Cajón de rubores. 29. Crónicas 5. Antonio Florido

Crónicas (5)
El presidente
Por Antonio Florido


Alcanza la belleza. Cruza ahora la ventana entreabierta del despacho. Ella es. La veo en silencio. Deambula de acá para allá, se muestra como la coqueta de la casa. Mira distraída alrededor y busca algún signo de desesperación, quizás una mirada perdida más allá del horizonte finito y alcanzable de la enorme pieza decorada. La perfección es el anticipo de la tragedia. Todos parecen intuirlo. La gente del pueblo transita por las calles capitalinas y avanza silenciosa por los caminos secos del país, pero el Presidente todavía no se ha dado cuenta de nada. O tal vez cierra su boca mascando una bola que no pasa. 
         El anticipo intenta embellecer con una capa de dulzura los primeros suspiros de la mañana. El sol ha asomado por encima de los tejados altos, ilumina cándido y con un pudor inefable lo que más tarde arderá bajo sus rayos feroces. El hombre deambula perdido en su propio yo. Busca la respuesta a tantas noches en vela. Piensa en el destino de su familia, en lo que sucedería con ellos si él desapareciera. Se cree inexpugnable e imprescindible, como tantas almas de esta tierra que les nacieron para arrugarse, sólo por ese motivo, pero él observa sus pies desde arriba, atrapando a un futuro que se aproxima con una lentitud exasperante. 
         ¿Van Gogh?
         ¿Cézanne?
         ¿Un lienzo manchado de manera arbitraria por una mano dubitativa ansiosa de hallar la verdad oculta de sus miedos? 
La culata plegadiza del arma no deja de intimidarle. Ambos permanecen en silencio, pero se observan, en un acto perverso de quién tomará primero las riendas.
          Por la ventana, de grandes mochetas y finos tules de maravilla, se oyen pasos lentos y veloces, alguna bandera que flamea, el grito de un pajarillo que de pronto ha comprendido que se quedó perdido en medio del denso aire de la Plaza, huérfano.
           El Presidente sonríe al pasar frente al espejo. Ha visto su cuerpo adornado con la máscara que nunca quiso. Alguien se atreverá, piensa. Luego tuerce el rostro y se coloca de perfil, postulando una efigie altanera. Baja la cabeza y se toca los ojos con las yemas de los dedos aviejados por el roce de tantos papeles y firmas. Se siente cansado. Al otro lado de la enorme sala hay un sofá atrayente. Se acerca y apoya su espalda sobre el carmín de terciopelo. Desde el asiento gira su cuerpo y toma con la imaginación, entre sus innumerables estantes, a su querido Gotfried.
Lee: «¿Quién se encuentra consigo mismo? Sólo pocos y, además, solos.»
          La rabia de mi siglo me oirá desde el infinito, cuando mis huesos ya no sean. El polvo habrá de surgir para gritar la agonía que mi pueblo no merece. Los muy inocentes han pedido lo que nunca les podré dar: Mi vida entera y orgullo, el tiempo que me queda, mis fuerzas en declive, las ilusiones de cuando aquello no era más que un horizonte desleído, el amor de mis hijas… Pero no entienden que la soledad es la fuente de mi tristeza y de mis alegrías. Todo lo pude con ella. Rodeado de sonrisas, mi aislamiento me hablaba las verdades que no vienen en los libros, la indiscutible hondura de un alma, la huella profunda del paso de un hombre sobre eso que llaman la Historia. Sí, eras tú, mi amado desierto, el que procuraste los hallazgos más brillantes. Sólo el silencio, antítesis de todo, crea. Lo demás es puro negocio de la materia con ella misma, conjeturando realidades que duran lo que duran: Nada. Como ese gritito del ave que todavía descansa en el seno del aire, perdido, buscando a su madre que vuela y vuela, en lo alto del cielo.
          Soy un verdadero artista. Como dijo aquel (señaló otro de sus libros): «Simplemente un solitario de mí mismo.»
         La mañana creció sin darse cuenta. Ha pasado otro minuto eterno. El vendedor alza su brazo y alguien toma el papel, deposita una moneda en la mano libre del joven y comienza a leer con la necesidad del ignorante. Busca noticias. Se rumorea que hoy es el día señalado. Luego alza la mirada hacia la gran ventana del centro, observa con deleite la fachada sobria y larga, los guardias que custodian la entrada, la simetría embriagadora. Sopla sobre la Plaza una ráfaga de amor muy bello. La madre de todos los pueblerinos que han viajado desde las distintas provincias para asistir al turno y a la masacre. Ahora es el momento de gozar del mutismo que reina. Mejor hacerlo sentado en una terraza cercana, con un café como Dios manda.  A sorbos, muy despacito, sin dejar de clavar los ojos en el cielo claro que pronto se llenará de un humo grisoso. 
         El Presidente llama a sus servidores. Aparecen dos muchachos ataviados con sus uniformes castrenses. Se colocan rectos, saludan con la marcialidad aprendida en los cuarteles. Son conscientes de que la labor de hoy será la más importante de sus vidas: Servir a un hombre perdido y confuso. Le notan al Presidente la sombra bajo los ojos, el aislamiento y la tristeza, la amargura porque la vida se le escapa y no sabe cómo salir del laberinto. Recuerda que Bacherad le dijo que en el hombre todo es camino perdido, pero escupió sobre sus propios recuerdos, maldiciendo esas palabras.
         Los guardias se alteraron, creyendo que su Presidente había perdido la cordura. Luego invadió la sala una calma tensa.
           El Presidente les ordenó con el reverso de la mano, con una humildad pudorosa. Al poco le sirvieron el desayuno sobre la propia mesa presidencial, apartando los montones de papeles y trastos. 
          «No soy un criminal, ni un místico que busca la salvación al precio que sea. La piedad que siempre sentí puede ser una muestra del ego que me come, como la obscenidad que noto cuando firmo algún Decreto en contra de mi gente, un gesto desaprensivo.»
          ― ¿Es que te crees indispensable? ¿El único ser capaz de salvar a todo un país? ¿Omnipotente, acaso?
El Presidente derramó la taza de café. Había creído oír unos insultos a su propia compostura. Se levantó y buscó por todas partes. Quedó en silencio, esperando, luego caminó muellemente sobre la alfombra, quiso callar el crujido de la madera. 
          ―Chicho, ¿no me ves? ¿Te dejaste los ojos en la esperanza de que todo seguiría como siempre? ¡Pobre desgraciado! 
El Presidente se apretó la cabeza con las manos, creyendo que la locura era eso, las voces que clamaban en sus oídos. Estaba solo. Lo sabía. Pero tal vez debería buscar en los aposentos de Bea. 
         ― ¿Has sido tú? ¡Dime! ¿Lo has oído?
Beatriz se levantó, sostuvo su abultada barriga con el temor de sus manos, miró a su padre y comenzó a llorar. La joven intuyó que su amado padrito se le iba.
          El cielo se cerró de golpe. Nubes y nubes, ráfagas de ira y desgracia, copas enhiestas que comenzaban a claudicar en los ribetes de la Plaza. 
          El Presidente abandonó el costurero y corrió al salón. Mostraba un semblante engreído y serio. Temía lo por venir. Lo sospechaba. La Junta hablaba a varias cuadras, pero él era fino e intuitivo. Recordó el último gesto del General.
          ―Dime, fantasma de mierda. La cagué cuando te puse en lo alto. Ahora lo entiendo. El pueblo no necesita tus hombres ni las armas. Es una locura. Por eso atraes. Tu encanto de loco se corre como la pólvora. Te conozco. Sé que buscas tu propia catarsis. Por eso muestras el lado torcido. La originalidad. ¿Entiendes? Todos desean las palabras dichas, la tranquilidad del que manda. Nadie anhela fundar un pensamiento, porque el acto creativo duele, y nadie ama el dolor, salvo los delirantes como tú.
           El General miró su reloj de pulsera. Sonrió levemente, disimulando una caricia sobre el bigote.
           ―Habla lo que quieras. Has perdido el norte y el agua del remanso se está alborotando. Oigo las cascadas de la cordillera. Llegan sinuosas por los cortados. Corren veloces formando unas abras que jamás existieron. La voz en alto gusta. Tú lo entiendes. Sí. 
           ―Nunca me gustaron las metáforas. Ramón dijo que la plebe alucina con ellas. ¿Será porque no las entienden? Si tomasteis la decisión, ¿a qué esperáis? 
           Imaginó un asalto y un fusil en el pecho, con algún militar incompetente que no se atrevería a disparar. Confiaba en la altura de su carisma, pero la plata se la llevaban y el pueblo pasaba hambre. El pan es el motivo de casi todas las revueltas. Se acordó del moderno Esquilache y de la Rusia moribunda. La hambruna cierra los puños en las gargantas, derrumba cancelas y portones, asesina en nombre de la conciencia. Desea la muerte y el poder para alimentar a sus hijos. Tal vez esa sea la clave de todo misterio: Los hijos. 
           ―Bea, debes ir con tu madre. La he llamado. Te espera. Allí estaréis a salvo. 
           ―Padre, ¿tienes miedo?
           El Presidente estaba aterrorizado. Por no ver más a sus hijos ni a su mujer, ni a sus hombres, por no poder oler de nuevo la madreselva que se va formando cuando llega la primavera, por esa blancura, crujiente y fría, que se hunde levemente cuando la pisas, allá en los altos. 
           ―Tu padre no conoce eso, nenita. Sólo me duele el ridículo que algunos se afanan en pintar en un lienzo que nadie comprende. 
           Apartó la mirada porque las lágrimas empujaban con fuerza. Beatriz lo imaginó y volvió en silencio a la salita de estar. Pensó en el retoño que iba creciendo en su cuerpo y luego en su mamita. Hortensia, Tomás Moro, la calle larga, el coche en la puerta, los ayudantes que le sujetarían la mano por si acaso sucedía alguna desgracia. Los privilegios de los que su familia gozaba. 




Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Nota muerta. Calaveritas 6. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Gil Zepeda
Por Maclovio Fernández

Gil Zepeda, “El poeta de lo breve”

Ducho en el verso conciso
del poema hizo la finta
con la locución sucinta
y el enunciado preciso.

Sobrio y parco, evitó el uso
del circunloquio confuso,
y fue su escueto mensaje:
”el haikú es largometraje”

Afecto a la cortedad
su epitafio fue tajante:
”Parca, óbito, oquedad…
espíritu trashumante.”


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 5. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

El del moño colorado
Por Maclovio Fernández

El de moño colorado
Al diablo
Lo encontró muy enojado
allá donde se escondía
echando una letanía
porque lo habían sentenciado.

Le reclamó a la calaca:
“siempre estuve de tu lado,
¿por qué me condenas?, flaca,
no me chingues, soy tu aliado”.

No se concedió el indulto
y hoy, en el panteón local,
hace un calor infernal
donde “el Diablo” está sepulto.

Se lamentó el Sombrerón,
Tisigua y la Tichanila
que, entre tragos de tequila,
lloran allá en el panteón.

Y entre moqueo y lamento,
se escuchó la voz del mal:
“regresará en un momento… 
Lucifer es inmortal”.

Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 4. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Coronavirus
Por Maclovio Fernández

Próximas las calaveras,
el coronavirus nos pela los dientes

Los pobres son inmunes al coraonavirus: ¡He dicho!, 
Barbosa resolvió por decreto inédito que los pobres 
son inmunes al Covid-19.

Fue una fácil solución la de lanzar, a los cuatro vientos, 
la tonta declaración con carácter de ordenanza, 
dictamen, orden o bando que absuelve, válgase la rebusnancia, 
al pueblo poblano de sufrir coronación, 
pues esa es la decisión que se tomó sin mucha prisa 
en el despacho del mandamás poblano.


¡Qué corona se carga el virus!
Declaran con impaciencia
quienes mandan las comarcas
que no se requiere ciencia
pa´ derrotar a la Parca.

Que ya el virus coronado,
por decreto del gobierno
al fin será destronado
e irá a parar al infierno.

Lo gastado en medicina
vino a resultar un robo
pa´ combatir a lo bobo
lo que nos llegó de China.



Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 3. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Doña Beatriz
Por Maclovio Fernández

Feneció Doña Beatriz
y antes de ser alma en pena,
organizó una verbena
haciendo al pueblo feliz.

Ya no será puntalanza
y el PRI sufrirá por eso
pues su político peso
podía inclinar la balanza.

¡Murió la yegua rolliza!
y en este hecho se destaca
que competirá en la liza
pura caballada flaca



Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 2. Maclovio Fernández

Especial día de muertos

Calderón
Por Maclovio Fernández

Calderón

Es muy grande su insistencia
y el pueblo ha pedido, airado,
que se lleven al taimado
a cumplir su penitencia.

Con voces altisonantes
cuando a su tumba llegaba
la gente se lamentaba…
que no hubiera muerto antes.

Dicen que al pelar los dientes
pidió, antes de ir a la fosa
que el próximo presidente
por favor, que sea su esposa.



Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Voces ensortijadas 145. Dejarse consentir. María Gabriela López Suárez

Dejarse consentir

Por Maria Gabriela López Suárez

La familia de doña Linda se había dado cita en su domicilio para festejar su cumpleaños. La reunión era a la hora de la comida. Ese día doña Linda se había levantado más temprano que de costumbre para ir al mercado a comprar los ingredientes para hacer la comida, normalmente preparaba de dos a tres platillos en su cumpleaños. Esta ocasión había elegido cocinar costillitas de puerco fritas, patitas de puerco envinagradas y sopa de arroz. Se acordó que a sus hijos Pedro y Adolfo les gustaban las costillitas, a  sus hijas Marina y Julia las patitas de puerco. Y de postre se animaría a hacer flan napolitano, era el favorito de Lucia, Rogelio, Antonia y Esther, sus nietas y nieto. Por la bebida no se preocupó, Adolfo había ofrecido en llevar aguas de jamaica y horchata.

A la hora que comenzaron a llegar sus familiares la mesa ya estaba bellamente decorada, el mantel de fiesta, los tapetes rojos y un ramillete de margaritas amarillas al centro de la mesa. Esas flores eran las que más le gustaban a doña Linda, le recordaba las veces que su papá le regalaba flores cuando cumplía años de niña.

El rostro de la cumpleañera se mostraba contento, se sentía cansada pero el tener a su familia en casa le hacía sentir que el esfuerzo valía la pena. Una vez reunida la familia fueron tomando sus lugares en la mesa. Doña Linda estaba en la cocina, como siempre, atenta al servicio de la comida, las aguas, las servilletas…

—¡Mamá, por favor, ve a sentarte! Hoy es tu cumpleaños, te servimos nosotros —dijo Adolfo que estaba llenando las jarras con aguas de sabores.

—Ay hijo, sabes que lo hago con gusto, no me sé estar quieta. A ver déjame ayudarte.

—Ya trabajaste demasiado, cada cumpleaños te empeñas en cocinar tú y no disfrutas de la celebración, hasta el postre hiciste. 

Mientras Adolfo y doña Linda estaban en esos comentarios, Lucia, la más pequeña de sus nietas, de seis años, se acercó a la cocina. Quería mostrarle a su abuelita el regalo que le tenía, era un dibujo con flores amarillas, sabía que eran sus favoritas. Ninguno de los dos se percató que Lucia los estaba escuchando, guardó silencio y se regresó a la mesa con su regalo. Se sentó y pensó que se lo daría al terminar de comer.

Doña Linda y Adolfo regresaron con jarras y vasos que comenzaron a repartir. Toda la familia se sentó y degustaron la comida. Al terminar, doña Linda se levantó para ir por el postre. Lucia la observó atenta y fue tras ella. Cuando la abuelita se dio cuenta de su presencia, le preguntó si ya quería postre. Lucia dijo que no, solo quería entregarle su regalo. Doña Linda hizo una pausa y tomó con mucha delicadeza el sobre, dentro estaba el dibujo de Lucia. Le agradeció tan bello regalo y la abrazó. 
Lucia le correspondió y le dijo que lo había hecho con mucho amor. Y agregó,

—Abuelita Linda, ¿por qué no te gusta dejarte consentir?

El rostro de doña Linda mostró asombro y se quedó sin poder responder pronto. Balbuceó un poco antes de emitir alguna palabra.

—Mmm, ¿qué es lo que dices Luci?

—Es tu cumpleaños y no has descansado, ven te vamos a cantar las mañanitas —le extendió la mano y doña Linda correspondió el gesto y la tomó, mientras en la otra mano sostenía el regalo del dibujo. Linda la condujo de regreso al comedor. 

—¿Mami de nuevo en la cocina? Yo voy por el postre y los platos —comentó Marina quien se apresuró a la cocina. No tardó en regresar con el flan y 
con la velita para colocarla al centro.

Mientras la familia entonaba las mañanitas, en la mente de doña Linda resonaba la frase, dejarse consentir, qué significaba eso. Ella siempre era la que consentía, la que servía a los demás, a su familia, eso la hacía sentir bien, así la habían educado, pero… lo que Lucia había dicho la había conmovido, porque en el fondo sabía que tenía razón. Sus ojos se llenaron de lágrimas, justo en el momento que toda su familia aplaudía y la felicitaba. Quizá no era tarde para permitirse dejarse consentir… se lo merecía.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota muerta. Calaveritas 1. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Calaveritas/ 1
Dolores Montoya
Por Maclovio Fernández

Dolores Montoya

Que haya montado o no,
no es el quid a discusión;
importa la redención
que a la comedia abonó,
pues con ingenio ganó
del público la alabanza,
aun pasándose de lanza
en el lenguaje procaz
que practicó, lenguaraz,
ya entrados en la confianza.

Si hubiera nueva función,
aunque haya muy buen reparto,
sin Dolores no habrá parto
en la representación,
que con héroes del panteón
acostumbró montar Lola.
Ahí juntos, en la bola,
Sombrerón y Tichanila,
achispados con tequila,
fueron cual funda y pistola.

Con su ingenioso alburear
nos regaló año con año
y agigantó su tamaño
al poner a dialogar
vampiros de otro lugar
con nuestra sin par Llorona,
que si espantando es cabrona,
si me dieran a escoger,
yo, por la Mala-mujer
ofrendo cetro y corona.

Se murió Lola Montoya
y todos sus esperpentos
le hicieron un monumento
cual gigantesca secuoya,
para celebrar su cholla
que dio comida y trabajo
a cualesquier espantajo,
que si en vida ella invocó,
ahora que se petateó…
¡el panteón es un relajo!

Maclovio Fernández


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Polvo del camino. 145. Vargas Llosa y Borges. Héctor Cortés Mandujano

Vargas Llosa y Borges

Héctor Cortés Mandujano

Hechas las sumas

y las restas:

el escritor más sutil y elegante

de su tiempo

Mario Vargas Llosa, en su poema «Borges o la casa de los juguetes»

Para los editores fue, supongo, muy fácil armar el libro Medio siglo de Borges (Alfaguara, 2020), de Mario Vargas Llosa, pues este Premio Nobel de Literatura 2010 escribe pronto y bien, incesantemente. 
	El libro lo constituyen textos de distinta índole (entrevistas, reseñas, artículos, conferencias) que Vargas Llosa ha dado y escrito en distintos años (de 1963 a 2018) y desde los distintos lugares a donde lo ha llevado su peregrinar: Lima, París, Buenos Aires, Marbella, Washington, Madrid y Mallorca. 
        Los textos mayormente han sido publicados antes. Medio siglo de Borges es, pues, una recopilación. 
	De siempre, Vargas Llosa ha escrito con admiración sobre Borges. Dice en su prólogo (p. 14): “La perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.
	También MVLL, como se abrevia cuando entrevista a JLB, es un ferviente adorador de Flaubert (sobre cuya obra escribió el espléndido ensayo La orgía perpetua) y sobre él inquiere a Borges (en “Preguntas a Borges”), quien responde (p. 19): “Creo que uno de los libros que yo leído y releído más en mi vida es el inconcluso Bouvard y Pécuchet”. Cuando le dice sobre qué cinco volúmenes se llevaría a una isla desierta, Borges dice (p. 21): “La Historia de la declinación y caída del imperio romano de Gibbon, […] una edición de dos volúmenes; La introducción a la filosofía de las matemáticas de Russell; […] podría llevar un volumen cualquiera, elegido al azar, de una enciclopedia; […] no de una enciclopedia actual, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Encyclopedia Britannica; […] para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir, llevaría la Biblia”.
	En otra entrevista, “Borges en su casa”, dice JLB, a pregunta expresa de MVLL (p. 38): “No me gustaría ser otra persona”, y como respuesta a otra, responde: “Creo que uno vive esencialmente todas las cosas y lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas”.
	En “Las ficciones de Borges”, escribe Vargas Llosa (p. 47): “Sé lo transeúntes que pueden ser las valoraciones artísticas; pero creo que en su caso no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna y uno de los artistas contemporáneos más memorables”.
	Agrega a esa valoración, en “Borges en París” (p. 72): “El estilo de Borges es inteligente y límpido, de una concisión matemática, de audaces adjetivos e insólitas ideas, en el que, como no sobra ni falta nada, rozamos a cada paso ese inquietante misterio que es la perfección”.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Héctor Ventura**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en Tuxtla Gutiérrez, la capital de su estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. 
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.

Cajón de rubores. 28. Crónicas 4. Antonio Florido

Crónicas (4)
La guerrillera
Por Antonio Florido

Aquella noche fue interminable y fatigosa.
          Había dos lanzadas hasta el pueblo. La camioneta se iba desplazando cada vez más lisa. El camino dejó de ser de tierra y las ruedas mulleron bajo el fondo denso de la noche. Hubo que torcer por varias calles. Con los ojos cerrados pensaba en mi retoño y memorizaba las curvas, los agujeros olvidados por los administradores. Supuse que nos llevaban a la comisaría que está sobre la falda del cerro.
         ¡El Condell llamaba en la altura!
          Patricia clavó todo el tiempo los ojos en la furia que llevaba y en el odio, lo supuse por mi sueño despierto. Era una compañera fuerte, pero esa fibra de hembra hecha a retazos la abandonaba de pronto sin que nadie conociese el motivo. Se le había dormido el pequeño en los brazos y de vez en cuando agachaba los labios y recapacitaba en el futuro de esa vida.
           Desde atrás no podía adivinar una frase completa del conductor con su sombra. Los niños aparentaban, en la bajura de la noche, un descuido penoso. Maduraban en las chapas fermentadas de la camioneta, con las cabezas echadas en los hombros de los compañeros.
           Las armas estaban a mi alcance, pero no lograba encontrar el arrojo suficiente porque el camino se tragaría a mi pequeña. 
           Nos bajaron a empujones. Luego entramos aprisa en un departamento apenas iluminado. En derechura, un pasillo sucio y triste. Me recordó a un día desapacible, sin nubes ni sol, con los pájaros recién despiertos y calientes, pero sin atreverse a salir al cielo, agazapados bajo las plumas de sus madres.
           La habitación, austera y desconchada, no tenía apenas nada, solamente una mesa y una silla para el escribidor. Permanecimos de pie. Un funcionario medio dormido se atusó el bigote y nos miró con cierto asco. La ampolleta del techo ardía sus últimas horas de vida. El tiempo se detuvo. Minutos. Horas. Las piernas me dolían, las rodillas, los tobillos. Patricia se derrumbó con el hijo en brazos. Allí quedó en la juntura de la pared y el suelo. El funcionario nos miró y torció el chorro de humo que fumaba. Se hacía el interesante.
          Sin embargo, Sonita recordó aquellas trenzas y la mesa pegada a su espalda, las maestras gritando y vio de nuevo sus piernas atléticas trepando por el tronco de aquel árbol gigante. 
          Me echaba de tarde en tarde sobre la pared. Necesitaba aparentar una fortaleza que lentamente se iba hacia las montañas. 
          Mi Lily…
          ―Firme aquí. Lea antes si quiere, ¡total!
          Me llevaban al hospital. Necesitaban demostrar que no me habían maltratado. Tomé el papel y escupí sobre las letras, luego lo arrojé con rabia a la cara del funcionario. Patricia me entregó a su hijo como si fuese un quebradizo jarrito de cristal; lo tomé en mis brazos, firmó y colocó el formulario sobre la mesa. Coloqué al pequeño sobre el filo del suelo, encima de la polera que su madre había colocado. Quedó una pintura de carne rosa y de ternura, pero la herida ya estaba abierta, sólo necesitaba un tiempo indefinido para cerrar los litorales de sus costuras.
          Patricia y yo lo miramos desde arriba y luego nos abrazamos.
          ―Gallo de mierda, quiero saber por qué nos habéis detenido, ¡vendidos!
          La noche engreída sonrió. 
          ―No estamos en la escuela, gringa―añadió con el acento de huaso de cuando se crió en las llanuras inacabables.
          Pasó mucho tiempo hasta que volví a verlo. Fue cuando me aviejé. Nos habíamos convertido en dos carcamales blancos y testarudos. Me pasó el vaso de terremoto, brindamos por las palabras encajadas de aquel entonces, llegamos a disculparnos clavando las artrosis sobre la superficie curva, transparente y violácea del cristal.
           Aquella tarde los compañeros habían disimulado la puerta con los libelos de los milicos. Llamé muy suave. La señal era simple, tres toques y un rosario de dedos, luego una pausa y otra vez lo mismo. Abrió un adolescente. Adentro discutían el modo de entenderse. Vociferaban y manoteaban el aire, como si este aire tuviese la culpa de la soledad de un Presidente y la galladura de un aventurero.
         Apareció la Carmen y todos callaron. Les dije que eran unos espantadizos de pacotilla. Unos sencillos aficionados sin nada importante que decir ni aportar. Y que así no se hacían las cosas. Los hombres se miraron unos a otros. Algunos intentaron responder a la insolencia, pero cambiaron el rostro hacia una parquedad silenciosa.
          ―Hay que aprovechar el tiempo. Dejarse de tonterías y actuar. ¡Retirad todas esas cosas! ¡Dejad ya los cigarrillos! 
          Estaban enloquecidos. Tomé algunas metralletas y las eché sobre la mesa. Rompí el silencio
          ―¡Ellas mandan! Llevan grabadas la revolución en las empuñaduras. Necesitamos usarlas. En una sublevación nadie te dice cómo deben funcionar las cosas. Te tienes que buscar la vida. O son los demás los que te comen. 
          Un silencio se volcó sobre los continentes y se escuchó el arrastrar de una silla. Les añadí que eran unos cobardes. No había lugar para tantas changadas ni disparates. Los militares acechaban. Mataban sin remordimientos. Contra la palabra, la palabra misma. Pero ahora llegó el tiempo de intercambiar. Ser iguales en la lucha. 
          Los compañeros movían los cuellos de un lado a otro, buscaban argumentos sólidos para rebatir a la Sonia, pero ella era de las pocas bravas del pueblo, criada en la injusticia de un señorito que no le dejó conocer a su papaíto campesino. Era dura como la nieve de la cumbre cuando se cuaja. La mujer sostenía los entendimientos de los compañeros y no cedía nunca. Era como el recuerdo de su Lily, duro y correoso, tremendamente humano. Los hombres se miraban, querían entender de dónde le salía a ella tanta rabia.
          Como Alejandra ―esa torcedura que luego anduvo por la vida bohemia y destructiva―, nuestra Sonita sentía un miedo atroz por ella misma, por pensar a cada instante en lo que sería capaz de hacer. Temía convertirse en una oligarca que no reparte, la que abandona a sus semejantes con las bocas abiertas pidiendo un sorbo de agua o un trozo de algo para sufrir un poco más. Veía los rostros de sus compañeros y pensaba en un cortejo fúnebre, detrás del cura, con mis brazos doloridos a punto de claudicar por el esfuerzo. 
         (Era un niño)
         No podía, aún, soportar el dolor de ese delito al que llaman vivir.


Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.