Líneas de desnudo. 66. Después de cantar el gallo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 66

Después de cantar el gallo
Por Manuel Pérez-Petit

Antes de la medianoche de Nochebuena, en la vigilia de la Navidad, se celebra, desde hace más de mil quinientos años, la misa que llamamos “del Gallo”. En su origen se trataba de una vigilia con la oración “mox ut gallus cantaverit”, ‘después de cantar el gallo’, que era el comienzo del día para los romanos.
            La Nochebuena y la Navidad son fuente de muchas obras literarias, pero para mí que nadie ha recreado nunca el milagro de esas horas como el poeta sevillano, vecino mío del barrio de mi infancia, San Lorenzo, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). En 1868, perdió sus “Rimas” y gracias a su memoria y las publicaciones donde algunas ya habían aparecido, pudo reconstruirlas. Fueron publicadas a título póstumo junto a sus "Leyendas" en 1871. Poco después, siendo ya su obra reconocida en toda Europa, nació el movimiento simbolista francés. Hoy se le considera el primer poeta moderno en español y es incuestionable su influencia en la literatura posterior y contemporánea universal.
            Una de sus leyendas es “Maese Pérez el organista”, con quien, como veremos en unas líneas, tan intensa relación tengo. De pequeño no me llevaron nunca, pero ya con doce o trece años había ido varias veces. Me daba por aquella época por aprenderme de memoria cada rincón de Sevilla, el nombre de cada calle, el detalle de cada esquina, cada balcón, cada patio... A veces creía descubrir sitios, y hasta estaba convencido de que nadie los había visto antes. Miraba sin descanso y no dejaba de ver, y dedicaba mis solitarias horas en mis tareas de aventurero en una ciudad que me parecía inacabable. En aquel tiempo, ecléctico, me adentraba por la ciudad, como esta misma pasada noche. 
            Siempre me llamó la atención el convento de Santa Inés. Me gustaba ir allí a misa, y siempre que lo hacía miraba con curiosidad de bibliófilo el órgano. Cerraba los ojos y veía allí al ciego, tocando aquel órgano prodigioso. Como pasó anoche cuando acudí a la misa del Gallo en ese mismo lugar, y volví a pasear, como hace más de cuarenta años, con el mismo pasmo, y saludé de forma leve con la mano, como me daba por entonces, justo antes de cerrar los ojos, a mi viejo amigo Maese Pérez –al fin y al cabo mi probable pariente–, el organista. Y sé que al maestro le dio una vez más por hacer una excepción y tocó solo para mí. 
            Se puede ir volando a Santa Inés, pero anoche mi camino fue a pie, desde el barrio de San Bernardo, extramuros, donde se ubicó desde tiempo inmemorial el matadero de la ciudad. Entre sus muros se alanceaban toros desde el siglo XVII. Allí nació por estas mismas fechas de ahora pero del siglo XVIII el pase llamado “Verónica de frente”, que se hace con el capote, el trapo que se utiliza en el primer tercio de la lidia de un toro. Frente a San Bernardo se encuentra la puerta de la Carne, uno de los múltiples accesos a la ciudad, que estuvo amurallada hasta mediados del XIX, tiempos de Gustavo Adolfo. Nace ahí la calle Santa María La Blanca, a la que accedí por la del Aire, donde nació Luis Cernuda (1902-1963), quien comenzó a leer poesía –gracias a Dios– a los nueve años de edad con motivo del traslado de los restos de Bécquer a Sevilla. Caí a la calle de San José. A la derecha quedó la auténtica judería de Sevilla, en donde naciera Miguel Mañana (1627-1679), a quien dediqué uno de mis últimos artículos, Una exageración más de los poetas, a colación de haber sido confundido con quien pudo haber inspirado el personaje mítico de Don Juan. A mi izquierda se fue alejando el Alcázar y sus arrabales, desde comienzos del XIX conocidos como barrio de Santa Cruz, en donde Santa Teresa de Jesús (1515-1582) fundara un convento de su reforma carmelita a finales del XVI y dijera aquello de que Sevilla era una ciudad imposible (sic). Llegué enseguida a San Nicolás, un cruce de calles, y de allí a San Pedro, una plaza frondosa que transité hacia la parroquia del mismo nombre. Perderse en el ínterin está permitido. Yo mismo lo hice esta noche. Al costado derecho de la iglesia conforme se mira a sus pies, o sea, su fachada, nace la calle Doña María Coronel (1334-1409), llamada así en honor de la señora que se hizo quemar el rostro con aceite al no querer corresponder a los amores que le profesaba el rey Pedro I de Castilla (1334-1369), allá por el siglo XIV, y que fundó el convento de Santa Inés, para terminar de preservarse del monarca, a quien por cierto sucedió en el trono su hermano bastardo Enrique II de Castilla (1334-1379), fundador de la dinastía de Trastamara y antepasado directo de Isabel I de Castilla (1451-1504), mejor recordada como “La Católica”...  
            Y es que el mundo es un pañuelo... Por eso, esta noche pude desplazarme hasta allá. Enseguida encontré a mi derecha la puerta del convento, y tras cruzar el ‘compás’ –busquen qué es el ‘compás’ de un templo, aunque les adelanto que para mí es el comienzo de la inspiración de todo milagro–, llegué al templo en que, según Bécquer, tocaba Maese Pérez, después de muerto y como en vida, de manera maravillosa, el órgano, todas las nochebuenas. Pero un día, ése órgano, ya demasiado deteriorado, tuvo que ser sustituido por otro nuevo. Y a partir de entonces, según afirman todos, no ha vuelto.
            Sin embargo, yo sé que eso no es cierto, y siempre que voy cierro los ojos y lo veo y oigo su música... Como anoche, justo después de cantar el gallo.
 Primera página de la leyenda «Maese Pérez el organista», de Gustavo Adolfo Bécquer, publicado, con las obras completas de éste, por Librería de Fernando Fe, Madrid, en 1885.
La imagen está libre de derechos.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 65. Brillar en la oscuridad. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 65

Brillar en la ocuridad
Por Manuel Pérez-Petit

Antes de ayer fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte y pasado mañana es Navidad en todo el planeta. Entre éste último día y hoy, 23 de diciembre, media la Nochebuena, roja y brillante en la oscuridad como carbunclo, símbolo de luz, que tanta falta hace hoy.
            A comienzos del milenio pasado se puso muy en boga peregrinar a Compostela –’campo de estrellas’; otra vez la luz– desde los más remotos lugares del centro y el norte de Europa. En aquellas tierras el pan es de centeno desde siempre, y este cereal sufría por aquellos tiempos de una plaga causada por un gorgojo que lo parasitaba.  Ese pan de centeno, al ser comido, provocaba un oscurecimiento de la piel que derivaba en una especie de gangrena, la cual, como es lógico, generó la alarma entre la población. Por esa razón se intensificaron las peregrinaciones al sepulcro del apóstol Santiago el Mayor, en busca de un milagro curativo.
            Fue por entonces que se trazaron los diversos caminos compostelanos europeos, desde la remota Rusia o los países escandinavos, las cercanías del mar Negro o desde Las orillas del Danubio o del Elba o del Rhin, y, desde luego, desde la península itálica, Francia o las islas británicas, para entrar al camino principal por Jaca o por el mítico Roncesvalles, lugar en que habían tenido lugar tres siglos antes los acontecimientos legendarios de la retaguardia del ejército de Carlomagno del que nació el “Cantar de Roldán”, el cantar de gesta más antiguo en lengua romance, escrito en francés antiguo por esas mismas fechas. 
            De este modo, todo el mundo se dirigía a Galicia a venerar la tumba del apóstol de Jesús, pero fueron especialmente relevantes las peregrinaciones del centro y norte de Europa, que veían en ese viaje la posibilidad de curarse del mal que les aquejaba cuyo origen por entonces desconocían. Y, en efecto, conforme viajaban hacia el sur y comenzaba a comer pan de trigo, los efectos de la plaga se iban mitigando, hasta desaparecer ya en la península ibérica..., de tal modo que al postrarse ante la tumba estaban curados por completo. La plaga del centeno desapareció en no mucho tiempo, y todo el mundo creyó de buena fe que fue por la intercesión del santo, agrandando de manera universal la devoción por recorrer ese camino, que hoy está vigente. Al fin y al cabo, es un camino hacia la luz.
            Desde el siglo XII, los años en que el 25 de julio, festividad católica de Santiago Apóstol, cae en domingo se celebra un Año Santo Jacobeo. Cada siglo tiene lugar esto catorce veces. Por causa de la p. pandemia, en 2021 y 2022 se está celebrando dos años seguidos, por lo que estamos a mitad de una celebración doble. 
            Podemos tener fe o no tenerla, pero no podemos desdeñar celebración alguna de la luz, dada la oscuridad de los tiempos que corren. Antes de ayer, decía, fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte, que se celebra de muy diversas formas y en muy diversos lugares como fecha de purificación y ofrenda, de resurgimiento y de luz. Y pasado mañana, se celebra la Navidad, de la que huelga contar cualquier cosa en cualquier lugar del mundo.
            Y, por eso, hoy, 23 de diciembre, a mitad de camino entre el solsticio de invierno del hemisferio norte y la Navidad, podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón.
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Nota del autor
Con mis mejores deseos de paz y luz para todos en estas fechas. ¡Feliz Navidad!
 
   
 Sobre una foto de la artista mexicana Norma Ascencio, el autor del presente artículo hizo esto, con el lema «Es posible hacer posible lo que parece imposible» en 2013
Fuente de la fotografía: Retrato de M. P.-P. junto al Via Lattea, en el corazón de la colonia Roma de la Ciudad de México. 2013. © de la foto: Norma Ascencio.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 64. Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 64

Aproximaciones a las dos torres de la palabra en Occidente
Por Manuel Pérez-Petit

Literatura y periodismo eran la misma cosa, pero éste se desgajó por diversos motivos del tronco del arte: lo efímero, la actualidad, la trascendencia práctica. Ambos son sistemas opuestos de aproximación a lo real. El lenguaje del periodismo es denotativo, más directo y simple que el de la literatura. Ésta es inútil en el sentido de la vida práctica, pero aquel no.
            Lingüistas y teóricos literarios llevan decenios dándole vueltas a lo mismo. Para el búlgaro francés Tzvetan Todorov (1939-2017), lo que distingue al relato literario del que no lo es es la ‘literariedad’, esto es, la propiedad por la que un discurso verbal entra a formar parte de la literatura o no, elemento a través del cual se distingue, pues, el relato literario del que no lo es, como también afirmó el ruso Roman Jakobson (1896-1982) en su “Lingüística y poética” (Madrid, Cátedra, 1988, pp. 14 y 16). La noticia, elemento esencial del periodismo y su lenguaje, no es una ficción: es el relato de un punto de vista. En ella no puede entrar en juego la imaginación, pues la noticia periodística es inviolable por su naturaleza, pese a lo cual se ve amenazada por múltiples peligros, el más notable de los cuales es el ruido, cuya principal característica es que anula la información. Sin embargo, ¿podría ser, como escribió el semiólogo ruso Yuri Lotman (1922-1993), que el ruido, según qué tipo de cultura se observe, se pueda transformar en información artística? El reflejo en el espejo que es la información periodística no es insondable, al contrario que los múltiples espejos de múltiples resonancias que es la obra de arte.
            Es misión del periodismo expresar la realidad, y la realidad, aquello que es dado a la mirada cotidiana, se trata en sí misma de la intersección de los todos los puntos de vista que permite superar las limitaciones de cada uno de ellos, por lo que es inalcanzable. Por tanto, la objetividad no existe, puesto que nadie puede abarcar todos los puntos de vista posibles. Lo que existe es la honestidad con el propio punto de vista, elemento clave para entender, por otra parte, el mundo contemporáneo. 
            Todo arte de la escritura se establece entre dos torres desde que en Platón (circa 427-347 a. C.) se librara la batalla entre el logos de la poiesis y el logos del pensamiento filosófico, triunfando éste último sobre aquel, que quedó condenado al destierro en Occidente desde entonces, como nos cuenta en su “Filosofía y poesía” María Zambrano (1904-1991) (México, FCE, pp. 9 y ss.). Sin embargo, es posible una filosofía poética, como lo es un periodismo literario. Pero el lenguaje periodístico –o en apariencia periodístico, que es el predominante hoy– puede terminar matando la literatura. 
            La actitud y la repercusión de los modos generales de comunicarse hoy –en lo que influyen de manera determinante las redes sociales– están en condiciones de aportar de forma decisiva a la consecución práctica de uno de los peores augurios de Nietzsche: que en el futuro solo existieran una veintena de libros. ¿Podría evitarse esto, que desapareciera el lenguaje de la literatura por simple aplastamiento por parte del lenguaje “informativo”? Teniendo en cuenta que el periodista –o el supuesto nuevo “periodista” que se hace pasar por tal– no es en sentido estricto un escritor literario, dado que debiera expresar la realidad que ve en los justos términos de su punto de vista, que la sociedad Occidental tiende cada vez más a la sobreinformación, que incluso el habla de las personas está cada vez más influenciado por todo ello, que se tiende a escribir como se habla o como se piensa, que la capacidad de generar ficción va en retroceso general –causa del auge de los subgéneros–, que se estereotipan los modelos, las conductas y el lenguaje –desterrándose de forma progresiva con cada vez mayor generalidad el rigor, la autoexigencia y la disciplina–, el paisaje resultante es desalentador. 
            Hoy se olvida con mucha facilidad que la literatura es el ejercicio de la mentira capaz de hacerse más verdad que la verdad que de forma individual cada uno conoce. Que sin ella la vida se agota y corre hasta el peligro de desaparecer.
 
Fotografía: ©Omar Medina González, 10 de agosto de 2012.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 63. Todo por comenzar. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 63

Todo por comenzar
Por Manuel Pérez-Petit

“Adiós, adiós, Recuérdame” La frase con que el fantasma padre de Hamlet aparece y desaparece, casi simultáneamente, es el gatillo de la tragedia. Hamlet duda porque recuerda. Actúa porque recuerda. (…) Don Quijote, en cambio, surge de una oscura aldea en una oscura provincia española. Tan oscura, en verdad, que el aún más oscuro autor de la novela no quiere (o no puede) recordar el nombre del lugar. Allí mismo, con el olvido de Cervantes, empieza la novela moderna…

Carlos Fuentes, En esto creo, 2002.*
Al nivel de un lector simple, e incluso al de un lector interesado, ¿es más importante la información que leer por nosotros mismos sin filtros ni textos que hagan las veces de supuestas guías de lectura? La experiencia vital influye en todos y escribir es un ejercicio de resolución de problemas, de indispensable prueba y error, de pericia técnica y a la vez emoción –incluso cuando se trata de plasmar ideas–, que solo es posible enfrentar desde la experiencia y las experiencias, las cuales “viajan” tanto hacia adentro como hacia afuera de cada uno. Al final, escribimos sin excepción sobre nosotros mismos, acerca de nuestras propias vidas, a partir del recuerdo, condicionados por el olvido, desde la memoria, en el tiempo, aquello que es la duración de las cosas sometidas a mudanza... El conocimiento de nuestras existencias sería imprescindible en función del grado de exigencia de los lectores, que a este nivel son muy pocos, incluso incluyendo a eruditos, académicos y especialistas. En realidad, para la inmensa mayoría es un enorme ejercicio pedante –divertido si se quiere, insisto–, que de forma lamentable en demasiados casos sustituye a la lectura, pues sacia por sí misma, pese a que no nos dice nada acerca del interés que puede tener o no leer sus obras. Autores con una biografía apasionante serían generadores de obras apasionantes según este planteamiento tan extendido, pero por lo mismo, por ejemplo, no merecería la pena leer los poemas de Emily Dickinson, porque su vida fue aburrida hasta decir basta, y esto es una aberración todavía mayor que aquella.

            *            *            *

            Dejo a un lado en este instante el río de las aberraciones y, a modo de punto de giro, me centro en dos casos muy concretos. Cientos de miles de páginas se han escrito acerca de Shakespeare y de Cervantes, y el consenso universal los sitúa en la cumbre de las cumbres. Pese a ello, hay enormes lagunas acerca de sus vidas, que siendo muy diferentes tuvieron en común estar envueltas en el misterio, aunque esas dudas nos dan igual cuando leemos “El mercader de Venecia” o “El Quijote”.
            Hay quien dice que es posible que llegaran a conocerse, en la primavera de 1605, en Valladolid, donde estaba la corte, en que el autor de “La tempestad” pudo haber sido integrante de la delegación que Jacobo I de Inglaterra envió a España para sellar la paz con Felipe III, pero esto es algo que nadie ha podido demostrar. El ‘Bardo de Avon’ vio publicadas varias de sus obras entre 1590 y 1620, pero su obra completa no fue compilada en un volumen hasta 1623, ocho años después de su muerte: 11 tragedias, 15 comedias y 10 obras históricas, en una edición que llevaron a cabo dos actores de su compañía. El “Príncipe de los ingenios” publicó entre 1585 y 1616, saliendo su último libro un año después de que muriera. En 1605 vivía, en efecto, en Valladolid, el año en que salió la primera parte del Quijote. No es descabellado, pues, imaginar un posible encuentro. El de Stratford-upon-Avon escribió “Cardenio”, inspirada en una de las historias de El ingenioso hidalgo, cuyo manuscrito original se perdió en el incendio del teatro El Globo, en 1611. Sabemos, pues, que el inglés leyó o conoció la obra cumbre del de Alcalá de Henares. No disponemos de sus manuscritos, como tampoco se conserva el del Quijote. También desconocemos sus rostros verdaderos, al no habernos llegado ningún retrato autentificado de ninguno. ¿Los necesitamos de verdad? 
            Shakespeare murió rico y Cervantes, pobre. Aquel vivió de la representación de sus obras y éste de lo que pudo. Comparten el abandono aparente de sí mismos en sus obras, escritas hace más de cuatrocientos años pero cuya virtud reside en su tremenda actualidad, como puede verse, en el caso del inglés, en el monólogo de Hamlet, príncipe consciente de Dinamarca –en mi opinión no tan pleno como el primero de Segismundo, príncipe ensoñado de Polonia, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca-, o en la figura de Yago, el manipulador paradigmático, en Otelo, o como, en el caso del español, sin ir más lejos, en el capítulo XIV de la primera parte de Don Quijote, el que relata la historia de Marcela y Grisóstomo, que incluye el monólogo de aquella reivindicando su libertad y su identidad como mujer... Y podría parecer que estas obras hubieran sido escritas la semana pasada, de tanta actualidad como desprenden. 
            Confieso no conocer a fondo a ninguno de los dos. Los traté siempre más o menos tanto como a Montaigne, Galdós o Marlowe, aunque menos que a Séneca, Rilke o Manrique, pero con sus obras siempre tuve relación. Sin embargo, esto no le importa a nadie, y escribirlo aquí es otra vez pedantería. ¿Para qué requiero yo, aun siendo un lector más interesado que simple, volviendo por los mismos fueros, saber tanto de ellos? Después de conocer tanto de tantos, Shakespeare, el que recuerda, y Cervantes, el que olvida, se me hacen misteriosos, pues los conozco menos, y eso me encanta, porque, sin embargo, no me lo son. A lo mejor todo tiene que ver con que el recuerdo y el olvido son relativos. O con que con todo lo vivido siempre está todo por comenzar. 
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*Leído el 26 de octubre de 2001 en el diario El País: (https://elpais.com/diario/2001/10/27/babelia/1004140216_850215.html)
 
   
 Portada de la parte primera de la edición de Lisboa en español de 1775 desaparecida y descubierta por el profesor Aurelio Vargas Díaz-Toledo, de próxima publicación por Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval.
Vida y hechos del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. (Lisboa, à custa de los hermanos du Beux, Lagier y Socios, Mercaderos de Libros, 1775). 
Serán 5 tomos ya registrados (dos facsimilares, uno de estudio crítico y dos de transcripción), a publicar en 2022. Edición, estudio crítico y transcripción de Aurelio Vargas Díaz-Toledo. ISBN (obra completa): 978-84-123907-4-2. ISBN (facsímil, parte primera): 978-84-123907-5-9. ISBN (facsímil, parte segunda): 978-84-123907-6-6. ISBN (estudio crítico): 978-84-123907-7-3. ISBN (transcripción parte primera): 978-84-123907-8-0. ISBN (transcripción parte segunda): 978-84-123907-9-7.
Esta edición en español de 1775 fue llevada a cabo en Lisboa, Portugal, por impresores franceses de gran relevancia en el mercado editorial portugués, los hermanos Du Beux, Jean Joseph y Claude, y Valentín Lagier y compañía.
Contiene elementos lingüísticos y narrativos que la diferencian de la edición canónica actual de la obra.
Recoge en sus páginas ilustraciones de ediciones anteriores y nuevas ilustraciones.
La edición ha permanecido en el olvido durante siglos y no aparece documentada en ninguno de los proyectos más importantes en lo que al estudio de esta magna obra, considerada cumbre de la literatura universal, se refiere, como, por ejemplo, el Banco del Imágenes del Quijote, dirigido por el profesor José Manuel Lucía Megías, o el Proyecto Cervantes, auspiciado por la Texas A&M University, Estados Unidos, y la Universidad de Castilla-La Mancha, España. 
Solo se conservan dos ejemplares en el mundo de esta edición en dos volúmenes. Uno en la Hispanic Society of America, de Nueva York, Estados Unidos, y otro en la biblioteca particular de Carmen y Justo Fernández, bibliófilos de Madrid, España.
El proyecto cuenta con un patrocinador, la Universidad Complutense de Madrid, España, y está en la búsqueda de al menos un socio americano.
Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval cuenta con tres colecciones, entre las que está Kolavalik, ediciones especiales de Kolaval, destinada a publicar proyectos magnos como el presente. Se puede pedir información en el correo electrónico: kolavalporhispanoamerica@gmail.com 
Dedicaré pronto un artículo al Quijote de Lisboa, un gran descubrimiento de nuestro tiempo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 62. De cosas sujetas a mudanza. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 62

De cosas sujetas a mudanza
Por Manuel Pérez-Petit

En torno a la memoria y los recuerdos es razonable llegar a la conclusión de que todo es conflicto, convergencia o divergencia pero nunca convención, aunque siempre quedará la posibilidad de establecer un pacto con la realidad, que es aquello que va a su aire mientras cada cual hace lo que puede. Al final, lo que queda es el propio punto de vista. La memoria es identitaria y a ella se le puede aplicar aquello de quién soy, de dónde vengo y a dónde voy. Poco tiene que ver con los recuerdos, los cuales son muy reducidos en relación a la vida real vivida, y en gran medida subjetivos. De hecho, los que los demás tienen de uno no coincide muchas veces con lo que uno tiene, de tal manera que la historia personal se va conformando con base en recuerdos encontrados en una suerte de transversalidad en que se puede resumir lo que hay, que siendo grandioso no es gran cosa, aunque ilumina y genera un cierto tipo de certeza. Por ello, un ejercicio de reconstrucción de la memoria no puede basarse en recuerdos, sino en algo más profundo, fluido y sólido: la conciencia. El olvido, por su parte, tiene mucho de bruma, fatalismo y dimisión, y está relacionado con la voluntad. La memoria no, pero los recuerdos y los olvidos tienen que ver con el paso del tiempo, eso tan fugaz, pleno e inevitable.
            La primera acepción de la voz ‘tiempo’ en el Diccionario de la Lengua Española es “Duración de las cosas sujetas a mudanza”... “Sujetas a mudanza”..., qué interesante, porque se trata de la vida, y ésta, por mucho que se quiera, no puede meterse en un frasco, pese a que el “frasco” del tiempo la limite.
            Vuelvo por los mismos fueros de mi último ‘Líneas de desnudo’, “Reivindicación del lector hedonista”, dada la cierta correspondencia que ha suscitado en relación a si es necesario o no saber del autor para leer su obra. Son bien conocidos los periplos vitales de Dante (circa 1265-1321), Goethe (1749-1832), Zorrilla (1817-1893), Milton (1608-1674) o Rilke (1875-1926), por ejemplo. Tenemos tantas certezas acerca de sus avatares existenciales como de las de muchos otros que otros tantos se han encargado de recopilar, documentar, confrontar y difundir con la eficacia suficiente como para que lleguen a nuestros días, incluso a veces con la vitola de “imprescindibles”. Conocemos de manera razonable las de otros, como Marlowe (1564-1593), Montaigne (1533-1592), Séneca (4 a.C.-65 d.C.), o Jorge Manrique (circa 1440-1479), por acción de esos mismos eruditos divulgadores, e incluso la de Aristóteles, con el tiempo que ha pasado... Se han escrito cientos de miles de páginas sobre cualquiera de ellos. 
            Pero yo insisto: me trae sin cuidado si tal o cual menganito o zutanito, gran figura de la literatura universal, comió en la taberna de no sé quién o tuvo un amorío con fulanita, que era sobrina de un arquitecto real o hija del músico de la corte que se acostaba con la reina, si luchó como soldado raso o almirante en una u otra batalla, si se casó con una rica heredera o perdió su fortuna en el juego... Me resisto a la categorización de la anécdota que, de algún modo, es también la consagración de la pedantería, aunque resulte divertida.
 
            *            *            *

            Zorrilla era por 1844 un muerto de hambre por las calles de Madrid que iba de teatro en teatro suplicando la limosna del encargo de una obra cuando un empresario le encargó una que debía estar escrita en poco más de veinte días. Escribió “Don Juan Tenorio” en veintidós. 
            La vida de Dante fue un extraordinario compendio de intrigas en que casi siempre fue víctima o estuvo en el bando derrotado... ¿Cómo no iba a describir la ascensión al Cielo que sería para él como una liberación?
            Rilke murió al pincharse con la espina de una rosa. La herida se le infectó y le produjo una septicemia. El epitafio que escogió para sí mismo, “Rosa, oh contradicción pura, deleite/ de ser sueño de nadie bajo tantos/ párpados, parecería proverbial en su caso.
            Milton quedó ciego por un glaucoma y concluyó “El paraíso perdido” memorizando los versos por la noche y dictándolos por la mañana a sus asistentes, no en vano había estudiado en Cambridge, máximo exponente en su momento de la memorización como método de estudio. ¿Han leído la obra?
            “Fausto” tuvo una concepción compleja y una realización larga y dubitativa, y Goethe tardó sesenta años en escribirla. La primera parte de la obra fue escrita en 1773 y publicada en 1808. La segunda no apareció hasta 1832, después de su muerte. ¿Cómo no va a resultar una obra contradictoria si le llevó toda la vida?
 
            *            *            *

            Solo tirando de memoria, podría seguir así por páginas y páginas, pero, ¿de qué nos sirve como simples lectores? En realidad son cosas sujetas a mudanza, y, por tanto, sometidas al tiempo, pero no deja de ser cierto que son divertidas. Por ello, dedicaré algunos artículos a pasar el rato en las fechas festivas venideras, y para dar gusto a mis lectores más curiosos.
            En tanto, lean un poquito de vez en cuando, que leer no tiene contraindicaciones, al menos en la mayor parte de los casos. Al fin y al cabo, todo está sometido al tiempo y, por tanto, tiene cura.
Ciudad de México, 15 de octubre de 2010. 7ma jornada del 5to Recital Chilango Andaluz, organizado por la Plataforma de Artistas Chilango Andaluz (PLACA). M. P.-P. recitando.
Fotografía: © Alejandra Proaño.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 61. Reivindicación del lector hedonista. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 61

Reivindicación del lector hedonista
Por Manuel Pérez-Petit

No lean nada de lo que se ha escrito sobre Fulano de Tal. Shakespeare no leyó una línea escrita sobre él y escribió la obra de Shakespeare. Ustedes no se preocupen de lo que se ha escrito sobre Shakespeare. Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien; si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes, pero algún día Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto, no hay que apresurar las cosas”. Es decir, yo aconsejaría ante todo la lectura y la lectura hedónica, la lectura del placer, no la triste lectura universitaria hecha de referencias, de citas, de fichas.

(Extracto de una entrevista incluida en la película Borges para Millones, de Ricardo Wullicher. 1977)
Acerca de leer –entiendo yo– se trata de ver qué dice qué y cómo y qué nos dice qué, no, por ejemplo, quién es quien lo dice ni por qué. Jorge Luis Borges, en una famosa reseña a la Introduction à la Poétique, de Paul Valéry, publicada en la revista El Hogar del 10 de junio de 1938, escribió: “Valéry –como Croce– piensa que todavía no tenemos una Historia de la Literatura y que los vastos y venerados volúmenes que usurpan ese nombre son una Historia de los Literatos más bien. Valéry escribe: ‘La Historia de la Literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras, sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar ni un solo escritor. Podemos estudiar la forma poética del Libro de Job o del Cantar de los Cantares, sin la menor intervención de la biografía de sus autores, que son enteramente desconocidos’.” 
            En los estertores de 2021 –en realidad, del año 2 de la nueva Era Distópica–, la cuestión es aún más vigente: ¿De verdad interesa que a un tal Miguel, aburrido en la Cárcel Real de Sevilla, en donde penaba por estar acusado de robar los impuestos que recaudaba por Andalucía, le diera un día por escribir o idear lo que fue el pistoletazo de salida de la más grande obra escrita en español de todos los tiempos? ¿Importa de verdad si fue manco o su mano izquierda quedó tullida a causa de un trozo de plomo que le seccionó un nervio en la batalla de Lepanto? No seamos pedantes, por Dios. ¿Qué se necesita saber de él para leer su obra? Nada en absoluto.
            El punto de partida de la obra de arte no es la teoría sino la vida vivida. Se puede saber qué es una metáfora pero ello no capacita a nadie para lograr una, y eso pese a que toda obra literaria, en tanto ficción o no ficción pero de naturaleza comunicable, es metáfora, esto es, designación de algo con el nombre de otra cosa por analogía. Y sabiendo que la metáfora apela al intelecto pero también a los sentidos, ningún lector –sea cual sea la obra o el tipo de su lectura– está exento de ser eso que Borges decía: un lector hedonista. Esa metáfora que es toda obra literaria puede estar al alcance de muchos o de pocos, y esto depende de múltiples factores. Si se comprende que el mismo problema es experimentado de manera diferente por distintas personas, y lo que supone un drama para unas no pasa de anécdota para otras, puede comprenderse que los niveles de exigencia y capacidad de los lectores varían según quién sea éste. Incluso se podría proponer la lectura como oficio. Un arduo oficio innecesario en apariencia y por lo cual fabuloso, solo dependiente de la voluntad, pero generador de satisfacciones poco comunes que, además, tiene la consecuencia –incluso por cada página leída– de agrandar la vida. Pese a todo, sin llegar a ello, ahora que la lectura está mal vista –a qué poner paños calientes–, lo que habría que hacer es leer, con dos narices, con hambre y sed, afán de mejorar las cosas. Y a este efecto, ¿qué nos importa nada que no sea la obra en sí, el texto en definitiva, sea cual sea su naturaleza y condición, quién la haya escrito y/o por qué, lo que opine nadie acerca de ello o incluso las sensaciones que nos provoca lo mal que anda el mundo, tan inhóspito, tan cruel, tan contraindicado para cumplir nuestras ilusiones, de lo que nos quejamos a diario?
            ¿Qué hacemos al respecto? No se puede seguir esperando a que llueva; hay que ponerse en marcha: iniciar uno mismo la tarea de transformar la sociedad, hacerla más habitable. A este efecto, pocas actividades hay como la lectura, y es mejor leer que no leer, por lo que es mejor leer cualquier cosa que ninguna. Ya se crecerá en el hábito y poco a poco cada cual tendrá mayores exigencias y, por consiguiente, mayor capacidad de crecer. Lo que toque llegará cuando toque, como todo. Permanecen ahí quienes quieren ponernos cerco, clasificarnos, humillarnos o pontificar desde posiciones de supuesta superioridad, pero los demás, los que somos mortales –léase normales–, sabremos enfrentarnos a ello, pues seremos más completos, íntegros, irreductibles y hermosos, y tendremos la ventaja de que no nos importa ni nos importará si aparecemos o no en ningún libro de historia. 
            Interpretar o preguntar por las causas primeras y/o últimas del poema o de la narración o por el autor y/o el tiempo que le tocó vivir es un alarde innecesario y carece de sentido, salvo en estudiosos de la materia, al menos en el simple hecho de leer, condición necesaria para ser y crecer. Máxime teniendo en cuenta tanto como hay hoy en juego. Por ello, si se trata de leer, sentir –y no tanto pensar, que también, pero en su justa medida– es lo básico. Lo demás es pedantería.
            (Continuaremos hablando de la lectura...)
 Cartel de Borges para millones, de Ricardo Wullicher. 1977.
Fuente de la imagen: https://cinenacional.com/pelicula/borges-para-millones

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 60. ¿Adónde vas, FIL? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 60

¿Adónde vas, FIL?
Por Manuel Pérez-Petit

Como decíamos ayer mismo en mi “Por qué hoy prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” a la FIL”, estoy comprometido a escribir un artículo acerca de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, en cumplimiento, además, en efecto, de lo escrito en mi “Universal Almudena” del pasado 28 de noviembre, en que entre el obituario y la crónica de la memoria homenajeaba a la recién fallecida escritora española Almudena Grandes, y de paso prometía hacerlo en estos mismos días. En mi artículo de ayer, incluso, adelantaba que en su trigésimo quinto aniversario la FIL, el más grande y trascendente evento de promoción del libro y la lectura del ámbito del idioma español en el mundo, ha sido en esta edición “deprimente y malograda”, conclusión a la que he llegado después de leer y conversar en abundancia acerca de la misma. Y añadía un “Y ya les explicaré por qué”, en apariencia mistérico. Ha llegado la hora, y para ello avanzo por estas líneas. Fíjense qué pronto. Les advierto que este artículo es más largo que los habituales, y es que no quiero convertirlo en seriado sino zanjar mi promesa de una tacada.
            Escribo esta crónica más de una semana después del cierre de la FIL 2021, exactamente una semana y un día, que bien pudiera parecer una condena. Y lo hago con un sabor agridulce y más turbación que claridad en mi perspectiva del asunto. No en vano también me pesa mi experiencia de seis ediciones como expositor y mis otras dos como profesional, acumulada desde aquella no tan lejana pese a lo que parezca FIL de su 25 aniversario, la de 2011, cuando tuve la fortuna de ser invitado como Sediento Ediciones por primera vez por el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Estado de México (CEAPE) a estar en su siempre admirable pabellón y comenzó mi particular romance con Mariano Otero –la avenida zapopana, no me piensen mal los desconocedores de esta fugura de la historia de México– y el complejo emblemático que es la Expo Guadalajara, que está a una orilla de la misma, en esas fechas de finales de noviembre y primeras de diciembre de cada año. En fin, debo confesar que me conozco bien la FIL, sus realidades a ras de suelo más que a las alturas, sus entresijos de pueblo llano, los monumentos efímeros que erige y hasta, si me apuran, los ratones del subsuelo de la misma...
            Todo tiene que ver en el plano más esencial con los niveles de exigencia y en el más básico con la imaginación y la grandeza de miras. Me debo en este punto remontar al 23 de diciembre de 2014, ​​en que publiqué mi artículo “Los niveles de exigencia de la FIL” en la prestigiosa revista 'Rick's Café' del escritor y periodista español Manuel Carmona, como inicio de una serie que luego no continué por desidia –y lo lamento–, y en cuyo decurso reflexioné acerca de la FIL como punta de lanza de la industria editorial en español, al comienzo del cual expresaba solo poder llegar a la conclusión de que lo que venía distinguiendo, al menos en ese último lustro, a la FIL era una “franca y determinante decadencia”. La deriva del magno evento ya en esos años daba en mi opinión mucho para pensar...  
            Y es que a la FIL le sobra gestión y le falta humanismo. La necesidad de ser viral, la preponderancia imperial de la mercadotecnia, la repetición hasta la ataraxia de la misma fórmula sin innovaciones relevantes, la falta de imaginación, el facilismo... Lo que no sé es si debería combinarse esto con vestir casual y “saber” de maquillaje, pues, como señalaba en mi artículo de la revista 'Rick's Café', la gran estrella de la FIL de aquel año –2014– fue una quinceañera por entonces, llamada Yuya, video blogger viral de medias rotas capaz de atraer a masas derretidas de gente que lloraba emocionada cuando conseguía su autógrafo y que colapsó el recinto más que nadie y más que nadie que se recuerde en años, vendiendo en tan solo dos días más de dos mil quinientos ejemplares de su libro “Los secretos de Yuya”, y nada menos que en el estand de la multinacional barcelonesa Planeta... Y es que eso era y es la nueva industria editorial, la del consumo por el consumo. Han pasado siete años y todo sigue igual. Es más, va a peor. Eso sí, con un minuto de silencio se despacha a la figura de turno que suele morirse en fechas de fil o cercanas a la FIL.  
            Desde siempre hemos leído grandilocuentes comentarios acerca de la FIL, normalmente enfocados, eso sí, a sesudos y destacables datos estadísticos, volúmenes de negocio, logros, éxitos, fracasos, homenajes y perspectivas. A nivel personal siempre se usaron adjetivos para expresar la experiencia de haber vivido una FIL, pero lo de la FIL de este año ha sido de premio, y de los gordos. Yo nunca había leído tanta ñoñería como este año al respecto. La emoción de encontrarse con la gente no era nunca el tema destacado en las crónicas ni periodísticas ni personales, por ejemplo, más bien lo era el relato de experiencias más completas y este año ha sido un enfoque principalísimo, al menos en lo que he tenido la oportunidad de leer –verbigracia: no es lo mismo decir ‘qué feliz soy’ que contar un relato que transmita esa felicidad, que fue lo que ocurrió siempre y que este año ha brillado por su ausencia–. Claro que se entiende que tras el paso por lo solo virtual por causa de la pandemia, el reencuentro con la FIL ha enardecido, emocionado y enternecido a muchas y valiosas personas que antes no lo hacían de este modo y esta vez se han dejado llevar por el efecto somático de seguir vivos, y así se ha podido leer lo que se ha podido leer... Tontería tras tontería. Hablo de publicaciones de libre acceso, por lo que me ahorro desgranarlas, y, de paso, evito los efectos siempre nocivos para mí que tiene mi paradigmática capacidad de hacer amigos.
            Me quedo con ello y me evito exponer mis opiniones diversas acerca del clima guerracivilista entre las administraciones públicas y las alturas de la organización, el carácter “tan político que le vimos en esta edición” en palabras de la gran Mónica Maristain en su atinada crónica, cuyos puntos de vista comparto, la felicidad causada en muchos por los premios recibidos con justicia por Margo Glantz o el periodista Miguel de la Cruz, entre otros, el muy discutible programa virtual –qué manera de desaprovechar con dosis de populismo el medio digital–, que haya sido la FIL con menos expositores, más espacio libre entre los mismos, menos eventos –y todos en la planta baja– y menos público de la historia... Esto último es comprensible en principio por las medidas de sana distancia, aunque también por el ingente ejército de enemigos que la organización acumula y que crece no ya en progresión aritmética sino geométrica año tras año... Imagínense el tipo de terremoto apocalíptico y las consecuencias del mismo si se hubiera desatado una crisis sanitaria por dar rienda suelta como siempre a la gente, que es en lo que toda la vida radicó gran parte de la magia y que este año, por tal diversas razones y quizá otras, no se ha dado...
            Sí, la FIL va mal, viene yendo mal desde que la conozco, y cada vez va a peor. No por por la institución que tiene detrás, la Universidad de Guadalajara (UDG), admirable de principio a fin, sino quizá, y es mi teoría, por los niveles de exigencia, tanto de gestores como de editoriales y lectores, entre otros actores del medio, cuestión de fondo y base que de igual modo prometo desarrollar un día no muy lejano. La sensación que tengo es que la FIL, a la que le sobran pelotas, si me permiten, y le falta valentía, está desgastada, desnortada, desorientada, carente de propuestas imaginativas, ciega ante la posibilidad de que existan nuevos horizontes, sin frescura, incapacitada para innovar, vacía de autocrítica, llena de autosatisfacción, impotente ante la posibilidad de renovarse y encantada en exceso de conocerse, quizá porque hace ya mucho que tocó techo y, tal como es hoy por hoy, ya no puede romper más moldes. Quizá llegó la hora de redefinir la llamada a ser feria de las ferias y, por extensión, hasta el propio concepto de feria del libro. Como entenderán, esto se puede debatir, sí, analizar, confrontar, proyectar, hacer todo eso que no está de moda, aunque debiera llevarse a cabo con el concurso de nuevos ojos, nuevas sensibilidades, nuevas visiones, porque los de siempre, a base de petrificarse, se han vuelto ciegos, insensibles, prepotentes e ineficaces. Como el comer, la FIL requiere con urgencia una inclusiva, abierta y profunda renovación, en la que tanto los de siempre como nuevos agentes se reúnan alrededor de la misma mesa a decirse qué, cómo, cuándo, por qué y hasta dónde.
            Porque, sin ir más lejos, a tal paso van las cosas que me atrevo a afirmar que no sería extraño que la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO) o de Buenos Aires (FILBA) le comieran la tostada a nuestro gran acontecimiento de tan solo tres letras (FIL) si no fuera por nuestro espíritu hispánico cainita que en ambos casos se encargan de joderla –si me permiten la expresión– haciendo coincidir en varias jornadas sus fechas de celebración, como ya viene siendo de manera lamentable habitual...   
            Pero siempre cabrá proponer al detestable Amazon la organización de una FIL que rompa con todas, y que desde cualquier lugar del mundo nos envíen a casa en 24 horas con enormes descuentos cuantos ejemplares físicos queramos de todos y cada uno de los libros del universo mundo o en un dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones, conversaciones personalizadas con grandes figuras de la literatura muy bien remuneradas y muy amables y coloquios tempestuosos acompañados de bailes de salón. Y eso será el fin de muchas cosas por las que muchos, muchísimos, nos hemos partido la cara y dejado la piel y el alma con toda nobleza, humildad –virtud ésta de bajo predicamento en nuestra tesitura– y olímpicas dosis de buena fe en batallas que ahora sabemos perdidas. O casi, que la esperanza es lo último que se pierde. 
            —De acuerdo, Manuel, pero, ¿no afirmó usted siempre que las ferias del libro y, en especial, la FIL, eran su locura?
            —¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, mi amigo?
            —Nos está pintando un panorama bien negro. 
            —Soy honesto con mi punto de vista, que es la única manera de ser objetivo que existe. Mire usted, el invitado de honor de este año ha sido Perú, y de lo que se ha hablado de Perú en la FIL ha sido de gastronomía, folclor, etnografía y, eso sí, nuevos autores, aunque poquitos...
            —Supongo que también de sus grandes figuras literarias. 
            —Pues no tanto, y tampoco ha acudido ninguna. Eso sí, mucha cultura, historia y pueblos originarios, que está muy bien, por otra parte. Pero es la FIL, y aunque la FIL presume de ser festival cultural su objetivo principal son los libros. ¿Sabe usted, por cierto, que el invitado de honor de la próxima edición es el emirato árabe de Sharjah, que ya lo era en la edición de 2020 pero que por la pandemia no pudo?
            —¿Sharjah?
            —Sí, y de paso “el mundo árabe”. Sharjah es una de las siete entidades que conforman lo que se conoce como Emiratos Árabes Unidos. Se rige por las leyes de decencia como las llaman más estrictas de todo ese país. Allí se exige un código de vestimenta conservador y es ilegal que se mezclen hombres y mujeres solteros... Eso sí, el emirato fue nombrado por la Unesco Capital mundial del libro en 2019. Y ojalá salga todo bien, al menos para las arcas de la FIL. Porque hoy, de tan bajo que caemos, todo es resultadismo. 
 Anuncio en la página de internet de la FIL de la edición de 2022.
Fuente de la imagen:  https://www.fil.com.mx/

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 59. Por qué hoy prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” a la FIL. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 59

Por qué hoy prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” a la FIL
Por Manuel Pérez-Petit

Suelo escribir mi ‘Líneas de desnudo’ justo antes de que sea publicado, bien la noche anterior –que es mi costumbre más habitual– o en la misma mañana de su aparición en este admirable ‘Letras ideaYvoz’, una de las mejores y más nobles apuestas para el fomento de la lectura que he conocido nunca. Esa adrenalina tan fecunda para mí del cierre diario me viene de mi condición de periodista curtido en esas tardes-noches memorables que viví hace años en los diario ABC, en Sevilla, o Las Provincias, en Valencia, entre otros, o en los portales financieros intereconomia.com o basefinanciera.com, de France Telecom España, en los tiempos en que pasaba por ser –y era– especialista en bolsa y me divertía muchísimo escribiendo mis análisis de apertura, media sesión y cierre de mercados...
            Y, claro, de manera muy ocasional me pasa lo de hoy, que por una cosa u otra me demoro, como en esas ocasiones en que llegué a reescribir alguna nota de madrugada al ver que la información que iba a publicar el periódico a la mañana siguiente debía ser actualizada, claro que eran épocas en que internet casi ni existía.
            Y en el ínterin pasan cosas. Hoy, día en que celebramos la fiesta de la Virgen de Guadalupe, por ejemplo, el cantante mexicano Vicente Fernández ha partido de este mundo a la edad de 81 años, con sus diez Grammy a cuestas –dos generales y ocho latinos–, y sus otras docenas de premios y reconocimientos. Descanse en paz, como no puede ser de otro modo, el también conocido como “Charro de Huentitán” por ser oriundo de Huentitán El Alto, Jalisco, el afamado intérprete de canciones como “Volver, volver” o “De qué manera te olvido”, que nos deja también una estrella en el paseo de la fama de Hollywood con su nombre. 
            Está siendo un domingo de emociones encontradas, y lo que deseo es hablar de la FIL de Guadalajara, pero no puedo sustraerme a la felicidad que causa mi Real Betis Balompié, que acaba de vencer en su feudo heliopolitano al potente y siempre fiable equipo de la Real Sociedad de San Sebastián por nada menos que cuatro a cero, con una extraordinaria actuación coral, en la que han destacado todos, pero yo señalo, erizada la piel, al francés Nabil Fekir –un extraterrestre que juega con mayúsculas al fútbol–, al lateral derecho Álex Moreno, al mexicano don Andrés Guardado, a Canales, Bartra, Willian José o Juanmi –"¡Oh, Juan Miguel, oh Juan Miguel, todos queremos que marque Juan Miguel!", googleen eso, que lo merece–, como los grandes aun siendo el más grande todos el coach, director técnico, entrenador o como se le diga en donde se le diga, el chileno Manuel Pellegrini, gran hacedor de esta locura que desde Sevilla traspasa fronteras...
            Y tan encontradas están las emociones hoy que hasta me da güeva por primera vez en mi vida hablar de la FIL. Hoy, por ejemplo, se cumplen 84 días de erupción ininterrumpida del volcán Cumbre Vieja de la isla de La Palma, al que dediqué mi el pasado 7 de noviembre mi "San Borondón como consuelo", en que quise hacer mi homenaje general a la esperanza y particular a la obra del muy querido escultor Manuel Pereda de Castro (1949-2018), hacedor para mí imaginario de la isla de San Borondón, que ha de surgir de las aguas sin duda como su obra definitiva. Hoy también Max Verstappen se ha proclamado campeón del mundo de fórmula 1 al superar, en la mismísima última vuelta, a Lewis Hamilton, en un final de campeonato de los que marcan época y ya no existen. Y no existen porque las emociones nos han puesto enfermos  o han sido desterradas en esta nueva Era distópica –no olvidemos que nos encontramos al borde de entrar en el año 3 del siglo I de la p. pandemia–... 
            Podría seguir hablando de emociones al calor de los acontecimientos del día de hoy, domingo 12 de diciembre del año 3 –de los cuales solo he reseñado tres de especial relevancia aunque son más–, que se me ponen los vellos como tirabuzones de alambre, pero creo recordar que quería dedicar el presente texto a la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, el mayor evento de promoción del libro y la lectura del ámbito del idioma español en el mundo cada año... Sin embargo, miren ustedes, como decía, y por primera vez en mi vida, que he seguido el acontecimiento durante años y he sido expositor en media docena de ediciones de la misma, me da una pereza que me mata. 
            Y es que la FIL, sobre la cual prometí un artículo en mi “Universal Almudena" que prometo que cumpliré –mal que a veces me pese siempre cumplo lo que prometo–, en su edición de este año en que cumplía su trigésimo quinto aniversario, ha sido deprimente y malograda, conclusión a la que he llegado después de leer y conversar en abundancia acerca de la misma. Les diría que por primera vez en mi vida hoy, antepenúltimo domingo del año en curso, prefiero el “¡Oh, Juan Miguel!” que la FIL, y lo afirmo con ua mezcla extraña de alegría y pesadumbre. Y ya les explicaré por qué.
 FIL 2021
Fuente de la imagen:  https://www.fil.com.mx/info/info_fil.asp 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 58. Una exageración más de los poetas. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 58

Una exageración más de los poetas
Por Manuel Pérez-Petit

Miguel Mañara Vicentelo de Leca nació en Sevilla, España, en 1626. Caballero de la Orden de Calatrava, veinticuatro de Sevilla –lo que equivaldría hoy a edil, regidor o concejal–, miembro de una familia piadosa y rica del siglo XVII, nunca participó en las algaradas públicas que se dieron en la ciudad en su época. Tampoco hay base histórica para deducir que fuera un seductor de mujeres. Es más, no consta en ningún documento que hiciera ni lo uno ni lo otro. Estuvo casado durante 13 años y enviudó sin hijos. Dedicó los últimos dieciocho años de su vida a la oración y al servicio de enfermos y pobres, tarea en la que implicó a una gran parte de la nobleza y el mundo artístico sevillano. Tal día como ayer, 9 de diciembre, pero de 1663, ingresó en la sevillana y piadosa hermandad de la Santa Caridad, que se dedicaba a asistir a los pobres, y propuso una reforma de la misma que incluía la creación de un hospicio, que más tarde se convertiría en hospital. Al frente de la hermandad fue un gran mecenas del arte y la cultura al servicio de la fe. Murió en 1679, a la edad de 52 años. Su proceso de beatificación por parte de la Iglesia Católica fue iniciado en 1680, y para ello se publicó una biografía, escrita por el padre jesuita Juan de Cárdenas, quien no escribió casi nada en aquel momento de los primeros treinta y tantos años de su vida. Nunca ha llegado a ser beatificado.

            *            *            *

            En 1962, el diario español ‘Arriba’ publicaba una información del periodista Jaime Campmany fechada en Roma. Bajo el titular “Más de mil causas de canonización o beatificación esperan la decisión de la Iglesia”, el artículo, entre otras cosas, contaba: “los sevillanos no podrán adorar a Miguel Mañara. La legendaria figura del Don Juan penitente y caritativo, de disipada juventud y piadosa vejez, seguirá viviendo y renaciendo en el eterno retorno del mito literario más fecundo de la humanidad y en el ejemplo de caridad de su hospitalaria fundación; pero a la niebla que envuelve su biografía, no se unirá el incienso de las canonizaciones”. Por esas mismas fechas, se pudo leer en ‘Paris Match’ un texto titulado “Don Juan contrito, candidato al cielo”, y unos años antes, en 1955, un artículo publicado en el diario madrileño “Ya” levantó tal alboroto que incluso Radio Vaticana emitió un resumen del mismo, pues muchos entendían que con la de Miguel Mañara se trataba de promover la beatificación del mismísimo Don Juan Tenorio. Nadie quería –o podía– reparar en un hecho por aquellas fechas irrefutable: el modelo en que se inspiró, más de trescientos años antes, Tirso de Molina –o quien fuera el autor del drama– nunca pudo ser Mañara.
            Leyendas donjuanescas y sobre el convidado de ultratumba tenían vigencia, desde tiempos medievales, por toda Europa, cuando, hacia 1630, fue impreso “El Burlador de Sevilla o convidado de piedra”, cuya primera representación teatral data de 1616. A partir de entonces –e incluso desde antes, pues las referencias al mito en Dante y en Marlowe son incontestables–, una especie de fiebre crónica de don Juan ha inundado las literaturas europeas, teniendo como resultado una incontable lista de obras de todas las disciplinas artísticas, sobre todo literarias, cada una de las cuales refleja diferentes vidas del mismo protagonista. 
            En 1665, fue estrenada la versión de Molière en el Palacio Real de Francia. En 1734, en Italia, Goldini publicó “Juan Tenorio o el libertino castigado”, que sirvió en parte de base a Lorenzo Da Ponte para redactar el libreto con el que Mozart compuso “Don Giovanni”, aclamada en Praga en su estreno en 1787 y repudiada por la relamida Viena del momento pocos meses después. Tanto en el XVII como en el XVIII el personaje se llama Don Juan Tenorio o Don Juan a secas, y acaba siempre condenado al infierno. Sin embargo, la eclosión de los movimientos románticos marcaron un cambio casi definitivo en el tratamiento del héroe –o antihéroe, si se prefiere, pues en su carácter próximo, transplantable a cualquier ser humano, radica parte de su éxito–. Lord Byron compuso entre 1819 y 1824 el poema “Don Juan”, presentándolo como un humorista sarcástico. En 1834, Próspero Mèrimèe le otorga dos personalidades enfrentadas en “Las almas del purgatorio o los dos don Juan”, pero fue Alejandro Dumas padre quien acuñó, dos años más tarde, el nombre de Don Juan de Mañara, “hallazgo” al que pronto se apuntaron quienes, en sus viajes por Andalucía, conocieron también leyendas atribuidas al personaje –histórico– de Miguel Mañara por la imaginación popular. En esta nueva tradición, en 1844, Zorrilla escribió en veintiún días su famoso drama, retornando a la historia de siempre, la de don Juan Tenorio, dándole a éste la piadosa oportunidad de redimirse en el último suspiro por el amor que le nace por Doña Inés. Luego, otros autores han dado nuevos o antiguos o renovados tratamientos al relato, como casi todos los escritores españoles o la mayor parte de las grandes figuras de la literatura universal desde el siglo XIX, en una secuencia cuya terminación no se vislumbra todavía. 
            Sin embargo, el conflicto de los apellidos de don Juan quedó vivo, servida la confusión hasta hoy mismo. En 1913, el escritor y diplomático franco-lituano Oscar Milosz publicó “Miguel Mañara. Misterios en seis cuadros”, más o menos en la misma época en que el poeta español Antonio Machado escribió “Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido...” en su poema “Retrato”, incluido en su imprescindible “Campos de Castilla”... Podría seguir y seguir en este relato de esta tormenta particular, pero como muestra quede lo ya expuesto, pese a que cabe añadir: derivado del ciclo y mito de Don Juan –y más que derivado, plenamente enmarcado en él– se encuentra todo el ciclo fáustico... 
            Hoy por hoy, con o sin apellidos, demoníaco o humano, maleable como el oro o la plata, con su virtud de metáfora casi de piedra filosofal, con sus innumerables nombres, versiones y posibilidades, Don Juan, un don juan camaleón incluso, inacabable, inabarcable y pleno, sigue vivo..., más potente, común, joven, lleno de tormentas que nunca, en su deambular imprevisible por todo Occidente, y más allá. 
            Y otrosí les digo: Don Juan anda por la calle, y parafraseando al narrador español Gonzalo Torrente Ballester, cabe decir que aunque el personaje de Don Juan fuera inventado por un teólogo, “no es más que una exageración de los poetas”.
 Miguel Mañara, en 1681, por Juan de Valdés Leal. (la imagen es de dominio público”)
Imagen: Miguel Mañara lee la regla de la Hermandad de la Caridad (1681), por Juan de Valdés Leal. (la imagen es de dominio público”)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 57. A la madre. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 57

A la madre
Por Manuel Pérez-Petit

A la mía

Conocemos pocos datos concretos de su vida. Cómo tuvo lugar la concepción de Cristo, su reacción al perderse el niño y hallarlo en el templo, que estaba en el momento crucial de la Sagrada y Última Cena, que se encontró a su hijo cuando éste iba camino del Calvario con la Cruz a cuestas, que estuvo en todo momento junto a él cuando estaba clavado en la Cruz, que recibió el espíritu en Pentecostés junto a los apóstoles y poco más. Ciertamente, no es demasiado, pero está claro que estuvo presente en momentos clave. El primero de ellos tuvo lugar en las bodas de Canaán, en las que le dice a Jesús que no tienen vino, y éste le responde que aún no ha llegado su hora. Sin embargo, ella le dice a los sirvientes del banquete: "Haced lo que Él os diga", lo que fue el preámbulo del primer milagro de Jesús. Otro que el momento en que ella estuvo al pie de la cruz… ¿Qué pensamientos pueden fluir por la mente de quien desde que el arcángel le diera la Buena noticia no ha tenido más vida que la de su propio hijo ni más fe que la de su mandato? ¿En qué se diferencia ella, con este relato histórico-popular evangélico en la mano, de cualquier otra madre? Una madre que pierde la alegría pero nunca la vida, que se mantiene enhiesta, no se rinde, no hace más preguntas que las necesarias, que sabe callar y esperar, que no pierde la fe, que conoce mejor que nadie que si bien la fe puede mover montañas de nada sirve si no tiene amor.
            Hoy los católicos celebramos el día de la Inmaculada Concepción de la María, que es fiesta nacional, regional o local, en numerosos países del mundo, de manera especial en Hispanoamérica. Hasta en 22 países de América, Europa y Asia se celebra. Es fiesta nacional en Argentina, Chile, Colombia, España, Nicaragua, Panamá, Paraguay o Perú y lo fue en países que hoy no existen, como Dos Sicilias.
            La fiesta es de manera especial significada en Colombia, donde desde la noche anterior se celebra el Día de las velitas, de gran raigambre en el país, encendiendo la gente faroles y velitas y enarbolando en algunos lugares banderas blancas concepcionistas, en España, donde desde los tiempos del reino Visigodo se defendió la concepción inmaculada de la Virgen, y en México, donde aun no siendo feriado nacional, se festeja de diverso modo nada menos que en la Ciudad de México, Chiapas, Guanajuato, Morelos, Oaxaca, Puebla, Sonora, Tamaulipas, Tlaxcala y Veracruz. En la víspera de la festividad, en El Salvador se celebra el Día de las Conchas, en que los católicos colocan farolitos en las fachadas de sus casas. Y en casi todas partes, esta festividad da comienzo de algún modo a las fiestas navideñas. 
            En 1657 fue publicada la obra del poeta Miguel Cid (1550-1615), recopiladas por su hijo en un libro titulado Justas sagradas del insigne y memorable poeta Miguel Cid, dedicado a “la Virgen Santísima, María Nuestra Señora, concebida sin mancha de pecado original”, popularizando desde entonces su famosa copla: 

            Todo el mundo en general
            a voces, Reina escogida,
            diga que sois concebida
            sin pecado original.

            Juan de Roelas (1558-1625), Doménikos Theotokópoulos, el Greco, (1541-1614), José de Ribera (1591-1652), Francisco de Zurbarán (1598-1664), Juan de Valdés Leal (1622-1690), Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682), Giambattista Tiepolo (1696-1770), Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), Alonso Cano (1601-1667), Anton Raphael Mengs (1728-1779), Juan Martínez Montañés (1568-1649) Claudio Coello (1642-1693), Cristóbal de Villalpando (1649-1714), Francisco de Goya (1746-1828), Juan de Juanes (1507-1579), Sandro Botticelli (1445-1510), Pedro Pablo Rubens (1577-1640)... La lista de artistas y pintores que han dedicado obra a la Inmaculada es interminable y en todas las épocas de la historia y naciones, formando un mosaico de lo más granado de la historia del arte universal al calor de la devoción popular, aunque la proclamación del dogma católico es muy reciente: data de 1854. 
            Es un día hermoso. En mi tierra, Andalucía, y de manera significada en mi ciudad natal, Sevilla, a la Inmaculada no hay quien la toque, pues como en México la Virgen de Guadalupe, la Madre de Dios es la propia tierra y simboliza y encarna a todas las madres. 
            Se puede discutir, según la creencia de cada cual, acerca de la Virgen María, pero de una madre no se discute. No hay nada más grande que una madre ni nada más sagrado ni bendito que una madre.   
            Puede que de ahí, desde la más remota antigüedad, sea la madre la inspiración del arte universal.
 Copla de Miguel Cid, impresa originalmente en 1615 y publicada con su obra completa en 1657.
Fuente de la imagen: https://gredos.usal.es/handle/10366/125592 / https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/125592/BG~34421_2.pdf?sequence=1&isAllowed=y

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.