Líneas de desnudo. 106. Pesimismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 106

Pesimismo
Por Manuel Pérez-Petit

Me dice una persona muy querida que mis artículos son pesimistas y trágicos, que habrá que ver la vida por otras caras…, y esto me ha dado para pensar en la combustión en que vivo lleno de asombro.

M. P.-P.
El asombro es gratuito. Aparece por sorpresa y nadie puede controlarse ante él. Es como la verdad: provoca risa. Las inevitables risas del asombro y de la verdad se parecen mucho, y vengan de donde vengan amplían el mundo.
            Podemos luego creer en el azar o la fortuna o en la providencia, que son conceptos antagónicos, en el determinismo social o en definir el mundo como voluntad y representación, fuente inevitable de terribles sufrimientos, siguiendo a Arthur Schopenhauer (1788-1860) en su pesimismo radical. De leerme, este filósofo alemán no diría que mis artículos son pesimistas sino todo lo contrario, ya que su ateísmo convencido le impediría concordar con mi declarada fe, que dota a lo que escribo de esperanza, concepto imposible de asimilar para él.
            En cierto modo, todo depende del punto de vista, y más en este maremágnum a veces histérico a veces neurótico en que hemos permitido que el mundo se convierta. Alejado de los focos mundanos, Schopenhauer tuvo tiempo de contemplar y reflexionar acerca de lo observado, actividades con las que el común de los mortales actuales no solo ni sueña sino que ni se plantea. Hay, eso sí, una minoría de personas, y yo conozco a varias, que se salen de lo común, y contemplan, y reflexionan con sentido, y son capaces de asombrarse ante el mundo y las cosas que pasan. Y en ellos radica la esperanza de nuestra ajada y depauperada sociedad Occidental de no convertirse en el peor de los mundos. 
            Sin embargo, todo invita a irse, a exiliarse de la realidad. ¿Merece de verdad la pena implicarse? Pese a que todo indica lo contrario, yo creo que sí, pues soy, como Schopenhauer, un idealista, un inadaptado crónico especialista en sonoros y aplastantes fracasos. Yo tendría motivos reales para ser pesimista y trágico, en efecto, pero mi voluntad me impide sucumbir ante esa “dorada” tentación, y más aún teniendo asuntos pendientes y tantas cosas buenas por hacer, y más habiendo cada día más retos que afrontar y que cada vez somos menos los que tenemos la voluntad de darle la vuelta a la tortilla de una realidad que cuanto menos escuece, dado que siendo realistas, interesándose y observando el mundo, comprometiéndose hasta las entrañas, incluso con capacidad de asombro, que es la fuente de la belleza, aquello sin lo que no podríamos vivir aunque no lo sepamos, todo emprendimiento lleno de luz tiene como enemigo implacable esa oscuridad llena de oropeles con que las sirenas de la velocidad y el hastío nos pretenden fagocitar con sus redes abducientes y esclavizantes.
            ¿Donde están la rebeldía, el libre pensamiento, el espíritu crítico o el afán por vivir, aunque sea por quitarle la razón a Schopenhauer, y que son las verdaderas armas contra la desaparición del asombro, la relativización de la verdad y la implantación de la nueva esclavitud, que son casi inevitables? Podríamos decir, para estar más cómodos, “¡Vivan las cadenas!”, como decían algunos españoles de hace dos siglos para rendir pleitesía al nefasto Fernando VII, y nos quitaríamos en apariencia de “problemas”, sin darnos cuenta de que entraríamos de cabeza en la “resolución final”, el de la sociedad de los muertos que andan por la calle, objetivo de la pesimista y trágica distopía que ahora estamos viviendo, pues por desgracia no se puede ver la vida hoy por otras muchas caras.
   
Fotografía de retrato de Arthur Schopenhauer, por Johann Schäfer. Marzo de 1859.
Fuente de la fotografía: Biblioteca de la Universidad de Frankfurt am Main. Tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Arthur_Schopenhauer_by_J_Sch%C3%A4fer,_1859b.jpg

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 105. El libre albedrío. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 105

El libre albedrío
Por Manuel Pérez-Petit
Puede ser que sea que me parezca al padre de alguien o a su hermano o a su ex-marido o a algunos de sus ex-novios o al fontanero del que se prendió una mañana en que los rayos del sol llegaban al fondo de la cocina, no lo niego, como tampoco que a veces por estornudar o por levantar un dedo en una conversación alguien se haya sentido agredido o incluso amenazado por mí. Al fin, en todas partes soy y siempre seré un extranjero, como Rosaura, quien con hábito de hombre llega a Polonia, se pierde en el camino, encuentra en un risco una torre y cuando se acerca a ella escucha una voz: “¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!”, y se llena de tristeza. Allí está encerrado Segismundo, príncipe inconsciente de Polonia, quien, como yo cuando le recuerdo a alguien a su padre o a su hermano o a su ex-marido o a algunos de sus ex-novios o al fontanero del que se prendió una mañana en que los rayos del sol llegaban al fondo de la cocina, generado ríos aéreos de partículas de polvo y brillos en las llaves del agua que parecían estrellas, no entiende nada, ni la cadena que le sujeta ni las pieles que le cubren ni la razón de su existir, pues toda su vida ha permanecido en esa cueva.
            Puede ser que sea que recuerde, como también me ha pasado, al violador que abusó de alguien en su niñez, aunque fuera por la sola razón de llevar bigote, como en algunas temporadas ha sido, al que rentaba las bicicletas de no sé qué parque o solo por ser extranjero ser considerado un peligro. Y aún a sabiendas de mi condición apátrida no dejo de ser yo, puesto que si llegara el dia en que me desataran de la cadena y me vistieran con ropas adecuadas a mi rango, y ser el rey por un día, podría estallar de ira en el desconcierto de una realidad desconocida y volverme loco, como el rey Basilio interpretó, basado en la profecía que auguraba que Segismundo, su hijo secreto, sería cruel y terrible, para justificar dormirlo de nuevo y regresarlo a su torre, haciéndole creer que nunca salió de allí, y cuando allí se vió Segismundo dijo aquello de:

            Yo sueño que estoy aquí
            destas prisiones cargado,
            y soñé que en otro estado
            más lisonjero me vi.
            ¿Qué es la vida? Un frenesí.
            ¿Qué es la vida? Una ilusión,
            una sombra, una ficción,
            y el mayor bien es pequeño:
            que toda la vida es sueño,
            y los sueños, sueños son.
 
            Así, los fantasmas subjetivos de los demás se manifiestan contra uno –puedo ser yo o puede ser cualquiera–, y la culpa es de uno, no del que inventa parecidos que en nada son reales, pues es uno el que se expone a ello. Así, cuando los soldados, en la contienda civil que se establece al ser de conocimiento general que es el auténtico príncipe heredero, van a liberar a Segismundo, que está decidido a hacer el bien, y es restituido a su honor, éste decide castigarlos por haber traicionado a su padre, el rey, y pone orden en el viejo y oscuro reino de Polonia, negando cualquier posibilidad de venganza. 
            Y es que, como bien dice Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) en su “La vida es sueño”, obra cumbre de la literatura universal, el libre albedrío es más fuerte que el destino. Dicho de otro modo, todos tenemos fantasmas subjetivos, y todos ellos son dignos de comprensión, pero depende de uno no darles rienda suelta, pues ni yo ni nadie somos el padre, el hermano, el ex-marido, ninguno de los ex-novios o el fontanero del que se prendió una mañana en que los rayos del sol llegaban al fondo de la cocina, así como tampoco el señor con bigote que abusó de nadie hace muchos tacos de almanaque, el que rentaba las bicicletas de no sé qué parque o un extranjero que, por serlo, merezca la vitola de ser un peligro, y menos sabiendo que quien es extranjero en todas partes no lo es en ninguna. 
            Lo que se ha perdido en nuestra sociedad Occidental es el libre albedrío, aquello que permite ser un buen rey a Segismundo y que nos impide ser justos –aún siéndolo en realidad–, dejándonos arrastrar por nuestros fantasmas subjetivos y proyectándolos en los otros arrastrados por nuestro propio descontrol.
Reproducción digital a partir de Primera parte de comedias de Pedro Calderon de la Barca …, En Madrid : por la viuda de Iuan Sanchez, a costa de Gabriel de Leon …, 1640, h. 1-26 Localización: Biblioteca Nacional (España). Sig. R/12588
Origen de la imagen: https://www.cervantesvirtual.com/obra/la-vida-es-sueno--8/ 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 104. El daño gratuito. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 104

El daño gratuito
Por Manuel Pérez-Petit

A Lourdes Uranga, que es de los ateos que irán al Cielo.

Para un foráneo no es posible pasear sin más por Tepito. Adentrarse por esas calles es una experiencia de alto riesgo. Tepito es una república independiente. A los que no conozcan este país de los milagros ni esta utopía desmesurada que es la Ciudad de México les puedo decir que para adentrarse por las calles tepiteñas hay que atarse los machos a la vieja usanza, pues el barrio es bravo hasta dar miedo. Allá, donde la Ley es relativa, y se impone la costumbre y la casta, los varones llevan pistola y mano larga para golpear a sus mujeres por la mera razón de que por ser machos llevan el mando. Y en ese territorio indómito nació, hace 83 años, Lourdes Uranga López.
            Ella cuenta que por parecer varios años menor a su edad se libró durante un tiempo del acoso machista, pero que llegó el día en que un hombre abusó de ella, a raíz de lo cual mereció una paliza que le proporcionó su hermano y la obligación de casarse con su agresor. No deja de ser curioso que luego, unos años después, ambos hermanos coincidieran como buenos y leales camaradas en las filas del Frente Urbano Zapatista (FUZ), una de las guerrillas que, con el ideal del socialismo y el combate a la desigualdad, se enfrentó a un estado mexicano que era arbitrario y apuntaba a un neoliberalismo extremo, casi sometido al imperialismo estadounidense.  
            Como guerrillera, entre otras acciones, Lourdes participó en el primer secuestro de un alto funcionario del gobierno federal: el del director de Aeropuertos y Servicios Auxiliares Julio Hirschfeld Almada, que tuvo lugar en los últimos días de septiembre de 1971, y cuyo rescate fue empleado en parte en ayudar a madres de familia en situación de necesidad. En enero de 1972 el FUZ fue desmantelado por la agencia de inteligencia mexicana, que sometió a Lourdes y a sus compañeros a varios días de detención clandestina, con torturas y vejaciones, hasta su puesta a disposición del juez, que los condenó a prisión. En 1974, a sus integrantes se les ofreció el exilio. Y Lourdes marchó primero a Cuba y luego a Italia, exiliada de un país, su patria, en el que, de manera paradójica, se celebraban elecciones “democráticas”. En 1979 el gobierno mexicano decretó una amnistía que le permitió regresar, haciendo carrera con posterioridad en el ámbito académico, como maestra de antropología de treinta generaciones de alumnos de la Universidad Autónoma de Chapingo. Hoy Lourdes es una mujer femenina y feminista, fuerte, noble, más comprometida que nunca con la justicia social, inteligente, comprensiva, generosa, sensible y capaz de hacer posible lo que parece imposible: poner de manera efectiva una piedra radical en la edificación de un mundo mejor. Por eso creo de verdad que es de los ateos que irán al Cielo. 
            El pasado miércoles día 8 Lourdes me invitó a participar en la marcha feminista de la Ciudad de México y no puedo negar que fui con miedo, yo, que he sido incluso acusado de manera arbitraria, injusta e indemostrable de algún episodio de violencia contra la mujer por la sola razón de que alguien, con un trastorno mental evidente y descompensado, y que me ha despojado de casi todo, levantó su mano para utilizar a personas que eran amistades mías y a quienes conoció por mí, faltando de paso el respeto a las mujeres que de verdad sufren. 
            Lourdes es un ejemplo admirable y una inspiración, y hoy, a un año y dos días de haber publicado en este Letras, ideaYvoz mi artículo Feminismo, ya en el camino de curarme del último daño recibido por mi torpeza en la vida, con tanto bueno por hacer pendiente, refrendo con plena convicción mi compromiso con la igualdad, la justicia y la verdad, y más aún sabiendo que en esta América latina, por desgracia, como en otras partes del mundo, siguen existiendo mujeres agredidas de manera gratuita. Incluso por “tradición”. Y no digo de manera injusta porque no hay ni siquiera una verdad que pueda justificar agresión ni daño gratuito alguno. 
Miércoles 8 de marzo de 2023. Acompañando a Lourdes Uranga y participando en la marcha del Día Internacional de la Mujer de la Ciudad de México.
Fotografía: ©Rocío Betancur, de prensa del Sindicato de trabajadores académicos de la Universidad Autónoma de Chapingo. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 103. Lectores (2 de 2). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 103

Lectores (2 de 2)
Por Manuel Pérez-Petit

Ha sido un caso raro el de Lectores (1 de 2): el artículo en este mi Líneas de desnudo del que más mensajes he recibido –y todos mostrando su acuerdo con lo que yo decía– y, a la par, uno de los menos leídos de mi ya más que centenaria trayectoria en Letras, ideaYvoz. Esto me da que pensar que, en efecto, no hay lectores, porque, ¿a quien le interesa leer, y más cuando el hecho de leer de verdad, con todas sus letras, como vemos, es, en general, una actividad desprestigiada tanto desde arriba como desde abajo de la sociedad? ¿Por qué nos asombramos cuando entramos a una casa y vemos libros, al margen de que es cierto eso de que en la inmensa mayoría de los hogares no hay lugar para ellos?
            En las clases sociales más bajas no se lee porque los libros son caros, porque da pereza hacerlo o porque, yendo a lo más sencillo, la lectura no es una prioridad para nadie. O por las tres cosas a la vez. En las clases altas, leer en no pocas ocasiones es un esnobismo, algo con lo que aparentar ante los demás. En las clases medias, esto es, en la mayoría, leer es optativo. No existe la necesidad perentoria de comer, se puede ahorrar y, por ello, también comprar libros y leerlos –que son dos cosas muy distintas–. 
            ¿Es necesario, por otra parte, ser escritor para tener una inmensa biblioteca, cuando éstas, a la postre, son una inmensa minoría? La respuesta es no. Para ser escritor no es necesario tener libros; es imprescindible leerlos. ¿Acaso lo es para conformar aristocracias endogámicas que solo se interesan por sí mismas? Pues tampoco. El que ama los libros es como el que ama las macetas. Tiene, y muchos. Los cuida, los limpia y los ordena, hasta con curiosidad de coleccionista. Que los lea o no es otra cosa. 
            Se puede leer mucho y que ello no suponga nada para uno. Hay quienes leen y leer es a ellos como el polvo a las maletas. No les permea. Mucha culpa de esto la tiene la sociedad de la velocidad y la intoxicación informativa que vivimos. Hay quien lee menos y lo que leen les entra hasta las entrañas. Hay quien no lee libros, pero se lleva la vida leyendo, pues no todo son los libros. Mucha gente necesita leer la misma página dos y tres veces y siguen sin enterarse de lo que leen. Son victimas pero también carecen de intencion. A los que dirigen la sociedad les interesan las mentes rigidas, planas, de una porosidad inexistente. No son pocos aquellos para los que un libro es una cosa rara, difícil de desenredar, intrincado y confuso. O incluso un enemigo. Mi primera esposa decía que no quería libros en casa porque eran una fuente de bichos y suciedad. Y era periodista. Tuve que tener mis libros, en consecuencia, durante los cuatro años que duró el matrimonio, con mi madre. Luego, claro está, me reclamaba que pasaba demasiado poco tiempo en casa... 
            Habrá quien diga que el libro es un invento polémico y problemático, pero lo cierto es que sin libros no hay democracia, no hay libertad y no hay paz. El final del libro es el comienzo de la tiranía, de todo lo indeseable para el ser humano. Pero incluso más allá podría haber muchos libros en todas partes, y que nadie los leyera, ¿se lo imaginan ustedes, por ejemplo, los muy pocos lectores que hay que leen sobre los lectores?
Entre el 18 de febrero y el 2 de marzo de 2015. XXXVI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Pabellón Estado de México. Espacio de Sediento Ediciones.
Fotografía: Archivo de Sediento Ediciones, propiedad de M. P.-P. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 102. Lectores (1 de 2). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 102

Lectores (1 de 2)
Por Manuel Pérez-Petit

Desde el pasado día 23 y hasta el domingo día 3 de marzo, en la capital de México, la nación con mayor número de hablantes de la lengua española, se está desarrollando la 44 edición de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), el más importante evento nacional mexicano de promoción del libro y la lectura, por lo que inicio hoy una serie de dos textos acerca de los lectores, de los que son, de los que pudieran ser, de los que serán, de los posibles y de los imposibles.

M. P.-P.
Debo entender –y no es poco– que existe un cierto consenso en relación a la necesidad de la lectura como elemento clave para la conformación no solo de la conciencia personal sino también del desarrollo de la sociedad. Digo que no es poco porque hoy y desde hace tiempo las aguas del mundo bajan tibias, casi frías, con una indiferencia palmaria, en relación a lo cultural y, en consecuencia, a algo tan “menor” como la lectura. “Menor” para los que dirigen nuestros destinos, a los que atemoriza hasta el enflaquecimiento la posibilidad de que la gente lea, y “menor” también –a qué negarlo– para las personas “comunes”, instaladas por lo general en la comodidad de los medios pasivos, o sea, en las antípodas de la lectura, que requiere, sin ir más lejos, esfuerzo.
            El lector se construye a sí mismo y al mundo. Aún estamos lejos de una sociedad lectora, pero los lectores existen. Son más que los que indican las estadísticas, aunque los completos, poseedores de carácter y criterio, generadores de masa crítica, escasean. Abundan los banales frente a los conscientes y responsables, pues todo invita a lo superficial, al facilismo y al desprecio a la voluntad, al esfuerzo o a la calidad.
            Ahora bien, hay más escritores que lectores. Es un contrasentido y un paradigma de nuestro tiempo. En mis casi cuarenta años como editor en medios y en editoriales he podido conocer muchos miles de textos, y sacar la conclusión de que una gran mayoría de los que escriben no leen. Lo hacen como piensan o como hablan, pero desconocen los registros de la escritura, por no ser lectores. Es un índice más preocupante que los de lectura. Todos podemos ser escritores, bien es cierto. A escribir solo se aprende leyendo, pero el oficio se adquiere por múltiples vías. Y así como ningún escritor puede dimitir de su deber con el lector y con la sociedad, todo el que es verdadero, por serlo, consciente o no, cree, crece y crea, incluso aunque lo niegue. Y el escritor en español posee mayores y más cualificadas herramientas y recursos que ningún otro en el mundo, no solo por el “tesoro” lexicográfico de la lengua sino por su fuerza interior y expresiva y su expansión, evolución y crecimiento continuo, merced a lo cual no conoce fronteras. 
            Los lectores existen, y no son pocos, pero nos generan dudas. Los lectores completos, los que tienen criterio y combinan diversos tipos de lecturas, escasean. Hoy por hoy hay más lectores banales de información efímera que lectores conscientes, pues todo lo que nos rodea invita a ello, a lo superficial, al flash, al chisme, a lo que dicen otros, a la supremacía del ingenio. Hay también lectores especializados, que solo leen lo que leen, guiados por intereses concretos. O lectores exclusivos de información periodística. Es más, entre estos últimos los hay que con exclusividad leen noticias deportivas. Abundan los que leyeron hace años y viven, por decirlo de algún modo, de las “rentas” de esas lecturas. Los que por lo que entiendo que es la velocidad del mundo no tienen tiempo para leer aunque presumen de ser lectores. En muchos ámbitos queda mal no hacerlo, o no decir que se hace. Y los que solo leen referencias, y hasta le sacan réditos a eso, mostrándose ante los demás como entendidos. 
            Y todo esto está muy bien, pero yo me pregunto para qué sirve al final, cuando sin criterio formado ni orientación por lo general debemos enfrentarnos si queremos ser lectores a un enorme pajar inflacionista de textos a leer. Un pajar en que encontrar el grano es el más difícil todavía. Y máxime cuando en una inmensa mayoría de los hogares no hay lugar para los libros. 
            (Continuará…)
Cartel de la 44 FIL del Palacio de Minería.
Fuente de la imagen: http://filmineria.unam.mx/feria/44fil/galerias.html 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 101. Brevería de cantina. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 101

Brevería de cantina
Por Manuel Pérez-Petit

A Ladislao Melchor Franco

La palabra ‘nostalgia’ no tiene cabida en el vocabulario de mi vida real. Soy de los que viven cada día como único e irrepetible, y viviendo con plenitud no echo en falta nada de aquello que tuve y que hoy no tengo. Esto me viene de siempre y desconozco su raíz, y aun no siendo teórico yo siempre lo atribuí a mi lectura, con algo menos de quince años, del opúsculo “De la brevedad de la vida” de Séneca, pero sé que esto es también una impostura.
            Nunca en mi vida eché de menos nada y siempre he disfrutado todo lo que tengo cuando lo tengo, no echándolo nunca de menos cuando ya no lo tengo. No recuerdo haber sentido nunca ninguna ausencia, y sin embargo reconozco que hay presencias que habitan en mí con carácter perenne; permanencias sin las que no podría andar mis caminos, que me dan luz y calor y aliento.
            La realidad y yo somos amigos, y aunque, a veces, yo ande por las nubes, suelo tener cierta facilidad para pactar con la realidad, a la que conozco más de la mitad de lo que me apetecería y aprecio en el fondo menos de la mitad de lo que debería. No obstante, la tomo como necesaria, al menos en mi afán de dar uso noble al don gratuito que es la propia vida. 
            Ya sé que no debería, pero desconozco el concepto de decepción, lo cual lo atribuyo a la naturaleza subjetiva del mismo. La privación de lo amado –a veces, la que es fruto de una decisión y otras la impuesta–, en sus diversas manifestaciones, abre sin piedad enormes boquetes en mi línea de flotación vital, causando estragos de imprevisibles consecuencias e incrementando en progresión geométrica mi paradigmática discapacidad, que me viene de fábrica. 
            Nunca reclamo lo que es mío –ya sé que es otra de las cosas que hago mal– y sé con total conciencia que yo soy el único responsable de todo lo que me ha ocurrido y ocurre en este torpe transitar mío. Y todo es todo. Soy responsable, por ejemplo, de lo que sufro, de lo que perdí, de los saqueos y agresiones a que he sido y soy sometido y con que el mundo bendice mi inocencia, y de igual modo de mis logros, y debo reconocer que en gran parte éstos se los debo a otros. En efecto, solo yo soy responsable de todo. De lo ganado. De lo perdido. De lo nunca encontrado. De haber olvidado muchas veces lo aprendido. Soy reincidente en mi capacidad de cometer errores. Soy lo más necio y tozudo que nunca he conocido. No me gusta vivir expoliado, pero lo cierto es que son incontables los despojos que he experimentado en mis propias carnes. Vivo, en consecuencia, ligero de equipaje, como Antonio Machado, muchas veces de manera involuntaria. Siempre camino del exilio. Soy experto en tragar el polvo de todos los caminos, lo cual no es plato de buen gusto. 
            Así, en medio de tanta inequidad y naufragio, me levanto en amor dado una y otra vez, como si nunca hubiera sucedido nada. Y aun viviendo el desgarro del dolor de mis heridas, las circunstanciales y las crónicas, cuya extensión me cubre por completo, en mi renovación incansable, lo perdono todo. 
            Empiezo por perdonarme a mí mismo, actuar en conciencia y cumplir siempre con lo debido, como vía para regresar a todo comienzo, que es el volver a una condición original una vez tras otra que me aleja del mundo, me hace salir de toda hecatombe y cada vez más me completa, porque en cada piedra de mí mismo pongo mi gratitud sin medida.
            Al fin y al cabo, lo que caracteriza la vida, ese don hoy tan devaluado, es su condición de regalo inopinado, divino, y, en consecuencia, la plenitud de su brevedad. Esa misma brevedad en la que nunca aprendo.
Circa 1989. Página al azar de uno de los cuadernos de bitácora del autor, hoy perdido en uno de sus naufragios.
Fotografía: ©M. P.-P., 2016. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 100. De Yolotepec a Yunuén y más allá. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 100

De Yolotepec a Yunuén y más allá
Por Manuel Pérez-Petit

El día que cumplí 10 años experimenté una emoción especial, pues alcanzaba un hito que, en principio, me acompañaría toda la vida: una edad de dos cifras. Hoy, que cumplo 100 artículos en este admirable e irreductible proyecto de Roger Octavio Gómez Espinosa, Letras, ideaYvoz, mi sensación es la misma. Vaya mi gratitud por delante. Escribir estos textos que publico acá es para mí incluso más que un ejercicio de salud mental; es el proceso de prueba y error y de autoconstrucción –muchas veces de auto-reconstrucción– más grande que nunca pude concebir. Por eso, quiero dedicar este artículo a la mayor fuente de alegría que conozco junto al ejercicio del periodismo, que es la misión de mi vida.

M. P.-P.
El 2 de junio de 2011, en que fue inaugurada la biblioteca que lleva mi nombre en Yolotepec, comunidad otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, fue el día en que tomé conciencia de mi lugar en el mundo. Durante años, gracias a la maestra Mónica Castro Moreno, estuve acudiendo con regularidad, humildad y discreción a ese lugar ubicado a las orillas de la México-Laredo a declarar mi amor por esos niños, esa gente y el mundo rural mexicano, tan dejado de la mano de Dios como de la de los gobernantes. En ese proceso de compromiso y servicio descubrí que había que hacer más, y armé la causa Libros por Yolotepec para la promoción del libro y la lectura enfocada en la recolección de libros en donación por parte de particulares, instituciones y empresas para bibliotecas y espacios de lectura indígenas de los ámbitos rural y marginal urbano de México, y para aportar al impulso y la creación de éstos en los lugares en que aún no los haya, así como también para aquellos lugares ya preexistentes que no reciben ayudas ni apoyos por parte de ninguna institución pública o privada para la consecución de sus fines. Sé que es la misión de mi vida, y el pasado 2 de octubre de 2022 fue refrendada y reforzada con la inauguración de otra biblioteca con mi nombre en la isla de Yunuén, Michoacán. Hoy, para celebrar mis cien, quiero compartir lo esencial de lo que dije ese día.
            “Yunuén es la isla de la media luna –comencé–, en la que desde tiempos ancestrales nacieron, se enraizaron y difundieron las leyendas fundacionales purépechas, pueblo indígena indomable con idioma propio que cuenta en la actualidad con cerca de ciento cincuenta mil hablantes repartidos por todo Michoacán y algunos otros lugares del mundo y cuyo centro neurálgico es precisamente este lago. En mayo de 2022 esta iniciativa comunitaria y de compromiso social que hoy, aquí, inauguramos, nació como una inquietud por traer libros a la comunidad. Algunas personas se movilizaron entonces para hacer posible este sueño, que ya a finales agosto cristalizó cuando cuajó la idea no solo de traer libros sino de crear un espacio multicultural permanente que tuviera como epicentro el libro y el fomento de la lectura.”
            Valoré el esfuerzo conjunto por el que nacía la biblioteca, “cuyo fin es que la comunidad de esta isla tenga un espacio desde el cual fomentar con eficiencia la cultura del libro, que trabaje de manera permanente en favor de una educación multilingüe, buscando la dignificación de nuestras lenguas originarias y de los pueblos originarios como fundamento esencial y fundacional de la nación mexicana y que convierta a Yunuén y a la isla vecina de Pacanda en particular y, en general, al lago de Pátzcuaro y su entorno, en un faro indispensable de cultura, dignidad humana, convivencia y paz”. 
            “El día de hoy –continué–, estamos aquí reunidos a fin de cortar la cinta de la Biblioteca de la Isla de Yunuén, la cual está concebida con un carácter generalista y contará con un acervo inicial de seiscientos once títulos (...), [entre los cuales, hay] libros de México, sobre México, y también en lenguas originarias, pues no hay que olvidar que nuestra patria mexicana, la de Morelos, que era purépecha como ustedes, cuenta con sesenta y ocho idiomas indígenas, todos ellos lenguas nacionales con igual valor y validez desde el 15 de marzo de 2003 en que se publicó la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas. Pero no solo esto; con sus variantes y dialectos, nuestras lenguas nacionales suman un total de trescientas sesenta cuatro lenguas vivas, y es nuestro deber como personas que amamos a México fomentarlas, cuidarlas y cultivarlas, pues si se diera el caso de que algún día, fruto de nuestro descuido o falta de interés, desaparecieran, perderíamos nuestra identidad y nuestra razón de ser”. 
            Y para concluir, afirmé: “Y Libros por Yolotepec, mi causa, que nació a partir de la iniciativa que hace once años diversas personas pusieron en marcha para ponerle mi nombre a la biblioteca de Yolotepec, comunidad otomí del estado de Hidalgo, y que despertó mi sensibilidad y mi compromiso social, comunitario y cultural con México, con el México al que amé desde muy pequeño, al que siempre aspiré y del que espero ser algún día digno ciudadano, va a poner todo de su parte para sea posible este propósito. Por ello, por el pueblo purépecha, por Yunuén, por el lago de los sueños que es éste de Pátzcuaro y por México, erigimos hoy este faro para creer, crecer y crear.” 
            Vaya esto, pues, hoy, no solo como muestra del camino de amor entre las dos “Ye” de mi misión, Yolotepec y Yunuén, que marcan el rumbo de lo que debe ser y es solo el principio, sino como celebración de mis cien artículos publicados acá, en medio de la ruina, como motivo esencial de alegría y esperanza, que tanta falta hace en medio de tanta tristeza.
 __________
Nota del autor
Dedico este artículo a los millones de mexicanos marginados por causa de su lengua y de su condición étnica, a los apartados de facto de la primera fila de la sociedad civil, a todos aquellos que son más México que los que presumen de serlo, y, más en concreto, al corazón de Libros por Yolotepec: a las comunidades de Yolotepec, otomí, de Hidalgo, y Yunuén, purépecha, de Michoacán; a las niñas y los niños del Jardín Axayacatl y sus maestras y maestros, y, en especial a Benigna Ángeles y Magdalena Ibarra Primitivo, sus directoras de estos años; a Juana María Alarcón, Ana Beviá, Mónica Castro Moreno, Marisa D’Santos, Luis Moisés Delgado, Gabriela Díaz Medina, Leonel Diego, Rafael Diego, Yesenia Diego, Yanira García, José Luis Fernández Sepúlveda, Luis Manuel García Aguirre, Jorge Antonio Gómez Abarca, Irma Martínez, Rocío Martínez, Iván Menocal, Ali Messaoudi, Patricia Muñoz, Julio César Ocaña, Pedro Paunero, Pilar Pérez Gutiérrez, Xochitl Ramírez Venegas, Francisco Javier Ramos Sánchez, Isabel Roblas, Belén Rodriguez Taboas y Veronica Ruiz; a Abaleo Ediciones, Centro Cultural Enrique Ruelas, Ediciones Periféricas, Enk Ong Kar Centro de Yoga, Kolaval por Hispanoamérica, OIlinto Libros, Radio Expréss Jardín Colón y Sediento Ediciones, y a la parroquia de Nuestra Señora de la Piedad, de Huixquilucan, estado de México, a los telebachilleratos comunitarios 022 El Salto Grande, de Atoyac de Álvarez, y 027 Tutepec de Ayutla de los libres, ambos del estado de Guerrero, porque todos ellos, y muchos otras personas y entidades por cuya involuntaria omisión pido disculpas, son la causa de Yolotepec y Yunuén, mi causa. Con “ye” de más allá. Y porque la verdadera transformación de México vendrá siempre desde abajo.
 
   
 2 de octubre de 2022. En el evento de inauguración de la Biblioteca de Yunuén. Ataviado con una camisa de gala de Tenango y portando en mi mano un ejemplar de mi Llegó mi hora (Cofradía de Coyotes, México, 2022).




*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 99. No hay extensión más grande que mi herida. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 99

No hay extensión más grande que mi herida
Por Manuel Pérez-Petit

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos  

y siento más tu muerte que mi vida.

Miguel Hernández, Elegía, versos 15-17
Mis dotes como visionario son el –no un– paradigma del desacierto, y no por haberlo ido comprobando de manera secular una vez tras otra aprendo. Es más, me resisto a dejar de darle cancha a mis visiones. Soy, en consecuencia, un reincidente compulsivo. Un necio en toda regla.
            No hace tanto que fue publicado mi tan leído “Es como si mi tiempo se acabara", el último de mis artículos hasta hoy en este mi “Líneas de desnudo”, en el que confesaba estar  “(...) sumido en un feroz, creciente e inaudito desprecio hacia mí mismo que me embarga y casi determina”, que vivía “un sentimiento de orfandad y desarraigo que incluso me genera miedo, un conjunto de sensaciones que jamás antes he experimentado y que no proviene de la frustración –algo inherente al propio existir y a la que soy muy tolerante, igual que a la demora–, sino de algo que tendré que descubrir (...)”, y pese a ello reconocía estar recibiendo “oportunidades providenciales que me permiten vaciarme más que nunca, como si el tiempo se acabara…”, confesaba al momento que Kolaval, el proyecto de la gratitud –al menos para mí–, me estaba costando la vida y enumeraba a continuación una serie de personas que yo sentía que estaban dándome campo en las áreas de actividad para las que estoy preparado y en las que deseaba hacía tiempo tener ocasión de desarrollarme aún más: la gestión cultural, el periodismo, el mundo editorial, la docencia, la literatura...
            Acto seguido, concluía: “(...) Puedo seguir creciendo, pues, con humildad, honestidad y afán de superación, creyendo y creando. Culminar poco a poco mis oficios y misiones para quizá irlos dando por cerrados en el momento que corresponda, con el afán, vocación y gratitud que me inculcaron desde pequeño en mi familia y en las instituciones educativas en que me formé, viviendo al servicio de los demás, pues todo lo que uno tiene y puede es para darlo, y solo así tiene sentido”, y hablaba, para terminar, acerca de la posible verosimilitud de aquello que escribió el poeta chileno Nicanor Parra (1914-2018) en su “Soliloquio del individuo”: “la vida no tiene sentido”, para llegar al punto, que hoy me parece un poco un chiste, como algunos de mis reconocimientos de entonces, en que me expresaba del siguiente modo: “(...) Yo todo lo hago con verdadero amor, aun con mi carga de dolor a cuestas, y todo lo cumpliré y, a la vez, todo lo dejaría por un amor verdadero”. 
            Lo cierto es que ya sé y pude comprobar en no pocas cosas que mi tiempo se acabó, que tan preclaro fue 2022 en mi deriva que hasta llegó mi hora, que unas veces el escritor, el editor o el periodista, y otras el poeta, el emprendedor, el visionario, el filántropo, el loco o el tonto de baba que le sale a uno como urticaria de temporada en el matorral infranqueable en que la vida se le presenta; sinsentido antinatura pero real, así como el grano que le sale al adolescente en el rostro la inutilidad florea, como por ensalmo, inopinada, y erra y erra uno erre que erre contra su propia voluntad y como consecuencia de su talento para la torpeza, como si con uno o dos –o dos docenas– de naufragios no bastara. 
            A veces, no ha habido quien pudiera entenderse ni conmigo ni con este mi ‘Líneas de desnudo’ de un autor único aunque poliédrico que tiene por cabeza una olla exprés, escribe apenas en las horas inmediatas a su publicación, se lleva días y días macerando y madurando varios artículos a la vez –imagínense, tras estos meses, cómo tengo la cocotera solo por razón de mis escritos breves– y lleva por nombre mi nombre. 
            Mi deambular por esto de vivir casi siempre ha sido ad honorem –o pro bono, si quieren, aunque esta expresión es hoy más propia del lenguaje de los abogados y no del general–, lo cual ha tenido y tiene por ventaja que soy como el Dobby de Harry Potter: “libre”, y pese a saber del costo y la servidumbre que conlleva, ese ejercicio continuo de la libertad me lleva en algunas ocasiones por caminos insospechados en que, en la mayoría de los casos, el dolor anda como Pedro por su casa en tarea devastadora. 
            No digamos si uno se ve sometido a la implacable credibilidad de las mentiras, que son como el rocío de la mañana: lo inundan todo, pero pronto se disipan, porque la verdad siempre está debajo de ese manto, incluso la escondida, incluso en mi caso, pues lejos de autoflagelarme o consolarme porque “no hay extensión más grande que mi herida”, declaro ser el único responsable de la misma, en esta gran capacidad autolesiva que me he empeñado con devoción franciscana en desarrollar a lo largo de mi vida. Por eso, como el poeta español Miguel Hernández (1910-1942) expresó en los versos siguientes a los del epígrafe del presente artículo: “Ando sobre rastrojos de difuntos,/ y sin calor de nadie y sin consuelo/ voy de mi corazón a mis asuntos”. Y en ello estoy.
Julio de 1995. M. P.-P., tras recibir el premio del XXXIV Certamen Poético Nacional Amantes de Teruel, en el teatro Marín de la ciudad de Teruel, España, leyendo un poema.
Fotografía: ©Excelentísimo Ayuntamiento de Teruel, España, 1995. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 98. Es como si mi tiempo se acabara. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 98

Es como si mi tiempo se acabara
Por Manuel Pérez-Petit

A Marco Antonio Alfaro Morales, Miguel Bárcena, Tamara Bruzoni, Eduardo Villegas, Nahum Torres, Roger Octavio Gómez Espinosa, Fernando Valdés, José Joaquín León, Gis Curto y Antonio Florido, con mi afecto, mi gratitud y mi compromiso, por lo que cada uno sabe.

Tan alejado de un sentido práctico y real como vivo –cada vez más a mi pesar–, reflexiono a menudo –al fin es una válvula de escape y compromiso– sobre de asuntos diversos a los que dedico tiempo no medido. Es frecuente que me abstraiga por algunos ratos especulando y conversando con el hombre que siempre va conmigo –y discúlpeseme, por favor, la licencia machadiana, pues yo también espero hablar a Dios un día– acerca del fuego como metáfora incluyente y universal, del peso de las ideas en las palabras y/o de las palabras en las ideas –a veces con la gravedad que amerita el asunto a veces con una levedad divertida–, de la imagen como voluntad de sentido y determinación, del ingenio como posible impostura y sucedáneo para la vida o el quehacer artístico o como surtidor de avances para la humanidad o de obras de arte genuinas, o del dolor de muelas que durante muchos años padecí y ya no padezco, del nudo que habita como un oso hambriento en mi garganta desde hace más de treinta y cinco años por amor o del asombroso y monumental compendio de errores que he sido y soy y me define...
            En los últimos tiempos confieso que lo hago sumido en un feroz, creciente e inaudito desprecio hacia mí mismo que me embarga y casi determina. De hace algo más de un año a esta parte vivo un sentimiento de orfandad y desarraigo que incluso me genera miedo, un conjunto de sensaciones que jamás antes he experimentado y que no proviene de la frustración –algo inherente al propio existir y a la que soy muy tolerante, igual que a la demora–, sino de algo que tendré que descubrir y que me inquieta sobre todo por ese desapego hacia mí mismo que quizá esté en su base. A la vez y en paralelo, casi sin darme cuenta, he incrementado mi empeño en cumplir mi vocación de servir a los demás en proyectos que admiro y para los que he recibido oportunidades providenciales que me permiten vaciarme más que nunca, como si el tiempo se acabara...
            En mi existencia actual de nubes personales y cumplimiento luminoso de anhelos, ando recibiendo oportunidades que siempre soñé, como la que muchos me siguen dando, desde el reconocimiento, el afecto o las expectativas con Kolaval, del que un autor y viejo conocido me dijo hace pocos días “es un proyectazo... uno de esos que llevan una vida... y es normal que cueste un montón” –y la verdad es que ningún otro proyecto editorial, y éste es el último que emprenderé en mi vida, me ha completado y me completa tanto como editor y, sin embargo, en cierto modo me está costando la vida–. 
            Oportunidades como la que me viene confiando –y de qué manera tan fecunda– desde hace muchos meses mi muy querido y admirable mentor Marco Antonio Alfaro Morales en el ámbito de la extensión de la cultura de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México, que me realiza como nunca antes nada como gestor cultural, a la que estoy respondiendo de forma incondicional con todo lo que soy y tengo. 
            O como la que me da mi amigo del alma y antiguo compañero de la Universidad de Navarra, España, el sobre todo muy querido y gran periodista mexicano Miguel Bárcena, con el que me reencontré no hace mucho tras treinta años –y como ocurre con las amistades verdaderas– es como si no hubiéramos dejado de vernos, de volver a sentirme periodista con todas sus letras, que siempre lo fui hasta cuando no ejercí la profesión. La mayor felicidad que he experimentado en mi vida profesional ha tenido lugar trabajando en el periodismo, por lo que deben saber que ando como unas castañuelas por la puerta que me ha abierto Miguel, y a la que he accedido incondicional y dispuesto a todo. 
            O como la que me concede desde su –mi– Buenos Aires querido la querida Tamara Bruzoni, con quien, a pesar de que solo la conozco hace apenas meses, me unen ya tan estrechos lazos que siento que al conocerla hubiera conocido al –no ‘a’– otro yo mío aunque mejorado en muchos aspectos, a la que también admiro y a quien debo mucho, porque gracias a ella me siento, entre otras cosas, como no recuerdo en mi vida, de verdad docente, siendo la docencia una fuente de gozo para mí, con la alianza estratégica hispanoamericana que estamos creando entre Kolaval y su maravilloso y lleno de inquietudes y horizontes fecundos proyecto cultural Travel Plan & go! Magazine Digital, así como, a través de ella misma, con la galería virtual de arte contemporáneo colombiana És Gallery.
            O como, y aprovecho para anunciarlo, la que me regala el muy querido y admirado escritor, editor y maestro Eduardo Villegas Guevara, el gran coyote mayor, en su editorial Cofradía de coyotes, un clásico entre los clásicos mexicanos, con la próxima publicación de un libro mío, el cual, bajo el título “Llegó mi hora. Poesía casi completa 1983-1994”, me permite seguir cumpliendo la idea que concebí hace cinco años de publicar antes de cumplir los sesenta toda mi obra superviviente (nueve series poéticas, ocho ensayos y tres novelas, todo inédito, aparte de mi obra periodística y de lo ya publicado, como las dos primeras partes de mi trilogía narrativa-poética en cuatro libros acerca de la reconstrucción de la memoria “El año de las tormentas”, merced a la oportunidad que también recibo de mi querido amigo y editor Nahum Torres con su brillante proyecto, Ediciones Periféricas, que confío sea publicada completa de aquí al año próximo, lo cual depende de mí, pues aún debo dar por cerrada la tercera novela de la serie).
            O como, sin ir más lejos, la que, desde hace ya más de año y medio y deseo que por mucho más tiempo, me viene abriendo mi amigo chiapaneco el escritor Roger Octavio Gómez Espinosa en este Letras ideaYvoz, que me pone en la posibilidad, sobre todo, de dar cauce a mi observación de la realidad y a mis diatribas y expandirlas en este "Líneas de desnudo" que es de ustedes.
            O como las que me dan hoy con sobre todo su imprescindible amistad, y también con oportunidades, otras personas, como el editor mexicano Fernando Valdés con su entrañable  e histórica editorial Plaza y Valdés, llena de nobles ideales, el muy notable periodista y escritor español y también mentor José Joaquín León, la emprendedora mexicana Gis Curto con su amistad de tantos años ahora recobrada, mi entrañable Antonio Florido, escritor de tan altos vuelos como el tamaño de su corazón, y tanta gente maravillosa con la que me unen lazos de afecto y unas deudas impagables no solo de gratitud que sé que corresponderé porque soy persona de honor.
            Solo puedo sentirme satisfecho por estar teniendo la oportunidad de cumplir aquello a lo que he aspirado en mi vida: ser editor, gestor cultural, periodista, docente, escritor. Eso sí, me ha llegado todo de golpe, como si el tiempo se acabara.
            Puedo seguir creciendo, pues, con humildad, honestidad y afán de superación, creyendo y creando. Culminar poco a poco mis oficios y misiones para quizá irlos dando por cerrados en el momento que corresponda, con el afán, vocación y gratitud que me inculcaron desde pequeño en mi familia y en las instituciones educativas en que me formé, viviendo al servicio de los demás, pues todo lo que uno tiene y puede es para darlo, y solo así tiene sentido. De este modo, una vez cumplidas mis tareas podré llegar al final de mis días y cumplir mi deseo de hablar a Dios.
            ¿Tengo derecho, pues, gozando de tanto privilegio y teniendo tanto que agradecer y dar, a este sentimiento de orfandad y desarraigo que me aflige, al miedo que antes desconocía, a la tristeza, y a darle pábulo a todo ello en mis conversaciones conmigo mismo? Con toda rotundidad, no.
            Pudiera ser verosímil –y por desgracia lo es para muchos, pero no para mí, pues soy hombre de fe y eso me sostiene y me da la fuerza que no tengo– lo que escribió el poeta chileno Nicanor Parra (1914-2018) en su “Soliloquio del individuo”: “la vida no tiene sentido”. Yo todo lo hago con verdadero amor, aun con mi carga de dolor a cuestas, y todo lo cumpliré y, a la vez, todo lo dejaría por un amor verdadero. Es mi ventaja, lo confieso, y de ahí mi artículo de hoy, que solo he podido expresarlo con esta especie de distanciamiento y voz poética debido a que me embarga el pudor.
Julio de 1993. En la antigua redacción del diario ABC de Sevilla, hoy ubicada en otro lugar, junto a grandes profesionales andaluces de la información como Fernando Carrasco (q.e.p.d.), Juan Luis Pavón, José Luis Losa, Benito Fernández, Jesús Álvarez o Manuel Contreras, éste último hoy subdirector del periódico, el mismo cargo que tenía José Joaquín León cuando yo estuve trabajando allí. Como dato adicional, la concentración de periodistas ante una pantalla que refleja la imagen tuvo lugar, como en tantas otras ocasiones, en el despacho del propio José Joaquín. (La imagen proviene del archivo personal de su autor y fue publicada en Facebook el 9 de febrero de 2017. Me tomo la libertad de difundirla referenciando la autoría de la misma y la fuente).
Fotografía: ©Tomás Díaz Japón, 2013. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 97. Lo que continua. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 97

Lo que continua
Por Manuel Pérez-Petit

Algo más de cuarenta días con sus respectivas algo más de cuarenta noches han pasado desde el aunque pueda parecer lo contrario no tan lejano 13 de marzo en que saqué mi Locos con Rusia, que tanto predicamento y debate tuvo… En realidad ha sido una parada en boxes –si se me permite el símil automovilístico–, un ‘en esta bajo, hasta luego que vuelva a subirme’ en mi Líneas de desnudo que siempre ha tenido, como bien siempre dije, vocación de repositorio definitivo para toda mi obra breve e incluso para más cosas. Y al fin el fin de ese hasta luego no anunciado pero tácito ha llegado. Regreso, pues, a la casa común de este “mi” Letras ideaYvoz de mi entrañable amigo y admirable escritor y promotor de la lectura Roger Octavio Gómez Espinosa, del que nunca me fui, maravilloso enclave en que un día encontré el lugar en que encontrarme, un lugar para mis palabras. Y por no pocas razones.

El autor
Mi cuarentena –léase mi ausencia– ha dado de sí como si fueran años. Es un signo de nuestro tiempo: el vértigo. Porque el mundo está loco, qué barbaridad, pero el mundo somos nosotros... ¡Qué de cosas han pasado y no durante tan solo algo más de cuarenta días...! Las hay que siguen siendo como antes y las hay que no, pero hoy voy a señalar tres de las primeras, pese a que podría de unas y otras describir trescientas...
            Continua sin caer a día de hoy la desconocida hasta hace bien poco ciudad de Mariúpol en Ucrania, que mantiene su particular resistencia numantina desde hace semanas ante el feroz y lleno de crueldad asedio de los ejércitos rusos de Putin, en un capítulo que pasará  la historia de la humanidad como ejemplo de resiliencia, equiparando a esta ciudad ucraniana a la Numancia atacada por los romanos, que Escipión tomó y destruyó en 133, o, en tiempos recientes, a los de la Alepo siria antes de su destrucción total a manos también de los rusos putinianos en 2016, o la llamada por entonces Leningrado del asedio nazi que terminó en enero de 1944, nevada por completo, sin haber caído en manos de los de Hitler. Y mientras sigue el asedio, se ha confirmado en esta maldita guerra que el objetivo del Kremlin es tomar todo el sur de Ucrania y conectar su territorio con el de Transnistria, región oriental de Moldavia, ya controlada por las hordas rusas desde hace tiempo, lo cual evidencia de manera definitiva el carácter de simple y vulgar matón de barrio de Vladímir Putin, en cuya prepotencia va a estar su derrota.
            Continua en la Presidencia de México, como debe ser por mandato constitucional –y a qué cuento viene poner en duda el mismo–, Andrés Manuel López Obrador, a quien se le ocurrió la idea –permítanme decir en conciencia y con respeto que bananera, aunque sé que esto me reportará algunos insultos y enemistades– de someterse a un plebiscito popular para continuar en su puesto, en la línea, impropia de una nación como México, de un populismo de perfil bajo que, de haber salido vinculante –se necesitaba una participación del cuarenta por ciento del censo, pero esta fue solo del veinte en el referéndum celebrado el pasado 10 de abril–, hubiera conducido a una profunda reforma del país, cuya Constitución consagra el principio de no reelección como inalienable. La última ocurrencia de López Obrador, en consecuencia, ha sido abrir la puerta a reducir la participación mínima para hacer vinculantes próximos referéndums. 
            Y continua, a mi pesar esta vez en la memoria, la bicicleta pintada en la pared de la casa de Kolaval en Pachuca, porque ya no existe, pues la propiedad del edificio –con un criterio de muy dudosa naturaleza, entre otras cosas porque con lo fea que es la colonia, la bicicleta era al final una especie de patrimonio cultural a preservar incluso por las autoridades, un elemento mucho más que decorativo– la ha cubierto con una saña ejemplar, nocturnidad y alevosía, con una especie de espuerta de cal como si fuera un Ignacio Sánchez Mejías cualquiera, muerto en la plaza a la cinco de la tarde, en forma de pintura plástica de blanco maldito inmaculado –allá que el polvo se lo coma–, y debo porque no puedo ni quiero evitarlo ponerme a cantar tal afrenta al buen gusto como si yo fuera un Federico García Lorca cualquiera –que más quisiera yo–. Sirva también este último elemento como elegía, pues en estos próximos días haré una mudanza que me llevará lejos del panteón en que un día estuvo “mi” bicicleta. 
            Son tres situaciones las de hoy aquí y podrían haber sido otras y muchas más, tantas cosas como se amontonan en la olla exprés que llevo sobre mis hombros, desde antes y durante estos algo más de cuarenta días y noches. Pero una vez puesto en marcha el changarro de mi escritura breve, les seguiré contando en medio del mundo de la locura, tanta que hasta el Real Betis de mis entretelas ha ganado la Copa de S.M. El Rey en España. ¡Viva el Betis!
Ante la bicicleta pintada en la pared de la casa de Kolaval en Pachuca de Soto, Hidalgo, México, solía yo poner muchos fines de semana y con motivo de algunas celebraciones festivas, una mesa de venta de libros y otros enseres, en un bazar sin fecha fija que siempre recibió muchas visitas. Esta vez traigo a acá esta foto de un día en que vinieron a visitarme mis amigos y autores Marisa D’Santos y Óscar Baños Huerta.
Fotografía:©M. P.-P., 2021.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.