Especial Día de Muertos
Despedida
Por Maclovio Fernández
Despedida
Cuando me toque el aciago día
me atrevo a solicitar
que si algo me han de tocar
me cambien la melodía.
Lo pido en serio y en broma,
ya que la Muerte es ladina,
que en vez de las Golondrinas
me tocaran “la Paloma”.
El consuelo al que me aferro
es que aún en acto postrero,
sí en mi esperanza no yerro,
llenaré un buen agujero.
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Especial Día de Muertos
Andrés Manuel
Por Maclovio Fernández
Andrés Manuel
Aunque se asume formal
no se libró del calvario
ya que por contestario
le cayó a la flaca mal.
Dicen que, como en la escuela,
el tal López Obrador
quiere ser repetidor
pero le llegó una esquela.
Ahora está armando un relajo
contra la Quiriquisiaca,
arengando a los de abajo
pa’ deponer a la Flaca.
Ya convertido en espanto
ha organizado un plantón
con lo que, ni el camposanto
se salva de este cabrón.
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Especial Día de Muertos
A todos
Por Maclovio Fernández
A todos
De todos, el más humilde,
este versificador
quiere tener el honor
de ponerles una tilde.
La Muerte tiene un rasero
que es de justicia reflejo
y a todos trata parejo
haciéndoles su agujero.
Su mensaje está completo
pues se ve en radiografía
su cartel de profecía
de muerte: en nuestro esqueleto.
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Vargas Llosa y García Márquez
Héctor Cortés Mandujano
Gabriel García Márquez. Mario Vargas Llosa. Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina (Alfaguara, 2021) es la trascripción de la conversación pública que tuvieron estos escritores, el 5 y 7 de septiembre de 1967, en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, Perú, a la que se agregan algunos textos testimoniales y entrevistas.
García Márquez ya había publicado Cien años de soledad y Vargas Llosa recién había obtenido el Premio Rómulo Gallegos por La casa verde. Con generosidad, tal vez porque es más inteligente y me parece el mejor dotado para la literatura, Vargas Llosa adoptó el papel de entrevistador. A la postre ambos ganarían el Premio Nobel de Literatura: en 1982 GGM y en 2010 MVLL.
Pregunta MVLL al abrir el conversatorio, luego de explicar lo lógico que parece saber para qué sirve un ingeniero o un arquitecto (p. 35): “¿Para qué crees que sirves tú como escritor?” y GGM responde algo que después matiza: “Yo tengo la impresión de que empecé a ser escritor cuando me di cuenta de que no servía para nada”. Dice más adelante (p. 37): “Creo que el escritor está siempre en conflicto con la sociedad; más aún, tengo la impresión de que se escribe como una forma de resolver ese conflicto personal del escritor con su medio”.
Cuenta GGM que la ascensión a los cielos de Remedios la Bella en Cien años de soledad se la inspiró una muchacha fugada (p. 50): “Se fugó de su casa con un hombre y la familia no quiso afrontar la vergüenza y dijo, con la misma cara de palo, que la habían visto doblando unas sábanas en el jardín y que después había subido al cielo…”.
MVLL recapitula (pp. 58-59): “Creo que tenemos una idea de los materiales con los que trabaja el escritor: experiencias personales, experiencias culturales, hechos históricos, hechos sociales. Ahora, el problema máximo es convertir todos estos materiales, todos estos ingredientes en literatura… En hacerlos pasar por el lenguaje y convertirlos en una realidad imaginaria”.
MVLL, cuando hablan de Borges, dice que (p. 77) “yo siempre he tenido problemas para justificar mi admiración por Borges”; GGM le comenta (p. 78): “Ah, yo no tengo problema para justificar mi admiración. Le tengo una gran admiración, lo leo todas las noches. Vengo de Buenos Aires con las Obras completas de Borges. Me las llevo en la maleta, las voy a leer todos los días, y es un escritor que detesto…”.
[El problema de muchos escritores con Borges fueron siempre sus posiciones políticas. Mario Benedetti, izquierdista militante, cuenta a Mario Paoletti en su biografía El aguafiestas (Alfaguara, 1995) que lo leía (p. 114) “con una admiración sin límites”, pero con “aborrecimiento sumo por el hombre, que parecía divertirse perpetrando opiniones reaccionarias. Por entonces en el Río de la Plata circulará un argumento malvado, casi borgeano: Borges es la prueba de la no existencia de Dios, porque si Dios existiera lo hubiera hecho mudo y no ciego”.]
MVLL, en el anexo “García Márquez por Vargas Llosa”, de 2017, dice que GGM (1927-2014), ya muerto para entonces (pp. 124-125), “era enormemente divertido, contaba anécdotas maravillosamente bien, pero no era un intelectual, funcionaba más como un artista, como un poeta, no estaba en condiciones de explicar intelectualmente el enorme talento que tenía para escribir. Funcionaba a base de intuición, instinto, pálpito”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.
Especial Día de Muertos
A Cuasi Modo
Por Maclovio Fernández
A Cuasi Modo
o cualquiera que se parezca.
Quien no ha hecho otra cosa
en su vida, que robar, mentir
y calumniar. Póngase la camisa.
Calavera al jorobado.
Según predijo su oráculo,
ha pasado a mejor vida,
luego de triste espectáculo
víctima de la bebida.
Así lo ha dejado el vino
seco, enjuto y en el hoyo
su índole de libertino
lo ha metido en un embrollo.
Su muerte no fue total
pues su lengua quedó viva
y no deja de hablar mal
de la gente conocida.
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
He aquí este hallazgo que se reedita por tercera vez 91 años después. Las dos primeras ediciones fueron en 1931. Yo pensé (malamente) que la novela iba a dar testimonios milagrosos por parte de la santa y me encuentro con que es una mujer que ve visiones y son, más bien, síntomas de alguna patología psiquiátrica.
Al final de la novela la madre Teresa escribe sus revelaciones por petición del Santo Oficio quienes trataban de enjuiciarla para poder quemarla. Ella cuenta que ve a Dios: Jesús hombre, a quien ha convertido en ángel, trae un dardo de oro que le mete en las entrañas y la hace temblar y ver el mundo maravilloso. De ahí el título del libro: El verbo se hizo sexo.
Ramón J. Sender exhibe la condición terrenal de Teresa de Ávila.
“Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.
Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.”
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas. Actualmente cursa el Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
Doña Agustina y don Adolfo se estaban preparando para ir al mercado, debían comprar los productos para poner el altar en honor al Día de muertos. Era una tradición que tenían desde sus antepasados.
—¿Llevás la morraleta grande Tinita? Aquí tengo otra bolsa mediana.
—Sí, ya la tengo apartada, gracias por decirme, luego se me olvida.
Se escuchó que abrieron la puerta de la entrada y luego unos pasos.
—Buenos días, ¿ónde es que van ya? —era Mónica, una de sus hijas.
—Buenos días, que bueno que vinieron. Vamos al mercado hija, te olvidaste que ya casi estamos en Todos Santos y Día de los fieles difuntos. ¿Quieren venir con nosotros? —dijo doña Agustina.
Mónica iba con Alejandrina, su hija de 10 años, quien se acercó a saludar a doña Agustina y don Adolfo. La niña apenas escuchó la invitación respondió:
—Yo si quiero ir abue, ¿me dejas mamá?
—Cuándo no, la pata de chucho luego se apunta. Tus abuelitos no van a llevar carro, hay mucha gente, tendrás que caminar —señaló Mónica para ver si Alejandrina desistía pero no lo logró.
—Si camino, no me voy a quejar, ándale mami, déjame ir.
—Ve pues y te portas bien. Ayudas a tus abuelitos a cargar las bolsas. Me avisan cuando regresen. Se van con cuidado.
Los tres emprendieron la caminata al mercado. Alejandrina había visto cómo montaban cada año el altar sus abuelitos, le gustaba ayudarles y solía preguntar sobre la comida, los dulces, las bebidas que ponían, cómo lo decoraban y se había aprendido los nombres de sus tías y tíos fallecidos cuyas fotos colocaban en el altar para honrar su memoria.
El mercado estaba lleno a más no poder, afuera, en las calles aledañas había muchos puestos de vendedores ambulantes, se veían las ventas de dulces de calabaza, camote, higo, yuca, empanizado de cacahuate, los dulces tradicionales de día de muertos elaborados con azúcar y decorados con colores rojo y verde. No podían faltar los panes y la delicia de Alejandrina, los dulces garapiñados de cacahuate, envueltos en papel china de vistosos colores.
Dentro del mercado estaban a la venta las diversas frutas de temporada, destacando la mandarina, naranja, caña, limas, además de los tamales en sus distintos sabores. Don Adolfo y doña Agustina hicieron las compras de las frutas y encargaron a Alejandrina hacerse cargo de los garapiñados. Ella se dio gusto eligiendo envolturas de todos colores.
Solo les faltaba comprar las flores, adentro no había venta. Al salir, lo primero que se escuchó fue:
—¡Flores de lechita, lleve sus flores de lechita, de flor de coyol, de musá! ¡Lleve su juncia! —Era un niño, un poco menor que Alejandrina, quien a todo pulmón gritaba para llamar la atención de los clientes.
—Mirá Tinita, hasta cuándo veo que vendan estas flores de lechita ¿y si llevamos flores de musá, de lechita y juncia? —preguntó don Adolfo.
—Sí Adolfo, se ven muy frescas las flores y luego vamos por unas margaritas blancas que vi de aquel lado. Ya solo nos falta el carbón, el estoraque y el ocote. Vente Alejandrina, no te quedes atrás.
Alejandrina no dudó en preguntar por qué se llamaban así las flores, no recordaba esos nombres, mientras sus abuelitos le explicaban se dirigieron al otro puesto de flores y compraron lo pendiente.
Una vez adquirido todo lo necesario hicieron un repaso de la lista, para cerciorarse que nada se les olvidaba. Tenían todos los ingredientes para el altar, así que regresaron a casa, cada quien con sus bolsas.
Alejandrina iba bien contenta, era la encargada de llevar los garapiñados y algunas flores, estaba segura que el altar quedaría muy bonito. A lo lejos seguía escuchando la voz del niño que vendía flores.
—¡Flores, flores de lechita, lleve sus flores de lechita, flores de coyol, de musá!
Fotografía: M. G. L. S.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Alcanza la belleza. Cruza ahora la ventana entreabierta del despacho. Ella es. La veo en silencio. Deambula de acá para allá, se muestra como la coqueta de la casa. Mira distraída alrededor y busca algún signo de desesperación, quizás una mirada perdida más allá del horizonte finito y alcanzable de la enorme pieza decorada. La perfección es el anticipo de la tragedia. Todos parecen intuirlo. La gente del pueblo transita por las calles capitalinas y avanza silenciosa por los caminos secos del país, pero el Presidente todavía no se ha dado cuenta de nada. O tal vez cierra su boca mascando una bola que no pasa.
El anticipo intenta embellecer con una capa de dulzura los primeros suspiros de la mañana. El sol ha asomado por encima de los tejados altos, ilumina cándido y con un pudor inefable lo que más tarde arderá bajo sus rayos feroces. El hombre deambula perdido en su propio yo. Busca la respuesta a tantas noches en vela. Piensa en el destino de su familia, en lo que sucedería con ellos si él desapareciera. Se cree inexpugnable e imprescindible, como tantas almas de esta tierra que les nacieron para arrugarse, sólo por ese motivo, pero él observa sus pies desde arriba, atrapando a un futuro que se aproxima con una lentitud exasperante.
¿Van Gogh?
¿Cézanne?
¿Un lienzo manchado de manera arbitraria por una mano dubitativa ansiosa de hallar la verdad oculta de sus miedos?
La culata plegadiza del arma no deja de intimidarle. Ambos permanecen en silencio, pero se observan, en un acto perverso de quién tomará primero las riendas.
Por la ventana, de grandes mochetas y finos tules de maravilla, se oyen pasos lentos y veloces, alguna bandera que flamea, el grito de un pajarillo que de pronto ha comprendido que se quedó perdido en medio del denso aire de la Plaza, huérfano.
El Presidente sonríe al pasar frente al espejo. Ha visto su cuerpo adornado con la máscara que nunca quiso. Alguien se atreverá, piensa. Luego tuerce el rostro y se coloca de perfil, postulando una efigie altanera. Baja la cabeza y se toca los ojos con las yemas de los dedos aviejados por el roce de tantos papeles y firmas. Se siente cansado. Al otro lado de la enorme sala hay un sofá atrayente. Se acerca y apoya su espalda sobre el carmín de terciopelo. Desde el asiento gira su cuerpo y toma con la imaginación, entre sus innumerables estantes, a su querido Gotfried.
Lee: «¿Quién se encuentra consigo mismo? Sólo pocos y, además, solos.»
La rabia de mi siglo me oirá desde el infinito, cuando mis huesos ya no sean. El polvo habrá de surgir para gritar la agonía que mi pueblo no merece. Los muy inocentes han pedido lo que nunca les podré dar: Mi vida entera y orgullo, el tiempo que me queda, mis fuerzas en declive, las ilusiones de cuando aquello no era más que un horizonte desleído, el amor de mis hijas… Pero no entienden que la soledad es la fuente de mi tristeza y de mis alegrías. Todo lo pude con ella. Rodeado de sonrisas, mi aislamiento me hablaba las verdades que no vienen en los libros, la indiscutible hondura de un alma, la huella profunda del paso de un hombre sobre eso que llaman la Historia. Sí, eras tú, mi amado desierto, el que procuraste los hallazgos más brillantes. Sólo el silencio, antítesis de todo, crea. Lo demás es puro negocio de la materia con ella misma, conjeturando realidades que duran lo que duran: Nada. Como ese gritito del ave que todavía descansa en el seno del aire, perdido, buscando a su madre que vuela y vuela, en lo alto del cielo.
Soy un verdadero artista. Como dijo aquel (señaló otro de sus libros): «Simplemente un solitario de mí mismo.»
La mañana creció sin darse cuenta. Ha pasado otro minuto eterno. El vendedor alza su brazo y alguien toma el papel, deposita una moneda en la mano libre del joven y comienza a leer con la necesidad del ignorante. Busca noticias. Se rumorea que hoy es el día señalado. Luego alza la mirada hacia la gran ventana del centro, observa con deleite la fachada sobria y larga, los guardias que custodian la entrada, la simetría embriagadora. Sopla sobre la Plaza una ráfaga de amor muy bello. La madre de todos los pueblerinos que han viajado desde las distintas provincias para asistir al turno y a la masacre. Ahora es el momento de gozar del mutismo que reina. Mejor hacerlo sentado en una terraza cercana, con un café como Dios manda. A sorbos, muy despacito, sin dejar de clavar los ojos en el cielo claro que pronto se llenará de un humo grisoso.
El Presidente llama a sus servidores. Aparecen dos muchachos ataviados con sus uniformes castrenses. Se colocan rectos, saludan con la marcialidad aprendida en los cuarteles. Son conscientes de que la labor de hoy será la más importante de sus vidas: Servir a un hombre perdido y confuso. Le notan al Presidente la sombra bajo los ojos, el aislamiento y la tristeza, la amargura porque la vida se le escapa y no sabe cómo salir del laberinto. Recuerda que Bacherad le dijo que en el hombre todo es camino perdido, pero escupió sobre sus propios recuerdos, maldiciendo esas palabras.
Los guardias se alteraron, creyendo que su Presidente había perdido la cordura. Luego invadió la sala una calma tensa.
El Presidente les ordenó con el reverso de la mano, con una humildad pudorosa. Al poco le sirvieron el desayuno sobre la propia mesa presidencial, apartando los montones de papeles y trastos.
«No soy un criminal, ni un místico que busca la salvación al precio que sea. La piedad que siempre sentí puede ser una muestra del ego que me come, como la obscenidad que noto cuando firmo algún Decreto en contra de mi gente, un gesto desaprensivo.»
― ¿Es que te crees indispensable? ¿El único ser capaz de salvar a todo un país? ¿Omnipotente, acaso?
El Presidente derramó la taza de café. Había creído oír unos insultos a su propia compostura. Se levantó y buscó por todas partes. Quedó en silencio, esperando, luego caminó muellemente sobre la alfombra, quiso callar el crujido de la madera.
―Chicho, ¿no me ves? ¿Te dejaste los ojos en la esperanza de que todo seguiría como siempre? ¡Pobre desgraciado!
El Presidente se apretó la cabeza con las manos, creyendo que la locura era eso, las voces que clamaban en sus oídos. Estaba solo. Lo sabía. Pero tal vez debería buscar en los aposentos de Bea.
― ¿Has sido tú? ¡Dime! ¿Lo has oído?
Beatriz se levantó, sostuvo su abultada barriga con el temor de sus manos, miró a su padre y comenzó a llorar. La joven intuyó que su amado padrito se le iba.
El cielo se cerró de golpe. Nubes y nubes, ráfagas de ira y desgracia, copas enhiestas que comenzaban a claudicar en los ribetes de la Plaza.
El Presidente abandonó el costurero y corrió al salón. Mostraba un semblante engreído y serio. Temía lo por venir. Lo sospechaba. La Junta hablaba a varias cuadras, pero él era fino e intuitivo. Recordó el último gesto del General.
―Dime, fantasma de mierda. La cagué cuando te puse en lo alto. Ahora lo entiendo. El pueblo no necesita tus hombres ni las armas. Es una locura. Por eso atraes. Tu encanto de loco se corre como la pólvora. Te conozco. Sé que buscas tu propia catarsis. Por eso muestras el lado torcido. La originalidad. ¿Entiendes? Todos desean las palabras dichas, la tranquilidad del que manda. Nadie anhela fundar un pensamiento, porque el acto creativo duele, y nadie ama el dolor, salvo los delirantes como tú.
El General miró su reloj de pulsera. Sonrió levemente, disimulando una caricia sobre el bigote.
―Habla lo que quieras. Has perdido el norte y el agua del remanso se está alborotando. Oigo las cascadas de la cordillera. Llegan sinuosas por los cortados. Corren veloces formando unas abras que jamás existieron. La voz en alto gusta. Tú lo entiendes. Sí.
―Nunca me gustaron las metáforas. Ramón dijo que la plebe alucina con ellas. ¿Será porque no las entienden? Si tomasteis la decisión, ¿a qué esperáis?
Imaginó un asalto y un fusil en el pecho, con algún militar incompetente que no se atrevería a disparar. Confiaba en la altura de su carisma, pero la plata se la llevaban y el pueblo pasaba hambre. El pan es el motivo de casi todas las revueltas. Se acordó del moderno Esquilache y de la Rusia moribunda. La hambruna cierra los puños en las gargantas, derrumba cancelas y portones, asesina en nombre de la conciencia. Desea la muerte y el poder para alimentar a sus hijos. Tal vez esa sea la clave de todo misterio: Los hijos.
―Bea, debes ir con tu madre. La he llamado. Te espera. Allí estaréis a salvo.
―Padre, ¿tienes miedo?
El Presidente estaba aterrorizado. Por no ver más a sus hijos ni a su mujer, ni a sus hombres, por no poder oler de nuevo la madreselva que se va formando cuando llega la primavera, por esa blancura, crujiente y fría, que se hunde levemente cuando la pisas, allá en los altos.
―Tu padre no conoce eso, nenita. Sólo me duele el ridículo que algunos se afanan en pintar en un lienzo que nadie comprende.
Apartó la mirada porque las lágrimas empujaban con fuerza. Beatriz lo imaginó y volvió en silencio a la salita de estar. Pensó en el retoño que iba creciendo en su cuerpo y luego en su mamita. Hortensia, Tomás Moro, la calle larga, el coche en la puerta, los ayudantes que le sujetarían la mano por si acaso sucedía alguna desgracia. Los privilegios de los que su familia gozaba.
Imagen proporcionada por el autor.
*****
Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Especial Día de Muertos
Gil Zepeda
Por Maclovio Fernández
Gil Zepeda, “El poeta de lo breve”
Ducho en el verso conciso
del poema hizo la finta
con la locución sucinta
y el enunciado preciso.
Sobrio y parco, evitó el uso
del circunloquio confuso,
y fue su escueto mensaje:
”el haikú es largometraje”
Afecto a la cortedad
su epitafio fue tajante:
”Parca, óbito, oquedad…
espíritu trashumante.”
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
Especial Día de Muertos
El del moño colorado
Por Maclovio Fernández
El de moño colorado
Al diablo
Lo encontró muy enojado
allá donde se escondía
echando una letanía
porque lo habían sentenciado.
Le reclamó a la calaca:
“siempre estuve de tu lado,
¿por qué me condenas?, flaca,
no me chingues, soy tu aliado”.
No se concedió el indulto
y hoy, en el panteón local,
hace un calor infernal
donde “el Diablo” está sepulto.
Se lamentó el Sombrerón,
Tisigua y la Tichanila
que, entre tragos de tequila,
lloran allá en el panteón.
Y entre moqueo y lamento,
se escuchó la voz del mal:
“regresará en un momento…
Lucifer es inmortal”.
Maclovio Fernández
Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.