Polvo del camino/ 24

La palabra aguda es grave/ II
(Las tapas de yogurt como obras de arte)

Héctor Cortés Mandujano

 
La obra de arte no se explica: la entiendes o no la entiendes, te gusta o no te gusta, te dice algo, te grita, te susurra o se queda callada. El hecho es que te plantes frente al cuadro o la instalación, digamos, y sientas. Y tu interpretación, tu santa voluntad, es lo que da valor o no a lo que ves (un cuadro), oyes (una pieza musical) o lees (un poema). En el ámbito privado, por supuesto.
            Porque, para lo público, están los especialistas, los críticos.
            Son los que deciden que aquella película es genial, este cuadro debe estar en aquel museo, este músico debe dar un concierto en el prestigioso teatro fulano de tal, etcétera.
            Nos quedemos de momento en la pintura, que fue –hago trazos gordos–, mientras no se inventaba la fotografía, figurativa, es decir, trataba de retratar tal cual lo que veía, aunque ya hubiera algunos que comenzaban a poner verdes o azules o rojas las caras, lo que alejaba el rostro de su origen rosa o café o amarillo o negro (como se suelen representar las razas, aunque esos colores sean aproximativos). También el pintor, la pintora, imaginaba dioses o vírgenes o sentimientos y los volvía figuras: Venus era una mujer desnuda; la virgen una señora apacible que amamantaba al niño Jesús; la paz (y también el espíritu santo), una paloma.
            Cuando ya no tenía sentido que la pintura retratara, se comenzó –es un decir, antes hubo también los que se salían del huacal– a usar artísticamente lo abstracto, es decir, las manchas, los rayones, los brochazos, la amalgama de pintura que no mostraba nada reconocible. No eran caras ni animales. Nada. 
             De modo que si antes ibas a una exposición y te preguntaban de qué iba, podías decir que eran paisajes, flores, naturalezas muertas, retratos, cuerpos de campesinos, figuras de mujer… ¿Y cómo explicabas, ahora, lo abstracto?: “Era un cuadro verde, con una manchita roja, uno; un montón de rayas grises sobre un fondo amarillo, otro”. ¿Y qué significan? Aparecía el especialista y decía que el verde era el bosque y la manchita roja el fuego voraz que empezaba a quemar, a destruir: el cuadro era una protesta contra los incendios; las rayas era la gente entrecruzándose por las calles, sin verse, sin hablarse (cada cual metido en sus garabatos mentales); el amarillo, era, obvio, que la escena sucedía de día, que es cuando la gente anda más por las calles… 
            Pero lo abstracto resultó rebasado con bastante velocidad y entonces las personas “normales” dejaron de entender el arte pictórico, plástico.
            El famoso urinario, Fuente, que Duchamp (1887-1968) llevó al museo, en 1917, hizo que muchas cosas se reformularan. El artista sólo ponía ante ti algo y eras tú quien debía encontrar el arte en ello. Si no lo hallabas era porque la pintura retiniana había echado a perder tu capacidad imaginativa. Y arte comenzó a ser lo que cada artista decidiera [los chinos, dice Octavio Paz en Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp (Editorial Era, 1973), buscan una piedra en el campo y la firman]. 
Tú no podías llevar una caja de zapatos vacía a una exposición (lo hizo Gabriel Orozco, en la Bienal de Venecia), porque te correrían con cajas destempladas, pero si eras un artista, avalado por los especialistas, podías llevar tu mierda enlatada (la obra es de Piero Manzoni, se llama Mierda de artista y consiste en 90 latas de sus excrementos; se ha expuesto en muchos museos y se vende en altísimos precios) o un frasco con aire parisino (lo hizo Duchamp, se llama Aire de París y es una ampolleta de vidrio de 50 c. c., que contiene un ejemplar de la atmósfera de esa ciudad y se ha expuesto en muchos museos del mundo)…
            Todo estaba puesto para que llegara cualquiera y decidiera ser artista (con especialistas que lo reconocieran como tal) y poner una pelota o un pedazo de maguera o arena o lo que fuera, como propuesta de exhibición para los mejores museos internacionales. A partir de Duchamp se llama Ready-made a lo que sea.
            Y en esas andamos. 
            Gabriel Orozco (Jalapa, 1962) es el artista plástico mexicano más conocido fuera de nuestras fronteras. En las tapas de Materia escrita (19 libretas con notas, dibujos, fotografías), editado por Era, en 2014, se dice que en su primera exposición individual en “el MoMA de Nueva York en 1993, Orozco colocó naranjas en las ventanas de los edificios frente al museo”; en Venecia presentó, decíamos, una caja de zapatos vacía; en otra exposición, también en NY, “colocó cuatro tapas de yogurt, una en cada muro de la galería. Estas obras se convirtieron casi de inmediato en íconos del arte contemporáneo”.
            Dice Orozco en unos apuntes para una conferencia, consignados en Materia escrita, que lo suyo busca (p. 269) “la desaparición del público y la creación del nuevo público para esa obra”; que usa (p. 271) “la realidad como materia prima”. 
            Un pintor ahora no debe saber pintar ni un escultor esculpir. Eso no importa. Debe poder encontrar algo en la calle o en el campo o en su casa, y reformularlo o, sin ningún cambio, llevarlo a un museo. Como proyecto, Orozco anota en una de sus libretas, por ejemplo, exponer en Turín (p. 233) una colección de sandalias.
            Si se le reconoce como artista, podrá hacer que todo lo que toque se vuelva arte.
            Te guste o no. 
Ilustración: HCM.