Revista

Polvo del camino. 52. Apuntes de oído, 1. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 52

Apuntes de oído, 1
Jaime López: Por mi raza hablará el Piporro

Héctor Cortés Mandujano

 Jaime López (Matamoros, Tamaulipas, 1954) fue parte fugaz del Movimiento rupestre –cantautores con acompañamiento de guitarra, teclado o armónica–, cuyo primer concierto se dio en 1984. Jaime, para ese entonces, ya había grabado el LP Roberto (González) y Jaime (López), sesiones con Emilia (Almazán), en 1980.
            Juan Jaime López Camacho, cuando todavía usaba su nombre completo, llegó a los 16 a la Ciudad de México y desertó muy pronto de la carrera de Filosofía y Letras de la UNAM, pero no de la composición, que ya lo tenía entre sus redes.
            En su segundo LP (Long Play, acetato con diez o más canciones), La primera calle de la Soledad (1985), fue coordinador general de producción Álvaro Dávila, marido de Paty Chapoy, quien era la mano derecha de Raúl Velasco, el todo poderoso mandamás de Siempre en Domingo. Tal vez por eso, Jaime López pudo cantar en varias emisiones de ese programa “Ella empacó su bisteck”, su primer sencillo, que se volvió popular con la oración completa de su inicio (“Ella empacó su bisteck, con todo y refrigerador”); también cantó mucho “El mequetrefe” y otras que no eran fáciles de volverse de consumo tan masivo. Dice, por ejemplo, en “BXH/2”, de ese disco: “Si esta sombra no trepara como gato, lo dejaba todo por sentir de cerca tus zarpazos”.
            Sin duda, también por su colaboración directa/indirecta con Dávila y Chapoy lo invitaron a participar en el Festival OTI, donde presentó “Blue Demon Blues”, que sacó el honroso último lugar de esa sesión (“ese cero no me dieron, me lo gané”, declaró en una entrevista). López grabó después un disco, ¡¿Qué onda ese?! (1987), de cumbias, de música tropical, que supongo desorientó a sus eventuales escuchas. ¿De qué va este bato? Parecía serio. Pero ya había sembrado varias ideas, varias rolas (“Bonzo”, “Corazón de cacto”, “1940”, “La primera calle de la soledad”…) en el público que no estaba hipnotizado por la música comercial. También ya había conseguido intérpretes que lo cantaban y lo cantan en muchos discos: Cecilia Toussaint, Margie Bermejo, Eugenia León, Betsy Pecanins…
            En sus canciones es usual que haga ingeniosos juegos de palabras, desde sus títulos. Cito algunos: “Adiós a los dioses”, “Aremos otra tierra”, “Bluz María”, “Delirium semen”, “Dice Eurídice”, “Lacayo de la calle”, “Masa en sí fálica”, “Soneto medio ocre”; las letras de sus canciones están llenos de ellos: “Se puede uno morir parchando mujeres inflables” (“Corazón de silicón”); “Me hizo crack el corazón, ¿quién crees que soy? ¿El hombre de Wall Street?” (“El hombre de Wall Street”); “Sífilis mental te diagnostican; ¿ah, te cae?: las malas compañías” (“La almohada eléctrica”); “Luzbel le lame los labios” (“Alma de tabique”).
            En los títulos de sus discos, ha grabado muchos, también usa ese ingenio que parece tan natural (Mujer y ego, un ejemplo; Di no a la yoga, otro), pero que evidencia su preocupación, su familiaridad, su complicidad con el lenguaje.
            Como este texto sólo busca acercarlo a quienes no lo han oído y/o decirle algo más de él a quienes sí, pondré tres ejemplos de cómo busca agarrar del rabo a las palabras y azotarlas (Paz dixit) para que digan algo distinto: “Óyeme” (en Jaime López y su Hotel Garage: en vivo y en Domínguez, 2006) sólo tiene una petición, que repite sin variaciones: “Óyeme, cabrón, hijo de tu pinche madre”; sin embargo, me parece, la canción se vuelve algo más que un insulto. Habrá que oírla. 
            En “Lo que te voy a contar” (de Oficio sin beneficio, 1992) no sólo canta la canción, sino, por sí mismo y con sonidos onomatopéyicos, hace la orquesta, algo que no resulta usual en ningún compositor-cantante. Dice en su introducción: “Hey, familia, danzón tarareado, medio platicado, con puros arreglos a señas y a grito pelado”. Le quedó muy bien. Hace una variación: en “La almohada eléctrica” (Jaime López, 1989) su acompañamiento en con coro y chasquidos de dedos.
            En “Chilanga banda” (Odio Fonky, tomas de buró, 1994), una de las canciones más redondas del idioma español, que supone dificultades para ser entendida a cabalidad [en Hecho en México (Mondadori, 2007), Lolita Bosch hace una explicación verso por verso de ella], los logros de Jaime López como autor son exponenciales. No es una canción que use la ch recurrentemente, sino una obra maestra.
            [La famosa versión de café Tacuba incurre en un error, tal vez por desconocimiento del argot. Dice “Chichiflos”, en lugar de “Chichifos”, que es la forma de llamar a los hombres de venden placer erótico a hombres gays.]
 
Como esta es una súper síntesis, comparto sólo algunas líneas de sus muchas canciones:
           En “Me siento bien, pero me siento mal” (Arpía, Cecilia Toussaint, 1987): “Llegué a la cama y se me entrometió”, que dicho suena a “semen entró, metió”.
           En “Muriéndome de sed” (Mar adentro, de Eugenia León, 1988): “Y no me basta hartarme pisando un solo charco, ni me verán feliz ahogándome en un vaso. […] Tal vez la libertad no es más que una celda”.
           En “Puñalada trapera” (Jaime López, 1989): “La buena onda es tu bandera exterior, bajo las aguas eres un tiburón”.
            En “Vete derecho al infierno” (Jaime López, 1989): “Vete derecho al infierno; pero vuelve, cuando te falte calor”.
            En “Puerto Bagdad” (Jaime López, 1989): “Para todo aquel que no crea que los piratas existen, a ver, que apague la luz”.
           En “El amor es pasajero” (Palabras necias, 2014): “Si tu príncipe es de cuento, debe ser azul; si el amor es pasajero, yo soy autobús […] Si la vida es un destello, no será una cruz”.
           En “Sus males espanta” (Palabras necias, 2014): “Lo contrario de la monogamia, no es la poligamia: es el placer”.
 
Mis dos discos favoritos: Jaime López (1989), Odio Fonky, tomas de buró (con la brillante colaboración de José Manuel Aguilera, 1994). Mis 10 canciones favoritas: “¿Qué más puedo decirte del mar?”, “Muriéndome de sed” (las mejores versiones de estas dos primeras me parecen las que canta Eugenia León); “Sácalo”, “Me siento bien, pero me siento mal” (las mejores versiones, según yo, son las que canta Cecilia Toussaint); “Vivir como mueres hoy” (la canta mejor, según yo, Amparo Ochoa) y con interpretación del propio Jaime López: “¿Qué onda ese?” (la versión tropical de 1987; de allí tomé el subtítulo de la columna), “Corazón de cacto”, “Puñalada trapera”, “Chilanga banda” (la versión de Odio Fonky) y “No ando buscando a Jesús”.

***

Mi amiga Roxana Carbajal hizo con talento y paciencia dos muñecos que representan a los personajes (y a los actores, Alfredo Espinoza y yo) de mi obra La divinidad del monstruo. Lindo regalo de inicio de año. Mil gracias, querida Rox.
 

 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Foto y muñecos: Roxana Carbajal
Fotografía y muñecos: Roxana Carbajal

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 7. Un poema de nuestro tiempo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 7

Un poema de nuestro tiempo

Manuel Pérez-Petit

Habiendo ya entrado la Era distópica de lleno en nuestras vidas nada más nacer, consagrando, entre otras muchas cosas, uno de los cánones más celebrados de la historia de la humanidad, que la realidad supera a la ficción –y no dejen de estar atentos a mi columna del viernes de la serie ensayística acerca de la distopía, pues lo que está pasando en estos mismos días en el mundo no hubo escritor de tan calenturienta imaginación como para anticiparlo–, he recordado como por ensalmo uno de los más grandes poemas escritos en español en el siglo XX, para mí de la historia de la literatura en español, y que, además, fue escrito por un mexicano.
            Se trata de un poema largo –de ésos que ahora llaman muchos “de largo aliento”, lo cual me parece una cursilería–, escrito tanto en términos de palabras como de silencio. De un poema que justifica por sí solo la vida de un poeta, no en vano su autor apenas escribió tres libros en su vida. Un poema que es un encuentro turbador, lleno de clasicismo y música, y, a la vez, de una rabiosa contemporaneidad, que nunca baja la guardia en su encontrarse con un movimiento continuo en sí mismo, lleno de imágenes que prometen mucho más de lo que dicen. De uno de esos poemas impredecibles que te abducen desde el primer verso. A partir de un comienzo tumultuoso, centrado no solo en descifrar la condición humana sino también en una identificación del propio protagonista –el poeta–, que se reconoce en sí mismo y describe una materia informe como el agua para al final descubrir el vaso, la cosmogonía de este poema se despliega a partir de una simbología central en que la forma, Dios y el mundo se hacen existencia, una existencia justificada de igual modo en sí misma. Pero el vaso pierde su sentido y la materia se vuelve huérfana, lo cual obliga a un nuevo esfuerzo, lleno de inutilidad, por destacar la forma, y el mundo queda abocado a su muerte. Así, cuando el sistema ordenador del universo queda en evidencia y la materia queda reducida a no ser nada, la destrucción lo invade todo y ya solo queda la muerte y el diablo, ante cuya realidad solo le queda al poeta la posibilidad del sarcasmo, no en vano pone a la inteligencia en la cumbre de las cualidades, e incluso la diferencia con la inteligencia divina, a la que atribuye la capacidad de concebir las ideas. Y es precisamente de inteligencia de lo que se compone este poema, que aborda la incapacidad del ser humano de crear por sí mismo, condenado como queda a la muerte, esa realidad ante la que solo queda, como queda dicho, la ironía.
En consecuencia, este poema, al que antecede tres epígrafes del libro del Antiguo Testamento Proverbios: “Conmigo está el consejo y el ser; yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza” (P., 8, 14), “Con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (P., 8, 30), “Mas el que peca contra mí defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte” (P., 8, 36), que termina:
 
         (...)
         Desde mis ojos insomnes
         mi muerte me está acechando,
         me acecha, sí, me enamora
         con su ojo lánguido.
         ¡Anda, putilla del rubor helado,
         anda, vámonos al diablo!
 
se nos presenta en realidad como un flujo de conciencia –sometido a la paradoja de su andar consciente– que nos debería hacer pensar sobre la realidad de muerte que nos está tocando vivir en este llegar al primer cuarto del siglo XXI, y en el que los nuevos héroes son personas de carne y hueso que hacen lo posible por sobrevivir a la adversidad y a su propia vida.
            A José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, México, 1901-Ciudad de México, 1973) le bastó con este poema, publicado en 1939, dividido en diez partes y cuyos primeros diecinueve versos contienen la que quizá la más brillante descripción de la condición humana de la historia de la poesía en español:
 
            Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
            por un dios inasible que me ahoga,
            mentido acaso
            por su radiante atmósfera de luces
            que oculta mi conciencia derramada,
            mis alas rotas en esquirlas de aire,
            mi torpe andar a tientas por el lodo;
            lleno de mí —ahíto— me descubro
            en la imagen atónita del agua,
            que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
            un desplome de ángeles caídos
            a la delicia intacta de su peso,
            que nada tiene
            sino la cara en blanco
            hundida a medias, ya, como una risa agónica,
            en las tenues holandas de la nube
            y en los funestos cánticos del mar
            —más resabio de sal o albor de cúmulo
            que sola prisa de acosada espuma.
            (...)

            Un poema que viene ahora a colación por la realidad que nos circunda y cuyo título refleja como pocas cosas lo que estamos viviendo en la actualidad: Muerte sin fin.
            En sus versos podríamos ver la huella de la Sor Juana Inés de la Cruz de Primero Sueño, así como la de el Rilke de las Elegías de Duino, el T. S. Eliot de los Cuatro Cuartetos o el San Juan de la Cruz de Noche oscura del alma, dada su carga filosófica y su indudable carácter místico, pero también encuentra sus raíces en la obra de Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora. Podríamos ver en sus versos concomitancias con el Vicente Huidobro de Altazor o ver su influencia en la obra de José Lezama Lima. Podríamos analizar el papel de este poema en la renovación de la lírica mexicana –siendo Gorostiza como como era uno de Los Contemporáneos, ese grupo al que el propio Xavier Villaurrutia llamó “grupo sin grupo”, y en el que coincidió, por ejemplo, con Salvador Novo, Jaime Torres Bodet o Jorge Cuesta–, y, por extensión y con más propiedad, de la de la lengua española. Podríamos decir, como el crítico literario Víctor Sampayo, que Muerte sin fin es “Unidad formada en dos partes: ida y vuelta, eterno retorno, círculo en que todo muere y todo renace”. Podríamos ver incluso la influencia de este poema en la música contemporánea… Pero esta tarea la dejo a los refinados estudiosos de la poesía, al fin y al cabo soy apenas lector y como tal se me ponen los vellos como escarpias cuando leo:

            (...)
            hasta que –hijo de su misma muerte,
            gestado en la aridez de sus escombros–
            siente que su fatiga se fatiga,
            se erige a descansar de su descanso
            y sueña que su sueño se repite
            irresponsable, eterno,
            muerte sin fin de una obstinada muerte
           (...)
 
            Y de manera irremediable me llega a la mente la idea de que este poema pudiera haber sido escrito hace una semana.
 
  
(... Continuará…)


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas. 51. Ella baila sola. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 51

Ella baila sola

Por María Gabriela López Suárez

El reloj marcó las 10 de la noche, Ruth revisó su teléfono, su jornada laboral había concluido. Se quitó el delantal y se despidió de sus compañeros. Tomó su bolsa y se retiró a casa. 
          Como de costumbre caminó sobre una de las calles principales del barrio rumbo a su domicilio. Solía hacer eso, primero, porque era uno de los espacios más transitados por la noche; segundo porque le gustaba despejarse de su jornada en la cafetería, observando los anuncios que colocaban, a manera de mural, sobre diversas actividades. Se acercó a uno de ellos, repasó rápidamente la información y su atención se detuvo en Clases de danzaterapia. Tomó foto al cartel para revisarlo en casa. Siguió su trayecto.
          Un rato después de haber llegado a casa y cenado, se sentó para leer el cartel de la danzaterapia. Le pareció interesante, no tenía idea de qué irían las clases, tampoco tenía alguna compañera o amiga para ir, pero se animó a tomar una clase para conocer. Le vendría bien hacer una actividad nueva. Ahora faltaba ver los horarios y días. Las clases eran por las tardes, su hora laboral, sin embargo, para su buena fortuna, una de las sesiones coincidía en su día libre, miércoles. Justo al día siguiente.
          Ruth esperó con ansias que dieran las seis de la tarde para estar en su primera clase de danzaterapia. Llegó minutos antes. Preguntó dónde era el salón, atravesó un pasillo, subió unas escaleras metálicas en forma de caracol, bellamente decoradas por flores de huele de noche. Estaba nerviosa. Minutos después llegó la chica que impartía las clases, dijo que esperarían un momento más para ver si llegaban otras personas. Mientras tanto Ruth fue preparándose, recorrió el salón donde sería la clase. Le pareció un espacio ameno, tenía ventanales grandes y podían verse los tejados de las casas, así como una parte del cielo. El piso era de duela, se veía muy limpio. En eso estaba cuando entró la maestra acompañada de otra chica. La clase daría inicio.
          Empezaron con la presentación de cada una, Luisa era la maestra, Cecilia la compañera de la clase ese día. Luisa fue indicando los beneficios de la danzaterapia en la salud. Mencionó que una de las partes principales eran los movimientos físicos con ritmo para explorar y expresar las emociones. A medida que iba escuchando Ruth se emocionaba de haber decidido ir a la clase. Llegó el momento de iniciar la sesión de la danzaterapia. Luisa indicó que para fluir en el baile cerraran los ojos y comenzaran a danzar sobre el espacio, como cada una de ellas fuera sintiendo el compás de la música y estuvieran atentas al momento que ella les diera alguna indicación.
          Nuevamente Ruth sintió que los nervios le invadían, no se consideraba buena bailando. Luisa les fue guiando, estaban ahí cada una desde su interior, reconociéndose y explorando sus emociones, dejando a un lado los prejuicios. Poco a poco Ruth fue sintiendo la música,  teniendo confianza en sí misma, en el espacio, en las personas que le acompañaban, viviendo una experiencia agradable, sin la timidez que le daba al bailar frente a otras personas. Ella baila sola, se ama, se respeta y se escucha, iba resonando en su mente, mientras cada parte de su cuerpo lo iba sintiendo y expresando.
          La sesión concluyó hora y media después. Al final de la danza hubo agradecimiento y compartir de las vivencias. Se despidieron. El rostro de Ruth reflejaba relajamiento, dibujaba también una sonrisa, al tiempo que su mente seguía repasando Ella baila sola, se ama, se respeta y se escucha.
Photo by Engin Akyurt on Pexels.com

Fotografía: Engin Akyurt

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 51. Más de cuatro minutos para que tú hagas arte. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 51

Más de cuatro minutos para que tú hagas arte

Héctor Cortés Mandujano

  

Pensaba escribir un texto sobre el estadunidense John Cage (1912-1992), músico, compositor, filósofo, teórico musical, y su modo de llegar al límite en la composición e interpretación, es decir, su modo de aterrizar en la nada que tanto debe al manotazo en la mesa que dio Marcel Duchams sobre cómo debía pensarse y verse el arte. 
            Traté de hablar de su propuesta cuando escribí sobre la música popular y luego de la música clásica, pero no hallé cómo hacerlo parte de aquello. Lo dejé por la paz, pero en realidad se quedó agazapado hasta que llegó el momento, éste, de saltar a la página.
            En su biografía Palabras sin música (Malpaso, 2015), mi admirado Philip Glass me hizo la tarea y habla de su célebre y extrema pieza 4’ 33’’. Dice Philip (p. 125): “Tomemos la famosa pieza de John 4´ 33’’. John, o cualquier otro, se sentaba al piano durante cuatro minutos y treinta y tres segundos y, durante ese tiempo, todo lo que uno pudiera escuchar formaría parte de la pieza, ya fueran los pasos de la gente caminando por el pasillo, el ruido del tráfico o el zumbido de la instalación eléctrica del edificio. La idea consistía en que John simplemente ocupara ese espacio y definiera ese determinado periodo de tiempo anunciando: ‘Es en esto en lo que se van a fijar. Lo que vean y oigan es arte’. Y cuando se levantaba, la pieza acababa”.
 
***
 

              No habrá una barrera en el mundo, que mi amor profundo no rompa por ti
 
                                                        “Obsesión”, de Pedro Flores, 
                         canción emblema de Carlitos, en Las batallas en el desierto
 

Mi amiga Silvia Roque se apareció a visitarme, con una bolsita: “Son libros, te los traje de regalo”. En la veintena de títulos se hayan Güiraldes, Yáñez, Revueltas, Novo, Twain, Stevenson, Galeano… y Las batallas en el desierto (Era, 1981), de José Emilio Pacheco que, como acto celebratorio de este inesperado regalo (regalarme libros es cómo darle agua al sediento, huesos al perro), decidí leer de nuevo.
            La novelita, breve y genial, ya se volvió película (Mariana, Mariana, 1987, dirigida por Alberto Isaac) y hasta canción de Café Tacuba (“Las batallas”, de su disco debut de 1992). Carlitos, el niño protagonista, se enamora de Marina, la joven mamá de su mejor amigo; le declara su amor y ella, muy madura y linda, le explica por qué ese amor no puede ser. Se enteran todos y sacan a Carlitos de la escuela, lo llevan al psiquiatra y demás. Años más tarde, Carlos, se entera del terrible final de Mariana, el amor de su vida. El título alude a la cancha de tierra donde los niños juegan batallas entre ejércitos ficticios. 
            Mi nieto Jacobo, de ocho años, nos pregunta a mi mujer y a mí, mientras vamos en coche rumbo a casa, a partir de la vista de varios techos. “¿Sabían que el asbesto produce cáncer?”. Me llamó la atención cómo esta idea, que yo también me sé desde adolescente, siga dando vueltas en la mente de las nuevas generaciones. No conozco ningún estudio que avale el aserto, pero guardo silencio ante la información de Jacobito. Pacheco también lo dice en Las batallas… (p. 18): “Todas las azoteas con tinacos de asbesto cancerígeno”.
            Cuando Carlitos dice a Mariana (p. 37) “es que estoy enamorado de usted”, ella le dice que lo entiende perfectamente y agrega (p. 38): “Ahora tú tienes que comprenderme y darte cuenta de que eres un niño como mi hijo y yo para ti soy una anciana: acabo de cumplir veintiocho años”.
            En la película, Elizabeth Aguilar –una belleza de aquellos tiempos– es Mariana y le da un beso en los labios a Carlitos (interpretado por Luis Mario Quiroz). “Pedofilia”, dirían ahora.
 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 6. Distopía III: Milenarismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 6

Distopía III: Milenarismo

Manuel Pérez-Petit

A costa de mis amigos los dragones hice un inciso el pasado 25 de diciembre en la serie acerca de la distopía, y, como habrán observado –no ha faltado quien me lo haya echado en falta, y hasta me ha sorprendido la cantidad de mensajes recibidos al respecto–, el pasado viernes 1 de enero tampoco apareció mi Líneas de desnudo en este proyecto valiente de Letras ideaYvoz. Pero ya estoy de regreso, y con noticias frescas, pues a partir de la semana próxima incrementaré mi colaboración acá, con hasta dos artículos a la semana, de publicación los martes y los viernes, siendo este último día el dedicado a lo distópico. Sin embargo, ahora estoy con lo que estoy, y a vueltas ya de lleno con lo mismo, es bueno señalar que hay varios centenares de producciones cinematográficas circunscritas de algún modo u otro al concepto de distopía, por usar una distopía en su argumento o por ser distópicas en su conjunto, desde las más clásicas a las más recientes –en su mayor parte desarrolladas éstas últimas bajo el concepto de saga, esto es, que una película continúa en la siguiente, tan de moda en estos tiempos– del presente siglo XXI, que parece inmerso en un milenarismo de carácter fatalista y cuya máxima expresión ha sido este recién fenecido año 0 de la p. pandemia o, como la mayoría entiende, 2020 de la era cristiana. 
            A lo largo de la historia de la cinematografía el asunto distópìco ha sido recurrente, y más desde que en 1927 Fritz Lang elevara el género –o subgénero, si se prefiere– a categoría superlativa con Metrópolis, una producción de cine mudo de 153 minutos nada menos –más de dos horas y media– e inspirada en la novela homónima de Thea von Harbou, a la sazón coguionista del filme junto a su director, que retrata un hipotético 2000 con 73 años de antelación… Aún así tuvieron que pasar más de tres decenios para que recobrará popularidad lo distópico, pues no fue hasta la década de los sesenta del siglo pasado que regresó para quedarse. En 1966 apareció Fahrenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury, siendo la única película de lengua inglesa del cineasta francés François Truffaut. Esta cinta, por cierto, carece de títulos de crédito, no en vano en la obra está prohibida la escritura, como quizá en cierto modo en nuestros tiempos actuales está de algún modo prohibida la libertad de expresión. 
            Dos años después, en 1968 fue lanzada El planeta de los simios, otro hito del cine, basada en otra novela, esta vez de Pierre Boulle, cuya actualidad se ha mantenido viva hasta el presente, con multitud de secuelas, precuelas y remakes desde entonces: En el año 3978 una nave espacial se estrella en un planeta extraño tras 18 meses de hibernación y navegación interestelar a casi la velocidad de la luz. Los tripulantes de la misma salen de improviso de su hibernación y se encuentran con un mundo dominado por simios evolucionados que esclavizan a los seres humanos. La memorable escena final se convirtió de inmediato en un mito: el protagonista, el coronel Taylor, interpretado por Charlton Heston, se arrodilla en una playa mientras se lamenta de su descubrimiento, y es que en realidad han viajado en el tiempo. De fondo, la estatua de la libertad en ruinas yace medio enterrada: el planeta al que llegaron es la Tierra. Dos mil años después de su partida. 
          En esta película, como, en general en todas las de anticipación y, por supuesto, las distópicas, hay una carga filosófica y ética que va, según el caso, desde la elemental moraleja a la más profunda reflexión. En 1971 fue estrenada La naranja mecánica, obra maestra y polémica de Stanley Kubrick, basada en la novela del mismo nombre de Anthony Burguess, de una carga de profundidad que obliga a verla una y otra vez pese al estupor que causa, pues el gusto por la violencia, lo salvaje y lo grotesco alcanzan en ella un grado superlativo. Alex, líder de una banda criminal que adora el sexo, la ultraviolencia y la música de Beethoven, tras cometer sin descanso numerosas brutalidades, termina siendo detenido y sometido a una terapia experimental a fin de ser reinsertado en la sociedad, tras lo que debe afrontrar su pasado. En realidad, la cinta es una crítica social ambientada en Inglaterra en 1995, supuesto futuro por entonces que no está tan lejos de la violencia de todo tipo que el fin del siglo XX y lo que llevamos del XXI nos ha mostrado. ¿No recuerdan aquellos abusos de algunos soldados estadounidenses que torturaron, incluso con prácticas propias del sadomasoquismo, a prisioneros iraquíes durante la segunda guerra del Golfo y que fueron descubiertos e investigados a comienzos de 2003?
          El milenarismo, no tanto por su definición –la venida de Cristo para un reino en paz de mil años– sino por su sentido de utopía de carácter secular aunque también religioso, influenciado por el cambio de siglo, en que muchos veían el advenimiento del fin del mundo, y cuyo concepto fue desde los mismos años sesenta del siglo XX muy extendido y popularizado, ha tenido un protagonismo muy determinante desde entonces en todas las artes y ha condicionado incluso mentalidades, hábitos y modos de vida, sobre todo en Occidente. El totalitarismo, algo muy en boga hoy incluso en las democracias más avanzadas, es consecuencia, por ejemplo, de ello, y las artes cinematográficas así nos lo atestiguan. Como se puede ver, sin mayor abundamiento, en Stalker  (Andrei Tarkovsky, 1979), Doce monos (Terry Gilliam, 1995), Matrix (cuya saga comenzó en 1999) o Minority Report (Steven Spielberg, 2002), solo por nombrar algunos títulos emblemáticos aún no nombrados en este ensayo por entregas, e incluso de trascendencia mucho más allá de lo artístico en sentido estricto.
            A estas obras, entre otras, dedicaré el próximo artículo de esta serie acerca de la distopía que si bien fue anunciada para cuatro textos tendrá al final una docena que irán saliendo de viernes en viernes. En ellos seguiré abordando la materia desde las más diversas expresiones artísticas, literarias y filosóficas. Y lo inquietante es que de todos y cada uno de los casos se puede colegir un paralelismo con la realidad que nos está tocando vivir. Porque nuestro año 1 d. p., 2021 para entendernos, es en realidad el año 1 de la Era distópica.
 
(... Continuará…)


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas. 50. Leer para conocer. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 50

Leer para conocer

Por María Gabriela López Suárez

Era la tarde del segundo día del nuevo año, Joaquina estaba decidiendo qué hacer, ver una película, empezar a programar su agenda de actividades o leer uno de tantos libros que tenía pendiente. Prefirió hacer lo último, fue a la mesita donde estaban acomodadas las obras literarias, empezó a buscar algún título, retomó uno que había comenzado a leer hace meses, Historias de la Alcarama, del autor Abel Hernández, periodista español.
       Colocó una cobija y se sentó en el piso, en su rincón favorito para la lectura. El viento de la tarde soplaba fuertemente, le llegaba un ligero airecillo frío hasta donde estaba acomodada, la ventana del cuarto estaba abierta. Recordó las cabañuelas, era 2 de enero, según ese conocimiento local estaba pintando el mes de febrero.
       Inició la lectura, llamaron su atención dos elementos, primero, la frase Universal es lo local sin paredes, de Miguel Torga colocada antes de iniciar la historia; segundo, un mapa que ubicaba con mucha precisión la localización  de Sarnago, pueblo en las tierras altas de Soria, en la Sierra de la Alcarama, en España, lugar de origen del autor e inspiración para su obra literaria. A juicio de  Joaquina, eran detalles importantes para ubicar al público lector.
          Hizo una pausa, justo en ese instante recordó cómo había adquirido el libro. Ella solía tener un gusto especial por la lectura, en la universidad se percató que los libros que se llaman de segunda mano son una excelente opción de leer para conocer, así como también, hacer intercambio de libros o trueque en los espacios donde se incentiva el hábito de la lectura.
          Justo en uno de los puestos de libros de segunda mano, después de haber hecho un repaso  minucioso el título del libro llamó su atención, al leer la sinopsis  no dudo en adquirirlo. La crónica era uno de sus géneros favoritos y Abel Hernández hacía eso en su obra, retornó a la lectura… “Este misterioso atractivo de Sarnago entre gentes de toda condición no sólo no ha disminuido con la muerte del pueblo, sino que ha ido en aumento, como si San Bartolomé, el patrón del pueblo y de los caballeros templarios, no se resignara a permanecer recluido en un cuartucho. Una poderosa fuerza interior me ha obligado a mí mismo a recuperar la memoria de mi infancia y confiarte a ti, Sara, estas historias, en la que pretendo reflejar lo que va de ayer a hoy...”.
          Joaquina hizo una segunda pausa, la luz del sol comenzaba a disminuir, se levantó a prender el foco de la habitación. Alcanzó a contemplar el ocaso frente a la ventana. Se quedó pensando en la historia que comenzaba a leer, luego se ubicó en el presente, a lo lejos podía contemplar uno de los cerros de la ciudad donde ella vivía, cuántos años habrían de pasar para que ese cerro se perdiera entre las luces que poblaban los alrededores… por instantes su  mirada se perdió en el horizonte intentando encontrar una respuesta. El sol se ocultó y Joaquina regresó a su lectura, “Me dio la idea de escribirte estas cartas…”
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Fotografía:  Ekrulila

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 50. Tribulaciones. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 50

Tribulaciones

Héctor Cortés Mandujano

  

De profunda introspección, Las tribulaciones del estudiante Törless (Ediciones Coyoacán, 1995), de Robert Musil, define con su título el intríngulis del libro. Si fuera una novela policiaca el título sería algo así como El asesino es el mayordomo; es decir, no apuesta a la sorpresa del argumento, sino al modo de argumentar.
            El largo epígrafe de Maeterlinck es glorioso y lo tomo completo (p. 7): “Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente. Creemos que nos hemos sumergido en las profundidades de los abismos y cuando tornamos a la superficie la gota de agua que pende de la pálida punta de nuestros dedos ya no se parece al mar de que procede. Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio; y sin embargo en las tinieblas relumbra aún, inmutable, el tesoro”. Guau.
            El atribulado Törless se la pasa pensando en sus padres, en la prostituta que visita con regularidad, en lo que hacen y dicen sus amigos. Y siente por ellos emociones contradictorias. Piensa, por ejemplo, que si la prostituta no lo fuera, le gustaría darle placer hasta elevarlo al dolor. ¿Por qué? Porque es un adolescente: (p. 38) “la primera pasión de los adolescentes no es amor de uno por el otro, sino odio contra todos. Casi toda pasión primera dura poco y deja detrás de sí un gusto amargo. Es siempre un error, un desengaño”.
            Se da cuenta de que sus amigos Reiting y Beineberg torturan a un condiscípulo, Basini, con quien además tienen relaciones homosexuales sádicas. Ve a uno de ellos, Reiting, en sesión sexual con el torturado, que va a ser el gran pivote de todo el libro. Piensa en las relaciones íntimas de esos dos muchachos (p. 84): “Tenía que haber sido como el caer largo, larguísimo, de dos almas apasionadas la una por la otra, hasta dar luego en un abismo como el de un reino subterráneo. Y entonces habría habido un instante en que los rumores del mundo de arriba, de muy arriba, se apagaban, se extinguían”. 
            Esta inclinación romántica hace que él, después, se vuelva amante de Basini, y eso lo lleva igualmente a más tribulaciones, a más pensamientos, que a veces contrasta con Beineberg, también dado a las introspecciones (p. 142): “Hace ya mucho que deberíamos estar desesperados, pues nuestro saber en todas las esferas presenta semejantes abismos y no viene a ser otra cosa que una serie de fragmentos de puente que se extienden sobre un océano insondable”.
            Y el narrador, igual de meditabundo, dice (p. 172): “Hay alrededor de los hombres tenues fronteras que fácilmente pueden deshacerse, […] febriles sueños rondan el alma, corroen los firmes muros y abren de pronto inquietantes, trágicas calles…”.
            En Costas extrañas, de J. M. Coetzee, publicado por Random House Mondadori, en 2011, dice que los padres de Musil (p. 114) “pertenecían a la alta burguesía austriaca”, pero que en lugar de mandarlo a estudiar a una escuela de mayor categoría lo enviaron a “internados militares”, de donde seguramente extrajo el material para Las tribulaciones…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía de Mario Robles
Fotografía: Mario Robles

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 49. Tarde soleada, cielo azulado. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 49

Tarde soleada, cielo azulado

Por María Gabriela López Suárez

Escribo estas líneas, desde uno de mis espacios favoritos, en contacto con la naturaleza, envuelta en los aromas de hinojo, estafiate y ajenjo, naturaleza viva, mientras siento cómo el viento sopla suavemente y el clima regala una tarde cálida, una de las últimas del año 2020. 
     A escasos días de despedir el 2020 vienen a mi mente, quizá también a las de ustedes, una serie de memorias de tantas historias vividas en este inolvidable año. Es muy probable que algunas personas quieran que ya estrenemos año, no es para menos, el actual ha estado lleno de sorpresas y no del todo gratas, de experimentar sucesos inesperados, de despedir físicamente a seres queridos de una manera alejada nada habitual, de adentrarnos en una nueva serie de caminos para andar, para trabajar, para convivir, para resistir. 
     Sin embargo, es importante reconocer que también ha sido un año que nos ha dado oportunidad para detenernos a repensar el ritmo en el que se vive, del cuidado que debemos tener a la naturaleza, a nuestra alimentación, a nuestra salud, de la importancia que tienen los instantes y que la convivencia con los seres queridos es un elemento fundamental para lo cotidiano.
     Ha  dado pauta a despertar la creatividad y a darnos cuenta que, si bien, la tecnología ha sido una herramienta clave en distintos ámbitos de las actividades que desarrollamos, el contacto personal, cara a cara es algo invaluable, algo que se extraña, como por ejemplo, los abrazos, los apapachos. 
     En este año, en algunas de las entregas de las Voces ensortijadas he querido recuperar y compartir, con toques de ficción, determinadas historias observadas en lo cotidiano, en este 2020, que al igual que a ustedes para mí ha estado lleno de retos y de aprendizajes.
     Agradezco el acompañamiento que me han dado en cada lectura, relato y experiencia compartida. Es muy grato leer sus comentarios y que, en ocasiones, logren resonar e identificarse con las Voces ensortijadas. Gracias a la revista Letras, idea y voz por el espacio para divulgarlas.  
     En esta tarde soleada, cielo azulado, desde el corazón va para el público lector y sus seres amados mis mejores deseos en este 2021, que el universo y la divinidad les bendigan enormemente y que tengan un armonioso cierre del 2020.
Photo by Lucas Pezeta on Pexels.com

Fotografía: Lucas Pezeta

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 49. La Viento Oscuro y el Mar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 49

La Viento Oscuro y el Mar
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

No hay nada que sea enteramente tuyo

Ezra Pound, en «Retrato de mujer»
  

Yo viví en el bosque Ott desde mi nacimiento. Sabía, como todos, que mientras allí viviera no podría ser muerto de ninguna forma, porque los seres éramos uno con todos. Podíamos alimentarnos del aire y convertirnos en árbol, serpiente, hombre, mujer, niño, anciana o cualquier cosa, porque todas las entidades eran la misma: el bosque.
            Salí la primera vez porque tal vez la Viento Oscuro (o el Nube Negra, como también le llamábamos), una entidad que vagaba por el mundo, me atrapó en el sueño y me segregó de los demás. Puse un pie fuera de mi bosque y allí me di cuenta que, además, me acompañaba Hu, una muchacha de unos 200 años con la que habíamos compartido la vida calma hasta entonces.
            Una de los monstruos de los que siempre nos previnieron se llamaba el Mar o la Mar, que era hombre y mujer al mismo tiempo. Quien lo mencionaba decía que era enorme y que nunca se quedaba tranquilo; podía arrasar las tierras, los bosques, los desiertos; podía meterse en un frasco y tomar su forma; y hablaba con las voces de miles de criaturas diabólicas que la poblaban. Mar podía ser una pesadilla terrible, si se le pensaba mucho.
            Y Hu, que también tenía dentro suyo parte de la Viento Oscuro, me dijo que hacia allá íbamos. Parecía que la Nube Negra había plantado en nuestro pensamiento, sin que tuviéramos opción de contradecirla, la idea monotemática y marina.
            Nos encontramos a varios seres en el camino, pero ninguno hizo nada por atacarnos. Llegamos a la cima de una montaña y desde allí vimos una enorme mancha azul: “Es la bestia mala: la Mar”, dijo Hu, quien decidió llamarla con ese género.
            Cuando estuvimos en una alta quebrada nos percatamos que dos animales (humanos, dijeron llamarse) nos acompañaban. Nos pidieron que los siguiéramos y, de pronto, una ola (como se llamaban las lenguas del Mar), húmeda y salada, nos tomó como suyos y nos metió al caldo tibio donde se movían muchos seres que no sabíamos si querían escapar, como nosotros, o disfrutaban aquello o vivían allí.
            Los humanos nos enseñaron a no ser tragados por Mar que, aunque a veces parecía violento, también era cariñosa: fuerte y suave; hembra y macho, alternativamente. Nadamos, como nos dijeron que se llamaba aquella actividad, y no tuvimos ningún problema en alcanzar la orilla.
            Salimos y nos volvimos a meter varias veces. Hu me dijo que ya era hora de volver. Cuando llegamos al bosque teníamos muchas cosas que contar a nuestros inmortales congéneres. 
            La primera fue que Nube Negra no era ni un mal sueño ni una malvada influencia, y la segunda, que Mar podía ser un Monstruo, dada sus proporciones y la incapacidad que teníamos de entender sus decisiones, pero que también era una forma líquida que acariciaba totalmente, mientras su voz múltiple cantaba canciones incomprensibles.
            El Nube Negra y la Mar, entonces, y por consenso, se volvieron nuestros nuevos amigos. Y ahora vamos al Mar de vez en cuando. 
            De allá o de cualquier punto de nuestro periplo ocasional se nos contagió la desaparición física (o la Muerte, como la llaman algunos): ayer se secó un árbol. Por ello dejamos de ser inmortales y comprendimos que, al morir él, comenzaba a vivir en nosotros (él un muerto vivo; nosotros, vivos muertos) y que esa sería, a partir de entonces, la dialéctica de nuestra existencia.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración de HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

El mundo que se fue. 2. «El coronelazo». Rafael Corzo Espinosa

El mundo que se fue/ 2

El coronelazo

Rafael Corzo Espinosa

 

Conocí a doña Angélica Arenal, esposa de Alfaro Siqueiros, en la sede del Movimiento de Liberación Nacional en donde yo militaba con credencial y derecho a picaporte. No conocí al maestro porque en ese tiempo estaba preso en Lecumberri.
            Cada lunes por la noche no reuníamos para deliberar, yo dibujaba para el periódico mural y cuando venía a Tuxtla aprovechaba para traer literatura revolucionaria, entre esta, los libros de tácticas y estrategias de la guerra de guerrillas, escritas por el Che Guevara, los cuales yo regalaba a los jóvenes estudiantes. También traía un maletín lleno de calcomanías para pegar en parabrisas y ventanas “Cuba sí, yanquis no” y “Defender a Cuba es defender a México”. En esos años estaba caliente la revolución cubana.
            Me encontraba en Chiapas cuando la policía allanó nuestro local y destruyó el archivo apresando a los que estaban ahí en una brutal represión del gobierno de Díaz Ordaz.
            Y hablando de Siqueiros “el coronelazo”, siendo un jovencito militó en el ejército constitucionalista a las órdenes del general Manuel M. Dieguez.  En 1937, cuando la guerra civil en España fue con un grupo de voluntarios a apoyar a los republicanos, en donde se le otorgó la medalla al valor.
            Su obra muralista es importantísima así como la de caballete. Debido a su activismo político, paralelo a su carrera artística,  estuvo preso seis veces en Lecumberri.
            Toda una leyenda “El coronelazo”.  
   
Fotografía: T.C., «Piromaniaco» de Rafael Corzo.
Fotografía: Tania Corzo

*Sobre los textos:

Los textos y las fotografías a la obra del maestro Rafael Corzo que estaremos publicando en esta columna fueron proporcionados por Tania, hija del artista, y son parte de una libreta en la que el escultor escribió varias notas en los últimos meses de su vida. Nos sorprende que muchas de las citas que realizó fueron directas de su memoria ya que el maestro no consultó ninguna fuente ya fuera escrita o digital, por una lado hacía tiempo que había donado su biblioteca personal, por otro, no era proclive a usar la Internet ni tecnologías modernas digitales.

El artista falleció el 19 de septiembre de 2020. Agradecemos a la familia Corzo por permitirnos compartir estos textos.

*Sobre el autor:

Rafael Corzo Espinosa

Escultor

Nació en la ciudad de Villaflores, Chiapas en 1938. Falleció el 19 de septiembre de 2020 en Copoya, Chiapas, México.

Dominó la acuarela y el dibujo desde muy chico. Siendo adolescente asistió a la clase de dibujo en la antigua prevocacional donde desarrolló y aprendió técnicas como la sombra, perspectiva, centrado, proporciones, etc. Después se trasladó a la Ciudad de México donde recibe un taller libre en la Academia de San Carlos. Posteriormente se trasladó a Copoya, Chiapas, donde comienza a ensayar la escultura con cemento, material que siempre pensó que tenía grandes cualidades plásticas. Después desarrolló una técnica usando malla metálica cernidora, que bautizó como “Ferro Cemento”, otra innovación fue policromar las figuras y sombrearlas.

Realizó diversas exposiciones individuales, listamos algunas: «El mundo que se fue», 2016; Café Galería “El rumbo” 1997 (escultura); “Forma y colorines”, Café Galería “Este sur”, 1998; “Del juguetero” Museo Hermila Dominguez, Comitán, 2000; “La trilla del primate”, enero, 2005; “La talacha del Corsario”, Congreso del Estado; “Apocalipsis”, Galería UNACH, 2001; “De Centauros; Mitos y Reales” –  Centro Cultural Jaime Sabines, 2006; “La escultura en la tecnología” Museo Chiapas de Ciencia y Tecnología, abril, 2007; “La trilla del primate” Museo Chiapas, noviembre, 2008; “Apocalipsis” Museo de Arte Hermila Domínguez, Comitán, Chiapas.