Trabajo en alturas. 8. Las formas de la nube en el desierto. Roger Octavio Gómez

Las formas de la nube en el desierto
Literatura de no-ficción

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…Cada arabesco del caleidoscopio.

Cada remordimiento y cada lágrima.

Se precisaron todas esas cosas

para que nuestras manos se encontraran.

Jorge Luis Borges, en «Las causas»
Primero fue caos, luego calor, polvo sobre polvo hasta volverme roca. El agua, los vientos, la mar agitada. Cataclismos interminables, y yo vuelto polvo de nuevo. Playas. Entonces la vida latiendo y la muerte. Incontables días y noches. Tanto tiempo como granos de mi materia en el lecho marino que me albergaba. La tierra crujiendo y creando montañas. De la mar al continente. Cada ser que se posó sobre mí y mis infinitas hermanas parecía inmortal y vivía como si la muerte no existiera. Hasta que la muerte reclamaba su turno y volvían a nosotros hasta volverse polvo, otra vez.  
	Entonces llegaron ellos. Hombres se hicieron llamar. Seres increíbles, fabulosos, semidioses pensé, hasta notar que superaban en estupidez a todos los seres que los antecedieron. Amansadores de la noche, pretendían deslumbrar al mismo sol. Inquietos, impacientes, seres que parecían no percibir que su paso era efímero, ni el abismo en el que el universo entero caía. Se inventaron dioses y orígenes para apaciguar sus temores, poblaron la tierra y en honor a sus dioses y orígenes se empeñaron en acelerar su paso por la vida. 

Decían los hombres que en la luna llegan a parar los objetos perdidos. Cuando pasó aquello pensé que estaba, por fin, perdida. Esto no es la luna, me dije. Estoy extraviada y no parece ser lo mejor que me haya pasado. Sucede que no tengo posibilidades de controlar eso que llaman destino, fui hecha para una función única y mi función, por supuesto, no era la de perderme. Por eso me alegré cuando surqué los aires y me sentí libre de los hombres que me habían colocado en aquel artefacto con el que detonaron la pólvora que me arrojó al aire. 

Fueron los hombres los que me fundieron en fuego, porque aprendieron a controlarlo. Aprendían tanto y tan poco a la vez. Entonces conocí la quietud, una quietud inaudita. Me volvieron vidrio templado. Magnifico, transparente, irrompible decían. 

No puedo decir que sintiera, no, pero hay algo análogo a eso: percibía. Una comunión, una conexión, quizá al grado del misticismo, con otros de mi dominio, taxonómicamente hablando. Ni siquiera de mi clase, sino en el grado más amplio. Podía percibir, por ejemplo, las vibraciones de un piano en las antípodas de mi posición, que tampoco era la luna. Y también al grano de arena que flotaba en el viento jugando a ser nube en el desierto y a los que conformaban al cristal que, sobre mí, preguntaba.

A ella la conocí cuando me llevaron a las salas de aquel castillo. Oscura y silenciosa, posada en una tela de seda blanca, emanaba una tristeza profunda. No es que habláramos como lo hacían las criaturas humanas, no podemos hacerlo de esa manera. Emanábamos sentidos, significados, energía, quizá, al ritmo de nuestras partículas; no podría explicarlo en el limitado lenguaje de los hombres. Y yo preguntaba: ¿qué eres? De seguro algún artefacto humano, pero: ¿con qué sentido te construyeron así? Y ella, respondía: tristeza.

Por entonces yo estaba en un lugar luminoso, sobre un cojín forrado de seda, protegida por un cristal que preguntaba, preguntaba mientras me observaba como lo hacían los curiosos que acudían a verme. 

Era una roca afilada de plomo, simple y de apariencia inofensiva, no parecía tampoco eso que ellos llamaban obra de arte. La curiosidad con que la observaban los visitantes me hacía percibir que no era un objeto cualquiera. Algo debía trasmitirles que yo no entendía. Traslúcido como entonces era, permitía el paso de la luz y de las miradas de los curiosos que llegaban a aquel lugar llamado Museo a la Memoria.
 	 
Soy una bala, dicen ellos, respondí al cristal un día. Estos seres que en la mentira fundan su razón de ser dicen que soy  la bala que comenzó una gran guerra. No fui yo, no lo fui. Fueron ellos, ellos que amaban matar. Ellos que me convirtieron en piedra arrojadiza para matar. Matar. Matar. Qué palabra era esa. No conocía la vida y, sin embargo, sabía que matar sin razones era, ¿o es?, una tontería. Tontos quienes me arrojaron sobre aquel hombre del que conocí sus entrañas y del que percibí su miedo y del que noté cómo cada una de sus animadas células se apagaba. Ese amasijo de agua y carbono animado se volvía inerte, como yo. Por la herida se le escapaba el aire y, con él, su vida. Tontos también quienes crearon más balas para matar a más hombres, mujeres, niños, animales, bosques, paz. Quienes crearon la venganza. Tontos quienes hicieron de mí un objeto de adoración y no uno de advertencia.

Ellos hablaban, inventaron lenguajes y concibieron ideas magníficas para tratar de preservar un legado a sus generaciones futuras. ¿Habrá quien entienda por qué digo que son estúpidos? “Generaciones futuras”, como si creyeran que fueran a existir por siempre. Bueno, a lo mejor en verdad, a costa de autosugestión, lo creían. Lo cierto es que eran diferentes, tenían fantasías con el futuro, cosa que sus ancestros desconocían, pero sus miras eran muy cortas.
“Esto que se ve tras este cristal blindado”, decían, “es la bala que comenzó la primera guerra mundial”. 

La muerte era tan simple, tan callada, tan silenciosa ¿porque la amaban si también la temían? Incluso, la negaban. Pero, ¿acaso yo era muerte? Quizá la guadaña de una muerte artificial. Porque pretendían también prevalecer por lo artificial. Sabores, aromas, colores, hasta felicidad; artificios cada uno. Incluso fantaseaban con vidas artificiales. Las guerras, otro invento sin sentido como tantas cosas que hacían, les causaba ambivalencias hipócritas, por un lado se declaraban arrepentidos de sus guerras y catástrofes infligidas contra sí mismos, pero por otro sentían orgullo y hacían lo posible por repetirlas.
 
Saber aquello me hizo entender la tristeza que emanaba mi oscura compañera. Millones se habían inmolado. Porque había habido una primera guerra mundial pero también una segunda y no se detuvieron ahí. Entre iguales se despedazaban. Y tampoco, se detuvieron ahí. Amenazaban con auto-aniquilarse. Y, por supuesto, no se detuvieron ahí.
En mis arenas vueltas cristal habían partículas elementales de los seres que por acá habían pasado, cierto, pero cuánto aspiraba entonces lograr que uno sólo de mis átomos conocieran el ánima que se movía en los seres vivientes. Me parecía tan bello percibir que existían los florecimientos que no entendía por qué ellos se empeñaban en regresar tan pronto a la muerte.

El vidrio pregunta. Pregunto. El vidrio insiste. ¿Es un piano lo que en algún lugar cae al vacío? Sus cuerdas suenan por vez última mezcladas con el ulular de muchas sirenas. Sirenas de miedo. Llanto. Han revivido sus viejas rencillas. Nunca las han olvidado. Qué inventarán los hombres para justificar estas nuevas matanzas. Dirán que otra bala perdida. Esta vez parece ser más terrible. Resplandores intensos iluminan los cielos. Opacan al sol. Cada molécula mía se separa. Salta la bala desde el cojín de seda que se incendia en un instante. Vuelo en pedazos, como él que era cristal “irrompible”. Fuego, luego caos, entonces calor, tanto que plomo y cristal nos fundimos en una sola roca. Silencio… Silencio… Ya no hay días. Vuelve el rumor de los vientos, la mar agitada. Ella y yo vueltos polvo de nuevo. Infinitos días. Incontables como las arenas en las que reposan nuestras partículas… Nos hemos vuelto sólida roca, de nuevo… Algo se posa sobre mí… sobre nosotros…  pulsiones, por fin… vida. Una que nunca sabrá que alguna vez hubo días, generaciones, ponientes o causas.
Fotografía: Juventino Sánchez

Trabajo en alturas. 7. Un faro en el mar de las letras. Roger Octavio Gómez

Un faro en el mar de las letras

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

En Viaje al centro de la fábula, Augusto Monterroso indica qué “Ningún autor serio cree en la crítica, a menos que esta sea elogiosa para él o contraria para sus colegas.” (159)  La crítica va dirigida a un público lector, o debería, y no al autor, aunque sea el aludido. Para este pequeño ensayo dejaremos de lado al autor, en la isla de los emisores.
	Eduardo Galeano cita en muchas ocasiones a Fernando Birri sobre una frase que le escuchó en una charla que ambos daban en la universidad de Cartagena de Indias, Colombia. Alguien del público preguntó: ¿para qué sirve la utopía? Birri planteó que la utopía jamás la podría alcanzar, puesto que estaba en el horizonte, si caminaba hacia ella esta se alejaba, “¿para qué sirve? Para eso, para caminar” (cito de la memoria). ¿Es posible que existan en el horizonte lectores y críticos ideales? Pienso que sí, utópicos, necesarios para que mi pequeño ensayo pueda avanzar por sobre los prejuicios y las muchas opiniones sobre la crítica literaria y la lectura.
	En primer lugar, nuestro lector utópico será uno que busque más allá del mero entretenimiento o de la búsqueda de su uso educativo formal –aclaro que no estoy en contra de la función lúdica de la lectura ni de su escolarización¬–, tampoco uno que busque un uso específico a la lectura, es decir, requerimos un lector que supere lo meramente utilitario y vea lo que apunta Juan Domingo Argüelles (2003): el poder inmaterial de la literatura. Harold Bloom, en ¿Cómo leer y por qué? Nos habla también de ese lector que no trata de cambiar a su vecino por lo que lee, sino que busca una suerte iluminación interna, individual, no una ética de la lectura (17-27). Filipo La Porta (2018) parafrasea a Lévi-Strauss al referirse al mundo globalizado del cual, dice, ha desaparecido “la otredad”, pero, donde la experiencia sigue siendo individual; en opinión de este crítico, el acto de leer debe ir más allá del mero entretenimiento, es un acto trascendental relacionado con el entendimiento de la vida.
	Para un lector así, un individuo que trasciende lo material en la lectura, necesitamos un crítico ¬–nuestro crítico– que adquiera una responsabilidad más que alta, ya no se trata sólo seleccionar textos y comentarlos, tampoco cabrían ya aquellas distinciones como la que da Ediciones El País, en “La lección”, entre la crítica erudita y la periodística. José Agustín Goytisolo compara al crítico literario con un catador, un experto que “distingue y explica al público las diferencias, las calidades y los sabores...” quien no es un homologador, cuantificador, ni un clasificador (105).  Volviendo a La Porta (2018), indica que aspira una crítica que permita, por medio del entendimiento de la literatura, entender la vida, y agrega, en la lid de Goytisolo, que la función de la crítica “no es la de valorar, sino la de poner en claro.” Por mi parte, considero que la crítica a cualquier arte, cuando se realiza a contemporáneos es efímera, que no trascenderá puesto que en la prontitud de la ejecución no tiene oportunidad de distanciarse en el tiempo futuro, por lo que no sabrá, el crítico, lector ni autor, si la obra objeto trascenderá hasta convertirse en un clásico que sobreviva a su época y mucho menos si su opinión se sostendrá en la posteridad. Así es la vida, ¿no? Efímera. Sin embargo, buscamos que nuestras acciones trasciendan, aunque nunca lleguemos a saber cuánto, si mucho o poco, se debe siempre suponer que mucho o mejor hacer nada.
	 Cuando habla de la responsabilidad del artista, Andrei Tarkovsky menciona la libertad, “la libertad de ofrecerse en sacrificio, de darse a sí mismo a su época y a su sociedad” (208). Resulta que no podemos liberarnos de nuestro contexto, de nuestro tiempo, de nuestro Hoy. Este director agrega lo que antes defendíamos: “Nunca se debe plantear al arte tareas utilitaristas o pragmáticas”. De nuevo cito a quienes están contra el utilitarismo.
          El crítico también sólo es libre en su interior, está sometido a su contexto social, cultural, a la vida cotidiana, a las necesidades, pero en su interior es libre de aspirar al ideal de sacrificio, el de decir su verdad, es un lector que trasmite su bagaje, compuesto de lecturas y conocimiento, con la habilidad suficiente para transmitirlo y tomar el fuego que dé a sus lectores una luz que los guie en los mares de las letras. Si usamos la analogía del faro, un crítico no puede, no debe, estar mal ubicado ni mal construido, su luz debe ser firme, estar en la orilla que le toque iluminar y emitir las señales que sus lectores necesiten para navegar con confianza. A un crítico así ya no es necesario plantearle dilemas éticos ni conflictos de intereses, los manejará de la mejor manera. Si su luz es deshonesta no es sino un impostor.
          La crítica se debe al crítico, un héroe cultural que blande la única espada que debe blandir: la argumentación –Marie Arana, (cit. en Escandell pos. 1093) lo llama “guardián cultural”–, es a su vez tan profundamente humano que su máximo anhelo debería ser el de comunicar, entablar una conversación con un lector que será quien le brinde la autoridad y lo legitime con la suficiencia para hacerse llamar, Crítico. Su responsabilidad es para con su público, a quien presenta cada vez su texto más honesto. Recuerde que estamos hablando de utopías: del crítico como un lector que tiene un estandarte otorgado por otros lectores quienes, además, le exigen su opinión clarificadora sobre lecturas que ellos quizá visitarán, o no. 

Bibliografía consultada:


Argüelles, Juan Domingo. ¿Qué leen los que no leen? El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. México: Editorial Paidós Mexicana, 2003.

Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. Barcelona: Editorial Anagrama, 2007.

Ediciones El País. “La lección”, en edición impresa El País, sábado, 26 de noviembre de 2011. Disponible en: http://elpais.com 

Escandell Montiel, Daniel. No es WEB para críticas. El crítico cultural ante los medios digitales y la búsqueda de su espacio en la red. Material digital proporcionado para fines didácticos, Universidad de Salamanca, 2021.

Goytisolo, José Agustín. “Sobre el escritor, su obra, los lectores y la crítica literaria”, en Prólogos. Material proporcionado para fines didácticos por la UV Salamanca, 2021.

La porta, Filipo, “Conferencia: La crítica literaria como crítica de la vida.”, Coordinada y comentada por Christopher Domínguez Michel. Disponible en: https://youtu.be/9wHlf9OvIgo. Subida el 17 de mayo de 2018. Consultada el 24 de febrero de 2021 en el canal de El Colegio Nacional de México.

Monterroso, Augusto, Viaje al centro de la fábula. 1981. Consultado en Editor digital Titivilus el 24 de febrero de 2021 (disponible en: https://diariodelgallo.files.wordpress.com/2019/10/augusto-monterroso-viaje-al-centro-de-la-fabula-1.pdf). 

Tarkovsky, Andrei. Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Trad. Enrique Banús Irusta. España: Ediciones Rialp, 1991.
Ilustración: Adriana Ge Erre*

Trabajo en alturas. 6. El detective es un espejo. Roger Octavio Gómez

El detective es un espejo

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…Usted quiere que yo, al representar a los cuatreros, diga:

el robo de caballos es malo. Pero es que eso y sin mí ya hace tiempo

que es sabido. Que los juzguen los jurados, mi asunto es sólo mostrar

cómo son ellos…

A. Chejov en «Carta a A.S. Suvórin, 1 de abril de 1890».
Presentación de Aún Corre Sangre por las Avenidas*

 
Es muy conocida la respuesta epistolar de Chejov en defensa a su cuento "Los Ladrones", que cito arriba, la cual es ya un axioma que define la postura objetiva que debe guardar la literatura respecto al mundo; contra la subjetividad de la prédica y que define, además, la postura del lector frente a la obra. Siguiendo esto y salvados los debates, la literatura sería, como la pintura, un arte que plasma partes de una realidad objetiva que en el proceso artístico dejó de ser real y que se convierte en un código que da señales que deben ser decodificadas por el espectador.  Chejov deja claro que no es papel de la literatura juzgar al mundo, sino sólo representarlo; es el lector quien completará los elementos que le hagan falta al momento de cerrar el destino de la obra en el milagro de la interpretación.

[Disculpen lo técnica que puede resultar mi entrada, culpa de Héctor Cortés: Él dijo alguna vez que a las presentaciones de sus libros suele invitar a lectores comunes y que no le gusta la intervención de expertos pues las hacen aburridas. Me sorprende que me invite a mí pues soy un “experto”**.]

Advirtiendo que ciento cuarenta y siete años después de la carta de Chéjov aún hay “movimientos” que esperan que el escritor matice las creaciones, Héctor Cortés de entrada nos dice que lo que leeremos es una verdad cruda de las partes oscuras de una ciudad que bien podría ser la nuestra. Una verdad que no hará daño pero como todas las verdades quizá pueda ser incómoda. Una verdad, sin embargo, que es dicha como una forma de amar. Me recordó a mi abuela cuando me ofrecía un purgante y con ese temor abrí la siguiente página de la obra.
Aún Corre Sangre por las Avenidas, por cierto con un título endecasílabo como varios de los de las obras de Héctor Cortés Mandujano, es una novela que puede ser catalogada como policiaca o que utiliza elementos del género para desenvolverse.  
          Los personajes: Diomedes, Marcia, Don Juan “el judicial”, Javier “El zopi” González, prostitutas, transeúntes, la ciudad misma y un personaje-narrador que está presente en la novela como una bruma. 
Por una fijación que tengo con la mitología griega, cuándo vi el nombre de Diomedes en un personaje quise buscarle una explicación mientras que el mismo personaje decía que no le gustaba su nombre para no tener que buscarle explicaciones. Diomedes, el de la mitología, es, digamos: “poco famoso”, pero estuvo presente en acontecimientos muy notorios. Así es el Diomedes de esta novela, está ahí como de casualidad en el acontecimiento principal, pero no parece querer ser el personaje principal y es que está también presente esa “bruma”, un ente que liga los acontecimientos narrados y que nos sigue como ojo vigilante por toda la novela. 
	Hace varios años, Héctor leyó un fragmento de su novela en un auditorio. Quedé impresionado con lo que escuché. Sin embargo, el fragmento era algo aislado que no daba indicios de la narración total. No me quedaba claro el tema ni el porqué del título, nada. Busqué la novela y estaba agotada. Por años me quedé con la imagen de lo que había escuchado hasta que por fin, gracias a un préstamo del mismo autor, la leí completa. Aún Corre Sangre por las Avenidas es un artefacto literario muy bien trabajado, formado por engranes que no pueden ser cabalmente comprendidos hasta que operan como un todo. Da voz a taxistas, prostitutas; da forma a hombres y mujeres decadentes, a ciudadanos, a gente de las clases altas, “buenas familias” y clases bajas; a una ciudad con todo y sus rincones oscuros; y da forma a una imagen más profunda que se aclara en el lector conforme la turbulencia de la lectura calma la superficie. 
	Hay novelas policiacas que trascendieron el género por una vuelta de tuerca hábil de su autor. El Túnel, por ejemplo, de Ernesto Sabato, nos da de entrada el nombre del asesino y ese detalle marca la genialidad de la obra. En Aún Corre Sangre por las Avenidas uno puede preguntarse: ¿Pero, quién es el detective en esta novela? Ahí está la vuelta de tuerca de Héctor Cortés: el detective es un espejo. ¿Y el criminal?: El que se refleja en ella. ¡Diablos, carajos!, decía mi abuelo cuando quería llorar pero su estoicismo no lo dejaba. Y esa imagen turbulenta que se aclara, es la verdad incómoda que nos advertía el autor justo antes de entrar en la novela. 
	Juventino Sánchez Vera, diseñador de la edición tercera (de 2017) de Aún Corre Sangre… parece haber notado este juego de Héctor y colocó en la portada una calavera dorada matizada con pesadillas rojas. Es el reflejo del criminal cuya fechoría fue la de cerrar los ojos ante un mundo real, ojos que son abiertos por la irrealidad de esta novela.
	Aunque la trama parece estar centrada en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (México), no es una obra local ni mucho menos provinciana, es universal. Podría ser válida y entendida en cualquier rincón del planeta. Ríos de mierda hay en todos lados, hasta en las ciudades donde dejan correr la mierda por sus entrañas para que no se vea ni se huela. 
          Decía hace rato que me parecía que esta novela podría caber en el género policiaco. Estaba seguro que podría sostener este argumento. Ya no lo estoy tanto. También es una crónica. La crónica de América Latina, de México, de Tuxtla: un mundo que se quedó degustando el flujo rojo, la excrecencia y el autoengaño.
          Aún Corre Sangre por las Avenidas ganó en 2004 el premio Rosario Castellanos, hace más de 13 años de eso… leerla hoy se siente tan actual... Estamos presentando su tercera edición pero el tema es tan fresco que estoy seguro que soportará un sinnúmero de ediciones más.
	[Permítanme en mi calidad de experto  agregar algo más:] El final de la obra es abierto, sí, pero lo es también el título y en total coherencia. Aún, aún, aún, eterno aún que no cierra como una herida que sangra y corre por avenidas citadinas donde transitamos con los ojos cerrados. 
	Hectorito, Hectorito, dime: ¿Cuál es la ciudad más bella del mundo?

Roger Octavio Gómez Espinosa, abril de 2017.


[*Texto leído en 2017 durante la presentación de la edición 3 a cargo de Editorial Tifón.

**Al final de la lectura se aclaró que Roger Octavio Gómez es "experto" pero en temas de administración de proyectos y telecomunicaciones, la literatura es una cuestión de su alter ego.]
Fotografía de la portada de Aún corre sangre por las avenidas, edición 3

Trabajo en alturas. 5. Voz que no cesa. Roger Octavio Gómez

Voz que no cesa
Literatura de no-ficción

Por Roger Octavio Gómez Espinosa*
Entonces un hombre saltó al agujero aquel donde estaba yo escondido. Como si disparara, se asomaba de vez en cuando y oprimía, en ráfaga, el botón de su cámara, se cubría, recargaba o cambiaba de cámara y seguía. Luego me apuntó, “¿Te puedo tomar una foto?”, dijo. Confundido aún, afirmé con la cabeza. Me tomó una foto. El ruido era ensordecedor, estallidos por doquier, gritos, chillidos, alaridos. Él se mantenía como si fuera externo a todo lo que a nuestro alrededor acontecía. “Tengo que ir hacia allá”, me dijo, “¿podrías cubrirme?”. Me asomé un poco y comencé a disparar a discreción, el fotógrafo salió de un salto, luego rodó, se recompuso y continuó su carrera. Entre él y mi trinchera cayó una bomba. 
	Aturdido aún, me puse de pie y, aprovechando el humo y polvo provocado por la explosión, salté hacia fuera de aquel pozo y traté de seguir los pasos del fotógrafo. Había desaparecido. Seguí corriendo, entre tropiezos, hasta alcanzar unas rocas. A mis espaldas escuché una explosión de mortero. Ya en cubierto vi cómo bombardeaban el pozo que hacía unos momentos me sirvió de refugio. El fuego recrudeció. Las explosiones caían alrededor, las balas rebotaban en las piedras que me cubrían, alguna tocó mi casco. Me hice un ovillo y así permanecí, gritando.  
          Pero el ruido de ese día casi interminable, mi primera acción real en la guerra, cesó. Creí estar soñando. Llamadas a reunión, trompetas y voces. Habíamos ganado aquella batalla. 
Al fotógrafo no lo volví a ver. Llegué a pensar que fue una alucinación provocada por mi terrible miedo. Años después, vi las fotos de aquel día y me enteré de que aquel hombre había sobrevivido y que siguió su trabajo de fotógrafo de guerra hasta que en una de ellas perdió la vida al pisar una mina.

Recuerdo con claridad el día en que mi nieto me llevó del brazo a un evento para veteranos. Querían entrevistar a los sobrevivientes. Agasajarnos. Que habláramos de nuestras medallas, de valor, de coraje, del sacrificio que la guerra exige y de la grandeza que significa ser vencedores.
          Elegantes y solemnes, muchas fotografías en blanco y negro mostraban aquellos días. Clasificadas con rigor, agrupadas incluso por fecha y nombre de las acciones bélicas. Fiesta en las calles por la libertad. Hombres izando banderas en mástiles improvisados. Soldados posando para las cámaras. Gente de tropa jugando a la pelota en sus ratos de ocio. Pilotos orgullosos junto a sus aeronaves…
Entonces, la reconocí. Ahí estaba una fotografía que me trajo a la memoria, estúpida memoria, lo que a costa de convencerme pensaba olvidado: Un joven asustado desde una trinchera improvisada vuelve la vista hacia el fotógrafo. Miedo en los ojos. Cierto candor, como si se sintiera culpable por sentir ese temor. Inocencia quebrándose. ¿Soy ese soldado? Me acerco. Al costado, en otras fotos, mujeres recibiendo a las tropas con flores. Hombres del bando enemigo marchando en fila. Regreso a la foto del soldado joven. Me ajusto los lentes. Mi nieto me pregunta algo. 
          Además del ruido de aquella mi primera batalla, también silenciamos el ruido de nuestros recuerdos. Tantas cosas en mi interior comenzaron a sonar ante ese jovenzuelo de casco enorme y ropas que parecen ser de una talla mayor. Como si una vieja “sinfonola” se prendiera con un disco rayado: la foto sonaba y crujía. Una lágrima al principio, luego llanto franco. “¿Estás bien abuelo?”.
          Me sacan a tomar aire. Alguien trae una silla de ruedas. Hablan, preguntan. Yo sigo llorando y conmigo, en mí, los rostros de los prisioneros vencidos que ejecutamos en hilera. Se acerca un médico y me toma el pulso. Se parece al joven aquel al que perseguimos y matamos de un tiro en la nuca. También al que se hincó ante nosotros poniendo las fotos de su familia frente a sí; igual lo ejecutamos y su sangre empapó las imágenes. Ni un prisionero con vida había sugerido Patton cuando dijo que los matáramos como a moscas y esa fue nuestra defensa cuando juzgaron aquellas acciones. Pero, ¿y los rostros de las jóvenes que en un principio vieron en nosotros a los libertadores y que en vez de eso fuimos sus violadores? Ese soldado con cara de miedo, casi un adolescente, estaba a pocos pasos de convertirse en despiadado asesino. 
          La corte marcial. El indulto. Luego los pactos de silencio. La foto hablaba, hablaba, hablaba y su voz me venía desde una trinchera como si fuera un reclamo. Mis manos en los oídos y mi memoria, estúpida memoria, llena de ruido, de furia. Y las voces de las muchachas que antes nos daban rosas, llorando con terror, luego con rabia. 


Documentación consultada:

El foro TV. “Crímenes aliados en Alemania”. Canal Intereconomiatube. Grupo Intereconomía. Recuperado el 9  de abril de 2021. Disponible en: https://youtu.be/_HJYUlqh5-Y

Patton, George S. “George Patton’s Speech to the Third U.S. Army”. Patton Museum of Cavalry and Armor. Recuperado el  10 de abril de 2021. Disponible en: https://web.archive.org/web/20060616031308/http://www.knox.army.mil/museum/pattonsp.htm

Ruiz, Nicolás. “Robert Capa: El hombre que inventó la guerra”. En Tierra Adentro 2016. Recuperado. Disponible en: https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/robert-capa-el-hombre-que-invento-la-guerra/
Ilustración: Adriana Ge Erre**

Trabajo en alturas. 4. Alexiévich, voces calladas. Roger Octavio Gómez

Alexiévich, voces calladas
Reseña

Por Roger Octavio Gómez Espinosa
Svetlana Alexiévich (Ucrania, 1948), entre sus galardones ostenta el del Premio Nobel de Literatura 2015. Si bien es considerada la primera periodista en recibir tal presea, es notorio que crea algo más que periodismo: una literatura que parte de problemáticas de una región que fue soviética y trasciende también el localismo puesto que hace eco en cuestiones humanas universales.
         En La guerra no tiene rostro de mujer recaba una serie de recuerdos de mujeres veteranas de guerra a las que entrevistó entre 1977 y 1985, y escribe uno que no es precisamente de entrevistas, tampoco de relatos y mucho menos un panfleto antibélico. La editorial Debate lo cataloga como “Historia”, sin embargo, no parece tener el rigor del historiador sino más bien se apega a la subjetividad de las entrevistadas y deja que fluyan de manera honesta; no estamos ante ficciones, sino testimonios. 
         Con lo anterior, Alexiévich logra algo más que “otro libro sobre la guerra”: da voz a millones de mujeres que participaron en ella, en el frente ruso durante la segunda guerra mundial, y que habían permanecido anónimas, invisibles, repudiadas y en el margen en que las situaba el canon masculino que enaltece la narrativa bélica. Rescata una visión femenina del conflicto armado que la despoja del ensalzamiento heroico y de los tratamientos tácticos y muestra con crudeza lo desgarrador de es esa costumbre humana, consistente en obligar masivamente a los individuos a matar a sus congéneres, que nos deshumaniza. Proyecta imágenes que hacen percibir al lector la crudeza de las guerras, pero también la dureza de las posguerras, la realidad que perciben los veteranos, la de una sociedad que no los comprende y que incluso los discrimina, sobre todo a las mujeres, intentando borrar de la memoria situaciones que ellas no pueden olvidar, que callan.  
          En la edición revisada muchos años después de su primera edición, la autora agrega también sus recuerdos sobre las peripecias que tuvo para conformar el libro y publicarlo, los varios tipos de censura que lo saludaron: la oficial, los rechazos editoriales por considerar que al texto le sobraba horror y naturalismo, la de mujeres que fueron entrevistadas y que se arrepentían de haber contado sus experiencias, y las de la propia escritora quien da un espacio a textos que originalmente había decidido no incluir. 
          Los recuerdos de aquellas mujeres encuentran en el libro de Alexievich un caudal que les permitió desfogar sus voces, voces que durante mucho tiempo estuvieron calladas y que dan forma a un rostro, uno formado por muchos semblantes, una faz conmovedora que reivindica no sólo a las mujeres sino a todos aquellos ciudadanos de a pie que han tenido que enfrentar situaciones a las que “líderes” –hábiles en la manipulación de los ideales patrióticos– los han orillado. 

Libro: La guerra no tiene rostro de mujer
Autor: Svetlana Alexiévich
Traducción: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González
Editorial: Penguin Randon House Grupo Editorial / Debate, 2015

Roger Octavio Gómez Espinosa (497 palabras)

Cajón de rubores. Antonio Florido, un español muy latinoamericano. Roger Octavio Gómez

Antonio Florido, un español muy latinoamericano

Por Roger Octavio Gómez

La novela Quién vendrá a mi entierro me ha hecho pensar que su autor, Antonio Florido, escritor español de Carmona, es latinoamericano. Son varios los que hablan, mas una sola voz es la que teje la narración de una trama que es un rosario de tragedias ensortijadas en un sedal conductor hilado por un personaje que se hace llamar a sí mismo “Escribidor”, una historia que bien pudieran haber sucedido en la Hispanoamérica rural, donde la justicia se impartía con crudeza en medio de la anarquía, donde las pasiones tenían más valor que el amor, tierra de caciques y de enmendadores sin suerte. El Escribidor nos advierte que estamos ante una visión “encuadrada en un lugar desconocido, ancho y despoblado, salido de la nada” al que ha llenado con recuerdos, querencias y mentiras. ¿Comala, Santa María, Yoknapatawpha? No, La Camuña, un lugar que “huele a muerte y desperdicio de vidas”. 
         En la anarquía hay siempre un orden superior, similar al orden que imprime Florido en cada una de sus palabras y frases, pulidas y con una métrica que brinda el ritmo exacto con que se cuentan los hechos. Cada frase es una pincelada definida, con los colores exactos, pero es hasta contemplar la obra entera cuando se aprecia el universo donde mora Echandía Arsuaga, el personaje principal. Un hombre que arrastra un crimen, no cualquiera, un fratricidio; y un amor prohibido que no le permite amar a La Tana, la mujer que arrebató a otro, o a cualquier otra mujer, está enamorado de un hombre.
         Son varias las capas de lectura que ofrece Antonio Florido. Me llama la atención la intencionalidad que hay en El escribidor, quien opera como demiurgo, alter ego, quizá, del escritor. El Escribidor a veces recuerda al Melquiades de García Márquez, pero también a los profetas de religiones antiguas. Al Escribidor no se le escapa ni un gesto, construye en el aire y del aire, es capaz de concebir el mundo en que suceden los hechos e, incluso, borrar a su antojo la memoria de los pobladores de La Camuña. Una lectura es, como digo, la del demiurgo que juega a crear el mundo, la otra es la develación de los recursos que tienen las sociedades para negar la posibilidad de que las cosas diferentes existan. ¿Olvidan a un hombre por ser homosexual o por ser el posible asesino de El señorito? Tal vez por ambos motivos, damantio memoriae. 
          El que La Camuña esté tocada por un Paraná a donde llegan las tonadas de las trovas rosarinas no rompe con la tradición rescatada por Florido. ¿Acaso Comala no es una dimensión inexistente que brota de las tierras de Jalisco o Yoknapatawapha no tiene tintes del Misisipi?
	 Esta novela de Antonio Florido es también una historia de amor, un amor prohibido por un orden social que se parece al nuestro y si bien rememora a varias obras, estas no debilitan la trama, sino que nos hacen notar el gran acervo literario y cultural de su autor aunado a una habilidad estilística muy particular y lograda. 

He colocado Quién vendrá a mi entierro de Antonio Florido en el estante de mis libros favoritos.

Libro: Quién vendrá a mi entierro
Autor: Antonio Florido
Editorial: Kolaval por Hispanoamérica / 2021
     



Antonio Florido**




*Sobre el autor:

Roger Octavio Gómez Espinosa

Tuxtla Gutièrrez, Chiapas, 1974.

Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.

Autor de La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal); Soltar las riendas (autor, 2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Autor, Tifón, 2018). Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.

*Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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