Cajón de rubores. 30. Crónicas 7. Antonio Florido

Crónicas (7)
La ciudad
Por Antonio Florido

 

Quisimos subir al Cerro Tupahue…
          Toribio se despide de la noche y abre la puerta de mi cuarto. Ya le veo vestido. Chaqueta marina, camisa clara, corbata con ligeros tonos azules (hermosa, simétrica, quizás un poco amortiguada), pantalones con un poquito de holgura y zapatos lustrosos que reflejan a su modo las deformadas superficies de las paredes y el techo, como un agua que arrecia sobre nosotros desde una cubierta en curva.
          Soñé toda la noche con la eterna niebla que cubre la ciudad, con sus grandes avenidas. Escalé torres que alcanzan el cielo y visité casuchas casi abandonadas. Me alargué al barrio bohemio de Lastarria. Traté de acariciar las estrellas del Sur y los quebrados intangibles de la cordillera que se alzan muy atrás, más allá de lo posible. Imaginé miles de farolas impertinentes. Percibí los olores extraños de esta ciudad donde todo cabe, (desde el amor en una esquina hasta la muerte imprevista al cruzar una corredera).
De mañana las calles y edificios aparecieron ante mí con una capa de ceniza. Pinceladas al capricho de un diseño muy antiguo. Con un sol escondido y misterioso.
           Es el segundo día que paso en esta ciudad de calles coloridas y extravagantes, de indianos cerriles…
          (Deseaba subir al Cerro, como dije)
          Toribio sonríe mientras toma el té a pequeños sorbos, luego me mira.
           ―¿Y las piernas?
           Apenas un gesto de resignación. Más evidente que una cadena de palabras que dirían lo mismo que mi rostro. Adelanta la tostada con mantequilla, toma otro sorbito de infusión. Me reflejo en su rostro, ¡tan claro!
          ―¿Queda lejos?
          Sacude las partículas adheridas en sus comisuras, tose varias veces, tuerce el cuello, habla.
          ―¡La ciudad es grande, Mario, inmensa, debemos tomar un taxi!
          En los bajos del restaurante el aire acondicionado crea una realidad transparente, aséptica y mullida. Pienso que nada nos podría suceder allí, mientras tomamos nuestro pequeño almuerzo, a esa hora de la mañana.
           Por el ventanal se distingue a la gente que cruza sus dejadeces sin mirarse. Avanzan rápido, a grandes zancadas, casi corriendo. La mayoría sujeta el teléfono como si se tratara de un tesoro recién encontrado. Leen y escriben, sonríen, enmascaran sus sentimientos, falsifican; otros llevan auriculares, deseosos de aislarse del mundo que ellos mismos han creado.
          (Compartimientos estancos donde la humanidad se va muriendo) 
          ―No es tanto, verás―rectifica, comprobando el derecho ajuste de sus perniles.
          Calle Las Monjitas, 744, apartamento 218, altura 17, como a media cuadra desde el comienzo. 
          Toribio me llama un poco alterado. Me equivoqué de rumbo, abstraído como iba. Torcí el cuerpo, enderecé el bastón, lo coloqué paralelo a mi pierna derecha, avancé hacia él que me esperaba con la sonrisa picarona de un niño malo. Llegamos hasta la esquina con Mac Iver. De ahí nos detuvimos y mi amigo levantó el brazo. Casi nada. Tal vez el primero en pasar, o el segundo (ya no recuerdo). 
         ―¡Dirán!
         ―Al cerro San Cristóbal.
         ―¡Sí señor, al tiro!
         El auto era viejo, amarillo y destartalado. Toribio se sentó al lado del chofer, yo detrás, con mi pierna tullida estirada. El carro planeaba. Iba tan veloz que no podía atrapar todos los sueños traseros de mi noche, cuando me imaginé por la selva de Santiago, como un vulgar turista de las cosas. Pero no dejé de mirar por la ventana.
         Sólo se oía el rodaje de las gomas, los saltitos del vehículo, a veces los repentinos frenazos por un disco impaciente que de pronto se enfermó de un rojizo sangre.
Ese tal, abigotado, no era un hombre. Manejaba con dos brazos automáticos, fumaba y hablaba por el celular, sacaba el brazo por la ventanilla, señalaba alguna dirección, un verdadero diablo… Pero conseguía que el carro serpeara como un arroyo entre las piedritas del tránsito. 
          ―¡Es de España! 
          Lo dijo sonriendo y con la cabeza casi vuelta. Le noté un orgullo inmenso. Sonreí.
          ―Sí―dije. Luego callé y continué con la fugaz panorámica del resto.
         Acortamos por el Jardín Botánico (eso dijo). Luego el auto bacheó sobre el puente del Mapocho. 
          ―Es el río de Santiago. Mira cómo va, el pobre. Tenemos, Mario, una sequía de aúpa. 
          Un chorrillo de aguas negras que bajaba entre piedras cantonadas, lisas y redondas. Poca agua para tanto largo.
         ¿Un hilo subversivo? 
          ―La dictadura, que todavía sigue con las suyas.
          No sé si Toribio llegó a enterarse. Quizás no comprendió el significado desdoblado de mi frase. Tal vez ni lo uno ni lo otro, o las dos cosas sucedieron y solamente se hizo el distraído con un pequeño ademán de su mano que indicaba que aquello no tenía ya sentido.
          Recuerdo haber torcido a la derecha buscando la circundada de los cerros, donde las torres son cada vez más chiquitas.
         ―Allí comienza el barrio Bellavista. Falta nada.
Después Toribio dilataría sus explicaciones.
         ―Bellavista es de cuidado. Muy bohemio, con estilo propio, bullanguero, imposible a ciertas horas. Putas y reputas, asaltantes y pidones, acuchilladores. Los carabineros ni se enteran ni se quieren enterar. No se entra si no eres bravo y chileno. Menos con la noche caída.
        Es hora de experimentar la ausencia de lo percibido, el amor al horror como anticipo, la mierda que nos encharca y lo banal que nos ocupa.
        (―Marcel, comprendo tus acotaciones. Aunque con matices. Sensaciones y recuerdos, un caldo denso donde bebo y me alimento. Me asedian relaciones muy sutiles. Hilos enrevesados que van tejiendo el poco a poco. Esto es la realidad. La tuya de seguro. La mía aún la voy creando a mi antojo. Pero la ausencia, ¡me puede tanto! Escribo, pienso y vivo sobre ella. ¡Es el Todo! Lo de crear es pura farsa para no saberme solo en este vacie. Marcel, llenas el hueco con tus signos. Muestras una capacidad ofensiva y dura, un arma de futuro, fiera y a menudo dolorosa. Colmas de catarsis hasta el último de tus signos)   

El carro nos dejó al pie de una gran cancela de dos cuerpos, cerrada a cal y canto. Dentro varios guardias riendo. Algunos hablaban con el pitillo entre los labios. Toribio se alejó. Le vi desde atrás. Me había sentado en un poyo que cercaba un gran parterre. Un hombre alto y seco vendía recuerditos de Santiago. Los observé. Tomé alguno para verlo más de cerca. Comenzó a hablar de manera lisonjera. Sin embargo, no quise oír sus palabras. De comprar, compro, mire usted. No más, se lo aseguro.
          La pierna comenzó a gritar y aguanté el dolor como pude. Conté los segundos. Dibujé la curva del dolor en la tinta de mi mente. Pronto llegará el declive, se irá…
Toribio también se arrimó al hombre alto y seco. Solamente desmenuzaba con su inteligencia los mil detalles del puesto. 
         ―¿Calor?
         ―Algo, sí. Me quité la chaqueta, ya ves.
         ―Cuando pega, pega. Y eso que la primavera…
         ―Huyo del calor y me da por venir a este otro calor insoportable. Me equivoqué de ropa. Y de estación.
          Nos quedamos unos segundos sin hablar.
          ―Están en huelga, los muy wueones. Tuvimos mala suerte.
          Su rostro revelaba unos rasgos de hombre bueno. Más contrariado que yo por el inconveniente de haber cruzado la ciudad para nada. Sin embargo, no me importaba quedarme allí sentado, oliendo las atrayentes fragancias de mi espalda, con mi pierna lisiada y mi bastón doblado. Se estaba a gusto en aquel sol y sombra. 
         ―¿Y?
         ―Nada. Paseamos. Espera un poco a que se me pase esto. Luego caminamos en busca del Mapocho. Quiero ver sus chorros y piedras, la anchura de su cauce. Poco a poco, querido, no tenemos nada que hacer.
         (Es la única reserva natural del ser, no tener que hacer nada, sólo dedicar el tiempo a la tibia plenitud de la observación más absurda)
         Rozó la cuerda de las doce. Anduvimos cuadra y media. Entramos en Harry’s Bar porque nos quedaba al paso. Terraza amplia, sombra, veladores, gente que pasaba, camareras que atendían.
          ―Café, por favor. Largo. Doble. Solo. Con dos azucarillos. ¡Ah, y un vasito de agua fría!
          ―Té… Normal. Sólo con sabor a té. Y también quiero agua, niña.
          Saqué tabaco.
          Fumé uno de mis primeros cigarrillos en la gran ciudad. (Me acordé de Lemmon, en la famosa película que tantas veces he visto con mi mujer. Luego me llegaron los recuerdos de mis hijos, de ella misma, de mi casa y mi pueblo. Traté de oler lo que no podía. La distancia consigue alargar estas cosas. Pero mi imaginación trabajó y me dejó al pie de la cama desde donde veía el cuerpo echado de mi esposa y quise estar con ella, oír sus risas y sus palabras, conocer de nuevo lo que ya coloreé tantas veces. La habitación de mis niños. El sabor de una buena comida, las tonturas que a veces nos decimos, los buenos días y el que tengas cuidado con la carretera…)
          Pasó una mujer cobriza demasiado joven para ser madre. Empujaba el carrito del bebé con sus brazos menudos. Llevaba el pelo recogido en un moño alto. Parecía caminar con cierta prisa. Pero tal vez esa indiana necesitaba aprisionar el tiempo que se escapaba, el tiempo naciente también de su pequeño.
          Luego llegaron dos señoras de cierta edad (hay edades indefinibles, huidizas). Se sentaron al lado de nosotros. Pidieron cervezas. Fumaron. Comenzaron a coser las palabras. Los sonidos llegaban hasta mis oídos con la confusión de una colmena. Un zumbe, acaso.  O una abejera que cae al suelo y se destroza. 
En la rejilla de la ciudad Toribio y yo sólo éramos dos motitas de polvo. Unas manchas que jugaban al qué será más adelante. 
          ―¡Tonio!
          Me sorprendió. Toribio había vuelto a confundir mi nombre. Había chocado la palabra como una piedra sobre una lata.
          ―¡Sí, dime!
          Se le abrió la sonrisa. Llamó a no sé quién. Este no sé quién le respondió y el rostro de mi amigo dibujó una figura redonda como un sol de fuego. 
          ―¡Ahora, niña! Media hora. No más. ¿Entendés? Di que voy con un amigo español que quiero presentarle, que no se vaya si regresa antes. Chao, niñita, chao.                            

(Lo triste de la belleza es que huye de nosotros, los perversos humanos que intentan asirla. Ella es Todo. Todo lo conoce, hasta el anticipo miserable de unas manos abiertas. Y lo más insensato―quizás el elemento más banal de lo absurdo―es que al final, cuando pasa por nosotros ese aire gélido que limpia y endurece, llega la tragedia, porque ¿qué puede existir más allá? ¿Miedo? ¿Discordia? ¿Locura?
Cuando me ausento abro los ojos y encuentro una isla vacía de desaciertos. No hay nada. Sólo yo y mi conciencia. Las preguntas huyeron hace ya mucho tiempo, tal vez demasiado. No se necesitan. Un campo de respuestas como granos de arena en una playa azul y clara, con la pureza de una mente que añoró desde siempre un hueco de paz.
          ¿Esto es lo que busco? 
          ¿Incansablemente?
          ¿Con la tenacidad de un acero templado?
          Hay una línea dibujada en un suelo tierno. El viento la va deshaciendo y he de darme prisa. Sé que más allá mora la expresión serena de una vida tonta y sin sentido.
          Lo que inquiero desde siempre.
          La palabra exacta que todo signifique. Una pereza que me encharque y aclare cómo es el mundo, por qué me pusieron aquí.
          Sin embargo, ya no hay hombres. Sólo arena y cielo, piedras, rocas contrahechas, vientos que huyen, un sonido sordo de algo brusco que se va acercando y no veo. Tal vez es el miedo que engendró en el seno de la materia, o la soledad, que no es más que eso, paz interior o un engaño cualquiera, atrevido y cruel.
          El mundo y yo.
          La realidad rodeada de otras mil realidades que diseña una imaginación enferma. Una incapacidad de lo que suelen llamar útil. 
          Hablo de paz, locura, ausencia, sustancias agrias subsumidas en la materia, horizontes inalcanzables con la limitación que nos pusieron en las manos… Hablo de quimeras y de absurdos. Hablo del hombre terrible que aflora de vez en cuando, engreído y paradójico, irracional.
           ¿Qué diferencia al loco de la vida?
           ¿Cómo me puedo reconocer en un conjunto de iguales?
           La locura es el cuchillo que alguien maneja y corta sin conocer el oficio. Lo hace a destajo.
           Ser obsesivo.
           Ser tembloroso.
           Con una mirada hundida en el espacio de dos cuencas que tratan de ver en lo ciego. 
           El tajo desviado dibuja una senda de vida. El loco tiene marcado el camino por donde habrá de viajar durante años. Aunque no quiera. 
           ―¡General de mierda!
           Si nos arrancan la piel nos quedamos indefensos. Aire y bacterias. Fibras sin nada. Es la chifladura que entró excediendo la realidad, desacomodando.
           El enajenado no piensa, se desprendió de una carga terrible. Breves momentos de nada, embobado, ido, obsesionado con la lindeza que sube como el telón del teatro, tardo, desesperante.
           ¿Quién podría amar a un loco sin locura? ¿A un hombre repetido? ¿Al que se compra en cualquier tenderete, en una esquina perdida en la masa de una gran ciudad, quién?) 



Santiago de Chile (Francisco Kemeny)
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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