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Polvo del camino. 30. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 30

Nadie se baña dos veces en el mismo río


Héctor Cortés Mandujano

Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,

siguió el sagrado río por valles y collados,

hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,

y se hundió con fragor en una mar sin vida

Samuel Taylor Coleridge en “Kubla Kan”
 

En varias versiones de mí mismo he sido arrastrado por un río:
 
De niño, desnudo, siento las aguas como lianas líquidas que me apresan las piernas y me jalan, me hunden, quieren que me quede a vivir, a morir en este incesante fluir donde incluso las verdes algas son seres feéricos no siempre de dulce corazón.
 
Joven, casi adolescente, lucho por alcanzar la orilla, pero siento el placer de sentir que soy tocado por completo por estas aguas lúbricas que son la amante más completa que podré encontrarme: ¿quién podrá acariciar al mismo tiempo mis genitales y mi espalda, mientras besa mis labios y mis pies, y mete sus dedos entre mis cabellos y juega con mis vellos púbicos, con la hirsuta pelambrera de mis sobacos? 
 
Tengo esposa e hijos, y los oigo gritar desde la orilla para que no me abandone a la corriente que en su proteica riada me quiere llevar al paraíso ignoto de la muerte. Me brotan poderosos músculos y el dios en que me convierto hace que el río abandone su intento de hacerse el todopoderoso –pobre– y se vuelva un charco al que doy una patada de desprecio. Escucho entonces los aplausos de los espectadores ante el desplante de mi personalidad divina y salgo orondo a recibir el homenaje de mis seres amados.
 
Estoy vestido completamente y no quiero jugar a la lucha potente a que me desafía el río y finjo dejarme llevar hasta que, en movimientos sorpresivos, en tres brazadas logro alcanzar una rama de la orilla y salgo. Piso el lodo mientras me incorporo chorreando y veo en un recodo, donde apenas se mueven las aguas, la mágica presencia de una eclosionada flor de loto. Detrás de mí, una mujer, bella como un ángel, se acerca y me abraza.
 
Pero la única realidad es que fui a caballo, de niño, con mi padre y mis hermanos hasta ese río grande, y me bañé varias veces en él, pero no tenía la corriente de mis sueños, ni pensé nunca en que las aguas fueran mi mejor amante ni creía por entonces que aquel río se volvería el sueño recurrente que a veces me asusta o me excita o exacerba mi vanidad onírica o me regala la nostalgia de aquellos tiempos felices...

Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 29. Gigante rubio. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 29

Gigante rubio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

 

La playa y el mar azul pasarían con notas de excelencia un examen del paisaje más bello. Pero yo no estaba allí para verlo ni para tomarle fotos. Lo supe cuando vi a mi lado el tobillo inmenso del gigante a quien, por más que intenté, no alcanzaba a ver en su estatura inmensa, prodigiosa, que se perdía hasta donde mi vista –con mi cabeza alzada y con una mano haciendo de visera para no sentir tan directos los rayos del sol– alcanzaba a llegar.
            No podía ver completo ni siquiera su pie, que supuse el derecho, porque hacia el otro lado se alzaba una columna que pensé era su otro tobillo.
            Algo me levantó con suavidad y sólo hasta que estuve en su palma izquierda –como en un inmenso campo de carne suave y rosada– me di cuenta que él me había levantado con su derecha.
          Puso su enorme dedo índice en mi cabeza y luego recorrió con él mi cuerpo desnudo. Ante sus proporciones, me sentía un muñequito de plastilina. Tomó mis piernas y rotó mis dos rodillas sin que yo sintiera dolor o incomodidad. Un dedo suyo hubiera bastado para aplastarme; sin embargo, sentía que donde me tocaba algo mejoraba, florecía, se pacificaba, se alegraba, crecía o disminuía. Su tacto era milagroso, transformador.
          Traté de ver su rostro y sólo alcancé a vislumbrar su quijada, sus labios que tenían una expresión de seriedad, algún asomo de su cabello rubio.
          En la pantalla de mi cerebro nació su voz, que me dijo cuatro cosas: eres rojo, siempre lo has sido; no tienes enfermedades de ningún tipo; tienes una fortuna en dólares que pronto llegará a tus manos, y no te olvides de esto: Rn-. Averigua.
          [Rn-, averigüé después, es como le ponen, en una cinta amarrada al dedito gordo del pie, a los bebés de padres desconocidos, y también es el símbolo del radón, un elemento químico que, con sus descendientes, dado que emana de la tierra, puede matar a seres humanos si se le aspira. En EE. UU. su aspiración está considerada la segunda causa de muerte por cáncer de pulmón, después del tabaco.]
Una de sus manos, no supe cuál, me trajo a casa. Me metió por las paredes, como si no existieran –“no existen”, sentí que decía– y me dejó en el cuarto iluminado por la luz fortísima que emanaba de su mano gigante.
          Hubiera querido creer, para tranquilizarme, que aquello fue un sueño. Pero no. Esta realidad está llena de realidades paralelas y el gigante rubio es mi doble, soy yo mismo en una dimensión a la que sólo puedo acceder cuando cierro los ojos y duermo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 28. La palabra aguda es grave/III . Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 28

La palabra aguda es grave/III
(Y el diente de oro vuelve a brillar)

Héctor Cortés Mandujano

 

Nada tan fácilmente controlable (antes de las redes sociales) que la música popular. Por un lado, el gobierno, a través de una de sus secretarías, podía impedir que una canción no se reprodujera; por el otro, lo hacían las propias compañías de grabación que no querían perder dinero sacando una canción inapropiada.
            [Es paradigmático el cambio que, por presiones de la Benemérita Liga de la Decencia –que existió, no es un chiste–, se hizo a la letra de una canción de Agustín Lara: “Aunque no quiera Dios, lo quieres tú, lo quiero yo”, decía. ¡¿Qué!? Imposible, no se puede pasar por encima de la voluntad de Dios. La canción, por eso, dice ahora: “Aunque no quieras tú, ni quiera yo, lo quiere Dios”. Rodrigo de la Cadena comentó en Noche, boleros y son, en Canal Once, algo que había olvidado: José Antonio Méndez escribió en “La gloria eres tú”: “Dios dice que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo al morir. Desdigo a Dios, porque al tenerte yo en vida, no necesito ir al cielo tisú, si alma mía: la gloria eres tú”. Oh, nadie puede desdecir a Dios y entonces la palabra cambió por Bendigo a Dios o Bendito Dios, aunque ambas hagan ilógica la idea original.]
            Por otra parte, la música se oía sólo en la radio, luego en los tocadiscos, después en la televisión (mi trazo histórico es de anchos brochazos), y se necesitaba que tuviera un máximo de minutos: cualquiera que se pasara de los tres, ya tenía problemas para reproducirse.
            Estaba, además, el asunto de los temas, que podrían reducirse a muy pocos: 1). Yo te amo-te amé-te amaré y tú me amas-me amaste-me amarás, donde cabe la mayoría de las canciones que reproducía la radio; 2). Yo te amo y tú no, y su reverso: tú me amas y yo no (me engañaste, me dejaste, te dejé por otra, etcétera): si un extraterrestre hubiera llegado a la tierra y hubiera decidido conocer a los terrícolas por sus canciones, se había encontrado que todo se refería al amor y al desamor; 3). Temas locales (“Qué bonito es Chihuahua”), 4). Nacionalistas (“Yo soy mexicano”, “México lindo y querido”) 5). Generales (“Madrigal”, “La feria de las flores”) y 6). Música para fiestas, que podía decir más o menos lo que fuera, pero no lógico ni serio (“El bobo de la yuca”, “La múcura”, “La pollera colorá”). Mis ejemplos son, obvio, de los años 40, 50, 60, los tiempos donde la radio era la reina.
            En términos de libertad expresiva, la televisión no hizo ni un mínimo cambio: el gobierno era el que mandaba y se buscaba “decencia”; más libertad había en el cine y el teatro, pero esos son otros rumbos.
            Dice Pável Granados, en Apague la luz… y escuche (Biblioteca del ISSSTE, 1999:73) que “la XEX comienza su admirable labor vetando algunas canciones pecaminosas”, entre ellas “Aventurera”, “Juan Charrasqueado”, “Pecadora”… pero “dicen que los compositores se ponían felices cuando les prohibían sus canciones, porque entonces se volvían éxitos seguros”.
            Pero las canciones entraban (entran) al cerebro y al corazón de los oyentes. Dice José Joaquín Blanco, en Crónica de la literatura reciente en México (1950-1980), editada por el INAH, en 1982, que fueron las “canciones de la radio, las exageraciones cachondas, sensibleras o claramente masturbatorias que hicieron de los autores de letras radiales, y hasta de las cantantes, la verdadera voz lírica”, en letras y voces de “José Alfredo Jiménez, Julio Jaramillo, Lolita de la Colina, Juan Gabriel, Rigo Tovar, Lucha Villa, Armando Manzanero, Gabriel Ruiz, Angélica María, José José, etcétera”.
            En una entrevista que hice a Armando Jiménez (en el desaparecido semanario Este Sur, hace años), autor de la célebre Picardía mexicana y cuya firma era un gallito inglés al que, como dice el versito sicalíptico, si “le quitas el pico y los pies”, es básicamente un falo erecto, la salida de su libro, en 1960, que ponía en letras de imprenta todas las groserías que los hombres escriben en el baño, fue el canto de cisne de la Liga de la Decencia. Si le creemos, a partir de allí se pudo decir casi lo que fuera en las canciones que se oían por la radio en forma de sugerencias: “¿Quieres ser mi amante?” (1974), de Camilo Sesto, o explícitamente: “Hoy tengo ganas de ti” (1976), de Miguel Gallardo, y “I Feel Love” (1977), de Donna Summer, que hace gráfica la posesión erótica mientras dice, en inglés: “Oh, es tan bueno, el cielo sabe, siento el amor”.
            Rotas las prohibiciones acerca del sexo y las groserías dichas con todas sus letras, quedaba por romper la más difícil, porque iba en contra directamente de los anuncios, es decir, del negocio: la duración de la pieza. Y aquí no hubo ninguna canción desafiante hasta que llegó una que rompió todos los esquemas que la radio y la televisión cuidaban con escrúpulo (lo importante en las programaciones eran los comerciales), porque duraba no los tres minutos consabidos, sino ¡7 minutos, 26 segundos!
            [Hay piezas, de blues y jazz fundamentalmente, que rebasaban los diez minutos, incluso: pero no las programaban en las radios comerciales ni tocaban en programas de televisión la versión completa.]
            La canción se llama “Pedro Navaja”, del álbum Siembra, de 1978. Rubén Blades, su compositor e intérprete, es un hombre al que se le notan las lecturas: la canción está inspirada en “Mack The Knife”, escrita por Bertolt Brecht para La ópera de los tres centavos (que grabó después Louis Armstrong, y que Blades canta a veces en vivo como preámbulo a su “Pedro…”); en la línea final de “Pedro Navaja”(antes del locutor que da el parte policiaco) dice Blades: “Como en una novela de Kafka, el borracho dobló por el callejón”.           
            En 1987, Blades grabó con la agrupación Seis del solar el álbum Agua de luna, cuyas canciones están inspiradas en cuentos de Gabriel García Márquez. El título más evidente es “Ojos de perro azul”, porque es el nombre de uno de los libros del Nobel de Literatura, pero si se las oyen y se conoce la obra de GGM es muy fácil relacionarlas. En el coro de “Isabel” dice “llueve en Macondo, relámpago, limpia un dolor ancestral”, que es casi el título del escritor colombiano: “Isabel viendo llover en Macondo” incluido, justamente, en su colección de cuentos Ojos de perro azul.
            García Márquez dijo, como un cumplido al músico, que nada le hubiera gustado más en el mundo que escribir “la historia hermosa y terrible de Pedro Navaja” (El País, 1 de diciembre de 1982). Y no hubo mejor piropo.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: HCM.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 27. Labor recomendada. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 27

Labor recomendada

Héctor Cortés Mandujano
(Minificción)

 

Sonó el teléfono rojísimo y yo contesté, desganado, el número desconocido. Era de tarde y yo arrastraba una afonía inexplicable. La voz masculina del otro lado de la línea sonaba joven. Luego de varios circunloquios me preguntó si estaba disponible esa noche. Le dije mis honorarios y no puso ningún reparo. Me dio los datos y quedé de estar en punto de las diez.
            Se sorprendió cuando me vio llegar.
            Lo imaginaba más joven –me dijo.
            Yo, en cambio, no los suponía tanto.
            Los dos eran una postal de apostura rayando en la adolescencia. Él, con el cuerpo trabajado en gimnasio, y ella radiante, de primorosa dentadura y mirada dulce. Helena y Paris redivivos. 
            ¿Y cuál es el problema?
            Mi novia no alcanza el orgasmo, pese a mis esfuerzos, y nos dijeron que usted es especialista en relaciones sexuales satisfactorias. Queremos que nos enseñe.
            Muy bien, ¿podemos ir a la recámara?
            ¿Quiere tomar algo antes?
            Sí, si me acompañan. Una copa de vino. 
            No supe si el muchacho mentía, porque cuando llegamos a la recámara, la joven y yo nos besamos, la desnudé y sin poner mucha sapiencia en el juego comenzó a jadear, y luego tuvo un orgasmo lleno de gritos y contorciones. Él no se perdió ningún detalle y cuando me pagó me dio una propina fuera de toda proporción. 
Quedó de recomendarme con sus amigos.
 
***
 
La cinta La vieja guardia (The Old Guard, 2020), recién estrenada en Netflix, es una exitosa muestra de corrección política. Fuera de que cuenta bien la historia de aventuras y está bien producida, dirigida y actuada, se amolda a los tiempos donde se pide inclusión: la dirige una mujer morena (Gina Prince-Bythewood), la protagonista es una blanca, pero no joven (Charlize Theron), líder de La vieja guardia (un grupo de justicieros inmortales); su evidente sucesora es una joven afroamericana (Kiki Layne). Tres mujeres en primeros planos: una morena, de 51 años; una blanca, de 45 años, y una jovencita, 28 años, afroamericana.
            El reparto lo complementan un belga (Matthias Schoenaerts), dos actores que son pareja gay en la trama: Marwan Kenzari (de nacionalidad neerlandesa) y Luca Marinelli (italiano); también actúan Chiwetel Ejiofor (británico) y la actriz que deja abierta la puerta a la secuela: Ngô Thanh Vân (vietnamita).
            Mujeres en los puestos principales, una pareja gay y un coctel interracial. Todos los requisitos bien cumplidos sin que salten, sin que choquen. La peli es entretenida, palomera. No tiene ninguna pretensión filosófica, pero se ponen buenos los chingadazos.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: Alejandro Nudding.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 26. La ética de los asesinos. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 26

La ética de los asesinos

Héctor Cortés Mandujano

 

La primera película que vi del director inglés Ben Wheatley (1972) fue El rascacielos (High-Rise, 2015), con el popular Tom Hiddleston –Loki, malvado hermano de Thor, en las películas de superhéroes– a la cabeza del reparto.
            Me llamó la atención la certeza, el firme trazo del director detrás del entramado de este rascacielos como metáfora de las clases sociales. Supe que tenía varias películas más y me lancé a verlas. 
            Sightseers (Turistas, 2012) supuso una sorpresa para mí, porque fue cuando comencé a disfrutar su estilo. Vaya que lo tiene: inicia de la cotidianidad más superflua hasta llegar a la hondura de, en su mayor parte, el corazón lóbrego de los asesinos en el que este director parece especializarse. Uno ve una peli que parece muy simple, cuando de pronto nos mete al remolino de lo siniestro, lo sanguinario, lo cruel. Esta cinta fue escrita por los propios protagonistas y no sólo vale la pena por todos los minutos en que nos tienen alucinados, sino también por el final que, en segundos, nos da un bofetón en la cara.
            Free Fire (Fuego cruzado, 2016) lo puso en las grandes ligas, pero le quitó bastante de su alma independiente. Es su película a lo Tarantino (los dos son muy buenos en la violencia gráfica, no exenta de humor negro), con Scorsese en la producción y un reparto multiestelar. Es la que menos me gusta.
            Down Terrace (La mafia, 2009) fue su debut en largometraje y es una cinta tremenda, genial. En una de las escenas, un verdugo es citado a un hogar donde padre e hijo son delincuentes, para que torture (le quite una oreja) a un hombre que suponen traidor. Llega el verdugo, pero con su hijo de tres años en brazos, a quien no pudo encargar con nadie. Ni siquiera lleva cuchillos y la madre es quien ofrece a su elección, de su cocina, el que guste. Humor de la más concentrada negrura. La madre tiene otra gran escena: uno de los matones, luego de comer algo que ella le preparó, muestra signos de alarma y le dice: “Me va a dar una embolia, Maggie, llama a una ambulancia”, y ella le contesta, con un gesto de hastío, de aburrimiento: “Te envenené, Eric”. 
            Vi también A Field in England (2013), en blanco y negro, extraña, violenta, genial, pero a la que quiero referirme es a Kill List (creo que por obviedad no le pusieron título en español, 2011), porque en ella hay también asesinos. Cuando los dos sicarios protagonistas cumplen sus encargos, uno de ellos nota que la víctima de la lista tiene abierta una página en su computadora y que algo veía. El asesino se enfurece por lo que ve y le pregunta sobre quién es el que hace eso. El otro se lo dice, antes de ser ultimado. Y el asesino se siente con la obligación moral de matar a quien es responsable de lo que ha visto en pantalla. Es un criminal a sueldo, pero el siguiente asesinato lo hará gratis, por su cuenta, por ética. Y eso hará que su destino se tuerza. 
            Hay que ver a Wheatley.
***
 
Dos queridos amigos me han dado sorpresas agradables en estos días: 
          1). Mónica Alejandra Robles Corzo (Mona Robot, como ha decidido llamarse artísticamente), a quien conozco y admiro desde que ella era adolescente, está a punto de estrenar la serie Onyx Equinox, que se transmitirá por la plataforma Crunchy Roll, especializada en anime. Moni hizo en Onyx el arte conceptual, el desarrollo visual y la investigación (la serie está ubicada en la mesoamericana precolombina y las letras de las canciones, en maya); 
          2). Roger Octavio Gómez Espinosa ha sido invitado oficialmente a presentar la ponencia La flama y la cicuta, en el IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor, a celebrarse los próximos 17 y 18 de septiembre de 2020 (él estará el 17, a las 16:45), en el salón de actos de la Facultad de Filología, de la Universidad Complutense de Madrid. Su charla girará en torno a tres libros: Los viajeros al otro mundo, de Domingo de la Torre y Anselmo Pérez; Los últimos dioses, de Marceal Méndez, y a su propia novela: La lluvia en las hojas del platanar.
            Lo que más me gusta es que estos dos jóvenes, talentosos e inteligentes amigos míos han conseguido esto sin cobijarse en ninguna institución, sin que los proponga ninguna instancia gubernamental o universitaria, sino desde la independencia. Qué maravilla. ¡Felicidades! Como dicen en Villaflores: Nadita somos ve.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: H. C. M.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 25. Lirio. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 25

Lirio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

 

No veía a quienes estaban callados y atentos –eso suponía– en el pequeño auditorio, porque alguien dispuso que las luces potentes me dieran directamente en la cara.
            Yo hablaba con rapidez, pero no era necesario decir palabras y por eso me concretaba a hilar, en una habilidad que me desconocía, letras y números. 
            Todos parecían entenderme, porque eventualmente, ante alguna letra, ante algún número dicho por mí, se oían asentimientos, exclamaciones en voz baja.
            Terminé y no hubo aplausos. Lo sentí normal, porque los aplausos siempre los he pensado un subrayado gratuito sobre el que nadie reflexiona y hace mecánicamente. Vi que a uno de lados del escenario había surgido, mientras hablaba, una especie de círculo blanco, como si la duela de madera hubiera tornado –manejada por alguien desde alguna cabina de mando– al vidrio, al plástico circunferencial.
            Ante el silencio de los espectadores, que seguían siéndolo, pues no escuchaba ruidos de incorporación y caminata, me dirigí a la rueda blanquecina y me paré en ella. De ese centro caían, habían caído, supuse, como si fueran pétalos de un lirio gigante, largas tiras. O así habían surgido del piso: como una flor en desmayo. No eran luces, pues, las que hacían aquella figura, sino una materia que no lograba descifrar, reconocer. 
            En cuclillas, toqué una de las tiras y ésta comenzó a levantarse. Me puse de pie y noté que ese extravagante pétalo rebasaba mi estatura. En eso pensaba cuando se levantó el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, hasta dejarme encerrado en, eso pensé, una nave hecha a mi medida.
            Todo encajó sin fisuras. No necesita aire. Cerré los ojos y sentí que esto era inevitable y bello.
            No es que oyera el ruido de un motor ni nada por el estilo, pero sentí que nos elevábamos la nave y yo. Supongo que se abrió una parte del techo porque aquello ya era volar en toda forma. Tuve instantes de miedo. ¿Adónde iba, adónde me llevaban, quiénes? Noté entonces, como en un parpadeo de sabiduría, que a mi mente llegaban nuevas letras, nuevos números, que hacían en mi cerebro una nueva conferencia que dictaría quién sabe en qué nuevo mundo al que me llevaba esta nave-lirio de vuelo silencioso…  
 
***
 
Hace tiempo dos amigos (René Morales y Eduardo Champo) tenían un programa que se llamaba, creo, Arte y cultura para pobres, en el que recomendaban cine, música, libros, etcétera, que podían conseguirse gratuitamente. Por ellos me enteré y pude ver gratis la joya del terror mexicano, de Carlos Enrique Taboada (¿de quién si no?), Veneno para las hadas (1984), que junto con Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968) y Más negro que la noche (1975), forman un cuadríptico imperdible de la cinematografía nacional. Las tres últimas ya tienen un remake, que no siempre les hace justicia; pero con Veneno para hadas no se han atrevido, porque trata de la maldad infantil, tema escabroso.
            Los recordé porque en estas semanas he visto por segunda, tercera, cuarta vez, gratis, en Youtube, muchas películas de Buñuel, que están a la mano (yo soy el más perezoso de los buscadores): El río y la muerteSusana (carne y demonio)El ángel exterminadorSimón del desiertoÉlLos olvidadosEl bruto… Todo un tesoro al alcance de cualquiera.
            Contactos: hectorcortesm@gmail.com 
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 24. La palabra aguda es grave/ II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 24

La palabra aguda es grave/ II
(Las tapas de yogurt como obras de arte)

Héctor Cortés Mandujano

 
La obra de arte no se explica: la entiendes o no la entiendes, te gusta o no te gusta, te dice algo, te grita, te susurra o se queda callada. El hecho es que te plantes frente al cuadro o la instalación, digamos, y sientas. Y tu interpretación, tu santa voluntad, es lo que da valor o no a lo que ves (un cuadro), oyes (una pieza musical) o lees (un poema). En el ámbito privado, por supuesto.
            Porque, para lo público, están los especialistas, los críticos.
            Son los que deciden que aquella película es genial, este cuadro debe estar en aquel museo, este músico debe dar un concierto en el prestigioso teatro fulano de tal, etcétera.
            Nos quedemos de momento en la pintura, que fue –hago trazos gordos–, mientras no se inventaba la fotografía, figurativa, es decir, trataba de retratar tal cual lo que veía, aunque ya hubiera algunos que comenzaban a poner verdes o azules o rojas las caras, lo que alejaba el rostro de su origen rosa o café o amarillo o negro (como se suelen representar las razas, aunque esos colores sean aproximativos). También el pintor, la pintora, imaginaba dioses o vírgenes o sentimientos y los volvía figuras: Venus era una mujer desnuda; la virgen una señora apacible que amamantaba al niño Jesús; la paz (y también el espíritu santo), una paloma.
            Cuando ya no tenía sentido que la pintura retratara, se comenzó –es un decir, antes hubo también los que se salían del huacal– a usar artísticamente lo abstracto, es decir, las manchas, los rayones, los brochazos, la amalgama de pintura que no mostraba nada reconocible. No eran caras ni animales. Nada. 
             De modo que si antes ibas a una exposición y te preguntaban de qué iba, podías decir que eran paisajes, flores, naturalezas muertas, retratos, cuerpos de campesinos, figuras de mujer… ¿Y cómo explicabas, ahora, lo abstracto?: “Era un cuadro verde, con una manchita roja, uno; un montón de rayas grises sobre un fondo amarillo, otro”. ¿Y qué significan? Aparecía el especialista y decía que el verde era el bosque y la manchita roja el fuego voraz que empezaba a quemar, a destruir: el cuadro era una protesta contra los incendios; las rayas era la gente entrecruzándose por las calles, sin verse, sin hablarse (cada cual metido en sus garabatos mentales); el amarillo, era, obvio, que la escena sucedía de día, que es cuando la gente anda más por las calles… 
            Pero lo abstracto resultó rebasado con bastante velocidad y entonces las personas “normales” dejaron de entender el arte pictórico, plástico.
            El famoso urinario, Fuente, que Duchamp (1887-1968) llevó al museo, en 1917, hizo que muchas cosas se reformularan. El artista sólo ponía ante ti algo y eras tú quien debía encontrar el arte en ello. Si no lo hallabas era porque la pintura retiniana había echado a perder tu capacidad imaginativa. Y arte comenzó a ser lo que cada artista decidiera [los chinos, dice Octavio Paz en Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp (Editorial Era, 1973), buscan una piedra en el campo y la firman]. 
Tú no podías llevar una caja de zapatos vacía a una exposición (lo hizo Gabriel Orozco, en la Bienal de Venecia), porque te correrían con cajas destempladas, pero si eras un artista, avalado por los especialistas, podías llevar tu mierda enlatada (la obra es de Piero Manzoni, se llama Mierda de artista y consiste en 90 latas de sus excrementos; se ha expuesto en muchos museos y se vende en altísimos precios) o un frasco con aire parisino (lo hizo Duchamp, se llama Aire de París y es una ampolleta de vidrio de 50 c. c., que contiene un ejemplar de la atmósfera de esa ciudad y se ha expuesto en muchos museos del mundo)…
            Todo estaba puesto para que llegara cualquiera y decidiera ser artista (con especialistas que lo reconocieran como tal) y poner una pelota o un pedazo de maguera o arena o lo que fuera, como propuesta de exhibición para los mejores museos internacionales. A partir de Duchamp se llama Ready-made a lo que sea.
            Y en esas andamos. 
            Gabriel Orozco (Jalapa, 1962) es el artista plástico mexicano más conocido fuera de nuestras fronteras. En las tapas de Materia escrita (19 libretas con notas, dibujos, fotografías), editado por Era, en 2014, se dice que en su primera exposición individual en “el MoMA de Nueva York en 1993, Orozco colocó naranjas en las ventanas de los edificios frente al museo”; en Venecia presentó, decíamos, una caja de zapatos vacía; en otra exposición, también en NY, “colocó cuatro tapas de yogurt, una en cada muro de la galería. Estas obras se convirtieron casi de inmediato en íconos del arte contemporáneo”.
            Dice Orozco en unos apuntes para una conferencia, consignados en Materia escrita, que lo suyo busca (p. 269) “la desaparición del público y la creación del nuevo público para esa obra”; que usa (p. 271) “la realidad como materia prima”. 
            Un pintor ahora no debe saber pintar ni un escultor esculpir. Eso no importa. Debe poder encontrar algo en la calle o en el campo o en su casa, y reformularlo o, sin ningún cambio, llevarlo a un museo. Como proyecto, Orozco anota en una de sus libretas, por ejemplo, exponer en Turín (p. 233) una colección de sandalias.
            Si se le reconoce como artista, podrá hacer que todo lo que toque se vuelva arte.
            Te guste o no. 
Ilustración: HCM.

Polvo del camino. 23. Mi suerte como lector. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 23

Mi suerte como lector

Héctor Cortés Mandujano

 
Tal vez lo he contado ya, pero un nombre que está en mis agradecimientos de lector, siempre, es Luis Gamboa Ricci. Él me abrió la puerta de su biblioteca cuando yo era un jovencito pobre y gracias a su generosidad leí, uno a uno, recién salidos, los libros de García Márquez, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Borges y un inmenso etcétera, que yo no hubiera tenido posibilidad de comprar. Tan bueno era este hombre (lo seguirá siendo, por supuesto) que compraba las novedades y me daba el libro reluciente para que yo quitara la envoltura y pasara los ojos por primera vez sobre las páginas nuevas, asombrosas. 
            Tengo amigas y amigos que me regalan, apenas salen, los libros que escriben. Deben ser cientos a estas alturas. 
            He tenido a lo largo de mi vida linda gente que me ha regalado uno, dos, tres libros en sucesivas ocasiones. Menciono al tuntún los que me han regalado más de dos: Margarita, Mirna, Roger Octavio, Tito, mi hija… 
            Héctor Herrera, viudo del entrañable Emilio Carballido, y amigo desprendido, me envió varias cajas con la colección completa de la revista y las antologías de Tramoya, que dirigió toda su vida Carballido. Gran emoción fue para mí recibir los cientos de ejemplares.
            Nedda G. de Anhalt, amiga querida, me ha regalado muchos libros: de Reynaldo Arenas, Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante (que fueron también amigos suyos) y especialmente una veintena de Sergio Galindo (otro amigo suyo), de quien estoy leyendo la obra completa, gracias a la maravillosa Nedda.
            Mi querido amigo Sarelly Martínez me trajo, hace años, una bolsa de novedades que yo le había encargado. Era una treintena de libros por los que yo suspiraba, él me los compró en un viaje al centro de la república (se supone que yo le daría el dinero) y, gran amigo como es, me los obsequió. Después me ha regalado varios libros físicos, hasta que me regaló un lector electrónico con miles de libros; después, como si no bastara, me regaló otro lector con cientos de nuevos libros. Nadie le gana a generoso conmigo.
            Pero hay otra amiga entrañable que tiene cabida perfecta en este recuento: Linda Esquinca. Me ha regalado tanto: lámparas antiguas, una máquina de escribir, reproducciones de cuadros, discos, objetos varios y libros, muchos libros: uno primero, luego tres, luego una cajita, y hace muy poco dos cajas con más de una cincuentena de títulos magistrales, de autores geniales: Víctor Hugo, Hegel, Descartes, Cicerón, Aristóteles, Nietzsche, Sartre, Reyes, Moliere, Kant, Balzac, Tagore, Graham Greene, Daudet, Camus, Mauriac, Papini… Además, agregó una granada colección de Perry Mason y Sherlock Holmes, que son botanitas deliciosas. Qué más pedir a este regalo redondo, perfecto.
            He tenido la gracia que los hados me han otorgado para tener muchas amistades maravillosas, muchos amores geniales, muchas alegrías sin cuento. Como lector, evidentemente, he corrido también con muchísima suerte.
***
 
El pasado miércoles 24 de junio, murió nuestro amado gato Zapata. Vivió con nosotros durante 20 años y su vida, creemos, fue muy feliz porque hizo lo que quiso dentro y fuera de nuestra casa. Lo adorábamos y su belleza no se eclipsó, sino hasta su muerte. La foto que acompaña este escrito la tomó mi hija cinco días antes de su deceso y se puede notar, sin merma, su espléndida belleza. La muerte no existe, claro: Zapata sigue vivo. 
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 22. Dolor y sangre en el jardín. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 22

Dolor y sangre en el jardín

Héctor Cortés Mandujano

 
Es domingo, muy temprano. Hago jardinería.
            Tomo una manguera que he dejado antes en el piso y siento una punta aguda que penetra la yema del dedo medio de mi mano izquierda.
            Dolor fortísimo. Además, ansiedad, angustia y desesperación (como dice el bolero “Toda una vida” que se siente el amor). 
            No hay sangre. 
            Veo un montón de grandes hormigas negras y deduzco que una de ellas me enseñó que hay que pedir permiso para invadir su territorio.
            El dedo no me deja de doler mientras riego, podo, trasplanto, siembro. 
            Cuando voy a desayunar con mi mujer, veo que en la tibia derecha me hice un corte –supongo que con alguna rama espinosa, trabajé con sólo un short y una camiseta como vestimentas–  y salió y escurrió sangre, que ahora ha coagulado. 
            Tiene visos rojos todavía, pero parece más azul (sí, cómo no), negruzca.
            Pero vi un tulipán, de un raro color melón, floreciendo, y siento que, en arrebato telenovelero, he pagado con dolor y sangre la visión de esa belleza. 
Fotografía: HCM.

Polvo del camino. 21. Consejos femeninos. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 21

Consejos femeninos

Héctor Cortés Mandujano

(Cuento)

 
Tal vez porque fue su obsesión de niño (ella era la más bonita y popular de la primaria, y él un gordito al que las puyas lastimaban constantemente) quedó deslumbrado cuando la vio llegar a la empresa que dirigía.
            ¿Qué busca la muchacha rubia?, preguntó a su secretaria.
            Trabajo.
            ¿De qué?
            Sabe algo de contabilidad.
            Dile al contador Ruiz que venga.
 
Dio instrucciones de que la contrataran. Ella le llevó, días más tarde, unos papeles para su firma. Estaba nervioso y ella tranquila.
            ¿Te acuerdas de mí?
            No, ¿nos conocemos?
            Sí, de la primaria.
            Hace mucho. ¿Fuimos compañeros?
            No. Yo estaba un grado adelante.
            Pues mucho gusto y muchas gracias por contratarme. Necesitaba un trabajo, un sueldo. Las cosas en casa andan muy mal.
            ¿Estás casada?
            No, vivo con mis padres, pero ambos tienen problemas severos, hasta de movilidad, y las medicinas son caras.
            Qué pena. Si en algo puedo ayudarte, no dudes en acudir a mí.
            La sonrisa de ella fue para él un pago excesivo.
 
Su complejo de gordo no lo había abandonado. Sus dientes estaban encimados y nunca había querido ir al especialista para que los acomodara y su sonrisa no fuera tan poco atractiva como era.
            Susana, ¿me aceptarías un café, la tarde que quieras?
            Salgo hasta la noche.
            Ese no será un problema.
            Entonces, sí.
            Conversaron. Ella parecía tener muchas reservas y él, no sólo por su característica timidez, sino por la implicación de ser su jefe superior, no quiso o no pudo hacer más que dar la vuelta en naderías. Ella, sin embargo, no tuvo mucho tacto para comentar algo a propósito de un tema que llegó a la mesa tensa de tantos cuidados.
            Nunca tendría una relación de noviazgo con un gordo.
 
Sebastián se inscribió al gimnasio y se disciplinó de tal manera que en poco tiempo vio resultados palpables. No se conformó e hizo una dieta que le quitó grasa y volvió notorio su abdomen musculoso.
            No dejaba de verla en cuanta oportunidad se le presentaba e incluso, en un gesto que a ella pareció bajarle la guardia, contrató a una enfermera para que se ocupara de sus padres (“Tómalo como una prestación laboral”) y los puso en manos de un médico muy capaz que logro avances notables en su deteriorada salud.
            Él, con cierta seguridad, dada su ahora figura atlética le dijo si podrían pensar en algo más que ser amigos. Ella le vio con seriedad y le dijo:
            ¿Puedo decirte algo muy serio, sin que te ofendas?
            Dime.
            No podría darte un beso con esos dientes.
            Pasó por la tortura del dentista y los frenos, hasta conseguir una dentadura que no dejaba de verse antes el espejo donde, también, con su ajustada ropa de gimnasio, se envanecía de su musculatura, de su belleza física.
            Ella le sugirió que cambiara su modo de vestirse y él se volvió bastante sofisticado y muy al tanto de cuanto encontrara nuevo y adecuado para lucir como lo que ya era: un hombre guapo, bien vestido, con una cartera siempre llena y unas miradas femeninas que le hacían luces en todos lados.
            Y se dio cuenta. ¿Para qué enamorar a una de sus empleadas, cuando en el club había tantas chicas con su mismo estatus social?
            Canceló la ayuda de la enfermera y pidió a su administrador que inscribiera a los padres de Susana a un seguro que se ocupara de su tratamiento y medicinas. Nunca más invitó a Susana a ningún lado, pero le subió el sueldo y le mandó una tarjetita: “Gracias por todos tus consejos. Sin ti no lo habría logrado”.
            Se casó con una mujer bella, de modesta fortuna y educación esmerada. En las fotos de su viaje de bodas, ambos en traje de baño, en una playa de ensueño, parecían una postal de modelos promoviendo el disfrute de los placeres de la vida. Susana, mientras tanto, revisaba cuentas en la oficina minúscula que, además, tenía una iluminación deficiente. 
Ilustración: Alejandro Nudding.