afrodescendientes y aunque Marceal Méndez no lo aclara, puesto que no hace falta para que la historia funcione a nivel literario, deja pequeñas pistas sobre el origen de tales personajes.
España durante la conquista intentó implantar una «nueva» visión de la deidad: una religión monoteísta. Un solo Dios, pero también un sólo demonio. Al parecer, la evangelización nunca llegó a completarse y el santoral católico paso a ser el nuevo rostro de los dioses precolombinos, esto es muy sabido: «...los naturales no sólo continuaban practicando a escondidas sus ritos prehispánicos, en los bosques, en los cerros, las cuevas y los ríos, sino que también tenían una escandalosa facilidad para amalgamar creencias paganas” (Viqueira 190). Los conquistadores traían consigo espacios para los viejos dioses, pero también traían espacios para alojar nuevos seres demoniacos. La figura de Fray Bartolomé de las Casas es muy popular en aquella región, la ciudad de San Cristóbal de Las Casas lleva su apellido con orgullo. Fue un férreo defensor de los derechos indígenas, mas es muy cuestionada su labor histórica en la defensa de la población introducida desde África. Quede este comentario a modo de ilustración, fueron procesos complejos que tenían que ver con la economía mundial y la política que finalmente afectaron a las decisiones clericales. Este humanista no estuvo ajeno a ellas y tardó en notar que los esclavos africanos eran también humanos y tardó más aún en reconocerlo. Los indígenas, celosos seguidores de la nueva religión, aceptaron la «impureza espiritual» de los esclavos que llegaron a sustituirlos en muchas tareas. Es posible que varios esclavos africanos escaparan de las fincas esclavistas; el desconocimiento, aprovechado por los poderosos, y las supersticiones, crearon las leyendas de los demonios negros que asolaban la región. A eso me refiero cuando digo que la conquista llevó nuevos dioses y también creó nuevos demonios. Los esclavos fugados se reunían en «palenques» en medio de la espesura y para sobrevivir muchos tenían que salir de vez en cuando a realizar atracos y asaltos en los caminos. Varios de estos palenques se convirtieron más tarde en poblados que hoy han encontrado cabida y registro poblacional, pero muchos otros no prosperaron y sufrieron aniquilaciones o recapturas.
Fray Bartolomé vivía en otra época y no se le puede juzgar por las cuestiones que aún no estaban claras sobre la humanidad y los términos a usar, o las erróneas clasificaciones que llegaron a dividir al homo sapiens-sapiens en «razas». Quiero volver en este punto al libro que cité al inicio de esta comunicación: En la página 99, de Los viajeros al otro mundo (De la Torre), se encuentran con que llegan a un lugar donde «habitan los negros», los viajeros se sorprenden de que en el próspero y democrático país de los Estados Unidos de Norteamérica la comunidad afrodescendiente vivía separada de la comunidad blanca. Sin señalar ni acusar los viajeros se limitan a tomar nota en sus apuntes. Eran los años sesenta del siglo XX, la modernidad, el apogeo cultural y económico de occidente y su ciencia. ¿Se le puede justificar como a De Las Casas?
La literatura de Marceal Méndez recoge en ese pequeño cuento, de su fabuloso libro, el conflicto de la esclavitud africana en tierras conquistadas por Europa desde la perspectiva de población originaria, también sin señalar ni acusar –es lo grandioso de la buena literatura–. Nos muestra cómo, a pesar de la fe impuesta, los dioses y los demonios moraban en sus ritos manteniendo algunos rasgos precolombinos: su dualidad, por ejemplo, aunque subyugados ahora por el nuevo y celoso dios cristiano.
Hubo un periodo político en México que se identificó como «El maximato». El presidente Plutarco Elías Calles, como “jefe máximo de la Revolución”, influenció desde 1924 hasta 1934, más allá de su periodo de gobierno. Durante esta época surgió la «Guerra Cristera» que se opuso a la campaña antirreligiosa en el occidente del país. Dicha campaña fue seguida por gobernantes de varios estados de la República Mexicana, uno de estos estados fue Tabasco donde la figura política replicante de las políticas federales fue Tomás Garrido Canabal, también recordado por su campaña antidogmática que fue materializada con la expulsión de ministros de culto, la toma de recintos religiosos y la quema de arte sacro y figuras de santos católicos. Tales eventos se expandieron por el norte del estado de Chiapas. En su segundo cuento, «El regreso de Santiago», Marceal Méndez nos narra sucesos que tienen que ver con este periodo, que se mezclan con la visión mítica indígena. Llama la atención que en el cuento se habla de Dios y de dioses, donde claramente la palabra Dios en singular se refiere al mito cristiano y en plural equivale a las deidades precolombinas quienes por su lado encontraron, lo mencioné arriba, un nombre sustituto en el santoral cristiano. Santiago es, en el cuento de Marceal, un dios que fue llevado a cuestas por quienes estaban destinados a encontrarlo (111), este santo, además, visitaba a sus homólogos “en forma de fuego y rayo” (108). Cuando fue atacado por los “quema santos” “...una luz circular se elevó fugazmente y pareció no haberse ido muy lejos, pero se esfumó al chocar con las nubes dando la impresión de que había entrado al cielo.” (108) Los había abandonado ese santo que llegó por algún designio y que era cercano, mucho más cercano que el «dios del sacerdote», puesto que «en vez de contemplar desde el infinito el sufrimiento humano, estaba entre ellos, yendo y viniendo como el aire, entrando y saliendo de sus “casas”.» (111) Ahora no tenían quién los comprendiera ni les hiciera sentirse acompañados. Antes del ataque de los quema-santos, el mismo Santiago había decidido hacerse inamovible, incrementando su peso, junto a la figura de un cristo que estaba en la iglesia. Cuando los quema-santos se hubieron marchado, los pobladores encontraron la figura del santo chamuscado, lo limpiaron y colocaron en un pedestal de cemento, pero ya ni siquiera pesaba, cual si fuera un cascarón vacío.
(Continúa en la siguiente entrega...)
Margarita aceptó la invitación de Andrea y Genaro, sus amistades que vivían en otro estado de la República Mexicana, para ir a visitarlos en sus vacaciones. Como estaba acostumbrada a andar de un lado para otro, o como le decían en su familia, de pata de chucho, la invitación le vino muy bien.
Andrea y Genaro organizaron una serie de actividades para que pudieran coincidir en sus tiempos libres con Margarita, además de realizar una cartelera con propuestas para que ella eligiera qué le apetecía más hacer de manera individual.
Una de las tardes la propuesta fue visitar un parque cercano a la casa de Andrea y Genaro, era un espacio muy grato, con vegetación y ambiente familiar. Sus amistades le comentaron que solían ir ahí para correr los fines de semana, querían que conociera para ver si se animaba a acompañarlos el próximo fin.
El parque les quedaba como a 8 cuadras de distancia de su domicilio. Caminaron al destino y desde que Margarita observó el arbolado sintió que le encantaría el lugar, así fue, sin duda. Buscaron una banca para sentarse y a lo lejos estaba un puesto ambulante de papas fritas caseras y aguas frescas.
—¡Con este calor se antoja un agua de jamaica como las que se ven allá! —dijo Margarita, al tiempo que señalaba la dirección del puesto ambulante.
—No se diga más, ahora vamos por aguas y unas papas, —señaló Andrea. ¿Vienen conmigo?
—¡Vamos chicas! —exclamó Genaro.
—Prefiero esperarlos y observar el paisaje, les encargo un agua, por favor —comentó Margarita.
Mientras sus amistades iban por el encargo, Margarita fue recorriendo el parque con la mirada. Había una zona donde la gente llegaba a hacer ejercicio, pensó que ahí aplicaba lo de juntos pero no revueltos. Le llamó la atención la organización que había, gente de diversas edades, cada quien en su actividad, el dinamismo afloraba. Por otro lado, estaban las personas que asistían a pasar una tarde amena llevando a niñas, niños a jugar con sus patines, triciclos y bicicletas. Los gritos y bulla eran parte del paisaje sonoro. También observó a personas muy mayores de edad que visitaban el parque en silla de ruedas, las asistían sus familiares, le pareció un detalle muy bonito e importante, la atención a los adultos mayores, el estar en contacto con la naturaleza seguro les distraía y brindaba energía y alegría.
Se puso de pie para ver mejor otra área, la de los caninos, parejas, familias o de manera individual llevaban a sus perros de paseo, los animales lo disfrutaban al máximo. Pensó en la importancia del cuidado y atención a los integrantes peludos que forman parte de las familias, el paseo era parte de ello. Sobre otro lado había un área con pasto donde las personas estaban recostadas, algunas leyendo o conversando en pequeños grupos. Cada quien parecía disfrutar su espacio, su actividad y la compañía con quien estaba. Su mirada se detuvo en una especie de parada de autobús, ahí estaba sentado un señor indigente, solo, con la mirada dispersa, parecía imperceptible para el resto de las personas. No pudo evitar sentir una sensación de nostalgia.
Margarita volvió la mirada al puesto de papas y aguas frescas, por un instante olvidó que Andrea y Genaro había ido a comprar. Los vio que ya venían de regreso con los alimentos. Estaba contenta de conocer ese lugar, al tiempo que pensaba cómo en un solo espacio, el parque, cabían tanta situaciones y personas, todo eso percibido en una tarde de primavera.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.