Trabajo en alturas. 16. La flama y la cicuta I. Roger Octavio Gómez

La flama y la cicuta I

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020. El artículo completo quizá fue publicado en un libro que recopilaría las memorias del congreso.
 En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]

La flama y la cicuta I

El tratamiento de la divinidad en la literatura del sur de México presenta un sincretismo entre las fuentes introducidas por Occidente y las propias de Mesoamérica precolombina. El presente trabajo se sustenta en la argumentación partiendo del análisis de cuatro obras de autores nacidos en Chiapas. El análisis resultante muestra que ciertas peculiaridades culturales diferencian la percepción de la divinidad dependiendo del nicho cultural (indígena, mestiza, eurocéntrico) en que se inscriba el autor al momento de concebir su obra, creándose nuevos cánones literarios que deben ser leídos y estudiados en paralelo con el canon eurocentrista predominante.

1

En Los viajeros al otro mundo, Domingo De La Torre y Anselmo Pérez (2006), dos pobladores tsotsiles de Zinacantán, una etnia del sur de México, la parte centroamericana de México para ser precisos, narran sus impresiones sobre un viaje efectuado en 1963 hacia los Estados Unidos de Norteamérica. Invitados por Robert M. Laughlin, un antropólogo quien había estado trabajando en la elaboración de un diccionario tsotsil-inglés. En esa época, «ningún zinancanteco había estado nunca en Estados Unidos» (11), y la pregunta de los invitados pareció entonces extraña: «–Si yo fuera ahí, ¿me comerían?». Cuánta sabiduría en la intuición que el tiempo confirmaría como una pregunta sobradamente válida. 
	El viaje al mundo del antropólogo Laughlin, «tan familiar para nosotros, tan extraño para ellos» (15), abre con el «Rezo del viajero» que invoca a Jesucristo, a Dios, a San Lorenzo, a Santo Domingo y a la Mujer del Cielo. El acto de viajar, hoy tan banalizado, debería ser siempre parte de un ritual místico. La intención de Laughlin parece la de un experimento antropológico que superó las expectativas. La extrañeza con que los viajeros ven las costumbres occidentales le brinda al libro una objetividad que recalca detalles que, en aquel siglo XX, hacen parecer salvajes algunas costumbres de la cultura occidental que presume una superioridad en sus ideales de civilización; algunos actos bárbaros, por cierto, prevalecen en este siglo XXI. 

2

Ya en 1952 Ricardo Pozas, en su libro Juan Pérez Jolote, resultante de sus investigaciones en la zona Chamula, colindante con el Zinacantán estudiado por Laughlin, nos contaba la biografía de un hombre que tiene que realizar un viaje fuera de su comunidad y que es arrastrado por la vorágine del mundo occidentalizado internándose en un país extraño: México, el cual debería ser su país pero que lo hacía sentir extranjero en su propia tierra. Juan Pérez Jolote volvería a su paraje con experiencias que sonaban increíbles para su mundo y que percibidas en su visión eran dignas del libro que Ricardo Pozas nos brindó. 
         Pozas nos cuenta la visión religiosa de los tsotsiles. Es evidente la «herencia» y la inserción de la fe católica en sus ritos, los cuales, sin embargo, rescatan costumbres que, vistas desde aquella fe, lo acercarían al paganismo. La gran firmeza en sus creencias religiosas, modificadas y sincréticas, por otro lado, son aún defendidas con un celo severo, como el que les enseñaron los misioneros católicos. 

3

En 2010 se publicó un libro bilingüe: Los últimos dioses, de Marceal Méndez, un libro de cuentos que provienen de una tradición oral, aunque trasladados a la escritura con gran habilidad por su autor. Este libro abre con un cuento titulado «Un demonio invencible», que nos cuenta cómo las comunidades luchan contra demonios de carne y hueso quienes, aunque sufren los dolores y la muerte, saben revivir. Curiosamente, los demonios parecen ser la descripción de hombres afrodescendientes y aunque Marceal Méndez no lo aclara, puesto que no hace falta para que la historia funcione a nivel literario, deja pequeñas pistas sobre el origen de tales personajes. 
         España durante la conquista intentó implantar una «nueva» visión de la deidad: una religión monoteísta. Un solo Dios, pero también un sólo demonio. Al parecer, la evangelización nunca llegó a completarse y el santoral católico paso a ser el nuevo rostro de los dioses precolombinos, esto es muy sabido: «...los naturales no sólo continuaban practicando a escondidas sus ritos prehispánicos, en los bosques, en los cerros, las cuevas y los ríos, sino que también tenían una escandalosa facilidad para amalgamar creencias paganas” (Viqueira 190). Los conquistadores traían consigo espacios para los viejos dioses, pero también traían espacios para alojar nuevos seres demoniacos. La figura de Fray Bartolomé de las Casas es muy popular en aquella región, la ciudad de San Cristóbal de Las Casas lleva su apellido con orgullo. Fue un férreo defensor de los derechos indígenas, mas es muy cuestionada su labor histórica en la defensa de la población introducida desde África. Quede este comentario a modo de ilustración, fueron procesos complejos que tenían que ver con la economía mundial y la política que finalmente afectaron a las decisiones clericales. Este humanista no estuvo ajeno a ellas y tardó en notar que los esclavos africanos eran también humanos y tardó más aún en reconocerlo. Los indígenas, celosos seguidores de la nueva religión, aceptaron la «impureza espiritual» de los esclavos que llegaron a sustituirlos en muchas tareas. Es posible que varios esclavos africanos escaparan de las fincas esclavistas; el desconocimiento, aprovechado por los poderosos, y las supersticiones, crearon las leyendas de los demonios negros que asolaban la región. A eso me refiero cuando digo que la conquista llevó nuevos dioses y también creó nuevos demonios. Los esclavos fugados se reunían en «palenques» en medio de la espesura y para sobrevivir muchos tenían que salir de vez en cuando a realizar atracos y asaltos en los caminos. Varios de estos palenques se convirtieron más tarde en poblados que hoy han encontrado cabida y registro poblacional, pero muchos otros no prosperaron y sufrieron aniquilaciones o recapturas. 
          Fray Bartolomé vivía en otra época y no se le puede juzgar por las cuestiones que aún no estaban claras sobre la humanidad y los términos a usar, o las erróneas clasificaciones que llegaron a dividir al homo sapiens-sapiens en «razas». Quiero volver en este punto al libro que cité al inicio de esta comunicación: En la página 99, de Los viajeros al otro mundo (De la Torre), se encuentran con que llegan a un lugar donde «habitan los negros», los viajeros se sorprenden de que en el próspero y democrático país de los Estados Unidos de Norteamérica la comunidad afrodescendiente vivía separada de la comunidad blanca. Sin señalar ni acusar los viajeros se limitan a tomar nota en sus apuntes. Eran los años sesenta del siglo XX, la modernidad, el apogeo cultural y económico de occidente y su ciencia. ¿Se le puede justificar como a De Las Casas? 
          La literatura de Marceal Méndez recoge en ese pequeño cuento, de su fabuloso libro, el conflicto de la esclavitud africana en tierras conquistadas por Europa desde la perspectiva de población originaria, también sin señalar ni acusar –es lo grandioso de la buena literatura–. Nos muestra cómo, a pesar de la fe impuesta, los dioses y los demonios moraban en sus ritos manteniendo algunos rasgos precolombinos: su dualidad, por ejemplo, aunque subyugados ahora por el nuevo y celoso dios cristiano. 

Hubo un periodo político en México que se identificó como «El maximato». El presidente Plutarco Elías Calles, como “jefe máximo de la Revolución”, influenció desde 1924 hasta 1934, más allá de su periodo de gobierno. Durante esta época surgió la «Guerra Cristera» que se opuso a la campaña antirreligiosa en el occidente del país. Dicha campaña fue seguida por gobernantes de varios estados de la República Mexicana, uno de estos estados fue Tabasco donde la figura política replicante de las políticas federales fue Tomás Garrido Canabal, también recordado por su campaña antidogmática que fue materializada con la expulsión de ministros de culto, la toma de recintos religiosos y la quema de arte sacro y figuras de santos católicos. Tales eventos se expandieron por el norte del estado de Chiapas. En su segundo cuento, «El regreso de Santiago», Marceal Méndez nos narra sucesos que tienen que ver con este periodo, que se mezclan con la visión mítica indígena. Llama la atención que en el cuento se habla de Dios y de dioses, donde claramente la palabra Dios en singular se refiere al mito cristiano y en plural equivale a las deidades precolombinas quienes por su lado encontraron, lo mencioné arriba, un nombre sustituto en el santoral cristiano. Santiago es, en el cuento de Marceal, un dios que fue llevado a cuestas por quienes estaban destinados a encontrarlo (111), este santo, además, visitaba a sus homólogos “en forma de fuego y rayo” (108). Cuando fue atacado por los “quema santos” “...una luz circular se elevó fugazmente y pareció no haberse ido muy lejos, pero se esfumó al chocar con las nubes dando la impresión de que había entrado al cielo.” (108) Los había abandonado ese santo que llegó por algún designio y que era cercano, mucho más cercano que el «dios del sacerdote», puesto que «en vez de contemplar desde el infinito el sufrimiento humano, estaba entre ellos, yendo y viniendo como el aire, entrando y saliendo de sus “casas”.» (111) Ahora no tenían quién los comprendiera ni les hiciera sentirse acompañados. Antes del ataque de los quema-santos, el mismo Santiago había decidido hacerse inamovible, incrementando su peso, junto a la figura de un cristo que estaba en la iglesia. Cuando los quema-santos se hubieron marchado, los pobladores encontraron la figura del santo chamuscado, lo limpiaron y colocaron en un pedestal de cemento, pero ya ni siquiera pesaba, cual si fuera un cascarón vacío.

(Continúa en la siguiente entrega...)

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Trabajo en alturas. 15. El año de las tormentas II. Roger Octavio Gómez

El año de las tormentas II

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Reseña a La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit]

El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios


Mas las tormentas no se detienen porque un simple humano les ordene detenerse, menos las que son originadas por los torbellinos emocionales. Los recuerdos acuden una y otra vez. 

Hay una segunda entrega que escribe Manuel Pérez-Petit de El año de las tormentas. El segundo volumen se subtitula: La vida es el príncipe de los misterios. En la lid del volumen anterior, muchas figuras retóricas y poéticas sirven para ir describiendo las sensaciones que el personaje va percibiendo. La estructura se mantiene, hay un flujo de conciencia que coquetea con el juego poético y que se recrean con figuras del lenguaje, imágenes. 
	Ya en el volumen uno nos enterábamos del nombre de la mujer que evoca el personaje: Antea. Mas es en este volumen donde se despliega el significado real, por sobre las etimologías, de lo que ese nombre signifique. Antea es una de las ciudades ofrecidas por Agamenon a Aquiles, en la Iliada, también significa Flor y es, además, según nos dice el texto, una estrella, ¿se referirá a Astrea? Para el personaje de esta novela Antea es también una jitanjáfora que produce el ansia por expresar el arte en palabras y es la tortura. ¿Una musa? ¿Una maldición? Un amor que, gracias a que no fue culminado, persiste más vivo en la idealización que en la materia. 		
	“La vivencia del arte te lleva al corazón de las tinieblas”, dice Manuel Pérez-Petit a través de su personaje. Para acercarse al corazón de las tinieblas que explora esta novela hay que estar cerca de los linderos de la locura, pero con un pie algo plantado en la cordura. Antea es, en mi opinión, Dulcinea. Manué, el hombre con alma de poeta que se parece al Manuel de carne y hueso, es un quijote que se ha bebido muchos libros, películas y música; que arremete esgrimiendo citas, no contra gigantes sino contra eso que se llama vida, la que consume todo, para exponernos también su particular visión de lo que el arte y la lectura son cuando se tiene una musa con la que nos lleva a viajar en tren, o quizá sólo estemos viajando por un librero, pero vemos a través de sus ojos desde la Europa hasta el nuevo mundo que se le revela en la “piedra de sol“ en México, siempre acompañado de libros o de escenas entrañables del cinematógrafo que fungen como un Sancho Panza fragmentado.  
	Antea es también un fantasma que escucha atento en la charla insomne del poeta desvelado, del lector que cita versos en el aire, y es el crisol donde cada palabra es decodificada porque ese fantasma es el lector ideal que encuentra el camino hacia las más espesas tinieblas que moran en el alma de Manuel, ¿de cuál de los Manueles? Por momentos es difícil discriminar entre el personaje y el autor.
	Manuel abraza a su musa porque no puede arrancarla de sí mismo. Y si pudiera, se abalanzaría tras ella en el mismo momento en que retirada de él la sintiera. 
	Llega la aceptación. La reconciliación que le da la confesión. Redención, no en ella sino la del poeta en el mundo, con su Dios y con los Dioses de los otros, con la ambición de ser cura y con el mismo autor de la novela con quien comparte la afición por el Betis, por los comics, el Capitán Trueno, Astérix, Obélix y Moebius. El poeta sopesa la reconciliación con la naturaleza, como verdadero romántico, no ya con el romántico que mal entiende el amor cortés, sino con del Hombre contra lo inhóspito, que se pierde en los sublime, la búsqueda del monstruo ese que llena de oxígeno los pulmones, que se agita respirando la vida misteriosa que lucha en cada pulso por arrebatarnos el aliento.  


Roger Octavio Gómez Espinosa
Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.



[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
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Trabajo en alturas. 14. El año de las tormentas I. Roger Octavio Gómez

El año de las tormentas I

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Reseña a La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit]

1). La vida es sueño reza el título de una obra de don Pedro Calderón de la Barca estrenada, según los estudiosos, en el año 1635. 2). Por otro lado, es difícil establecer una época en la que El Tango naciera, pero es muy seguro que se gestara por ahí de la primera mitad del siglo XIX, dos siglos después de la obra de Calderón, en Sudamérica. Mestizo y apasionado el compás reconquistó después al viejo mundo. 3). Me intriga el título del libro de Manuel Pérez-Petit, largo, alejandrino si fuera un verso, que de entrada desata mi imaginación. 

Abro el libro y noto en primera instancia que no hay concesiones para el lector distraído, ni para nadadores de corto tramo, arranca con un largo monólogo dirigido a alguien. Nos deja respirar hasta después de 5 páginas. Largas brazadas, condición física exigida. A quién le habla este personaje, “¡Manué!”, quién es ese ser pirenaico de sonrisa pergeñada que le provoca tales recuerdos.  
	En la segunda inmersión me encuentro con que ese personaje me recuerda a mí mismo o, mejor dicho, al yo mismo que fui en mi juventud primera, cuando marcar desde un teléfono a la mujer que es lejana, por la distancia y por el olvido que esta le procura, provoca un amasijo de sensaciones indescriptible, pero que el autor describe bien; al joven que es capaz de dar saltos gimnásticos ante el sí de una mujer, al que le temblaban las piernas cuando descubría nuevos espacios en la esperanza de un amor y que era capaz de huir por ella hasta el mismísimo Paris, aunque los míos fueron lugares menos icónicos, igual me posiciono del recuerdo de la juventud aquella de cuando ya se usa una máquina de rasurar pero apenas se comienza a descubrir lo que significan las primeras ilusiones rotas.
	Voy en la página quince y los párrafos tan largos no son ya pruebas de fondo sino una cascada de palabras que me arrastra a la velocidad de ese joven que va al encuentro de su amada. Avanzo en la lectura sin más contratiempo que dejarme llevar por la corriente. Hasta un Paris que festeja su bicentenario, donde todos festejan menos ese personaje que platica lo vacuo y triste que es la Ciudad de las Luces cuando la soledad lo acompaña a uno, una soledad que no puede llenarse con la compañía de nadie más que de la mujer que está ausente y que se ha perdido.
	¿Pero qué se hace cuando se es joven y apenas comienza a conocer los vericuetos del desamor? Andar, vagar y seguir con la energía de esa preciosa edad y con la rebeldía contra las instituciones, contra las falsas revoluciones, contra los muros. Mas siempre con Ella en forma de un recuerdo. Manué nos lleva de viaje por la Europa de sus memorias, que ya tienen lagunas, y apenas vamos por la página veintitrés. 
	Nos expone la búsqueda de la normalidad que se espera de un hombre que escribe y que por eso quizá no pueda ser considerado “normal”, cómo los libros pasan de ser un regalo exótico, a ser considerados basura que luego pueda ser rescatada para adornar los libreros. Denuncia las lecturas que son confundidas o banalizadas. Lamenta que los resultados de la escritura, que puede ser para los que la practican una terrible droga que no puede ser dejada y que exige al artista ser escrita, es luego tratada como un simple pasatiempo de segunda. Esa escritura que invoca las sensaciones de la realidad y no la realidad misma, que trae las entrañas mismas de quien la escribe es para algunos sólo un amasijo de ideas sin sentido. 
	A la juventud sigue la madurez o la decadencia, depende quien la encare. Luego las profundidades del abismo y el ascenso. El hombre que se cree curado y que encuentra en la dureza de una máscara el paliativo que parece la panacea es luego destruido por la causante de los males. Sucede el reencuentro con “la ingrata” y el personaje se compara con el Rick de “Casablanca”, la icónica película de Michael Curtiz. El héroe adusto se derrumba ante un gesto de ella que aparece como si nada y pide una canción que revive el ardor en las cicatrices que se creían curadas. Lo vuelve un varón domado que baila al son de las notas de las que ella marca el ritmo, los encuentros y desencuentros. 
	Un tango, nos aclara el personaje, esta historia de encuentros y desencuentros se vuelve, en efecto, un tango acompasado que pudiera ser un sueño, el tango de una vida cantada en unas estrofas, la misma que es sueño en el título de la obra de Calderón de la Barca. Bien caben doscientos años en un instante y bien pudo Calderón de la Barca haber equiparado a la vida con un tango y es una lástima que éste no existiera en aquella época. La historia que nos presenta el autor Manuel Pérez-Petit cabe en el instante en que una voz revive el universo de un recuerdo que no quiere olvidar, aunque en su desesperación apele a los “brazos del olvido”.

                                  Roger Octavio Gómez Espinosa
                   Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.



[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas I. La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Las tormentas pasan, las pandemias también, pero a la ingrata aerolínea (que se quedó con mi dinero y mis ansias de mundo) no le importó aquello ni mis derecho de viajero por lo que no pude llegar al Viejo Mundo. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
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Trabajo en alturas. 13. Por qué leer. Roger Octavio Gómez

Por qué leer

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

El hombre no puede vivir sin una confianza

duradera en que hay algo indestructible en él…

Fran Kafka, «Aforismo 50»
Tengo claro que la pregunta, ¿por qué leer?, tiene una respuesta compleja que quizá yo no pueda alcanzar a cubrir dada la gama de senderos que se abren al indagar en ella, también tengo claro que no se debe tomar a la ligera y no debo dar por sentada ninguna de las respuestas que se hayan emitido al respecto. Son varias las veces que me la he cuestionado y hay muchos libros que plasman palabras que intentan responderla. Diría que las posibles soluciones deben estar ligadas con los orígenes del hombre que toma conciencia de sí mismo y de su entorno, que toma conciencia de que puede crear ficciones y de la posibilidad de trasmitirlas a sus semejantes, a los primeros hombres que pudieron “leer” las cosas que su ambiente les dictaba.
          En un artículo que publiqué a propósito del fomento a la lectura en las empresas, aseguré que leer no servía para aumentar las ventas ni para mejorar los indicadores claves de las organizaciones. Mis conclusiones llevaban a lo que recientemente leí en Volpi (2011) y que había leído en otros autores: que si bien la literatura no tiene una función utilitaria sí tiene una que trasciende lo inmediato: nos da tintes de humanidad. ¿El por qué debían fomentar la lectura en los miembros de las organizaciones?, sin llegar a lo sentimental es: por el aprecio sincero, y para brindar acceso a los empleados a un poder inmaterial. Curiosamente, quien no estuvo de acuerdo conmigo fue un escritor que defendía que leer si debe mejorar a las empresas ya que en su opinión mejora a los seres humanos y los hace concebir oportunidades para el “éxito” que no habrían notado sin la lectura. Si el éxito tuviera que ver con lo monetario: tampoco se requiere leer. Muchos de nuestros líderes son analfabetas funcionales y varios han demostrado no haber tocado ningún libro importante en sus carreras personales y, sin embargo, dirigen nuestros destinos.
          Ser analfabetas de la escritura occidental no significa, o no debería, dar un grado menos de humanidad ni tendríamos por qué unificarlos en nuestra idea de lo que éxito signifique. Aunque, como denuncia Héctor Cortés (2013) existe un analfabetismo funcional en estudiantes de nivel licenciatura y en algunos profesores universitarios, y como agregué antes, en muchos líderes económicos y políticos. Este analfabetismo consiste en saber interpretar la gramática, pero no saber rescatar los contenidos, es decir, no poder interpretar lo que los textos dicen y en no saber pensar para dar orden y coherencia a las ideas. Como apunta Daniel Cassany, “lo que importa en la lectura es la comprensión, el hecho de entender un significado particular.” (2019: 77) Quizá este pudiera ser una de las respuestas: leer sirve para aprender a entender significados y poder ser coherentes. Sospecho que hay más.
	Leer no nos hace ni peores ni mejores personas, se ha recalcado como idea en muchos autores. “No trates de mejorar a tu vecino ni a tu ciudad con lo que lees ni por el modo en que lees”, nos dice Harold Bloom (2000: 20) cuando nos habla sobre su propuesta de principios para renovar la manera en que se lee hoy. Dar como respuesta que la lectura puede ser un arma moral no creo que sea la adecuada. 
        Leer nos brinda un ejercicio mental formidable, es cierto, mas no es la única fuente de ejercicios mentales que existe, los satanizados videojuegos pueden dar un estímulo mental y de coordinación estupendo como también nos lo pudiera dar el escuchar música, otra de nuestras grandes manifestaciones, observar una escultura, ver un atardecer, meditar, socializar, hasta vivenciar inconscientemente los sueños mientras dormimos o vivir en un ambiente hostil. Lectura como ejercicio mental, esta respuesta tampoco debe satisfacernos.
        Si bien, como apunta Jorge Volpi, “Leer una novela es como habitar el mundo” (2011: 121), muchas de las grandes obras y mitos que trascendieron culturas fueron durante varias generaciones parte de tradiciones orales y fue mediante la palabra hablada y cantada que se mejoraron y nutrieron. Aunque le dio mayor capacidad de transferencia, sospecho que la palabra escrita las acotó. Hablo de obras como la Odisea, la Iliada y muchos de los mitos de nuestra vena griega, lo mismo sucedió con los mitos de las culturas prehispánicas que fueron trastocados por el cristianismo cuando fueron recopiladas o las canciones nativas de Australia, África, confines. Aún en nuestros días prevalecen culturas cuyos mitos son transferidos mediante palabras armadas a modo de canciones, no escritas. Si bien leer nos mete a la ficción y a nuevos mundos, no es necesario leer para ficcionar ni para entrar en los universos paralelos que nos brinda la creatividad. So pena de parecer aguafiestas, tenemos que seguir indagando en la pregunta.
         Leer nos trasciende más allá de lo inmediato, sí, pero menos acá de lo eterno. Veamos esta vía: Considero que la literatura será una de las piezas que dejaremos como civilización, así como los mayas nos dejaron su calendario solar y los hombres de la edad de piedra sus edificaciones que en un principio nos parecían burdas y más adelante caímos en la cuenta que revelaban un basto conocimiento astronómico y matemático. Tales expresiones nos sorprenden y causan admiración, sin embargo, son avances para los que no hubo continuidad y tuvimos que redescubrir lo que ya antes había sido expresado. Hay verdaderas muestras de arte en muchas cavernas de artistas neolíticos cuyos nombres se perdieron en el anonimato, cuántos “leyeron” sus pinturas, cuántos hablaron de lo especiales que eran estos individuos en cuya cultura quizá no leían como nosotros concebimos la lectura, aunque a su manera, lo hacían. Sus expresiones humanas generaron una luz de la que ni sus creadores fueron consientes, como hoy iluminan las nuestras, mas tal luz fue sepultada por el fin de aquellas civilizaciones que tan luminosas resultaron que en nuestra era, a pesar del peso de las centurias, nos deslumbran. ¿Pensaron nuestros ancestros se perderían sus formas de vida? 
	
Es duro aceptar que somos seres provisionales, sin una morada segura, errantes y solitarios en un universo silencioso. Siguiendo a Blaise Pascal, (Cit. En Buber, 1949: 31) “le silence éterned de ces espaces infinis méffraie.” (“El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”). Ante lo infinitamente grande que es el universo en que caemos se contrapone lo infinitamente pequeño de nuestro mundo y nuestra existencia, tan efímera. A pesar de eso generamos expresiones, tanto individuales como colectivas y no paramos de hacerlo. Inventamos, creamos, imaginamos, escribimos, leemos, observamos, nos preguntamos. 
         Por un lado, somos individuos que vivimos en colectividad —que no quiero llamar sociedad porque contaminaría nuestra relación universal entre las culturas que se han manifestado— en la que se establecen lazos entre sí, por otro somos la colectividad misma. Como si de células neuronales se tratara, cada miembro genera acciones que de alguna manera se trasmiten para generar aquello que llamamos humanidad. “El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre” (Buber, 1949: 146). Octavio Paz, en su "Piedra de sol", nos dice: “Para que pueda ser, he de ser otro,/ salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo...” (cit. en Volpi 2011: epígrafe). No quiero entrar en temas antropológicos, me voy a lo intuitivo e intuyo que la lecto-escritura es una de muchas vías de comunicación que el ser-humanidad tiene para comportarse como un ente con rasgos propios a partir de muchas individualidades. El lenguaje, la tecnología, el arte, el conocimiento, las religiones, la destrucción de ecosistemas, la contaminación, las guerras, las bombas de destrucción masiva. Invenciones y acciones tan humanas todas, nos dan un rostro de conjunto: sublime, a veces; monstruoso, también.  
         Calvino (2020:20), en su ensayo Por qué leer a los clásicos clarifica el asunto de la razón para leer (a los clásicos) con dos ideas que en apariencia se oponen: 1)”...los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado...”, y más adelante, apenas un párrafo después: 2) “...no se crea que los clásicos se han de leer porque <<sirven>> para algo...”, se puede no hacerlo, pero leer es mejor que no leer. Y cierra citando a Cioran con un bello pasaje sobre Sócrates aprendiendo un aria para flauta justo antes de beber la cicuta; ¿para qué aprender a tocar un aria para flauta si pronto se cumpliría su condena de muerte? “Para saberla antes de morir” (20). Y con eso me quedo y concluyo:
         Leer no es un ejercicio para que viva la industria editorial, los escritores o las universidades que portan algo del conocimiento humano, ni para unificar el comportamiento de los hombres en clasificaciones simplistas: bueno, malo; no es para estimular nuestras mentes puesto que nuestras mentes se auto-estimulan, tampoco es para hacer trascendental nuestro existir ya que nuestras palabras resuenan en “Nosotros” y nadie más que “Nosotros” las comprende. La literatura y nuestras manifestaciones son quizá el trozo de piel con que el que en nuestra indigencia nos cubrimos del frío, y es también un blasón que nos brinda una actitud estoica, nos mantiene retadores y unidos, aunque cada cual navegue en su solitaria individualidad. Al leer las obras que han superado los muchos años de nuestra breve existencia, como civilización, mantenemos una llama luminosa que dice al callado universo, portador de nuestra cicuta: somos pequeños, sí, y grandiosos.

Referencias bibliográficas y recomendaciones para leer:

Argüelles, Juan Domingo. (2007). ¿Qué leen los que no leen?: El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. 2a ed. Barcelona, España. Ed. Croma-Paidós.

Cassany, Daniel. (2019) Laboratorio lector. Para entender la lectura. Barcelona, España. Ed. Anagrama.

Bloom, Harold. (2000). Cómo leer y por qué. Trad. Cohen, Marcelo. Barcelona, España. Ed. Quinteto.

Buber, Martín. (1949). Qué es el hombre. Trad. Eugenio Ímaz. México: FCE.

Calvino, Ítalo. Por qué leer los clásicos. Editorial Ciruela. Consultado el 5 de febrero de 2020 en: https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44973

Cortés Mandujano, Héctor. (2013). "Casa de citas 133, Leer: ese tormento, ese placer". Diario digital Chiapas paralelo, 10 de septiembre de 2013. En https://www.chiapasparalelo.com, consultado el 28 de enero de 2020.

Volpi, Jorge. (2011). Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción.  Adaptado por Celia Corral Cañas. Madrid, España. Alfaguara. Consultado el 5 de febrero de 2020 en:
 https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44974

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Trabajo en alturas. 12. La esfera-universo de Atxaga. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (3)
La esfera-universo de Atxaga

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Decíamos en el artículo anterior que el cuento puede dejar en la mente una  una imagen que puede visualizarse y que rememora la totalidad del cuento, pero también lo que lo trasciende y que dicha impresión era similar a la que deja la fotografía al capturar un "momento justo". Pero hay más analogías que pueden ayudar al lector interesado en los cuentos a recrear acercamientos intuitivos a la lectura. Veamos el de la esfera-universo:


La esfera-universo en Atxaga
Cuando se habla de la esfericidad de un cuento imagino una de esas esferas con agua que venden actualmente en las tiendas de baratijas traídas de China pero que al parecer tuvieron una gran tradición en los países occidentales. Dentro hay figuritas de plástico que recuerdan algún motivo o escena, generalmente navideña, que vive una tormenta blanca cada que se les agita. Los elementos están ahí, estáticos, y lo que se agrega es la imaginación del espectador y el movimiento que revive una tormenta invernal. Las hay ya con muchas variantes, algunas tienen música, otras luces, pero son entes cerrados, si se les quiere agregar algo habría que abrirlas y eso las pone en el alto riesgo de ser destruidas sin remedio.
          Bernardo Atxaga en su cuento “Saldría a pasear todas las noches” reúne lo que a mí me parece una esfera de cristal del tipo de las que intenté describir arriba, pero percibidas desde el punto de vista de dos protagonistas: Katharina y Marie. Dos agitaciones a la esfera. Hay dos historias separadas, que suceden en un mismo universo narrativo donde se unen por una serie de vasos comunicantes, algunos nítidos otros velados: dos mujeres, una niña y una adulta, cada quien en su propia trama tienen razones para no salir de casa por las noches; un tren que atraviesa la ciudad provoca evocaciones de distinta índole a las protagonistas; el recuerdo de un traslado de caballos hacia un puerto que los llevará a América donde, quizá, sean consumidos como carne; la pérdida de algo, una de un amor que no la busca más, otra de un viejo rocín que tampoco volverá. Son los vasos comunicantes que menciono los que hacen que esta historia cumpla con la unidad narrativa y con las otras condiciones que nos sugiere Cortázar, un asalto de box contado dos veces, una fotografía vista desde dos ángulos distintos.
         Mi maestro, Héctor Cortés Mandujano, defiende la idea de el "cuento-artefacto". Un artefacto no debe conterner elementos de más porque cualquier agregado estorba. Y esta idea se puede aplicar a casi cualquier elemento de la vida cotidiana. Si a un martillo se le agrega ornamentos o garigoleos estrafalarios, será un martillo adornado, mas el aderezo no necesariamente ayudará que el artefacto cumpla su función primaria: martillar; incluso puede estorbarlo. Como la esfericidad que veíamos en Axtaga: ninguna molécula de ese cuento está fuera de sus límites, lo único que la trasciende es la imaginación del lector que puede agitar una y otra vez la esfera que se excitará dando una impresión mimética de vida pero que no dejará salir ni una gota, ni una molécula, a menos que se rompa y se dañe irremediablemente. Un buen cuento lo es en su simplicidad y, así, soporta el paso del tiempo y a los críticos más extraviados.

Conclusiones
Si lo que interpreté de alguna lecturas, de mi somera experiencia y de mis recuerdos sobre mis “filandones” de velorio es medianamente acertado, concluyo que para que se pueda brindar la intensidad, tensión y significados necesarios a la narración oral, que en más de una ocasión llega a concretarse en grandes cuentos orales, se requiere de una habilidad especial por parte de su narrador quien se manifiesta por una pulsión vocacional, pero también por la práctica que le da el seguir tales impulsos. De igual manera para que el cuento literario escrito logre el estilo necesario y suficiente requiere del talento de su autor, pero también de habilidades que se obtienen con la práctica y la lectura de los otros. 
          Quizá no haya leyes para la construcción de un cuento, pero sí hay felices coincidencias o esquemas que se repiten en las obras consagradas, cada cual con sus variantes. Esto hace posible enseñar, como lo hacen muchos conocedores del oficio, como Julio Cortázar, y aprender de tales enseñanzas, como intentamos hacerlo nosotros los lectores que queremos indagar en la escritura creativa para acercarnos, un poco cada vez, a los grandes exponentes de los géneros narrativos breves. 
          Una manida frase atribuida al budismo zen dice que cuando el alumno está listo aparece el maestro. Mientras éste llega, hay tanto por leer, tanto por indagar, tanto por des-aprender. 
          No sé si esté a la altura de los excelentes maestros con los que me encontrado durante mi vida. Seguro sí estoy de que siempre agradezco enormemente que me hayan compartido mapas de los senderos que, para sus alumnos, listos o no, han trazado. 

Bibliografía
Anderson Imbert, Enrique. “Cuentos realistas y no realistas” en Teoría y técnica del cuento, pp. 166-178, 4ª edición. Material proporcionado para fines didácticos, consultado el 24 de septiembre de 2020. Ed. Ariel letras.

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Cortés Mandujano, Héctor (2009). Apuntes genéricos sobre el cuento. México: UNICACH.

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). El filandón. [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Merino, José María (2015). Cuentos del reino secreto. Barcelona: Alfaguara.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.
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Trabajo en alturas. 11. La composición fotográfica en Villa-Matas. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (3)
La composición fotográfica en Villa-Matas

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

En el articulo de la semana pasada hablábamos de que el cuento, según una analogía de Cortázar es un elemento que debe vencer por knockout, pero también un artilugio que se puede comparar a una fotografía, diferente a la novela que sería una película. Veamos si puedo aclararlo:

La composición fotográfica en Villa-Matas
En «La hora de los cansados», Enrique Villa-Matas nos presenta a un narrador testigo que se detiene a contemplar a los pasajeros que llenan de súbito los andenes de una estación de metro. Por una manía de cuentista, se interesa por la vida de los otros, es una especie de vouyerista de las actitudes mundanas. Ve a un viejo que carga un maletín pesado. Lo sigue. A pesar de su aparente edad, sin embargo, el viejo se mueve con agilidad. El viejo a su vez parece seguir a un hombre de color que se ha detenido a comprar un objeto religioso.  La cadena de persecución continúa hasta la catedral y en el camino nos vamos enterando de las líneas argumentativas que el personaje se va planteando, como la de que el viejo quizá traiga una bomba. El hombre pierde a su perseguido y se ve de pronto persiguiendo al «negro».  Abandona la empresa. Mas nos enteramos de que ahora el perseguido es él. El hombre de color lo persigue y lo alcanza. El protagonista se ve en la necesidad de contar sobre su actividad de cuentista. El afrodescendiente que en un principio parece agresivo resulta ser un hombre tranquilo y hasta bondadoso. Un estallido los sorprende. El viejo quizá sí traía una bomba. 
	Si buscáramos aplicar la idea de la fotografía en este cuento en un principio pensaríamos que estamos ante muchas imágenes. Sin embargo, pensemos en estas como parte de lo que los fotógrafos llaman «la composición». 
	Cuando se habla de la composición de una imagen se refiere a los elementos que se encuadran en una toma. A los elementos que quedan capturados. Pensemos pues en los acontecimientos narrados como elementos. El metro, la hora en que ocurre, la persecución triple en círculo, la catedral y la explosión final. Los elementos capturados, sin embargo, apelan y señalan hacia un elemento principal que llama la atención, interior: el motivo, que a su vez apela hacia algo que lo trasciende. Qué tan trascendental sea ese motivo y que tan bello sea el conjunto de elementos depende de la habilidad del fotógrafo o, en este caso, del cuentista. 
        Queda, pues, impresa una imagen que puede visualizarse y que rememora la totalidad del cuento, pero también lo que lo trasciende.


[En la próxima entrega, si sigues interesado, amable lector, usaremos la analogía del cuento como esfera de nieve]



Referencias:

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.


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Trabajo en alturas. 10. Cortázar, el réferi. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (2)
Cortázar, el réferi

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

"Decíamos ayer..." que el cuentero oral usaba una especie de cuerda-guía para salir avante del laberinto que suponía su auditorio, sin embargo, con el escritor de cuentos tal sedal quizá no sea tan palpable y quizá por eso hay, habemos, tantos cuentistas perdidos. ¿Cómo puede, según expertos, controlar, pues, un escritor el efecto de un cuento en sus lectores? 

Cortázar, el réferi
No hay leyes para escribir un cuento, dice Julio Cortázar en «Algunos aspectos del cuento» (1971). Sin embargo, la experiencia del autor y su conocimiento sobre literatura le permiten indagar en este tipo de narración, dar una opinión de experto y proponer conceptos muy válidos, no sólo para su escritura sino también para su estudio.
	Para Cortázar no basta escribir llanamente sobre algún tema que haya conmovido al prospecto a «buen cuentista» pues esto no garantiza que a su vez los lectores se conmoverán. «No bastan las buenas intenciones», se debe desarrollar un oficio de escritor que sea capaz de «secuestrar momentáneamente al lector», quizá como secuestraba mi atención el cuentero oral. Esto se logra «mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión», y se deben subrayar estos dos últimos términos ya que serían los elementos, además de la significación que se manifieste, los que puedan convertir el texto en un medio que implique una visualización que trascienda la lectura, que logre transferir al lector el universo creado. No es algo sencillo de lograr, aunque Cortázar los explique con sencillez. 
	Hay que recordar que estamos hablando de cuento y que este se distingue de otras formas de narración. Al respecto Velasco (2020) rescata de Cortázar en una serie de viñetas lo siguiente: La brevedad, unidad, esfericidad, ritmo, intensidad y una temática significativa y objetivada –hecha objeto y exorcizada en la escritura.
	Por otro lado, algo que a mí me gusta reseñar sobre de la visión cortazariana del cuento es su alusión a la música, en particular el jazz; al boxeo y la fotografía. Musicalidad con armonías inesperadas, un asalto ganado por knockout y una composición que trasciende las imágenes que ha capturado. Esto último contrapuesto a la novela que sería una sinfonía larga, que gana por decisión técnica o por puntos después de 12 rounds y que consistiría en un entramado de imágenes, como el del cine, que acumula impresiones en el espectador.  
	Aunque Cortázar parece ser claro, sin embargo, interpretarlo puede dar pie a múltiples sentidos que trataré de acotar. 
        Por un lado, considero que la musicalidad de la obra, que en Cortázar se refiere al ejercicio que caracteriza al jazz donde una melodía inesperada puede surgir y dar un mejor matiz a lo que se escucha, brinda también una “personalidad” única a la obra, que también puede ser un identificador del estilo del autor. Sin embargo, esto no es privativo del cuento. En poesía y también en novela, hay un ritmo y acordes que se mueven y emanan para generar algo que puede ser un símil de lo que en Física se conocen como armónicos, múltiplos de las ondas de frecuencia fundamentales, que en acústica pudieran representar un elemento que genere placer auditivo. Es decir, la semejanza de lo musical no es privativo del cuento.
          Nos queda el tema del boxeo y la fotografía. 

Manuel Rivas a combate
¿A qué se refiere Julio Cortázar cuando habla de que el cuento vence por knockout? 
         Se trata de un combate que se da entre el lector y el texto.  Conciba el lector una contienda cuasi musical, jazzista, para salvar la violencia que se pueda percibir cuando se habla de box. Se refiere a que desde el inicio el cuento, debido a que se desarrollará en un espacio breve, no se permite acumular elementos gratuitos, antes bien, busca la efectividad que lo lleve pronto a una resolución exitosa, dar un golpe certero que deje al lector en la lona de los significados. 
          Por ejemplo, en el cuento “La lengua de las mariposas” Manuel Rivas nos introduce en la clase escolar de un niño al que nombran, ya cariñosamente, Gorrión. Ambientado en una época en la que se espera que la escuela sea un lugar de tortura vengativa en la que los padres meten a los niños. Sin embargo, aparece la figura de un maestro apasionado que más que enseñar contagia su sabiduría. Se percibe que hay condiciones externas, quizá políticas, que provocan una polarización que llega a notarse en las discusiones de los adultos. Clero contra laicismo; derecha contra izquierda. El padre del protagonista, quien parece ser de tendencias de izquierda, regala al maestro un traje. La madre, de derecha, invita cenas al maestro. Gorrión lo admira y se maravilla de cómo ha logrado absorber conocimiento y de un placer, digamos que espiritual, que le provoca llenar su curiosidad con verdades que existen y que va descubriendo en el aprendizaje. Parece un cuento inofensivo. Llega la guardia civil, el miedo. Detienen al profesor por ser sospechoso de lo que sea. Nadie es capaz de defenderlo. Antes bien, fingen odiarlo, actúan como que lo repelen. Se meten tanto en su papel que lo fingido va mas allá y gritan «contras», lanzan injurias. Gorrión se reconoce como parte del grupo de niños que corren lanzando insultos contra el maestro que va detenido en una comitiva represora que vino para llevárselo preso. Caigo aniquilado. En la lona no me queda más que visualizar cómo se eleva el vocerío de algo que trasciende al combate. No necesitan decirme que esto es quizá una denuncia a una guerra civil, al fratricidio, a la división que se produce entre hermanos por un miedo que es superior a la civilidad puesto que se está ante fuerzas injustas que apelan, para ser más fuerte, precisamente a eso, al miedo. Siento el miedo, la injusticia y también la impotencia de Gorrión ante eso que le quita al maestro guía, porque el cuento, en un buen sentido, me ha noqueado. 
	El golpe que me «derribó», cabe mencionarlo, surgió como una nota imprevista que brotó entre los acordes de un tema que la requería.  Esto es el knockout del que habla Cortázar y me tomó por sorpresa cuando mis defensas estaban abajo.

[El tema del cuento como fotografía: Ojalá podamos discutirlo en la próxima entrega...]


Referencias:

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.


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Trabajo en alturas. 9. Los hijos del fraile y el filandón. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (1)

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Parte de mi familia proviene de una región del sur de México a donde llegaron legiones de frailes católicos, tantos que hoy se sigue conociendo a esa zona como La Frailesca. Es muy probable que entre mis genes haya el de algún religioso que olvidó, no sería la primera vez, su voto de castidad. En esta zona el lenguaje está tapizado con palabras de un español tan antiguo que ya no existe ni en los diccionarios, incluso hay quienes han querido catalogarlo como un dialecto derivado del castellano. No creo que sea para tanto, es sólo que la incomunicación y lo remoto de aquellos parajes crearon una burbuja que conservaron costumbres y palabras que se mezclaron con las nativas hasta que la modernidad nos alcanzó de nuevo para hacernos notar que el español "culto" estaba ya en desuso. 
       Dialecto o no, a donde quiero llegar es que entre mis mejores recuerdos tengo la imagen de mujeres y hombres ancianos con grandes habilidades de narradores contando historias a los que se disponían a escucharlas. 

En la película «El filandón» de José María Martín Sarmiento (1984), cinco escritores son convocados para acudir a una ermita a narrar ante la imagen sacra de un mártir santificado llamado Pelayo, quien protege a los pobladores de posibles peligros a cambio de escuchar, precisamente, cinco relatos. Los escritores aceptan encantados. Cuentan cuatro cuentos fantásticos y un poema. Reviven una tradición llamada filandón que consiste, más o menos, en reunirse por la noche para contar cuentos y leyendas. La misma historia que rodea las causas de santificación de Pelayo es en sí digno de un cuento y las forma en que el santo pide que le cuenten historias también: cada que un peligro asola a la comarca el río Boeza se tiñe de rojo y la campana de la ermita suena. 
            
Los velorios de mi infancia era muy enriquecedores ya que ciertos personajes solían relatar cuentos y leyendas que aún platico, sin la gracia ni el histrionismo que merece, a mis hijos. La modernidad, por otro lado, ha provocado que ya no tenga mucho sentido morirse puesto que en los velorios actuales ya no hay quienes narren como los viejos cuenteros a quienes también fuimos velando uno a uno. En el último sepelio al que acudí noté muchas cabezas agachadas, ya no por tristeza, sino por observar sus teléfonos celulares los cuales han sustituido a los narradores orales de largo aliento. 
          En la actualidad hay un movimientos que pretende revivir la costumbre del filandón en España y hubo en algún momento un movimiento en el sur de México que pretendía algo similar. Aunque la cultura oral está presente en muchas regiones del mundo, considero que es difícil evitar su extinción. Poco a poco fuimos olvidamos las fogatas y los motivos que se fueron con los viejos narradores y narradoras que alimentaron el imaginario de muchos de ustedes, estimados lectores, quienes tuvieron la fortuna de conocer a uno de esos cuenta-cuentos.

Lo cierto es que la atracción que causaba el narrador de historias y el disfrute que generaba en sus oyentes debería tener algo más que sólo palabras y anécdotas. ¿Habría implícita alguna «técnica» ancestral para esas narraciones orales? Si existía, el cuentero la ejercía sin percatarse de esta, siguiendo una intuición que era un poco guiada por su ingenio y otro por el ánimo del auditorio, un poco por el valor y la confianza que iba tomando conforme la historia iba cautivando o, simplemente, la autoridad que le daban las canas y la experiencia. 
          En la literatura escrita, por otro lado, el sedal aquel que usaba el cuentero oral para librar los vericuetos de su auditorio es menos palpable, menos seguro, puesto que no hay un auditorio, si acaso hay un «lector ideal». ¿Cómo puede controlar, pues, un escritor el efecto de un cuento en sus lectores? Espero poder indagar sobre el tema en la próxima entrega...

Referencias:
Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.


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Trabajo en alturas. 8. Las formas de la nube en el desierto. Roger Octavio Gómez

Las formas de la nube en el desierto
Literatura de no-ficción

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…Cada arabesco del caleidoscopio.

Cada remordimiento y cada lágrima.

Se precisaron todas esas cosas

para que nuestras manos se encontraran.

Jorge Luis Borges, en «Las causas»
Primero fue caos, luego calor, polvo sobre polvo hasta volverme roca. El agua, los vientos, la mar agitada. Cataclismos interminables, y yo vuelto polvo de nuevo. Playas. Entonces la vida latiendo y la muerte. Incontables días y noches. Tanto tiempo como granos de mi materia en el lecho marino que me albergaba. La tierra crujiendo y creando montañas. De la mar al continente. Cada ser que se posó sobre mí y mis infinitas hermanas parecía inmortal y vivía como si la muerte no existiera. Hasta que la muerte reclamaba su turno y volvían a nosotros hasta volverse polvo, otra vez.  
	Entonces llegaron ellos. Hombres se hicieron llamar. Seres increíbles, fabulosos, semidioses pensé, hasta notar que superaban en estupidez a todos los seres que los antecedieron. Amansadores de la noche, pretendían deslumbrar al mismo sol. Inquietos, impacientes, seres que parecían no percibir que su paso era efímero, ni el abismo en el que el universo entero caía. Se inventaron dioses y orígenes para apaciguar sus temores, poblaron la tierra y en honor a sus dioses y orígenes se empeñaron en acelerar su paso por la vida. 

Decían los hombres que en la luna llegan a parar los objetos perdidos. Cuando pasó aquello pensé que estaba, por fin, perdida. Esto no es la luna, me dije. Estoy extraviada y no parece ser lo mejor que me haya pasado. Sucede que no tengo posibilidades de controlar eso que llaman destino, fui hecha para una función única y mi función, por supuesto, no era la de perderme. Por eso me alegré cuando surqué los aires y me sentí libre de los hombres que me habían colocado en aquel artefacto con el que detonaron la pólvora que me arrojó al aire. 

Fueron los hombres los que me fundieron en fuego, porque aprendieron a controlarlo. Aprendían tanto y tan poco a la vez. Entonces conocí la quietud, una quietud inaudita. Me volvieron vidrio templado. Magnifico, transparente, irrompible decían. 

No puedo decir que sintiera, no, pero hay algo análogo a eso: percibía. Una comunión, una conexión, quizá al grado del misticismo, con otros de mi dominio, taxonómicamente hablando. Ni siquiera de mi clase, sino en el grado más amplio. Podía percibir, por ejemplo, las vibraciones de un piano en las antípodas de mi posición, que tampoco era la luna. Y también al grano de arena que flotaba en el viento jugando a ser nube en el desierto y a los que conformaban al cristal que, sobre mí, preguntaba.

A ella la conocí cuando me llevaron a las salas de aquel castillo. Oscura y silenciosa, posada en una tela de seda blanca, emanaba una tristeza profunda. No es que habláramos como lo hacían las criaturas humanas, no podemos hacerlo de esa manera. Emanábamos sentidos, significados, energía, quizá, al ritmo de nuestras partículas; no podría explicarlo en el limitado lenguaje de los hombres. Y yo preguntaba: ¿qué eres? De seguro algún artefacto humano, pero: ¿con qué sentido te construyeron así? Y ella, respondía: tristeza.

Por entonces yo estaba en un lugar luminoso, sobre un cojín forrado de seda, protegida por un cristal que preguntaba, preguntaba mientras me observaba como lo hacían los curiosos que acudían a verme. 

Era una roca afilada de plomo, simple y de apariencia inofensiva, no parecía tampoco eso que ellos llamaban obra de arte. La curiosidad con que la observaban los visitantes me hacía percibir que no era un objeto cualquiera. Algo debía trasmitirles que yo no entendía. Traslúcido como entonces era, permitía el paso de la luz y de las miradas de los curiosos que llegaban a aquel lugar llamado Museo a la Memoria.
 	 
Soy una bala, dicen ellos, respondí al cristal un día. Estos seres que en la mentira fundan su razón de ser dicen que soy  la bala que comenzó una gran guerra. No fui yo, no lo fui. Fueron ellos, ellos que amaban matar. Ellos que me convirtieron en piedra arrojadiza para matar. Matar. Matar. Qué palabra era esa. No conocía la vida y, sin embargo, sabía que matar sin razones era, ¿o es?, una tontería. Tontos quienes me arrojaron sobre aquel hombre del que conocí sus entrañas y del que percibí su miedo y del que noté cómo cada una de sus animadas células se apagaba. Ese amasijo de agua y carbono animado se volvía inerte, como yo. Por la herida se le escapaba el aire y, con él, su vida. Tontos también quienes crearon más balas para matar a más hombres, mujeres, niños, animales, bosques, paz. Quienes crearon la venganza. Tontos quienes hicieron de mí un objeto de adoración y no uno de advertencia.

Ellos hablaban, inventaron lenguajes y concibieron ideas magníficas para tratar de preservar un legado a sus generaciones futuras. ¿Habrá quien entienda por qué digo que son estúpidos? “Generaciones futuras”, como si creyeran que fueran a existir por siempre. Bueno, a lo mejor en verdad, a costa de autosugestión, lo creían. Lo cierto es que eran diferentes, tenían fantasías con el futuro, cosa que sus ancestros desconocían, pero sus miras eran muy cortas.
“Esto que se ve tras este cristal blindado”, decían, “es la bala que comenzó la primera guerra mundial”. 

La muerte era tan simple, tan callada, tan silenciosa ¿porque la amaban si también la temían? Incluso, la negaban. Pero, ¿acaso yo era muerte? Quizá la guadaña de una muerte artificial. Porque pretendían también prevalecer por lo artificial. Sabores, aromas, colores, hasta felicidad; artificios cada uno. Incluso fantaseaban con vidas artificiales. Las guerras, otro invento sin sentido como tantas cosas que hacían, les causaba ambivalencias hipócritas, por un lado se declaraban arrepentidos de sus guerras y catástrofes infligidas contra sí mismos, pero por otro sentían orgullo y hacían lo posible por repetirlas.
 
Saber aquello me hizo entender la tristeza que emanaba mi oscura compañera. Millones se habían inmolado. Porque había habido una primera guerra mundial pero también una segunda y no se detuvieron ahí. Entre iguales se despedazaban. Y tampoco, se detuvieron ahí. Amenazaban con auto-aniquilarse. Y, por supuesto, no se detuvieron ahí.
En mis arenas vueltas cristal habían partículas elementales de los seres que por acá habían pasado, cierto, pero cuánto aspiraba entonces lograr que uno sólo de mis átomos conocieran el ánima que se movía en los seres vivientes. Me parecía tan bello percibir que existían los florecimientos que no entendía por qué ellos se empeñaban en regresar tan pronto a la muerte.

El vidrio pregunta. Pregunto. El vidrio insiste. ¿Es un piano lo que en algún lugar cae al vacío? Sus cuerdas suenan por vez última mezcladas con el ulular de muchas sirenas. Sirenas de miedo. Llanto. Han revivido sus viejas rencillas. Nunca las han olvidado. Qué inventarán los hombres para justificar estas nuevas matanzas. Dirán que otra bala perdida. Esta vez parece ser más terrible. Resplandores intensos iluminan los cielos. Opacan al sol. Cada molécula mía se separa. Salta la bala desde el cojín de seda que se incendia en un instante. Vuelo en pedazos, como él que era cristal “irrompible”. Fuego, luego caos, entonces calor, tanto que plomo y cristal nos fundimos en una sola roca. Silencio… Silencio… Ya no hay días. Vuelve el rumor de los vientos, la mar agitada. Ella y yo vueltos polvo de nuevo. Infinitos días. Incontables como las arenas en las que reposan nuestras partículas… Nos hemos vuelto sólida roca, de nuevo… Algo se posa sobre mí… sobre nosotros…  pulsiones, por fin… vida. Una que nunca sabrá que alguna vez hubo días, generaciones, ponientes o causas.
Fotografía: Juventino Sánchez

Trabajo en alturas. 7. Un faro en el mar de las letras. Roger Octavio Gómez

Un faro en el mar de las letras

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

En Viaje al centro de la fábula, Augusto Monterroso indica qué “Ningún autor serio cree en la crítica, a menos que esta sea elogiosa para él o contraria para sus colegas.” (159)  La crítica va dirigida a un público lector, o debería, y no al autor, aunque sea el aludido. Para este pequeño ensayo dejaremos de lado al autor, en la isla de los emisores.
	Eduardo Galeano cita en muchas ocasiones a Fernando Birri sobre una frase que le escuchó en una charla que ambos daban en la universidad de Cartagena de Indias, Colombia. Alguien del público preguntó: ¿para qué sirve la utopía? Birri planteó que la utopía jamás la podría alcanzar, puesto que estaba en el horizonte, si caminaba hacia ella esta se alejaba, “¿para qué sirve? Para eso, para caminar” (cito de la memoria). ¿Es posible que existan en el horizonte lectores y críticos ideales? Pienso que sí, utópicos, necesarios para que mi pequeño ensayo pueda avanzar por sobre los prejuicios y las muchas opiniones sobre la crítica literaria y la lectura.
	En primer lugar, nuestro lector utópico será uno que busque más allá del mero entretenimiento o de la búsqueda de su uso educativo formal –aclaro que no estoy en contra de la función lúdica de la lectura ni de su escolarización¬–, tampoco uno que busque un uso específico a la lectura, es decir, requerimos un lector que supere lo meramente utilitario y vea lo que apunta Juan Domingo Argüelles (2003): el poder inmaterial de la literatura. Harold Bloom, en ¿Cómo leer y por qué? Nos habla también de ese lector que no trata de cambiar a su vecino por lo que lee, sino que busca una suerte iluminación interna, individual, no una ética de la lectura (17-27). Filipo La Porta (2018) parafrasea a Lévi-Strauss al referirse al mundo globalizado del cual, dice, ha desaparecido “la otredad”, pero, donde la experiencia sigue siendo individual; en opinión de este crítico, el acto de leer debe ir más allá del mero entretenimiento, es un acto trascendental relacionado con el entendimiento de la vida.
	Para un lector así, un individuo que trasciende lo material en la lectura, necesitamos un crítico ¬–nuestro crítico– que adquiera una responsabilidad más que alta, ya no se trata sólo seleccionar textos y comentarlos, tampoco cabrían ya aquellas distinciones como la que da Ediciones El País, en “La lección”, entre la crítica erudita y la periodística. José Agustín Goytisolo compara al crítico literario con un catador, un experto que “distingue y explica al público las diferencias, las calidades y los sabores...” quien no es un homologador, cuantificador, ni un clasificador (105).  Volviendo a La Porta (2018), indica que aspira una crítica que permita, por medio del entendimiento de la literatura, entender la vida, y agrega, en la lid de Goytisolo, que la función de la crítica “no es la de valorar, sino la de poner en claro.” Por mi parte, considero que la crítica a cualquier arte, cuando se realiza a contemporáneos es efímera, que no trascenderá puesto que en la prontitud de la ejecución no tiene oportunidad de distanciarse en el tiempo futuro, por lo que no sabrá, el crítico, lector ni autor, si la obra objeto trascenderá hasta convertirse en un clásico que sobreviva a su época y mucho menos si su opinión se sostendrá en la posteridad. Así es la vida, ¿no? Efímera. Sin embargo, buscamos que nuestras acciones trasciendan, aunque nunca lleguemos a saber cuánto, si mucho o poco, se debe siempre suponer que mucho o mejor hacer nada.
	 Cuando habla de la responsabilidad del artista, Andrei Tarkovsky menciona la libertad, “la libertad de ofrecerse en sacrificio, de darse a sí mismo a su época y a su sociedad” (208). Resulta que no podemos liberarnos de nuestro contexto, de nuestro tiempo, de nuestro Hoy. Este director agrega lo que antes defendíamos: “Nunca se debe plantear al arte tareas utilitaristas o pragmáticas”. De nuevo cito a quienes están contra el utilitarismo.
          El crítico también sólo es libre en su interior, está sometido a su contexto social, cultural, a la vida cotidiana, a las necesidades, pero en su interior es libre de aspirar al ideal de sacrificio, el de decir su verdad, es un lector que trasmite su bagaje, compuesto de lecturas y conocimiento, con la habilidad suficiente para transmitirlo y tomar el fuego que dé a sus lectores una luz que los guie en los mares de las letras. Si usamos la analogía del faro, un crítico no puede, no debe, estar mal ubicado ni mal construido, su luz debe ser firme, estar en la orilla que le toque iluminar y emitir las señales que sus lectores necesiten para navegar con confianza. A un crítico así ya no es necesario plantearle dilemas éticos ni conflictos de intereses, los manejará de la mejor manera. Si su luz es deshonesta no es sino un impostor.
          La crítica se debe al crítico, un héroe cultural que blande la única espada que debe blandir: la argumentación –Marie Arana, (cit. en Escandell pos. 1093) lo llama “guardián cultural”–, es a su vez tan profundamente humano que su máximo anhelo debería ser el de comunicar, entablar una conversación con un lector que será quien le brinde la autoridad y lo legitime con la suficiencia para hacerse llamar, Crítico. Su responsabilidad es para con su público, a quien presenta cada vez su texto más honesto. Recuerde que estamos hablando de utopías: del crítico como un lector que tiene un estandarte otorgado por otros lectores quienes, además, le exigen su opinión clarificadora sobre lecturas que ellos quizá visitarán, o no. 

Bibliografía consultada:


Argüelles, Juan Domingo. ¿Qué leen los que no leen? El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. México: Editorial Paidós Mexicana, 2003.

Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. Barcelona: Editorial Anagrama, 2007.

Ediciones El País. “La lección”, en edición impresa El País, sábado, 26 de noviembre de 2011. Disponible en: http://elpais.com 

Escandell Montiel, Daniel. No es WEB para críticas. El crítico cultural ante los medios digitales y la búsqueda de su espacio en la red. Material digital proporcionado para fines didácticos, Universidad de Salamanca, 2021.

Goytisolo, José Agustín. “Sobre el escritor, su obra, los lectores y la crítica literaria”, en Prólogos. Material proporcionado para fines didácticos por la UV Salamanca, 2021.

La porta, Filipo, “Conferencia: La crítica literaria como crítica de la vida.”, Coordinada y comentada por Christopher Domínguez Michel. Disponible en: https://youtu.be/9wHlf9OvIgo. Subida el 17 de mayo de 2018. Consultada el 24 de febrero de 2021 en el canal de El Colegio Nacional de México.

Monterroso, Augusto, Viaje al centro de la fábula. 1981. Consultado en Editor digital Titivilus el 24 de febrero de 2021 (disponible en: https://diariodelgallo.files.wordpress.com/2019/10/augusto-monterroso-viaje-al-centro-de-la-fabula-1.pdf). 

Tarkovsky, Andrei. Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Trad. Enrique Banús Irusta. España: Ediciones Rialp, 1991.
Ilustración: Adriana Ge Erre*