Polvo del camino. 255. Días de agua y de olvido. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM

  Polvo del camino/ 255

Días de agua y de olvido
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

Las calles como arroyos han sido eso desde hace tanto, que ya nadie recuerda en la ciudad ni la tierra ni el asfalto.
Un día comenzó a llover, ¿hace cuánto?, y desde entonces no ha parado.
Soy policía y uno de los primeros que aprendió a usar los artilugios –parecen patines, parecen esquíes– que nos ponemos en los pies para deslizarnos como bólidos tras los delincuentes (ya no son necesarias las patrullas ni las motocicletas) o para ayudar a alguien que nos requiera.
También soy experto en luchas cuerpo a cuerpo y me he trenzado en pleitos, donde triunfo, hasta con diez malandrines. Parezco, eso me dicen, un héroe de comic.
Pero me descubrí una falla, que no he podido corregir: el olvido va carcomiendo mi vida.

La primera vez que me di cuenta fue una vez que llevaba quién sabe cuánto viéndome al espejo, con el cepillo de dientes en la mano. Sonó mi celular y eso me trajo a encontrar que en el espejo nada había, ningún rostro, ningún rastro humano, nada. ¿Y yo? En un parpadeo estuve de nuevo frente a mí, con el cepillo en las manos.
Vi la hora y deduje que me había pasado, quién sabe dónde, por lo menos sesenta minutos. ¿Me olvidé de mí y llegué al punto de no verme?
Sucesos así comenzaron a menudear en mi vida, hasta que fue notorio para la gente de mi trabajo. Entré en el baño y sólo regresé a mí mismo, por decirlo de alguna manera, cuando los toquidos urgentes me hicieron abrir. Estaba de pie junto a la puerta y me dijeron que tocaron porque no hice ruido de nada. Cuarenta minutos de no sé dónde, de no sé qué.
Un día amanecí desnudo en una de las pozas de una gruta lejana. Mi ropa estaba en una gran roca de la orilla. El problema es que yo no recordaba cómo había llegado hasta allí.
Fui al médico y me dio unas pastillas. Pedí un permiso especial.
Pasaron yo creí que diez minutos, a partir de que llegué a la casa, y vi la fecha en mi teléfono: habían pasado cinco días.

Las extrañezas en mi comportamiento fueron tales, que ya no me fue permitido salir a la calle y fui designado para hacer tareas de oficina. Desaparecía, de pronto, cuando iba a la cafetería, o al baño o a una diligencia. Me levantaron actas y fui amenazado de despido.
Una noche me dormí profundamente y me desperté seguro de que se me habían pegado las sábanas. Estaba en una cueva, vestido, con mi billetera y demás naderías en la bolsa. Mi celular no funcionaba. Salí. Una montaña. Desde allí vi la ciudad y caminé hacia ella. Traté de concentrarme, porque nada me parecía familiar. Un desastre mi pensamiento.
¡Sorpresa!: No había agua en las calles, sino asfalto.
Llegué por fin a la oficina y la gente que ocupaba los escritorios me pareció desconocida. No me dejaron ocupar mi lugar y fui interrogado por varios. La conclusión asombrosa para todos, incluyéndome, fue llegando lenta a los cerebros. Yo ya no trabajaba allí, había desparecido hacía veinte años.
¿Dónde había estado, haciendo qué?



 
Ilustración: HCM
Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 11. Materialización de la dulzura: las frutas. Esteban Martínez Sifuentes.



Materialización de la dulzura: las frutas
Esteban Martínez Sifuentes

¡Del verano roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!
(Juan José Tablada, 1871-1945)

Son bálsamo, bendiciones de la naturaleza, néctar de los dioses, por el color y el olor, por la sonrisa que nos arrancan la miel y los matices de arco iris de sus sabores, por los nutrientes que aportan al preciso y exigente organismo humano, ¡qué mecanismo de relojería o supercomputadora ni qué nada!
No engordan. Si se consumen en sazón y con medida raras veces causan daño, nos ponen de buen talante. Su variedad y colorido son infinitos. Desde el diminuto, oscuro y exquisito capulín, hasta la formidable yaca, un producto intimidante y exótico, de caparazón verde y rugoso como bestia antediluviana, de reciente introducción en el mercado mexicano. Mango: petacón, ataulfo, manila, tommy; plátano o banana: tabasco, dominico, manzano, morado, macho.
Más allá de la discusión fruto o fruta (“¿Qué son el aguacate y el jitomate…? ¡Pues no, señor!”) y de otras consideraciones técnicas apasionantes para agrónomos y cultivadores, aquí hablamos de un postre, el snack óptimo, el producto en esencia dulce o agridulce de una planta arbórea o herbácea, cultivada como el lector o silvestre. Bayas o frutos del bosque: mora, arándano, grosella, frambuesa; vainas: mezquite, guamúchil, jinicuil. Lavado a conciencia, el empaque, piel o epicarpio de algunas frutas se puede comer, reciclar o emplearse en la confección del nepente de los quisquillosos dioses aztecas, griegos o del panteón que sea. Con piña, el tepache. Con uva, el venerable vino, que data de la Edad de Piedra (Neolítico), a la par que la agricultura, la ganadería y la alfarería, y escenifica en la Biblia un pasaje milagroso de alegría y celebración y sigue siendo central en la liturgia judaica y católica. Pan y vino.
En Egipto, Grecia y Roma se veneraba a Dionisio o Baco. En el mito griego Dionisio le entrega la vid a Ampelo, un sátiro, quien enseña su cultivo a los hombres. La ampelología se encarga de las variedades de la vid (cepas) y su cultivo. Dios olímpico contradictorio que produce placer y dolor, a Baco se le representaba con racimos de uva y hojas de parra, acompañado o no de bacantes, ménades y sátiros. Así lo plasman, entre otros, Miguel Ángel y el aficionado a bacanales y pendencias Caravaggio.
Por las prisas, un plátano antes de salir o una manzana para el trayecto es el único alimento durante horas de no pocos estudiantes y trabajadores connacionales y, supongo, de otras latitudes. Una mexicanísima pintora de origen alemán que retrató la fruta con el gusto con que debe de habérsela comido: Olga Costa (n. Olga Kostakowsky). Las sandías de Rufino Tamayo también son célebres. “Una mexicana que fruta vendía, ciruela, chabacano, melón o sandía…” Este popular juego infantil de origen español fue secuestrado por los adultos en sus bodas y los niños ya no lo practican.
Despuntan unas comunes en los cinco continentes, la naranja, la uva, la fresa; pero casi en cada país hay variedades aquerenciadas y favoritas. Entre las populares en el mío, además de las mencionadas: papaya, tuna, guayaba, toronja, coco, mandarina, higo, lima, durazno, granada, mamey, pera, guanábana y cereza para coronar el pastel. Igual de sápidas y nutritivas, hay frutas regionales, difícilmente conseguibles fuera de ciertas zonas: chicozapote, zapote blanco y negro, chirimoya, ciricote, garambullo, nanche, pitaya (del semidesierto), pitahaya (del trópico). Algunas que se cree variedades autóctonas proceden de China, Filipinas o así. Qué importa, mi mamá me la daba desde chiquito. La diversidad y la trashumancia son inherentes a la naturaleza y, por ende, al ser humano. Es parte de su fortaleza. El mango ataulfo, melífera hibridación lograda en Chiapas, se exporta a una veintena de países con todo y endocarpio, semilla, carozo o hueso.
Qué tiempos aquellos cuando en el patio de las viviendas florecían limoneros, granados, capulines, nopaleras, tejocotes, membrillos. Hoy, si con suerte hay patio: coches, juegos infantiles desairados, un par de arriates con plantas decorativas, derroche de cemento y mosaico (es de buen gusto forrar de mosaico los espacios exteriores).
El capulín, endémico del centro de la república, está en peligro de extinción; además de ambrosía, dicen que es bueno para prevenir el cáncer. Lo cierto es que resulta una fiesta incluso recolectarlo a puños a inicios del verano. “¡Y es que son desgreñados y tiran mucha hoja!”, aducen los pragmáticos a ultranza que andan sueltos por ahí.
Algunas, muy pocas, huelen mal; la mayoría, delicioso (El olor de la guayaba, de García Márquez). Extractadas o sintetizadas usurpando su nombre, sus fragancias se usan en chicles, pasteles, gelatinas, lápices labiales, aromatizantes de ambiente, desodorantes personales y hasta papel higiénico. Se destilan perfumes carísimos for men and women con destellos afrutados. Por falta de jugo y pulpa o exceso de acidez, unas solo se aprovechan para jaleas, infusiones, licores, aguasfrescas o ponches, caso del semilludo e infaltable en Navidad tejocote, especie de manzanita frustrada si no fuera porque además enriquece la piñata estacional. Secas, de preferencia con el sol, son las pasas y los orejones. Concentración de dulzura, sabor y nutrientes.
La modesta fruta es digestiva, inmejorable a cualquier hora, barata si está en temporada. Aportan agua, vitaminas, minerales, fibra, antioxidantes, azúcares y grasas de rápida asimilación. Por bombardeo de publicidad e influjo del cine gringo, los remilgositos de todos los rangos sociales prefieren el vaso de jugo de caja, de sospechoso tinte homogéneo y más atractivo que el natural; los edulcorados cornflakes con leche, añadiéndoles más azúcar y si acaso algunas rodajas de plátano, o el yogurt de frutas industrializado con el mendaz letrero de “cien por ciento natural”. Perdónalos, Señor, sí saben lo que hacen pero les vale gorro. Corroboren, o nieguen, sentados con mente abierta en cualquier plaza o calle de México país: de cada diez personas que pasan, siete u ocho lucen con sobrepeso. ¿Gozo de vivir?, ¿genética nacional? Hábitos alimenticios perniciosos, comida chatarra, conductismo. Duele decirlo (y no creo ser el primero), parecemos un pueblo conformista, fofo, debilucho, enfermo, diabético. Y me abstengo de mencionar lo que vemos, escuchamos, expresamos o (no) leemos en el tiempo libre. Van de la mano.
En Ciudad de México, Guadalajara y megalópolis similares el tendido de frutas en la banqueta le infunde vitalidad y lujo a barrios y calles deprimentes. En la pantalla nunca he visto a un gánster o un asesino en serie comerse una fruta; son ácidos, corrosivos. Insectos-flor-fruto logran una delicada simbiosis perfecta desde la noche de los tiempos. Atraídas por sus tonalidades, aves, primates y otras creaturas sabias las comen y desechan sus semillas por selvas y sabanas perpetuando las especies.
En la magnífica Short cuts (Robert Altman, 1993), uno de sus tantos protagonistas, un comentarista de televisión superinformado, se dispone a desayunar hojuelas de maíz en un sucinto comedor de hospital; mientras escucha perorar a su egocéntrico padre, pela un plátano para cortarlo en tejos. Es una banana de un amarillo impecable y parejo, como les gustan allá y dondequiera. Pues bien, esas no son las mejores de acuerdo con la ciencia, ya que contienen almidones indigeribles para el estómago. Las más nutritivas y dulces son las oscuras y con pecas, oro viejo. Así con las otras frutas.
En el mítico Paraíso Eva tentó a Adán con una manzana, ¿por qué no lo hizo con un manojo de nabos o una hoja de acelga, que seguro también había ya que ahí no faltaba nada? Porque la manzana es deliciosa y sabía que él, aunque era más cervecero y carnívoro que los rancheros de Texas, no iba a rechazarla. Son decorativas, y los chinos nos encasquetan por doquiera de fruteros completos de plástico, cerámica, metal, papel maché, bambú y a saber qué más. La íngrima ventaja, que no se oxidan y no atraen a los mosquitos. A mí tampoco.
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Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

De faros y foros. 4. Acrofobia, según el hombre del barquito. Luis Daniel Pulido


ACROFOBIA, SEGÚN EL HOMBRE DEL BARQUITO

"No he presenciado milagro alguno, pero he podido comprobar que los hombres y las mujeres extraordinarios existen, y deben su carácter singular al hecho de que han partido de sí mismos para iniciar su trayectoria vital"
Peter Brook

1

El lenguaje, si eres atento y curioso, te reserva hallazgos. Hablo de la que sucede en todas partes, en los dobleces geográficos y sus circunstancias históricas, en su autonomía milenaria, en su invención de imaginarios. Pero ese lenguaje comparte vacío: el idioma. Esa caja gráfica y sonora que nos da un lugar en el mundo y por el que escribimos, hablamos, nos entendemos entre iguales. Y todo sería perfecto si no existieran los desplantes y la soberbia del ser humano, su idea y voluntad de hegemonía y conquista que provoca guerras y exilios, soledades que renuevan instintos sociales, la acrofobia por lo que nos heredaron: islas artificiales y edificios altísimos donde el lenguaje es reducido a signos personales.

2

Acrofobia, obra escrita por Roger Octavio Gómez, se desarrolla en un pequeño espacio, una especie de balsa para el náufrago, el extraño en tierra extraña que interpela desde lo más alto de un edificio a autoridades y morbosos porque eso que le permitiría conversar con otros o escribir una gran novela: el lenguaje, su idioma, ha perdido el hilo, ya no tensa ni centros ni orillas, se ha diluido en un país extraño.

Una resistencia íntima que se repliega en un hombre solitario que es asistido por otro que comparte con él, el pedacito de tierra que los vio nacer.

Nacemos bajo la insistente luz de los reflectores y a veces la vida se va en ese camino resplandeciente que te grita: vive o muere.

3

El texto de Roger Octavio Gómez va por los contornos de la derrota y sobre ese camino se dan la caída, la redención, la ternura, el idioma como río que arrastra todo, las palabras, sus ruidos, el silencio, las luces que se apagan.

4

La obra podría conllevar una elaborada pirotecnia escénica, pero escritor, director, un par de actores y un gran equipo de producción resuelven el peso, la gravedad de ese gran mar de fondo que es el escenario, y hacen de la puesta en escena una de especie de sueño. De esos donde despiertas llorando en medio de un público que aplaude de pie y grita porras a un par de extraños que cuando se baja el telón, ah, son mis amigos.

Luis Daniel Pulido


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Sobre el autor:

Luis Daniel Pulido (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas).

Ha publicado los libros Pollito Card, UNICAH; Prohibido degollar patos, Editorial Almada Broders; Nunca sonrías a Optimus Prime, Espejitos de papel Editores, Puerto Rico; Bruce Wayne y la generación X (un concierto de rock para Chulpan Khamatova); Baxter Memories (vida y obra de Víctor Von Doom), Tifón editorial. Lo puedes seguir en su Blog poético Popotitos 22.

Voces ensortijadas 254. El guardián silencioso. María Gabriela López Suárez

 Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez


El guardián silencioso

El sol estaba en su apogeo, a pleno mediodía. Cinthya había llegado a casa de tía Leonor y tío Ezequiel, había decidido pasar unos días de sus vacaciones compartiendo con familiares a quienes normalmente no veía. La primer parada eran con ellos, después pasaría otros días con sus primas Raquel y Eloisa. Finalizaría con tío Panchito y tía Martina.
Al llegar a su primera visita lo primero que atrajo la atención de Cinthya fue el árbol frondoso que se veía al final del camino. Mientras abría el portón de la entrada observó que el follaje del árbol era tan amplio que se le figuró como un hongo enorme. No tardó en que aparecieran doña Leonor y don Ezequiel para darle la bienvenida.
Se saludaron con mucho cariño. Invitaron a Cinthya a pasar a la casa. Tío Ezequiel le ofreció un vaso con limonada que ella aceptó con gusto. Le ayudó a sofocar el calor del mediodía.
Tía Leonor esperaba que Cinthya llevara un gran equipaje, la sorprendió ver que solo llevaba una mochila en la espalda y otra pequeña bolsa. Y más sorprendida se quedó cuando de la bolsa pequeña sacó un par de obsequios que identificó de inmediato por los aromas, café y chocolate. Agradecieron los regalos de Cinthya, la invitaron a dejar su equipaje en el cuarto que le habían destinado y luego, fueron al patio de la casa para sentarse un rato y conversar.
Cinthya no tardó en comentar su asombro y gusto por el árbol frondoso que rodeaba la casa de sus familiares. Tía Leonor le dijo que era un árbol de higo no comestible. Tío Ezequiel compartió que ese árbol era no solo un hermoso ejemplar de la naturaleza sino que también tenía una conexión especial con la familia canina que habían tenido. Mientras escuchaba a su tía Leonor, Cinthya percibió que en más de una ocasión la voz se le quebró, tomó más de un respiro y continuó.
El árbol de higo guardaba en sus raíces preciados tesoros. Doña Leonor y don Ezequiel habían tenido muchos perros y al ser parte de su familia, cuando cada uno trascendió decidieron que los despedirían de una manera digna y amorosa. Eligieron como espacio, alrededor del árbol de higo. De tal forma que ese gran árbol era muy generoso, no solo les proporcionaba sombra, aire fresco sino que también había dado cobijo en sus raíces a los peludos de la familia.
Luego de las anécdotas que le compartieron llegó la hora de la comida, los tres se levantaron para ir al comedor. Degustaron una sopa de champiñones con epazote, que a la tía Leonor le quedaba muy bien y unos tacos dorados de papa con pollo, bañados en una salsa de tomate, con lechuga, crema y queso.
Al término de la comida don Ezequiel y doña Leonor tomaron una siesta. Cinthya decidió ir al patio, se sentó en el piso frente al árbol de higo. Se quedó contemplando su majestuosidad, lo grande de sus ramas y su follaje tan verde. Se sintió muy agradecida de estar cobijada por la sombra, se le figuró que ese árbol era como el guardián silencioso de la familia. Sintió una especie de conexión con el árbol, se acercó a él, tocó su tronco, abrió sus brazos y lo rodeó con ellos. Ahí se quedó unos minutos, el canto de los pájaros acompañó el latido de su corazón que fue sintiendo, poco a poco, mientras ponía atención en su propia respiración.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 254. Las canciones de Comala. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

               
     Polvo del camino/ 254

Las canciones de Comala
Héctor Cortés Mandujano

¿Qué edad tenía Eva cuando fue sacada de la costilla de Adán?

Nicolás Grimaldi,
en Breve tratado del desencanto

I

En una de las muchas lecturas que podemos hacer del poema homérico, una deducción sería que Helena fue botín sexual de su marido Menelao y de su amante Paris. La disputa por su posesión provocó una guerra cruenta y continuada. “Los dioses duermen/ mientras el malhechor/ se pone la capucha y afila su cuchillo”. Si Menelao se hubiera fugado con otra mujer, no habría habido desgracias ni muertes ni destrucción de pueblos.
La fábula bíblica que de entrada niega la infancia a Eva, la vuelve parte, posesión, propiedad del hombre que, en un contrasentido, la pare, la da a luz. Eva fue hecha para regocijo de Adán. No al revés.
En estos tiempos, en una calle oscura, en un parque solitario, una mujer se convierte en material de uso y desecho, de abuso sin límite: del piropo a la violación y a la muerte. La Biblia, la Ilíada, la Odisea, desde hace mucho, nos contaron lo que va a pasar, lo que sigue pasando: “La manada incesante/ de filosos colmillos/ olfatea en las madrugadas”.
Elda Pérez Guzmán nos lo cuenta ahora en “Donde habita el olvido”, el primer apartado de Las otras Evas. Y habla de aquel y de este tiempo: “Adonde vaya Sara o Elena/ la hidra puede arrancar su candorosa risa”, en esta ciudad y en todas, que son la misma: “Una ciudad triste y polvorienta/ de mujeres extraviadas,/ acosadas, vigiladas,/ ausentes, calladas… […] ciudad sin tiempo,/ ciudad de todas partes”.

II

“Ya no seré más tu paraíso/ tu Eva esclavizada” declara Elda, en “Ataduras”, del segundo apartado, “Con olor a hierbas”. El verso intenta ser una fórmula para terminar con “la maldición de los Adanes”, hombres aferrados a la tradición bíblica de parir a Eva para su disfrute, y culparla después de hacerlos comer la manzana y perder las canonjías divinas.
Eva y Helena –coprotagonistas del libro sagrado y del libro poético– son las culpables del desastre, una por curiosa y la otra por coqueta. Pero también la bruja (“fui desterrada”) y la curandera (“me condenaron y llevaron a la hoguera”) son acusadas y castigadas. Mejor ponerse vestidos largos y pensar “que algún día/ podré desnudarme,/ meterme al mar/ sin miramiento alguno/ […] sin velos ni atavíos sombríos”.
Y aparece, por fin, Lilith, la rebelde, quien “dominó con astucia la pasión,/ controló sus miedos,/ se liberó de cualquier atadura”. La ama de casa, por suerte más Lilith que Eva, puede decir con todas las letras: “¡No soy tu mujer!”, si eso significa trabajar al servicio de los hijos y el marido, sin deseo, sin recompensa, sin ilusiones…
En los poemas de este apartado, Elda Pérez Guzmán piensa con Rosario que debe haber “otro modo de ser” que no se llame sor Juana (la peor de todas), por ejemplo, y que sí sea jugar, “desnudarse los hombros, enseñar la espalda,/ ser sensual”.

III

“Esa mujer soy yo” cierra el libro. Y no toca alegres notas, sino canciones de Comala que, ya se sabe, se especializan en soledades, ausencias, olvidos… No cuenta historias maravillosas, sino cuentos donde la princesa no recibe la vista del príncipe: “Dejé de ser Eva para ti”.
Llegó el amor y volvió paraíso la cama del pecado; luego el amante y el amor, con la maldición del tiempo, se fueron marchitando, se volvieron polvo.
Y en la princesa también, que asomó tantas veces su rostro joven al espejo, fueron naciendo arrugas…

IV

Las otras Evas, de Elda Pérez Guzmán, es la muestra de una escritura que no sólo busca la belleza en las palabras, sino también el pensamiento y la luz. Continente y contenido. No es únicamente el colibrí libando flores: es medusa meditando en la mitad de la noche. Este es un libro de versos y de ideas. Una y otra y muchas Evas.
[Prólogo del libro Las otras Evas, de Elda Pérez Guzmán.]
 
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

De faros y foros. 3. Lloré, lloré, lloré. Pilar Guillén Figueroa

Cartel "Acrofobia", noviembre 2024.


Lloré, lloré, lloré
Por Pilar Guillén

Querido Roger:
(Digo querido por el cariño que sentí hacia ti en las pocas veces que convivimos en talleres o por la tarde en que conversamos sobre la coincidencia en la vida con aquél bebé que quedó momentáneamente aturdido ante el estruendo del derrumbe de una barda, frente a la casa donde yo vivía).

Sigo con regularidad al maestro Héctor, casi nunca me pierdo nada referente a presentaciones de obra, libros o escritos. Ayer fui a ver “ACROFOBIA” de tu autoría. Convinimos en hacerlo con Luis Daniel (en las repetidas ocasiones en las que antes se presentó, no había podido asistir por estar fuera de la ciudad y luego por algunos otros motivos que ya no recuerdo), el caso es que, anoche llegamos a café conejo con tiempo anticipado, degustamos un chocolatito con panecillos y se fue haciendo tiempo de la primera, segunda y tercera llamada. Nada me previno ni en forma ni dato de lo que iba a presenciar. La obra comienza y un hombre, abatido mentalmente, barre el piso. Poco a poco caemos en cuenta de su propósito de suicidarse y su porqué. Aparece en escena el ingenuo bombero que intenta rescatarlo. Su acrofobia es divertida y contrasta con la conversación filosófica que entabla con el hombre que desea renunciar a todo buscando la muerte.
Te cuento que durante los diálogos, metida hasta el tope como suelo hacer en las tramas, iba pensando a intervalos en el autor, en qué fue lo que le hizo concebir la idea de la historia, en el sentir del hombre para decidirse a renunciar a la vida y en los motivos de Jan para arriesgarse en semejante empresa aun siendo acrofóbico. Por eso al primer paso en falso de Jan, cuando estuvo a punto de caer, lancé un grito que me dejó por largo rato una risa sofocada y luego sentí vergüenza pues temí desconcentrar a los actores, pero no fue así (Aunque Héctor al final dijo que sí se sorprendieron, pues estábamos muy cerca de escenario, no se notó).
¡Qué diálogos tan maravillosos! ¡Qué sensibilidad! ¡Qué dulzura! Lloré. Me dejé sentir las lágrimas. Al final, como puntilla, fue el nombre del capitán: Carlos Ariosto. Creí le habían nombrado así después de la muerte de Carlitos, Héctor me dijo que siempre se usó ese nombre. Lloré… Lloré.

Muchas felicidades Roger, me encantó la obra, me encanta que sea tuya y la hayas logrado tan bien. Te mando un abrazo y mis deseos mejores. Sigue escribiendo por favor, para que podamos seguir disfrutando de tu ingenio.
Enhorabuena

Pilar Guillén
Tuxtla Gtz., Chiapas, México a 24 de Noviembre de 2024


Cartel "Acrofobia", noviembre 2024.
Cartel «Acrofobia», noviembre 2024.

Sobre la autora:

Pilar Guillén Figueroa. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México.

Autora antologada en el libro 8 mujeres (Editorial Tifón, 2019) y en Bruñir la palabra frente a la hoguera (Editorial Tifón, 2018). Cursó el diplomado «La literatura infantil, una puerta a la lectura», tomó talleres de lenguaje visual, lectura, interpretación lúdica de textos literarios, escritura narrativa, ilustración y encuadernación. Ha participado en diversos eventos como cuenta cuentos. Tienes estudios en enfermería y artes plásticas. Es alumna de los talleres literarios del maestro Héctor Cortés Mandujano.

Voces ensortijadas 253. No estamos solas. María Gabriela López Suárez

 
 Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

No estamos solas

A todas las mujeres víctimas de feminicidios.
A sus familias y amistades.

Irene cerró la aplicación de su red social en el celular. Se quedó un rato ahí, sentada, en el borde de su cama. Intentó tragar saliva y le costó, sintió más de un nudo en la garganta. Sintió que se ahogaba. No sabía si ir a tomar agua o correr hacia la ventana, abrirla, sacar la cabeza y gritar a todo lo que dieran sus pulmones.
         No pudo ni siquiera levantarse, sus piernas no lo permitieron, se soltó a llorar y dar de puñetazos sobre su almohada. Una de sus amigas de la infancia, con la que solía jugar en el barrio donde ambas crecieron, había desaparecido hace un par de días y esa mañana encontraron su cuerpo sin señales de vida, a las afueras de la ciudad.
         Pasaron quizá más de dos horas sin que Irene lograra levantarse, había llorado tanto que sentía los ojos casi cerrados. Solo quería dormir. A lo lejos escuchó que alguien tocaba la puerta del cuarto.
        —¡Irene, Irene! ¿Estás ahí muchacha? ¿Hoy no vas a ir a trabajar?
        Era doña Tina, la señora donde rentaba el cuarto de abonadas. Irene no tenía ganas de hablar, sentía desfallecer. Doña Tiña siguió insistiendo y al no tener respuesta, se preocupó tanto que fue por la llave para abrir el cuarto.
        Encontró a Irene acostada, le preguntó qué pasaba, si se sentía mal. Permaneció ahí hasta que logró que Irene se incorporara, tomara un poco de agua y le contara lo sucedido. Doña Tina se quedó en silencio, sus ojos se llenaron de agua, respiró profundo y abrazó a Irene. Ambas permanecieron en silencio mucho rato.
        —¿Por qué tanto odio a nosotras, las mujeres, doña Tinita? —preguntó Irene.
         Doña Tina que casi siempre solía responder a las dudas de Irene no tuvo la respuesta en ese momento. Se quedaron conversando sobre el incremento de los feminicidios, que las autoridades debían mucho a la sociedad, a las mujeres víctimas de feminicidios, a sus familias, que falta más por trabajar en temas que ayuden a tomar conciencia sobre lo que implica la violencia en sus distintas formas, que las mujeres necesitan denunciar antes estas violencias y también que es necesario escucharlas y atender esas denuncias.
        Doña Tina logró convencer a Irene que fuera a desayunar con ella. Mientras le preparaba un atole de guayaba y unas dobladitas de frijol, Irene buscó el número de teléfono de alguien de la familia de su amiga para ponerse en contacto.  Se detuvo un instante y agradeció estar con doña Tina, las redes de apoyo en la vida siempre son importantes, pensó. Luego cerró los ojos y con un halo de esperanza dijo para sí, NO estamos solas, no estamos solas.

   

Fotografía: Sina Rosas: https://www.pexels.com/photo/people-protesting-on-a-street-with-a-hand-written-banner-20626940/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 253. A mi lado. Héctor Cortés Mandujano

               
     Polvo del camino/ 253

A mi lado
Héctor Cortés Mandujano

Voy montado a caballo por uno de los caminos de El Ciprés, la finca donde nací. A mi lado, en corcel magnífico, va mi padre.
Me descalzo para cruzar el río en el camino polvoriento de la finca a uno de los pueblos cercanos. A mi lado, en igualdad de circunstancias, va mi madre.
Corro y juego en el patio enorme de la finca. Me quedo en las noches viendo el cielo lleno de estrellas. A mi lado están mis hermanos, mis primos, muchas niñas, muchos niños.
Caballos, vacas, culebras, árboles, cerros, cielo…
Todo eso desaparece.

Pasan muchos años y he andado muchos caminos. Pegada a mí, con su mano enlazada con la mía, viene Luisa, mi mujer.
No pasa mucho tiempo y aparece, del otro lado, con una mano pequeñita que ha crecido y ya es la de una muchacha, Nadia Carolina, mi hija.
Después, como cerezas del pastel de la vida, como corona de maravillas, vienen acompañándonos Jacobo y Camilo, mis nietos.
Y ahora, en estos días, en este momento, junto a mí, cerca de mi corazón, están todos y todas los de Candox, y ustedes, mis amigas, mis amigos, mi nueva familia.
Gracias por estar con ellos, conmigo, con nosotros tres.


[Leí este breve texto en la ceremonia de reconocimiento que el Instituto de Arte y Cultura Candox A. C. me entregó el 17 de noviembre 2024, en el Teatro de la Ciudad “Emilio Rabasa”, donde también homenajearon a Manuel Suasnávar, pintor, y a José Israel Moreno, músico. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
   
Cartel «La divinidad del monstruo».




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

El tintero de Nadia. 13. Aedes aegypti. Nadia Arce

Aedes aegypti
Por Nadia Arce

Vampiritos inermes,
sublibélulas,
caballitos de pica
del demonio.

José Emilio Pacheco en "Mosquitos"


¿Quién diría, que un mínimo zumbido, puede ser el canto de la muerte?

¿Quién pensaría, que así se anuncia un dolor quebranta huesos?

¿Qué el portavoz minúsculo del terror tiene alas?

¿Quién podría creer que el verdugo más despiadado es así?

¿Él sabrá que contamina la sangre al grado de homicida?

¿Entenderá algo de su labor maligna, de su potencial oscuro?

¿Será lógico pensar que es natural su existencia macabra?

Yo lo sé.

Viernes 15 noviembre 2024
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www.eltinterotallereditorial.com.mx

*Sobre la autora:

Nadia Arce

Poeta, narradora, fotógrafa independiente, difusora cultural y editora.

Es fundadora y directora de El Tintero Taller Editorial, el cual ya cuenta con más de cuarenta
libros publicados desde poesía, cuento corto, autobiografía, novela y poesía.
Egresada el ITESO como Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Es coordinadora de talleres literarios, impartidos tanto en su país, México, como en el extranjero; es fotógrafa independiente y creadora del proyecto cultural Mil Mujeres.
Ha sido jurado de numerosos concursos literarios, como el reconocido concurso internacional de cuento: Juan Rulfo.
Fue Coordinadora del Taller Literario Elías Nandino en Cocula, Jalisco.

Reconocimientos:
Premio International Latino Book Awwards 2024 (ILBA24) otorgado a la antología poética Vivas las queremos: Voces del mundo contra el feminicidio, en coautoría.

●Autora seleccionada en el Calendario Literario Tiempo de Mujeres 2022 y en la publicación anual del Encuentro internacional de Poesía “Víctor Campio” de Ourense, España (2022). Además de otras publicaciones colectivas nacionales e internacionales.
● Antologada en el Diccionario de Escritores en Jalisco (2020) y Diccionario de
Escritoras en Guadalajara (2019), referenciada en la Enciclopedia de la Literatura en
México desde 2002.
● Ganadora del prestigioso concurso Cuento Corto Punto de Lectura en el marco de la
FIL de Guadalajara 2002, convocado por la editorial Punto de Lectura y el Diario
Milenio.

Obra publicada:
En el corazón del arce (El Tintero Taller Ed., 2024); Cómo echar a volar mi pluma. Manual de escritura de El Tintero Taller Editorial (El tintero Taller Ed.), 2023; Barco de palabras para soportar naufragios (2022, El Tintero Taller Ed.);
Bitácora Encendida (2019, Ed. Prometeo); Rayado Personal (2017, Ed. Serpiente de Papel);
Fuego Azul (2016, Ed. El Viaje). Brilla Palabra (2007. Ed. Cabos Sueltos); Dondequiera
poesía
(2005, RAIA Editorial).

Disquisicionario. 10. La frágil brillantez del foco. Esteban Martínez Sifuentes.


La frágil brillantez del foco
Esteban Martínez Sifuentes

Recuerdos de la infancia, supongo que invaluables pues los estoy rememorando con nostalgia a punto de las lágrimas, no porque ya pasaron y son irrecuperables, sino porque involucran a seres entrañables ya fallecidos, que creo viene siendo lo mismo y más vale ir directo al grano como recomienda el dermatólogo.
Eran delicadísimos y había que tratarlos con sumo respeto, con cuidados casi de doctor o comadrona que levanta al cielo el nuevo ser como ofrenda a la vida y lo deposita al lado de la heroica mujer que lo acaba de parir. Se sacaban despacio de la bolsa del mandado, se desempaquetaban conteniendo el aliento y había que enroscarlos en su matriz, el socket, con ayuda de una silla o mesa apuntalada por varios brazos. No a cualquiera le permitían colocarlo, solo a los mayores o más sangre fría. No fueras a romperlo o, algo menos preocupante para los espectadores, quedarte “pegado”, electrocutado.
Creo que con bases verídicas (los focos eran preciados y delicadísimos, insisto), se erguía como valla electrificada la tajante prohibición parental de no activar el apagado-encendido varias veces seguidas, so riesgo de echarlos a perder, “fundirlos”, y el consiguiente castigo.
Despierto desde chiquillo, mi coetáneo primo Remigio vivía en el rancho que mi familia había abandonado años atrás para radicarse en una localidad mayor. Nosotros teníamos energía eléctrica, luz, él no. Cuatro o cinco de edad, un día por la mañana llegó de visita a casa con sus padres, descubrió en la sala-dormitorio el foco, con la mirada siguió el cable hasta el interruptor, acercó una silla y se puso a activarlo una y otra vez con los ojos arrobados hacia la irradiación que obedecía la voluntad de su mano. Observándolo con escandalizado-pasivo interés, confieso que me sentí orgulloso, en zancos. Yo contaba con el asombro de la luz y él no. Reconocí aquella soberbia en otros y en mí mismo cuando fui a laborar a Estados Unidos. Allá cualquiera se cree con derecho de sentirse superior por cualquier cosa, por nada, así opera el mecanismo.
Su filamento incandescente, protegido por una delgada cáscara de vidrio o ampolla en forma de pera (creo que no existían de otros), era el foco de atención, mientras no se fundiera o se interrumpiera el fluido eléctrico, que era muy frecuente. Hay personas y objetos que refulgen por su ausencia, y el foco lo hacía incluso cuando se iba la corriente.
─A ver a qué hora reaparece esa maldita luz, no puedo leer el periódico.
─Paciencia, Melchor.
─Mamá, ¡tengo un resto que estudiar y no viene!
─Usa una vela, hijo, en la alacena hay varias. Pero coge de las cortas no de las largas, que son para el altar a San Francisco.
Y el hijo, efectuando una rapidísima ecuación gasto de energía requerido para ir a la alacena + encontrar el objetivo corto + los cerillos y además afianzarla en su mesa sin provocar un desastre = exclamaba como si ella fuera una inconsecuente: “¡Mamá, no es lo mismo!”
Sinónimo de hallazgos e ideas brillantes, la citada ampolleta o bombilla fue durante un siglo el solecito nocturno que fue alargando nuestras horas de vigilia y restándole misterio a las radionovelas (radio de pilas) e intimidad a las charlas en la sala hogareña o los centros de reunión colectivos. Es una opinión, hay otras que indican que hizo al mundo más activo y menos sórdido. Ahora, para amenguar el robo de casas, coches o la violencia contra las mujeres, hay profusa iluminación en las calles urbanas a lo largo de la noche; los delitos, empero, no disminuyen.
Por lo menos la iluminación electrificada nos liberó del hollín y los gases de la vela y la lámpara de petróleo o aceite, quinqué o mechero, que se concentraban en los espacios cerrados y apestaban la ropa. Las luces artificiales de ahora contaminan casi igual, pero ya no en nuestra propia casa. ¿Un logro?
Antes las bombillas eran casi las únicas que coloreaban la grisura, al presente disponemos de infinidad de alternativas, leds, diversos gases, las que se apagan o encienden al paso de un humano o un perro callejero, con una palmada o dos, a distancia, con la fuente dirigible, con efectos, de múltiples formas, tonos e intensidades, ocultas en el techo, el piso o quién sabe dónde. “Sistemas de iluminación” les llaman. Todas requieren, no obstante, de otro prodigio que debemos revalorar, aunque parezca ubicuo e ilimitado: la electricidad, de alto impacto ambiental en su producción, distribución, almacenamiento y despilfarro. La “ciudad de la juerga permanente”, Las Vegas, es el summum de eso.
Siempre dispuesto a mejorar las invenciones de otros, Edison, con alguno de los semiesclavos a su servicio, la perfeccionó y se alzó con las primeras ganancias de su comercialización, allá en los penúltimos decenios del XIX. Revelador de la necesidad de luz en nuestras vidas es el verbo inglés to focus, que significa por igual (grados de más o de menos como todos los sinónimos y traducciones) “centrarse”, “poner atención”, “enfocar con la cámara”, “exhibirse”, “iluminar” algo. Elocuente, la etimología latina también arroja su rayito esclarecedor. “Foco”: hoguera, hogar, fuego hogareño, aunque iluminara también el patetismo de la desesperanza en una cantinucha al amanecer, como en The Iceman Cometh del dramaturgo Eugene O´Neill.
Emparentado con la bombilla eléctrica, sobre el juego de luces y sombras reales e imaginarias que llegan a desquiciar y consentir la mentira, es obligado colar la cinta “Luz de gas” (George Cukor, 1944); en su origen una obra de teatro, ha dado nombre a un abuso psicológico (gaslighting) en el que se orilla a alguien a cuestionarse su propia cordura. Manipulación de la luz.
Parece novela de conspiraciones tipo Dan Brown o así, es veraz: existió un grupo delictivo para controlar las bombillas. El cártel Phoebus lo crearon, entre otras, las empresas europeas Osram y Philips y la estadounidense General Electric en 1924 para mangonear la fabricación y venta de focos. Uno de sus principales acuerdos era que las bombillas no debían durar más de mil horas (42 días aproximados si permaneciera encendida las 24 horas). Dicen que desapareció tras la Segunda Guerra Mundial; sospecho que aún conspira y continúa diversificándose con el seudónimo de “obsolescencia programada”, esto es, consumismo y mayores dividendos para los oligopolios. En el cuartel 6 de bomberos de Livermore, California, perdura una bombilla encendida desde 1901; fue fabricada por una honesta compañía de Ohio sumergida en la oscuridad hace añales.*
En esta época quizá sea mejor, mera sugerencia para descentrarse de la aguerrida cotidianeidad, ir a platicar a las montañas libérrimamente, solo o con los allegados, a los únicos resplandores de la titánide Selene de cabellos plateados y las luciérnagas o cocuyos. O, con moderación porque también contamina, al amor de una fogata y si acaso media botella de tequila o lo que os apetezca.


*En Afinidad Eléctrica, “El cartel Phoebus”: https://afinidadelectrica.com/2020/04/29/el-cartel-phoebus/
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En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.