Líneas de desnudo. 56. Un deseo para Cuba (2). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 56

Un deseo para Cuba (2)
Por Manuel Pérez-Petit

Dentro de la Revolución todo; contra de la Revolución, nada

Fidel Castro, 1961
La lista de represalias y represaliados en Cuba de artistas y escritores es larga, e incluso hasta el día de hoy, en que en teoría el gobierno de la isla ya no es lo que era, y los expresados en el primer artículo de esta serie son solo algunos ejemplos de autores de reconocimiento internacional cuyos casos retratan al régimen fundado por Fidel Castro hace ahora casi sesenta y dos años, a comienzos de 1959, y que aún, digan lo que digan los que lo digan, sigue campando por sus fueros.
            De la mano de la relativa apertura económica del régimen que tuvo lugar a finales de los años ochenta del siglo pasado, basada en una cierta explotación mixta del turismo mediante acuerdos con cadenas hoteleras europeas, en los últimos decenios el régimen cubano viene mostrando un relativo interés en recuperar a los escritores y artistas represaliados, insiliados –los que permanecen o permanecieron en Cuba en calidad de desterrados– o exiliados, entre los cuales se encontraban Lezama, Piñera o Cabrera Infante.
            Virgilio Piñera fue un caso más de ellos, cuya obra, basada en el absurdo y la locura, siempre estuvo en las antípodas del realismo socialista, siendo, además, por su homosexualidad, que él mismo se encargo de hacer explícita durante toda su vida, represaliado y doblemente sometido al ostracismo hasta su muerte, en 1979... Y, sin embargo, en 2012, Raúl Castro, hermano y sucesor de Fidel al frente del país, en línea con su nueva política cultural del siglo XXI, decidió restituirle su lugar en la literatura cubana, como contó Raúl Rojas el 6 de julio de 2012 en el diario español El País en un artículo titulado Virgilio Piñera y el pensamiento cautivo. 
            No es de extrañar su “recuperación” para las letras cubanas. Ya en 2010 había sido “redescubierto” el “traidor” Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), Premio Cervantes 1997, y recuperado con todos los honores. Su caso es de los más significativos. Represaliado por el régimen de Fulgencio Batista (1901-1973), apoyó la Revolución, asumiendo importantes responsabilidades en el ámbito de la cultura en los primeros años del régimen castrista –director del Consejo Nacional de Cultura, ejecutivo del Instituto del Cine y subdirector del diario Revolución (actual Granma), encargándose de su suplemento literario, Lunes de Revolución, en el que colaboró también de manera muy relevante Piñera–, pero sus relaciones con el régimen pronto se deterioraron, lo cual fue uno de los detonantes de las famosas reuniones con los intelectuales cubanos que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional de Cuba, en La Habana, y en cuyo discurso de clausura del del 30 de junio de 1961, Palabras a los intelectuales, Fidel Castro pronunció su célebre frase “Dentro de la Revolución todo; contra de la Revolución, nada”. Sin embargo, la relación de Cabrera Infante con el régimen no acabó ahí. En 1962 fue enviado a la embajada de Cuba en Bélgica como agregado cultural y no regresó a la isla hasta tres años después, con motivo del fallecimiento de su madre. Fue retenido por cuatro meses hasta que consiguió salir para el exilio y, tras un periplo de cierto tiempo en España, se instaló en Londres, Reino Unido, donde obtuvo la nacionalidad británica y falleció en 2005. La noticia de su muerte no mereció en Cuba ni una sola línea en un periódico y, pese a ello, en 2010 fue reconocido como uno de los grandes de la literatura cubana. 
            Al otro lado de la balanza, Ernesto Guevara La Serna (1928-1967), más conocido como ‘Che Guevara’, uno de los ideólogos más importantes de la Revolución, médico de profesión, argentino de Rosario, un cuentista valioso y un escritor de diarios brillante, eso sí, ha sido siempre intocable para todos, no solo como escritor sino como personalidad respetada, en igual medida para los represaliados del régimen y para los integrados en él, y supone un caso curioso por cuanto resulta ser el único consenso existente en esta materia. 
            Respecto al ‘Che’, el régimen siempre mantuvo una coherencia de la que en ningún caso hizo nunca gala. No en vano, por si fuera poco, Fidel lo convirtió en mártir al mandarlo a morir al lugar menos propicio para la Revolución en su tiempo, las selvas de Bolivia.
            (Continuará…)
 __________
Nota del autor
Esperando el permiso y la comprensión de mi editor, el ingeniero y excepcional escritor mexicano Roger Octavio Gómez Espinosa, libérrimo regreso por mis fueros de los cuatro artículos a la semana. En adelante, mi ‘Líneas de desnudo’ saldrá lunes, miércoles, viernes y domingo, sobre todo por mi voluntad de convertir mi espacio en este ‘Letras ideaYvoz’ en el lugar en que encontrarme y el repositorio definitivo no solo de toda mi obra breve de siempre y nueva sino también de mis artículos de crítica cultural –atados a la actualidad o no o publicados previamente en otros sitios o no y revisados de manera adecuada–, microensayos, algunos de mis poemas y cuentos, fragmentos de obra mayor, anotaciones de mis memorias, misceláneas de diverso tipo, fruslerías, ocurrencias, vagancias, extravagancias, confesiones, visiones, misiones, emociones, pensamientos, filosofías, voluntades...
 
   
 Edición por parte de Ediciones del Consejo Nacional de Cultura del discurso Palabras a los intelectuales, pronunciado por Fidel Castro el 30 de junio de 1961.
Fuente de la fotografía: La ventana, portal informativo de Casa de las Américas, 30 de junio de 2021.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 55. Un deseo para Cuba (1). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 55

Un deseo para Cuba (1)
Por Manuel Pérez-Petit

La revolución defiende la libertad

Fidel Castro, 1961
En un famoso discurso pronunciado en 1961, titulado Palabras a los intelectuales, como conclusión de unas reuniones con los intelectuales cubanos que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional de Cuba, en La Habana, Fidel Castro Ruz (1926-2016) reflexionó: “(...) El problema que aquí se ha estado discutiendo es el problema de la libertad de los escritores y de los artistas para expresarse.  El temor que aquí ha inquietado es si la Revolución va a ahogar esa libertad, es si la Revolución va a sofocar el espíritu creador de los escritores y de los artistas. (...) La cuestión se hace más sutil y se convierte verdaderamente en el punto esencial de la cuestión cuando se trata de la libertad de contenido. Es ahí el punto más sutil, porque es el que está expuesto a las más diversas interpretaciones. Es el punto más polémico de esta cuestión: si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística. Nos parece que algunos compañeros defienden ese punto de vista. Quizás el temor a eso que llamaban prohibiciones, regulaciones, limitaciones, reglas, autoridades para decidir sobre la cuestión. Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad, que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades, que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser (...)”.
            Ahora que el personaje –Fidel Castro– ya no está con nosotros, he vuelto mis ojos hacia Cuba, que a día de hoy se rige por los mismos principios y teorías, llevadas siempre a la práctica en su sentido inverso, con una coherente política respecto a los creadores de cultura: la negación de la libertad. Y eso que una de las cabezas más significadas de la Revolución era un artista, Ernesto Che Guevara (1928-1967), cuyo vuelo creador literario terminará teniendo hueco a buen seguro –cuando la crítica la deslinde de su compromiso y acción políticos– en la historia de la literatura latinoamericana.
            En el ámbito literario, que es el que aunque sea un poco conozco, grandes figuras como José Lezama Lima (1910-1976), Virgilio Piñera (1912-1979), Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), Raúl Rivero (1945-2001), Heberto Padilla (1932-2000) o Reinaldo Arenas (1943-1990) fueron críticos con la Revolución cubana, unos más y otros menos, todos sin excepción sufrieron algún tipo de represalia, prisión o exilio, y de igual modo fueron objeto de escarnio por parte del régimen, tratados con apelativos como “gusanos”, “farsantes” o “erróneos” en alguno o en muchos momentos de sus trayectorias, y no solo por sus críticas sino también por cuestiones como su condición sexual o la lectura de unos poemas. Ni ellos ni muchos otros se libraron de estar sometidos a ese concepto de libertad tan pregonado por la Revolución y tan férreo a la vez en su lucha contra la libertad, lo cual es paradójico, pues en el sistema educativo cubano la lectura siempre tuvo un papel protagonista, al punto de que quizá los niños de varias generaciones cubanas sean los que más hayan leído de todos los países del mundo en la segunda mitad de la centuria pasada. 
            Lezama Lima fue ostrado por su novela Paradiso, una de las cumbres de la literatura en español del siglo XX, y sufrió la prohibición de la edición de sus obras o la omisión incluso de su nombre en los medios cuando se puso en marcha el llamado "Quinquenio gris" (1971-1976), un período en el que el intento de imponer el realismo socialista desde los organismos culturales oficiales provocó una ola de persecución y censura a escritores y artistas considerados "contrarrevolucionarios", como él, Heberto Padilla (cuyo encarcelamiento por la lectura de unos poemas provocó la ruptura del mundo intelectual internacional con la Revolución) o Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas, éstos últimos por su condición sexual. 
            El caso de Reinaldo Arenas, poeta de largo aliento y narrador importante, fue especialmente llamativo, sobre todo a raíz de la publicación de su novela autobiográfica Antes que anochezca, que tuvo gran impacto internacional desde el primer momento, por cuanto pasa por ser el testimonio más desgarrado de la vivencia de un artista bajo el régimen cubano. Su afamadísima adaptación al cine, dirigida por el aclamado Julian Schnabel, pintor y director de cine estadounidense de origen judío, y protagonizada por el actor español Javier Bardem –su actuación le valió una nominación al premio Oscar al mejor actor–, no hizo más que refrendar el impacto mundial de la obra.
            El asunto de Raúl Rivero es diferente, y también muy conocido. Periodista de profesión, adepto como tal a la Revolución en primera instancia, no tardó mucho en desvincularse de ella, reclamando libertad de conciencia, por lo que fue encarcelado, pero la presión internacional consiguió su liberación y su posterior exilio en España. Como poeta se encuadró en una corriente coloquialista de gran auge en Cuba en los años setenta y ochenta del siglo pasado, por lo que también fue objeto de censura... Fíjense, en un país cuya cabeza pensante dijo: “que la Revolución defiende la libertad”...
            
            (Continuará...)
 Fidel Castro, en 1961, en su discurso Palabras a los intelectuales.
Fotografía: Archivo de Cubanet. https://www.cubanet.org/destacados/a-55-anos-de-las-palabras-a-los-intelectuales/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 54. ¡Jag Jánuca Sameaj! Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 54

¡Jag Jánuca Sameaj!
Por Manuel Pérez-Petit

En este 2021 (p. año II de la Era de la p. pandemia), desde el pasado domingo 28 de noviembre y hasta el próximo lunes 6 de diciembre el pueblo judío celebra el Janucá, fiesta de las luces o luminarias, más necesaria que nunca, si cabe, en la desolación en que el mundo se ha convertido de no mucho tiempo a esta parte.
            Se trata de una fiesta movible, una celebración hebrea que inicia el 25 de kislev según el calendario judío, y se extiende por ocho días corridos, hasta el día 2 de tevet, y con la que se conmemora la derrota de los helenos y la recuperación de la independencia judía a manos de los macabeos y la purificación del templo de Jerusalén de los iconos paganos, de la que se recuerda de manera especial el milagro del candelabro, que se mantuvo prendido durante ocho días con una exigua cantidad de aceite. Eso ocurrió hace más de dos mil doscientos años. Acerca de esta historia, sus antecedentes, su desarrollo y su trascendencia, se puede consultar y leer una gran cantidad de textos y documentación de bastante fácil acceso, y la verdad es que merece la pena.
            En 2009 celebré por primera vez el Janucá. Aunque soy católico –y convencido– debo reconocer mi afecto y simpatía por el pueblo judío. La misma Iglesia Católica reconoce al judaísmo como "el hermano mayor" del cristianismo, pero de manera independiente de ello, observo en la intimidad y celebro con humildad, admiración y respeto desde entonces las principales celebraciones judías. He tenido y tengo grandes amigos que son judíos y hasta en mis proyectos editoriales he dedicado especial atención a ellos, al punto de que incluso presumo de ser editor de muchos de ellos, que me han concedido el honor de confiarme siempre brillantes obras literarias. 
            En aquella ocasión, hace ahora doce años, estuve prendiendo una vela diaria –más la central del candelabro, januquilla o menorá, que se prende siempre–, y escribiendo un pensamiento, que recogí en mi poema “Prendí ocho velas y ocho pensamientos durante ocho días para conmemorar la luz”, perteneciente a mi serie “Mi pensamiento”, escrita entre 2005 y 2010, que solo fue publicada de manera fragmentaria en mi libro “Creo en los milagros, antología personal 1985-2009 (primera edición, Cascada de palabras; segunda edición ampliada y revisada, Morvoz, Hyperversos y Trajín, 2011, México), y que releído y revisado, traigo aquí. 

Prendí ocho velas y ocho pensamientos durante ocho días para conmemorar la luz 

A Marcos-Ricardo Barnatán y a Armando Felipe Soltanovich Goldman, por diferentes razones y la misma.

            Primera vela: Vivir con fe
            Manuel Pérez-Petit cree que tantas cosas por las que merece vivir al final se convierten en lo mismo: en despedida, y cree que toda despedida es un encuentro, por lo que se mantiene a la espera, y encenderá… por primera vez en su vida, con todos los respetos y lleno de fe, las ocho velas que recuerdan el milagro.

            Segunda vela: Amar a la pareja
            Paciencia es lo que ahora tengo, pero también sufrimiento. Por lo que me ha pasado, por mi propia vida. Por mi impotencia, mis limitaciones..., por ser tan asequible a las sirenas. Me conozco mejor, pero ando sin rumbo y sin asiento. Ya no me lamento por los errores. Me asumo como nunca. No estoy derrotado, pese a que me cubre un manto de derrota. Ahora prendo luces. Y cada vela me recuerda que mi patria está en la mujer que amo.

            Tercera vela: Amar a los hijos
            No escribo para que me leas. Escribo porque no quiero no escribir. Y escribo, por ejemplo, para que podamos pasear tomados de la mano, asomarnos a este mar, y sentir el vértigo y el fuego de mirarte..., y también por eso enciendo cada día una vela, y la prendo en mí, porque yo mismo soy, de alguna forma, el candelabro que me recuerda que, en realidad, escribo para que me quieras. Y dado que el amor es la fertilidad, doy a mis hijos mi vida.

            Cuarta vela: Ser buena persona
            Busco la luz que sólo en el fuego que agrando cada día habita, como habita en los silencios que siendo impuestos hago míos y a los que derroto con esfuerzo. Busco la luz y hay treguas que estorban, pero nunca me estorbará la vela que es fuego, que es silencio, que está en mí, que vive en ti y que hoy, por cuarto día, al comenzar la noche, me abre de nuevo los ojos, pese a que aún ando ciego.

            Quinta vela: Amor a la familia
            La vida dirigida desde fuera de la vida sólo puede ser dirigida hacia la destrucción de la misma vida. Al que disiente se le tilda de exótico, se le aparta, condena y reprende. ¿Por qué no cejan en su empeño de dirigir las vidas y se rinden al hecho de que la vida nunca acaba? Hay pánico a la vida, a la luz, al amor, a la familia... Pero hoy, por quinto día, me reafirmo en la familia como base de mi vida y lo simbolizo en la vela que he de prender por todos los milagros.

            Sexta vela: Alegría
            Recuerdo lo de T. S. Eliot: "¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo, dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento, dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?", y me doy, una y otra vez, con el mismo muro, y aun sabiendo que tengo todas las batallas perdidas de antemano me considero ganador... Hoy prendo la vela para no perder mi ignorancia, mi inocencia, mi visión y mi vivencia de la alegría.

            Séptima vela: Amor a la vida
            No sé qué haré con mi vida, mientras tomo los limones que son cada uno de mis días, ni sé que haré con el fuego, con esta zarza ardiente que me mantiene en pie, incansable, sólido como mástil invencible, con el candelabro que soy y me recuerda el milagro, con mi manifiesta inutilidad y este desierto... Si acaso sé que seguiré entregándome a la tarea de aceptarme, seguiré mirando al mar, seguiré de pie, seguiré andando…, solidificando mi fe y mi amor innegociables.

            Octava vela
            Creo en los milagros, y en que los milagros son fruto de la fe, el amor, la voluntad... y de ser traslúcido...

            Hasta aquí el poema. Que la luz reservada para los justos pueda mantenerse en todas nuestras vidas y sea para que seamos sanos y aumenten en nosotros las bendiciones. En la era de la desolación cobra más sentido que nunca que la fiesta de la luz sea en nosotros mismos y con los nuestros, para todo el pueblo de Israel, que en realidad somos todos, y que nuestras lágrimas sean instrumento del encuentro con el amor. Y es nuestra tarea: Iluminar al mundo.
            
 Mi januquilla de 2017
Fotografía:  Al no tener januquilla, hice esto en 2017. ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 53. Universal Almudena. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 53

Universal Almudena
Por Manuel Pérez-Petit

Si alguna vez la vida te maltrata, acuérdate de mí, que no puede cansarse de esperar aquel que no se cansa de mirarte.

Luis García Montero, esposo de Almudena Grandes, en la dedicatoria de su libro «Almudena» (Valparaiso Ediciones, 2015)

No soy de los que corren hacia las celebridades para cruzar un ‘hola’ o pedirles esa ridiculez de una foto con ellas –soy enemigo de las fotografías y ni con mis amistades me las saco; cuando lo he hecho ha sido por causa de fuerza mayor, como demostrar que sigo en la brecha y no me arredro nunca por nada, o por compromiso–, y por eso nunca me saqué una foto con ella, pese a habérmela cruzado en varias ocasiones, tanto en Madrid como en México.
            Ahora que estamos de FIL, y la FIL da para tanto, recuerdo una bronca que tuve con algunos de los integrantes de mi equipo de promovendedores en la de 2013. Uno de los días de aquella feria firmaba libros nada menos que Vargas Llosa, lo cual resultaba excitante, y tuve que afrontar la deserción momentánea de más de la mitad de mi gente de Sediento Ediciones solo porque querían ir a hacer cola, que les firmara un libro el peruano-español y sacarse una foto con él. El que menos tardó hora y media en regresar al stand... La condición humana tiene esas cosas, y yo, que soy liberal y amante irredento de la libertad ajena, lo comprendí y acepté al minuto de enojarme. Es lo que tienen las figuras, y es normal. Al año siguiente, en que el país invitado era Argentina, María Kodama se dio un paseo por la Expo Guadalajara, y corrió la voz como la pólvora y cientos de gentes formaron la cola del cometa, tras su estela...
            Ayer, 27 de noviembre de 2021, estaba en la elaboración de mi artículo de hoy, y andaba en la duda de si convertirlo en uno más acerca de la vida misma o de hablar sobre escribir, que es cuestión pesada pero necesaria –y más a estas alturas–, o sobre la propia FIL, a la que dedicaré con seguridad en estos mismos días un artículo, cuando saltó por todas partes la noticia del fallecimiento de la escritora Almudena Grandes, a quien yo no conocí nunca personalmente pero cuya personalidad y obra conozco y reconozco. Leí en el Instagram de mi querida Lucía Etxebarría: “​​Aunque los gustos literarios son personales y cada cual tiene el suyo, probablemente Almudena Grandes era la mejor escritora española de mi generación”, y creo que dio en el clavo, pues siendo cierta la segunda parte de la publicación no lo es menos la primera. En efecto, los gustos literarios son diversos y complejos, como lo son las posturas ideológicas y las actitudes ante la vida. Y en este aspecto se podría diferir o confrontar respecto a Almudena Grandes, pero nadie podrá negar su compromiso vital, su sensibilidad y su conexión con la vida y con la literatura. Con la vida en el sentido de que nadie es desgajable ni de su propia historia ni de la historia en sí...
        Me viene ahora a la memoria una famosa conferencia de Ricardo Gullón (1908-1991) acerca de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), en la que defendía que Juan Ramón era universal pero no cosmopolita, pues si bien el cosmopolita es de todas partes y, por tanto, de ninguna, el universal ahonda tanto en lo suyo que llega al río en que fluye lo que de común entrañable y permanente tenemos todos. No tengo la cita a mano, ni la referencia concreta, pero lo que el famoso crítico literario venía a decir era esto, y esto mismo se le puede aplicar a Almudena Grandes, y no solo a su obra, sino también a su testimonio vital. 
            Yemina Pollini, de la Universidad Nacional de Mar de Plata, publicó en 2012 una entrevista a Almudena Grandes titulada “Escribir es atravesar un espejo” (CELEHIS-Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas. Año 11 - Nro 14 - Mar del Plata, ARGENTINA, 2002; pp 347-362), en la que, entre otros muchos temas, hablaba de la memoria: A mí la memoria me parece un tema central. Es un tema central en mis libros porque casi siempre son novelas de la memoria. Los personajes reconstruyen su propia memoria. La memoria me parece central también en el oficio de un novelista. Yo te diría que toda ficción es autobiográfica. Lo que ocurre es que lo autobiográfico no tiene siempre el mismo sentido. Cuando hablamos en el lenguaje coloquial, lo autobiográfico es la vida vivida objetivamente en el plano único de la realidad temporal. Lo autobiográfico para un escritor es todo. Escribir es mirar el mundo y, en ese sentido, es dar una visión personal del mundo con todos los ingredientes de su memoria, con todo lo que nos ha determinado para que seamos como somos. 
            Y yo personalmente creo que esto la definía y que por eso está justificada su condición de persona y escritora universal.  
 Almudena Grandes con Luis García Montero en la FIL 2012.
Fotografía:  Imagen publicada bajo licencia Creative Commons CC BY 4.0. Origen: https://diario.madrid.es/blog/notas-de-prensa/poesia-teatro-y-musica-centran-la-tercera-jornada-de-madrid-en-la-fil/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 52. ¿Eres tú el que organiza la tertulia? (y 2). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 52

¿Eres tú el que organiza la tertulia? (y 2)
Por Manuel Pérez-Petit

Aquellos años ya son, en efecto, cosa de un pasado relativo que en realidad no es pasado, porque no es menos cierto que somos lo que somos en parte por lo que fuimos, como le comentaba a César González Cajete en la publicación que con tanta amabilidad hizo en su Facebook publicitando el primer artículo de esta sencilla serie de dos con que pretendo cumplir mi promesa realizada en mi segundo Líneas de desnudo, Mi primer poema, y, de paso, honor a quien honor merece, reconocer lo mucho que recibí y lo aún más que debo a aquellos años en la Universidad de Navarra cuyas enseñanzas tampoco –y soy proverbial en desaprovechar lo mucho bueno recibido– aprendí a aplicar en la vida, aunque me hicieron hombre en el más pleno sentido de la palabra. Y sí, en efecto, soy lo que soy gracias a ello...
            Decía que teníamos muy buenos maestros allí, y es cierto… En aquella Universidad de Navarra, de algún modo un microcosmos en apariencia casi al margen del mundo pero en realidad con las raíces bien ancladas en el mundo, dispuestos a transformar el mundo con amor, sí, con amor apasionado y amor a cada día y a nuestro entorno, y, con mayor o menor grado de consciencia, a hacer endecasílabos de la prosa de cada día y no solo como aplicación práctica intencionada en nuestras vidas y nuestro quehacer público de ese muy famoso consejo que tanto había repetido en vida el fundador de la universidad, San Josemaría Escrivá, sino como supremo acto de voluntad en nosotros mismos y más teniendo en cuenta el valor universal de la frase, máxima o proverbio o consigna que, por otra parte, ahora, vista con el paso de los años y en nuestra realidad presente, cobra un valor y una actualidad singulares. A eso nos dedicábamos, sí, a hacer endecasílabos con la prosa de cada día… Y por eso éramos genuinos y genuinamente inclusivos, afectuosos, comprometidos...
            ¿Buenos maestros? ¿Cómo no íbamos a tener buenos maestros? Empezando por don Luka Brajnovic, un auténtico maestro de ésos que transpiraban sabiduría mucho más que conocimiento o información –pues el sabio lo tiene todo pero ni es pedante ni arrogante ni acompleja sino que genera pasión, buscando, además, que la admiración sea para lo que enseña y no para él (importa más amar que el hecho de quien ama)–, con una naturalidad y una sencillez hipnóticas, y que una vez en el Faustino le dijo a mi madre que yo no debía dejar de escribir ni un solo día de mi vida, aunque fuera cinco minutos. Pero no solo era don Luka… Nuestra lista de gratitudes –porque de eso se trata– no cabría en el artículo, y a todos los nombrados se les podría buscar y todos son notables… Maestros del mundo académico –mucho más que solo conocimiento–, de la literatura –y desde luego de la lectura, sin la que la capacidad de amar es mucho más reducida–, de la vida. Venidos de fuera y cazados a lazo para que compartieran con nosotros un rato de su tiempo, llegados con interés previo de conocernos o vecinos nuestros o habitantes de esos edificios singulares del no menos singular valle del río Sadar en que, a las afueras de Pamplona, se ubicaba y ubica la universidad, ese mismo espacio en que, expandido a la ciudad, marcamos durante años el territorio de nuestra acción de poetas, incluso con y en quienes no escribían ni escribieron nunca verso alguno...
            En mi caso particular no podría dejar de destacar a don Norberto González Gaitano, cuya amistad supuso aprendizajes que iban siempre más allá de lo exigible en un maestro, a don Manuel Casado Velarde, hombre de extrema y delicada sabiduría, a don Esteban López-Escobar, a quien siempre –y no sé bien por qué aunque en el fondo lo sepa, me lo imaginaba paseando por campus emblemáticos como los de Stanford, Harvard o Cambridge, elegante hasta en el vestir a la par que transmitía que sabía de lo que hablaba, a don Eduardo Terrassa, con quien hablé de literatura más que con nunca nadie, o a don Ignacio Arellano, que abrió como nunca nadie antes o después el siglo de Oro para mis ojos, pero también al filólogo José Antonio Millán Alba, a quien quien siempre visitaba en Madrid y que me abrió la amistad del poeta Pedro Antonio Urbina (1936-2008), a Manuel Fontán del Junco, a Enrique Alarcón Moreno, que supo siempre más de santo Tomás que el propio Santo Tomás de Aquino, a Javier de Navascués o al gran Tomás Yerro (1950-2021), muchísimo más que escritor y crítico literario...  Y podría seguir y seguir, aunque aquí lo dejo...
            Años después de aquellos años, el catedrático de literatura Ángel Raimundo Fernández González (1925-2008) nos referenció en su Historia literaria de Navarra: el siglo XX: poesía y teatro. (Pamplona: Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2003, ISBN: 84-235-2462-0), y hasta en dos ocasiones, para referenciar el nacimiento del Liceo (p. 805) y la publicación de Primera Claridad, y en concreto en este último caso a César, Ana Gurrea, Lydia Gutiérrez, Ricardo Inogés, Miguel Ángel Irigaray, Mari Cruz Zamarbide y a mí mismo (pp. 806-807), consagrando de este modo al reconocimiento formal lo que bien pudiera haber sido una experiencia de tipo personal como tantas abundan.
            Pues bien, en medio de todo ello, yo era el personaje –prefiero pensar que uno, pero por lo visto no–, y así cobra aún más pertinencia el título de esta modesta, agradecida y hermosa para mí serie de dos artículos, porque era la frase que más veces oí durante cuatro años, y no era por mí sino por lo que yo no solo representaba sino que también en realidad era: un instrumento para hacer posible que la vida, sin dejar de serlo, fuera poesía. Y por eso tiene sentido que mis novelas de la trilogía de la reconstrucción de la memoria, El año de las tormentas, que se centran de manera fundamental en esos años, comiencen con esa pregunta. Pero en realidad yo era lo que era por las personas con las que la providencia tanto en la tertulias como en la vida me permitió unirme: con todos ellos y con Javi Laforet, Luis Resola, Xavi Escribano, Inma Cánovas, Beatriz Rodríguez, Pilar Pérez o hasta, entre otros muchos, la propia protagonista de mi modesta propuesta narrativa, Antea... Merecen más la pena que yo y fueron el privilegio para mi vocación de ser, dar y servir.
	Y no solo lo fueron, porque si es cierto lo que es, que uno es lo que es también por lo que fue, lo son.
 Página de agradecimientos en la edición de Primera Claridad, antología poética del Liceo Navarro
Imagen destacada (superior): logotipo original del Liceo Navarro hecho en azulejo sevillano, ©Eva Leal.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 51. ¿Eres tú el que organiza la tertulia? (1). Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 51

¿Eres tú el que organiza la tertulia? (1)
Por Manuel Pérez-Petit

Nos conocimos por la literatura, en aquellos tiempos puros en que nos importaba más ser que tener y dar más que recibir, mostrar nuestra autenticidad por encima de todo y ser nosotros mismos. Escribíamos y compartíamos nuestras inquietudes con tanta verdad como inocencia. Era más importante servir que ser servidos, darle rienda suelta a nuestro afán de creer, crecer y crear. Nos inducíamos unos a otros a pensar y a sentir con nuestros propios esbozos de escritos y discutíamos acerca de lo que nos parecía lo profundo y lo potente.
            Qué poco nos importaba que sucedieran muchas o pocas cosas en nuestros relatos, que estuvieran logrados los poemas, que los ensayos no se terminaran nunca. Cada cosa debía llegar en su momento, y no es menos cierto que teníamos muy buenos maestros. Qué era el tiempo sino estación de paso. Lo importante era sentir, buscar las referencias, reflexionar en común sobre aquello que estábamos convencidos de que nos merecía la pena. Pensar y asombrarnos, escribirlo lo “mejor” posible y compartirlo, contagiarnos, dejarnos la huella señalada para continuar nuestra senda.
            Éramos permeables y nos autoexigíamos. Vivíamos enamorados. Buscábamos consejos, los cotejábamos, ansiábamos encontrar modelos para superar las metas y superarnos, estadíos desde los que partir hacia nuevos horizontes en nuestros viajes respectivos. En nada nos parecíamos unos a otros. Cada uno con su estilo, sus obsesiones, sus debilidades, sus expectativas. Ninguno estábamos exentos de pecado, salvo el de buscar la claridad, y en ello encontrábamos el confort necesario y la fuerza para renunciar al conformismo. Éramos honestos. Asumíamos una responsabilidad impropia de nuestra edad. Y nadábamos en nuestras limitaciones. Si hasta lo dijo el profesor Jaume Farrés, en la presentación de “Primera claridad”, "99 páginas exquisitamente editadas..." –según el periódico 'Diario de Navarra'–, la antología poética del grupo, el que yo mismo promoví y ayudé a fundar y coordiné durante años, en el que estábamos todos e incluso algunos más, reunidos, y cuya realidad propició nuestro encuentro: Me hubiera gustado veros menos prudentes, que comprendiérais que no solo os expresais sino que estáis creando, y creando en el linaje arriesgado de Unamuno, que rechazó la musicalidad del verso… Por esas mismas fechas, un articulista del diario 'Navarra hoy', Lamberto Pérez, se hizo eco de esas palabras y publicaba en su columna: Hay en estos días en el aire ecos de zarabanda poética…, y es verdad que eso era, y que representó para nosotros un punto culminante de lo que éramos, apenas tres años después de haber nacido. 
            Recuerdo haber llegado a la Universidad y enseguida ponerme a pensar qué podía organizarse. Hablé con una compañera de clase, Alba Fité, que tenía un hermano en tercero, Toni, y llamamos a otros: por su parte, Fernando Martínez Vallvey, Vicente Pérez, Toni Gratacós, Idoia Jiménez, Rafael de Ribot y él mismo; por la mía, además de mí, Eva Leal, Julio Pinel y César González Cajete. Nos reunimos una mañana en el entonces cubículo de la secretaría de alumnos de la Facultad, justo a un costado del Faustino, y en una hoja de papel doblado escribimos a máquina nuestros comienzos. De todos ellos pueden saberse cosas y encontrar referencias, aunque entonces no éramos nadie. Esto tan simple lo levantó todo. Nos pusimos bajo los auspicios y el tutelaje de don Luka Brajnovic y comenzamos a reunirnos cada quince días… 
            Cuánto ha cambiado todo desde entonces... Hubo un recital poco después en el Aula Magna de la Universidad, que organizó el filósofo Ilia Galán y en el que leímos muchos... César, admirador irredento por entonces de Milan Kundera; Juan Gracia Armendáriz, un narrador extraordinario; Inma Cánovas, que luego se decantó por la escritura de cine; mi extraordinaria paisana Eva Leal; Fernando Martínez Vallvey, alumno aventajado del inolvidable gran maestro suyo y mío don Luka, que ha sentado cátedra después en la Universidad de Salamanca; Javi Laforet, un artista de fuerza descontrolada; el gran Ángel Alcalá, poeta y novelista de vuelos transatlánticos..., y ahí pusimos, aunque no fuera un evento organizado por nosotros, la primera piedra real del monumento que fuimos capaces de erigir en los siguientes años. De aquella lectura de poesía en la que el propio Ilia montó escándalo y que supuso que la rectoría prohibiera más eventos de alumnos en lo sucesivo en tan solemne espacio… 
           Y, en efecto, tiene sentido la pregunta que encabeza este artículo, porque la tertulia era eso: “la” tertulia, no una tertulia y tampoco una tertulia con apellidos; la que fundamos diez estudiantes de la Universidad de Navarra tal día como hoy, un 21 de noviembre, aunque de 1987, hace 34 años, con el nombre de “Liceo Navarro”. 
            El 4 de diciembre del año pasado, 2020, en mi artículo Mi primer poema, segunda entrega de mi ‘Líneas de desnudo’, hacía una referencia específica a la misma, y, no sé muy bien si como aviso a navegantes o simple propósito, afirmaba: Un día puede que escriba en este espacio acerca del Liceo Navarro, y ahora creo que ya ha llegado el momento.   
            “¿Eres tú el que organiza la tertulia?” Así comienzan las tres novelas de mi trilogía de la reconstrucción de la memoria, El año de las tormentas, cuyas cuatro partes se centran, por los misterios de la autoficción en aquellos años de plenitud y de primera claridad... 

(Continuará...)

 __________
Nota del autor
Agradezco de corazón a Eva Leal su generosidad en cuanto a ayudarme a reconstruir la memoria de un tiempo que siendo viejo es más nuevo que ninguno.
 
   
 Artículo del periodista español Javier Errea en el Diario de Navarra con motivo de la presentación de Primera Claridad, antología poética del Liceo Navarro, publicado el 12 de diciembre de 1990.
Fotografía:  Cortesía de Eva Leal.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 50. Declaración de reconocimiento. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 50

Declaración de reconocimiento
Por Manuel Pérez-Petit

A don Francisco Mena Cantero y a la memoria de don Luka Brajnovic y mi tío Antonio Petit Caro.

La cofradía del olvido es la más nutrida de todas. Sus cofrades se denominan olvidadizos. Yo no pertenezco a ella. No solo me sería imposible por cómo estoy hecho de fábrica; es que no querría de ningún modo. Respeto, en cualquier caso, a quien sea miembro, e incluso militante. La libertad es el don más preciado que todo ser humano puede usar. Y aunque la libertad existe en exclusiva –se mire por dónde se mire– para hacer el bien, y parte de hacer el bien es la capacidad de ejercitar la gratitud, que a los olvidadizos es lo primero que se les olvida, puedo comprender que no la haya, no en vano la condición humana en la vida real se presenta con muchos claroscuros.
            Yo nunca olvidé lo bueno y durante mucho tiempo olvidaba lo malo, lo cual es un error, pues olvidar no es ni virtuoso ni sano. Lo que hay que hacer en los casos malos es perdonar, pero nunca olvidar, más que nada por la enseñanza. No entraré aquí ni ahora en la lucha entre la memoria y los recuerdos, que ya desarrollo de manera amplia en mi trilogía novelística El año de las tormentas –en los dos títulos publicados y en los dos que han de venir–, y que de manera básica se puede resumir en que la memoria –cosa objetivable– es identitaria y los recuerdos –asunto subjetivo– son su enemigo, pues la invaden, trastocan e intoxican. Uno es el que es por su memoria, no por sus recuerdos. Aprendí no sin sufrimiento a no olvidar, a pactar con la realidad, a querer a los demás por sus virtudes y a quererlos más todavía por sus defectos. A quererlos por encima de sus fallos, sus olvidos, sus deslealtades, sobre todo porque a mí me puede pasar lo mismo, por mucho que me empeñe en que no me pase. Quiero a muchas personas, y me da lo mismo que me quieran o que me odien, que yo les sea indiferente, y los quiero de verdad. Aprendo y me renuevo cada día. Sigo adelante contra viento y marea, con la carga de mis limitaciones. 
            La gratitud es un motor inagotable, y la fe –y soy creyente convencido– me da la fortaleza, a veces pienso que inhumana, para seguir en pie. Soy incansable, en efecto, y tengo honor y palabra, y pese a que en muchas ocasiones el cumplimiento de la misma me lleve a autolesionarme, nunca dejo de cumplir mis promesas ni compromisos. Así me hicieron, así quiero ser, y así será. Soy una persona de afectos. Un sentimental mas no un romántico, porque también he conseguido transformar mi enfermizo romanticismo en literatura; así, en mis novelas, que no tanto en mis poemas y mis ensayos. Todas mis obras literarias son expansivas y contenidas a la vez, arrebatadas y medidas, libres y canónicas. 
            Podría seguir hablando de mí pero me da pereza, y además he venido hoy a hablar de reconocimientos, del motor esencial de vida que me mueve y transforma: la gratitud. La más grande de mis gratitudes la siento para con mi tío Antonio Petit Caro (1943-2021), a quien, con motivo de su fallecimiento, escribí El sobrino del diablo. Pero hoy quiero centrarlo en las dos personas ajenas a mi familia que se me vienen a la cabeza en primer lugar: don Francisco Mena Cantero (n. 1934) y don Luka Brajnovic (1919-2001), mis primeros maestros literarios y de vida; uno en el bachillerato y el otro en la universidad. Pueden buscarse por internet; son figuras indiscutibles de las que tuve la fortuna de ser discípulo.
            Don Francisco Mena Cantero me dijo –tenía yo 15 años y escribía como loco– que dejara de hacer versitos, y me puso dos años a escribir sonetos. Yo iba a su casa con frecuencia y él revisaba con lupa y afecto mis iniciales intentos de poemas, la mayor parte de los cuales yo mismo terminaba tirando a la papelera, pues no era solo la técnica de los mismos sino su sentido. Nunca tendré suficiente gratitud hacia su magisterio ni su persona, porque, además, sus enseñanzas de vida fueron sin duda alguna superiores a las literarias. 
            Otro tanto pero de mayor magnitud me pasó con don Luka. Bien es cierto que yo ya era un joven universitario, y de esos a la antigua usanza que estudiaba de todo y leía de todo, sin atenerme necesariamente a un plan de estudios establecido para una carrera determinada, que era lo que debía hacer. Yo igual no estudiaba pero me leía completas todas las bibliografías, me ocupaba más en tertulias, debates y lecturas que en ir a clase, era irremediablemente indisciplinado; así, mi expediente académico no es apto para presumidos pero mi reconocimiento en el ámbito universitario fue excepcional, incluso inmerecido. En aquella Universidad de Navarra se valoraban cosas que no son objetivables, y hasta me consta que se me “perdonaron” y aprobaron asignaturas para que evitar que repitiera curso –con el riesgo que ello conllevaba de que yo me apagara–, dada la trascendencia de mi actividad. Mi trivium y mi quadrivium los cursé con resultados excelentes gracias a este croata maestro de periodistas y escritores que, en realidad era un gigantesco maestro de vida. A medio metro –que es la medida perfecta para conectarse o no–, don Luka y yo éramos la bomba. La mezcla de su autoridad y mi atrevimiento se convertía en cada momento en una fórmula alquímica inimaginable, llena de su sabiduría y mi explosividad, transformando todo en poesía. Él creía en mí y yo lo admiraba con devoción. 
            Ellos son –mi tío se fue casi sin aviso, dejando una herida incurable, a Mena Catero hace más de treinta años que no lo veo y don Luka se nos fue hace veinte al Cielo– los primeros y mejores maestros que nunca tuve. Nunca aproveché de verdad a fondo sus enseñanzas, y así mi vida: un cúmulo de errores y despropósitos inconcebible. ¿Cómo no iba a empezar, con motivo de mi 'Líneas de desnudo 50', esta necesaria para mí declaración de reconocimiento con la que en parte ajusto cuentas con mi vida al borde de mis 55 años?   
            Al fin y al cabo, amo que no imparto la justicia y es de justicia escribir estas líneas y las que vendrán, porque llegará el día en que me enfrente al momento de mi muerte, pero no corre prisa, y, en tanto, la vida sí que corre. 
            Nada nunca evitará que asuma que si soy algo, habiendo sido por mí, ha sido por lo que otros me aportaron, con su bondad y su fe en mí, y no lo olvido.
 Agosto de 2009, en la costa de Granada, España.
Fotografía:  © Antonio Ortiz

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 49. El último Kazarenko. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 49

El último Kazarenko
Por Manuel Pérez-Petit

A la memoria de Roberto “el flaco” Goijman.

Se me murió como del rayo Roberto Goijman, el flaco Kazarenko, con quien tanto quise, quiero y querré. Fue tal día como ayer, 13 de noviembre, pero de hace un año, allá, en el partido de Pilar, en la provincia de Buenos Aires… Y disculpen, por favor, que parafrasee a Miguel Hernández, o a César Vallejo, para nombrarlo, porque desde que supe de su muerte he querido más que nunca ser llorando el hortelano de la tierra que ocupa y estercola.
Era un corazón con patas, muy largas por cierto, a una sonrisa kilométrica pegado, con brazos capaces de abrazar el universo por la ternura que siempre transmitía. Culto hasta la locura, nunca pedante. Amoroso y carismático. Humilde y noble, bueno en el buen sentido de la palabra ‘bueno’, parafraseando esta vez a Antonio Machado. Era tolerante y radical; y yo nunca supe cuál de estas dos virtudes eran más predominantes en él. Era el paradigma del ser humano comprometido. Para él, el dogmatismo no existía. Siempre daba, nunca pedía, y eso le llevó al dolor leve y perdonable siempre de sentirse a veces ignorado por otros que, con muchas más ínfulas que realidades, se sentían poetas “superiores” y a él no tanto por sus formas sencillas y cercanas. No conocía el rencor. Siempre era positivo. Más que criticar, que pocas veces hacía, tendía a aportar soluciones a las cosas. Siempre sumaba, nunca restaba. Era incansable, como yo. De manera inconcebible amigo de verdad de sus amigos, que no eran pocos. Un corazón tan grande como un rinoceronte, dicho sea en términos físicos, pues su corazón realmente era mayor en dimensión que todo el continente americano. Un corazón brutal, también inconcebible. Tanto, que se lo llevó por delante como la hermana muerte solo se lleva a los mejores, de un hachazo invisible y homicida. Era un gigante. Tenía, por lo que había sido su vida, más motivos que la mayoría para vivir lleno de dolor, pero ese dolor lo transformaba en alegría. Era, en efecto, como sí hiciera realidad en sí mismo ese endecasílabo paradigmático de José Hierro: Llegué por el dolor a la alegría, que da lugar al primer cuarteto de su soneto y lo hiciera en carne viva, y que concluye así: Supe por el dolor que el alma existe./ Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía.
            Y así vivía, sabiendo que la vida es dolor y que el dolor no es que se cure sino que se salva con alegría. Era imposible no quererlo. Era imposible no verle creer, crecer y crear. Era un ejemplo. Fueron los nuestros muchos años de relación personal. Conocí con él a poetas excepcionales como Vicente Zito-Lema, Eugenia Cabral o Marta Cwielong –q.e.p.d.–, o a gestores excepcionales como Cristina García Oliver. Compartimos la amistad de otros, como Flavio Crescenzi. Comimos los mejores asados del mundo. Reímos y lloramos juntos. Era un poeta en cuerpo y alma. Inútil para la vida práctica, como yo, cuestión que compartíamos llenos de vida. Viví en sus casas de la provincia de Buenos Aires, en Merlo –con la muy querida Roxana Martínez Zabala– y en Manzanares, hicimos programas de radio juntos, visitas a escuelas, viajes. Vivimos nuestra amistad en Buenos Aires, en Santiago de Chile, en la Ciudad de México y en otros lugares de nuestra copatria común mexicana –Roberto tenía muchas patrias que en realidad eran una sola: el mundo y la poesía como vía para la justicia–. Era un señor de los pies a la cabeza. Tanto en la Biblioteca Nacional como en sus casas tomando mate y/o llenándonos hasta el corvejón de tequila y perdiendo los vasos y los papeles. Colaboré brevemente un tiempo en su hermoso proyecto editorial de Ediciones Patagonia, en la quinta del sordo que como oficina tenía en Palermo... Y hasta fui su editor. Tuve la fortuna de incluir en el catálogo de Ediciones Camelot América su Remos de cartón –lástima que fuera tan lamentable la editorial, pero el intento fue inicialmente aceptable–. En la contraportada del libro firmé estas líneas: “Hecho a hierro y fuego en una de las forjas más terribles del siglo XX, la de la dictadura argentina de los setenta, a la que se enfrentó con acciones y versos llenos de un profundo y ético sentido de la libertad, altos principios morales y un admirable compromiso con la vida que le supuso ponerla en juego no pocas veces, se le puede ver con voz propia entre los cantos de libertad del Martín Fierro y la lucha comprometida y llena de luz de Juan Gelman, en versos ardientes fruto de una vida excepcional en que sufrió atentados y se vio forzado a beber las hieles del exilio, lo cual convirtió su mente de miel y seda en un testimonio de vida y de poesía como pocos pueden encontrarse, ya en pleno siglo XXI. 
            >>En Roberto Goijman podemos ver hecho carne no sólo la gloria de “vivir tan libre” sino también la sangre que corcovea/ en todos los rincones, en/ el alma superior, en su orgullo,/ en los perros con olor a furia. Y en sus Remos de cartón, una obra cumbre llena de nobleza y de auténtica poesía que fue escrita en un período de sordera total, como la novena sinfonía de Beethoven. Es tanto el dolor que se le agrupa en su costado -dicho sea parafraseando esta vez a Miguel Hernández- que Goijman supera con vitalidad su propia historia, y con una indiferencia del tipo que tanto le gustaba a Octavio Paz. 
            >>No en vano la quietud de Valparaíso hizo en él una metáfora de la supervivencia.”
            Me mantengo en contacto con sus hijas. Les he propuesto que hagan una fundación con el nombre de su padre. Que la fundación publique su ingente obra completa, que contará con muchos apoyos, empezando por el mío y el de Kolaval –bien es cierto que ni yo ni Kolaval somos suficientes para levantar ese proyecto, que solo el tiempo, y Dios, dirá si es posible–. Eso sí, me dio para Kolaval El último Kararenko, su única novela, una joya llena de orfebrería y desnudez, una obra maestra que ya solo verá la luz a título póstumo... 
            Pero qué póstumo ni qué tonterías digo. Roberto, ahora que ya no está, está más que nunca con nosotros.
 
   
 En Espacio Y, lugar cultural, en Buenos Aires, el sábado 22 de septiembre de 2018.
Fotografías:  Imagen suoerior: En el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional de Argentina, con Roxana Martinez Zabala, Vicente Zito-Lema, Ana Cuevas Unamuno y Roberto Goijman el 1 de julio de 2012. 
Imagen inferior: De izquierda a derecha, Alejandro Mayoral, Cristina Garcia Oliver, Eugenia Cabral, Roberto Goijman, Marta Cwielong y Manuel Perez-Petit.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

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Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 48. ‘Feels so good’. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 48

'Feels so good'
Por Manuel Pérez-Petit

Retomando mi ‘Líneas de desnudo’ y teniendo aún pendiente releer todo lo publicado en mi anterior etapa colaborativa, me está llegando en estos días una gran cantidad de ideas y tormentas que redimir por medio de la palabra en este ‘Letras, ideaYvoz’ de tan grata realidad para mí. Antes de ayer, una vez publicado mi ‘San Borondón como consuelo’, estremecido aún por la interminable tragedia de La Palma, decidí dejar de pensar en ello, y para ello me puse ese ‘Feels so good’ de Chuck Mangione en mi teléfono –extraño aparato éste, que cada vez sirve menos como teléfono, por cierto, y más para controlarnos–, y me dejé ir…
            Comenzó a fluir mi cabeza como agua mansa que alimentara una laguna llena de juncos torcidos por el aliento de la brisa acuosa de un valle… Qué vida tan complicada ésta… Ya no marca la diferencia la experiencia, que ya ni nos sirve, dada la velocidad de crucero en que todo cambia de forma tan vertiginosa y continua, que asusta, tan impropia del fluir de una laguna en el valle… Lo que marca la diferencia es el espíritu –fíjense, con lo tan desprestigiado que está–, sí, el espíritu con el que las cosas, cada acción, cada gesto, cada decisión, se afrontan; la capacidad de llenar de vitalidad y frescura cada momento, de crear esperanza, de asumir con ímpetu la tarea de ser libres, de encontrar el encanto de lo cotidiano, de transformar el mundo y la misma vida, incluso, si se quiere, en poesía, aunque bastaría con transformarla en vida, lo cual, en el fondo, es lo mismo.
            Es mi convencimiento: estamos obligados a transmitir valores, al menos si alcanzamos un cierto grado de consciencia, asunto cada día, por otra parte, más complicado. Hoy la trivialidad nos inunda con marchas triunfales y victoriosas. El tuerto, si es, además, miope del otro ojo, es el rey indiscutible. Hoy, mientras menos se ve más se mira, y mientras más se mira menos se ve. Vivimos sobrevalorando lo superficial, y, si nos vamos hacia dentro de nosotros mismos, sufrimos lo indecible. Adoramos el ruido y nos espanta el silencio. Sobrevaloramos el hecho de pensar y nos perdemos en diatribas inútiles. Por lo general, nos hemos olvidado de los principios de creer, crecer y crear. Ya casi todo es mímesis, fatuidad, vacío, pero, eso sí, también discurso panfletario. 
            Cierto es que cada día es más complejo el ejercicio de la propia libertad, tan desquiciada en la práctica, violada por nosotros mismos una vez tras otra, pero que es el gran tesoro que donado al ser humano le hace serlo, pese a lo cual es lo que ponemos de manera temeraria en juego cada día. Muchas veces me pregunto si somos conscientes de esta desgracia, aunque incluso podamos generar opinión y hasta convencer a otros de lo contrario. De la responsabilidad que tenemos respecto a nosotros mismos y a los otros –que, por cierto, existen–, de si seremos capaces de ofrecer soluciones a un mundo perdido o peor, como el que estamos construyendo de un tiempo a esta parte, o, al menos, de sobrevivir a la hecatombe. 
            Asistimos, unos con más estupefacción que otros, al espectáculo al que quienes tienen la batuta del mundo quieren que asistamos... ¿De verdad que la gran noticia que deberíamos conocer es que a Messi no le va tan bien como era de esperar en el PSG, que el presidente chileno Piñera vaya a terminar en la cárcel por tener una fortuna escondida en un paraíso fiscal, que la novia de Jeff Bezos –uno de los hombres más ricos del mundo, propietario de Amazon– se haya deshecho en ojitos con Leonardo DiCaprio...? ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Es eso más importante que el interminable proceso de paz de Colombia o el empobrecimiento no solo de México sino de toda Latinoamérica, y todo lo que ello representa, merced, sin ir más lejos, entre otros factores, a la política monetaria de Estados Unidos? ¿No lo es la sangre ya olvidada de Siria o la nueva realidad de Afganistán? ¿La reelección de Ortega al frente de nuestra amada Nicaragua, afirmando que los presos políticos que hay –y no son pocos– son “hijos de perra de los imperialistas yanquis”, y esto sin entrar en considerar la limpieza o no de las elecciones mismas?...
            Podría seguir y seguir. Y es cierto que puede que seamos pendejos, todos nosotros, sí, pues nos dejamos embaucar con alegría por aquellos que gobiernan en realidad con puño de hierro y guante de seda, contra los más elementales principios de Montesquieu, nuestras vidas, negando, de entrada, nuestra propia libertad. 
            Quizá pensar sea peligroso. Y así lo entienden desde luego los que mandan, que no siempre son los que aparecen en los periódicos. Y los que tenemos la oportunidad de crear, en mayor o menor medida, con más o menos acierto, estados de opinión, debemos conocer a fondo lo que nos rodea. Yo en particular creo que lo que falta en el mundo es amor, dicho sea sin emocionalidad alguna –y mucho menos ñoñería, y es que nos estamos jugando mucho–, pero es mi problema y ya veré cómo lo atiendo. En cualquier caso, lo que falta, y ahí sí se podría alcanzar cierto consenso, es silencio, el silencio del valle bajo la lluvia fina, inmersos como estamos en el ruido orquestado por quienes nos manejan a su antojo –versión actual del antiguo “pan y circo”–. Es un ruido brutal que se manifiesta de manera flagrante, e incluso hasta la grosería, en aquellas “noticias” que ellos mismos entienden que debemos atender y asumir como principales en nuestras vidas y que deben afectarnos. Y, además, nosotros les hacemos el juego, y hasta con gusto. Al fin y al cabo esto es el mercado, la droga que con generosidad nos administran. Fue un mal de siempre me dirán, pero quizá, y ojalá no tenga yo la razón, les pido que reflexionen acerca de ello, porque a día de hoy parece más exacerbado que nunca.
            Dan ganas de irse a otro planeta, porque cada vez éste da más pena. Lo que es seguro es que nadie me quitará de la cabeza que lo que falta en el mundo es espíritu y capacidad de amar. Hoy, además, que todos estamos más cerca que nunca, y nos felicitamos por ello, aunque quizá estemos en realidad más lejos que jamás antes hayamos concebido... Qué vida tan complicada ésta… Y como el junco que se mece al paso de los pelos de gato en forma de lluvia de la laguna de un valle cualquiera, me siento en esta piedra y contemplo el mundo, con ayuda del célebre tema de Mangione, trazando ya no líneas de desnudo sino de escape...
 
   
 
Imagen:  Primera página de la partitura original del tema 'Feels so good', compuesto por Chuck Mangione en 1977.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 47. San Borondón como consuelo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 47

San Borondón como consuelo
Por Manuel Pérez-Petit

A la memoria de Manuel Pereda de Castro y a todos los suyos
Con tanto aún por compartir de mis “monstruos internos” –qué lucidez la de mi querido editor, Roger Octavio, a la hora de describir mi ‘Líneas de desnudo’– y por desplegar de mis “disertaciones seriadas” que, en efecto, son parte esencial de mi bitácora por el mundo y, de manera especial, Hispanoamérica, mi pese lo que pese casa, puestos a regresar a las andadas me inflamo como nunca y aunque hubiese deseado elaborar un articulito de saludo y para anunciar que he vuelto a esta revista admirable, ‘Letras, ideaYvoz’, y que en adelante podrán volver a leerme miércoles y domingo, me veo obligado, sin anestesia y envuelto en dolor, a hablar de fuego, pero del fuego que viene del centro mismo de la tierra, del que, convertido en lava, destruye todo lo que toca, sin hacer distingo de ninguna clase.
            A la hora de la comida del pasado 19 de septiembre entró en erupción el volcán Cumbre Vieja de La Palma, una de las siete islas conocidas del archipiélago canario, ubicado frente a las costas de Marruecos en el océano Atlántico. Digo que La Palma es una de las “conocidas” porque existe la leyenda de la isla de San Borondón, que, de manera mítica, ha aparecido y desaparecido a lo largo de los siglos, llegando a ser llamada «la Inaccesible», «la Non Trubada», «la Encubierta», «la Perdida» o «la Encantada» y que hasta tiene carácter y origen hispanoamericano, al ser vinculada a la leyenda de la bahía de Samborombón (Provincia de Buenos Aires, Argentina), bautizada durante la expedición de Magallanes en marzo de 1520, en la creencia de que había sido formada por el desprendimiento de la isla de San Borondón del continente americano. Desde la Edad Media, los cartógrafos que la han documentado ubican San Borondón cerca de La Palma. He leído en estos apocalípticos y tristérrimos días de lava y sismos que existe una posibilidad real de que con la erupción de La Palma, que ya ha supuesto una ampliación de su propia extensión geográfica, puedan emerger nuevas ínsulas que sumar a las Canarias. No sé si la posibilidad es real –no hay que olvidar que en situaciones como éstas la imaginación se dispara–, pero seguro que si se diera este hecho, una de ellas sería San Borondón, aunque fuera para darle la razón a quienes creyeron en su existencia durante este último milenio.
            Entendamos la posibilidad de que emerja San Borondón como un consuelo ante el dolor inconcebible que estos dos últimos meses nos viene deparando. Sobre todo porque me imagino que San Borondón, en realidad, es una escultura del muy querido Manuel Pereda de Castro (1949-2018), escultor extraordinario, cántabro de nacimiento y palmero de adopción, cuya casa-estudio ha sido sepultada por la lava. Gracias a los esfuerzos de su mujer, la pintora Gloria Viña, y de sus hijos, no sin apoyo de las autoridades locales –no en vano la obra de Pereda de Castro no solo cuenta con gran predicamento en Canarias sino que es reconocida en el mundo internacional del arte– antes del terrible acontecimiento y cuando se vislumbraba inevitable se pudieron recuperar muchas de las piezas del legado de Manel, como le conocíamos allegados y amigos. He tenido el honor y la fortuna de convivir con los Pereda de Castro, con los que me unen lazos de amistad perenne. Conocí a Manel, hermano de mi muy querida Rosa Pereda, y su familia, en paseos por Santander o por Madrid. De igual modo conocí a su hija Lilith, artista excepcional, quien también ha estado y está al pie del cañón en estos días, en una velada memorable de hace ya unos años en casa de Rosa y Marcos-Ricardo Barnatán, acompañados de nuestra común y entrañable amiga Soledad Orozco. 
            La destrucción de la casa de Manel y Gloria me ha traído a la memoria la obra del pintor del barroco español Juan de Valdés Leal (1622-1690), y sobre todo sus dos más famosas pinturas, ‘Finis gloriae mundi’ (El fin de las glorias mundanas) e ‘In ictu oculi’ (En un abrir y cerrar de ojos), en las que sobre la destrucción hay, de forma paradójica, una vida. En el caso de la primera, sobre el obispo muerto una mano viva sostiene una balanza. En el de la segunda, un esqueleto en pie mira al observador del cuadro. Se podría abundar en ello, y no me detendré más en la alocada sinonimia que se me ocurrido entre el drama de La Palma y estas pinturas… Con lo que me quedo es, una vez liberado el monstruo interno de mi tristeza por el desastre, con el monumento que podría emerger de las aguas, la isla de San Borondón, escultura definitiva de Manel. Y en última instancia, inflamado como estoy, con la certeza de que el monumento es su obra, que en realidad jamás podrá ser sepultada.
            Aunque lo cierto es que ni San Borondón ni nada me consuela –aun siendo posibilidad aún no se ha dado–. En todo caso, saber que hay afectos que duran siempre y son inextinguibles.
 
   
 
Imagen: © Desiree Martin / AFP 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.