Trabajo en alturas. 20. La flama y la cicuta IV. Roger Octavio Gómez

La flama y la cicuta IV

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020.  En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]

La flama y la cicuta IV

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En la obra de teatro La divinidad del monstruo, Héctor Cortés Mandujano (2020), la cuestión de la deidad se manifiesta de una manera muy diferente. Dos personajes, Él y Ello, donde ya el nombre de los personajes nos previene sobre la incursión en la psicología, abren con un parlamento de Clemente de Alejandría citado por Robert Graves en Rey Jesús, luego siguen debatiendo sobre lo que parece ser la tesis de Robert Graves en La diosa blanca, donde el sabio inglés defiende la feminidad de la deidad y la contrapone a la versión apolínea (por Apolo) de las manifestaciones occidentales. La obra continúa con un ejercicio de mayéutica que dirige Ello, ésta genera un razonamiento que tiende a un solipsismo que propone que la realidad es meramente una fantasía que se reduce al instante de tiempo fugaz que es la vida de un hombre, de una humanidad. Una mezcla de literatura, filosofía, religión y teatro posdramático que nos lleva a percibir una dualidad en el existir: luz y sombras, vida y muerte, bien y mal. ¿No era acaso esta visión la misma que defendían los mitos orales sobre los dioses prehispánicos? Quizá, pero en esta obra provienen de otras fuentes y nos lleva a percibir que la divinidad está en el interior del monstruo, es decir, del hombre, quien es el crisol que contiene el bien y el mal, el ángel y el demonio, la vida y su muerte. Lo divino, Dios, no es en esta obra un ser lejano y exterior sino íntimo, puesto que mora en el hombre, pero notar su esencia requiere muchos renaceres hasta alcanzar una sabiduría capaz de percibirla.

(Continúa en la siguiente entrega...)

Ilustración: Cartel 2020 de una presentación de la obra La divinidad del monstruo

Trabajo en alturas. 19. La flama y la cicuta III. Roger Octavio Gómez

La flama y la cicuta III

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020.  En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]

La flama y la cicuta III

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En mi novela La lluvia en las hojas del platanar (Gómez Espinosa), como autor mestizo nacido en el sur de México, hablo de una de aquellas burbujas culturales, un mundo resultante de una mezcla mitos que germinaron en una región de Chiapas. No es difícil plantear una situación donde cuatro tradiciones mitológicas convivan si quien lo plantea es alguien que nació con una legión de tradiciones implantadas en su imaginario. Lo difícil es que se entienda y me parece que la novela citada cumple también esta parte, la claridad de exposición. 
          El plátano, los platanares, tan arraigados al trópico mexicano que parecieran endémicos de aquellas tierras son en realidad, en la mitología griega, «el árbol de Helena» y una planta introducida. Roberto Calasso, en Las bodas de Cadmo y Harmonía, nos recuerda esa liga de los platanares con el mito de Helena (119-122). Desde el mismo título hubo una intención de realizar una amalgama de imágenes transculturales. En esta novela (La lluvia...) el héroe se enfrenta a su condición de hombre pobre, que necesita tener calzado para demostrar que es digno de una mujer cuya blancura la sitúa en un estrato superior. Los santos, con atribuciones de dioses, con nombres muy cristianos, pero con actitudes muy griegas, son capaces de intervenir en la vida de los hombres y ayudar al héroe a superar las pruebas del destino o a obstaculizarlo. Un destino que es circular, como el de los mayas, pero inevitable como el de los griegos. El héroe, en una traslación del mito de los trabajos de Hércules, lucha contra leyendas locales, puede cazar leones americanos (pumas), lucha contra jabalíes, contra toros, doma potros, enfrentarse incluso a un diablo que se presenta con la faceta de un ingeniero agrónomo, símbolo del progreso que empobrece la tierra. El protagonista, cuyo nombre es Heráclito González (por Heracles) se ve obligado a proteger las fincas de los patrones, quienes en el libro de Marceal Méndez (Los últimos dioses) representaban a la parte inhumana, y tiene que realizar varias tareas para poder ser liberado. La intertextualidad y la interculturalidad se apuntala en el santoral católico y en el manejo del lenguaje. Los santos tienen la virtud de poder ayudar a hombres en corto, siempre y cuando reciban la luz de las veladoras prendidas en su honor. Heráclito por su parte, además de las pruebas físicas, lucha contra la carga que representa el no tener recursos económicos, ni tierra, ser pobre, sabe que ascender en lo terrenal no es sólo vencer criaturas mitológicas sino a un sistema que le exige progreso económico. Y el héroe, contra los dictados, puede volver a la vida porque tiene una maldición, la más bella de las maldiciones: la del amor, uno predestinado, inagotable, aunque occidentalmente romántico. 

(Continúa en la siguiente entrega...)

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Trabajo en alturas. 18. La flama y la cicuta II. Roger Octavio Gómez

La flama y la cicuta II

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020. El artículo completo quizá fue publicado en un libro que recopilaría las memorias del congreso.
 En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]

La flama y la cicuta II

En el cuento «Mamal Jmol» (Los últimos dioses, de Marceal Méndez), el narrador nos comunica lo que escucha de dos viejos que platican sobre un ermitaño, sabio y poseedor de algún poder, que de vez en cuando bajaba a vender carne a los habitantes del poblado La Libertad. El anacoreta fue acusado por los «mestizos» de robar ganado; fue cazado, emboscado y, finalmente, asesinado. Los jaguares en el monte se alborotan, lloran a su dueño, y sus rugidos llegan a los oídos de los ancianos; la tranquilidad se rompe por el temor de ser atacados por algún jaguar enojado. Los dioses moran aún reteniendo lluvias o mandándolas según su criterio, pero también maldicen a los que obran contra sus hombres sabios. Pero son los viejos quienes en su sabiduría inherente pueden encontrar las palabras para ablandarlos. En los cuentos que Marceal Méndez rescata hay una realidad religiosa, donde no es sorpresa que un hombre pueda convertirse en jaguar y viajar en busca de carne para alimentar a su comunidad, aunque luego los ganaderos vengan a hacer justicia y a acusarlos de robo de ganado y de paso a apropiarse de más tierras de las comunidades indígenas en cuyo acaparamiento incluso participaron los conventos dominicos según Juan Pedro Viqueira en Encrucijadas chiapanecas (190). Pareciera que Méndez mezcla la realidad con lo sobrenatural, y Todorov pudiera asignar una clasificación mágico-realista, pero no, es una realidad muy real en la visión indígena que vive lo religioso como algo palpable.

El término «transescritura» es usado para sustituir el término «adaptación», común en cine, radio y otros medios. Cuando en cine se habla de adaptación de una obra literaria se puede dar cabida a la interpretación de que la obra «adaptada» es superior a la que resultaría después de realizar las operaciones necesarias para trasladar el contenido textual a otros medios. De una forma de expresión artística se traslada a otra y el resultado es una obra diferente. Menciono esto porque me parece que Marceal Méndez realizó una transescritura de la tradición oral de su región. Quiero decir que las voces de los que conocen los mitos de una comunidad y que saben trasmitirla en forma de cuentos orales no ejercen un arte menor ni menos culto. Méndez reúne en cuentos muy bien elaborados y con una técnica muy afortunada historias de una comunidad que nos permiten asomarnos a una cosmovisión compleja y, muchas veces, incomprendida y hasta denostada. 

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La visión de la deidad en las culturas trastocadas por el cristianismo genera un sincretismo que puede ser extraño para un europeo o para un europeizado. Tal sincretismo, sin embargo, permeó hasta las esferas de los mestizos quienes, sería de esperarse, guardarían una visión más «pura» de los mitos introducidos por occidente. Por ejemplo, aunque en México actualmente aloja un gran número de credos religiosos –no sólo judeocristianos– por su historia hispánica, predomina el número de ciudadanos que se declaran católicos: 89.3 % de la población según el censo de 2010 (INEGI), sin embargo, por otro lado se puede decir que México no es en su mayoría católico sino guadalupano: en un cerro donde se adoraba a la diosa Tonatzin, madre de los dioses prehispánicos, apareció una virgen, madre del dios cristiano, pero con apariencia morena y con palabras dirigidas a un pueblo al que le costaba aceptar el catolicismo –un catolicismo que entonces hablaba en latín en las misas–. La religiosidad popular, que supo ser aprovechada en aquella época oscura, fue la encargada de la evangelización que daba sustento a la intervención europeo-española en América –cuando hablo de América me refiero al continente América que toca ambos polos de la tierra, no al país Estados Unidos de América. 
          Tan popular fue esa religiosidad que se usó para concretar, no sólo evangelizaciones sino la conquista. Se puede pensar que la conquista se completó con la caída del imperio Azteca en 1521: fue mucho más tardada que eso, hubo muchas conquistas; el historiador Antonio Rubial García (2019) redondea a tres siglos el tiempo que tomó a España conquistar el territorio de lo que sería la Nueva España. Fray Bernardino de Sahagún, una importante figura religiosa que se identifica por la preservación de muchos documentos originales de las culturas conquistadas y por contribuir con trabajos que permiten concebir una visión indígena de la conquista, fue reacio en aceptar el nuevo culto Guadalupano que finalmente terminó siendo parte fundamental de la evangelización de los indígenas del centro del país y que se irrigó a gran parte del continente, facilitando las conquistas religiosas. Se trataba de una visión femenina de dios, maternal, pacífica y que se acercaba al sufrimiento terrenal, lo cual tenía un componente más indígena que europeo; se arraigó fuerte y permeó muchas capas. ¿Cómo afectó eso a la visión de los herederos de la tierra conquistada: los criollos y mestizos? 
	La enseñanza seglar en América latina es, por supuesto, euro-centrista, y junto con el eurocentrismo se introdujo una mitología fundacional que ya convivía en los conquistadores con las abrahámicas: la griega, tan fascinante. El mestizo, hijo del criollo (español nacido en el nuevo mundo), el supuesto «heredero», quedó entre cuatro fuentes mitológicas: la indígena, la católica, la griega y la africana. Quede esto como una forma de contextualizar; no hay ninguna intención de polémica, sólo quiero que se conciba una escenografía. En los lugares más apartados del país, como lo fue Chiapas, conviven aún hoy palabras que parecen provenir de un castellano antiguo y en desuso en varias partes del mundo, algunas erradicadas ya de los diccionarios actuales y que sin embargo fueron introducidas por los conquistadores. Incluso muchas leyendas europeas fueron tropicalizadas y muchas otras fueron mezcladas con las que se parecían a las de vena indígena. El trópico alienó incluso a los conquistadores y a sus hijos –basta recordar cómo afectó en la península de Yucatán a Gonzalo Guerrero, el náufrago Español quien antes de concretarse la conquista Mexica se convirtió en maya y murió luchando contra las huestes de Francisco de Montejo–. Se fundaron burbujas culturales, aisladas, que pervivieron con sus propios medios hasta que luego fueron re-occidentalizadas cuando las modificaciones de las metrópolis los volvieron a alcanzar, esto recién en el siglo pasado, como lo constataron los viajeros tsotsiles y otros más. Hoy, en el lenguaje contemporáneo puede notarse innovaciones que la modernidad occidental traía y sigue trayendo, por ejemplo, las trazas de vocablos mal pronunciados de otros idiomas, como el inglés, o reinterpretaciones del cristianismo basadas quizá en "el informe Rockefeller".

(Continúa en la siguiente entrega...)

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Trabajo en alturas. 17. Orbes en la frailesca abiertos. Roger Octavio Gómez

Orbes en la frailesca abiertos

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

A Hugo Corzo Espinosa,

con un abrazo para Emma, Adriana, Mónica, Vero y Hugo

Orbes en la frailesca abiertos
a golpes de tesitura grave.
Bocado dulce a la ensoñación briosa, 
corcoveante y belfos a reventar,
fuerte el reparo,
suave la brida 
que sólo él sabía sostener 
hasta el justo soplo en que desbocar a las palabras debía.
Y yo que en blanco estoy,
ay, si cabalgar supiera
por los lugares de su infancia, 
los que existieron mil veces y los que él mismo creó.
Pero mis palabras huyen, cimarronas, ásperas, torpes
y no puedo llamar 
al jinete que se escapa
que espere
que me diga otra vez cómo se puede volar allá
como volaba él.
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Trabajo en alturas. 16. La flama y la cicuta I. Roger Octavio Gómez

La flama y la cicuta I

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020. El artículo completo quizá fue publicado en un libro que recopilaría las memorias del congreso.
 En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]

La flama y la cicuta I

El tratamiento de la divinidad en la literatura del sur de México presenta un sincretismo entre las fuentes introducidas por Occidente y las propias de Mesoamérica precolombina. El presente trabajo se sustenta en la argumentación partiendo del análisis de cuatro obras de autores nacidos en Chiapas. El análisis resultante muestra que ciertas peculiaridades culturales diferencian la percepción de la divinidad dependiendo del nicho cultural (indígena, mestiza, eurocéntrico) en que se inscriba el autor al momento de concebir su obra, creándose nuevos cánones literarios que deben ser leídos y estudiados en paralelo con el canon eurocentrista predominante.

1

En Los viajeros al otro mundo, Domingo De La Torre y Anselmo Pérez (2006), dos pobladores tsotsiles de Zinacantán, una etnia del sur de México, la parte centroamericana de México para ser precisos, narran sus impresiones sobre un viaje efectuado en 1963 hacia los Estados Unidos de Norteamérica. Invitados por Robert M. Laughlin, un antropólogo quien había estado trabajando en la elaboración de un diccionario tsotsil-inglés. En esa época, «ningún zinancanteco había estado nunca en Estados Unidos» (11), y la pregunta de los invitados pareció entonces extraña: «–Si yo fuera ahí, ¿me comerían?». Cuánta sabiduría en la intuición que el tiempo confirmaría como una pregunta sobradamente válida. 
	El viaje al mundo del antropólogo Laughlin, «tan familiar para nosotros, tan extraño para ellos» (15), abre con el «Rezo del viajero» que invoca a Jesucristo, a Dios, a San Lorenzo, a Santo Domingo y a la Mujer del Cielo. El acto de viajar, hoy tan banalizado, debería ser siempre parte de un ritual místico. La intención de Laughlin parece la de un experimento antropológico que superó las expectativas. La extrañeza con que los viajeros ven las costumbres occidentales le brinda al libro una objetividad que recalca detalles que, en aquel siglo XX, hacen parecer salvajes algunas costumbres de la cultura occidental que presume una superioridad en sus ideales de civilización; algunos actos bárbaros, por cierto, prevalecen en este siglo XXI. 

2

Ya en 1952 Ricardo Pozas, en su libro Juan Pérez Jolote, resultante de sus investigaciones en la zona Chamula, colindante con el Zinacantán estudiado por Laughlin, nos contaba la biografía de un hombre que tiene que realizar un viaje fuera de su comunidad y que es arrastrado por la vorágine del mundo occidentalizado internándose en un país extraño: México, el cual debería ser su país pero que lo hacía sentir extranjero en su propia tierra. Juan Pérez Jolote volvería a su paraje con experiencias que sonaban increíbles para su mundo y que percibidas en su visión eran dignas del libro que Ricardo Pozas nos brindó. 
         Pozas nos cuenta la visión religiosa de los tsotsiles. Es evidente la «herencia» y la inserción de la fe católica en sus ritos, los cuales, sin embargo, rescatan costumbres que, vistas desde aquella fe, lo acercarían al paganismo. La gran firmeza en sus creencias religiosas, modificadas y sincréticas, por otro lado, son aún defendidas con un celo severo, como el que les enseñaron los misioneros católicos. 

3

En 2010 se publicó un libro bilingüe: Los últimos dioses, de Marceal Méndez, un libro de cuentos que provienen de una tradición oral, aunque trasladados a la escritura con gran habilidad por su autor. Este libro abre con un cuento titulado «Un demonio invencible», que nos cuenta cómo las comunidades luchan contra demonios de carne y hueso quienes, aunque sufren los dolores y la muerte, saben revivir. Curiosamente, los demonios parecen ser la descripción de hombres afrodescendientes y aunque Marceal Méndez no lo aclara, puesto que no hace falta para que la historia funcione a nivel literario, deja pequeñas pistas sobre el origen de tales personajes. 
         España durante la conquista intentó implantar una «nueva» visión de la deidad: una religión monoteísta. Un solo Dios, pero también un sólo demonio. Al parecer, la evangelización nunca llegó a completarse y el santoral católico paso a ser el nuevo rostro de los dioses precolombinos, esto es muy sabido: «...los naturales no sólo continuaban practicando a escondidas sus ritos prehispánicos, en los bosques, en los cerros, las cuevas y los ríos, sino que también tenían una escandalosa facilidad para amalgamar creencias paganas” (Viqueira 190). Los conquistadores traían consigo espacios para los viejos dioses, pero también traían espacios para alojar nuevos seres demoniacos. La figura de Fray Bartolomé de las Casas es muy popular en aquella región, la ciudad de San Cristóbal de Las Casas lleva su apellido con orgullo. Fue un férreo defensor de los derechos indígenas, mas es muy cuestionada su labor histórica en la defensa de la población introducida desde África. Quede este comentario a modo de ilustración, fueron procesos complejos que tenían que ver con la economía mundial y la política que finalmente afectaron a las decisiones clericales. Este humanista no estuvo ajeno a ellas y tardó en notar que los esclavos africanos eran también humanos y tardó más aún en reconocerlo. Los indígenas, celosos seguidores de la nueva religión, aceptaron la «impureza espiritual» de los esclavos que llegaron a sustituirlos en muchas tareas. Es posible que varios esclavos africanos escaparan de las fincas esclavistas; el desconocimiento, aprovechado por los poderosos, y las supersticiones, crearon las leyendas de los demonios negros que asolaban la región. A eso me refiero cuando digo que la conquista llevó nuevos dioses y también creó nuevos demonios. Los esclavos fugados se reunían en «palenques» en medio de la espesura y para sobrevivir muchos tenían que salir de vez en cuando a realizar atracos y asaltos en los caminos. Varios de estos palenques se convirtieron más tarde en poblados que hoy han encontrado cabida y registro poblacional, pero muchos otros no prosperaron y sufrieron aniquilaciones o recapturas. 
          Fray Bartolomé vivía en otra época y no se le puede juzgar por las cuestiones que aún no estaban claras sobre la humanidad y los términos a usar, o las erróneas clasificaciones que llegaron a dividir al homo sapiens-sapiens en «razas». Quiero volver en este punto al libro que cité al inicio de esta comunicación: En la página 99, de Los viajeros al otro mundo (De la Torre), se encuentran con que llegan a un lugar donde «habitan los negros», los viajeros se sorprenden de que en el próspero y democrático país de los Estados Unidos de Norteamérica la comunidad afrodescendiente vivía separada de la comunidad blanca. Sin señalar ni acusar los viajeros se limitan a tomar nota en sus apuntes. Eran los años sesenta del siglo XX, la modernidad, el apogeo cultural y económico de occidente y su ciencia. ¿Se le puede justificar como a De Las Casas? 
          La literatura de Marceal Méndez recoge en ese pequeño cuento, de su fabuloso libro, el conflicto de la esclavitud africana en tierras conquistadas por Europa desde la perspectiva de población originaria, también sin señalar ni acusar –es lo grandioso de la buena literatura–. Nos muestra cómo, a pesar de la fe impuesta, los dioses y los demonios moraban en sus ritos manteniendo algunos rasgos precolombinos: su dualidad, por ejemplo, aunque subyugados ahora por el nuevo y celoso dios cristiano. 

Hubo un periodo político en México que se identificó como «El maximato». El presidente Plutarco Elías Calles, como “jefe máximo de la Revolución”, influenció desde 1924 hasta 1934, más allá de su periodo de gobierno. Durante esta época surgió la «Guerra Cristera» que se opuso a la campaña antirreligiosa en el occidente del país. Dicha campaña fue seguida por gobernantes de varios estados de la República Mexicana, uno de estos estados fue Tabasco donde la figura política replicante de las políticas federales fue Tomás Garrido Canabal, también recordado por su campaña antidogmática que fue materializada con la expulsión de ministros de culto, la toma de recintos religiosos y la quema de arte sacro y figuras de santos católicos. Tales eventos se expandieron por el norte del estado de Chiapas. En su segundo cuento, «El regreso de Santiago», Marceal Méndez nos narra sucesos que tienen que ver con este periodo, que se mezclan con la visión mítica indígena. Llama la atención que en el cuento se habla de Dios y de dioses, donde claramente la palabra Dios en singular se refiere al mito cristiano y en plural equivale a las deidades precolombinas quienes por su lado encontraron, lo mencioné arriba, un nombre sustituto en el santoral cristiano. Santiago es, en el cuento de Marceal, un dios que fue llevado a cuestas por quienes estaban destinados a encontrarlo (111), este santo, además, visitaba a sus homólogos “en forma de fuego y rayo” (108). Cuando fue atacado por los “quema santos” “...una luz circular se elevó fugazmente y pareció no haberse ido muy lejos, pero se esfumó al chocar con las nubes dando la impresión de que había entrado al cielo.” (108) Los había abandonado ese santo que llegó por algún designio y que era cercano, mucho más cercano que el «dios del sacerdote», puesto que «en vez de contemplar desde el infinito el sufrimiento humano, estaba entre ellos, yendo y viniendo como el aire, entrando y saliendo de sus “casas”.» (111) Ahora no tenían quién los comprendiera ni les hiciera sentirse acompañados. Antes del ataque de los quema-santos, el mismo Santiago había decidido hacerse inamovible, incrementando su peso, junto a la figura de un cristo que estaba en la iglesia. Cuando los quema-santos se hubieron marchado, los pobladores encontraron la figura del santo chamuscado, lo limpiaron y colocaron en un pedestal de cemento, pero ya ni siquiera pesaba, cual si fuera un cascarón vacío.

(Continúa en la siguiente entrega...)

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Trabajo en alturas. 15. El año de las tormentas II. Roger Octavio Gómez

El año de las tormentas II

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Reseña a La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit]

El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios


Mas las tormentas no se detienen porque un simple humano les ordene detenerse, menos las que son originadas por los torbellinos emocionales. Los recuerdos acuden una y otra vez. 

Hay una segunda entrega que escribe Manuel Pérez-Petit de El año de las tormentas. El segundo volumen se subtitula: La vida es el príncipe de los misterios. En la lid del volumen anterior, muchas figuras retóricas y poéticas sirven para ir describiendo las sensaciones que el personaje va percibiendo. La estructura se mantiene, hay un flujo de conciencia que coquetea con el juego poético y que se recrean con figuras del lenguaje, imágenes. 
	Ya en el volumen uno nos enterábamos del nombre de la mujer que evoca el personaje: Antea. Mas es en este volumen donde se despliega el significado real, por sobre las etimologías, de lo que ese nombre signifique. Antea es una de las ciudades ofrecidas por Agamenon a Aquiles, en la Iliada, también significa Flor y es, además, según nos dice el texto, una estrella, ¿se referirá a Astrea? Para el personaje de esta novela Antea es también una jitanjáfora que produce el ansia por expresar el arte en palabras y es la tortura. ¿Una musa? ¿Una maldición? Un amor que, gracias a que no fue culminado, persiste más vivo en la idealización que en la materia. 		
	“La vivencia del arte te lleva al corazón de las tinieblas”, dice Manuel Pérez-Petit a través de su personaje. Para acercarse al corazón de las tinieblas que explora esta novela hay que estar cerca de los linderos de la locura, pero con un pie algo plantado en la cordura. Antea es, en mi opinión, Dulcinea. Manué, el hombre con alma de poeta que se parece al Manuel de carne y hueso, es un quijote que se ha bebido muchos libros, películas y música; que arremete esgrimiendo citas, no contra gigantes sino contra eso que se llama vida, la que consume todo, para exponernos también su particular visión de lo que el arte y la lectura son cuando se tiene una musa con la que nos lleva a viajar en tren, o quizá sólo estemos viajando por un librero, pero vemos a través de sus ojos desde la Europa hasta el nuevo mundo que se le revela en la “piedra de sol“ en México, siempre acompañado de libros o de escenas entrañables del cinematógrafo que fungen como un Sancho Panza fragmentado.  
	Antea es también un fantasma que escucha atento en la charla insomne del poeta desvelado, del lector que cita versos en el aire, y es el crisol donde cada palabra es decodificada porque ese fantasma es el lector ideal que encuentra el camino hacia las más espesas tinieblas que moran en el alma de Manuel, ¿de cuál de los Manueles? Por momentos es difícil discriminar entre el personaje y el autor.
	Manuel abraza a su musa porque no puede arrancarla de sí mismo. Y si pudiera, se abalanzaría tras ella en el mismo momento en que retirada de él la sintiera. 
	Llega la aceptación. La reconciliación que le da la confesión. Redención, no en ella sino la del poeta en el mundo, con su Dios y con los Dioses de los otros, con la ambición de ser cura y con el mismo autor de la novela con quien comparte la afición por el Betis, por los comics, el Capitán Trueno, Astérix, Obélix y Moebius. El poeta sopesa la reconciliación con la naturaleza, como verdadero romántico, no ya con el romántico que mal entiende el amor cortés, sino con del Hombre contra lo inhóspito, que se pierde en los sublime, la búsqueda del monstruo ese que llena de oxígeno los pulmones, que se agita respirando la vida misteriosa que lucha en cada pulso por arrebatarnos el aliento.  


Roger Octavio Gómez Espinosa
Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.



[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
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Trabajo en alturas. 14. El año de las tormentas I. Roger Octavio Gómez

El año de las tormentas I

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

[Reseña a La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit]

1). La vida es sueño reza el título de una obra de don Pedro Calderón de la Barca estrenada, según los estudiosos, en el año 1635. 2). Por otro lado, es difícil establecer una época en la que El Tango naciera, pero es muy seguro que se gestara por ahí de la primera mitad del siglo XIX, dos siglos después de la obra de Calderón, en Sudamérica. Mestizo y apasionado el compás reconquistó después al viejo mundo. 3). Me intriga el título del libro de Manuel Pérez-Petit, largo, alejandrino si fuera un verso, que de entrada desata mi imaginación. 

Abro el libro y noto en primera instancia que no hay concesiones para el lector distraído, ni para nadadores de corto tramo, arranca con un largo monólogo dirigido a alguien. Nos deja respirar hasta después de 5 páginas. Largas brazadas, condición física exigida. A quién le habla este personaje, “¡Manué!”, quién es ese ser pirenaico de sonrisa pergeñada que le provoca tales recuerdos.  
	En la segunda inmersión me encuentro con que ese personaje me recuerda a mí mismo o, mejor dicho, al yo mismo que fui en mi juventud primera, cuando marcar desde un teléfono a la mujer que es lejana, por la distancia y por el olvido que esta le procura, provoca un amasijo de sensaciones indescriptible, pero que el autor describe bien; al joven que es capaz de dar saltos gimnásticos ante el sí de una mujer, al que le temblaban las piernas cuando descubría nuevos espacios en la esperanza de un amor y que era capaz de huir por ella hasta el mismísimo Paris, aunque los míos fueron lugares menos icónicos, igual me posiciono del recuerdo de la juventud aquella de cuando ya se usa una máquina de rasurar pero apenas se comienza a descubrir lo que significan las primeras ilusiones rotas.
	Voy en la página quince y los párrafos tan largos no son ya pruebas de fondo sino una cascada de palabras que me arrastra a la velocidad de ese joven que va al encuentro de su amada. Avanzo en la lectura sin más contratiempo que dejarme llevar por la corriente. Hasta un Paris que festeja su bicentenario, donde todos festejan menos ese personaje que platica lo vacuo y triste que es la Ciudad de las Luces cuando la soledad lo acompaña a uno, una soledad que no puede llenarse con la compañía de nadie más que de la mujer que está ausente y que se ha perdido.
	¿Pero qué se hace cuando se es joven y apenas comienza a conocer los vericuetos del desamor? Andar, vagar y seguir con la energía de esa preciosa edad y con la rebeldía contra las instituciones, contra las falsas revoluciones, contra los muros. Mas siempre con Ella en forma de un recuerdo. Manué nos lleva de viaje por la Europa de sus memorias, que ya tienen lagunas, y apenas vamos por la página veintitrés. 
	Nos expone la búsqueda de la normalidad que se espera de un hombre que escribe y que por eso quizá no pueda ser considerado “normal”, cómo los libros pasan de ser un regalo exótico, a ser considerados basura que luego pueda ser rescatada para adornar los libreros. Denuncia las lecturas que son confundidas o banalizadas. Lamenta que los resultados de la escritura, que puede ser para los que la practican una terrible droga que no puede ser dejada y que exige al artista ser escrita, es luego tratada como un simple pasatiempo de segunda. Esa escritura que invoca las sensaciones de la realidad y no la realidad misma, que trae las entrañas mismas de quien la escribe es para algunos sólo un amasijo de ideas sin sentido. 
	A la juventud sigue la madurez o la decadencia, depende quien la encare. Luego las profundidades del abismo y el ascenso. El hombre que se cree curado y que encuentra en la dureza de una máscara el paliativo que parece la panacea es luego destruido por la causante de los males. Sucede el reencuentro con “la ingrata” y el personaje se compara con el Rick de “Casablanca”, la icónica película de Michael Curtiz. El héroe adusto se derrumba ante un gesto de ella que aparece como si nada y pide una canción que revive el ardor en las cicatrices que se creían curadas. Lo vuelve un varón domado que baila al son de las notas de las que ella marca el ritmo, los encuentros y desencuentros. 
	Un tango, nos aclara el personaje, esta historia de encuentros y desencuentros se vuelve, en efecto, un tango acompasado que pudiera ser un sueño, el tango de una vida cantada en unas estrofas, la misma que es sueño en el título de la obra de Calderón de la Barca. Bien caben doscientos años en un instante y bien pudo Calderón de la Barca haber equiparado a la vida con un tango y es una lástima que éste no existiera en aquella época. La historia que nos presenta el autor Manuel Pérez-Petit cabe en el instante en que una voz revive el universo de un recuerdo que no quiere olvidar, aunque en su desesperación apele a los “brazos del olvido”.

                                  Roger Octavio Gómez Espinosa
                   Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.



[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas I. La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Las tormentas pasan, las pandemias también, pero a la ingrata aerolínea (que se quedó con mi dinero y mis ansias de mundo) no le importó aquello ni mis derecho de viajero por lo que no pude llegar al Viejo Mundo. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
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Trabajo en alturas. 13. Por qué leer. Roger Octavio Gómez

Por qué leer

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

El hombre no puede vivir sin una confianza

duradera en que hay algo indestructible en él…

Fran Kafka, «Aforismo 50»
Tengo claro que la pregunta, ¿por qué leer?, tiene una respuesta compleja que quizá yo no pueda alcanzar a cubrir dada la gama de senderos que se abren al indagar en ella, también tengo claro que no se debe tomar a la ligera y no debo dar por sentada ninguna de las respuestas que se hayan emitido al respecto. Son varias las veces que me la he cuestionado y hay muchos libros que plasman palabras que intentan responderla. Diría que las posibles soluciones deben estar ligadas con los orígenes del hombre que toma conciencia de sí mismo y de su entorno, que toma conciencia de que puede crear ficciones y de la posibilidad de trasmitirlas a sus semejantes, a los primeros hombres que pudieron “leer” las cosas que su ambiente les dictaba.
          En un artículo que publiqué a propósito del fomento a la lectura en las empresas, aseguré que leer no servía para aumentar las ventas ni para mejorar los indicadores claves de las organizaciones. Mis conclusiones llevaban a lo que recientemente leí en Volpi (2011) y que había leído en otros autores: que si bien la literatura no tiene una función utilitaria sí tiene una que trasciende lo inmediato: nos da tintes de humanidad. ¿El por qué debían fomentar la lectura en los miembros de las organizaciones?, sin llegar a lo sentimental es: por el aprecio sincero, y para brindar acceso a los empleados a un poder inmaterial. Curiosamente, quien no estuvo de acuerdo conmigo fue un escritor que defendía que leer si debe mejorar a las empresas ya que en su opinión mejora a los seres humanos y los hace concebir oportunidades para el “éxito” que no habrían notado sin la lectura. Si el éxito tuviera que ver con lo monetario: tampoco se requiere leer. Muchos de nuestros líderes son analfabetas funcionales y varios han demostrado no haber tocado ningún libro importante en sus carreras personales y, sin embargo, dirigen nuestros destinos.
          Ser analfabetas de la escritura occidental no significa, o no debería, dar un grado menos de humanidad ni tendríamos por qué unificarlos en nuestra idea de lo que éxito signifique. Aunque, como denuncia Héctor Cortés (2013) existe un analfabetismo funcional en estudiantes de nivel licenciatura y en algunos profesores universitarios, y como agregué antes, en muchos líderes económicos y políticos. Este analfabetismo consiste en saber interpretar la gramática, pero no saber rescatar los contenidos, es decir, no poder interpretar lo que los textos dicen y en no saber pensar para dar orden y coherencia a las ideas. Como apunta Daniel Cassany, “lo que importa en la lectura es la comprensión, el hecho de entender un significado particular.” (2019: 77) Quizá este pudiera ser una de las respuestas: leer sirve para aprender a entender significados y poder ser coherentes. Sospecho que hay más.
	Leer no nos hace ni peores ni mejores personas, se ha recalcado como idea en muchos autores. “No trates de mejorar a tu vecino ni a tu ciudad con lo que lees ni por el modo en que lees”, nos dice Harold Bloom (2000: 20) cuando nos habla sobre su propuesta de principios para renovar la manera en que se lee hoy. Dar como respuesta que la lectura puede ser un arma moral no creo que sea la adecuada. 
        Leer nos brinda un ejercicio mental formidable, es cierto, mas no es la única fuente de ejercicios mentales que existe, los satanizados videojuegos pueden dar un estímulo mental y de coordinación estupendo como también nos lo pudiera dar el escuchar música, otra de nuestras grandes manifestaciones, observar una escultura, ver un atardecer, meditar, socializar, hasta vivenciar inconscientemente los sueños mientras dormimos o vivir en un ambiente hostil. Lectura como ejercicio mental, esta respuesta tampoco debe satisfacernos.
        Si bien, como apunta Jorge Volpi, “Leer una novela es como habitar el mundo” (2011: 121), muchas de las grandes obras y mitos que trascendieron culturas fueron durante varias generaciones parte de tradiciones orales y fue mediante la palabra hablada y cantada que se mejoraron y nutrieron. Aunque le dio mayor capacidad de transferencia, sospecho que la palabra escrita las acotó. Hablo de obras como la Odisea, la Iliada y muchos de los mitos de nuestra vena griega, lo mismo sucedió con los mitos de las culturas prehispánicas que fueron trastocados por el cristianismo cuando fueron recopiladas o las canciones nativas de Australia, África, confines. Aún en nuestros días prevalecen culturas cuyos mitos son transferidos mediante palabras armadas a modo de canciones, no escritas. Si bien leer nos mete a la ficción y a nuevos mundos, no es necesario leer para ficcionar ni para entrar en los universos paralelos que nos brinda la creatividad. So pena de parecer aguafiestas, tenemos que seguir indagando en la pregunta.
         Leer nos trasciende más allá de lo inmediato, sí, pero menos acá de lo eterno. Veamos esta vía: Considero que la literatura será una de las piezas que dejaremos como civilización, así como los mayas nos dejaron su calendario solar y los hombres de la edad de piedra sus edificaciones que en un principio nos parecían burdas y más adelante caímos en la cuenta que revelaban un basto conocimiento astronómico y matemático. Tales expresiones nos sorprenden y causan admiración, sin embargo, son avances para los que no hubo continuidad y tuvimos que redescubrir lo que ya antes había sido expresado. Hay verdaderas muestras de arte en muchas cavernas de artistas neolíticos cuyos nombres se perdieron en el anonimato, cuántos “leyeron” sus pinturas, cuántos hablaron de lo especiales que eran estos individuos en cuya cultura quizá no leían como nosotros concebimos la lectura, aunque a su manera, lo hacían. Sus expresiones humanas generaron una luz de la que ni sus creadores fueron consientes, como hoy iluminan las nuestras, mas tal luz fue sepultada por el fin de aquellas civilizaciones que tan luminosas resultaron que en nuestra era, a pesar del peso de las centurias, nos deslumbran. ¿Pensaron nuestros ancestros se perderían sus formas de vida? 
	
Es duro aceptar que somos seres provisionales, sin una morada segura, errantes y solitarios en un universo silencioso. Siguiendo a Blaise Pascal, (Cit. En Buber, 1949: 31) “le silence éterned de ces espaces infinis méffraie.” (“El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”). Ante lo infinitamente grande que es el universo en que caemos se contrapone lo infinitamente pequeño de nuestro mundo y nuestra existencia, tan efímera. A pesar de eso generamos expresiones, tanto individuales como colectivas y no paramos de hacerlo. Inventamos, creamos, imaginamos, escribimos, leemos, observamos, nos preguntamos. 
         Por un lado, somos individuos que vivimos en colectividad —que no quiero llamar sociedad porque contaminaría nuestra relación universal entre las culturas que se han manifestado— en la que se establecen lazos entre sí, por otro somos la colectividad misma. Como si de células neuronales se tratara, cada miembro genera acciones que de alguna manera se trasmiten para generar aquello que llamamos humanidad. “El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre” (Buber, 1949: 146). Octavio Paz, en su "Piedra de sol", nos dice: “Para que pueda ser, he de ser otro,/ salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo...” (cit. en Volpi 2011: epígrafe). No quiero entrar en temas antropológicos, me voy a lo intuitivo e intuyo que la lecto-escritura es una de muchas vías de comunicación que el ser-humanidad tiene para comportarse como un ente con rasgos propios a partir de muchas individualidades. El lenguaje, la tecnología, el arte, el conocimiento, las religiones, la destrucción de ecosistemas, la contaminación, las guerras, las bombas de destrucción masiva. Invenciones y acciones tan humanas todas, nos dan un rostro de conjunto: sublime, a veces; monstruoso, también.  
         Calvino (2020:20), en su ensayo Por qué leer a los clásicos clarifica el asunto de la razón para leer (a los clásicos) con dos ideas que en apariencia se oponen: 1)”...los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado...”, y más adelante, apenas un párrafo después: 2) “...no se crea que los clásicos se han de leer porque <<sirven>> para algo...”, se puede no hacerlo, pero leer es mejor que no leer. Y cierra citando a Cioran con un bello pasaje sobre Sócrates aprendiendo un aria para flauta justo antes de beber la cicuta; ¿para qué aprender a tocar un aria para flauta si pronto se cumpliría su condena de muerte? “Para saberla antes de morir” (20). Y con eso me quedo y concluyo:
         Leer no es un ejercicio para que viva la industria editorial, los escritores o las universidades que portan algo del conocimiento humano, ni para unificar el comportamiento de los hombres en clasificaciones simplistas: bueno, malo; no es para estimular nuestras mentes puesto que nuestras mentes se auto-estimulan, tampoco es para hacer trascendental nuestro existir ya que nuestras palabras resuenan en “Nosotros” y nadie más que “Nosotros” las comprende. La literatura y nuestras manifestaciones son quizá el trozo de piel con que el que en nuestra indigencia nos cubrimos del frío, y es también un blasón que nos brinda una actitud estoica, nos mantiene retadores y unidos, aunque cada cual navegue en su solitaria individualidad. Al leer las obras que han superado los muchos años de nuestra breve existencia, como civilización, mantenemos una llama luminosa que dice al callado universo, portador de nuestra cicuta: somos pequeños, sí, y grandiosos.

Referencias bibliográficas y recomendaciones para leer:

Argüelles, Juan Domingo. (2007). ¿Qué leen los que no leen?: El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. 2a ed. Barcelona, España. Ed. Croma-Paidós.

Cassany, Daniel. (2019) Laboratorio lector. Para entender la lectura. Barcelona, España. Ed. Anagrama.

Bloom, Harold. (2000). Cómo leer y por qué. Trad. Cohen, Marcelo. Barcelona, España. Ed. Quinteto.

Buber, Martín. (1949). Qué es el hombre. Trad. Eugenio Ímaz. México: FCE.

Calvino, Ítalo. Por qué leer los clásicos. Editorial Ciruela. Consultado el 5 de febrero de 2020 en: https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44973

Cortés Mandujano, Héctor. (2013). "Casa de citas 133, Leer: ese tormento, ese placer". Diario digital Chiapas paralelo, 10 de septiembre de 2013. En https://www.chiapasparalelo.com, consultado el 28 de enero de 2020.

Volpi, Jorge. (2011). Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción.  Adaptado por Celia Corral Cañas. Madrid, España. Alfaguara. Consultado el 5 de febrero de 2020 en:
 https://usal.uvirtual.org/campus/mod/resource/view.php?id=44974

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Trabajo en alturas. 12. La esfera-universo de Atxaga. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (3)
La esfera-universo de Atxaga

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Decíamos en el artículo anterior que el cuento puede dejar en la mente una  una imagen que puede visualizarse y que rememora la totalidad del cuento, pero también lo que lo trasciende y que dicha impresión era similar a la que deja la fotografía al capturar un "momento justo". Pero hay más analogías que pueden ayudar al lector interesado en los cuentos a recrear acercamientos intuitivos a la lectura. Veamos el de la esfera-universo:


La esfera-universo en Atxaga
Cuando se habla de la esfericidad de un cuento imagino una de esas esferas con agua que venden actualmente en las tiendas de baratijas traídas de China pero que al parecer tuvieron una gran tradición en los países occidentales. Dentro hay figuritas de plástico que recuerdan algún motivo o escena, generalmente navideña, que vive una tormenta blanca cada que se les agita. Los elementos están ahí, estáticos, y lo que se agrega es la imaginación del espectador y el movimiento que revive una tormenta invernal. Las hay ya con muchas variantes, algunas tienen música, otras luces, pero son entes cerrados, si se les quiere agregar algo habría que abrirlas y eso las pone en el alto riesgo de ser destruidas sin remedio.
          Bernardo Atxaga en su cuento “Saldría a pasear todas las noches” reúne lo que a mí me parece una esfera de cristal del tipo de las que intenté describir arriba, pero percibidas desde el punto de vista de dos protagonistas: Katharina y Marie. Dos agitaciones a la esfera. Hay dos historias separadas, que suceden en un mismo universo narrativo donde se unen por una serie de vasos comunicantes, algunos nítidos otros velados: dos mujeres, una niña y una adulta, cada quien en su propia trama tienen razones para no salir de casa por las noches; un tren que atraviesa la ciudad provoca evocaciones de distinta índole a las protagonistas; el recuerdo de un traslado de caballos hacia un puerto que los llevará a América donde, quizá, sean consumidos como carne; la pérdida de algo, una de un amor que no la busca más, otra de un viejo rocín que tampoco volverá. Son los vasos comunicantes que menciono los que hacen que esta historia cumpla con la unidad narrativa y con las otras condiciones que nos sugiere Cortázar, un asalto de box contado dos veces, una fotografía vista desde dos ángulos distintos.
         Mi maestro, Héctor Cortés Mandujano, defiende la idea de el "cuento-artefacto". Un artefacto no debe conterner elementos de más porque cualquier agregado estorba. Y esta idea se puede aplicar a casi cualquier elemento de la vida cotidiana. Si a un martillo se le agrega ornamentos o garigoleos estrafalarios, será un martillo adornado, mas el aderezo no necesariamente ayudará que el artefacto cumpla su función primaria: martillar; incluso puede estorbarlo. Como la esfericidad que veíamos en Axtaga: ninguna molécula de ese cuento está fuera de sus límites, lo único que la trasciende es la imaginación del lector que puede agitar una y otra vez la esfera que se excitará dando una impresión mimética de vida pero que no dejará salir ni una gota, ni una molécula, a menos que se rompa y se dañe irremediablemente. Un buen cuento lo es en su simplicidad y, así, soporta el paso del tiempo y a los críticos más extraviados.

Conclusiones
Si lo que interpreté de alguna lecturas, de mi somera experiencia y de mis recuerdos sobre mis “filandones” de velorio es medianamente acertado, concluyo que para que se pueda brindar la intensidad, tensión y significados necesarios a la narración oral, que en más de una ocasión llega a concretarse en grandes cuentos orales, se requiere de una habilidad especial por parte de su narrador quien se manifiesta por una pulsión vocacional, pero también por la práctica que le da el seguir tales impulsos. De igual manera para que el cuento literario escrito logre el estilo necesario y suficiente requiere del talento de su autor, pero también de habilidades que se obtienen con la práctica y la lectura de los otros. 
          Quizá no haya leyes para la construcción de un cuento, pero sí hay felices coincidencias o esquemas que se repiten en las obras consagradas, cada cual con sus variantes. Esto hace posible enseñar, como lo hacen muchos conocedores del oficio, como Julio Cortázar, y aprender de tales enseñanzas, como intentamos hacerlo nosotros los lectores que queremos indagar en la escritura creativa para acercarnos, un poco cada vez, a los grandes exponentes de los géneros narrativos breves. 
          Una manida frase atribuida al budismo zen dice que cuando el alumno está listo aparece el maestro. Mientras éste llega, hay tanto por leer, tanto por indagar, tanto por des-aprender. 
          No sé si esté a la altura de los excelentes maestros con los que me encontrado durante mi vida. Seguro sí estoy de que siempre agradezco enormemente que me hayan compartido mapas de los senderos que, para sus alumnos, listos o no, han trazado. 

Bibliografía
Anderson Imbert, Enrique. “Cuentos realistas y no realistas” en Teoría y técnica del cuento, pp. 166-178, 4ª edición. Material proporcionado para fines didácticos, consultado el 24 de septiembre de 2020. Ed. Ariel letras.

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Cortés Mandujano, Héctor (2009). Apuntes genéricos sobre el cuento. México: UNICACH.

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). El filandón. [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Merino, José María (2015). Cuentos del reino secreto. Barcelona: Alfaguara.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.
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Trabajo en alturas. 11. La composición fotográfica en Villa-Matas. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (3)
La composición fotográfica en Villa-Matas

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

En el articulo de la semana pasada hablábamos de que el cuento, según una analogía de Cortázar es un elemento que debe vencer por knockout, pero también un artilugio que se puede comparar a una fotografía, diferente a la novela que sería una película. Veamos si puedo aclararlo:

La composición fotográfica en Villa-Matas
En «La hora de los cansados», Enrique Villa-Matas nos presenta a un narrador testigo que se detiene a contemplar a los pasajeros que llenan de súbito los andenes de una estación de metro. Por una manía de cuentista, se interesa por la vida de los otros, es una especie de vouyerista de las actitudes mundanas. Ve a un viejo que carga un maletín pesado. Lo sigue. A pesar de su aparente edad, sin embargo, el viejo se mueve con agilidad. El viejo a su vez parece seguir a un hombre de color que se ha detenido a comprar un objeto religioso.  La cadena de persecución continúa hasta la catedral y en el camino nos vamos enterando de las líneas argumentativas que el personaje se va planteando, como la de que el viejo quizá traiga una bomba. El hombre pierde a su perseguido y se ve de pronto persiguiendo al «negro».  Abandona la empresa. Mas nos enteramos de que ahora el perseguido es él. El hombre de color lo persigue y lo alcanza. El protagonista se ve en la necesidad de contar sobre su actividad de cuentista. El afrodescendiente que en un principio parece agresivo resulta ser un hombre tranquilo y hasta bondadoso. Un estallido los sorprende. El viejo quizá sí traía una bomba. 
	Si buscáramos aplicar la idea de la fotografía en este cuento en un principio pensaríamos que estamos ante muchas imágenes. Sin embargo, pensemos en estas como parte de lo que los fotógrafos llaman «la composición». 
	Cuando se habla de la composición de una imagen se refiere a los elementos que se encuadran en una toma. A los elementos que quedan capturados. Pensemos pues en los acontecimientos narrados como elementos. El metro, la hora en que ocurre, la persecución triple en círculo, la catedral y la explosión final. Los elementos capturados, sin embargo, apelan y señalan hacia un elemento principal que llama la atención, interior: el motivo, que a su vez apela hacia algo que lo trasciende. Qué tan trascendental sea ese motivo y que tan bello sea el conjunto de elementos depende de la habilidad del fotógrafo o, en este caso, del cuentista. 
        Queda, pues, impresa una imagen que puede visualizarse y que rememora la totalidad del cuento, pero también lo que lo trasciende.


[En la próxima entrega, si sigues interesado, amable lector, usaremos la analogía del cuento como esfera de nieve]



Referencias:

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.


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