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Polvo del camino. 55. Negros ojos asesinos. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 55

Negros ojos asesinos

Héctor Cortés Mandujano

 Leí Las mil y una noches cuando era niño y recuerdo con precisión el asombro que me produjeron varias de sus historias que están asentadas en mi memoria. Vuelvo a leer ese libro prodigioso, de cajas chinas, ahora en tres ediciones muy distintas.
            Una, de la que hablaré ahora, es de Editorial Porrúa, 1992. En el prólogo, dice Teresa E. Rhode que (p. IX) “el primer intento para dar a conocer esta hermosa colección de narraciones orientales fue hecho en 1704, por el diplomático Antoine Galland, quien afirmó haber encontrado el manuscrito árabe en Siria”, aunque (p. XII) “la mayoría de los eruditos está de acuerdo en que fueron escritas entre los siglos VII y XVI de nuestra era y también en que el argumento es el resultado de una lenta mezcla folklórica”.
            En “Historia del jorobado, con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío…” hay una de las numerosas afirmaciones amorosas de un hombre al conocer a la mujer. Me llama la atención que no sea el corazón el centro sentimental (p. 137): “Sentí que el amor apuñalaba mi hígado”.
            Esta historia, como muchas, está llena de sexualidad, violencia y asesinatos en torno al amor y la ambición, generalmente. De nuevo el hombre sobre la mujer (p. 140): “Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y pedrería, luminosa la cara y asesinos los negros ojos”.
            El barbero silencioso (que es súper parlanchín) tiene seis hermanos y cada uno de ellos tiene un apodo. Me hizo reír el quinto, El-Aschá, a quien apodan (p.161) “la camella preñada”.
            El barbero silencioso es detenido por equivocación con otros diez. Los llevan frente al califa y éste le dice al portaalfanje (p. 170): “¡Corta inmediatamente la cabeza a esos diez malvados!”; el hombre cumple la orden, pero al barbero lo han puesto al final de la fila: “Cuando llegó a mí, el número de cabezas cortadas era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se detuvo, por tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban cumplidas”. Uf.
            Bacbac, el tercer hermano del barbero, era ciego y era un profesional, cuenta el barbero (p. 177): “Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad”.
            En la “Historia de Ghanem y Fetnah”, el eunuco Kafur dio un enorme susto a la familia de su amo diciéndole que éste había muerto y al amo diciéndole lo contrario: ya no tenía familia. Su amo lo compró aún a sabiendas que su vicio era la mentira. Cuando amo y familia se encuentran y descubren el infundio, el amo manda que emasculen a Kafur. Cuando ya ha sido mutilado, su amo le dice (p. 205): “Así como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más quería, así te lo quemo yo a ti, quitándote lo que querías más”.
            No creo que haya notado tanto sexo y violencia en mi lectura infantil. Pero quién sabe. Tal vez por eso Las mil y una noches es uno de mis libros favoritos.
 
***
 
Presentamos mi obra La divinidad del monstruo en Patio Petul, en San Cristóbal de Las Casas, y fuimos recibidos con cálida amabilidad por Lupita Calvo, Isabel Araujo (nos dio prestado su cuarto para usarlo como camerino) y quienes componen ese colectivo. También llenaron las funciones, nos aplaudieron y nos llenaron de frases lindas los asistentes, el público. Alfredo Espinoza, mi compañero en escena; Nadia Cortés, maquillista y vestuarista; Dalí Saldaña, iluminador; Daniel Dávila, músico, quedamos muy contentos y muy agradecidos. Mil gracias.
 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Foto: Patio Petul
Fotografía: Patio Petul

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 54. Ratas muertas, ratas vivas. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 54

Ratas muertas, ratas vivas

Héctor Cortés Mandujano

¿Cómo sugerir, por ejemplo, 

una ciudad sin palomas,

sin árboles, sin jardines, 

donde no puede haber aleteos ni susurro de hojas…?

Albert Camus, en La peste

 Aunque parece reportaje es novela, aunque habla de otro tiempo parece que se refiere al día de hoy, aunque se titula La peste podría llamarse El Covid.
            Albert Camus publicó La peste en 1947 (mi ejemplar es de Editorial Azteca, 1957). Comienza con la muerte de una rata, a la que se van sumando otras, cientos, miles, hasta que muere el primer ser humano y luego otro, otros, y cientos, miles. 
            Pero Camus era no sólo novelista, sino filósofo y hay líneas que lo demuestran (p. 6): “Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo”.
            La primera novela que leí de Camus, y la más famosa, es El extranjero y hace de ella una síntesis aquí (pp. 40-41): “En medio de una conversación, la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en la playa”. 
            Una verdad cardinal (p. 84): “La primera mitad de la vida de un hombre es una ascensión y la otra mitad un descenso”.
            Hay muchos ejemplos, en la pandemia que hemos padecido y padecemos, de quienes se cuidan a piedra y lodo, y se infectan, y hay los descuidados a los que nada pasa. Lo mismo en La peste (p. 93): “Hace cien años una epidemia de peste mató a todos los habitantes de una ciudad de Persia excepto, precisamente, al que lavaba a los muertos, que no había dejado de ejercer su profesión”.
            Rieux, el narrador, luego de tantas desgracias, ve (p. 186) “dos ratas vivas entrar por la puerta de la calle”. Se alegra, porque sabe que eso indica un descenso de la enfermedad. Qué cosa. Las ratas dan esperanza. Mueren las ratas, mueren los seres humanos; se salvan aquéllas, se salvan éstos. 
            También me llama la atención que, desde aquel tiempo, existieran los criminales histéricos. Rieux es alertado por un policía para que no transite por una calle, porque (p. 211) “hay un loco tirando a la gente”.
            El final de la peste en este libro no se aleja tampoco de nuestra realidad. Hay mucha alegría porque todo terminó, pero (p. 216) “esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”.
 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Foto: Nadia Carolina Cortés Vázquez
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 53. El bosque y el animal amable. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 53

El bosque y el animal amable

Héctor Cortés Mandujano

 1
 
La loba dejó su manada cuando llegó el tiempo de su primer celo. Fundó una nueva familia con un lobo que ella eligió dentro de los varios que la pretendieron. Se hicieron padres muy pronto, pero hubo mala fortuna con los cachorros y, salvo una, murieron todos.
            La mamá cuidaba mucho a su lobezna hasta que el padre le hizo entender, con buenas razones, que tenía que dejarla enfrentar sus propios retos de animal salvaje.
            Ella, entonces, comenzó a hacerle pequeños encargos que la nena tenía que realizar sola, mientras la vigilaba sin que la pequeña se diera cuenta, hasta que un día decidió probar si sus enseñanzas ya habían cuajado en la conciencia de la lobita.
            Le dijo que los tres irían a visitar a la abuela loba (lo hacían con frecuencia) y que ella iría al frente. Los padres lobos le seguirían en el largo camino que, sabían, evitaba el bosque donde regularmente había humanos, esas bestias con las que no se podía razonar de ninguna forma.
            La lobita no mostró ninguna vacilación en tomar las distintas bifurcaciones, y madre y padre respiraron con tranquilidad cuando vieron la cueva donde vivía la manada de donde la ahora orgullosa mamá se había escindido, elidido.
 
2
 
Mamá loba dijo a su hija que esta vez iría sola a visitar a su abuela, pero que por ningún motivo pasara por el bosque, porque allí podría encontrarse con el hombre y era éste, como ya se lo había dicho tantas veces, una bestia muy peligrosa. 
          Lobita prometió a su mamá que tomaría el largo camino; sin embargo, cuando vio el atajo hacia el bosque entró en él sin ninguna duda, sin ningún miedo. Caminó por un sendero, a la vera de un arroyo, y se entretuvo unos momentos en intentar atrapar a unos peces que saltaban en la corriente.
          Iba distraída y se encontró, de pronto, frente a un animal bípedo que le decía algo que no alcanzaba a entender. No intentó correr porque sabía que la podía alcanzar con facilidad, pues estaban una junto al otro. Se mantuvo expectante. 
          ¿Era este un hombre? Parecía pequeño y amable, y hacía ruidos extraños para ella, pero tranquilizantes, amorosos. Se le acercó y puso la mano sobre su cabeza. Así estuvo por minutos; luego se hincó para estar más cómodo, y la acarició de cabeza a cola, mientras seguía haciendo amables ruidos con la boca.
          A la lobita le gustó la sesión de caricias, le encantaron los ojos que ese animal puso frente a los suyos, sus dientes blancos y los ruidos que hacía con su pequeño hocico; por eso, cuando aquel comenzó a caminar, le siguió.
 
3
 
El hombre vio que su hijo, un niño de ocho años, venía por el camino y detrás suyo un lobo pequeño, la ingenua lobita. 
          Fue con rapidez por su rifle, apuntó e hizo un disparo perfecto.
 
***
 
La Patricia es una gatita gorda, cariñosa, comilona. Es de Nadia, mi hija. Ella le tomó esta foto de mañanita. Pareciera que la Paty se ríe, pero es así: está bostezando. Qué flojera dejar el lecho.
 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Foto: Nadia Carolina Cortés Vázquez
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 52. Apuntes de oído, 1. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 52

Apuntes de oído, 1
Jaime López: Por mi raza hablará el Piporro

Héctor Cortés Mandujano

 Jaime López (Matamoros, Tamaulipas, 1954) fue parte fugaz del Movimiento rupestre –cantautores con acompañamiento de guitarra, teclado o armónica–, cuyo primer concierto se dio en 1984. Jaime, para ese entonces, ya había grabado el LP Roberto (González) y Jaime (López), sesiones con Emilia (Almazán), en 1980.
            Juan Jaime López Camacho, cuando todavía usaba su nombre completo, llegó a los 16 a la Ciudad de México y desertó muy pronto de la carrera de Filosofía y Letras de la UNAM, pero no de la composición, que ya lo tenía entre sus redes.
            En su segundo LP (Long Play, acetato con diez o más canciones), La primera calle de la Soledad (1985), fue coordinador general de producción Álvaro Dávila, marido de Paty Chapoy, quien era la mano derecha de Raúl Velasco, el todo poderoso mandamás de Siempre en Domingo. Tal vez por eso, Jaime López pudo cantar en varias emisiones de ese programa “Ella empacó su bisteck”, su primer sencillo, que se volvió popular con la oración completa de su inicio (“Ella empacó su bisteck, con todo y refrigerador”); también cantó mucho “El mequetrefe” y otras que no eran fáciles de volverse de consumo tan masivo. Dice, por ejemplo, en “BXH/2”, de ese disco: “Si esta sombra no trepara como gato, lo dejaba todo por sentir de cerca tus zarpazos”.
            Sin duda, también por su colaboración directa/indirecta con Dávila y Chapoy lo invitaron a participar en el Festival OTI, donde presentó “Blue Demon Blues”, que sacó el honroso último lugar de esa sesión (“ese cero no me dieron, me lo gané”, declaró en una entrevista). López grabó después un disco, ¡¿Qué onda ese?! (1987), de cumbias, de música tropical, que supongo desorientó a sus eventuales escuchas. ¿De qué va este bato? Parecía serio. Pero ya había sembrado varias ideas, varias rolas (“Bonzo”, “Corazón de cacto”, “1940”, “La primera calle de la soledad”…) en el público que no estaba hipnotizado por la música comercial. También ya había conseguido intérpretes que lo cantaban y lo cantan en muchos discos: Cecilia Toussaint, Margie Bermejo, Eugenia León, Betsy Pecanins…
            En sus canciones es usual que haga ingeniosos juegos de palabras, desde sus títulos. Cito algunos: “Adiós a los dioses”, “Aremos otra tierra”, “Bluz María”, “Delirium semen”, “Dice Eurídice”, “Lacayo de la calle”, “Masa en sí fálica”, “Soneto medio ocre”; las letras de sus canciones están llenos de ellos: “Se puede uno morir parchando mujeres inflables” (“Corazón de silicón”); “Me hizo crack el corazón, ¿quién crees que soy? ¿El hombre de Wall Street?” (“El hombre de Wall Street”); “Sífilis mental te diagnostican; ¿ah, te cae?: las malas compañías” (“La almohada eléctrica”); “Luzbel le lame los labios” (“Alma de tabique”).
            En los títulos de sus discos, ha grabado muchos, también usa ese ingenio que parece tan natural (Mujer y ego, un ejemplo; Di no a la yoga, otro), pero que evidencia su preocupación, su familiaridad, su complicidad con el lenguaje.
            Como este texto sólo busca acercarlo a quienes no lo han oído y/o decirle algo más de él a quienes sí, pondré tres ejemplos de cómo busca agarrar del rabo a las palabras y azotarlas (Paz dixit) para que digan algo distinto: “Óyeme” (en Jaime López y su Hotel Garage: en vivo y en Domínguez, 2006) sólo tiene una petición, que repite sin variaciones: “Óyeme, cabrón, hijo de tu pinche madre”; sin embargo, me parece, la canción se vuelve algo más que un insulto. Habrá que oírla. 
            En “Lo que te voy a contar” (de Oficio sin beneficio, 1992) no sólo canta la canción, sino, por sí mismo y con sonidos onomatopéyicos, hace la orquesta, algo que no resulta usual en ningún compositor-cantante. Dice en su introducción: “Hey, familia, danzón tarareado, medio platicado, con puros arreglos a señas y a grito pelado”. Le quedó muy bien. Hace una variación: en “La almohada eléctrica” (Jaime López, 1989) su acompañamiento en con coro y chasquidos de dedos.
            En “Chilanga banda” (Odio Fonky, tomas de buró, 1994), una de las canciones más redondas del idioma español, que supone dificultades para ser entendida a cabalidad [en Hecho en México (Mondadori, 2007), Lolita Bosch hace una explicación verso por verso de ella], los logros de Jaime López como autor son exponenciales. No es una canción que use la ch recurrentemente, sino una obra maestra.
            [La famosa versión de café Tacuba incurre en un error, tal vez por desconocimiento del argot. Dice “Chichiflos”, en lugar de “Chichifos”, que es la forma de llamar a los hombres de venden placer erótico a hombres gays.]
 
Como esta es una súper síntesis, comparto sólo algunas líneas de sus muchas canciones:
           En “Me siento bien, pero me siento mal” (Arpía, Cecilia Toussaint, 1987): “Llegué a la cama y se me entrometió”, que dicho suena a “semen entró, metió”.
           En “Muriéndome de sed” (Mar adentro, de Eugenia León, 1988): “Y no me basta hartarme pisando un solo charco, ni me verán feliz ahogándome en un vaso. […] Tal vez la libertad no es más que una celda”.
           En “Puñalada trapera” (Jaime López, 1989): “La buena onda es tu bandera exterior, bajo las aguas eres un tiburón”.
            En “Vete derecho al infierno” (Jaime López, 1989): “Vete derecho al infierno; pero vuelve, cuando te falte calor”.
            En “Puerto Bagdad” (Jaime López, 1989): “Para todo aquel que no crea que los piratas existen, a ver, que apague la luz”.
           En “El amor es pasajero” (Palabras necias, 2014): “Si tu príncipe es de cuento, debe ser azul; si el amor es pasajero, yo soy autobús […] Si la vida es un destello, no será una cruz”.
           En “Sus males espanta” (Palabras necias, 2014): “Lo contrario de la monogamia, no es la poligamia: es el placer”.
 
Mis dos discos favoritos: Jaime López (1989), Odio Fonky, tomas de buró (con la brillante colaboración de José Manuel Aguilera, 1994). Mis 10 canciones favoritas: “¿Qué más puedo decirte del mar?”, “Muriéndome de sed” (las mejores versiones de estas dos primeras me parecen las que canta Eugenia León); “Sácalo”, “Me siento bien, pero me siento mal” (las mejores versiones, según yo, son las que canta Cecilia Toussaint); “Vivir como mueres hoy” (la canta mejor, según yo, Amparo Ochoa) y con interpretación del propio Jaime López: “¿Qué onda ese?” (la versión tropical de 1987; de allí tomé el subtítulo de la columna), “Corazón de cacto”, “Puñalada trapera”, “Chilanga banda” (la versión de Odio Fonky) y “No ando buscando a Jesús”.

***

Mi amiga Roxana Carbajal hizo con talento y paciencia dos muñecos que representan a los personajes (y a los actores, Alfredo Espinoza y yo) de mi obra La divinidad del monstruo. Lindo regalo de inicio de año. Mil gracias, querida Rox.
 

 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Foto y muñecos: Roxana Carbajal
Fotografía y muñecos: Roxana Carbajal

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 51. Más de cuatro minutos para que tú hagas arte. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 51

Más de cuatro minutos para que tú hagas arte

Héctor Cortés Mandujano

  

Pensaba escribir un texto sobre el estadunidense John Cage (1912-1992), músico, compositor, filósofo, teórico musical, y su modo de llegar al límite en la composición e interpretación, es decir, su modo de aterrizar en la nada que tanto debe al manotazo en la mesa que dio Marcel Duchams sobre cómo debía pensarse y verse el arte. 
            Traté de hablar de su propuesta cuando escribí sobre la música popular y luego de la música clásica, pero no hallé cómo hacerlo parte de aquello. Lo dejé por la paz, pero en realidad se quedó agazapado hasta que llegó el momento, éste, de saltar a la página.
            En su biografía Palabras sin música (Malpaso, 2015), mi admirado Philip Glass me hizo la tarea y habla de su célebre y extrema pieza 4’ 33’’. Dice Philip (p. 125): “Tomemos la famosa pieza de John 4´ 33’’. John, o cualquier otro, se sentaba al piano durante cuatro minutos y treinta y tres segundos y, durante ese tiempo, todo lo que uno pudiera escuchar formaría parte de la pieza, ya fueran los pasos de la gente caminando por el pasillo, el ruido del tráfico o el zumbido de la instalación eléctrica del edificio. La idea consistía en que John simplemente ocupara ese espacio y definiera ese determinado periodo de tiempo anunciando: ‘Es en esto en lo que se van a fijar. Lo que vean y oigan es arte’. Y cuando se levantaba, la pieza acababa”.
 
***
 

              No habrá una barrera en el mundo, que mi amor profundo no rompa por ti
 
                                                        “Obsesión”, de Pedro Flores, 
                         canción emblema de Carlitos, en Las batallas en el desierto
 

Mi amiga Silvia Roque se apareció a visitarme, con una bolsita: “Son libros, te los traje de regalo”. En la veintena de títulos se hayan Güiraldes, Yáñez, Revueltas, Novo, Twain, Stevenson, Galeano… y Las batallas en el desierto (Era, 1981), de José Emilio Pacheco que, como acto celebratorio de este inesperado regalo (regalarme libros es cómo darle agua al sediento, huesos al perro), decidí leer de nuevo.
            La novelita, breve y genial, ya se volvió película (Mariana, Mariana, 1987, dirigida por Alberto Isaac) y hasta canción de Café Tacuba (“Las batallas”, de su disco debut de 1992). Carlitos, el niño protagonista, se enamora de Marina, la joven mamá de su mejor amigo; le declara su amor y ella, muy madura y linda, le explica por qué ese amor no puede ser. Se enteran todos y sacan a Carlitos de la escuela, lo llevan al psiquiatra y demás. Años más tarde, Carlos, se entera del terrible final de Mariana, el amor de su vida. El título alude a la cancha de tierra donde los niños juegan batallas entre ejércitos ficticios. 
            Mi nieto Jacobo, de ocho años, nos pregunta a mi mujer y a mí, mientras vamos en coche rumbo a casa, a partir de la vista de varios techos. “¿Sabían que el asbesto produce cáncer?”. Me llamó la atención cómo esta idea, que yo también me sé desde adolescente, siga dando vueltas en la mente de las nuevas generaciones. No conozco ningún estudio que avale el aserto, pero guardo silencio ante la información de Jacobito. Pacheco también lo dice en Las batallas… (p. 18): “Todas las azoteas con tinacos de asbesto cancerígeno”.
            Cuando Carlitos dice a Mariana (p. 37) “es que estoy enamorado de usted”, ella le dice que lo entiende perfectamente y agrega (p. 38): “Ahora tú tienes que comprenderme y darte cuenta de que eres un niño como mi hijo y yo para ti soy una anciana: acabo de cumplir veintiocho años”.
            En la película, Elizabeth Aguilar –una belleza de aquellos tiempos– es Mariana y le da un beso en los labios a Carlitos (interpretado por Luis Mario Quiroz). “Pedofilia”, dirían ahora.
 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 50. Tribulaciones. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 50

Tribulaciones

Héctor Cortés Mandujano

  

De profunda introspección, Las tribulaciones del estudiante Törless (Ediciones Coyoacán, 1995), de Robert Musil, define con su título el intríngulis del libro. Si fuera una novela policiaca el título sería algo así como El asesino es el mayordomo; es decir, no apuesta a la sorpresa del argumento, sino al modo de argumentar.
            El largo epígrafe de Maeterlinck es glorioso y lo tomo completo (p. 7): “Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente. Creemos que nos hemos sumergido en las profundidades de los abismos y cuando tornamos a la superficie la gota de agua que pende de la pálida punta de nuestros dedos ya no se parece al mar de que procede. Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio; y sin embargo en las tinieblas relumbra aún, inmutable, el tesoro”. Guau.
            El atribulado Törless se la pasa pensando en sus padres, en la prostituta que visita con regularidad, en lo que hacen y dicen sus amigos. Y siente por ellos emociones contradictorias. Piensa, por ejemplo, que si la prostituta no lo fuera, le gustaría darle placer hasta elevarlo al dolor. ¿Por qué? Porque es un adolescente: (p. 38) “la primera pasión de los adolescentes no es amor de uno por el otro, sino odio contra todos. Casi toda pasión primera dura poco y deja detrás de sí un gusto amargo. Es siempre un error, un desengaño”.
            Se da cuenta de que sus amigos Reiting y Beineberg torturan a un condiscípulo, Basini, con quien además tienen relaciones homosexuales sádicas. Ve a uno de ellos, Reiting, en sesión sexual con el torturado, que va a ser el gran pivote de todo el libro. Piensa en las relaciones íntimas de esos dos muchachos (p. 84): “Tenía que haber sido como el caer largo, larguísimo, de dos almas apasionadas la una por la otra, hasta dar luego en un abismo como el de un reino subterráneo. Y entonces habría habido un instante en que los rumores del mundo de arriba, de muy arriba, se apagaban, se extinguían”. 
            Esta inclinación romántica hace que él, después, se vuelva amante de Basini, y eso lo lleva igualmente a más tribulaciones, a más pensamientos, que a veces contrasta con Beineberg, también dado a las introspecciones (p. 142): “Hace ya mucho que deberíamos estar desesperados, pues nuestro saber en todas las esferas presenta semejantes abismos y no viene a ser otra cosa que una serie de fragmentos de puente que se extienden sobre un océano insondable”.
            Y el narrador, igual de meditabundo, dice (p. 172): “Hay alrededor de los hombres tenues fronteras que fácilmente pueden deshacerse, […] febriles sueños rondan el alma, corroen los firmes muros y abren de pronto inquietantes, trágicas calles…”.
            En Costas extrañas, de J. M. Coetzee, publicado por Random House Mondadori, en 2011, dice que los padres de Musil (p. 114) “pertenecían a la alta burguesía austriaca”, pero que en lugar de mandarlo a estudiar a una escuela de mayor categoría lo enviaron a “internados militares”, de donde seguramente extrajo el material para Las tribulaciones…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía de Mario Robles
Fotografía: Mario Robles

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 49. La Viento Oscuro y el Mar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 49

La Viento Oscuro y el Mar
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

No hay nada que sea enteramente tuyo

Ezra Pound, en “Retrato de mujer”
  

Yo viví en el bosque Ott desde mi nacimiento. Sabía, como todos, que mientras allí viviera no podría ser muerto de ninguna forma, porque los seres éramos uno con todos. Podíamos alimentarnos del aire y convertirnos en árbol, serpiente, hombre, mujer, niño, anciana o cualquier cosa, porque todas las entidades eran la misma: el bosque.
            Salí la primera vez porque tal vez la Viento Oscuro (o el Nube Negra, como también le llamábamos), una entidad que vagaba por el mundo, me atrapó en el sueño y me segregó de los demás. Puse un pie fuera de mi bosque y allí me di cuenta que, además, me acompañaba Hu, una muchacha de unos 200 años con la que habíamos compartido la vida calma hasta entonces.
            Una de los monstruos de los que siempre nos previnieron se llamaba el Mar o la Mar, que era hombre y mujer al mismo tiempo. Quien lo mencionaba decía que era enorme y que nunca se quedaba tranquilo; podía arrasar las tierras, los bosques, los desiertos; podía meterse en un frasco y tomar su forma; y hablaba con las voces de miles de criaturas diabólicas que la poblaban. Mar podía ser una pesadilla terrible, si se le pensaba mucho.
            Y Hu, que también tenía dentro suyo parte de la Viento Oscuro, me dijo que hacia allá íbamos. Parecía que la Nube Negra había plantado en nuestro pensamiento, sin que tuviéramos opción de contradecirla, la idea monotemática y marina.
            Nos encontramos a varios seres en el camino, pero ninguno hizo nada por atacarnos. Llegamos a la cima de una montaña y desde allí vimos una enorme mancha azul: “Es la bestia mala: la Mar”, dijo Hu, quien decidió llamarla con ese género.
            Cuando estuvimos en una alta quebrada nos percatamos que dos animales (humanos, dijeron llamarse) nos acompañaban. Nos pidieron que los siguiéramos y, de pronto, una ola (como se llamaban las lenguas del Mar), húmeda y salada, nos tomó como suyos y nos metió al caldo tibio donde se movían muchos seres que no sabíamos si querían escapar, como nosotros, o disfrutaban aquello o vivían allí.
            Los humanos nos enseñaron a no ser tragados por Mar que, aunque a veces parecía violento, también era cariñosa: fuerte y suave; hembra y macho, alternativamente. Nadamos, como nos dijeron que se llamaba aquella actividad, y no tuvimos ningún problema en alcanzar la orilla.
            Salimos y nos volvimos a meter varias veces. Hu me dijo que ya era hora de volver. Cuando llegamos al bosque teníamos muchas cosas que contar a nuestros inmortales congéneres. 
            La primera fue que Nube Negra no era ni un mal sueño ni una malvada influencia, y la segunda, que Mar podía ser un Monstruo, dada sus proporciones y la incapacidad que teníamos de entender sus decisiones, pero que también era una forma líquida que acariciaba totalmente, mientras su voz múltiple cantaba canciones incomprensibles.
            El Nube Negra y la Mar, entonces, y por consenso, se volvieron nuestros nuevos amigos. Y ahora vamos al Mar de vez en cuando. 
            De allá o de cualquier punto de nuestro periplo ocasional se nos contagió la desaparición física (o la Muerte, como la llaman algunos): ayer se secó un árbol. Por ello dejamos de ser inmortales y comprendimos que, al morir él, comenzaba a vivir en nosotros (él un muerto vivo; nosotros, vivos muertos) y que esa sería, a partir de entonces, la dialéctica de nuestra existencia.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración de HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 48. Dos apuntes sobre el amor y una mujer. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 48

Dos apuntes sobre el amor y una mujer

Héctor Cortés Mandujano

Mejor destino son los besos que la sabiduría

E. E. Cummings, en “VII:208”
  

Dice Fidalma, una de las personajas de mi obra de teatro Trascripción, Palimpsesto:
“Era su rostro un pedazo de piedra. Sus ojos, si no te veían, daban lo mismo abiertos que cerrados. Así tal vez su corazón. Un mármol, una laja de monte donde ningún sentimiento había puesto su impronta. 
          “La nada era su expresión.
          “No hablaba con nadie y tal vez su cerebro nunca poseyó una idea propia. No se puede saber. Yo viví con él y era como si fuera un dios oscuro, dormido, a punto de despertar. Fue mi hombre porque fue el único que me interesaba: ¿cómo perder el tiempo con alguien que se sabe las canciones de moda, que ve televisión, que cree que es importante leer o ver películas? Él era una fortaleza inamovible. Cuando ponía sus ojos en mí, pensaba que así miraban en el pasado infinito las esfinges, la Gorgona, los monstruos desaparecidos. Era impenetrable y por eso lo amaba…”.
 
***
 
Leo El banquete (Ediciones Folio, 2006, traducción de Luis Gil), de Platón que, en realidad, como se sabe, es uno de los famosos diálogos de Sócrates, que escribió su alumno Platón.
            Lo he leído varias veces (y he escrito sobre los tres sexos y el nacimiento del amor, según Aristófanes, que es uno de los comensales, en varias ocasiones) y ahora de nuevo hallo que compartir contigo lector, lectora.
            Fedro, otro de los comensales, es quien dice esto (p. 26):
            “Y es hombre vil aquel enamorado vulgar que ama más el cuerpo que el alma y que, además, ni siquiera es constante, ya que está enamorado de una cosa que no es constante, pues es tan pronto como cesa la lozanía del cuerpo, del que precisamente está enamorado, se marcha en un vuelo, tras mancillar muchas palabras y promesas. En cambio, el que está enamorado de un carácter virtuoso lo sigue estando a lo largo de toda su vida, ya que está inseparablemente fundido con una cosa estable”.
 
***
 
En una de las famosas sesiones de A fondo, entrevistas realizadas por el periodista Joaquín Soler Serrano, entre 1976 y 1981, conversa con Octavio Paz, en 1977, y éste responde a la pregunta de Soler: De los personajes históricos de México, ¿cuál es el que resulta más grato a la sensibilidad de Octavio Paz?
            —Una mujer, que además no pertenece a la historia de México, sino a la literatura: sor Juana Inés de la Cruz. Me parece que es la persona más importante que ha tenido no sólo México, sino incluso la América de habla española.  

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración de HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 47. Buenos días, medianoche. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 47

Buenos días, medianoche

Héctor Cortés Mandujano

El cerebro tiene pasillos más grandes

que los pasillos reales

Emily Dickinson, en el poema 670
  

Emily Dickinson es una de mis poetas de cabecera. Compro cualquier libro que me encuentro de ella y lo leo, aunque casi todos los poemas ya los haya leído o los conozca. Son breves y hermosos, y los escribió para sí misma, que es la mejor forma de hablar de ella, de mí y de cualquiera.
            Y esto no es mera retórica.
            Nació y murió en Amherst, Massachusets, EE. UU. (1830-1886). Pasó la mayor parte de su vida en casa, sin casi salir de ella, sin dejar su pueblo natal; en los últimos años, casi no salía de su habitación. Nunca se casó y sólo tuvo amigos por correspondencia. 
            Excepto cinco de sus poemas (tres de ellos publicado sin su firma y otro sin que la autora lo supiera) su voluminosa obra, de casi mil ochocientos poemas, permaneció inédita hasta después de su muerte. Su escritura no respetaba las reglas clásicas de la puntuación y le encantaba poner guiones que volvían extraños sus versos. Hay muchos libros que conservan su particularísima forma de escritura, lo que aleja a los lectores básicos. Se le considera, sin embargo, una de las poetas fundamentales de Norteamérica y del mundo.
            Leo en uno de mis lectores electrónicos El viento comenzó a mecer la hierba, con traducción de Enrique Goicolea e ilustraciones de Kike de la Rubia, publicado en 2014.
            Dickinson no puso título a sus libros, porque, como ya se dijo, no publicó ninguno en vida; tampoco tituló ninguno de sus poemas, sólo los numeró (yo usé para el título de esta columna el primer verso del poema 425, que me encanta, aunque estoy seguro que ya lo usé para titular una Casa de citas, mi otra columna. No importa). 
            Te comparto lector, lectora, el número 347 para que, en una de esas, admires como yo el alma de esta mujer maravillosa.
 
            Cuando la noche está acabada
            y el amanecer se aproxima tanto
            que podemos percibir las distancias,
            es tiempo de alisarnos el pelo
            y acariciarnos las mejillas.
            De preguntarnos cómo pudimos preocuparnos
            por esa vieja y desvanecida Medianoche
            que, hace sólo una hora, nos aterrorizó.  
   

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración de HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 46. Dinosaurio tambaleante. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 46

Dinosaurio tambaleante

Héctor Cortés Mandujano

 

Harold Bloom (1930-2019), este enorme crítico que para desgracia del mundo murió hace poco, y de cuyos libros me he nutrido, escribió el voluminoso Novelas y novelistas. El canon de la novela (Páginas de Espuma-Colofón, 2013, traducido por Eduardo Berti).
            Revisa vida y obra de una ochentena de novelistas, nacidos, el primero, Miguel de Cervantes, en 1547, y la última Amy Tan, en 1952. Más de 400 años de literatura. De ellos, sólo tres son hispanoamericanos y sólo dos escribieron en español: Cervantes, el portugués José Saramago y Gabriel García Márquez.
            A Bloom le parece que hay sólo 18 grandes novelas en Norteamérica y, tomémoslo como una recomendación de alguien que sabe los que dice: (p. 273) “considerando estos dieciocho libros, si tuviera que llevarme uno solo a la celebérrima isla desierta, optaría por Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain”.
            Para leer y escribir uno se tiene que retirar de redes sociales, fiestas y otras obligaciones que los demás quieren que adquiramos. Dice Bloom (p. 385): “Me considero un crítico literario que ha tratado acerca de todos los asuntos imaginables, pero desde algún tiempo me veo enfrentado a una montaña de correo que me es imposible no solo responder, sino siquiera atender, si es que deseo seguir leyendo, escribiendo, enseñando y viviendo”.
            Cita a Leslie Stephen, padre de mi adorada Virginia Woolf (p. 417): “Cualquier piedra que uno patea sobrevivirá a la fama de Shakespeare”.
            Milena Jenenská escribe sobre su novio Franz Kafka (p. 427): “Fue un ermitaño, un hombre introspectivo a quien la vida le daba temor […] Veía el mundo repleto de demonios invisibles que asaltan y destrozan al hombre indefenso”.
            El libro se mueve hacia muchos lados. Por ejemplo, dice Bloom, en el ensayo donde habla de García Márquez (p. 779): “Me han informado, de muy buena fuente, que el más anciano de los dictadores Duvalier de Haití, el ilustre Papa Doc, ordenó que todos los perros negros de su nación fueran degollados porque creía que su principal enemigo se había convertido en un perro negro”. 
            Se retrata como lector que busca placer (p. 801): “Como el arcaico sobreviviente que soy, un dinosaurio que aún se tambalea por los pasillos de las universidades de Yale y de Nueva York, sigo leyendo en procura de una experiencia estética”.
            Cita un fragmento de Beloved, de mi admirada Toni Morrison (p. 804): “El amor no es nunca mejor que el amante. La gente inicua ama inicuamente, los violentos aman violentamente, las personas débiles aman débilmente, las estúpidas aman estúpidamente, pero el amor de una persona libre nunca es seguro”.
            Por fortuna, Bloom dejó muchos libros geniales, que habrá que leer y releer.  
   

Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración de HCM
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

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Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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