Polvo del camino. 119. Mucha sed. Héctor Cortés Mandujano

Mucha sed

Héctor Cortés Mandujano

Todo cambió. Spisil k’atbuj (Ediciones El Animal, 2006), de Josías López Gómez (Cholol, Oxchuc, 1959), es un libro de siete cuentos bilingües –tseltal-español– bien escritos, bien tramados y, lo digo con relación a lo que decía en mi columna anterior, con muchas y directas alusiones sexuales. 
	En “El cazador” un hombre sale de casa y de caza; dice (p. 20) “fui leyendo el paso del animal en cada hoja rota, en cada hoja aplastada”. Falla, vuelve y encuentra a su mujer con un amante. Los oye hablar (p. 21): “Espera, espera, quiero orinar –dijo su acompañante”. La mujer: “No salgas, hay un agujero en la esquina, ahí orina mi esposo”. Cuenta el cazador: “Me moví con cuidado a la luz de la luna, su verga dura y gruesa soltó un chorro de orina, me dio coraje, la agarré fuertemente. Saqué mi cuchillo, se la corté de un solo tajo”. Se va, cuando de nuevo vuelve pide a su mujer que haga tortillas y le ofrece a ella un trozo de carne asada, que ella come. Después pregunta (p. 24): “¿Qué me diste de comer?”; “La verga de tu querido –contesté”. La mujer muere de no comer y de tanto tomar agua: “La verga de un hombre es caliente, salada, provoca mucha sed”.
	En “La mujer de huipil”, Catarina trata de complacer poniéndose un vestido que Juan le compró, en lugar de su huipil. No puede (p. 45): “No es posible, mi huipil me acaricia, me refresca. Este vestido no está hecho para mí: me rechaza, me hiere”. Él ha renunciado a la ropa y costumbres de su pueblo e, incluso, anda con una mujer que no es de su raza (p. 47): “una kaxlan de cara blanca y nalgas suaves”. Juan trata de volver, Catarina no lo acepta. Lo vio venir (p. 49), “suspendió su trabajo, se levantó con el machete del tejido en la mano, ¡pum!, le asestó un golpe en la cabeza”. Le da otros sin ver y Juan (p. 50) “se perdió entre las matas de la milpa para nunca volver, su perro se fue ladrando tras él”.
	En “K’atimpak, el reino de los muertos” se muere la mujer de Andrés y éste se va a buscarla al más allá. Ahí se encuentra con (p. 64) “pajk’inte’, la hembra que tiene dos sexos, de hombre y de mujer”, y ella lo toma o se deja tomar como condición para llevarlo con su mujer. Camina y se encuentra con un informante de Jun Kame, “padre y soberano del inframundo”, quien le pide que le traiga leña con una mula. Andrés avanza y oye a unas mujeres platicando en el río, mientras lavan ropa. Una dice (p. 67): “Yo soy una perniabierta, me emociona ver la verga de mi amante, la agarro, gozo cuando está a punto de metérmela”. A Andrés le piden que no revele lo que acaba de contar a su padre y es castigado (p. 72): “No pudo vencer el poder de Jun Kame, enfermó, a los pocos días murió”.
	Los cuentos de Josías no se consumen con la anécdota: hay en ellos profundidad, conocimiento, capacidad de trascendencia. Algo de él había leído antes, pero este libro me parece un volumen absolutamente recomendable, capaz de sostenerse por sí mismo, con la poderosa fuerza imaginativa y la inteligencia del autor. Me encantó.
	“Todo cambió” es la historia de un maestro que llega a un pueblo indígena y un padre que manda a su hija a estudiar (p. 112): “Mi hija María, con sus chichis virginales, estaba convirtiéndose mujer, no se hallaba lista para el comal, la metí a la escuela”. El maestro Priciano la viola y ella queda embarazada. Dicen al padre que no puede vengarse porque los ladinos arrasarán el pueblo (p. 123): “Los kaxlanes han hecho difícil nuestra existencia. La escuela no se cerró, pero nació desconfianza. Priciano se fue a la semana, mandaron otro maestro. Los padres no registraron a sus hijas, algunos hasta vistieron de niñas a los niños para que no asistieran a la escuela. Todo cambió”.
	En “Algo diferente” José trata de enamorar a Hortensia, ella lo rechaza porque, según la costumbre sus padres deben elegirle marido. Al final ella cambia y lo acepta, a sabiendas que tendrán que remar contra corriente (p. 143): “Así como el bosque se acaba, el río se seca, nuestra costumbre empieza a tomar otro cauce, corre y cambia en algo diferente”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

nosotros, que él es…»

Absenta 15. Rebeca. Erik García Briones

Rebeca





«Su papa había fallecido hace tres años y la situación

económica se había vuelto un poco más difícil. Bulmaro

había empezado a trabajar a los 11años » 

Maria Gabriela López en Voces ensortijadas 112, «El golpe avisa»

     -Voces ensortijadas 112 el golpe avisa  de María Gabriela López Suarez

EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Voces ensortijadas 118. Cuidar la vida. María Gabriela López Suárez

Cuidar la vida

Por María Gabriela López Suárez

Esas vacaciones, como cada año Julieta y sus mellizos Juliana y Santiago fueron a visitar a la tía Asunción y al tío Camilo. Eran familiares paternos que vivían en otro estado. A Juliana y Santiago, de ocho años, les causaba mucha emoción ir de visita, sobre todo porque la tía y el tío vivían en una zona con mucha vegetación. Julieta les había llevado ahí desde que eran bebés y les había transmitido su amor por la naturaleza.

Después de verificar que todo estuviera listo para el viaje, desde el coche hasta el equipaje y los obsequios para los tíos, los tres emprendieron la salida. Julieta iba atenta en el camino y manejando con precaución, los mellizos observaban el paisaje. De pronto, Julieta sintió un aroma a pasto quemado, tuvo el presentimiento que era un incendio. No se equivocó.

—¡Miren allá, algo se está quemando! —dijo Juliana.

—Parece que es pasto seco —señaló Julieta.

El humo no les permitía distinguir a lo lejos que ya estaban dando atención a la emergencia. Los bomberos  y policías mantenían acordonada la zona. El paso estaba lento, así que tuvieron que esperar varios minutos para poder salir de ese tramo.

Julieta les comentó a sus hijos que estaban en la temporada de incendios, era una época que se sumaba a la sequía que había cada año, el planeta Tierra se calentaba cada vez más y parte de los efectos ya los sentían todos los seres vivos.

—¿Cómo podemos ayudar para cuidar la naturaleza? Si no, nos vamos a morir — preguntó Santiago en tono preocupado.

—Muy buena pregunta hijo, no es tan fácil pero como dicen, cuando se quiere, se puede. En casa ya lo hacemos, al menos aportamos con un granito de arena, al tener nuestra composta, usar bolsas de tela para ir al mandado, evitar consumir productos con envases de PET o unicel...

— Ah, por eso cuando vamos con doña Chonita, la señora que vende mole llevamos un recipiente y ella no nos da los vasos grandotes de unisel —señaló Juliana.

—Así es, tenemos una tarea diaria que es cuidar nuestro medio ambiente y esa tarea es colectiva, no solo de las autoridades o de las personas, sino de toda la gente, niñas, niños, jóvenes, gente mayor, grupos. A veces olvidamos que cuidar a la naturaleza es cuidar la vida.

Julieta se percató del silencio que se formó, miró el espejo retrovisor y observó que los mellizos iban despiertos y atentos al paisaje, cada uno en su respectiva ventana, con el cristal hacia abajo. No tardaron en llegar a una zona boscosa, el trino de las aves era sumamente bello como una especie de bienvenida. El rostro de Julieta se relajó, sintió el olor a vegetación, ya estaban cerca de la casa de los tíos.

—Mira Santi, ya merito llegamos, seguro que la tía Asunción y el tío Camilo estarán contentos de recibirnos, a ver si les gustan  las plantas que les traemos y los dulces de leche que les hizo mamá —comentó Juliana.

—Seguro que sí, ya quiero saludarlos y que nos lleven a recorrer el huerto, debe haber muchos chicozapotes y mangos, podemos ayudar a cortarlos —dijo Santiago, con los ojos llenos de emoción.

Entraron a un camino de terracería y en menos de 100 kilómetros se divisó la casa cubierta de tejas con sus pretiles y sus macetas colgantes. No tardaban en aparecer doña Asunción y don Camilo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 8. Las formas de la nube en el desierto. Roger Octavio Gómez

Las formas de la nube en el desierto
Literatura de no-ficción

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…Cada arabesco del caleidoscopio.

Cada remordimiento y cada lágrima.

Se precisaron todas esas cosas

para que nuestras manos se encontraran.

Jorge Luis Borges, en «Las causas»
Primero fue caos, luego calor, polvo sobre polvo hasta volverme roca. El agua, los vientos, la mar agitada. Cataclismos interminables, y yo vuelto polvo de nuevo. Playas. Entonces la vida latiendo y la muerte. Incontables días y noches. Tanto tiempo como granos de mi materia en el lecho marino que me albergaba. La tierra crujiendo y creando montañas. De la mar al continente. Cada ser que se posó sobre mí y mis infinitas hermanas parecía inmortal y vivía como si la muerte no existiera. Hasta que la muerte reclamaba su turno y volvían a nosotros hasta volverse polvo, otra vez.  
	Entonces llegaron ellos. Hombres se hicieron llamar. Seres increíbles, fabulosos, semidioses pensé, hasta notar que superaban en estupidez a todos los seres que los antecedieron. Amansadores de la noche, pretendían deslumbrar al mismo sol. Inquietos, impacientes, seres que parecían no percibir que su paso era efímero, ni el abismo en el que el universo entero caía. Se inventaron dioses y orígenes para apaciguar sus temores, poblaron la tierra y en honor a sus dioses y orígenes se empeñaron en acelerar su paso por la vida. 

Decían los hombres que en la luna llegan a parar los objetos perdidos. Cuando pasó aquello pensé que estaba, por fin, perdida. Esto no es la luna, me dije. Estoy extraviada y no parece ser lo mejor que me haya pasado. Sucede que no tengo posibilidades de controlar eso que llaman destino, fui hecha para una función única y mi función, por supuesto, no era la de perderme. Por eso me alegré cuando surqué los aires y me sentí libre de los hombres que me habían colocado en aquel artefacto con el que detonaron la pólvora que me arrojó al aire. 

Fueron los hombres los que me fundieron en fuego, porque aprendieron a controlarlo. Aprendían tanto y tan poco a la vez. Entonces conocí la quietud, una quietud inaudita. Me volvieron vidrio templado. Magnifico, transparente, irrompible decían. 

No puedo decir que sintiera, no, pero hay algo análogo a eso: percibía. Una comunión, una conexión, quizá al grado del misticismo, con otros de mi dominio, taxonómicamente hablando. Ni siquiera de mi clase, sino en el grado más amplio. Podía percibir, por ejemplo, las vibraciones de un piano en las antípodas de mi posición, que tampoco era la luna. Y también al grano de arena que flotaba en el viento jugando a ser nube en el desierto y a los que conformaban al cristal que, sobre mí, preguntaba.

A ella la conocí cuando me llevaron a las salas de aquel castillo. Oscura y silenciosa, posada en una tela de seda blanca, emanaba una tristeza profunda. No es que habláramos como lo hacían las criaturas humanas, no podemos hacerlo de esa manera. Emanábamos sentidos, significados, energía, quizá, al ritmo de nuestras partículas; no podría explicarlo en el limitado lenguaje de los hombres. Y yo preguntaba: ¿qué eres? De seguro algún artefacto humano, pero: ¿con qué sentido te construyeron así? Y ella, respondía: tristeza.

Por entonces yo estaba en un lugar luminoso, sobre un cojín forrado de seda, protegida por un cristal que preguntaba, preguntaba mientras me observaba como lo hacían los curiosos que acudían a verme. 

Era una roca afilada de plomo, simple y de apariencia inofensiva, no parecía tampoco eso que ellos llamaban obra de arte. La curiosidad con que la observaban los visitantes me hacía percibir que no era un objeto cualquiera. Algo debía trasmitirles que yo no entendía. Traslúcido como entonces era, permitía el paso de la luz y de las miradas de los curiosos que llegaban a aquel lugar llamado Museo a la Memoria.
 	 
Soy una bala, dicen ellos, respondí al cristal un día. Estos seres que en la mentira fundan su razón de ser dicen que soy  la bala que comenzó una gran guerra. No fui yo, no lo fui. Fueron ellos, ellos que amaban matar. Ellos que me convirtieron en piedra arrojadiza para matar. Matar. Matar. Qué palabra era esa. No conocía la vida y, sin embargo, sabía que matar sin razones era, ¿o es?, una tontería. Tontos quienes me arrojaron sobre aquel hombre del que conocí sus entrañas y del que percibí su miedo y del que noté cómo cada una de sus animadas células se apagaba. Ese amasijo de agua y carbono animado se volvía inerte, como yo. Por la herida se le escapaba el aire y, con él, su vida. Tontos también quienes crearon más balas para matar a más hombres, mujeres, niños, animales, bosques, paz. Quienes crearon la venganza. Tontos quienes hicieron de mí un objeto de adoración y no uno de advertencia.

Ellos hablaban, inventaron lenguajes y concibieron ideas magníficas para tratar de preservar un legado a sus generaciones futuras. ¿Habrá quien entienda por qué digo que son estúpidos? “Generaciones futuras”, como si creyeran que fueran a existir por siempre. Bueno, a lo mejor en verdad, a costa de autosugestión, lo creían. Lo cierto es que eran diferentes, tenían fantasías con el futuro, cosa que sus ancestros desconocían, pero sus miras eran muy cortas.
“Esto que se ve tras este cristal blindado”, decían, “es la bala que comenzó la primera guerra mundial”. 

La muerte era tan simple, tan callada, tan silenciosa ¿porque la amaban si también la temían? Incluso, la negaban. Pero, ¿acaso yo era muerte? Quizá la guadaña de una muerte artificial. Porque pretendían también prevalecer por lo artificial. Sabores, aromas, colores, hasta felicidad; artificios cada uno. Incluso fantaseaban con vidas artificiales. Las guerras, otro invento sin sentido como tantas cosas que hacían, les causaba ambivalencias hipócritas, por un lado se declaraban arrepentidos de sus guerras y catástrofes infligidas contra sí mismos, pero por otro sentían orgullo y hacían lo posible por repetirlas.
 
Saber aquello me hizo entender la tristeza que emanaba mi oscura compañera. Millones se habían inmolado. Porque había habido una primera guerra mundial pero también una segunda y no se detuvieron ahí. Entre iguales se despedazaban. Y tampoco, se detuvieron ahí. Amenazaban con auto-aniquilarse. Y, por supuesto, no se detuvieron ahí.
En mis arenas vueltas cristal habían partículas elementales de los seres que por acá habían pasado, cierto, pero cuánto aspiraba entonces lograr que uno sólo de mis átomos conocieran el ánima que se movía en los seres vivientes. Me parecía tan bello percibir que existían los florecimientos que no entendía por qué ellos se empeñaban en regresar tan pronto a la muerte.

El vidrio pregunta. Pregunto. El vidrio insiste. ¿Es un piano lo que en algún lugar cae al vacío? Sus cuerdas suenan por vez última mezcladas con el ulular de muchas sirenas. Sirenas de miedo. Llanto. Han revivido sus viejas rencillas. Nunca las han olvidado. Qué inventarán los hombres para justificar estas nuevas matanzas. Dirán que otra bala perdida. Esta vez parece ser más terrible. Resplandores intensos iluminan los cielos. Opacan al sol. Cada molécula mía se separa. Salta la bala desde el cojín de seda que se incendia en un instante. Vuelo en pedazos, como él que era cristal “irrompible”. Fuego, luego caos, entonces calor, tanto que plomo y cristal nos fundimos en una sola roca. Silencio… Silencio… Ya no hay días. Vuelve el rumor de los vientos, la mar agitada. Ella y yo vueltos polvo de nuevo. Infinitos días. Incontables como las arenas en las que reposan nuestras partículas… Nos hemos vuelto sólida roca, de nuevo… Algo se posa sobre mí… sobre nosotros…  pulsiones, por fin… vida. Una que nunca sabrá que alguna vez hubo días, generaciones, ponientes o causas.
Fotografía: Juventino Sánchez

Polvo del camino. 118. ¿Por qué así vine en este mundo? Héctor Cortés Mandujano

¿Por qué así vine en este mundo?

Héctor Cortés Mandujano

Primero gozo y después puro llorar, puro tristeza

Rosa Caralampia
Hace años, en uno de mis tantos talleres de escritura creativa, tuve como alumnas y alumnos a incipientes escritores indígenas. Me llamó la atención que en sus trabajos sólo hablaran del pasado y omitieran cualquier referencia sexual. Se los hice ver con dos preguntas retóricas: ¿Nada pasa actualmente en sus pueblos? ¿No existe el deseo, la pasión sexual entre ustedes? 
	Después leí Rosa Caralampia y otros cuentos (Coneculta-Chiapas, 2002), de Delfina Aguilar Gómez, quien, por cierto, lo aclaro, no estuvo en mi taller, y que habla de hechos recientes y, más raro aún, de sexualidad femenina. El título es un error evidente, que corrige la portadilla, porque no se trata de cuentos, sino de la Historia de una mujer tojolabal, con traducción de David Ruiz Aguilar.
         Rosa Caralampia cuenta su vida a Delfina. Dos hechos tremendos de su infancia, dichos con naturalidad: su madre murió y su padre la vendió a unos señores que querían hijos. ¿Por cuánto? (p. 21): “La verdad, mi papá dice que tres pesos, pero ellos dicen que treinta pesos, saber cuál es la verdad”. 
	La trataban mal, por supuesto (p. 29), “como de por sí me compró como un su animal, un su cuch”. Luego le vino su “xuxil” (suciedad, menstruación) y le crecieron los pechos. El viejo, como llama a su dizque papá, la intenta violar. No se deja. Pero el Carmelino, un hijo de los viejos, sí lo consigue (p. 35): “No se lo vayás a contar a nadie, porque si no, te voy a matar. Sólo entre nosotros va quedar”. El Carmelino a veces se pone romántico (p. 39): “Sentí una cosa yo con él, me ‘garró y me besó y yo también lo recibí su beso. Después de eso empezamos a acostarnos más seguido”.
	Queda embarazada y el Marcelino reconoce que el niño es suyo, tal vez por la amenaza de Rosa Caralampia (p. 43): “Si lo negás, eso sí, cuando yo salga de aquí te voy a mandar matar”.
	Dice Delfina (p. 45): “Yo le dije a la Rosi, pues una parte a lo mejor que gozaste bien con el muchacho, porque eran joven; él joven, tú joven.
	“–¡Sí, pues!
	“Ahí nos reímos bastante Rosi y yo.”
	Nace el niño, vuelve a la casa de los viejos y con el Marcelino, quien (p. 51) “seguía como mi marido, nada más la vieja me compraba pastilla para que yo no me embarace ya. A lo mejor de tanta pastilla que tomé ya no me quedaba embarazada después. Porque siempre he tenido mis hombres, pues, para qué te voy a negar”.
	Se pelea con la señora y la echan de la casa. Se quedan con su hijo. Peregrina en varios empleos de sirvienta y cambia de novios. El siguiente, el Antonio (p. 61), “es un soldado que conocí, es de Oaxaca”. Era casado (p. 63): “Me ofreció matrimonio, pero ingrato el maldito, de balde me engañó”.
	Lo olvidó pronto (p. 63): “Encontré otro hombre que no tenía mujer, estaba bien guapo, grande, es rico, me llevaba en su rancho y montábamos caballo”.
	Anda con algunos más y se casa con uno (p. 69): “Me casé con el maldito. Me pega, me hace lo que quiere. […] Toma mucho trago, cuando toma mucho… me empieza maltratar, me pega, pero soy casada. ¿Qué hago? Soy casada”. Y más (p. 73): “Orita estoy embarazada, me embarazó ese maldito hombre”.
	El primer hijo sólo la busca para pedirle dinero y el marido la maltrata. Una de sus patronas le ofrece llevársela con ella a la Ciudad de México, y se va (p. 79): “Desgraciadamente nunca tuve un hombre bueno”.
	Delfina escribe unas notas finales (p. 97): “No he sabido más de ella, sé que está en México y que ya va a nacer su hijito ahí por agosto o septiembre. Pues está bien, cada persona tiene su deseo cómo va vivir”.
	Tal vez, allá, algún hombre le haya salido bueno. Ojalá.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina lo que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Absenta 14. Ojos para ti. Erik García Briones

Ojos para ti

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Voces ensortijadas 117. Honrar a las ancestras. María Gabriela López Suárez

Honrar a las ancestras

Por María Gabriela López Suárez

El calor estaba más que sofocante, la época de vacaciones de Semana Santa había llegado y Catalina la esperaba con mucha emoción. Estaba feliz que no le habían dejado tarea en la preparatoria, así podría  hacer un receso de sus actividades educativas en línea y disfrutar mejor el descanso.

La celebración de Semana Santa tenía elementos religiosos distintivos, de acuerdo a las actividades que solían hacer en su barrio, algunas de ellas eran parte de su educación familiar. Una de las características que hacia particular esta época en su familia y que guardaba enseñanzas de la abuelita Ruth era la gastronomía, desde las bebidas como agua de frutas de temporada, mango, tamarindo, guanabana, comidas como pescado baldado, ensalada de nopales con camarón seco hasta los postres como garbanzo, papaya y jocote en dulce. Lo cierto es que todas esas prácticas tenían su historia y  por supuesto, anécdotas que deleitaban a las nuevas generaciones en la familia.

De igual manera, en estas fechas solían recibir la visita de parientes que vivían en otras ciudades y estados. Eso le gustaba mucho a Catalina. La pandemia había frenado esas visitas, pero el proceso de vacunación y los protocolos sanitarios habían permitido que pudieran tener nuevamente a sus familiares en casa.

Las tías Olga y Julia y la prima Karla fueron las visitantes en esta ocasión. La familia de Catalina las recibió con alegría, tenían buen tiempo de no verlas. Esa visita fue muy especial, además de convivir con ellas, tuvieron diversos  momentos para compartir en las tertulias, normalmente en la sobremesa.

Karla, Catalina y Mercedes, su hermanita, escuchaban atentas las anécdotas, vivencias e historias que compartían las tías Olga, Julia y Luisa, mamá de Catalina. Sin duda, la presencia de la abuelita Ruth estaba ahí, en todo momento. Ella era un elemento clave en la familia.  Afloraban también historias  del terruño y cómo era éste en la infancia de ellas, los momentos tristes, las enseñanzas, el cúmulo de aventuras y hazañas que vivieron, así como también los regaños y llamadas de atención. 

Una de las tardes después de escuchar los relatos, Catalina se detuvo frente a un retrato de la abuelita Ruth, quien parecía observarla con la mirada atenta, hasta ese momento Catalina se percató de la importancia de honrar a las ancestras. Desde su corazón le agradeció su presencia en la vida de ella y cada una de las integrantes de la familia. En su linaje había mujeres valientes, trabajadoras, amorosas, incansables luchadoras que habían sobrellevado distintas situaciones, en diferentes espacios y épocas. Sin duda, esa Semana Santa era especial, había tenido la oportunidad de conocer y reconocer a su linaje femenino.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 7. Un faro en el mar de las letras. Roger Octavio Gómez

Un faro en el mar de las letras

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

En Viaje al centro de la fábula, Augusto Monterroso indica qué “Ningún autor serio cree en la crítica, a menos que esta sea elogiosa para él o contraria para sus colegas.” (159)  La crítica va dirigida a un público lector, o debería, y no al autor, aunque sea el aludido. Para este pequeño ensayo dejaremos de lado al autor, en la isla de los emisores.
	Eduardo Galeano cita en muchas ocasiones a Fernando Birri sobre una frase que le escuchó en una charla que ambos daban en la universidad de Cartagena de Indias, Colombia. Alguien del público preguntó: ¿para qué sirve la utopía? Birri planteó que la utopía jamás la podría alcanzar, puesto que estaba en el horizonte, si caminaba hacia ella esta se alejaba, “¿para qué sirve? Para eso, para caminar” (cito de la memoria). ¿Es posible que existan en el horizonte lectores y críticos ideales? Pienso que sí, utópicos, necesarios para que mi pequeño ensayo pueda avanzar por sobre los prejuicios y las muchas opiniones sobre la crítica literaria y la lectura.
	En primer lugar, nuestro lector utópico será uno que busque más allá del mero entretenimiento o de la búsqueda de su uso educativo formal –aclaro que no estoy en contra de la función lúdica de la lectura ni de su escolarización¬–, tampoco uno que busque un uso específico a la lectura, es decir, requerimos un lector que supere lo meramente utilitario y vea lo que apunta Juan Domingo Argüelles (2003): el poder inmaterial de la literatura. Harold Bloom, en ¿Cómo leer y por qué? Nos habla también de ese lector que no trata de cambiar a su vecino por lo que lee, sino que busca una suerte iluminación interna, individual, no una ética de la lectura (17-27). Filipo La Porta (2018) parafrasea a Lévi-Strauss al referirse al mundo globalizado del cual, dice, ha desaparecido “la otredad”, pero, donde la experiencia sigue siendo individual; en opinión de este crítico, el acto de leer debe ir más allá del mero entretenimiento, es un acto trascendental relacionado con el entendimiento de la vida.
	Para un lector así, un individuo que trasciende lo material en la lectura, necesitamos un crítico ¬–nuestro crítico– que adquiera una responsabilidad más que alta, ya no se trata sólo seleccionar textos y comentarlos, tampoco cabrían ya aquellas distinciones como la que da Ediciones El País, en “La lección”, entre la crítica erudita y la periodística. José Agustín Goytisolo compara al crítico literario con un catador, un experto que “distingue y explica al público las diferencias, las calidades y los sabores...” quien no es un homologador, cuantificador, ni un clasificador (105).  Volviendo a La Porta (2018), indica que aspira una crítica que permita, por medio del entendimiento de la literatura, entender la vida, y agrega, en la lid de Goytisolo, que la función de la crítica “no es la de valorar, sino la de poner en claro.” Por mi parte, considero que la crítica a cualquier arte, cuando se realiza a contemporáneos es efímera, que no trascenderá puesto que en la prontitud de la ejecución no tiene oportunidad de distanciarse en el tiempo futuro, por lo que no sabrá, el crítico, lector ni autor, si la obra objeto trascenderá hasta convertirse en un clásico que sobreviva a su época y mucho menos si su opinión se sostendrá en la posteridad. Así es la vida, ¿no? Efímera. Sin embargo, buscamos que nuestras acciones trasciendan, aunque nunca lleguemos a saber cuánto, si mucho o poco, se debe siempre suponer que mucho o mejor hacer nada.
	 Cuando habla de la responsabilidad del artista, Andrei Tarkovsky menciona la libertad, “la libertad de ofrecerse en sacrificio, de darse a sí mismo a su época y a su sociedad” (208). Resulta que no podemos liberarnos de nuestro contexto, de nuestro tiempo, de nuestro Hoy. Este director agrega lo que antes defendíamos: “Nunca se debe plantear al arte tareas utilitaristas o pragmáticas”. De nuevo cito a quienes están contra el utilitarismo.
          El crítico también sólo es libre en su interior, está sometido a su contexto social, cultural, a la vida cotidiana, a las necesidades, pero en su interior es libre de aspirar al ideal de sacrificio, el de decir su verdad, es un lector que trasmite su bagaje, compuesto de lecturas y conocimiento, con la habilidad suficiente para transmitirlo y tomar el fuego que dé a sus lectores una luz que los guie en los mares de las letras. Si usamos la analogía del faro, un crítico no puede, no debe, estar mal ubicado ni mal construido, su luz debe ser firme, estar en la orilla que le toque iluminar y emitir las señales que sus lectores necesiten para navegar con confianza. A un crítico así ya no es necesario plantearle dilemas éticos ni conflictos de intereses, los manejará de la mejor manera. Si su luz es deshonesta no es sino un impostor.
          La crítica se debe al crítico, un héroe cultural que blande la única espada que debe blandir: la argumentación –Marie Arana, (cit. en Escandell pos. 1093) lo llama “guardián cultural”–, es a su vez tan profundamente humano que su máximo anhelo debería ser el de comunicar, entablar una conversación con un lector que será quien le brinde la autoridad y lo legitime con la suficiencia para hacerse llamar, Crítico. Su responsabilidad es para con su público, a quien presenta cada vez su texto más honesto. Recuerde que estamos hablando de utopías: del crítico como un lector que tiene un estandarte otorgado por otros lectores quienes, además, le exigen su opinión clarificadora sobre lecturas que ellos quizá visitarán, o no. 

Bibliografía consultada:


Argüelles, Juan Domingo. ¿Qué leen los que no leen? El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. México: Editorial Paidós Mexicana, 2003.

Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. Barcelona: Editorial Anagrama, 2007.

Ediciones El País. “La lección”, en edición impresa El País, sábado, 26 de noviembre de 2011. Disponible en: http://elpais.com 

Escandell Montiel, Daniel. No es WEB para críticas. El crítico cultural ante los medios digitales y la búsqueda de su espacio en la red. Material digital proporcionado para fines didácticos, Universidad de Salamanca, 2021.

Goytisolo, José Agustín. “Sobre el escritor, su obra, los lectores y la crítica literaria”, en Prólogos. Material proporcionado para fines didácticos por la UV Salamanca, 2021.

La porta, Filipo, “Conferencia: La crítica literaria como crítica de la vida.”, Coordinada y comentada por Christopher Domínguez Michel. Disponible en: https://youtu.be/9wHlf9OvIgo. Subida el 17 de mayo de 2018. Consultada el 24 de febrero de 2021 en el canal de El Colegio Nacional de México.

Monterroso, Augusto, Viaje al centro de la fábula. 1981. Consultado en Editor digital Titivilus el 24 de febrero de 2021 (disponible en: https://diariodelgallo.files.wordpress.com/2019/10/augusto-monterroso-viaje-al-centro-de-la-fabula-1.pdf). 

Tarkovsky, Andrei. Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Trad. Enrique Banús Irusta. España: Ediciones Rialp, 1991.
Ilustración: Adriana Ge Erre*

Polvo del camino. 117. El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos. Héctor Cortés Mandujano

El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Doña Gonzala se despertó sola en su lujosa recámara y no tocó la campanita con la que solía llamar a su servidumbre, porque vio que su servicio de té ya estaba puesto sobre uno de sus burós. Su tercer marido dormía en otra habitación del palacete. Tenía un hijo de ocho años al que encontró cuando bajaba por la anchísima escalera de mármol. Le llamó la atención verlo haciéndose el chistoso, en una posición de congelamiento: la boca abierta, una pierna levantada para dar un paso. Pasó de largo. 
	Gerardo, albañil, volvió a su choza cuando la tarde comenzaba a volverse oscuridad y se halló con su hijo sentado a la mesa, sin hablar, sin moverse. Le tomó el pulso: estaba vivo y era al mismo tiempo una estatua.
	La niña sin nombre vivía en la calle y se la halló, sin movimiento, parada en la esquina. Alguien buscó saber si estaba muerta y no: respiraba débilmente.
	Y luego se halló que un oso, un perro, un gato, un venado, varios animales dejaron de moverse, sin morir.
	Quién sabe quién fue el primero o la primera en llevar a un niño al parque. O tal vez ocurrió que el infante allí se hubiera convertido en escultura viva, no se sabe. Pareció una gran idea. Otros lo hicieron y el parque se comenzó a poblar de niñas y niños vueltos estatuas de carne y vida. Luego alguien llevó al primer animal, al que siguieron muchos.
	No hubo explicación racional que arrojara luces a esta inmovilidad súbita, que, además, parecía haber vuelto innecesario el alimento y por tanto los desechos de los cuerpos que científicamente tenían la misma vida que cuando caminaban, brincaban, jugaban. Los ojos podían ver, las narices oler, las bocas descifrar los sabores… Nada, salvo el movimiento total, había cambiado.
	Los barrenderos del parque cuidaron de que los cuerpos de niñas, niños y animales no se cubrieran de hojas y polvo, o se volvieran refugio de bichos, nido de pájaros. Se cuidó proteger los órganos expuestos (bocas, hocicos, ojos), abiertos, con un material exprofeso que no lastimaba e impedía la entrada de cualquier materia que pudiera dañar al conjunto de piezas animales y humanas estáticas. 
         Al final, ahora mismo, ese parque es uno de los atractivos turísticos de aquella ciudad con niñas, niños y animales que sólo un tiempo estuvieron a la intemperie. A alguien se le ocurrió la idea de construir un edificio de cristales para protegerlos del posible ataque de depredadores y quedaron encerrados.  Se puso un horario de visita, aunque siempre se ve a gente pegada al muro trasparente, mirando el espectáculo mudo.
         Algunas madres, algunos padres han hecho paraguas improvisados para que no les dé el sol; también hay algunas, algunos, que los cambian de ropa con frecuencia. A veces los regresan a sus casas, aunque luego de nuevo los vuelven habitantes del parque, para que, eso creen, no se sientan solos.
	No se sabe a quién se le ocurrió el nombre, políticamente correcto, de “Parque de las niñas, los niños y los animales perdidos”, pero la autoridad elevó la ocurrencia a la placa metálica que nombra el lugar. Se piensa que se han perdido por un tiempo, que se fueron quién sabe adónde y no se sabe cómo ni cuándo volverán…


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Absenta 13. Génesis. Erik García Briones

Génesis

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.