Polvo del camino. 149. La nada mexicana. Héctor Cortés Mandujano

La nada mexicana

Héctor Cortés Mandujano

Alejandro Rosas y Julio Patán escriben a cuatro manos México bizarro, el país que nadie quiere recordar (Editorial Plantea, 2017), con un diseño lleno de colores, atractivo, juguetón.
	Los textos hablan de las muchas desgracias de nuestro país (sociales, políticas, artísticas, de espectáculos, de injusticias…) tratadas con humorismo. 
         En “Luchadores de nota roja” hablan de Juana Barraza, la Mataviejitas, hija de Justa (qué nombre irónico), una prostituta. La infancia de Juana no fue fácil (p. 67): “La después llamada Mataviejitas tuvo un destino similar al de su madre: fue violada en la infancia por tres hombres con la anuencia de Justa, que al parecer cobró a cambio de su autorización unas cuantas cervezas”.
         En “Embajador por once días” refieren la historia de Díaz Ordaz, quien luego de dejar la presidencia fue designado, por López Portillo, embajador de España. Sólo estuvo en su cargo once días, porque decidió por sus pistolas regresar a México y dejar todo tirado. Algo grave porque, además, México y España habían roto relaciones por el franquismo y en 1977, con el recién designado funcionario, se restablecían. Dijo Díaz Ordaz, según los autores (p. 84): “ ‘¡Me voy porque se me da la gana! ¡Y no regresaré, no me despediré de nadie, ni del rey!’ Y así lo hizo, dejando la nueva relación en una situación bastante comprometida, pues los españoles consideraron la actitud del embajador como una falta de respeto a España”. 
         “Un profe en Forbes” es la historia sintética del enriquecimiento del profe Carlos Hank González, un político rapaz, como ha habido tantos. Son famosas dos de sus frases (p. 89): “Un político pobre es un pobre político” y (p. 90): “La política es una carga muy pesada, pero los fletes son muy buenos”.
         En “Prohibido ser cura y no casarse” el protagonista es Tomás Garrido Canabal, gobernador de Tabasco en los años 20. Era anticlerical extremo (p. 99): “En el plano anecdótico, tuvo un hijo al que llamó Lenin y una hija a la que llamó Zoila Libertad, sin mencionar a su sobrina Luzbel o el hecho de que en su rancho se agrupaban animales como Dios o Papa, o que organizaba corridas de toros con un astado al que llamaba Obispo”. Curiosamente (p. 100) “murió en 1943 nada menos que en Los Ángeles”.
         En 1930, en el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, cuentan los autores en “Santa Claus o Quetzalcóatl”, se decidió que para reforzar el nacionalismo (p. 102): “Quetzalcóatl será el símbolo de la Navidad en nuestro país”; o sea “adiós a Santa Claus –le retiraron la visa– y bienvenida la serpiente emplumada”. La población se opuso, desde luego. Dicen los autores que Ortiz Rubio (p. 103) “en septiembre de 1932 presentó su renuncia a la presidencia y salió al exilio. Desde el Polo Norte, Santa Claus rió satisfecho”.
          Miguel Alemán Valdés no sólo no era militar, sino era un dandi en la vestimenta y el trato (“agringado, culto, de trajecitos, cordial”). El sindicato de Petróleos Mexicanos amenazó con dejar en desabasto a la población si el presidente no les daba el aumento que pedían. Miguel Alemán les mandó el ejército. El sindicato aceptó la propuesta gubernamental de aumento, sin chistar. Cuando los representantes sindicales se reunieron con el recién entrado presidente le dijeron (p. 145) “Pero si nomás lo estábamos calando, señor presidente”. La respuesta del educadísimo Alemán “podría ser su epitafio: ‘Pues ya me calaron, hijos de la chingada’ ”.
           En “Si te vienen a contar cositas malas de mí…” Patán y Rosas apuntan (p. 155): “La política mexicana exige cuatro requisitos: no decir lo que se piensa, hacer lo contrario a lo que se dice, un extraordinario manejo del eufemismo y jamás reconocer culpas”.
          En 1865, la emperadora Carlota escribe a Eugenia de Montijo sobre México y los mexicanos (p. 217): “Durante los primeros seis meses, a todo el mundo le parecía encantador el nuevo gobierno, pero tocad alguna cosa, poned manos a la obra, y se os maldecirá. Es la nada que no quiere ser destronada. […] Fue menos difícil erigir las pirámides de Egipto que vencer la nada mexicana”.
	


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración de Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Voces ensortijadas 149. Aliarse con el tiempo. María Gabriela López Suárez

Aliarse con el tiempo

Por Maria Gabriela López Suárez

Yesenia llegó con antelación a su cita para la entrevista laboral, era preferible esperar unos minutos a estar con el alma en un hilo por la posibilidad de llegar tarde. Ser impuntual restaba puntos para poder ser contratada. La puntualidad es una regla de oro, solía decir su tío Concepción.

Una de las asistentes le dijo que esperaría un rato porque iban demorados con las entrevistas. Yesenia dijo sonriente que no había problema, ella esperaba. Mientras tanto por dentro decía,

—¿Qué más me queda que esperar? Justo hoy que no traje alguno de los libros que me falta terminar de leer o retomar la lectura. 

Revisó su reloj, faltaban 15 minutos para la hora que la habían citado, más los minutos extra que ya le habían advertido. Decidió no sacar el celular, ahí tenía un par de libros que había descargado. Prefirió hacer otra cosa. En realidad no se le ocurría nada. 

Empezó a observar el espacio de espera, era un lugar pequeño con tres sillones en colores en tono pastel y textura aterciopelada. Había dos cuadros que decoraban las paredes, con motivos de cultura japonesa. Le pareció identificar en uno de ellos unas flores del cerezo. Las había visto en películas. En la sala, además de la persona recepcionista y ella había otra chica que quizá también estaba para la entrevista. Siguió el recorrido, los adornos navideños se hacían presentes con antelación a la temporada. Unas cajitas de colores muy llamativas lucían junto a un pinito de papel, estos detalles le daban un toque lindo a la atmósfera.
 
Miró de reojo a la chica que esperaba, estaba sumamente absorta en su teléfono celular. La persona de la recepción tenía la atención fija en la pantalla de la computadora. Yesenia dio un vistazo a la puerta que daba a la entrada de la sala, el cristal transparente le permitía ver el follaje verde de los árboles del parque situado frente a la oficina. Era un bello día soleado que contrastaba con el ambiente donde ella estaba, el aire acondicionado le sugería imaginarse que estaba en un lugar invernal y esto iba acorde a la decoración navideña.

Le tocó el turno de contemplar la mesita del centro. Halló una vasija de barro bellamente decorada con la técnica del laqueado, un ángel de cristal y unas velas de té. Siguió buscando qué observar y se detuvo en una de las esquinas de la mesa, el color de la madera era natural, sin barnizar. Tenía una parte redonda, donde se podía observar los anillos del árbol. Yesenia recordó que alguna vez le contaron que los anillos representan la edad que tiene un árbol, cuánto ha crecido por cada anillo. Comenzó a contar, intentando no perder la cuenta… 

—Veinte, veintiuno, veintidós, ay no, ya me confundí —dijo para sí. 
Mientras volvía a contar, había llegado a veintisiete, una voz la interrumpió.

—Yesenia del Carmen Hernández, pase a entrevista, por favor.

Sin titubear Yesenia se levantó con paso firme para la entrevista, al mismo tiempo que pensaba qué bella forma de aliarse con el tiempo se le había ocurrido. Ahora solo esperaba que le fuera muy bien y consiguiera el trabajo.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota rimada. 16. Es hermoso, aunque sea fiero. Maclovio Fernández

Es hermoso, aunque sea fiero
Por Maclovio Fernández

Gemán Larrea se perfila como ‘el gallo’ de López Obrador para comprar Banamex

El país , 26 nov 2022

Poderoso caballero

es Don Dinero…

Francisco de Quevedo en «Madre, yo al oro me humillo»


Faltan ni sobran lisonjas
ni hay adulación que baste,
el banco será una esponja
para incrementar su encaje.

En esto no hay discusión,
pleito, riña o incomodo,
el candidato es a modo
para la transformación.

Es de dientes para afuera
de uno y del otro lado,
pues diferente es la espera 
del fururo resultado.

El giro y el colorado
estarán en la boleta,
ya veremos de qué lado,
si águila o sol ha ganado.

Maclovio Fernández

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Cajón de rubores. 30. Crónicas 7. Antonio Florido

Crónicas (7)
La ciudad
Por Antonio Florido

 

Quisimos subir al Cerro Tupahue…
          Toribio se despide de la noche y abre la puerta de mi cuarto. Ya le veo vestido. Chaqueta marina, camisa clara, corbata con ligeros tonos azules (hermosa, simétrica, quizás un poco amortiguada), pantalones con un poquito de holgura y zapatos lustrosos que reflejan a su modo las deformadas superficies de las paredes y el techo, como un agua que arrecia sobre nosotros desde una cubierta en curva.
          Soñé toda la noche con la eterna niebla que cubre la ciudad, con sus grandes avenidas. Escalé torres que alcanzan el cielo y visité casuchas casi abandonadas. Me alargué al barrio bohemio de Lastarria. Traté de acariciar las estrellas del Sur y los quebrados intangibles de la cordillera que se alzan muy atrás, más allá de lo posible. Imaginé miles de farolas impertinentes. Percibí los olores extraños de esta ciudad donde todo cabe, (desde el amor en una esquina hasta la muerte imprevista al cruzar una corredera).
De mañana las calles y edificios aparecieron ante mí con una capa de ceniza. Pinceladas al capricho de un diseño muy antiguo. Con un sol escondido y misterioso.
           Es el segundo día que paso en esta ciudad de calles coloridas y extravagantes, de indianos cerriles…
          (Deseaba subir al Cerro, como dije)
          Toribio sonríe mientras toma el té a pequeños sorbos, luego me mira.
           ―¿Y las piernas?
           Apenas un gesto de resignación. Más evidente que una cadena de palabras que dirían lo mismo que mi rostro. Adelanta la tostada con mantequilla, toma otro sorbito de infusión. Me reflejo en su rostro, ¡tan claro!
          ―¿Queda lejos?
          Sacude las partículas adheridas en sus comisuras, tose varias veces, tuerce el cuello, habla.
          ―¡La ciudad es grande, Mario, inmensa, debemos tomar un taxi!
          En los bajos del restaurante el aire acondicionado crea una realidad transparente, aséptica y mullida. Pienso que nada nos podría suceder allí, mientras tomamos nuestro pequeño almuerzo, a esa hora de la mañana.
           Por el ventanal se distingue a la gente que cruza sus dejadeces sin mirarse. Avanzan rápido, a grandes zancadas, casi corriendo. La mayoría sujeta el teléfono como si se tratara de un tesoro recién encontrado. Leen y escriben, sonríen, enmascaran sus sentimientos, falsifican; otros llevan auriculares, deseosos de aislarse del mundo que ellos mismos han creado.
          (Compartimientos estancos donde la humanidad se va muriendo) 
          ―No es tanto, verás―rectifica, comprobando el derecho ajuste de sus perniles.
          Calle Las Monjitas, 744, apartamento 218, altura 17, como a media cuadra desde el comienzo. 
          Toribio me llama un poco alterado. Me equivoqué de rumbo, abstraído como iba. Torcí el cuerpo, enderecé el bastón, lo coloqué paralelo a mi pierna derecha, avancé hacia él que me esperaba con la sonrisa picarona de un niño malo. Llegamos hasta la esquina con Mac Iver. De ahí nos detuvimos y mi amigo levantó el brazo. Casi nada. Tal vez el primero en pasar, o el segundo (ya no recuerdo). 
         ―¡Dirán!
         ―Al cerro San Cristóbal.
         ―¡Sí señor, al tiro!
         El auto era viejo, amarillo y destartalado. Toribio se sentó al lado del chofer, yo detrás, con mi pierna tullida estirada. El carro planeaba. Iba tan veloz que no podía atrapar todos los sueños traseros de mi noche, cuando me imaginé por la selva de Santiago, como un vulgar turista de las cosas. Pero no dejé de mirar por la ventana.
         Sólo se oía el rodaje de las gomas, los saltitos del vehículo, a veces los repentinos frenazos por un disco impaciente que de pronto se enfermó de un rojizo sangre.
Ese tal, abigotado, no era un hombre. Manejaba con dos brazos automáticos, fumaba y hablaba por el celular, sacaba el brazo por la ventanilla, señalaba alguna dirección, un verdadero diablo… Pero conseguía que el carro serpeara como un arroyo entre las piedritas del tránsito. 
          ―¡Es de España! 
          Lo dijo sonriendo y con la cabeza casi vuelta. Le noté un orgullo inmenso. Sonreí.
          ―Sí―dije. Luego callé y continué con la fugaz panorámica del resto.
         Acortamos por el Jardín Botánico (eso dijo). Luego el auto bacheó sobre el puente del Mapocho. 
          ―Es el río de Santiago. Mira cómo va, el pobre. Tenemos, Mario, una sequía de aúpa. 
          Un chorrillo de aguas negras que bajaba entre piedras cantonadas, lisas y redondas. Poca agua para tanto largo.
         ¿Un hilo subversivo? 
          ―La dictadura, que todavía sigue con las suyas.
          No sé si Toribio llegó a enterarse. Quizás no comprendió el significado desdoblado de mi frase. Tal vez ni lo uno ni lo otro, o las dos cosas sucedieron y solamente se hizo el distraído con un pequeño ademán de su mano que indicaba que aquello no tenía ya sentido.
          Recuerdo haber torcido a la derecha buscando la circundada de los cerros, donde las torres son cada vez más chiquitas.
         ―Allí comienza el barrio Bellavista. Falta nada.
Después Toribio dilataría sus explicaciones.
         ―Bellavista es de cuidado. Muy bohemio, con estilo propio, bullanguero, imposible a ciertas horas. Putas y reputas, asaltantes y pidones, acuchilladores. Los carabineros ni se enteran ni se quieren enterar. No se entra si no eres bravo y chileno. Menos con la noche caída.
        Es hora de experimentar la ausencia de lo percibido, el amor al horror como anticipo, la mierda que nos encharca y lo banal que nos ocupa.
        (―Marcel, comprendo tus acotaciones. Aunque con matices. Sensaciones y recuerdos, un caldo denso donde bebo y me alimento. Me asedian relaciones muy sutiles. Hilos enrevesados que van tejiendo el poco a poco. Esto es la realidad. La tuya de seguro. La mía aún la voy creando a mi antojo. Pero la ausencia, ¡me puede tanto! Escribo, pienso y vivo sobre ella. ¡Es el Todo! Lo de crear es pura farsa para no saberme solo en este vacie. Marcel, llenas el hueco con tus signos. Muestras una capacidad ofensiva y dura, un arma de futuro, fiera y a menudo dolorosa. Colmas de catarsis hasta el último de tus signos)   

El carro nos dejó al pie de una gran cancela de dos cuerpos, cerrada a cal y canto. Dentro varios guardias riendo. Algunos hablaban con el pitillo entre los labios. Toribio se alejó. Le vi desde atrás. Me había sentado en un poyo que cercaba un gran parterre. Un hombre alto y seco vendía recuerditos de Santiago. Los observé. Tomé alguno para verlo más de cerca. Comenzó a hablar de manera lisonjera. Sin embargo, no quise oír sus palabras. De comprar, compro, mire usted. No más, se lo aseguro.
          La pierna comenzó a gritar y aguanté el dolor como pude. Conté los segundos. Dibujé la curva del dolor en la tinta de mi mente. Pronto llegará el declive, se irá…
Toribio también se arrimó al hombre alto y seco. Solamente desmenuzaba con su inteligencia los mil detalles del puesto. 
         ―¿Calor?
         ―Algo, sí. Me quité la chaqueta, ya ves.
         ―Cuando pega, pega. Y eso que la primavera…
         ―Huyo del calor y me da por venir a este otro calor insoportable. Me equivoqué de ropa. Y de estación.
          Nos quedamos unos segundos sin hablar.
          ―Están en huelga, los muy wueones. Tuvimos mala suerte.
          Su rostro revelaba unos rasgos de hombre bueno. Más contrariado que yo por el inconveniente de haber cruzado la ciudad para nada. Sin embargo, no me importaba quedarme allí sentado, oliendo las atrayentes fragancias de mi espalda, con mi pierna lisiada y mi bastón doblado. Se estaba a gusto en aquel sol y sombra. 
         ―¿Y?
         ―Nada. Paseamos. Espera un poco a que se me pase esto. Luego caminamos en busca del Mapocho. Quiero ver sus chorros y piedras, la anchura de su cauce. Poco a poco, querido, no tenemos nada que hacer.
         (Es la única reserva natural del ser, no tener que hacer nada, sólo dedicar el tiempo a la tibia plenitud de la observación más absurda)
         Rozó la cuerda de las doce. Anduvimos cuadra y media. Entramos en Harry’s Bar porque nos quedaba al paso. Terraza amplia, sombra, veladores, gente que pasaba, camareras que atendían.
          ―Café, por favor. Largo. Doble. Solo. Con dos azucarillos. ¡Ah, y un vasito de agua fría!
          ―Té… Normal. Sólo con sabor a té. Y también quiero agua, niña.
          Saqué tabaco.
          Fumé uno de mis primeros cigarrillos en la gran ciudad. (Me acordé de Lemmon, en la famosa película que tantas veces he visto con mi mujer. Luego me llegaron los recuerdos de mis hijos, de ella misma, de mi casa y mi pueblo. Traté de oler lo que no podía. La distancia consigue alargar estas cosas. Pero mi imaginación trabajó y me dejó al pie de la cama desde donde veía el cuerpo echado de mi esposa y quise estar con ella, oír sus risas y sus palabras, conocer de nuevo lo que ya coloreé tantas veces. La habitación de mis niños. El sabor de una buena comida, las tonturas que a veces nos decimos, los buenos días y el que tengas cuidado con la carretera…)
          Pasó una mujer cobriza demasiado joven para ser madre. Empujaba el carrito del bebé con sus brazos menudos. Llevaba el pelo recogido en un moño alto. Parecía caminar con cierta prisa. Pero tal vez esa indiana necesitaba aprisionar el tiempo que se escapaba, el tiempo naciente también de su pequeño.
          Luego llegaron dos señoras de cierta edad (hay edades indefinibles, huidizas). Se sentaron al lado de nosotros. Pidieron cervezas. Fumaron. Comenzaron a coser las palabras. Los sonidos llegaban hasta mis oídos con la confusión de una colmena. Un zumbe, acaso.  O una abejera que cae al suelo y se destroza. 
En la rejilla de la ciudad Toribio y yo sólo éramos dos motitas de polvo. Unas manchas que jugaban al qué será más adelante. 
          ―¡Tonio!
          Me sorprendió. Toribio había vuelto a confundir mi nombre. Había chocado la palabra como una piedra sobre una lata.
          ―¡Sí, dime!
          Se le abrió la sonrisa. Llamó a no sé quién. Este no sé quién le respondió y el rostro de mi amigo dibujó una figura redonda como un sol de fuego. 
          ―¡Ahora, niña! Media hora. No más. ¿Entendés? Di que voy con un amigo español que quiero presentarle, que no se vaya si regresa antes. Chao, niñita, chao.                            

(Lo triste de la belleza es que huye de nosotros, los perversos humanos que intentan asirla. Ella es Todo. Todo lo conoce, hasta el anticipo miserable de unas manos abiertas. Y lo más insensato―quizás el elemento más banal de lo absurdo―es que al final, cuando pasa por nosotros ese aire gélido que limpia y endurece, llega la tragedia, porque ¿qué puede existir más allá? ¿Miedo? ¿Discordia? ¿Locura?
Cuando me ausento abro los ojos y encuentro una isla vacía de desaciertos. No hay nada. Sólo yo y mi conciencia. Las preguntas huyeron hace ya mucho tiempo, tal vez demasiado. No se necesitan. Un campo de respuestas como granos de arena en una playa azul y clara, con la pureza de una mente que añoró desde siempre un hueco de paz.
          ¿Esto es lo que busco? 
          ¿Incansablemente?
          ¿Con la tenacidad de un acero templado?
          Hay una línea dibujada en un suelo tierno. El viento la va deshaciendo y he de darme prisa. Sé que más allá mora la expresión serena de una vida tonta y sin sentido.
          Lo que inquiero desde siempre.
          La palabra exacta que todo signifique. Una pereza que me encharque y aclare cómo es el mundo, por qué me pusieron aquí.
          Sin embargo, ya no hay hombres. Sólo arena y cielo, piedras, rocas contrahechas, vientos que huyen, un sonido sordo de algo brusco que se va acercando y no veo. Tal vez es el miedo que engendró en el seno de la materia, o la soledad, que no es más que eso, paz interior o un engaño cualquiera, atrevido y cruel.
          El mundo y yo.
          La realidad rodeada de otras mil realidades que diseña una imaginación enferma. Una incapacidad de lo que suelen llamar útil. 
          Hablo de paz, locura, ausencia, sustancias agrias subsumidas en la materia, horizontes inalcanzables con la limitación que nos pusieron en las manos… Hablo de quimeras y de absurdos. Hablo del hombre terrible que aflora de vez en cuando, engreído y paradójico, irracional.
           ¿Qué diferencia al loco de la vida?
           ¿Cómo me puedo reconocer en un conjunto de iguales?
           La locura es el cuchillo que alguien maneja y corta sin conocer el oficio. Lo hace a destajo.
           Ser obsesivo.
           Ser tembloroso.
           Con una mirada hundida en el espacio de dos cuencas que tratan de ver en lo ciego. 
           El tajo desviado dibuja una senda de vida. El loco tiene marcado el camino por donde habrá de viajar durante años. Aunque no quiera. 
           ―¡General de mierda!
           Si nos arrancan la piel nos quedamos indefensos. Aire y bacterias. Fibras sin nada. Es la chifladura que entró excediendo la realidad, desacomodando.
           El enajenado no piensa, se desprendió de una carga terrible. Breves momentos de nada, embobado, ido, obsesionado con la lindeza que sube como el telón del teatro, tardo, desesperante.
           ¿Quién podría amar a un loco sin locura? ¿A un hombre repetido? ¿Al que se compra en cualquier tenderete, en una esquina perdida en la masa de una gran ciudad, quién?) 



Santiago de Chile (Francisco Kemeny)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 148. La silla y yo. María Gabriela López Suárez

La silla y yo

Por Maria Gabriela López Suárez

Después del desayuno en casa, la familia de Sabina se levantó de la mesa y se fueron a realizar las actividades que cada integrante tenía en el fin de semana. Sabina era la encargada de lavar los trastes ese día. Se quedó un rato más sentada. Le apetecía un postre. Degustó una naranja, saboreando gajo por gajo la dulce y jugosa fruta. De pronto volteó su mirada hacia el lado derecho y observó con atención una de las sillas del comedor, la sombra se reflejaba en una pared creando una bella fusión con el color que tenía, caoba.

La luz del sol que entraba por la ventana de la sala llegaba hasta el comedor e iluminaba perfectamente a la silla. Esa mañana la luz tenía un color muy especial, un tono ámbar. Sabina no despegaba la mirada de ese mueble que había acompañado el comedor familiar desde que ella tenía uso de razón. Sentía una especie de atracción hacia ella en ese momento, como si en la atmósfera solo se encontraran ambas en ese instante.

El estilo de la silla era muy sencillo, eso le daba también un toque interesante. Recordó cómo su abuelita solía mencionar que los muebles del comedor eran de caoba, una madera preciosa y que los muebles hechos con ese material eran muy duraderos. He ahí la prueba.

Los reflejos de la silla sobre la pared dibujaban las líneas horizontales del respaldo. Ese detalle hizo que  la mente de Sabina viajara en el tiempo, vinieron los recuerdos de todas las personas en su familia que se habían sentado ahí, las que permanecían y las que habían trascendido; amistades, gente conocida e invitados a algunas celebraciones.

—Si la silla hablara, la de historias que podría contar, desde las más alegres hasta las más nostálgicas, no solo de la familia sino desde que fue tallada y su proceso antes de llegar a casa. Y a mí me gustaría  conocer sus vivencias, tener un diálogo entre la silla y yo, —dijo en voz alta.

Terminó de masticar el último gajo de naranja, se sentía muy relajada. Jamás había pasado por su cabeza que una de las sillas que había en casa le causara tal atracción.

—Estoy segura que si mi hermana Azucena me viera en este momento atenta sobre la silla, diría que me estoy resistiendo a lavar los trastes —pensó Sabina, al tiempo que sonreía.

Justo en ese momento se escuchó la voz de Azucena:

—¿Ya terminaste tu tarea Sabina? 

—¡En eso estoy! —respondió Sabina, mientras decía para sí:— Se acabó el encanto.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota rimada. 15. Nubes de tormenta. Maclovio Fernández

Nubes de tormenta
Por Maclovio Fernández



Nubes de tormenta se avecinan para la 4ta Transformación.

Según se ve en entrevista
que a Don Ricardo Monreal
le hacen medios por igual
nada pareja es la pista.

De ahí el peligro proviene
de un descarrilamiento:
no se arregla el “pavimento”
porque así al patrón conviene.

La carrera principal
tiene los dados cargados
como en los tiempos pasados
del dedo presidencial

Cuando la cosa es injusta
además de indignación,
siendo cosa que disgusta
puede causar rebelión.

Maclovio Fernández

Foto: Pexels

Polvo del camino. 148. Viene de lejos para decir algo. Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído/ 11
Viene de lejos para decir algo

Héctor Cortés Mandujano

¿A qué le llaman distancia?

Eso me habrán de explicar:

Sólo están lejos las cosas

que no sabemos mirar. […]

Si el mundo está dentro de uno,

afuera pa’ qué mirar

Atahualpa Yupanqui, en «A qué le llaman distancia»

No sabía qué tenía tanto en común con el cantor argentino Atahualpa Yupanqui (1908-1992): se llamaba Héctor (Héctor Roberto Chavero), como me llamo yo; nació en el campo, como yo; fue a la escuela a caballo, como yo; su padre domaba potros, como el mío…
	Veo su entrevista en A fondo (en Youtube), del 27 de septiembre de 1977, el mítico programa conducido por Joaquín Soler Serrano. Y allí también explica cosas sobre los caballos: no es lo mismo domar un equino para una señora gorda, que para un niño, que para un vaquero, etcétera, y eso lo saben los domadores, lo preguntan antes de empezar la doma. Me pareció el hombre incluso simpático, sonriente, pese a que en sus canciones siempre se le ve triste, reconcentrado, nostálgico.
	Dice mi tocayo que en su tiempo había 72 millones de vacas pastando en la pampa, “con una hierba tan alta que apenas se veían los pitones de las vacas […] Y donde hay vacas tiene que haber quien las cuide, y a caballo, y allí viene el gaucho. Gaucho viene de gauderio: ‘cuidador de ganado’ ”.
	Los gauchos, cuenta Atahualpa, cantan por la noche, después de trabajar todo el día, con la guitarra desgastada y vieja que cargan; a veces lo que quieren es contar algo íntimo, de su sangre, a un par de amigos (los demás lo entienden y se van; saben que no es audición, es confidencia). Dicen que una vez preguntaron a Justino Leyva, un gaucho, qué era un amigo y él respondió: “Un amigo es uno mismo, pero con otro cuero”.
	De adolescente salió del campo y en Tucumán conoció -aparte del violín y la guitarra, que practicó desde niño- el arpa, la flauta y, entre otros, el sonido del bombo; dice que la tradición define este sonido con una de esas mentiras que inventan los hombres y que suenan a poesía antigua: “El bombo no hace más que imitar la respiración jadeante de la tierra cansada de dar frutos”.
	Su padre, dice, peón de trenes, era “pobre con libro”, un poco el poeta de la aldea. A los catorce años Héctor Roberto empezó a escribir como Yupanqui; su padre, sus tíos, su abuelo, hablaban quechua, lenguaje de indios, aunque ellos no lo eran y Yupanqui es, en quechua, “has de contar, narrarás”. Le agregó después Atahualpa (Ata, viene; hu, lejos; alpa, tierra): “Viene de lejos para decir algo”.
	Cuando empezó dice que decían de él, desdeñosamente: “Pero cómo, si es el negrito de la vuelta de casa”. Escribió varios libros: Piedra sola, El canto del viento, El payador perseguido, Cerro Bayo, Aires indios… y grabó y le grabaron muchísimos discos, muchísimas canciones, se volvió una leyenda.
	Fue a París y estaba en casa del poeta Paul Eluard; un día le dijo que vendría alguien para quien quería que tocara su guitarra y cantara. Era Edith Piaf. Ella contrató el teatro para cuatro conciertos y lo puso en el programa. La enorme y genial cantó la primera parte (como si fuera la menos importante) y le cedió la segunda a él, un desconocido total: “Extraordinario honor, que no podré pagar jamás”. Se le abrieron las puertas y a partir de esa presentación con la Piaf dio 60 conciertos más y se volvió famoso. Le ofrecieron grabar de inmediato.
         Se quedó a vivir en París y eso se lo criticaron mucho sus coterráneos. Él dice: “No tengo nostalgia por mi país. Cuando me hace un ruidito dentro mío mi tierra, cojo la guitarra y está el paisaje conmigo: Tengo la pampa, tengo la selva, tengo la montaña”: ¿A qué le llaman distancia?

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración de Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Cajón de rubores. 30. Crónicas 6. Antonio Florido

Crónicas (6)
La pesadilla
Por Antonio Florido


El Presidente tomó la botella de chivas y se acomodó, solo, en el sofá de carmín. Destapó, inclinó y comenzó a tragar sin pensar en nada. El desprecio hacia sí mismo le fue subiendo, y un trago sucedió a otro, y así…. Intentaba destrozar la memoria de su vida, los esfuerzos en balde, apagar esas palabras que martillaban en sus oídos. Imaginadas o ciertas, eran voces clarividentes. 
          El General escuchaba los consejos y opiniones de sus correligionarios. Llegó a dudar en algún momento, pero calló. Prefería la prudencia y el silencio a las habladurías recurrentes y vacuas. Asesinar a un compañero no iba con él. En el fondo le daba asco un acto como el que todos pretendían. Anotaba distintos caminos en su libretita. Una salida condescendiente para un hombre que había dado tanto por todos. Le mostraba un afecto interno. Pero los demás formaban un coro de voces extrañas llenas de odio y sin sentido.  
           Sonó un golpe tremendo sobre la mesa. 
           ―¡Mañana!
           Todos quedaron mudos. Comprendieron la orden.
           ―¡Prepara los timbres, reparte, ordena, encarcela a quien se resista, mata si fuera necesario, no quiero errores!
           Lo había vociferado en un arranque de ira y de frustración. Como un enajenado, sin mirar a nadie. Después se retiró a la habitación de al lado y se tumbó sobre la cama sin deseos de dormir. 
           Amo la superioridad que otorga esa altura que me dieron sin querer. Quise estar solo en la cima. Lo deseaba con todas las fuerzas de mi alma. Llegué. Desde el alto gozo columbré la cotidiana banalidad de la plebe. Luego me senté sobre la roca. Descansé toda la tarde esperando la llegada del atardecer. El mundo me llamaba el Presidente. Me rendían pleitesía, obedecían mis órdenes, se anticipaban… Pero ese sueño duró solamente un instante. Luego llegó el arrepentimiento. Cada Orden y Decreto, cada Ley y mirada, cada gesto o sonrisa. Descreí mi pensamiento. Muy tardo, como una piedrita que rueda chocando con las laderas, zarandeada por las ásperas y cárdenas roquedas del poema.
           El caballete abierto sostenía un arco de tela tenso y expectante. Faltaban el arrojo, los artificios, la voluntad perezosa. Necesité mucho tiempo para dilucidar el paisaje en mi mente. Un pueblo alegre. La izquierda triunfante, los halagos y roncerías. Comencé un íntimo acto de expiación luchando con el lienzo que me retaba a cada instante.
           (Los colores se confunden…)
           (…Hubo tonos imposibles.)
           ¿Acaso la revolución que se acercaba a Palacio?
           Cada mañana pintaba un lazo estridente. Trataba de crear una figura hermosa, pero la sospecha de lo que ansiaba siempre huía, presurosa, con el horror sobre los pies deformes. Comprendí que mi labor era grandiosa e insuperable. Más allá incluso de mi propia capacidad, mi engreimiento me decía que lo dejara.
           El primer arrepentimiento se fue transformando en un segundo fallo. El Presidente no debería transigir a las primeras de cambio, pero los demás hablaban y hablaban, discutían decisiones absurdas, voceaban a mi lado, algunos llegaron a manotear la mesa, despreciando la figura de un Presidente que se diluía.
           Pasó otro minuto. El ventanal seguía abierto de par en par y la taza de café aún dormía sobre el calado glamuroso.
Recordó las sonrisas de sus hijas, de pequeñas, jugando al pilla entre las mesas de caoba, corriendo por los inmensos vericuetos del edificio. Supo atrapar aquellos momentos en que el amor lo introducía en ese cuarto donde los sentimientos se van deshaciendo. Luego le pudo otro recuerdo. Habló en alto, recreando aquel pasaje que se le quedó clavado en la memoria, cuando entonces.
           Mi nostalgia no es una emoción ligera. Es una enfermedad. Mortal si se me antoja. Porque me puede la compasión profunda por abandonar mi propio país, mi conciencia y mis actos, la historia misma de toda mi vida. Es un sufrimiento contagioso. Enfermé por eso, por el pueblo que anhela y requiere de mí toda mi alma y paciencia. Y no puedo más. Por eso tal vez desee lo que ya se intuye.
           Pero he de estar y reconocer que me he acercado (tal vez de una manera sublime y excelsa) a ese borde donde el abismo comienza a caerse. De ahí en más no tendré regreso y todo estará perdido.
El Presidente toma la botella con un cariño exquisito, como queriendo acariciar la helada y sobria superficie curva de la etiqueta y del licor. Una cárcel para el último elixir de su vida. 
           El límite está ahí, lo percibo con todas las fuerzas que soy capaz de reunir, en un esfuerzo sincrético, como aquella vez primera con el escalpelo entre los dedos, temblando en el paroxismo de la duda.
           ¿Qué son ahora los atributos del sexo y del alimento diarios?
           ¿Qué la meditación filosófica y el arte de la música?
           A veces los pensamientos se adensan de una forma inextricable.
           Es bella la imagen del fusil sobre la mesa. Curva, acero y madera, formas plegables… Sería muy sencillo. Es tan pequeño que con una mano sostendría el filo del cortado. Con la otra tomaría la decisión de todo un pueblo, o de unos desgraciados que discutían la manera de alcanzar un ilegítimo ascenso.
           Desde mi asiento la puedo distinguir y analizar, pensar en sus fútiles detalles, sus tonos y medidas, la fuerza del acero huesoso por donde llegaría al final del llano, donde comienza el tajo.
           (De pronto una caída suave. La bajura que me llama. Crujo y me desgarro como una roca desprendida. Un arbusto insospechado forma grietas en mi cara. Mi cabeza hecha añicos. Sesos salpicados por los velos y contrastes, en el techo y paredes a mi espalda. Sólo un instante sin pensar en nada).
           ¿Quién lo ha logrado en este mundo?
           ¿Abandonarse?
           Tal vez sea un acto imposible.
           ¿Absurdo?
           Quizás, si hablamos de aquella razón consciente que llegó a percibir sus propios límites.  
           El Presidente ha dejado caer la botella. El golpe sobre el suelo y la pérdida de lo grave le despiertan. Ha bebido demasiado y le duele la cabeza. Se frota los ojos, pasa unos dedos inseguros por las arrugas asurcadas de su frente. Busca sus lentes que los dejó sobre la mesa elegante. Pero es medio ciego y apenas distingue una mancha.
           Todavía cree en la quimera.
           Un hombre que se hunde en una pesadilla. 
           El fusil continúa apoyado como siempre.
           Quieto, callado, esperando…


«El sueño de la razón produce monstruos», Francisco de Goya (Fuendetodos 1746-Burdeos 1828)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Nota muerta. Calaveritas 14. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Roger Octavio

Por Maclovio Fernández

A Roger Octavio Gómez Espinosa

Roger Octavio
La muerte llego de lado
cuando estaba entretenido
en un escrito sumido
y lo agarró descuidado.

Él dio el último teclazo
para terminar su historia;
por andar buscando gloria
no percibió el guadañazo.

Así terminó su cuento
dándole fin a su vida
porque la Parca, atrevida,
también escribió un fin cruento.


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Ilustración: Adriana Corzo Aguirre, Acuarela

Polvo del camino. 147. Aviso para caminantes. Héctor Cortés Mandujano

Aviso para caminantes

Héctor Cortés Mandujano

!Si lo terreno acaba, en suma,

cielo e infierno,

y nuestras vidas son la espuma

de un mar eterno!

Lavemos bien de nuestra veste

la amarga prosa;

soñemos en una celeste

mística rosa

Rubén Darío, en «A Mariano Miguel de Val»dolfo Bioy Casar»


En la muerte de la Woolf pesó la roca. Quiroga, cuentista, se mató a balazos. Hemingway se disparó en la boca. A Luther King partieron en pedazos.

Sócrates decidió tomar cicuta. Séneca decidió también lo mismo. Cicerón fue muerto en fea ruta. Los tres, en fin, cayeron al abismo.

Nadie escaparemos de la muerte. Mejor entenderlo que ignorarlo. No será ni buena ni mala suerte.

Tener miedo es sólo acrecentarlo. Nuestra vida final será la muerte. Morir es respirar, mejor saberlo.

***
[A veces escribo sonetos (14 versos endecasílabos) nomás para tener caliente la mano. No siempre los publico. Éste, me parece, no quedó tan mal.] 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Héctor Ventura**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en Tuxtla Gutiérrez, la capital de su estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. 
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.