Líneas de desnudo/ 52

¿Eres tú el que organiza la tertulia? (y 2)
Por Manuel Pérez-Petit

Aquellos años ya son, en efecto, cosa de un pasado relativo que en realidad no es pasado, porque no es menos cierto que somos lo que somos en parte por lo que fuimos, como le comentaba a César González Cajete en la publicación que con tanta amabilidad hizo en su Facebook publicitando el primer artículo de esta sencilla serie de dos con que pretendo cumplir mi promesa realizada en mi segundo Líneas de desnudo, Mi primer poema, y, de paso, honor a quien honor merece, reconocer lo mucho que recibí y lo aún más que debo a aquellos años en la Universidad de Navarra cuyas enseñanzas tampoco –y soy proverbial en desaprovechar lo mucho bueno recibido– aprendí a aplicar en la vida, aunque me hicieron hombre en el más pleno sentido de la palabra. Y sí, en efecto, soy lo que soy gracias a ello...
            Decía que teníamos muy buenos maestros allí, y es cierto… En aquella Universidad de Navarra, de algún modo un microcosmos en apariencia casi al margen del mundo pero en realidad con las raíces bien ancladas en el mundo, dispuestos a transformar el mundo con amor, sí, con amor apasionado y amor a cada día y a nuestro entorno, y, con mayor o menor grado de consciencia, a hacer endecasílabos de la prosa de cada día y no solo como aplicación práctica intencionada en nuestras vidas y nuestro quehacer público de ese muy famoso consejo que tanto había repetido en vida el fundador de la universidad, San Josemaría Escrivá, sino como supremo acto de voluntad en nosotros mismos y más teniendo en cuenta el valor universal de la frase, máxima o proverbio o consigna que, por otra parte, ahora, vista con el paso de los años y en nuestra realidad presente, cobra un valor y una actualidad singulares. A eso nos dedicábamos, sí, a hacer endecasílabos con la prosa de cada día… Y por eso éramos genuinos y genuinamente inclusivos, afectuosos, comprometidos...
            ¿Buenos maestros? ¿Cómo no íbamos a tener buenos maestros? Empezando por don Luka Brajnovic, un auténtico maestro de ésos que transpiraban sabiduría mucho más que conocimiento o información –pues el sabio lo tiene todo pero ni es pedante ni arrogante ni acompleja sino que genera pasión, buscando, además, que la admiración sea para lo que enseña y no para él (importa más amar que el hecho de quien ama)–, con una naturalidad y una sencillez hipnóticas, y que una vez en el Faustino le dijo a mi madre que yo no debía dejar de escribir ni un solo día de mi vida, aunque fuera cinco minutos. Pero no solo era don Luka… Nuestra lista de gratitudes –porque de eso se trata– no cabría en el artículo, y a todos los nombrados se les podría buscar y todos son notables… Maestros del mundo académico –mucho más que solo conocimiento–, de la literatura –y desde luego de la lectura, sin la que la capacidad de amar es mucho más reducida–, de la vida. Venidos de fuera y cazados a lazo para que compartieran con nosotros un rato de su tiempo, llegados con interés previo de conocernos o vecinos nuestros o habitantes de esos edificios singulares del no menos singular valle del río Sadar en que, a las afueras de Pamplona, se ubicaba y ubica la universidad, ese mismo espacio en que, expandido a la ciudad, marcamos durante años el territorio de nuestra acción de poetas, incluso con y en quienes no escribían ni escribieron nunca verso alguno...
            En mi caso particular no podría dejar de destacar a don Norberto González Gaitano, cuya amistad supuso aprendizajes que iban siempre más allá de lo exigible en un maestro, a don Manuel Casado Velarde, hombre de extrema y delicada sabiduría, a don Esteban López-Escobar, a quien siempre –y no sé bien por qué aunque en el fondo lo sepa, me lo imaginaba paseando por campus emblemáticos como los de Stanford, Harvard o Cambridge, elegante hasta en el vestir a la par que transmitía que sabía de lo que hablaba, a don Eduardo Terrassa, con quien hablé de literatura más que con nunca nadie, o a don Ignacio Arellano, que abrió como nunca nadie antes o después el siglo de Oro para mis ojos, pero también al filólogo José Antonio Millán Alba, a quien quien siempre visitaba en Madrid y que me abrió la amistad del poeta Pedro Antonio Urbina (1936-2008), a Manuel Fontán del Junco, a Enrique Alarcón Moreno, que supo siempre más de santo Tomás que el propio Santo Tomás de Aquino, a Javier de Navascués o al gran Tomás Yerro (1950-2021), muchísimo más que escritor y crítico literario...  Y podría seguir y seguir, aunque aquí lo dejo...
            Años después de aquellos años, el catedrático de literatura Ángel Raimundo Fernández González (1925-2008) nos referenció en su Historia literaria de Navarra: el siglo XX: poesía y teatro. (Pamplona: Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2003, ISBN: 84-235-2462-0), y hasta en dos ocasiones, para referenciar el nacimiento del Liceo (p. 805) y la publicación de Primera Claridad, y en concreto en este último caso a César, Ana Gurrea, Lydia Gutiérrez, Ricardo Inogés, Miguel Ángel Irigaray, Mari Cruz Zamarbide y a mí mismo (pp. 806-807), consagrando de este modo al reconocimiento formal lo que bien pudiera haber sido una experiencia de tipo personal como tantas abundan.
            Pues bien, en medio de todo ello, yo era el personaje –prefiero pensar que uno, pero por lo visto no–, y así cobra aún más pertinencia el título de esta modesta, agradecida y hermosa para mí serie de dos artículos, porque era la frase que más veces oí durante cuatro años, y no era por mí sino por lo que yo no solo representaba sino que también en realidad era: un instrumento para hacer posible que la vida, sin dejar de serlo, fuera poesía. Y por eso tiene sentido que mis novelas de la trilogía de la reconstrucción de la memoria, El año de las tormentas, que se centran de manera fundamental en esos años, comiencen con esa pregunta. Pero en realidad yo era lo que era por las personas con las que la providencia tanto en la tertulias como en la vida me permitió unirme: con todos ellos y con Javi Laforet, Luis Resola, Xavi Escribano, Inma Cánovas, Beatriz Rodríguez, Pilar Pérez o hasta, entre otros muchos, la propia protagonista de mi modesta propuesta narrativa, Antea... Merecen más la pena que yo y fueron el privilegio para mi vocación de ser, dar y servir.
	Y no solo lo fueron, porque si es cierto lo que es, que uno es lo que es también por lo que fue, lo son.
 Página de agradecimientos en la edición de Primera Claridad, antología poética del Liceo Navarro
Imagen destacada (superior): logotipo original del Liceo Navarro hecho en azulejo sevillano, ©Eva Leal.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.