Polvo del camino. 25. Lirio. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 25

Lirio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

 

No veía a quienes estaban callados y atentos –eso suponía– en el pequeño auditorio, porque alguien dispuso que las luces potentes me dieran directamente en la cara.
            Yo hablaba con rapidez, pero no era necesario decir palabras y por eso me concretaba a hilar, en una habilidad que me desconocía, letras y números. 
            Todos parecían entenderme, porque eventualmente, ante alguna letra, ante algún número dicho por mí, se oían asentimientos, exclamaciones en voz baja.
            Terminé y no hubo aplausos. Lo sentí normal, porque los aplausos siempre los he pensado un subrayado gratuito sobre el que nadie reflexiona y hace mecánicamente. Vi que a uno de lados del escenario había surgido, mientras hablaba, una especie de círculo blanco, como si la duela de madera hubiera tornado –manejada por alguien desde alguna cabina de mando– al vidrio, al plástico circunferencial.
            Ante el silencio de los espectadores, que seguían siéndolo, pues no escuchaba ruidos de incorporación y caminata, me dirigí a la rueda blanquecina y me paré en ella. De ese centro caían, habían caído, supuse, como si fueran pétalos de un lirio gigante, largas tiras. O así habían surgido del piso: como una flor en desmayo. No eran luces, pues, las que hacían aquella figura, sino una materia que no lograba descifrar, reconocer. 
            En cuclillas, toqué una de las tiras y ésta comenzó a levantarse. Me puse de pie y noté que ese extravagante pétalo rebasaba mi estatura. En eso pensaba cuando se levantó el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, hasta dejarme encerrado en, eso pensé, una nave hecha a mi medida.
            Todo encajó sin fisuras. No necesita aire. Cerré los ojos y sentí que esto era inevitable y bello.
            No es que oyera el ruido de un motor ni nada por el estilo, pero sentí que nos elevábamos la nave y yo. Supongo que se abrió una parte del techo porque aquello ya era volar en toda forma. Tuve instantes de miedo. ¿Adónde iba, adónde me llevaban, quiénes? Noté entonces, como en un parpadeo de sabiduría, que a mi mente llegaban nuevas letras, nuevos números, que hacían en mi cerebro una nueva conferencia que dictaría quién sabe en qué nuevo mundo al que me llevaba esta nave-lirio de vuelo silencioso…  
 
***
 
Hace tiempo dos amigos (René Morales y Eduardo Champo) tenían un programa que se llamaba, creo, Arte y cultura para pobres, en el que recomendaban cine, música, libros, etcétera, que podían conseguirse gratuitamente. Por ellos me enteré y pude ver gratis la joya del terror mexicano, de Carlos Enrique Taboada (¿de quién si no?), Veneno para las hadas (1984), que junto con Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968) y Más negro que la noche (1975), forman un cuadríptico imperdible de la cinematografía nacional. Las tres últimas ya tienen un remake, que no siempre les hace justicia; pero con Veneno para hadas no se han atrevido, porque trata de la maldad infantil, tema escabroso.
            Los recordé porque en estas semanas he visto por segunda, tercera, cuarta vez, gratis, en Youtube, muchas películas de Buñuel, que están a la mano (yo soy el más perezoso de los buscadores): El río y la muerteSusana (carne y demonio)El ángel exterminadorSimón del desiertoÉlLos olvidadosEl bruto… Todo un tesoro al alcance de cualquiera.
            Contactos: hectorcortesm@gmail.com 
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 24. La palabra aguda es grave/ II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 24

La palabra aguda es grave/ II
(Las tapas de yogurt como obras de arte)

Héctor Cortés Mandujano

 
La obra de arte no se explica: la entiendes o no la entiendes, te gusta o no te gusta, te dice algo, te grita, te susurra o se queda callada. El hecho es que te plantes frente al cuadro o la instalación, digamos, y sientas. Y tu interpretación, tu santa voluntad, es lo que da valor o no a lo que ves (un cuadro), oyes (una pieza musical) o lees (un poema). En el ámbito privado, por supuesto.
            Porque, para lo público, están los especialistas, los críticos.
            Son los que deciden que aquella película es genial, este cuadro debe estar en aquel museo, este músico debe dar un concierto en el prestigioso teatro fulano de tal, etcétera.
            Nos quedemos de momento en la pintura, que fue –hago trazos gordos–, mientras no se inventaba la fotografía, figurativa, es decir, trataba de retratar tal cual lo que veía, aunque ya hubiera algunos que comenzaban a poner verdes o azules o rojas las caras, lo que alejaba el rostro de su origen rosa o café o amarillo o negro (como se suelen representar las razas, aunque esos colores sean aproximativos). También el pintor, la pintora, imaginaba dioses o vírgenes o sentimientos y los volvía figuras: Venus era una mujer desnuda; la virgen una señora apacible que amamantaba al niño Jesús; la paz (y también el espíritu santo), una paloma.
            Cuando ya no tenía sentido que la pintura retratara, se comenzó –es un decir, antes hubo también los que se salían del huacal– a usar artísticamente lo abstracto, es decir, las manchas, los rayones, los brochazos, la amalgama de pintura que no mostraba nada reconocible. No eran caras ni animales. Nada. 
             De modo que si antes ibas a una exposición y te preguntaban de qué iba, podías decir que eran paisajes, flores, naturalezas muertas, retratos, cuerpos de campesinos, figuras de mujer… ¿Y cómo explicabas, ahora, lo abstracto?: “Era un cuadro verde, con una manchita roja, uno; un montón de rayas grises sobre un fondo amarillo, otro”. ¿Y qué significan? Aparecía el especialista y decía que el verde era el bosque y la manchita roja el fuego voraz que empezaba a quemar, a destruir: el cuadro era una protesta contra los incendios; las rayas era la gente entrecruzándose por las calles, sin verse, sin hablarse (cada cual metido en sus garabatos mentales); el amarillo, era, obvio, que la escena sucedía de día, que es cuando la gente anda más por las calles… 
            Pero lo abstracto resultó rebasado con bastante velocidad y entonces las personas “normales” dejaron de entender el arte pictórico, plástico.
            El famoso urinario, Fuente, que Duchamp (1887-1968) llevó al museo, en 1917, hizo que muchas cosas se reformularan. El artista sólo ponía ante ti algo y eras tú quien debía encontrar el arte en ello. Si no lo hallabas era porque la pintura retiniana había echado a perder tu capacidad imaginativa. Y arte comenzó a ser lo que cada artista decidiera [los chinos, dice Octavio Paz en Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp (Editorial Era, 1973), buscan una piedra en el campo y la firman]. 
Tú no podías llevar una caja de zapatos vacía a una exposición (lo hizo Gabriel Orozco, en la Bienal de Venecia), porque te correrían con cajas destempladas, pero si eras un artista, avalado por los especialistas, podías llevar tu mierda enlatada (la obra es de Piero Manzoni, se llama Mierda de artista y consiste en 90 latas de sus excrementos; se ha expuesto en muchos museos y se vende en altísimos precios) o un frasco con aire parisino (lo hizo Duchamp, se llama Aire de París y es una ampolleta de vidrio de 50 c. c., que contiene un ejemplar de la atmósfera de esa ciudad y se ha expuesto en muchos museos del mundo)…
            Todo estaba puesto para que llegara cualquiera y decidiera ser artista (con especialistas que lo reconocieran como tal) y poner una pelota o un pedazo de maguera o arena o lo que fuera, como propuesta de exhibición para los mejores museos internacionales. A partir de Duchamp se llama Ready-made a lo que sea.
            Y en esas andamos. 
            Gabriel Orozco (Jalapa, 1962) es el artista plástico mexicano más conocido fuera de nuestras fronteras. En las tapas de Materia escrita (19 libretas con notas, dibujos, fotografías), editado por Era, en 2014, se dice que en su primera exposición individual en “el MoMA de Nueva York en 1993, Orozco colocó naranjas en las ventanas de los edificios frente al museo”; en Venecia presentó, decíamos, una caja de zapatos vacía; en otra exposición, también en NY, “colocó cuatro tapas de yogurt, una en cada muro de la galería. Estas obras se convirtieron casi de inmediato en íconos del arte contemporáneo”.
            Dice Orozco en unos apuntes para una conferencia, consignados en Materia escrita, que lo suyo busca (p. 269) “la desaparición del público y la creación del nuevo público para esa obra”; que usa (p. 271) “la realidad como materia prima”. 
            Un pintor ahora no debe saber pintar ni un escultor esculpir. Eso no importa. Debe poder encontrar algo en la calle o en el campo o en su casa, y reformularlo o, sin ningún cambio, llevarlo a un museo. Como proyecto, Orozco anota en una de sus libretas, por ejemplo, exponer en Turín (p. 233) una colección de sandalias.
            Si se le reconoce como artista, podrá hacer que todo lo que toque se vuelva arte.
            Te guste o no. 
Ilustración: HCM.

Polvo del camino. 23. Mi suerte como lector. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 23

Mi suerte como lector

Héctor Cortés Mandujano

 
Tal vez lo he contado ya, pero un nombre que está en mis agradecimientos de lector, siempre, es Luis Gamboa Ricci. Él me abrió la puerta de su biblioteca cuando yo era un jovencito pobre y gracias a su generosidad leí, uno a uno, recién salidos, los libros de García Márquez, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Borges y un inmenso etcétera, que yo no hubiera tenido posibilidad de comprar. Tan bueno era este hombre (lo seguirá siendo, por supuesto) que compraba las novedades y me daba el libro reluciente para que yo quitara la envoltura y pasara los ojos por primera vez sobre las páginas nuevas, asombrosas. 
            Tengo amigas y amigos que me regalan, apenas salen, los libros que escriben. Deben ser cientos a estas alturas. 
            He tenido a lo largo de mi vida linda gente que me ha regalado uno, dos, tres libros en sucesivas ocasiones. Menciono al tuntún los que me han regalado más de dos: Margarita, Mirna, Roger Octavio, Tito, mi hija… 
            Héctor Herrera, viudo del entrañable Emilio Carballido, y amigo desprendido, me envió varias cajas con la colección completa de la revista y las antologías de Tramoya, que dirigió toda su vida Carballido. Gran emoción fue para mí recibir los cientos de ejemplares.
            Nedda G. de Anhalt, amiga querida, me ha regalado muchos libros: de Reynaldo Arenas, Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante (que fueron también amigos suyos) y especialmente una veintena de Sergio Galindo (otro amigo suyo), de quien estoy leyendo la obra completa, gracias a la maravillosa Nedda.
            Mi querido amigo Sarelly Martínez me trajo, hace años, una bolsa de novedades que yo le había encargado. Era una treintena de libros por los que yo suspiraba, él me los compró en un viaje al centro de la república (se supone que yo le daría el dinero) y, gran amigo como es, me los obsequió. Después me ha regalado varios libros físicos, hasta que me regaló un lector electrónico con miles de libros; después, como si no bastara, me regaló otro lector con cientos de nuevos libros. Nadie le gana a generoso conmigo.
            Pero hay otra amiga entrañable que tiene cabida perfecta en este recuento: Linda Esquinca. Me ha regalado tanto: lámparas antiguas, una máquina de escribir, reproducciones de cuadros, discos, objetos varios y libros, muchos libros: uno primero, luego tres, luego una cajita, y hace muy poco dos cajas con más de una cincuentena de títulos magistrales, de autores geniales: Víctor Hugo, Hegel, Descartes, Cicerón, Aristóteles, Nietzsche, Sartre, Reyes, Moliere, Kant, Balzac, Tagore, Graham Greene, Daudet, Camus, Mauriac, Papini… Además, agregó una granada colección de Perry Mason y Sherlock Holmes, que son botanitas deliciosas. Qué más pedir a este regalo redondo, perfecto.
            He tenido la gracia que los hados me han otorgado para tener muchas amistades maravillosas, muchos amores geniales, muchas alegrías sin cuento. Como lector, evidentemente, he corrido también con muchísima suerte.
***
 
El pasado miércoles 24 de junio, murió nuestro amado gato Zapata. Vivió con nosotros durante 20 años y su vida, creemos, fue muy feliz porque hizo lo que quiso dentro y fuera de nuestra casa. Lo adorábamos y su belleza no se eclipsó, sino hasta su muerte. La foto que acompaña este escrito la tomó mi hija cinco días antes de su deceso y se puede notar, sin merma, su espléndida belleza. La muerte no existe, claro: Zapata sigue vivo. 
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 22. Dolor y sangre en el jardín. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 22

Dolor y sangre en el jardín

Héctor Cortés Mandujano

 
Es domingo, muy temprano. Hago jardinería.
            Tomo una manguera que he dejado antes en el piso y siento una punta aguda que penetra la yema del dedo medio de mi mano izquierda.
            Dolor fortísimo. Además, ansiedad, angustia y desesperación (como dice el bolero “Toda una vida” que se siente el amor). 
            No hay sangre. 
            Veo un montón de grandes hormigas negras y deduzco que una de ellas me enseñó que hay que pedir permiso para invadir su territorio.
            El dedo no me deja de doler mientras riego, podo, trasplanto, siembro. 
            Cuando voy a desayunar con mi mujer, veo que en la tibia derecha me hice un corte –supongo que con alguna rama espinosa, trabajé con sólo un short y una camiseta como vestimentas–  y salió y escurrió sangre, que ahora ha coagulado. 
            Tiene visos rojos todavía, pero parece más azul (sí, cómo no), negruzca.
            Pero vi un tulipán, de un raro color melón, floreciendo, y siento que, en arrebato telenovelero, he pagado con dolor y sangre la visión de esa belleza. 
Fotografía: HCM.

Polvo del camino. 21. Consejos femeninos. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 21

Consejos femeninos

Héctor Cortés Mandujano

(Cuento)

 
Tal vez porque fue su obsesión de niño (ella era la más bonita y popular de la primaria, y él un gordito al que las puyas lastimaban constantemente) quedó deslumbrado cuando la vio llegar a la empresa que dirigía.
            ¿Qué busca la muchacha rubia?, preguntó a su secretaria.
            Trabajo.
            ¿De qué?
            Sabe algo de contabilidad.
            Dile al contador Ruiz que venga.
 
Dio instrucciones de que la contrataran. Ella le llevó, días más tarde, unos papeles para su firma. Estaba nervioso y ella tranquila.
            ¿Te acuerdas de mí?
            No, ¿nos conocemos?
            Sí, de la primaria.
            Hace mucho. ¿Fuimos compañeros?
            No. Yo estaba un grado adelante.
            Pues mucho gusto y muchas gracias por contratarme. Necesitaba un trabajo, un sueldo. Las cosas en casa andan muy mal.
            ¿Estás casada?
            No, vivo con mis padres, pero ambos tienen problemas severos, hasta de movilidad, y las medicinas son caras.
            Qué pena. Si en algo puedo ayudarte, no dudes en acudir a mí.
            La sonrisa de ella fue para él un pago excesivo.
 
Su complejo de gordo no lo había abandonado. Sus dientes estaban encimados y nunca había querido ir al especialista para que los acomodara y su sonrisa no fuera tan poco atractiva como era.
            Susana, ¿me aceptarías un café, la tarde que quieras?
            Salgo hasta la noche.
            Ese no será un problema.
            Entonces, sí.
            Conversaron. Ella parecía tener muchas reservas y él, no sólo por su característica timidez, sino por la implicación de ser su jefe superior, no quiso o no pudo hacer más que dar la vuelta en naderías. Ella, sin embargo, no tuvo mucho tacto para comentar algo a propósito de un tema que llegó a la mesa tensa de tantos cuidados.
            Nunca tendría una relación de noviazgo con un gordo.
 
Sebastián se inscribió al gimnasio y se disciplinó de tal manera que en poco tiempo vio resultados palpables. No se conformó e hizo una dieta que le quitó grasa y volvió notorio su abdomen musculoso.
            No dejaba de verla en cuanta oportunidad se le presentaba e incluso, en un gesto que a ella pareció bajarle la guardia, contrató a una enfermera para que se ocupara de sus padres (“Tómalo como una prestación laboral”) y los puso en manos de un médico muy capaz que logro avances notables en su deteriorada salud.
            Él, con cierta seguridad, dada su ahora figura atlética le dijo si podrían pensar en algo más que ser amigos. Ella le vio con seriedad y le dijo:
            ¿Puedo decirte algo muy serio, sin que te ofendas?
            Dime.
            No podría darte un beso con esos dientes.
            Pasó por la tortura del dentista y los frenos, hasta conseguir una dentadura que no dejaba de verse antes el espejo donde, también, con su ajustada ropa de gimnasio, se envanecía de su musculatura, de su belleza física.
            Ella le sugirió que cambiara su modo de vestirse y él se volvió bastante sofisticado y muy al tanto de cuanto encontrara nuevo y adecuado para lucir como lo que ya era: un hombre guapo, bien vestido, con una cartera siempre llena y unas miradas femeninas que le hacían luces en todos lados.
            Y se dio cuenta. ¿Para qué enamorar a una de sus empleadas, cuando en el club había tantas chicas con su mismo estatus social?
            Canceló la ayuda de la enfermera y pidió a su administrador que inscribiera a los padres de Susana a un seguro que se ocupara de su tratamiento y medicinas. Nunca más invitó a Susana a ningún lado, pero le subió el sueldo y le mandó una tarjetita: “Gracias por todos tus consejos. Sin ti no lo habría logrado”.
            Se casó con una mujer bella, de modesta fortuna y educación esmerada. En las fotos de su viaje de bodas, ambos en traje de baño, en una playa de ensueño, parecían una postal de modelos promoviendo el disfrute de los placeres de la vida. Susana, mientras tanto, revisaba cuentas en la oficina minúscula que, además, tenía una iluminación deficiente. 
Ilustración: Alejandro Nudding.

Polvo del camino. 20. La empatía de los heterosexuales. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 20

La empatía de los heterosexuales

Héctor Cortés Mandujano

 
Lo más común es oír a los miembros de la comunidad LGBTTTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transgéneros, transexuales, intersexuales, queers) quejarse de que, casi exclusivamente, los heterosexuales los discriminan, los insultan, les hacen bulling…
            El documental Circus of Books (2020), en Netflix, sobre la apertura y cierre de una tienda porno gay en Los Ángeles, dirigido por Rachel Mason, muestra la otra cara.
            Barry y Karen Mason, padres de la directora, fundaron en los ochenta, cuando eran recién casados, y porque no hallaban en el campo laboral nada que les redituara lo suficiente para vivir dignamente, la tienda de libros, películas, discos y juguetes sexuales, Circus of Books, especializada en el mundo gay. 
            Lo curioso es que ambos eran, son heterosexuales.
            Les nacieron tres hijos, y ante ellos, los familiares y los amigos, ocultaron sus actividades comerciales que, además, se diversificaron cuando comenzaron a producir cintas pornográficas, homoeróticas. Eran adorados por la comunidad y enfrentaron amenazas de cierre y cárcel, sin cejar en su empeño de tener disponible para los gays lo mejor y más diverso en materia de productos sexuales.
            Pero llegó el internet y el negocio comenzó a dejar de serlo; también los hijos crecieron y uno de ellos les confesó que era homosexual. Sisma familiar. El padre lo tomó muy bien, pero para la madre fue una tragedia. Era un contrasentido que ella, tan amiga de tantos con esa opción sexual no pudiera serlo de su hijo.
           Pero fueron a charlas, conversaron, aprendieron y se volvieron, desde hace tiempo, y hasta hoy que son dos ancianos (él muy sonriente, ella muy adusta), parte del conglomerado humano que, sin ser gays, defiende las causas de la comunidad LGBTTTIQ.
           Hubo que cerrar la tienda.
           Pero el ejemplo ahí está: los seres humanos somos lo mismo –tan iguales, tan hermanos–, aunque tengamos distintos modos de ejercicio sexual.
 
***      
 
[Antonio Vázquez García fue, entre otras cosas, el hermano de mi mujer, mi cuñado. Durante casi cuarenta años tuve con él una amistad sin fisuras, y fui testigo de su bonhomía; su buen humor sin pausas; su sencillez, su humildad y su facilidad para hacerse amigo de cualquiera, de todos.
            Fue secuestrado y muerto, injustamente. No se le tuvo la piedad que merecen las buenas personas.
            Bendigo su vida, su recuerdo, su espíritu, y abrazo con estas líneas a mis amadas sobrinas Dayi y Lupita, y a mi adorable comadre Lety, su viuda.
            Con toda seguridad, mi compadre, tan noble y bueno que era, habrá perdonado a sus victimarios que sólo tienen como santo y seña la espiral oscura de la violencia para conseguir dinero manchado de sangre. Con seguridad descansa en paz, mi querido compadre Tono.]
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 19. La palabra aguda es grave/ 1. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 19

La palabra aguda es grave/ 1
(Caballo+corre=campo)

Héctor Cortés Mandujano

Otra costumbre de la tribu son los poetas. A un hombre se le ocurre

ordenar seis o siete palabras, por lo general enigmáticas

Jorge Luis Borges,en El informe de Brodie

Escribir.
Qué fácil, qué complicado.
Lo hace el analfabeto funcional en un mensaje de su cel, lo hace el poeta que va a ganar el concurso en ciernes. Los dos deciden romper las reglas (el primero porque no las conoce; el otro, en el mejor de los casos, porque es “rebelde”) y escriben “Todoz Vien en Caza”.
 
El caballo corre por el campo, oración simple que guarda el orden convencional y no requiere ningún otro signo auxiliar (acento, punto, coma) para volverse comprensible. 
Pero eso es para redactores y yo soy un creador, dirá el poeta, y no toleraría quedarme en esa condición básica. 
            Julio Verne publicó, en 1873, La vuelta al mundo en 80 días, y Julio Cortázar, jugando, en 1967, subvirtió el orden y publicó La vuelta al día en 80 mundos. Y hubo más de uno que se sorprendió con la descolocación.
            Corre, por el campo, el caballo. Aparece la coma, porque cuando la oración se desordena la coma supone el esclarecimiento, mata la posible anfibología.
            Hay más de diez formas de escribir correctamente esta oración simple.
            Puedo hacer una oración cortazariana: “Por el caballo corre el campo”.
            Puedo hacer (y como ya repetí Puedo hacer, hice una aliteración: soy un generador de tropos) que, en una invención de terror pánico (y presumo mi conocimiento de los griegos), corran los animales, las personas y en el colmo (vengan las admirativas) ¡corre el campo por el caballo!
            Y para ganar un concurso de poesía hago el jueguito de usar lo obvio con apariencia extraordinaria:
            
Corre
            Campo
            Caballo
            Por
            El
            El
 
            Y, si no gano, ironizo con una perífrasis, que viene en el manual básico de los poetas que quieren ser populares: 
            ¡Maldito el que crea que esto NO es un poema!
 
(Ah, Sabines, cuántas barbaridades se cometen en tu nombre.)
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 18. Chihiro. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 18

Chihiro

Héctor Cortés Mandujano
 

 
Hay muchas referencias mitológicas en la célebre y multipremiada cinta de animación japonesa El viaje de Chihiro (2001, dirigida por Hayao Miyazaki). Menciono las más obvias. Chihiro, una adolescente, va con sus padres a su nueva casa; extravían el camino y deciden entrar caminando por un túnel que, sin que lo sepan, separa el mundo de los vivos y los muertos (el Hades griego separaba los mundos con el río Estigia); los padres son convertidos en cerdos (como lo hacía Circe con los que visitaban su isla, excepción hecha de Ulises), para salir de ese mundo hay que regresar por el túnel y no volver la vista (como le aconsejaron a Orfeo cuando falló –volvió la vista– al intentar salvar a Eurídice; como se calcó en la Biblia con Lot y su mujer).
            Me llamó la atención algo más. Chihiro se vuelve una esclava de la bruja, porque ésta le robó su nombre. Haro, el muchacho del que se enamora, le recuerda cómo se llama. Ella al final podrá salvar a sus padres y volver al reino de los vivos. Pero, ¿cómo salvar a Hiro, quien tampoco sabe su nombre? Chihiro recuerda que una vez estuvo a punto de ahogarse en un río y que éste, amoroso, la salvó. Kohaku se llamaba (se ha secado) y ese es ahora, en presencia humana, Haro. La muchacha se enamoró del dios del río, del río que la ama. Dice el nombre y Hiro, su río, su amor, será salvo.
            Los ríos son sexualmente activos y tienen descendencia. Frazer, en La rama dorada, cuenta que en uno de los pleitos entre Zeus y su esposa Hera, el dios dijo, para despertar los celos de su mujer, “que se iba a casar con la ninfa Platea, hija del río Asopo”.
            No sólo los ríos pueden ser parejas sexuales. En la misma obra, Frazer cuenta que era normal en los antiguos y antiguas enamorarse de un árbol. En el Diccionario de mitología universal (Editores Mexicanos Unidos, 2003) de Aurelio Millas se cuenta que (p. 48) “El rey de Tesalia llamado Ixión, copula con una nube que tenía la figura de Hera, engendrando a los centauros”.
            Y en La diosa blanca, Robert graves escribe: “Palas el Titán, que era hermano de Astreo (‘estrellado’) y de Perses (‘destructor’) […] se casó –sea lo que fuere lo que eso significa– con el río Estigia en Arcadia”. Otra referencia de El viaje de Chihiro, una peli imperdible.
Ilustración: HCM.

Polvo del camino. 17. Desamor. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 17

Desamor
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
 

 
Me dijeron que usted me podría curar de cualquier cosa.
            Bueno, no, no de todo. ¿Qué tiene?
            Me duelen las muñecas de los pies.
            ¿Los tobillos?
            ¿No se llaman muñecas?
            Sólo se llaman así las de las manos. ¿Y qué más le duele?
            Eso es más grave. Mi mujer no me quiere.
            No entiendo. Le puedo curar algunas dolencias, pero no puedo hacer que su mujer lo quiera.
            ¿Qué me aconseja?
            Que cambie de mujer.
            ¿Y si la otra tampoco me quiere?
            No lo podemos saber de antemano, habrá que hacer la labor.
 
El hombre parecía desesperado. Su última pregunta múltiple fue:
            ¿Cómo se le hace para alguien lo quiera a uno, cómo se le hace para conseguir el amor y para provocar la pasión, cómo se le hace para vivir feliz y enamorado? 
            Lea, le dije.
            Que lea qué.
            Lea libros, lea el cielo, léase usted, lea el mundo. Y allí va a encontrar respuestas. Si se queda viendo con atención un árbol, por ejemplo, que es una forma de leerlo, poco a poco le van a aparecer palabras en el cerebro y ellas la llevarán a pensamientos que quizá le expliquen que el amor no existe afuera (bueno, sí, pero es incidental), sino adentro. Si usted no descubre sus maravillas, es que se las está ocultando. Cada cual –usted, yo– seremos diamantes, pero, como dice Martí, antes de luz somos carbón.
             Me vio con desconsuelo. Se fue y nunca volvió. 
             Tal vez siga vivo.




Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 16. Días felices. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 16

Días felices
Héctor Cortés Mandujano
 

 
Era terroso, asimilado al piso donde pasaba su agonía. Y flaco, sarnoso, desdentado; un perro callejero a punto de morir. 
     Mi mujer lo notó al tomar la curva, en el coche, unas calles antes de llegar a casa.
     Al día siguiente, en la mañana, nos detuvimos y ella bajó con dos trastos: comida y agua. Esperamos a que intentara comer, pero no tenía fuerza ni para eso. Por la tarde notamos que alguien se había llevado los trastos.
     Le dejamos la comida en el piso, casi en su hocico. 
     Comenzó a comer y nosotros sonreímos cuando ya pudo ponerse en pie. 
     Su mejoría fue evidente con los días. Ya reconocía el ruido del carro y aceptaba nuestra cercanía. 
     Comenzó a engordar y a sanar de la sarna. Se volvió un perro hermoso. 
     Había días que no nos esperaba, pero al día siguiente lo veíamos pararse y menear la cola cuando oía el motor, nos veía llegar y detenernos. Para nosotros ya era costumbre verlo, alimentarlo, decirle palabras de cariño.
 
Notamos que no estaban ni él ni varios perros que solíamos ver por el camino. Hicimos conjeturas, hasta que alguien contó a mi mujer que un tipo de por ahí, loco, criminal, dio veneno a una veintena de perros, dentro del disfraz del alimento. Allí, en ese asesinato atroz y colectivo murió nuestro amigo, al que nunca pusimos un nombre. 
     Pasamos con él y por él bellos momentos. Lo quisimos, lo recordamos, todavía, alguna vez, en sus días felices.
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.