Voces ensortijadas 252. Los letreros en lo cotidiano. María Gabriela López Suárez

 
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Los letreros en lo cotidiano

Marcela revisó su reloj, eran las 8:35 de la mañana, había quedado de pasar a traer a Lourdes y a Juan, sus colegas en la tienda de productos de plástico donde trabajaban. Vivían cerca de la casa de ella. Los sábados tenían como hora de entrada las 10. Estaba en tiempo para desayunar.
     Se recogió el cabello en una coleta y se fue directo a la cocina. Se preparó un licuado de leche con tazcalate y le apeteció degustar una torta. Revisó ingredientes, tenía bolillos, pollo con verduras y unas rodajas de chile en escabeche. En unos minutos tenía la torta preparada y la desayunó rápidamente.
     Al salir de casa tomó el camino más corto para pasar por Juan y Lourdes. Vio nuevamente la hora, 9:15. Apresuró el paso, agradeció que el día estaba nublado, eso le ayudaba a caminar sin fatigarse tanto. En el trayecto puso especial atención en los distintos letreros que había en los comercios, en puestos de comida ambulante y afuera de algunas tiendas.
     El primer letrero que llamó su atención fue el de una cocina económica: "Se solicita empleada responsable". Se quedó pensando si era necesario especificar tanto. Más adelante pasó un adolescente con un triciclo, el letrero que llevaba era: "Se vende tepache". En unos locales de la siguiente cuadra estaba un escritorio público: "Se hacen trabajos urgentes". Frente a la acera del escritorio público había un local de arreglo de zapatos, tenía en la parte de afuera un par de dibujos de zapatos con su respectivo letrero: "Así llega, así sale". Antes de que pudiera distraer su atención, la captó el letrero colgado en la entrada de una tienda de productos lácteos regionales: "Del campo a tu mesa".
     —¡Wow¡ No me había percatado de lo importante que son los letreros en lo cotidiano —dijo para sí Marcela.
     En su mente comenzó a recordar cuando inició leyendo en la primaria, le gustaba ir intentando leer en voz alta los letreros que estaban en las calles. Cuando salía con su mamá o su papá, además de preguntarles cuando no le entendía a algo, iba deletreando las palabras que entendía. Era como una especie de descubrir un mundo nuevo, eso le motivaba. ¿En qué momento había olvidado el sentido de asombro ante las palabras escritas que hay alrededor? Ella se dio la respuesta, al crecer y dejarse envolver en el ajetreo cotidiano de la gente adulta. Se sintió muy afortunada y agradecida de poder leer y escribir, aunque solo había podido terminar el bachillerato, le gustaría continuar estudiando. Sonrió de solo imaginarlo.
     Por tercera vez en la mañana verificó el reloj, eran las 9:35 y estaba a unos cuantos pasos de llegar a casa de Lourdes y Juan. Mientras tocaba el timbre de la casa nuevamente se sintió atrapada por un letrero en una tiendita de abarrotes: "Se vende mole, en bote o en bolsita, solo sábados y domingos". Su mente ya estaba asociando el mole con unas ricas enchiladas cuando el saludo de Lourdes la tomó por sorpresa.
     —¡Hola Marce! ¡Tan puntual como siempre!


Foto de Fernando Gomez Cortes (Torta mexicana): https://www.pexels.com/es-es/foto/pan-comida-sandwich-aguacate-14911455/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 252. No hay nada que hacer. Héctor Cortés Mandujano

               
Polvo del camino/ 252

No hay nada que hacer
Héctor Cortés Mandujano



¡Adiós a todos! ¡Nos veremos en la orilla del jamás!

Hart Crane (estadounidense, 1899-1932)/ Rubén Rivera

Rubén Rivera ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2021 con el libro Sendero de suicidas (INBA et al, 2021), que poetiza las muertes decididas de muchos y muchas poetas. Los capítulos aluden al arma o la forma con que decidieron quitarse la vida: bala, agua, soga, gas, veneno, barbitúricos, anhídrido carbónico, raíles, vacío y diversos.
Dice Rivera en “Poesía y suicidio” (p. 13): “Antes de matarse, el suicida piensa en quitar una pieza del rompecabezas, una pata de la silla, un grano de arena que descomponga el reloj […] los más perfectos suicidas son aquellos que aman la vida y se matan para no desperdiciarla en un mundo tan vulgar y mediocre que adora las flores de plástico, la presunción del éxito que da el dinero y el arte colgado en las bóvedas de los millonarios…”.
Vladimir Maiakovski (ruso, 1893-1930) se mató con bala. Dice Rivera como si fuera aquél (p. 22): “Lo difícil no es morir, sino seguir viviendo”. Marina Tsvetáieva (rusa, 1892-1941) lo hizo con soga (p. 45): “Brilla la luna y me ahorco”.
Jorge Cuesta (mexicano, 1903-1942) también con soga (p. 47): “poesía, ¡oro de tontos!”.

El poeta siempre es deudor del universo

Mayakovski

Leo Poemas esenciales (Salvat, 2023), de Mayakovski (respeto las dos formas de escribir el apellido), selección de Jesús García Sánchez y traducción de José Fernández Sánchez. Dice en “Balada de la cárcel de Reading” (p. 49): “Quiero a los animales./ Ves un perrito,/ aquí, junto a la panadería hay uno,/ no es más que calvicie,/ estoy dispuesto a sacarme el hígado”.
Escribe en “Para el aniversario” sobre las posibilidades de decir un poema (p. 55): “Por ejemplo, esto/ ¿se dice o se berrea?”. En “Verlaine y Cézanne” dice (p. 72): “El poeta,/ como puta barata,/ se acuesta/ con cualquier palabreja”.
Las líneas que Rubén Rivera recreó en el poema citado arriba son las últimas de “A Serguei Esenin” (p. 91): “En esta vida/ morir no es difícil./ Mucho más difícil/ es hacer la vida”. Serguei Esenin (1895-1925), también ruso, también poeta, dice el pie de página, “se cortó una vena para escribir un verso y después se ahorcó. El verso decía: ‘En esta vida no es nuevo morir, pero no es más nuevo morir’ ”.
Dice Mayakovski en “Vladimir Ilich Lenin” (p. 130): “Es pobre/ el taller del lenguaje/ del mundo”.
La página 166 resume: “El 14 de abril de 1930, el poeta pone fin a su vida de un disparo de revólver”. Escribe una carta que dice al final: “Estoy en paz con la vida. No vale enumerar dolores, desgracias, ofensas mutuas. Vladimir Mayakovski. Seguid felices. 12-4-30. Camaradas del VAPP, no me consideréis pusilánime. En serio, no hay nada que hacer. Saludos”.
         




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Trabajo en alturas. 42. Invocación de náufrago. Roger Octavio Gómez Espinosa

La Asociación de libreros de Guadalajara A.C.


Invocación de náufrago
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

“...escribo como una invocación del náufrago a mitad de la noche” (p. 17) dice Gonzalo García Flores y arranca con la narración de un naufragio en el que cada miembro de una embarcación llamada familia nadó hacia la isla más próxima en el archipiélago de la ciudad.
Un viaje homérico que emprende una familia que nace de una “Eva madre ofreciendo su tierra incendiaria, surco entre primavera y abril, donde la semilla tuviera vida” (25), a José María, un Odiseo que arrastra consigo, en un periplo que él no terminará por que no habrá regreso a su Ítaca, el anhelo por un pueblo llamado Tlacuache. Un viaje que, a pesar de una abrupta interrupción dada por seis balas, sigue para quienes descienden de aquella unión.
Seis balas resuenan aún en la Guadalajara de Gonzalo, y que reverberan más allá de su recuerdo, las que mataron a su padre, José Ma., quien murió en una ciudad hosca, siempre con la esperanza de volver al lugar donde recordaba haber sido feliz, al mundo rural donde dejó su primera juventud.
Este escritor nos revela no sólo su vocación narrativa, también su conocimiento de los designios cabalísticos del universo, uno que fue duro, pero que quizá sea justo y equilátero si el nacimiento de Gonzalo García, “concebido en abril, nacido en enero, desencarne un día viernes” (34).
Hay en su Crónica un ejercicio de sinestesia donde se revelan, en los recuerdos, colores, sonidos, sensaciones y aromas de un campo lejano: “Aún tengo en mi oído y olfato el sonido y aroma desprendido, a que huele la alfalfa en flor.” (39) “...un espectáculo de sonidos, color, platica y risas de la abuela con la tía” cuando habla de las labores para desgranar mazorcas. Quien haya ejercido esos oficios tendrá también en su memoria algo muy parecido a lo que nos hace recordar García Flores en sus escritos.
Un borrico, un patín del diablo rojo y una bicicleta parecen ser el crisol de las tres etapas: seis, nueve y quince años, que abarcan estas crónicas que revelan la evolución del niño quien “no sabe pensar, descubre, observa, pregunta, mete las manos en el fuego, husmea, va y viene sin preguntar por dónde…” (63). Que cruza por la vida y soporta la orfandad paterna vaciándose de lágrimas: “Lloré tanto que, en la muerte presencial de mi vieja, treinta y siete años después, no lo pude hacer.” (159
Gonzalo, quien ha ejercido, según su semblanza, treinta y tres oficios, nos narra, en su quehacer de literato, su testimonio como miembro de una familia que tuvo que migrar del campo a la ciudad. Mas rescata no sólo sus recuerdos, también los de quienes vivieron en los suburbios de la gran ciudad, que en su libro se sitúa, “de la calzada pa´llá”, en gran parte en la Guadalajara de los años 70 del siglo XX, pero que puede ser la historia de cientos de familias que cursaron por destinos paralelos y similares.
Yo soy un hombre del sur y me hermana con este escritor del occidente el origen rural de mi memoria; la nostalgia constante por el campo que me hacía añorar un hogar campesino que no recuerdo, el registro constante del mundo en la evocación, la lucha por demostrar que leer no es de flojos y de que las balas reverberan más allá de las generaciones que la escucharon. A mi abuelo materno lo mató una bala que reverbera en mi destino desde que mi madre conoció la orfandad a sus escasos cuatro años de edad.
Dice Arturo Jara Santa Cruz, escritor quien prologa la edición que hoy presentamos, que Gonzalo nos presenta retratos de familia, similares a aquellas que se cuelgan en los muros de las casas, pero con la gran diferencia de que estas son “formadas con palabras, que van poniendo cuadro a cuadro los pasos de una familia” desde que sus padres apenas intuyen en la sangre que los hizo unirse para colocar “la piedra angular de una nueva estirpe”.
Crónica de seis, nueve y quince años. Lo cuento todo, de Gonzalo García Flores, me parece, más que una crónica, una novela excelente, con una voz narrativa bien definida, nítida, que hila recuerdos claros con memorias que amenazan con difuminarse por el paso del tiempo o por los mecanismos de defensa que niegan, a la evocación, el recuerdo de realidades que marcaron a sus moradores.
Me quedan tantas imágenes con estas crónicas que hoy, al recorrer las calles citadinas de barrio tapatío, puedo ver las casas, las caras de la gente y barullo que presenciaron los ojos de este escritor. Un verdadero mapa, un ejercicio cartográfico. Es quizá por esto que concluye Gonzalo García Flores, el que se asumió al principio como náufrago: “Escribo para ver si la cartografía que siguieron desde su nacimiento José Ma. y Aurelia, nos sirve a nosotros…”

Tonalá, Jalisco, México, noviembre de 2024.

[Texto leído para la presentación del libro Crónica de seis, nueve y quince años. Lo cuento todo, de Gonzalo García Flores en el marco de la XIV Feria del Libro Antiguo y Usado de Guadalajara, 2024.]




La Asociación de libreros de Guadalajara A.C.
La Asociación de libreros de Guadalajara A.C.

*Sobre el autor:

Roger Octavio Gómez Espinosa

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1974.

Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.

Autor de Acrofobia (Tifón, 2022); La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal, reeditado por Kolaval, España); Soltar las riendas (2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Tifón, 2018).

Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.

Voces ensortijadas 251. Conectar, aquí y ahora. María Gabriela López Suárez

 

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Conectar, aquí y ahora

El día comenzó más temprano que de costumbre para Tabita, tenía una agenda llena de actividades laborales. Madrugó para viajar. La faena no era nada sencilla, implicaba trasladarse vía terrestre muchas horas lejos de casa, pero le hacía mucha ilusión el poder compartir sus servicios como tallerista en temas como la escritura y la lectura.
Su viaje fue cansado pero interesante. Tabita gustaba de observar los paisajes que tenía el trayecto a los espacios a donde se trasladaba. Los paisajes que contempló desde el amanecer hasta el atardecer no solo deleitaron la vista de Tabita, sino que le animaron en la ruta del viaje.
Una vez llegado a su destino, la recepción de sus colegas fue muy grata. Tabita se sintió en un ambiente con armonía, acompañada, como estar en casa. Esa ocasión tuvo un doble reto, trabajar con personas mayores que tenían interés en desarrollar la escritura y, además, con un grupo multigrado en educación básica.
Ambas experiencias fueron de diversos aprendizajes, no solo entre quienes integraban cada grupo, sino también para Tabita. Al trabajar con las personas mayores identificó las habilidades y conocimientos que cada integrante tenía, y cómo en las dinámicas que ella presentó pudieron explorarlas al máximo para plasmarlas en la escritura de textos breves. Los resultados eran escritos muy emotivos.
En el grupo multigrado destacó el interés por la lectura en voz alta, el esfuerzo que hicieron sus integrantes fue algo muy valioso para Tabita. Implicó la escucha atenta, perder la pena a leer frente a otras personas, poner en práctica el respeto a cada integrante y, sobre todo, generar en el grupo el sentido de confianza e incentivarles la lectura. Uno de los momentos más emotivos fue cuando algunas estudiantes leyeron en voz alta un par de textos de autoría de Tabita.
Las experiencias con los grupos le hicieron volver la mirada a Tabita hacia su propio caminar. Agradeció la posibilidad de hacer su trabajo en colectivo. Aún faltaba cerrar con broche de oro.
Tabita fue invitada a participar en un temazcal. Había escuchado diversas experiencias, tenía ganas de vivenciarlo, aunque le faltaba dar el paso para ello. Sin pensarlo más, se decidió a participar en el temazcal. El espacio estaba conformado por una estructura a base de ramas entrelazadas en forma circular que eran cubiertas con gruesas cobijas. En ella ingresaron mujeres y varones, quienes se integraron alrededor del círculo del temazcal. Al interior del temazcal, depositaron a las abuelitas, piedras volcánicas que habían sido calentadas previamente. El ambiente comunitario se hizo presente, el ritual fue guiado por Nayelli, colega de Tabita. La respiración profunda, el estar en silencio e inclinar la cabeza hacia el suelo, para hacer contacto con el pasto en caso de sentirse sofocados, fueron las indicaciones que Nayelli comentó al principio.
Se entonaron cantos, se compartieron esencias sobre las abuelitas. Tabita se fue dejando guiar, volviendo su mirada al interior. El calor que generaban las abuelitas era una sabia manera de poder hacerlo. Al terminar el ritual del temazcal Tabita tuvo la oportunidad de compartir la palabra, agradeció desde el corazón el regalo de estar en esa práctica. En su interior agradeció que ese viaje le había permitido no solo hacer su trabajo sino de darse el espacio para conectar, aquí y ahora.
Uno a uno fue saliendo cada participante del temazcal, afuera el paisaje del atardecer les esperaba con bellos tonos entre naranjas y azulados.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 251. Concupiscencia. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                Polvo del camino/ 251

Concupiscencia
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

Se encontraron en una fiesta. Se acariciaron con los ojos, con las miradas lúbricas. Ella –cintura escasa, nalgas opimas– esperaba que el muchacho atractivo, que parecía serio, le dijera las mentiras clásicas que sirven para bajar la guardia, para aceptar, para salir de paseo, para entregarse (con las reticencias básicas) y luego buscar que el compromiso vuelva deber lo que antes fue gusto. Pero no, él dijo con un tono reflexivo:
—Heredé de mi padre el falo (no hablo del órgano, sino del género) y la concupiscencia, la incapacidad de sentirme satisfecho con una o diez mujeres: las quiero todas.
Ella no supo qué decir:
—¿Concupiscencia? Qué palabra rara.
Él siguió:
—Además, el placer erótico es entrópico. Crece, se expande, como el falo, y luego disminuye y se vuelve casi nada. Un acto sexual será, cuando mucho, pasado el tiempo, imágenes disueltas mayormente por el olvido.
Y ella:
—A ver, a ver, ¿crees que me excita ese lenguaje, no sé si filosófico o nomás pedante?
Él:
—La entropía es la segunda ley de la termodinámica.
Ella:
—Ah.
Él:
—El placer es parte del instinto y el instinto no es domesticable. Si vienes conmigo, sólo te podrás tener a ti, no a mí. No ha llegado a mi corazón, todavía, el venablo lanzado por el gordo niño alado.
—No me gustan los hombres que se enredan en palabras.
—Puedo quedarme callado, también.
—Mejor.
Ella se acercó y le ofreció la boca. Él la tomó y el beso largo y lento la hizo separarse para decirle solamente:
—Llévame a donde quieras.

Él no habló, pero por lo que hizo con su anuencia en la batalla de plumas, en el trasvase de la pasión sicalíptica, ella supo que sabía su cuento.
Se quedó desnuda, exhausta, después de la enésima ocasión, mientras él entraba al baño. La despertó el ruido de cuando él, ya vestido y peinado, tomaba la llave de su auto del buró.
Abrió los ojos y le sonrió voluptuosa, apetecible, le acarició el miembro satisfecho por encima de la ropa. Él se inclinó y le dio un beso suave, fugaz:
—Hasta nunca, mi amor. Gracias. Me encantaste. Buenas noches, buena suerte.
          
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 9. Los inicios de la civilización y el encendedor. Esteban Martínez Sifuentes.


Los inicios de la civilización y el encendedor
Esteban Martínez Sifuentes

Además de gas, el encendedor de bolsillo o, casi un anacronismo, el mechero, contiene en su reducida escala y bajo costo los heroicos comienzos de la humanidad: la domesticación del fuego. De una u otra forma, palos que se frotan, yesca y pedernal, cerillo o fósforo, la lumbre más o menos instantánea nos ha acompañado con fidelidad canina en periodos de guerra y paz desde hace milenios. Es útil. Lo que es útil tiende a sobrevivir y evolucionar a través de las eras.
El encendedor actual, esa baratija desechable que se adapta al puño y el dedo gordo, lleva implícita la gigantesca gesta del titán Prometeo, amigo de los mortales, de robarles el tesoro del fuego a los dioses para ofrecérnoslo a nosotros. El enojadísimo Zeus se desquitó arrojándonos la maldición del trabajo. Sin duda alguna nos hizo el favor de poner a prueba la resistencia e inventiva de los humanos, corazones ardientes. El ocio prolongado no acarrea nada positivo, las vacaciones saben a gloria tras meses en la cámara de tortura del empleo, aunque te guste y remuneren pasablemente bien.
En varias culturas los sacerdotes y su cohorte de vestales y acólitos fueron los guardianes del fuego sagrado (exactamente el mismo que el profano), los encargados de mantenerlo crepitante. En la Grecia clásica el fuego era uno de los elementos que constituían la materia: tierra, aire, agua y fuego. Un quinto elemento o quintaesencia, el vacío o éter, fue añadido después y era ley en el chisporroteante laboratorio de los alquimistas, quienes fueron sentando las bases de la humilde química moderna persiguiendo, casi nada, la piedra filosofal o fórmula para trasmutar el plomo en oro, y dar con el elíxir de la vida o panacea universal. El doctor Frankenstein, “el moderno Prometeo”, le insufla vida (fuego de fuegos) a una retacería de cadáveres y crea un ser monstruoso; un espantajo o remedo cuya humana sensibilidad y desamparo llegan a despertar compasión y ternura. Tanto como advertencia moral de querer imitar a Dios, debe entenderse como fábula contra los que engendran hijos, por egocentrismo o lo que sea, sin hacerse cargo de ellos. A la par, ni qué decirlo, es una de las novelas cimeras de la ciencia ficción.
Y el encendedor está entre los objetos que más se nos pierden o roban con total impunidad, sobre todo a los fumadores, tanto de tabaco como de marihuana o alguna otra distracción de moda. Y en casa, para encender la estufa, el calentador de agua o una vela de cumpleaños, nunca permanece en el sitio asignado por el alto mando.
En las abarroterías o estanquillos que venden cigarros al menudeo, “sueltos” decimos en México, de plano lo afianzan con un cordel vigoroso y metros de cinta adhesiva. Juro que he visto figones donde lo sujetan con cadena gruesa, capaz de disuadir la fuga de un reo con sentencia capital en Huntsville.
Todo está a punto, ordenado con pulcritud y estética en la parrillada finsemanera en el patio, la azotea o el estrecho balcón en el décimo piso de un minúsculo departamento para dos personas y si acaso un chihuahueño: la música, las chuletas marinadas con receta secreta, el carbón, las bebidas, los invitados, ¿y el encendedor? “Carajo, no lo encuentro, aquí lo puse hace rato, ¿quién tiene un encendedor?”, exclama el anfitrión. Y de inmediato una voz apoyadora: “¡Ey, atención!, ¿alguien aquí tiene un encendedor?” Y otro invitado voluntarioso: “No, yo no, pero Fulano fuma, él seguro carga uno”.
Y Fulano, avergonzado porque así son los fumadores últimamente, busca en ambos lados de su chaqueta, en la camisa, en los bolsillos del pantalón, y contesta, más avergonzado aún: “No lo encuentro, creo que lo dejé en el coche”. “Pues ve por él, rápido, que ya va empezar el partido, y si no, compras uno en la tiendita de la esquina”. El asunto es que va por él, hurga en el carro y tiene que recurrir a la tiendita, que no está en la esquina inmediata sino varias más allá. Cuando vuelve ya huele a carne quemada desde la planta baja; no obstante, le reclaman por su tardanza.
Y la mañana siguiente halla su encendedor en el bolsillo que tanto había fustigado desde el inicio, más otro artilugio ígneo que no era de él, lástima que no sirva. Trastadas de los objetos pequeños, necesarios para ir tirando.
En la perenne lucha contra la naturaleza dependemos de las cosas ínfimas y de discreta pero infalible practicidad más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Mal hecho. La naturaleza y todo lo que hay en medio nos concierne, ¿a quién si no? Somos ella. Hay que tratarla con cortesía y admiración, independientemente del tamaño con que se represente, microscópico, human size o macroscópico.
Si la atmósfera tuviera entre sus componentes una pizca más de hidrógeno, azufre o metano como sucede en casi cualquier otro planeta o satélite fotogénico a la distancia, prender la parrilla nos impediría para siempre disfrutar de un partido, por muy Real Madrid contra el Bayern Múnich que fuera. Habría que inventar entonces un encendedor apropiado, una nueva forma de convivencia o una diferente manera de ser humanidad.
El encendedor, señoras y señores, candela sagrada, fuego aliado, el sueño áureo vuelto materia de puritanos quemabrujas y otros pirómanos, la herramienta básica del honroso despachador de tacos al pastor, ese que cuchillo en mano ejecuta vistosas florituras y malabarismos al tajar la piña en lo alto del asador para atraparla con garbo en la tortilla.
─Comunícame tu ardor, camarada ─te interpelaba en épocas pretéritas un desconocido en la nocturnidad del barrio.
─¿Qué? ─respondías tú, erizado por el inminente asalto.
─Tranquilo, maestro. Paz universal. ¿Tienes llama? ¿Soplete, chispero o fósforos?
─Ah, sí. Claro, claro… Quédatelo, traigo otro.
Tan solo con que le obsequiaras fuego, se convertía en tu aliado para la eternidad; si no llevabas, no había bronca. Sí, fue una buena etapa.


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Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Universo breve. 22. Todas las niñas deberían tener un gato. Damaris Disner

Todas las niñas deberían tener un gato
Microficciones

1
Israel
Ahora, hay más niños que gatos; los primeros sobreviven comiéndolos.

2
Palestina
Era tan supersticiosamente negro que ocultaba la bondad en sus bigotes. Acariciaban, al descuido, al niño mutilado.

3
Chenalhó
La lluvia no deslava las pesadillas del niño que tirita escondido en el matorral.

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Fotografía:  Matilda Wormwood 

Sobre la autora:

Damaris Disner

Dramaturga, periodista y tallerista

Es originaria de Tonalá, Chiapas. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Chiapas. Ha cursado tres diplomados nacionales convocados por el INBA y diversas instituciones, en la disciplina de teatro. También ha participado en varias ferias y festivales nacionales e internacionales.

Ha recibido los siguientes reconocimientos “Raíces y Anhelos”, Expresiones Artísticas, (Ayuntamiento de Tonalá, Chiapas y Fundación Casa del Aguila. 2024); Galardón por su trayectoria cultural (Revista Tendencia y AMMJE 2024); “Pergamino Juan Rulfo” (Asociación de Escritores y Poetas Chiapanecos A.C. 2023); Primer lugar (dramaturgia) en el 2do. Concurso Nacional de Literatura para Niños y Niñas (Gobierno de Guanajuato. 2021).

Desde hace once años dirige la Galería Rodolfo Disner, espacio cultural independiente, donde se encuentra la Sala de Lectura para la Niñez Cáscara de Mar.

Entre sus publicaciones para las infancias están el Memorama de Poesía Cáscara de Mar (2018), el álbum ilustrado Las Cuentas de Mara (2021), el poeMIAUrio Malabarista de Azotea (poemas para leer en el tejado) en el año 2022, el CuaderMIAUrio de actividades literarias y Heriberto (rompecabezas literario) 2023.
Se dedica, desde hace 23 años, a impartir talleres y escribir para la niñez.

Voces ensortijadas 250. Recordar al linaje desde el corazón. María Gabriela López Suárez

 
Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez


Recordar al linaje desde el corazón

El viento frío se dejó sentir esa tarde del 01 de noviembre. Citlalli, observó el paisaje desde el balcón de su centro de trabajo. El cielo tenía un ligero tono celeste que se combinaba con las nubes que iban tomando tonos entre grisáceos y  morados. Su mirada se fijó en las montañas que alcanzaba a ver, prácticamente estaban del otro lado de la ciudad.

No tardaba en caer el atardecer, Citlalli había hecho una pausa en sus labores. Tuvo una sensación de nostalgia, era el primer año que no participaba en la visita al panteón que acostumbraban a hacer con su familia. Echó de menos realizar la ofrenda con flores que tanto disfrutaba cada año. Su rostro percibió las ráfagas de viento. Respiró profundo.

Mientras observaba cómo el atardecer se hacía presente, puso atención a la diversidad de árboles que tenía en su centro de trabajo, cuyo follaje se mecía al compás del viento. Escuchó el canto de las aves que se asomaba con discreción. Desde ahí hizo memoria de sus familiares que habían trascendido, fueron viniendo a su mente cada uno de los rostros, sus gestos, experiencias y aprendizajes compartidos. La naturaleza se convirtió en el puente que la hizo conectarse con su linaje. Era como si cada susurro del viento le trajera una caricia de cada integrante de su familia. Percibió una especie de sensación de paz en el corazón.

El rostro de Citlalli dibujó una sonrisa discreta, sintió que sus ojos se llenaban de agua. Respiró profundo nuevamente. Agradeció por esos momentos de conexión interna. Honraba la memoria de sus ancestras y ancestros, aunque en esta ocasión no había podido participar en la ofrenda familiar,  había otra forma de hacerles presentes, era importante recordar al linaje desde el corazón. Ahí tenían un sitio sagrado y con mucho amor.

El sonido del teléfono la hizo volver la vista a la oficina, se acercó a contestar la llamada. Posteriormente, retomó sus actividades. Mientras lo hacía agradeció también la oportunidad de tener ese espacio laboral, el servicio era una manera de que su linaje también estuviera presente. Volvió la mirada hacia la ventana, la noche había llegado  y el canto de los grillos la acompañaba.


Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 250. Friolera de notitas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura

Polvo del camino/ 250

Friolera de notitas
Héctor Cortés Mandujano

Veo que en uno de los estantes de mi casa hay un apilamiento de hojas pequeñas y grandes, dobladas. Las reviso: son muchas notas que escribí, en pedazos y pedacitos de papel, vaya a saberse para qué. No son secuenciales ni tienen fecha. Las numero sólo para separarlas. Algunas, creo, tienen lógica por sí mismas (con las otras hago lo que haré con éstas, luego de copiarlas: las rompo y las tiro a la basura). Antes, las comparto contigo lector, lectora.

1

Somos miles en la Capilla Sixtina. Se oye un rumor como de mar, como de cantina, como de moscas. Lo que más se oye, porque lo dicen y lo gritan por micrófono los policías, es: “¡No fotos!” y “¡Silencio!” en varios idiomas.
Ciudad Vaticano es una empresa que cobra por todos sus servicios y en la decena de kilómetros donde hay tantos museos, hay muchísimas tiendas. La iglesia, sin dudar, es el mayor negocio. En su alrededor pululan restaurantes, tiendas, gente que vende. Si Jesús intentara sacar de nuevo a los comerciantes de la iglesia necesitaría un ejército.
[La segunda noche que pasamos en Roma sueño, de principio a fin, una obra de teatro que escribiré apenas tenga tiempo. Se llamará como el hotel: Baltic.]

2

Fue un instante y hubo acción necesariamente rápida. Luego el tiempo dejó de tener importancia. Se detuvo o siguió, poco importa. Pero el instante, ese instante fue el definitivo, del que hay que hablar, del que hablaré.

3

Frente a mí, en una calle de Nueva York, un hombre vende carteles (El Guason, Bob Marley, “El beso”…). Empieza a llover y recoge a toda velocidad. Sale, vuelve y anuncia los nuevos objetos en venta: paraguas e impermeables.

4

Una mesera en Roma (en el restaurante donde comemos) tiene miedo a las palomas. Es terrible, porque hay muchas. Es como si un pescador tuviera miedo a los peces.

5

Mientras los demás descansan, caminan, dan vueltas… Mientras yo duermo, juego, escribo palabras que caen al vacío… Mientras ella se levanta, dicta órdenes, mira cómo los ángeles vuelan en el aire… trascurre el tiempo y también se detiene en los goznes de los días, se atora en el momento en que ella se viste y yo la veo: observo cómo sus pechos ya no son tan firmes, cómo ya hay gramos de más en el que fue su vientre plano.
El tiempo se detiene en mi mirada y luego avanza sin detenerse, olvidándose de mí, de la mujer que ya está vestida, me manda un beso y se va. A mí, echado en la cama, se me ocurre pensar en intrascendencias, que escribo: éstas.


        
Ilustración: Leonora Ventura
Ilustración: Leonora Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

De faros y foros. 2. Sobre Tesoros en el naufragio. Mónica Corzo

Fotografía: Mónica Corzo.

Sobre Tesoros en el naufragio
Mónica Corzo

Octubre 17, 2024

Antes de iniciar mi presentación, he de decir que hice una pequeña investigación de campo. Supe que hubo otros lectores y quise conocer su punto de vista. Ambos son grandes e implacables lectores. Los cito:

Tesoros en el naufragio es una novela escrita por dos escritores, dos escritores que platican mucho entre sí, como esos jóvenes en clases que no les interesa lo que dicen desde la palestra y se pierden siguiendo el vuelo de una mosca o bien se preguntan “¿Quién está ausente en Ítaca?”.
Pero a veces ambos hacen planes: uno escribe su primera obra de teatro y el otro escribe muchas, es una máquina, se inventa historias por todos lados. Pues bien, por cosas del destino o las canciones elegidas o porque no hay mejor lugar para hacer un plan que no es un plan, estos dos escritores coincidieron en un aeropuerto y quedaron de hacerla, de escribirla. Supongo que se dieron un abrazo al despedirse. Roger viajó a Guadalajara y Héctor a Berriozábal. Hubo zoom, internet Infinitum, fallas en el suministro de energía, un divorcio, una obra de teatro donde cantan unos gorditos y por fin: la novela. Que leí e hice una sugerencia (me gustaba el otro final) y no me hicieron caso y lo cambiaron. Necios. Pero el resultado es genial, porque, como una vez leí, la memoria la hacemos todos: escritores y lectores, los tesoros en el naufragio.

Luis Daniel Pulido. Poeta


El pasado es un naufragio del que no puedes escapar. Un thriller emocionante que te llevará a través del tiempo y la memoria.

Tania Corzo. Escritora

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Presentar Tesoros en el naufragio es un acontecimiento afortunado para mí, por dos razones: la primera, es porque me dio la oportunidad de leer esta novela que explora una de las formas de amistad más lindas y duraderas (algunos psicólogos aseguran que es la única y verdadera amistad): la de la infancia; y la segunda, porque los autores son estos dos hombres a los que quiero entrañablemente y admiro aún más: Héctor Cortés Mandujano, amigo y eterno maestro, con quien desde hace 20 años hemos estado juntos en un sinfín de talleres, proyectos, paseos, fiestas, charlas filosóficas, confidencias y confesiones. Una vez hasta planeamos un crimen, que nunca llevamos a cabo, pero que habría sido todo un éxito. Y Roger Octavio Gómez Espinosa, a quien me une, además de la amistad de años, enmarcada siempre en el quehacer literario, un cercano parentesco (del que estoy muy orgullosa, por cierto); y a quien admiré como escritor desde que leí su primera novela.

El que estos dos grandes y admirados míos hayan escrito Tesoros en el naufragio, para mí, ya era garantía de que iba a disfrutar enormemente esta novela, y no me equivoqué. Leí dos versiones diferentes, la primera versión se titulaba Sin concurrencia de varones, y la segunda versión ya terminada y calientita, recién salida de los hornos de Editorial Tifón, es la que hoy estamos presentando.
Las dos lecturas me atraparon. Me sumergí en la trama narrada, al principio, por la voz de su protagonista, Víctor, quien, al quedar varado en el pueblo de su infancia, se ve invadido de recuerdos, cargados de sensaciones y dudas. Una historia que, vista desde sus ojos infantiles de aquel tiempo, pareciera llena de suspenso, intriga, secretos y aventura… ¿O no sólo lo parece?, ¿sucedió?, ¿qué hay detrás de esos recuerdos escabrosos? Empieza el misterio.
Una habitación siempre cerrada, una abuela enigmática, un hermano perdido… No exagero al decir que hay un par de momentos en que la lectura obliga al lector a enderezar la espalda y poner un puntito más de atención a la trama. La historia va alternando entre el presente y el pasado, y en esa danza en el tiempo, se van mostrando los personajes de adultos y de niños. Así podemos conocer a Vero, Carlitos y Santi.
La amistad desarrollada durante la infancia, es un vínculo cómplice y libre, por eso es tan duradera, leal y sincera. ¿Llegar a la edad adulta nos salva de los miedos y las angustias?, ¿olvidamos los sueños y las fantasías de la infancia? Yo creo que no. Se presentarán de vez en vez, de manera sorpresiva, durante toda nuestra vida. Perdurarán en nuestro anecdotario íntimo y personal más preciado, para bien o para mal. Y para esto está la palomilla de la infancia. Ellos saben y lo comprenden sin que les cuentes. ¿Qué les vas a contar?, si estuvieron ahí, presentes, en cada paso, en cada momento.
Vero (un personaje con el que me identifiqué en su versión niña, y la única mujer del cuarteto de amigos), inquisidora, curiosa, con tendencia a encontrar significados ocultos en todo, la que hace las preguntas precisas y difíciles, las preguntas que todos se deberían hacer, en un momento toma la voz narrativa, nos muestra el otro ángulo de la historia. Nos hace desandar el camino andado y, como todos los caminos vistos en sentido contrario, nos muestra otro paisaje.
Santi y Carlitos, con sus personalidades tan disímbolas y contrarias, complementan y sostienen a este grupo que, a modo de cada uno, se comprenden y se apoyan sin juzgarse… De alguna manera, a pesar de la distancia, el tiempo y la vida, la vida que los lleva por distintos caminos que se cruzan de vez en cuando, del amor y desamor (porque también hay de eso en esta novela), se siguen tomando de las manos, como cuando eran niños.
¿Qué somos, si no nuestros recuerdos? Si de un momento a otro nos borraran la memoria, no queda nada. Empezaríamos de cero a construir nuestra historia, nuestra identidad. Somos nuestra memoria. Esta novela también trata de esa memoria personal que es nuestra esencia, y de la memoria compartida con quienes caminan a nuestro lado, y que se traduce en manos que nos sostienen, que nos toman y nos levantan; se trata también de esas palabras, personas e imágenes de nuestra historia personal, que nos apuntalan en momentos difíciles, de esos tesoros que siempre quedan después del naufragio y con el tiempo van adquiriendo más y más valor.
Dicen (los autores) que no fue su intención que esta novela se volviera un remover de infancias. Pero yo agradezco que así sea. Fue inevitable, al leerla, repasar también algunos momentos de mi vida con la mirada curiosa de aquella niña que bien podría ser Vero. Espero, lector, lectora, que disfrutes de este libro, que te atrape la historia, y te arrastre en un naufragio de recuerdos, y que encuentres que está ahí, en ese niño/niña, el secreto para salir a flote.
Gracias por escucharme.


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[Texto leído durate la presentación de la novela Tesoros en el naufragio, de Héctor Cortés Mandujano y Roger Octavio Gómez Espinosa, el 17 de octubre de 2024.]


Fotografía: Mónica Corzo.
Fotografía: Adriana Corzo.

Sobre la autora:

Mónica Corzo. Villaflores, Chiapas, México.

Inició su carrera profesional como Licenciada en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación Educativa e Inteligencia Emocional. Durante su etapa de estudiante publicó algunos artículos en el semanario Este Sur.

Fue redactora en las Secretarías Técnica y de Comunicación Social del Gobierno del Estado de Chiapas. Colaboró en la elaboración del libro El nuevo rostro de Chiapas y el Diccionario enciclopédico de Chiapas, ambos publicados por el Gobierno Estatal, y dio clases de literatura y filosofía, torciendo luego el camino para convertirse en una empresaria que nunca quitó los dos pies del terreno de la literatura.

Durante los últimos veinte años ha sostenido con ahínco empedernido la existencia del Taller Literario del maestro Héctor Cortés Mandujano, de donde es la alumna siempre ausente, la admiradora fiel de sus compañeros escritores, y coautora de las novelas colectivas inéditas Norte 17 y Delta; Así como del cuento «Un mal día para suicidarse», publicado en el libro 8 Mujeres, Editorial Tifón, 2019 .

Ha incursionado en Teatro y en lecturas de atril. También es miembro activo de la Rial Academia de la Lengua Frailescana. Aunque lo suyo, suyo, es preparar el café que invita a la lectura.