Revista

Voces ensortijadas 159. Ser turista en el terruño. María Gabriela López Suárez

Ser turista en el terruño
María Gabriela López Suárez


Bianca se despertó temprano como acostumbraba para ir a la preparatoria. Aunque el clima estaba muy frío, en casa ya había movimiento, Gregorio y Melissa, su papá y mamá ya estaban preparándose para ir a trabajar. Bianca fue a la cocina, preparó su taza de café y buscó pan. Melissa le había dejado una concha de chocolate, sabía que era uno de sus panes favoritos. Degustó la bebida y el pan, luego se arregló rápidamente, debía salir pronto para alcanzar el camión.

Se despidió de Gregorio y Melissa deseándoles buen día, tomó una de sus bufandas, su mochila y fue rumbo a la parada. Caminó alrededor de dos cuadras y media, el autobús llegó puntualmente como cada mañana, eran las 6:20. A Bianca le gustaba irse en el camión de ese horario porque podía elegir el asiento para sentarse, no dudó en buscar ventanilla en la tercera fila del lado izquierdo. Se sentó, colocó su mochila sobre sus piernas, la abrazó y terminó de acomodarse. 

Se percató que sus orejas estaban muy frías, el clima estaba ideal para dormitar un ratito mientras llegaba a la escuela. Sin embargo, quiso aprovechar la ventana de su asiento y decidió prestar atención al paisaje, se le ocurrió que iba de turista en la ruta que le llevaría a la escuela.

Bianca observó cada parte que iba pasando, descubrió cosas que no había visto, varios pinos de gran tamaño que estaban al fondo de una calle poco concurrida. Luego distinguió unas viviendas con más de tres pisos que tenían jardineras bellamente decoradas por flores de colores vistosos. Le agradó ver nuevos árboles plantados en algunos camellones y por otro lado, le entristeció ver muchos perros en la calle, intentando cruzar de una banqueta a otra y lidiando con personas que conducían sin darles espacio para pasar. 

—¿En qué mundo vivimos? ¿Por qué tanta indiferencia ante los perros que hay en la calle?           —pensó para sí.

El camión siguió el recorrido. Su ánimo volvió nuevamente al contemplar las montañas, con la densa neblina que las revestía de una manera majestuosa, imaginó que estaban posando para ella. Sintió muchas ganas de estar caminando rumbo a esas montañas para ascender y luego contemplar la vista desde la parte más alta. Se percató que faltaba poco para llegar a la escuela, se fue preparando para pedir la parada. Respiró profundo. Qué rápido se le había hecho el viaje, qué bonita experiencia la de ser turista en el terruño. Se acomodó la mochila en la espalda y se ajustó la bufanda.

—Bajan en la parada, por favor  —se escuchó la voz de Bianca. Mientras descendía y se dirigía a la escuela frotándose las manos, el clima continuaba helado.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 159. Nuevo oficio. Héctor Cortés Mandujano

Nuevo oficio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

En realidad, no importa quiénes fueron tus papás, lo importante es nacer

HCM, en Estanislao Musni lo contó un día

Llegué a la ciudad como vagabundo y hasta ahora, aún, hago trabajos de sobrevivencia. No siento haber dejado atrás algo importante ni ahondo nunca en mi biografía porque mi interés está centrado en este momento que pasa. Y nada más.
	Ocupo una casa en las afueras, que no sé a quién pertenezca. Está a medio construir, a medio destruir, pero tiene un techo menoscabado en algo que he convertido en mi cuarto. Al principio dormía en el suelo, luego llevé cartones, después una colchoneta y ahora tengo un viejo colchón. Puse cerraduras básicas para que nadie entre en mi ausencia y he llenado de huellas alrededor para que sepan que estas ruinas, pese a que no tienen luz eléctrica, son la habitación, la vivienda de alguien.
	No supe cómo ni cuándo ni con quién probé por primera vez la carne humana. Lo que sé es que su consumo me ha curado de los intensos dolores de cabeza, el insomnio, los líos gástricos. Por eso, porque mis preferencias no son aceptadas por la generalidad, he vivido en muchos pueblos y me he cambiado de nombre: me he llamado Arturo, José, Armando… Ahora he decidido llamarme Vladimir.
	En el pueblo anterior hubo un hombre que me vendía carne humana, a buen precio. No tengo vicios, salvo un vino barato al que le agrego sangre (cuando la carne es todavía muy fresca); lo que gano lo invierto en comer, porque mi alimento no es fácilmente asequible.
	Aquel hombre me dio el nombre de una mujer a la que contacté en un mercado de esta ciudad. Hablamos con brevedad y nos pusimos de acuerdo. No sé qué le atrajo de mí, porque incluso se volvió mi amante ocasional. Ella, me parece, tenía una perversidad, un halo siniestro, y nunca quise indagar dónde conseguía mi cuota semanal de carne y de sangre: la calentaba en una olla que ponía sobre las rocas del patio y luego la dejaba enfriar para agregarla a mi vino. La carne, en ocasiones, la volvía tiras y la secaba.
	La mujer dejó de llegar y supe que la habían matado a cuchilladas (también se cambiaba de nombre; descubrí, con su muerte, que no se llamaba como me dijo). No comí en varios días, hasta que traté de comer otra carne, otras cosas y tuve fuertes vómitos, diarreas, dolores innumerables.
	No supe qué hacer, hasta que tomé la decisión más importante de mi vida. Me he dedicado a muchos oficios de resistencia física y he robado, mentido, engañado, estafado a gente en el camino. Sin embargo, nunca había privado de su vida a nadie. Hoy, hace unos minutos, en la noche, en una calle oscura, maté a un muchacho desconocido, con un cuchillo pesado y filoso. Tomé de su cuerpo varios órganos y escapé sin que nadie me viera. Logré captar algo de su sangre. 
	Hoy cenaré su corazón, a las brasas. 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Efraín Bartolomé/Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 21. El mar. Ilse Ibarra Baumann

El mar

Por Ilse Ibarra Baumann

Hay libros que se leen con velocidad, sus oraciones son usuales y sencillas, no es necesario volver tus pasos para recapacitar. Hay otros que se leen con calma. Relees las oraciones, por lo disímil de su estructura y de su pensamiento. Este libro pertenece a los últimos. Cada oración es inesperada. Por algo John Banville tiene el premio Princesa de Asturias. 
          Habla en primera persona, tres momentos en la vida de Max: los veranos de su infancia en el mar, la muerte de su mujer y el retorno al mar en su adultez. 
          Utiliza muchas comparaciones únicas y fascinantes. Aquí les dejo una: “las pequeñas olas rompían en una línea apática, una y otra vez, como un dobladillo vuelto infinitamente por una costurera soñoliento.”
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 158. Tarde de primavera en invierno. María Gabriela López Suárez


Tarde de primavera en invierno
María Gabriela López Suárez

Xóchitl había quedado de ir a visitar a sus primos el fin de semana, ellos vivían fuera de la ciudad. Ese viernes no demoró al salir del trabajo. Pasó a casa por su maleta, se cercioró de dejar bien cerrada las puertas y se dirigió a su destino.

Si algo disfrutaba Xóchitl era manejar saliendo de la ciudad, el viaje en carretera le provocaba una sensación de relajamiento y conexión con la naturaleza. Le encantaba ir observando el paisaje, siempre con precaución al conducir, así que agradecía la invitación que sus primos Alfredo y Jeshua le habían hecho para pasar con ellos ese fin.

Lo primero que observó fue que el tráfico no estaba tan pesado como había imaginado, eso era otro punto a favor para ella. Revisó la hora, eran 15 minutos pasadas las cinco de la tarde.

—Ojalá que alcance a ver el atardecer antes de llegar con los primos —pensó.

La luz de la tarde era sumamente intensa, no parecía una tarde de invierno. Las montañas que rodeaban el camino se veían verdes, por partes, decoradas por los rayos del sol que hacían una bella combinación con las sombras que algunas nubes dibujaban sobre ellas.

A medida que se alejaba de la ciudad la vista era más atractiva. Se iba encontrando con el verde de la naturaleza. Los árboles que rodeaban los alrededores comenzaban a florecer en tonos amarillo, rosa, rojo, dándole un aire primaveral a la atmósfera. Los pájaros comenzaban con su algarabía vespertina, como en la preparación previa para ir a posarse sobre los árboles, justo cerca de las seis de la tarde.
La petición de Xóchitl se había escuchado, ahí estaba el sol frente a ella, para que pudiera contemplar el ocaso mientras manejaba con dirección al poniente. El viento que se percibía a través de la ventana comenzó a sentirse frío. Después del atardecer las montañas se fueron cubriendo de neblina, como si las nubes descendieran y se posaran sobre ellas en la parte alta. El paisaje parecía como el de una tarde de primavera en invierno. Sin duda, era uno de los mejores regalos para cerrar el primer mes del año.

El timbre de su celular sonó, era Jeshua,
— Hola prima, ¿por dónde vienes? Ya te estamos esperando.

—Jeshua querido, linda tarde, ya merito estoy con ustedes, espero que haya chocolate calientito y pan, el clima lo apetece.

La carcajada de Jeshua se escuchó, mientras Xóchitl sonreía y apresuraba el paso.
Fotografía: ROGE

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 158. Doce libros para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Doce libros para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

     

Leí, según mis registros, 175 libros en 2022. De ellos escojo sólo doce para compartir contigo lector, lectora. De cada uno de éstos, me doy cuenta, he escrito en Polvo del camino o en Casa de citas pero, como voy muy adelantado en la escritura (lo que leíste en 2022 lo escribí en 2021, por ejemplo), no siempre se ha publicado ya. Ahí van…
          1. Penélope y las doce criadas (2005), de Margaret Atwood, con traducción de Gemma Rovira Ortega. Penélope, desde el Hades, muchos años después de muerta, cuenta la historia desde su punto de vista; allí andan también los espíritus de sus criadas y, entre otros, de Ulises, quien para huir de los reclamos de las criadas a las que mató bebe aguas del olvido en el Leteo y renace incesantemente convertido en distintos hombres. La novela tiene breves capítulos que son escenas teatrales, canciones, poemas, sin que Penélope pierda el hilo de su historia, donde tienen intervención constante diosas y dioses sobre quienes no tiene una gran imagen.
          2. El camino gozoso de buena fortuna (Editorial Tharpa, 1990), de Gueshe Kelsang Gyatso es un libro de enseñanzas budistas: nacimiento (“En realidad, todos los seres sintientes son nuestra madre”), muerte (“En el momento en que nos falle la respiración comenzará nuestra existencia futura”), percepción (“Los seres perciben los objetos de distintas maneras y con sentimientos dispares según su propio karma”), sentimientos (“Tantos los sufrimientos más pequeños como los más grandes surgen de la autoestima”), meditación (“Mantente siempre satisfecho”)… Es un libro para aprender a vivir en paz. 
            3. Borges (Ediciones Destino, 2006), de Adolfo Bioy Casares. Voluminoso, de 1663 páginas, con edición al cuidado de Daniel Merino, es un extracto de los diarios del autor “escritos a lo largo de más de cincuenta años”. Este librote sólo tiene como tema la relación cercanísima entre Bioy y Borges, sus charlas informales (que destilaban veneno, vulgaridades, finos juegos, reflexiones inteligentes, pleitos de comadres…), sus comidas cotidianas… Una delicia.
          4. Alfred y Emily (Random House, 2017), de Doris Lessing, es primero la biografía inventada de sus padres: Alfred quería ser granjero y lo es en la ficción, y Emily, su madre, estuvo enamorada de un médico (y aquí se vuelve hasta su viuda); luego escribe la vida real de sus padres y varios episodios de ella, la propia Lessing, su hermano, su familia y su entorno en Inglaterra y en África. Lessing es garantía de escritura inteligente.
           5. Diccionario Jázaro. Novela Léxico. Ejemplar masculino (Anagrama, 1989), de Milorad Pavić, traducción del serbocroata por Dalibor Soldatić, parte de la premisa, cierta o falsa (no importa), de que es la reconstrucción del Lexicon Cosri, de 1691, destruido en 1692. Lo que es propiamente la ¿novela? tiene entradas que aclaran a veces una palabra o un concepto o cuentan la historia de personajes jázaros, desde la perspectiva de tres diccionarios: “Libro rojo, fuentes cristianas sobre la cuestión jázara”; “Libro verde, fuentes islámicas sobre la cuestión jázara”, y “Libro amarillo, fuentes judías sobre la cuestión jázara”. Milorad no es fácil, pero es apasionante.
           6. Antología, de Czeslaw Milosz (1911-2004), Premio Nobel de Literatura 1980. He leído varios libros suyos. Es un maestro. Leí, en la revista electrónica Poesía más poesía, una antología de sus poemas. Me gusta mucho Milosz. Aunque hable de lo cotidiano lo hace con la profundidad de quien sabe lo que dice. Escribe: “El fin de la poesía es recordarnos/ Cuan difícil es ser una persona/ Pues tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,/ E invisibles huéspedes entran y salen a su gusto”.
          7. Felipe Ángeles (en Obras reunidas II, FCE, 2009), de Elena Garro, quien es, desde mi punto de vista y desde el de muchos, la mejor dramaturga de nuestro país. El “juicio” amañado para matar a este revolucionario que era incómodo para Carranza es tocado aquí con sobriedad y maestría. Dice Ángeles es un discurso que no ha envejecido, que puede aplicarse a la actualidad: “Siempre fui el mismo y siempre combatí para oponerme a lo que ustedes están haciendo ahora: reducirnos al estado de tribu, con un sacerdote mágico a la cabeza, pronunciando fórmulas sin sentido dizque para remediar los males de su pueblo”
          8. La melancolía creativa (Debate, 2022), de Jesús Ramírez-Bermúdez, trata de la locura, como fue llamada entre los griegos; la melancolía, como se le dijo en el siglo XIX, y que ahora recibe distintos nombres: “depresión psicótica”, “psicosis maniaco-depresiva”, “trastorno afectivo bipolar”… Su estudio (él es médico especialista en neuropsiquiatría y doctor en Ciencias Médicas por la UNAM) toca dos aspectos: los desajustes emocionales-mentales y la creación. Lo hace con una prosa cuidada, atractiva.
          9. S=EX². La ciencia del sexo, de Pere Estupinyà. Para escribirlo habló, entrevistó, participó, ensayó, probó, leyó y reflexionó, a partir de la ciencia, sobre asexuales, poliamorosos, transexuales, tántricos, discapacitados, sadomasoquistas y swingers… Hurgó donde pudo para presentarnos datos ya pasados por el método científico sobre el sexo en nuestras células, genitales, cerebro, mente, cama y consulta médica; en la naturaleza, evolución, bares, orgasmos, pornografía; en el hecho por placer y en sillas de ruedas, con distintas orientaciones sexuales e identidades.
          10. El corazón del daño (Penguin Random House, 2021), de María Negroni. Aunque es breve, es una rápida biografía –de niña al día de hoy–, revisión personal de sus libros anteriores, el amor, la lucha, la salida de Buenos Aires a Nueva York y la vuelta, el matrimonio, el divorcio, su nueva actitud sexual. El tema central, sin embargo, es la relación conflictiva de la autora con su madre. El libro me parece genial.
          11. La teoría sintérgica (UNAM, 1991), de Jacobo Grinberg-Zylberbaum. Tal vez su libro más famoso, porque contiene su teoría central, a la que dedicó –lo dice en su introducción– “15 años”.  “El origen de la teoría sintérgica fue la pregunta acerca de cómo se realiza la transformación de la actividad cerebral en experiencia sensible”, y con la que utilizó herramientas disímbolas que van “desde la investigación Neurofisiológica pura hasta los estudios chamánicos y místicos”. El modelo sintérgico propone llegar “hasta la conciencia de unidad en donde no existen dicotomías y separaciones entre objetos y sujetos. En este nivel de fusión entre el observador y lo observado, la experiencia resultante es que la imagen se ve a sí misma y el sonido se oye a sí mismo”.
           12. Transformaciones (Nordicalibros, 2021), de Anne Sexton, es un libro elegante y bellísimo, con ilustraciones de Sandra Rilova y traducción de María Ramos. Lo que transforma la autora son dieciséis cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los vuelve poemas que subvierten, deconstruyen, critican los papeles asignados especialmente a la mujer. Es, incluso, muy divertido. ¿Qué más pedir?

[Los libros que aparecen sin datos editoriales, los leí en mis lectores electrónicos.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

**Héctor Ventura Cruz – Pintor (1920-2010)

Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980, Héctor Ventura no sólo es el pintor más popular de Chiapas. Su obra representa la definición estética más puntual de la conjunción entre la naturaleza y el ser humano, producida en la época de la posguerra en Chiapas. (Fuente: Coneculta Chiapas)

Cajón de rubores. 35. Crónicas 13. Antonio Florido

Crónicas (13)
Leyenda de la niña roja
Por Antonio Florido

Rua dos Douradores, espero desde tanto a Nando, mi amigo. He de contarle una breve historia. Hermosa fragancia. Poética figura en la mañana. La leyenda de un dulzor amargo, si esto se pudiera.
         Aún no he entrado. Sostengo mi cuerpo sobre la pared de la taberna, en lo alto de la cuesta. Miro por la calle hacia abajo, parece que se duerme esta calle de Lisboa, a las orillitas del río, como quien dice. Mientras tanto saco algo y fumo el largo pitillo ceniciento. La gente pasa. Pero, ¡qué saben ellos!
         La mañana amaneció inconcusa y cálida en el sur, con una ligerísima brisa que viene hacia la cara desde el oeste. Brillan los adoquines. Los amo. Amo esta calle escurrida con sus fantasías de piedra, puertas y ventanas desnudas, geranios verdes, azules, rosas...
Chirrían los carriles argentos de metal. Por lo bajo sube el tranvía. Tiembla la cuesta y los fierros gritan. Nando camina. Trae dos horas de retraso, pero sigue con sus pasos cansinos. El tranvía le adelanta. Mi amigo ha quedado quieto un instante. Le gusta el olor a fierro recalentado, dice. El sonido agrio. Los colores huidizos de los rostros y detalles que traspasan.
           Unas nubes han destilado sus algodones por las cornisas abiertas. Entre los tejados asoma la sombra de esta mañana, a comienzos de la verde primavera. En mi tierra ya intenta el azahar, en sus brotes blancos. Y las flores de Pascua encienden y abren, olor a incienso. Así se siente la llegada del tibio renacer del Creador. 
          Una mano abierta.
          La mía espera.
          Nuestras miradas se aprecian junto a la pared de cal.
          Acerco dos sillas hasta la ventana. Nos gusta parar el tiempo mientras la vida hierve. 
          ―Ya puedes, Tonio. Espero largo. Deja que fume y beba. La copa de aguardiente espera fugitiva. Mírala.
          Nunca digo nada antes que mi amigo. Respeto sus silencios. Nos entendemos así, tan frugalmente, como dos desconocidos que se encuentran a cada instante. Nos hemos saludado como si hiciera mil años de ayer. Nos atrae esta forma de empezar. Otro hombre repetido, parecido al de la semana pasada, pero siempre el mismo. Claridad en sus pensamientos y algo de nostalgia en el rostro, bajo el ala mínima que le cubre. 
          ―Eres un hombre o-culto, Nando.
          Me suelta un puñado de silencio y una leve sonrisa, rara, un poco paradójica.  
          Digo:
          ―Oí el sabor de la Añañuca. Es rojo. Es roja si se habla de la pura flor del desierto. Aquí no la encontré, de veras. Es preciso investigar, buscar el saber en otras conciencias. Visité todas las bibliotecas. Leí todos los libros del mundo. Viajé. Rodeé, Nando, la tierra que nos ha visto, la misma que nos duele. La Añañuca nace muy lejos, amigo.  Hay que nadar hasta el otro lado. Escupir la arena pegada a los labios.  Luego caminar como un loco, hasta que sientas las coyundas abiertas.
           Alcancé el norte grande. Así le llaman en esas tierras. Allí un pueblito. Monte Patria. Por el centro se dibuja el Limarí. Un hilillo de agua sorda que baja de las abras. Presto y esperanzado de ser un río. Busqué en vano. Yo agachaba el cuerpo y las tomaba. Flores rojas, me dijeron, rojas y explosivas. Luego me enteré de lo cierto. No es una flor. No era al principio. Me hablaron de la leyenda hermosa de estas tierras. 
          La viejita me tomó de la mano con su mano fría. Anduvimos recodos y calles tiesas, buscaba algo esta mujer pequeña, de rostro acartonado y vivo.
           Monte Patria era Monte Rey, acertó. Me quedé pensando. Sus dedos negros me enseñaron a observar quedamente. Señaló la casa, una pared semi caída. Triste y sola, olvidada. La viejita me aseguró que la niña había nacido en ella, en esa casita hundida por el paso de los siglos. Le pregunté cómo era. Linda, dijo. Como los picos blancos, más linda todavía que los besos hijos de otros besos. Todos la quisieron a su manera. Pero ella andaba y andaba, iba a lo suyo. Algún día aparecerá mi hombre, presumía. Los jóvenes no vivían, no dormían, no respiraban más que el amor vaporoso de esta niña. Los había embrujado. Las mismas casas chicas doblaban sus ventanas para mirar a la niña de las caderas, la de las trenzas largas. Sí, era muy hermosa, digo. Solía pasear por las lomas esas. Llegaba hasta las cimas. Perdía a veces el sentido y le costaba el regreso, cuesta abajo, pero se orientaba por el candor de esos jovenzuelos que la seguían a distancia. Ella pasaba sonriente, los conocía. Eran unos ñatitos simples, enamoradizos.
           Un día dijo, esperaré, aunque se me marchite el cuerpo, esperaré.
           Ese día se perdieron muchas esperanzas. Llovió para contarlo. Fue cuando al Limarí le pusimos río. Desde entonces no para de llorar. Le falta ella, sus andares, sus dedos finos, su cabello. Ya no hubo más reflejos en el agua tonta que bajaba y bajaba. La niña, la Añañuca, se quedó encerrada. Le dio por no salir. Años y años. Será vieja, decían algunos. Sí, vieja y arrugada, sostenían otros. Los españoles rindieron sus fuerzas, buscaron los altos blancos con sus pechos de lata. Y fueron hacia al oeste, a sus barcos, estaban hartos de tanta angustia. Sus familias también esperaban. Le cambiaron el nombre por la rabia. Desde entonces es Monte Patria. Lo nuestro, que nos lo fueron quitando como el sentir de los indios. Ahora es chico. Ya se ve. Y sus callecitas desaparecen en la imagen grande del horizonte. Nadie viene. Sólo usted, un extraño, un ser raro e imaginario, que busca lo que nadie busca, la Añañuca.
            Hijo, una tarde llegó un joven. No se sabe de dónde. Nadie le preguntó. Era apuesto, grande, hermoso. Con el rostro tostado por las caminatas de este sol que quema. Nadie le dijo esta tierra es plata.
           Oro, dijo, yo busco el oro. La plata para los asnos. Sólo amarillo oro para mi descendencia.
           A la mañana siguiente, el pueblo se arrejuntó en la placita. La Añañuca estaba escondida, pero escuchaba al joven, sus pedidos y su garbo. Dicen que de ahí en más el joven le pudo y la niña quedó atrapada entre la risa y el llanto. Eso dicen. Yo soy vieja y esto fue muy antes de mi abuela, quien lo contó a mi mamita. Así me llegó la leyenda. La historia de esta niña linda. 
          Al cabo el joven dejó de hablar. Quedó hecho bronce. La vio desde lejos. La Añañuca será mi mujer, pensó. Nosotros nos miramos como extraños en la única plaza del pueblo. Los niños y hombres formaron una calle vacía y el joven bajó. La Añañuca se tapó los ojos con una venda pudorosa. La vieron entonces fresca, joven, no era una viejita, que supo esperar con respeto. El minero le dijo algo al oído, la tomó por el brazo, se la llevó a otra parte. Luego supimos que fue el río, con su riberita, el único en oír la confesión. Para ella sería todo el oro de la montaña. Luego la besó sin permiso. Ella se dejó y corrió una cinta de vergüenza por las calles del pueblo. Algunos jóvenes no quisieron comer, otros no salieron en los días de sol, la niña había sido ultrajada, pero lo único que sucedió fue un beso y una promesa con los pies desnudos, en el agua clara del Limarí. 
           El joven minero se quedó para los restos a vivir. Ella le consintió. Él se lo juró por los santos de su tierra. Paseaban solos por las tristes aceras a la verita del valle que florecía. Eran tonos rubios y sosos, pero al fin llegarían los encarnados imponentes. Clamarían la triste noticia con la eclosión de sus granas.
           Aún faltaba mucho para eso, niño, oiga usted, lo que le digo.
           Dicen los viejos que el minero salía cada mañana con el cielo cuajado de estrellas. Llegaba pronto a las primeras sendas que se perdían entre las rocas. Buscaba, agachaba el cuerpo, a veces se echaba al suelo y juntaba el oído a la tierra. Ella palpita con el corazón frío. A nadie le cuenta los secretos, ni los españoles, con sus lanzas y aprestos lograron nada. Pero él persistía. Era joven, un loco obcecado.
           He venido de muy lejos y lo encontraré, decía. Mi descendencia será oro puro, como el rey Midas, oro para el mantel y mis aposentos, para mi mujercita hermosa, para mis hijos, mi hogar…
           Muy despacito fueron pasando los días.
           La mina, la mina…
           Ella le tomó el rostro, qué te pasa, le preguntó. Nada, dijo. Pero sí pasaba. Esa noche el joven había tenido un sueño. El duende le señaló el sitio exacto de la grieta por donde asoma el oro. Se obsesionó y abandonó a la niña de las trenzas negras. Se fue del pueblo. Hizo el hato y escaló todas las piedras. Conoció las pisadas y detalles, el color del cielo, las formas de la tierra cuando la holla el hombre. Se conocía todos los secretos de la montaña. Buscaba también al duende de sus sueños. Él le iría guiando. Pero el duende no aparecía. Era listo y pequeño. Rápido y sagaz. En cada roca le adelantaba. Notaba el joven el juego. Un perverso anuncio de que la cosa se iría de madre. Le alcanzaba de vez en cuando una angustia desesperada, un resuello necesario. Entonces apoyaba el cuerpo y se sentaba a contemplar el fracaso, porque eso también tiene su forma. Un desconsuelo por no cumplir con la amada. Pensaba en ella. Soñaba con su carita luna y sus trenzas largas, su cuello cisne y sus pies descalzos. Tocaba la promesa con los dedos de sus sueños y se decía seguir adelante, para eso estoy. 
            La joven no rehusó salir a la calle. Los otros la miraban. Pasaba el tiempo y la espiaban siempre con cierto aire de arrogancia. Los niños se hicieron hombres y los hombres viejos. Mi mamita me lo recordaba a cada instante. Cantaba la canción de la leyenda. Se tomó para arrullar a los bebitos, que así dormían el sueño duende de la montaña.
           Me lo ha prometido, oigan, mi joven cumple. 
           Una mañana la montaña apareció grande y alta, blanca. La veta suspiraba en la tiesura. El joven del río oyó en silencio y el silencio abrió sus labios. Siguió el rastro, callado, quieto y lento. Olió las pisadas de mil veces antes y en un rinconcito verde y ocre, yermo… Allí el hueco con su perfil rocoso. Negro. Rumiaba quedo el agujero de la montaña.
También le vio. Pero el duende volvió a esconderse tras una roca tensa, sonrió levemente.
           Jamás volverían sueños en las noches obsesivas. 
Pasaron varios días y semanas y el joven cavaba la tierra sin un deje de desmayo. Una vez y otra, los dedos rotos, las manos muertas, la tierra salía y el oro, el oro… 
           Afirman que la montaña sólo quería un descanso sordo, una imagen de la codicia sin sentido. El hombre busca el cielo a ciegas, quebrado, mudo, sin pausa, sin contar los años que le pueden y avinagran.
           La promesa estaba en los cantos de sus manos y en la tierra juguetona que de él se burlaba.
           Oro, oro… 
           Volveré, dijo. Eso recuerda la niña hermosa. Volveré en tus noches solas. Te lo prometo. 
           De esta manera, hijo, la Añañuca envejeció. Murió esperando un puñadito de oro y al enamorado que le apalabró el cielo. La enterraron en el ancho verde que sube, el de muy allá, mire. Sólo una crucecita blanca para sus ojos de azabache. La india apagó la risa, el pueblo quedó hecho pueblo, el río llueve. Desde entonces no deja el cielo de volcar los recuerdos de esta historia en el norte grande. Murió de amor. Desengañada. Sola.
           El espejismo se los fue tragando. Como le digo, la gente de Monte Rey la lloró y enterró un día de lluvia, que para el caso. Al otro día, el sol calentó el valle y se llenó de hermosas flores rojas. Es la Añañuca. La Añañuca para los restos, que algunos hablan y mueren sin reconocer que fue la más hermosa de todas. 
           Hijo, esa flor crece hoy hasta Melampó, por allá, mire. Hasta el valle de Quilimarí, le digo, al lado de Piedras Blancas. Cada año, después de que el cielo llora, la pampa se convierte en la voz olorosa y triste de dos enamorados rojos, rojas. Es un desierto. Un desierto florido. 
Me volví buscando el dedo de la viejita, adónde señalaba, de parte a parte, ancho campo, vasto hasta en los ojos. Luego, Nando, la viejita desapareció. Sin otro vuelo en mis entendederas, se fue, como le digo. 
           Fui alejándome del pueblito junto a las aguas frías del Limarí. Necesitaba otro dato para mis apuntes. Me quedaron claros sus ojos ciegos, como de joven. La viejita Añañuca se vistió de un rojo puro.
Se fue disolviendo.
           Nando continuaba oyendo sobre la silla de la ventana. Pensaba.  Dijo, esta historia es triste. Luego siguió fumando. La copa de aguardiente en una mano mansa cansada de escribir. Es una naturaleza honda y extraña. Un tipo singular. Dice que no le gustan los viajes, que el ser no cambia.  Siempre el mismo, imagen reflejada millones de veces, en cada madre y en todos los rincones.
          Es un artista.
          Muestra la necesaria tranquilidad que se requiere. 
          He de mentir.
          Otros en mi memoria, existen. Otros Nandos…
          Aunque sea consciente de lo que digo, sé que miento.
          Otro tú es necesario.

…………………………………………………..

Morir ambas veces. En ocasiones especiales. Pero morir no es trágico. Sólo la llegada del arte que imagina que piensa y que escribe. Una sonámbula experiencia de saberse solo. De comprender el sentido estricto de lo que pienso. 
          No ha sido más que otra breve historia. De lejos. De muy lejos, con los sentimientos comunes, humanos. De poco vale ir si nada cambia. La tristeza y el orgullo. La vanidad de la obra que se yergue, altiva. 
          Nando afirma, vivir para crear. No pido otra cosa. El año de mi nacimiento y de mi muerte. Lo de en medio es sólo mío. Cosa mía.
          Quisiera que me comprendieran. No soy nadie. Ni original ni alto. Tengo ojos en las experiencias. Memoria para atrapar las palabras. Algo de pericia si se tercia, pero nada más. Estuve largo tiempo encerrado en la cochura del hombre, en la sombra propia. Buscaba la manera de salir. Quería otro universo. Lo escribiré, dije. Luego me puse a la tarea, pero exigía un retiro ingrato. Me alejé cuanto pude de los hombres medios. Embarqué muchas veces. Abandoné el paquebote sobre la mar que me llamaba. Las aguas buscaban arte. Subir y bajar. Ser ella misma. Ser yo mismo. Nada. Nadie.
          Compuse para ella una sinfonía dulce y muchos poemas.
          Quise sanar esta herida mía.
          Los demás lo aseguran. Este hombre se nos muere.
          Eso dicen afanosamente.
          Es raro, serio, extraño, desnuda su dignidad, todo le puede. 
          ¡Aléjense de él!
          ¡Aléjense!

Añuñuca.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Librero del uroboro. 20. Versos de vida y muerte. Ilse Ibarra Baumann

Versos de vida y muerte

Por Ilse Ibarra Baumann

Al leer Versos de vida y muerte (Amoz Oz, Ed. Siruela) automáticamente regresé a mi infancia, aunque el libro no tiene nada de infantil. Trata de un “escritor”, protagonista principal (sin nombre), que va a la presentación de su último libro. En el camino, antes de llegar al Centro Cultural, pasa por un café. Ahí imagina una historia sobre la mesera, le inventa un nombre, un novio, un abandono… Después llega a la presentación y sigue ensimismado en sus historias, pero esta vez sus personajes son: el conferenciante, un joven poeta, el señor mayor pelón que está en la última fila, la chica con cara de ardilla que lee un párrafo de su novela… 
          ¿Porqué me acuerdo de mi infancia? Recuerdo mis juguetes: los Fisher Price, little people. Tenía el camper, la cabaña y el barco en cada uno de ellos venían unos cuatro muñecos, al juntarlos tendría unos doce. Uno de mis personajes principales era Carlos. Entre ellos se tejía historias hogareñas. Había un perro, un Capitan, su mujer que también podía ser su madre, o su novia o su hermana. En fin, les daba nombres y papeles a esos personajes. 

Amos Oz tiene la delicadeza de repetir en páginas más adelante, seguro para los de mala memoria, quién era el personaje. Hay como un eco permanente en su obra. Encima en este libro en especial, al final ha puesto a los participantes de la obra. 
Esta novela es un entretejido de ficción y realidad. Podría usarse para tomar ideas sobre la construcción de personajes, sin embargo no atrapa tanto (aunque su escritura es magnífica), cada personaje está disperso, no se relaciona mas que en la mente del “escritor”.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 157. Campanitas de viento. María Gabriela López Suárez

Campanitas de viento

Por Maria Gabriela López Suárez
Ilse se apresuró a guardar el pedido de tapetes bordados que debía entregar ese sábado por la mañana. Su rostro dibujaba alegría, ese ingreso extra ayudaría con algunos gastos pendientes en la casa porque la cuesta de enero se hacía presente. Salió rumbo al restaurante de doña Gertrudis, dejó una nota a Rogelio, su esposo: Regreso al rato, fui a entregar los tapetes. Besos. 
           Caminó un par de cuadras y llegó a la parada del colectivo que la llevaría a su destino. No tardó mucho esperando. Llegó puntual, doña Gertrudis la esperaba. 
          —Buenos días doña Gertrudis, ¿cómo le va? Aquí está el trabajo, en los colores y formas que requirió.
          —Buenos días Ilse, muchas gracias. Me muero de curiosidad por ver cómo quedaron, de seguro muy bonitos, como los vi en las fotos —dijo, mientras abría con rapidez la bolsa para ver los productos.
           Ilse estaba atenta a la mirada de doña Gertrudis y a conocer su opinión, el corazón le latía más rápido de los nervios. 
           —No me equivoqué, están preciosos los tapetes, las imágenes de las fotos se quedaron cortas. Seguro que a los comensales les gustarán mucho. Muchas gracias.
           La sonrisa de Ilse y el agradecimiento por confiar en su trabajo no se hicieron esperar, recibió su pago y se despidió. Mientras iba de regreso a casa recordó que le hacían falta algunas cosas para la despensa, decidió pasar a la tienda que estaba camino a su domicilio. Solo compró lo necesario. 
           Retomó el camino a su hogar, las calles estaban con bastante movimiento, aunque sin la algarabía de fin de año, ni del día de reyes que había pasado. Se quedó pensando que quizá la cuesta de enero era una de las causas.
           Observó a cada persona que pasaba cerca de ella, todas caminaban con prisa y llevaban algo en la mano, lo más común eran bolsas del mandado y cajas. Los rostros eran serios, cada quien en su mundo. De pronto, escuchó sonidos de campanitas de viento, ¿y eso de dónde venía? Siguió caminando hasta que unos pasos adelante de ella descubrió a un chico que llevaba en la mano derecha un colgante con una diversidad de campanitas de viento que sonaban al mismo tiempo. El sonido era muy agradable. Justo le daban el toque ameno al caminar en las calles de la ciudad.
           Para sorpresa de Ilse, el chico que llevaba las campanitas tenía audífonos puestos, de inmediato se le vinieron preguntas a la mente, ¿le disgustaba el sonido de las campanitas que vendía? ¿Prefería escuchar música? ¿Y si alguien lo llamaba para pedirle le vendiera un juego de campanitas? En esto estaba cuando una chica que pasaba a su lado dijo en voz alta,
           —Mami ¿y si hoy comemos pizza? 
           —¡La comida! —dijo para sí Ilse—, olvidé recordarle a Rogelio que hoy le toca cocinar a él, espero que se haya acordado porque ya me dio hambre.
Photo by Gu00f6ku00e7e Erem on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 157. Series y películas para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Series y películas para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

En 2022 vi, según mi registro, 242 películas/ series. De ellas elegí, para compartir contigo lector, lectora, sólo doce. Espero que te interesen.
          1. La hija oscura (2021). Afortunado debut como directora de la actriz Maggie Gyllenhaal, que muestra con cierta ambigüedad el raro comportamiento del personaje interpretado magistralmente por Olivia Colman. Fuera de las peripecias mínimas (saluda o no saluda a los demás, roba una muñeca, etcétera) lo que vamos descubriendo es su pasado: abandonó a sus hijas, porque le estorbaban para su desarrollo personal. La película no plantea certezas: siembra dudas.
          2. Stutz (2022) es un documental basado en una larga entrevista que el actor Jonah Hill, convertido aquí en director, hace a su psiquiatra Phil Stutz, quien ha transformado su vida con sus terapias. Le pareció que el hombre (de 74 años, con evidentes problemas de salud) puede ayudar a quien lo vea. Y así es. Hay que ver y oír a este psiquiatra, abierto a demostrar no sólo sus conocimientos, sino su vulnerabilidad.
          3. Drive My Car (2021), dirigida por Ryusuke Hamaguchi. Es una película japonesa que se toma su tiempo para ir trenzando y destrenzando varias hebras: el amor incondicional de un actor y director de teatro por una mujer infiel (la ve, incluso, con su amante), su sapiencia para hacer el casting y dirigir “Tío Vania”, de Chéjov; su adaptación a las circunstancias. Hay elegancia y sobriedad en las actuaciones, y una producción irreprochable en esta adaptación de un cuento de Haruki Murakami  
          4. Stan & Ollie (2018), de Jon S. Baird, con Steve Coogan y John C. Reilly, que representan muy bien a los llamados El gordo y el Flaco, luego de que dejan de ser estrellas del cine y hacen una gira por teatros con diversa fortuna, pues muchos los consideraban retirados o muertos. Me parece que la película es, además, una gran lección sobre la amistad. 
          5. Duda razonable. Historia de dos secuestros (2021) es una miniserie de cuatro episodios, dirigida por Roberto Hernández, sobre cuatro tabasqueños acusados injustamente de secuestro, que estuvieron en la cárcel siete años (uno salió antes), pese a que se demuestra incuestionablemente que son inocentes. Es una terrible muestra de la injusticia de la justicia mexicana. Estar en la cárcel o fuera de ella, en nuestro país, si no eres millonario o amigo de los gobernantes, parece un azar, un volado. El documental logró que la Suprema Corte diera la libertad, el 8 de diciembre de 2022, a estos sentenciados a 50 años de cárcel. Sin el documental, seguirían allí, sin esperanza.
	6. Rainbow (2022), coescrita y dirigida por el también actor y comediante español Paco León. No le fue bien creo con las críticas, pero su reformulación sobre El mago de Oz me parece una magnífica apuesta de imaginación e inclusión. Muy recomendable. Las brujas, interpretadas por Carmen Machi y Carmen Maura, son una delicia.
        7. Noche de fuego (2021), escrita y dirigida por Tatiana Huezo, basada en la novela Prayers for the Stolen, de Jennifer Clement, es una historia que de nuevo retrata un México secuestrado por el narcotráfico, aunque esta vez el retrato está centrado en las adolescentes de una comunidad (que lamentablemente podría ser cualquiera) que deben esconderse (cortarse el pelo, vendarse los pechos) para que no las secuestren, violen y maten, y aun así hallar instantes de felicidad e ilusión. 
         8. Los ladrones. La verdadera historia del robo del siglo (2022). Es un documental sobre un espectacular robo de banco en Argentina, en 2006, dirigido por Matías Gueilburt. Lo cuentan, increíblemente, el hombre que lo ideó y todos sus cómplices. Esta original idea de asalto ha sido durante años la semilla de muchas películas y series. La casa de papel, esa exitosa serie, le debe todo a estos ladrones reales e inteligentes.
         9. En todas partes al mismo tiempo (2022), dirigida por Dan Kwan y Daniel Scheinert. Fue un suceso mundial. Es una puesta en escena que pone claridad en la compleja teoría de los multiversos, con una acertadísima composición cómica y una mezcla de géneros que hace que, verla, sea muchas cosas al mismo tiempo. Una maravilla.
         10. Comedians in Car Getting Coffee, una serie que tiene ya once temporadas (yo sólo he visto seis, comenzó en 2012) con el actor y comediante Jerry Seinfeld, que en pocos minutos muestra un coche, pasa por un o una comediante (están los famosos, los célebres y los emergentes de EUA), toma un café con él o ella y conversa. Aunque la charla suele ser divertida a mí me parece que en varios episodios logra tocar, con inteligencia, temas profundamente humanos. 
         11. Miss Revolución (2020), dirigida por  Philippa Lowthorpe, es la historia, contada sin evidentes sectarismos, basada en hechos reales, de cómo surgió la lucha en contra de los concursos de belleza que volvían a las mujeres (en este caso mujeres bellas) un desfile de cosas, de objetos, de carne, y sólo preconizaban la superioridad de las mujeres blancas y de ciertos países. La cinta termina con un repunte de esperanza de que las cosas cambien, pero los concursos, en nuestros días, siguen existiendo sin grandes transformaciones.
         12. Gladbeck: el drama de los rehenes (2022), documental dirigido por Volker Heise, hecho sólo con imágenes reales, sobre dos asaltantes armados (tres en realidad, con la novia de uno de ellos) que mantienen por 54 horas a rehenes, con final trágico, en agosto de 1988, en Alemania. Lo duro de las imágenes es que lo que vemos no son actuaciones, sino realidad filmada que hizo que, después de esta cobertura a detalle de los delincuentes, se legislara para que estos no se volvieran, como aquí, estrellas de televisión.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Librero del uroboro. 19. El principe destronado. Ilse Ibarra Baumann

El príncipe destronado

Por Ilse Ibarra Baumann

Delibes nos narra un día normal en la casa de Quico, un niño de tres años a punto de cumplir cuatro, desde que despierta: contento de no haberse hecho pis en la cuna, hasta que se duerme. Quico es el quinto de una familia de seis. Su hermana Cris lo ha destronado. Cada capítulo avanza por la hora del día. 
          Pese a no estar narrada en primera persona, y de ser Quico el protagonista, toda la novela se ve a la altura del niño, como de nuestras rodillas para abajo. Pero hay un acercamiento infantil de esa tercera persona, pues al narrar no dice “la mamá esto o lo otro” sino “mamá…”
          En esta novela sentí cierta afinidad con la película “Roma” de Cuarón. En la casa de Quico trabajan dos personas en el servicio: Domi y Vito. También aparece mucho su hermano Juan que no fue al cole por estar enfermo. La narración no es nada cruda. Tiene muchos diálogos, la mayoría son de Quico. En ellos hay modismos ibéricos que a veces no entendía por mi español de México. 
          Qué bella novela y su escritura. Por algo Delibes fue reconocido con tantos premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Letras 1982 y el Cervantes en 1993.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.