Polvo del camino. 117. El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos. Héctor Cortés Mandujano

El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Doña Gonzala se despertó sola en su lujosa recámara y no tocó la campanita con la que solía llamar a su servidumbre, porque vio que su servicio de té ya estaba puesto sobre uno de sus burós. Su tercer marido dormía en otra habitación del palacete. Tenía un hijo de ocho años al que encontró cuando bajaba por la anchísima escalera de mármol. Le llamó la atención verlo haciéndose el chistoso, en una posición de congelamiento: la boca abierta, una pierna levantada para dar un paso. Pasó de largo. 
	Gerardo, albañil, volvió a su choza cuando la tarde comenzaba a volverse oscuridad y se halló con su hijo sentado a la mesa, sin hablar, sin moverse. Le tomó el pulso: estaba vivo y era al mismo tiempo una estatua.
	La niña sin nombre vivía en la calle y se la halló, sin movimiento, parada en la esquina. Alguien buscó saber si estaba muerta y no: respiraba débilmente.
	Y luego se halló que un oso, un perro, un gato, un venado, varios animales dejaron de moverse, sin morir.
	Quién sabe quién fue el primero o la primera en llevar a un niño al parque. O tal vez ocurrió que el infante allí se hubiera convertido en escultura viva, no se sabe. Pareció una gran idea. Otros lo hicieron y el parque se comenzó a poblar de niñas y niños vueltos estatuas de carne y vida. Luego alguien llevó al primer animal, al que siguieron muchos.
	No hubo explicación racional que arrojara luces a esta inmovilidad súbita, que, además, parecía haber vuelto innecesario el alimento y por tanto los desechos de los cuerpos que científicamente tenían la misma vida que cuando caminaban, brincaban, jugaban. Los ojos podían ver, las narices oler, las bocas descifrar los sabores… Nada, salvo el movimiento total, había cambiado.
	Los barrenderos del parque cuidaron de que los cuerpos de niñas, niños y animales no se cubrieran de hojas y polvo, o se volvieran refugio de bichos, nido de pájaros. Se cuidó proteger los órganos expuestos (bocas, hocicos, ojos), abiertos, con un material exprofeso que no lastimaba e impedía la entrada de cualquier materia que pudiera dañar al conjunto de piezas animales y humanas estáticas. 
         Al final, ahora mismo, ese parque es uno de los atractivos turísticos de aquella ciudad con niñas, niños y animales que sólo un tiempo estuvieron a la intemperie. A alguien se le ocurrió la idea de construir un edificio de cristales para protegerlos del posible ataque de depredadores y quedaron encerrados.  Se puso un horario de visita, aunque siempre se ve a gente pegada al muro trasparente, mirando el espectáculo mudo.
         Algunas madres, algunos padres han hecho paraguas improvisados para que no les dé el sol; también hay algunas, algunos, que los cambian de ropa con frecuencia. A veces los regresan a sus casas, aunque luego de nuevo los vuelven habitantes del parque, para que, eso creen, no se sientan solos.
	No se sabe a quién se le ocurrió el nombre, políticamente correcto, de “Parque de las niñas, los niños y los animales perdidos”, pero la autoridad elevó la ocurrencia a la placa metálica que nombra el lugar. Se piensa que se han perdido por un tiempo, que se fueron quién sabe adónde y no se sabe cómo ni cuándo volverán…


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

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