Polvo del camino. 165. Disforia. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 165
Evocadas páginas de otro libro/ IX


Disforia
Héctor Cortés Mandujano

El hada maléfica (no era su nombre, sino su característica principal) no fue invitada a la fiesta donde los reyes, por fin, presentaban a Rosa Silvestre, su anhelada hija. El pretexto baladí para no invitarla fue que sólo había en palacio doce platos de oro, y las hadas eran trece.
	Llegó de todos modos y dijo, como las otras, en voz alta, la sentencia que se cumpliría inexorablemente cuando la recién nacida cumpliera quince años: “Se pinchara un dedo con la rueca y dormirá para siempre”. 
Y se fue.
	Otra de las hadas pudo matizar la maldición: “Dormirá cien años y podrá ser despertada por el beso de amor de un príncipe”.

Pasaron los años y muchos intentaron llegar al palacio que había sido tomado por los breñales, la flora feraz. Desistían.
	Un forastero llegó y a fuerza de empeño diario fue haciendo un túnel en aquella tundra inextricable. Entró en el palacio y vio que los cocineros también habían quedado dormidos, lo mismo que los cerdos, las gallinas, los reyes, el fuego. En un rincón halló a una pareja (ella delgada, el gordo) en plena, aunque detenida sesión sexual. Se veían contentos. 
        Olía mal en el palacio. 
	Buscó en una de las recámaras y se dio cuenta de que de allí salía el peor mal olor. Disforia. Tal vez porque era el origen del sibilino castigo, la princesa apestaba a los mil demonios. Se tapó las narices y se acercó hasta donde ella dormía. Qué hediondez. ¿Y había que besarla?
	No tuvo muchas dudas. Pensó que quizás ya estaba tan maloliente cuando quedó dormida y había pasado cien años sin bañarse, sin cepillarse los dientes.
	“Mejor buscar otras aventuras” –se dijo– y se fue de allí.

[En Borges (Editorial Destino, 2006), de Adolfo Bioy Casares, cuenta que Álvaro Melián Lafinur (1889-1958) les leyó otras versiones de los cuentos clásicos: “Él descubrió lo que nadie: que después de un largo sueño la Bella Durmiente tenía feo olor”.]

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 165. Menos puentes, más ciudad. María Gabriela López Suárez

Respetar y cuidar la vida
#MenosPuentesMasCiudad

María Gabriela López Suárez

Sonia revisó el calendario, quería confirmar la fecha en que había dicho a René, su hijo y a Juliana, su sobrina, de 10 y 11 años, que los llevaría al parque a montar bicicleta. El fin de semana había llegado, le llamó a Belén, su hermana, para que dejara ir a Juliana al paseo.

El domingo Sonia y René se levantaron tempranito, acomodaron en el coche la bici de René, sus botes con agua y luego pasaron por Juliana, quien vivía a un par de cuadras y los esperaba con ansias. Subieron la bici de Juliana al auto. Belén los saludó y despidió deseando que se la pasaran muy bien.

—Buenos días Juli, ¿cómo estás? Ya te hicimos madrugar en domingo —dijo Sonia.

—¡Hola tía Sonia! ¡Hola René! No te apures, ya contaba los días para que fuera la salida.

—¡Hola Juli! Ahora si podremos dar muchas vueltas en la bici, a ver cuántas vueltas aguantamos. 

La ciudad estaba sin tráfico, eran las 7,30 de la mañana. El clima daba pinta que iba a ser caluroso ese día.

En el camino hicieron una parada, pasaron a comprar jugo de naranja con doña Chofi, quien vendía jugos a la entrada de la colonia donde vivían. Sonia se estacionó y bajó por los jugos.

—Buenos días doña Chofi, ¿cómo le va? 

—Buen día señora Sonia. Aquí ya lista con la venta, ¿cuántos jugos y de qué sabor quiere? Hoy tengo de naranja, zanahoria, betabel y toronja. 

—Por favor, quiero tres, de naranja. 

Sonia compró los jugos, se despidió de doña Chofi y regresó al auto para continuar rumbo al parque. En el trayecto había señalamientos de ir más despacio, Sonia observó la maquinaria trabajando para excavar. No tardó en darse cuenta que buena parte de lo que estaban excavando tenía como vecinos a una hilera de árboles que, sin duda, no tardaban en ser derribados.

—¿Oye mamá qué van a construir acá? ¿Por qué hay tantas máquinas?

Antes que Sonia pudiera responder, Juliana preguntó,

—Tía, ¿y esos arbolitos de allá los van a tirar? Son muchos, ¿verdad?

Sonia les explicó que en la ciudad había proyectos para construir puentes, y desafortunadamente, en muchos de esos proyectos el cuidado y respeto a la naturaleza no estaba contemplado, ni tampoco las afectaciones que eso podría causar a la población. Juliana y René escuchaban con atención. Mientras iban pasando por un puente les compartió que años atrás ahí había muchos árboles que fueron derribados para construir sobre ese espacio el puente. Como parte del resultado ahora el clima era más caluroso al haber menos árboles y más asfalto. Además de que los espacios con áreas verdes cada vez eran  más pocos.

Cuando llegaron al parque ya eran alrededor de las 8,30; bajaron las bicicletas y botes con agua. Sonia se acomodó en el pasto donde un árbol de matilisguate le brindaba una confortable sombra y además le permitía observarlos mientras rodaban bicicleta. 

Al alejarse observó cómo René y Juliana se apresuraban con entusiasmo para montar sus bicicletas. 
Respiró profundo y pensó qué afortunados eran por contar con esos espacios rodeados de naturaleza. 
Sin embargo, eso también implicaba cuidar los parques, los árboles, la fauna que habitaba esos espacios, y para ello la organización y movilización ciudadana era esencial porque también significaba respetar y cuidar la vida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 164. La compañía de mis dedos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding

Polvo del camino/ 164

La compañía de mis dedos
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano


                                                  A mi amiga Tania Corzo




Me llegó a la cara una ráfaga de viento y agua, como si el bosque hubiera estornudado. Avanzaba con cuidado, porque el piso estaba muy húmedo y los grandes árboles creaban una suave nocturnidad en este medio día. Mis botas estaban barnizadas de lodo y ya había dejado de sudar, de tanto hacerlo, lo que suponía un problema, porque evidenciaba mi cansancio y un cuerpo que había agotado sus líquidos. Pero había un río cerca, eso pensé.
	Tres cocodrilos, desde la playa de arenas toscas, ni siquiera cerraron sus bocas cuando me acerqué. Los tres tenían dentro sendos pájaros que limpiaban sus dentaduras, al mismo tiempo que se llenaban el buche. Una gorda serpiente me vio sin mostrar emociones, con sus hipnóticos ojos, desde su enredamiento en una rama baja y cercana.
	Metí la cabeza en la corriente y luego, como si fuera un caballo o una cebra, tomé agua hasta sentir que mi estómago no podía estirarse más.
	Me moví en sentido contrario de los grandes saurópsidos, sin saber adónde me llevaría esa errática vía. El río dejaba el bosque que poco a poco se convertía en un lomerío de montes bajos y escasos árboles. Mi atuendo era más adecuado para esta geografía, porque sólo tenía, aparte de las botas, un short y una camiseta. Nada en las bolsas, nada en las manos, más que la compañía de mis dedos.
	Llegué hasta el corte abrupto del último cerro, donde el agua se volvía una cascada que caía hasta tal vez una poza profunda porque el chorro, tan abundante, habría horadado las rocas que hubiera allá abajo.
	De pie, miré buscando alguna forma de bajar que no fuera aventarme por la caída líquida, la trenza de cabellos blancos que contrastaba con los cafés de las piedras y el azul del cielo. Nada. Era un abismo sólo apto para el vuelo. 
	Me senté en una ancha piedra, como cama, como mesa, y vi el horizonte lejano, de cirros, cúmulos y estratos. Serían tal vez, supuse, cerca de las dos de la tarde y en mi mente no hallé ningún plan que me hiciera avanzar o retroceder. Decidí quedarme allí hasta que alguna idea me llegara. 
        Me acosté en posición fetal y con los ojos abiertos escudriñé el pequeño estante de aguas sucias donde me hallaba. Toqué con mis dedos, en el centro de mi cuerpo, una resbalosa liana que parecía conectarme con algo más, cuyo extremo no podía alcanzar, pese a mis movimientos continuos, al estiramiento de mis brazos, a los tentaleos que sólo movían el agua oscura donde vivo.
	Oigo su voz: “Mira, se está moviendo mucho, otra vez; tal vez le guste como a mí esta película de aventuras. Ese actor me encanta, tiene un cuerpo hermoso y una cara divina. Ojalá este bebé se parezca a él, cuando nazca, cuando sea grande. Ya, precioso, tranquilo, duérmete, mami te está cuidando”.
	Me gusta su voz, me calma, me adormece. Dejo de moverme, cierro los ojos y sigo en su vientre, soñando que algún día la conoceré y seré feliz junto a ella.
	

Ilustración: Alejandro Nudding
Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 164. No estás sola. María Gabriela López Suárez

No estás sola
María Gabriela López Suárez


Jocelyn logró cambiar el turno de su trabajo en la papelería con su compañera Ariadna, fue la única que se mostró solidaria con ella cuando comentó que deseaba participar en la marcha del 8 de marzo. Ariadna era madre soltera, tenía una hija y un hijo adolescentes, Martha y Artemio; cuando escuchó a Jocelyn con tanto entusiasmo y esperanza de participar en la marcha no dudo en apoyarla para cubrir su turno por la tarde. Recordó que Martha y Artemio también tenían interés en sumarse a la marcha. Ariadna estaba motivada porque veía que en las nuevas generaciones traían inquietudes por conocer, defender  y hacer respetar sus derechos.

—Doña Ari, muchas gracias por hacerme el paro, mañana le cuento cómo estuvo la marcha. Mi participación también va por usted. A lo mejor me topo con la Marthita o el Temo y los saludo.

—Lo hago con gusto Jocelyn, ve con cuidado y recuerda no apartarte del contingente. Ojalá te los encuentres.

Jocelyn salió de la papelería, no sin antes preparar su pancarta, #RespetaMiCuerpo, #VivasNosQueremos. Se colocó su gorra color morado, el sol estaba intenso y se dirigió al punto de reunión. Comenzó a caminar a paso rápido, vio su reloj y llevaba 15 minutos de retraso. En el trayecto se encontró con algunas mujeres, no las conocía. Sin embargo, todas iban a la marcha, intercambió mensajes con ellas y eso le generó una sensación grata, de compañerismo y empatía.

El contingente se veía a lo lejos, muchas mujeres, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas que se habían congregado para partir a la plaza central. Jocelyn buscó si lograba ver a alguna de sus amistades, no tardó en hallar a dos de ellas, de la secundaria, Lulú y Aurora. Se saludaron y se formaron en las filas, no tardaba en iniciar la marcha.

Durante el recorrido hubo organización y gran participación de las compañeras, quienes con entusiasmo, fuerza y convicción gritaban diversas consignas: Ni una más ni una más, ni una asesinada más; Ni una más ni una menos porque vivas nos queremos; Vivas se las llevaron, vivas las queremos. Jocelyn observó con gusto y esperanza que era una gran cantidad de mujeres que se habían sumado a la marcha. Mientras iba gritando las consignas, venían a su mente las mujeres de su familia, ella iba en representación de cada una, pero también de sus vecinas, doña Pilar, la señora que cosía manteles; doña Hortensia, la señora que tenía su tiendita de abarrotes en el barrio; doña Ari, su compañera de trabajo; doña Petrita, la señora que hacía el aseo en la papelería y también dedicó su participación a las mujeres migrantes como doña Luci, una vecina que había ido a alcanzar el sueño americano junto con su hijo Chepe.

Una vez que llegaron a la plaza central, se invitó a hacer uso del micrófono. Jocelyn se quedó con Lulú y Aurora. Escucharon las diversas denuncias que hacían, de vez en vez intercambiaban miradas. Jocelyn observó los rostros de las mujeres que estaban a su alrededor, algunos denotaban asombro, coraje, dolor. También percibió un ambiente de confianza y seguridad entre todas las mujeres. Su corazón se sintió fortalecido cuando más de una vez, después de cada testimonio o denuncia compartida, se dejó escuchar en coro la frase: No estás sola, no estás sola. 

De regreso a casa, Jocelyn se acompañó con Lulú y Aurora, escuchaba sus impresiones sobre la marcha. Ella iba en silencio, sintiendo aún la fuerza de la frase: No estás sola.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 38. Crónicas 16. Antonio Florido

Crónicas (16)
Milicos
Por Antonio Florido

                                                                   
MILICOS



El 9, ese fue el día.
          ―No Teo, eso no puede suceder. Aunque tu amigo lo haya confirmado, conozco al Chicho. Es un tipo bueno. Un poco infantil, pero de buenas intenciones. En la facultad siempre era el primero en defender a los más pobres. Lo sé muy bien, estuve con él, codo con codo. A veces, Teo, nos pasábamos un poco, sobre todo el Chicho, que le gustaba la charanga.
         Le tomaba el brazo, me lo llevaba, le hacía dormir, eso era todo, luego me iba.
         ―La cosa se ha puesto fea, padre. Mi amigo me lo ha asegurado.  Tened cuidado, por eso vine volando. 
         Me costó la vida. Pensaba en ti, en todos. Quiero encontraros vivos, decía. Y manejaba con el nervio sobre el volante, desde Santiago.
«Puede que mañana tenga que venir a detenerte. Vete.»
         Pero mi padre, militante socialista y médico, muy amigo del Presidente, no podía creer lo que yo le decía y aseguraba que su amigo no dejaría que eso pasara. Tenía mutilados los ojos. No veía.
         Cuando se trata de amigos uno debe humillarse, perder la compostura en los silencios, cobijarse en las sombras de un atardecer cualquiera. Mensajes como conceptos muertos, amores sin vida. Así fueron las palabras de Teo en la mañana del valle.
         El 11, a dos cuadras del palacio de gobierno, la ECA, allí me acerqué. Estaba intranquilo por el dolor de la duda que no me dejaba. La duda terrible, la de mi vida larga. Comenzaron las explosiones. Eran hilos de trueno sobre las nubes de la ciudad, de parte a parte. No daba tiempo a nada. Ni siquiera logré percibir el nombre de los bombarderos. Antenas de comunicaciones, rayos del cielo. Luego la Casa, que me lo dijeron mucho más tarde. Cayeron como granizo sobre la siega. Ruido sobre los oídos, cascotes como cuchillos afilados, muros henchidos de miedo, tejados mirando hacia abajo, hombres gritando como gritaron el 10 del 10, niños corriendo por las aceras grises y cuadradas.
          La Moneda cayó por el centro. Balcón y puerta de entrada, nubes grises en la cubierta, hombres amortajados en el interior. Ráfagas de acá y allá. Muchos milicos se apostaron detrás de los bancos, paredes caladas de caquis ametrallados, jóvenes que disparaban por vez primera, madres que lloraban por primera vez.
          Corrí a la casa de Loreto y María. Estaban con la cabeza baja. Lloraban. Se abrazaban sin saber por qué, como los niños atemorizados por el hombre del saco y la noche negra, por el silencio azul y la blanca ausencia. 
           La radio hablaba sin parar con una voz metálica. Una frecuencia era suficiente cuando lo que se tiene que decir es poca cosa. Repetir frases y angustias. Nada. El mediodía en lo alto. Los aparatos seguían lanzando obuses sobre el palacio. Como simples postales arrojaban hierros panzones sin porqué, ningún fundamento en las tiras caídas. Ya no quedaba más que la ficción de estar vivos. Un triste decoro.
           Los compañeros fueron muriendo. Luchaban por su Presidente. Por el orgullo de un país encerrado en sus casas. La vida se les acabó. Olí la pena angostada en la expansión expresarse. De ahí superó por años esa pena, dolor del alma, lamento del campesino cuando le llueve sobre la mies amarilla, rubia, alta, sedienta de manos. 
          Tuve que salir a la ECA. La radio me llamaba desde la otra parte de la ciudad, Santiago hermosa, Santiago sola, Santiago cobre dorado.
          Abracé a mis hijas, miré a mi esposa, recordamos aquellos tiempos, cuando nos arrullábamos en el espeso aire de la sala. Pero ya no tenía hijas, ni esposa, ni calma, ni sala. Había sido un sueño que dormí junto a la tapia. Allí esperé escondido a que el miedo se fuera, como se iban los edificios, las calles, los desesperados que huían al campo. 
          El empleado de servicios lucía un uniforme de la Fuera Aérea.
          En el rostro asomaba una sonrisa de suficiencia. Cierto arrumaco de orgullo. Me había atrapado y le brillaba la calaña en la misma cara.
          «Mandamos nosotros, oiga. Que las cosas cambiaron».
Una expresión anormal en el susodicho, altiva gracia sobre los hombros. El aviador no estaba seguro de lo que decía. El bravo dudaba.
Me llevaron a una oficina. Había doce compañeros del trabajo. Militantes de la UP. Nos introdujeron en un furgón envasado y comenzamos un desequilibrio loco por las calles de la ciudad.
          Fue la primera vez que sucedió. Insisto, la primera vez. Nunca había observado Santiago, mi querida Santiago, por un agujero de mierda. Intuía sin cesar sus colores y sonidos, pasábamos una vez y otra por los mismos lugares. Querían desorientarnos. Estaba claro.
          La casona a la que llegamos era antigua. De varias piezas. Jamás la habíamos visto. Tal vez estaba en la periferia, así como escondida. En ella no pudimos comunicarnos. Los fusiles apuntaban la salida de palabras, por si acaso nos hacíamos los distraídos y alguno se iba de la lengua. Pero éramos unos desdichados en una tesitura desconocida. Nadie se atrevió, por supuesto. Todavía la sorpresa en nosotros era joven. Y el recuerdo de cuando entonces. Los pensamientos encerrados volaban hacia nuestras familias. Días por delante sin saber hasta cuándo. Eso duele.
           Bajaron colchonetas y frazadas. Las echaron al suelo. «¡Ahí tienen, arréglense!» Había gritado un arrejuntado. Nos aseamos como bien pudimos. Malamente. Groseramente, con nervios. Uno se puso a fregar el suelo y los enseres con el cloro que trajeron. Dos baños para trece muertos. Mala risa. Sobraba. 
          Me interrogaron por mucho tiempo. Los investigadores iban cambiando, pero yo era el mismo. Nadie reparaba, pero yo era el mismo, no cambiaba.
           Siempre de pie, oiga.
           Siempre serio.
           Siempre asustado, con las muñecas grilladas.
          «¿Dónde las armas? ¿Quiénes son sus líderes?
          » ¡Nombres, nombres!
          » ¿Cuándo se llevará a cabo el Plan Z?»  
          Llevábamos dos días sin dormir. Uno tras otro en la sala de las preguntas. Nos hacíamos las necesidades encima. Todo. Créanme. No nos dejaban. Nos trataban como a verdaderos animales, insisto, necesito que ustedes me crean.
           Al tercer día sacaron a Carlos, Ernesto y Juan, era recién amanecido. No sabíamos a qué, adónde, con qué sentido. Los compañeros se quedaron mirando y supe escuchar el sonido de la montaña que lloraba mansamente. Nunca volvimos a saber nada. Les robé la memoria, los recuerdos, las alegrías.
           La cordillera comenzó a pintarse de un encarnado terroso y la gente de Santiago la miraba y se pasaba los dedos por la frente y los hombros, pechos de angustia en los rezos del día. Ninguno nos dio una explicación, aunque nosotros lo averiguamos pronto, que se llevaban a los compañeros, se los llevaban.
           Quise matar los recuerdos de mi familia. Deseaba morir lentamente, por mi única causa, que a ellos no les daría el gusto de reír por este hombre calmo y bueno.
          Me acostumbré a no dormir en las noches quietas.
          A cualquier hora entraba un milico. Me sacaba a culatazos. El investigador se frotaba los ojos. El sueño le podía. Reía malévolamente. Preguntaba lo apuntado en un papel. Después volvía a leerlo. Temía que le pudiese la desesperación. No quería morir así. Preguntaba y mostraba su fusil, lo colocaba encima de la mesa, lo acariciaba con un paño blanco, hablaba sin palabras, sólo gestos de burla y orines bajo la mesa, en los perniles. 
           Pasaron tres meses en la casona.
           Santiago y su revuelo. No podía oír en la distancia. Sólo el olor a campo, pájaros en los cercanos predios, cánticos en las ramas rotas, horizonte azul para mi gusto, cárdenas peñas a la deriva, colinas blancas en largo fuste, frío añil, miedo seco, sed de amor...
         ―¡Salga!
         Dos milicos me empujaron hasta el cuarto, me obligaron a recoger mis pertenencias. Iba a no sé dónde.
         (La imaginación humana es delicada y frágil. Agresiva a veces; a veces muestra su energía y profundidad, su poder para transformar el mundo. Mundo en arte. En belleza toda. Siempre supe que para alcanzar la virtud hay que caminar por la senda de la pasión. La luz al final. Pasos cansinos y pacientes. Boca alegre que llega al fin. Creo que esto es la intimidad solidificada, por lo único que merece la pena vivir. Y ellos obsesionados en derribar esta silueta íntima y sobrecogedora, en la ignorancia de creer que hay lo que no se puede, en desconocer lo que uno guarda).
            Estaba muy nervioso. Me despedí de mis compañeros. 
            Un hasta siempre cosido en los labios. Caminé por el pasillo extenso. Puertas, ventanas, escritorios claros, veladuras de angustia en mi garganta. Me llevaban.
            En la puerta de la casona mi jefe esperaba. Hacía sol de quejumbre, radiaba el suelo, quemaba. Era un hombre bueno. Nos habíamos cosido con el cariño de años. Don Joaquín era su nombre. Podía haber sido otro, porque todos los nombres son sólo uno. Pero era don Joaquín. A saber.
Sonrió.
          «Han venido a por usted. ¡Salga!»
           El oficial quedó contrahecho. Me devolvió mis enseres, me agaché y los colgué de mi hombro, luego agarré el brazo de mi jefe y salimos. No me volví. Me alejé con el pensamiento de ellos. Lleno de ansia fui caminando. Una camioneta de la ECA estaba aparcada sobre la junta de la acera.
            ―¿Quién ha sido?
            ―El de Chiloé. Ya sabe. Oficial. Un hijo de mala madre. Asegura que ahora mandan ellos. Va presumiendo. ¡Serán…!
            ―¿Cuántos?
           ―Doce. Los conocemos a todos. La ECA entera, casi.
           ―Tengo que llamar. Sus familias esperan algo. Ya me cuentas en el camino.
           ―Le voy diciendo. Como perros. Sí, don Joaquín, como verdaderos delincuentes. Algunos no aguantarán demasiado. Se lo aseguro. Los he visto. Caen al suelo como viejos. Los milicos se apuran, levantan los cuerpos, les dan agua y comida, mala. Como perros callejeros, digo.
          ―¿Y qué? ¿Cómo?
          ―Psicología. Ya usted supone. Ataques sin avisar. A cualquier hora. Días hablando. No se cansan de preguntar. Me refiero a lo de la Z. Yo no sé nada. Usted me conoce. En verdad, nadie. Pero ellos que sí, que habláramos. Detalles. Sólo querían detalles. Y las armas. Como si fuésemos un ejército. Querían las armas. ¡Serán!
           ―¿Preguntaron por alguien?
           ―Por todos. Los nombres de cada uno. Sobre todo, de los cabecillas. También de sus familias. Direcciones, tiempos del Plan. Tienen miedo. Desconfían hasta de su sombra. Les tiemblan las barbillas. Lo noté, era evidente. Aterrados como niños. Les preocupa los componentes de la oposición. Yo me quedé callado, no crea. Que se las avíen. Después las constantes amenazas. Que matarían a los nuestros. A nosotros mismos. Fusilamientos, eso decían, de eso hablaban, figúrese. No nos dejaban dormir. Te llamaban a cualquier hora.
          ―¿A ti?
          ―A varios. Yo fui tres veces. Nos colocaban a medianoche. En fila horizontal, paralela a la pared del patio. Desfilaban como gallos. Pasos cuadrados. Canciones tristes. El oficial daba las órdenes. El azul lechoso de la luna en los rostros. La última forma clavada en la tintura de los ojos. Para recordar en el más allá. La noche clara. Inmensa. Inabarcable. Y un candor hermoso en el fondo negro.
          ―Despiadados estos milicos de mierda. Trabajan con la debilidad.  Nos quebramos pronto. Nuestro punto débil. Ellos entienden de psicología. 
           ―Yo pensaba en mi familia, don Joaquín. Mi padre, mis hijos. Dispararon al tiempo. Un ruido en la cabeza, en la pared varios desconchones, calichas confrontadas en el suelo, polvo en las narices, miedo, piernas que se doblan y sucumben, orina suelta, manchas en los pantalones, agravios y temblor, dientes sobre los dientes, lloros, gritos, corazón que late y late… Así nos trataron. Por tres veces. Tras la primera no había modo de descansar. Llegaba la noche y contaba. Rezaba lo que sabía y contaba. Contaba el tiempo, la estela por la ventana, el corrido fugaz de las estrellas. Cielo indiferente. Humo en los ojos. Oía los pasos de los vigilantes. Alguno paraba, encendía la mecha. Creía que tocaba la suerte de alguien. 
          ―No te preocupes, hombre. Te necesito, por eso logré que te soltaran. Ahora estate tranquilo. Déjate de bobadas. No hagas tonteras y obedece. Lo dice tu Juaco.
          ―¿Y?
          ―Vas al sur. Un algo lejos. Olvídate de esto. Me quedo en Santiago. Debo seguir con la ECA. Es nuestro pan. Tú te largas al sur. Hasta que diga.
          Quedé en un espacio misterioso. El pozo hondo de mi alma. No supe hablar. La boca sellada, el corazón en las manos, en la mente el recuerdo. Mi familia, ¿cuándo?
          Juaco lo imaginó. Torció la cara. Dijo que podría despedirme de los míos. Poca cosa. Lo suficiente. Luego con el hato bajando por la costa, lejos, hasta la isla, hasta que el camino se canse.
          ―Ya te aclararé, pero eres el único que sabes. Comprenderás a tu tiempo. Ahora irás a tus hijas, Santiago, retén en la memoria las calles y olores, todo. Puedes bajar a Curicó. Tus padres esperan ver la camioneta.  Les llamé. Me hablaron a golpes. Eso se sabe. Te anoto los detalles en este papel. Guarda, lee, quema. No me metas en más.
           Los días sucesivos fueron pasando por mi vida como los pueblitos camino del sur. Coyhaique me esperaba. Me despedí de los míos. Llevaba prisa. Juaco me apremió. Anda largo, dijo. Tomé la camioneta con los dedos aprestados. Sostuve el sueño por mucho tiempo. Aunque el cansancio me podía, volteé el camino como pude. Paré en varias ocasiones, sin embargo. Talca, Linares, Chillán, Los Ángeles, Temuco, varias miradas al este para ensoñar con los nevados de mi infancia. Recé por los míos. Cuando traspuse Osorno y Puerto Montt iba deshecho. Allí me achiqué junto a la mar escondida, aguas azules, rizosas espumas, magia en las veladuras de las barcas navegando. Descansé los huesos.
           Los mismos arrestos me arrebataron. Tuve que seguir el camino.
En la ciudad esperaban a Teo. Debía cerrar los tratos. Había que comer. Alcancé el puerto alto. Desde la cima, el valle. Aysén es grande y plana. Por los picos asoman nieves, pero muy al fondo, lejos de todo, tras el horizonte. Soñé con viajar hasta ellos, separarme de los milicos, comprender por qué los hombres hacen lo que hacen, por qué se sufre. 
          Quise caminar por la Patagonia.
          El cerro me miraba.
          McKay. Rocoso y sordo. Atravesado por senderos negros, blancos, amarillos, grises. Abarca la ciudad.
          Yergue su estatura en forma escalonada. Altivo, presuntuoso, como las montañas que se van muriendo. Hacia el sur todo acaba.
Andes chiquitos, blancos achancados. Busqué en las afueras al río Simpson. Llevaba la consigna de encontrar el Abriga.  Allí el bosque denso y la Cascada de la Virgen. Al día siguiente Dios vería. 
         Es una tierra de frío encalmado siempre. Manso, triste, cala hasta el fondo, traspasa los tejidos, abrigos y camisas, ropa infinita, pero el frío puede, nace en la cordillera chica y baja. La ciudad se agarra a los edificios. Temen las casas. La gente aúlla.
         Si fuera Parapanda llovería a cada instante. Pero es McKay. Su lluvia es tierra, polvo movedizo, seco, muerto.  
Juaco dijo que yo era suficiente. Buen conocedor del género. No podía ser otro. Sólo el Teo, él sabe, déjenlo. A más me desfilé hacia el mercado. Era de mañana y el aire congelaba. Los puestos con las manos encima, trastabillando. La gente encuentra después de horas, revuelven, compran, ríen las argucias. 
         Yo era jefe zonal de la región Aysén. Me atendieron en el interior de una casa de terciopelo. Que qué quería. Eso dijeron. Tomé un poco de café. Me quemé los dedos, no dije nada. 
         Lana. Quiero lana. La mejor. Para don Joaquín, le conocéis. Irá a Santiago para endulzar los hombros de las mujeres. Pusieron buena cara. El trato era corto. Uno por otro, plata y tejido, cargamento en la camioneta, kilómetros esperando por delante, horas, días, piernas estiradas, tacridos de huesos.
         Solté toda la plata. Me dejaron escoger. Era buena, fina, como la seda, ataujía de taracea. Metales nobles y elegantes. Tiernos como el pelo de gato. Hispanoárabes en la ristra de la Patagonia, una miseria de broma. Me llevé la labor fina y reí sin saber por qué. Lo hice largamente. Después lloré, que poca diferencia hay entre una cosa y otra.
         Mi padre estaría vivo, supuse.
         Pagué el hospedaje. Abandoné el apartamento. El Abriga quedó muy atrás. Dejé los cerrados, crueldades por mucho tiempo caladas. Luego me arrebujé tras el volante, solté las piernas, manejé con la paciencia de siempre. 
         En el camino dije lo que antes no dije a nadie.
         En Coyhaique estaba vigilado. Juaco me avisó. Me presentaba al Regimiento en la mañana y en la tarde. Me colocaban los papeles de mala gana. Firmaba con una equis, después el Teo y una raya. Un libro se iba llenando de vigilados opositores, delincuentes de baratija. Era un proscrito, político con algunas, muy pocas libertades. Podía trabajar en mis industrias, una vida normal, sosa y tonta. Así me llevé dos meses. Pero la carretera nunca terminaba. Larga y negra. Una cinta en la llanura, norte de progreso, hacia el Palacio, mis recuerdos, los amigos, la familia, mis hijas y esposa, las calles ocupadas por fusiles encendidos, cielo de ceniza, alto y hueco.
          Dos meses, digo. Luego Santiago. 
          Me despidieron de mi trabajo.
          Tantos años en la ECA…
          Había muerto. La vida me colocó de vendedor en un laboratorio.
          Cada día me vigilaban. Sombras y siluetas, risas y garbos, embusteros compañeros que mandaban. A todas partes iba duplicado. Andaba y me detenía, jugaba como un niño solo. La intranquilidad, el azar de mis días.
          Pedí Curicó. Me dieron una plaza.
          Allí vendí las piedras.
          Las esperanzas.
          Las pesadillas mustias.
          Comunicaba a todos lo de la cosa.
          Me creían. Abrían las bocas y suspiraban. Me seguían creyendo. Algunas madres lloraban por sus hijitos. Otras por sus esposos. Por sus soledades y desiertos.  
          Eso sucedió en el 83.
          ¡Cómo me puede!
          Agosto se presentó duro. Nevó y cayó la tierra. Hablé con mi padre. El hombre era corto, se perdía en los horizontes fecundos. Traté de conversar sobre cosas importantes, y las otras las pegué a mi manera, las fui colando, muy poquito a poco, para oír sus lamentos y viejadas. 
          ―Sabes de lo mío. Los compañeros esperan. Yo soy un viejo. Les hablé de ti. Te conocen la tonsura. Soy socialista. Eres socialista. Son como nosotros. Debes ir. Lucha por tu tierra. 
          Así me habló. De esta guisa sentí que mi viejo me adivinaba. Llamé varias veces. Uno me lo dijo. En la noche. En tal sitio, a tal hora, tomar precauciones.
          De eso, todos.
          La resistencia trabaja en la sombra.
          Me alisté cuando pude, al tiro hecho. Mi viejito era mucho. 
          ―Ellos son hombres. Como tú y yo. Hombres con sus penas. A qué santo, di. Tal vez se equivocaron. La cosa no aclaraba. Cada vez más miseria, más hambre, más locuras.
          ―Son paniaguados. Generales, coroneles, milicos con fusiles. No podemos caminar. Ni dormir. Ir con miedo no es propio. 
          ―Pero son hombres, se podría hablar.
          Olía a pan recién hecho. Harina, levadura, horno y llamas, tiempo en el hueco de la noche. 
           La panadería de un amigo socialista.
           Reuniones. Argucias. Empeños. (Tanto que más).
           Planificar contrapartidas. Acciones de trabajo. 
           Compañeros y familias. Presos. Había que sacarlos como fuera. 
           En Curicó se formó una comisión para defender los derechos humanos. Me ofrecí. Hablábamos de nombres sobre papeles garrapateados. Eran hombres y mujeres, otros casi niños. La voz era de los abogados. Entendían del asunto. Cada noche un caso, una vida, una tragedia del gobierno. Yo escuchaba distraído. Pensé tantas veces en la carretera. Mis tejidos cajoneados. 
          Descubrí algunos momios.
          Sapos que también oían.  
          Soporté mi pensamiento en un decidido acaecer. Quise madurar en el mundo atravesado. No había vuelta atrás. Ni modo alguno. Sólo imaginar que todo nace y sigue. Crear las costuras. Hilvanar conversaciones dispares. Y soñar. Soñar como sueña un loco. Vivir en el manicomio del mundo. Pintar paisajes desordenados. Instaurar un orden nuevo. Quería salir a la madreselva. Nadar en la mitología. Conocer a la Pincoya. La de la historia que me contaban. La sirena, la Pincoya. 
           Bajé en la orillita de la mar. Había un puerto riguroso. Los pescadores voceaban con las manos en tubo. Llamaban a la sirena. Parecían locos. Se notaban solos y perdidos. Las barcas aparecían casi hermanas. Salieron a la mar. Las redes en alto. Giros y giros. Voceaban a la Pincoya. Eso fue en Chiloé. Una isla grande. Lejos y lejos de todos. Pero grande y tierna. La Pincoya va con el Pincoy. Adentran sus aleteos entre ríos y lagos. Hacia el agua suave y dulce de la llanura. Desahogar sus frustraciones. El Pincoy besa a la Pincoya. Las ramas se balancean. Nacen amores en las brisas del atardecer. La luz de las estrellas puja por asomarse. Los chilotas se adormecen en las faldas de sus esposas, los niños en sus madres. Si hay amor habrá peces y mariscos bajo las aguas. Alegría en la oscura fragancia de la madrugada, risas y flores al mediodía, comidas en abundancia. 
          Si hay amor…
          Los pescadores siguen aullando. Miran hacia la costa, olvidan las redes en las cubiertas, escuchan y oran, esperan.
          Si hay amor…
          Me quedé en la mañana. Deseaba ver si había flores en la simulación de esa mitología. Todos abarcaron sus pequeñas canoas. Saltaron a la arena, los pies hundidos, las bocas llenas de esperanza, algarabía sorda. La Pincoya había danzado. El Pincoyo la acariciaba. Era todas las manos del mundo, este Pincoyo. 
         Ella miraba al azul reflejo de la mar. Brazos abiertos. La espalda hacia los pobres. En los pueblitos lloraron mucho. La Pincoya no quiso verles. Así se pudra.
         ―Mal testimonio, niña.
         ―Malo, madrecita.
         ―Habrá necesidad. Padre volverá a morir este día. Dilo a los demás, que lo preparen. La caja basta. Él es chiquito.
          ―Seremos pobres. Desesperados. 
          ―Es el sino, niña. Entiende. Y la Pincoya. Así se muera.
          Una semana de bailes y zarandajas, cantes, risas, llantos.
          ―Niña, los curantos, que ella vea. ¡Corre! 
          Carrocearon hasta la laguna Huelde.
          Cucao asomaba al fondo, disimulaba el horizonte. A la puerta una bella mujer. Blanca. Blanca y rubia. Tintes pintados de bronce. Cabellos de oro y piernas adecuadas. Pez sobre la puerta que les llamaba y llamaba. 
          ―Niña, niñita mía, esta noche silbará. Escucha su canción amorosa. Llama al dizque. Dile que venga. Él espera. Tuya. Serás siempre tuya. De aquí en más.
          Gaviota grande.
          Si hay amor…
          Intuí a Carmen en la distancia. Sonia, la guerrillera. Sin embargo, aún faltaban días. Soñé con ella y con mis hijas. Soñé muchas noches que la seguía, la enamoraba.
          Trabé mis pensamientos con las reuniones en la peña. El Alero del Cantar. Nos acurrucábamos en los silencios y las quijadas de las angustias. Comíamos entre veladas. Cantaban las voces muertas. Mi padre nos acompañaba casi siempre que podía. 
          Carmen, Carmen…

          La belleza existe, naturalmente.
          No la inventamos.
          Es ella. 
          Excelsa, neutra, apasionante e indiferente. 
          Pensar el cielo es puro arte de la virtud.
          Belleza emergente, en idea postulada.
          Necesito una estética que me arrope.
          Idea de la apariencia, donde las cosas, el todo puede.
          Nací en el seno bello. 
          Pienso en ella.
          Carmen, la que conocí mucho más tarde.
          La guerrillera de Los Queñes, la que quiso huir por los caminos. 
          Carmen tras las rejas. Ojerosa y triste, hermosa elocuencia de hablar sin hablar.
          Sólo una mirada y un gesto en la palidez de la celda, una luz en la ventura.
          Creí perder lo que tuve.
          Ella fue.
          Me acogió en los últimos momentos. 

Los sapos y el temor nos removieron. Cada noche en la Peña buscaba en los rincones. Al final de la reunión, hablares y providencias, destinos y gozos. Centro de Curicó, con los cantes, bailadas hermosas. Nos llamaban comunistas. Blandos, inocentes, socialistas del regreso, con las formas que se van por los años. La dictadura nunca entraba en esa Peña. Se unieron folcloristas de todas partes. Santiago, Rancagua, Talca… Maule en valle, eclosión de sentimientos y torturas en pespuntes. Pero ella me llamaba, sí, lo hacía. 
         Carmen, Carmen…
         El 85. De tarde. Las compañeras del partido me dijeron sus secretos. Hay personas atrapadas. Vamos a buscarlas. Ya que se entiende, hice lo propio. Al día siguiente las llevaron al particular. Visitadoras locales. No podían donde las mujeres. Para eso me llamaban.
         La CDH anduvo por las calles de un Curicó silencioso. La cárcel era grande. Llena de mujeres. Hombres en la reserva. Las ventanas daban al cerro. Condell oteaba en la distancia.
          El milico abrió con cierto aire de recelo. Desconfiaba el hombre. Nos perdonaba la vida el niño rancio. Allí abrió los hierros. La mujer sentada levantó la vista. Nos miró con difidencia, puro yeso en la forma. 
          ―No quiero nada. No necesito nada.
          ―Sólo vengo a verla. Hablar de algo. De cómo está. El trato, las comidas, entrevistas si las hay. 
          Se coló entre nosotros un silencio espeso, la claridad de los rostros, una expresión que rompía, y el rumor del miedo que se iba por los valles, las montañas, las orillas de la mar, lejos, lejos.
          Clavó sus ojos en los míos. 
          Me retuvieron las alegorías. Quedó sólo ella. La mujer. El signo del amor en mi talladura. Sus manos temblorosas. Rumió su boca. Habló su cuello cisne.
          Carmen, Carmen…


Milicos
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Librero del uroboro. 24. Todo cuanto amé. Ilse Ibarra Baumann

Todo cuanto amé

Por Ilse Ibarra Baumann

Todo cuanto amé de Siri Hustvedt es otro de estos libros que compré por ser "de premio". Está dividido en tres capítulos. Debo de confesar que en el primero estuve a punto de tirar la toalla y dejarlo. No lo hice por dos cosas: Primero porque ya gasté al comprarlo y no soporto tirar el dinero; segundo, porque alguien me dijo “no desertes, se pondrá mejor”.
          Su escritura es muy simple y fácil de entender y un poco plana, de hecho la voz del narrador es la plana, no sé si sea un hecho deliberado del autor (pero qué aburrido). Leo, el narrador, cuenta su vida en torno a Érica (su esposa), Bill (su amigo) y Lucille (la esposa de Bill). Son vecinos, tienen hijos de la misma edad. Bill se divorcia y entra en su vida Violet. 
          Hay situaciones que para mí no encajan. Primero el inicio de la amistad de los dos: Leo y Bill, resulta muy rápida e íntima y apenas se conocen. El narrador nunca menciona a su familia, hasta la página 353 menciona a su madre y no es nada trascendente. Ya por el último capítulo hay una escena donde Bill ha grabado a bebés. Qué padre dejaría que un hombre desconocido se aproxime con una cámara y grabe a sus hijos. De los adultos sólo se ven brazos, piernas, hombros; esto quiere decir que los bebés están ocupando todo el espacio porque hasta el moisés, la carriola, etc, salen enteros y en primer plano. No puede ser, no es creíble. Hasta dando pecho los graba.  Interactúa con los niños desconocidos: “cómo se llama tu muñeca…” Esto transcurre imagino que en los 80, imaginen el tamaño de esa cámara. Después sigue grabando y avanza poco a poco en las edades hasta llegar a niñas en pubertad, con pequeños senos. De esto de las grabaciones serían unas tres o cuatro páginas que me dieron ganas de no leer. Ni siquiera tenían relación con la historia. Pero bueno. ¿Quién soy yo para seguir criticando lo que ya es un premio?
Subrayé muy poco. Quizás tres fragmentos en 487 páginas. 
          Si lo leen y son de esos lectores que encuentran algo diferente a mi lectura, explíquenme, por qué pudo ser merecedor de un premio. Pero si no puedes comulgar con su lectura, quizá sea bueno advertirte: deserta, no se pondrá mejor. 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Polvo del camino. 163. Animales histriónicos. Héctor Cortés Mandujano

Animales histriónicos

Héctor Cortés Mandujano

María de Lourdes Morales Grajales (Tonalá, Chiapas, 1945) llama simplemente Él al teatro, como si fuera una persona, una entidad, en su libro Tercera llamada. El teatro: armonía interna. Mis memorias (Creativos7editorial, 2023). Lo conoció, sintió su llamada, “llena de curiosidad”, a los diecisiete años, en su ciudad natal.
	Ya en Tuxtla Gutiérrez audicionó ante el maestro Luis Alaminos (a quien dedica el libro in memoriam) y fue con él con quien debutó y realizó sus primeros trabajos, sus primeros aprendizajes. Su estreno, en esta nueva vida, fue con Yo también hablo de la rosa, de Emilio Carballido, y aquí comienza una constante en su libro de memorias, que es la descripción de la obra y del montaje (vestuario, iluminación, trazo escénico). Cierra este primer capítulo con una certeza (p. 10): “Sí…, me había enamorado del teatro”.
	En (p. 11) “los finales de la década de los años sesenta”, nos cuenta, deja de ser “la pequeña Lulú, Mariita, Lulita y otros apodos cariñosos” para convertirse en Malú Morales, que es como la conocemos y llamamos sus amigos. Sigue la puesta en escena de El tejedor de milagros, de Hugo Argüelles, y luego El centro delantero murió al amanecer, de Agustín Cuzzani, donde conoció la luz negra: un tubo de luz morada, que destacaba únicamente lo blanco y oscurecía lo demás.
	Varios nombres que va desgranando Malú, en su recuento, son ahora parte de la historia de la literatura y el teatro, como el propio Alaminos y su esposa Martha Arévalo; el poeta Joaquín Vásquez, quien fue su compañero en varias experiencias teatrales; la famosa y querida amiga Lola Montoya, quien participó en el montaje de Olímpica, de Héctor Azar; el compositor Carlos Trejo Zambrano, Socorro Cancino y muchas y muchos más.
	Son curiosos los vaivenes en los montajes donde participó Malú: pasaba de las ya mencionadas a, por ejemplo, Las sillas, de Ionesco, y después al Teatro de Orientación Campesina, en 1972, promovido por Eraclio Zepeda, a través de la Conasupo. Un espectro variopinto de géneros, épocas y propuestas. 
	El libro cuenta varias anécdotas divertidas y humanas de este proyecto orientado a comunidades campesinas que fue, sin duda, un cambio fundamental en la vida de Malú, pues allí encontró a su pareja, tuvo a su hija y dejó Chiapas. En la Ciudad de México estudió formalmente teatro con Héctor Azar, y fueron también sus maestros Sergio Jiménez y Carlos Ancira. Allá la contactó y eligió para uno de sus personajes, en Imán del viento, el reconocido dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda.
	Volvió Malú a Chiapas y es curioso que desde entonces a la fecha su experiencia haya sido puesta al servicio del teatro religioso. Durante 15 años lo hizo en Tuxtla donde se convirtió, con la experiencia conseguida en las tablas, en directora.
	Aunque lo menciona de paso, Malú ha sido también autora de cuatro libros de cuentos y de Natalia, una novela histórica. ¡La maté!, su primer libro, salió casi al mismo tiempo que mi segundo: Palabras agitadas, y desde entonces o desde antes somos amigos.
	Luego de tanto Malú se fue otra vez de Chiapas, ahora a Culiacán, donde viven su hija y sus nietos, y allá se dedica a la docencia y, cómo no, al teatro.
	Ha vuelto a Tuxtla Gutiérrez para presentarnos sus memorias teatrales, que atraviesan su devenir vital desde la adolescencia hasta nuestros días. Este libro de Malú Morales es, pues, su vida. Acerquémonos a él, a ella, como nos acercamos a una amiga que quiere abrirnos su corazón, que quiere compartir con nosotros lo que ha aprendido en su caminar por este mundo. 
	Te abrazo, te felicito y agradezco tu amistad, querida Malú. Muchas gracias.

[Palabras leídas en el presentación del libro Tercera llamada. El teatro: armonía interna. Mis memorias, de María de Lourdes Morales Grajales, el 23 de febrero de 2023, en el Auditorio de Centro Cultural Jaime Sabines, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.] 
	

Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 163. Elijo vivir. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Elijo vivir
María Gabriela López Suárez



       A todas las mujeres, en especial a las de mi linaje, gracias por las luchas cotidianas.


La tarde del miércoles había llegado, era uno de los días favoritos de Esperanza porque tenía clase de danza contemporánea. Desde la preparatoria le gustaban los miércoles, no sabía si era azar o coincidencia que en esos días tenía actividades que le agradaba hacer o le sucedían las experiencias más gratas. 

Esperanza disfrutó su sesión de danza como solía hacerlo cada semana. Sin embargo, ese día tuvo un toque especial, desde su corazón dedicó el baile a las mujeres de su linaje. Judith, la maestra, preparó la clase para que, a través de la danza, hicieran una especie de homenaje a las ancestras, justo en el inicio del mes de marzo en donde se conmemora el Día Internacional de las Mujeres.

Los cuerpos de las personas danzantes dibujaron formas diversas, cada una sintiendo la música que las acompañaba incentivando los corazones. Una de las características de la clase y que gustaba mucho a Esperanza era que cada compañera y compañero se concentraba en su actividad, así que eso permitía que la energía fluyera mejor. Judith solía decirles que no era competencia, sino que la danza era una forma de cómo comunicar y comunicar-se, una bella forma de liberar lo que traían en el interior.

Al ir bailando Esperanza realizó una especie de ofrenda a cada una de las mujeres de su familia que habían trascendido y a las que continuaban en el caminar de la vida. Las fue evocando una a una en su mente y agradeciendo su presencia en el corazón. Cuando la clase finalizó Judith les propuso que guardaran un minuto de silencio para agradecer y honrar la memoria de todas las mujeres, las que habían luchado y las que luchaban desde distintas trincheras, en la casa, en la calle, en los espacios públicos, las mujeres de a pie, las mujeres olvidadas, las madres con hijas, hijos desaparecidos... el momento fue muy emotivo.

La sesión terminó y cada participante se fue despidiendo. Esperanza se quedó al final, para agradecer a Judith la clase, era un gran regalo y también le brindaba una motivación para continuar en el día a día. Ese cotidiano que a veces se tornaba gris ante tanta injusticia, inseguridad, exclusión y desigualdad para las mujeres.

Una vez realizado su cometido,  Esperanza se despidió de Judith y emprendió el camino a casa. Al caminar observó la silueta de su sombra, dibujada por los faroles en las calles. Mientras se internaba en el rumbo de su barrio en su mente sonaba la frase, elijo vivir aún con todas las vicisitudes que tenga en el camino. Respiró profundo, la calle estaba solitaria, apresuró el paso con la certeza de que no estaba sola, las mujeres de su linaje la acompañaban.
 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 162. Darse valor. María Gabriela López Suárez

Darse valor
María Gabriela López Suárez

Lourdes había decidido ir al paseo de campo organizado por su familia, el destino era un  parque ecoturístico. La idea le encantó desde que escuchó que su mamá se estaba poniendo de acuerdo vía telefónica con el tío Alfonso. El paseo parecía muy prometedor. Y tomando en cuenta que se consideraba una ‘patita de chucho’ como solía decirle Celia, su hermana mayor, no dudó en confirmar que ella sí quería ir con la familia.

El paseo se programó para un fin de semana, aprovecharon uno de los puentes que había en el calendario. Todo se coordinó muy bien y por fin llegó la fecha. Eran 15 personas las que se animaron a ir a la convivencia, entre tíos, tías, primas, primos, sobrinas, sobrinos. El más dicharachero y molestoso era el tío Alfonso, él solía iniciar el ambiente y de ahí le iban siguiendo las demás personas, entre ellas la tía Tony, Rebeca, su prima y Benjamín, uno de sus sobrinos.

Una de las decisiones que tomó la familia fue que llevarían algunos alimentos para compartir, desde frutas, semillas, sandwiches, carne para asar, frijoles, tortillas y aguas de jamaica y naranjada. Cuando llegaron al destino caminaron hacia las mesitas y bancas de cemento que había en el parque y comenzaron a acomodar sus cosas. Algunos no dudaron en acostarse en el pasto y descansar un momento. Otros más, como Lourdes, el tío Alfonso, la tía Tony, Rebeca y Susana, sus primas, decidieron hacer una caminata, rumbo a la tirolesa. La tía Tony comentó que le gustaría aventarse de la tirolesa antes de que desayunara, así iría más ligera de peso. 
Caminaron rumbo al destino, había pocas personas esperando para lanzarse a la aventura, así que no tardarían en pasar. 

—¿Quién se anima primero? —dijo el tío Alfonso.

—Voy yo —respondió de inmediato Rebeca con la actitud de ser la más valiente.

—Luego yo —señaló Lourdes, minutos después comenzó a sentir que su corazón latía con más rapidez mientras la iban preparando, como con una especie de temor a las alturas, casi se estaba arrepintiendo de aventarse. Se le vino a la mente la recomendación que una vez le hizo su tía Alma, cuando fue a visitarla, porque Lourdes se había fracturado el pie izquierdo y tenía mucho miedo a usar las muletas para caminar.

—Ay hija, no tengás miedo, date valor, verás que poco a poco te acostumbras a usar esas muletas. 
La clave ante el miedo es darse valor. 

Mientras Lourdes repetía esa frase en su mente alcanzó a escuchar,

—A ver a qué horas te avientas Lulú, ya queremos pasar —era el tío Alfonso.

Lourdes sonrió, respiró hondo y se lanzó a la aventura, al tiempo que se le escuchaba gritar:
— Ahí voyyy, yujuuu.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 162. El melancólico laúd de un amante. Héctor Cortés Mandujano

El melancólico laúd de un amante
(Resumen del prólogo, fragmento)

Héctor Cortés Mandujano

                                      No sé hablar de amor con delicadezas,
                                           sino decir directamente “Te amo”

                                                       William Shakespeare,
                                                              en Enrique V

El texto: Un día, por azar, supongo, llegó a mi mente la idea de hacer un libro conceptual: que no naciera de una experiencia, de un sueño, de algo que me contaron, sino de un concepto, de una idea preconcebida. Y pensé en que iniciara con una palabra y fuera ascendiendo hasta llegar, al final, a las 60 palabras. […]
	Las ilustraciones: […] Pensé en números grandes (un Uno gigante al lado de la palabra Amor), que fueran disminuyendo de tamaño conforme el texto fuera creciendo. Pero a Juventino Tito Sánchez se le ocurrió que mejor fueran ilustraciones donde el número fuera el centro al que se le agregara algún o algunos elementos del texto desde la perspectiva del ilustrador o ilustradora. Estuve de acuerdo.
        Las ilustradoras, los ilustradores: Fueron trece: Juventino Sánchez, Alfredo Espinoza, Nadia Carolina Cortés, Luis Daniel Pulido, Juan Ángel Esteban, Alejandro Nudding, Roxana Carbajal, Raúl Ortega, Paula Ortega, Jimena Ortega, Mónica Corzo, Efraín Bartolomé y yo. Hubo, pues, nuevos y experimentados en la labor de ilustrar; un par de muchachas, varias/varios jóvenes y algunos maduros; gente disímbola, cuya característica central es que están cercanas/cercanos a mi vida. Son amigas, amigos, que decidieron jugar conmigo en esta aventura loca que ahora se ha vuelto una realidad.
         El título: Por cuarta o quinta vez estaba leyendo las obras completas de William Shakespeare. En el tomo III, Dramas históricos (Random House Mondadori, 2012), en una obra impensada para hallar un título sobre el amor, Enrique IV, parte 1, cuando conversan el príncipe Henry, que se volverá Enrique V, con Falstaff, éste dice que se siente triste (p. 640) “como un gato castrado o un oso con argolla en la nariz”. Henry agrega: “O un león sin melena, o el melancólico laúd de un amante”. Al leer la última frase sentí un mareo, como si mi inconsciente, por si mi consciente no estuviera muy espabilado, me hubiera dicho: ¡Allí está el título de tu libro!
         El tiempo: Cuando empezamos a reunirnos para ilustrar ya había noticias, cada vez más alarmantes, sobre el Covid 19, y ya se hablaba de que harían que nos recluyéramos en nuestras casas. Algunos, algunas lo hicieron, pero mi pequeña tropa de inconscientes (Tito, Nadia, Luis Daniel, Alfredo y yo) nos seguimos reuniendo para tomar cervezas, comer papitas y hacer las muchas ilustraciones que cada cual fraguó desde su muy particular trinchera. […] Era sobre el amor. Y en eso se convirtió.

Cincuenta y tres

Primero mirada extática, haz de palabras dulces, pasión de mar acariciando sirenas.

Luego se ve en la mujer no al ángel, en el hombre no al milagro, se vuelve a los sustantivos de costumbre, el mar se vuelve calmo.

El festín que las bocas querían devorar ansiosamente es ahora comida sápida, bocado cotidiano…


[Presentamos el libro el viernes 10 de febrero, en Telar Teatro, con un público que rebasó el cupo del local. Nos amontonamos para que todas/todos cupieran y vieran los dos videos de la presentación. Uno, donde cada cual leyó el fragmentó que ilustró, y otro donde cada cual habló de su experiencia. Estoy muy agradecido con mis ilustradoras e ilustradores y con los que nos acompañaron e hicieron más alegre el suceso. Mil gracias.]

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com