Polvo del camino. 83. ¿Quieres que te dé atole con el dedo? Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 83

¿Quieres que te dé atole con el dedo?


Héctor Cortés Mandujano

La mentira es, si no la madre, la nodriza de la bondad.

[…] La simulación, a la larga, se suprime a sí misma, y

los nuevos órganos e instintos son los frutos inesperados

del jardín de la hipocresía

Federico Nietzsche, en Aurora


Sueño incesantemente y suelo recordar con precisión lo que sueño. Por eso, varias de mis novelas, obras de teatro, cuentos y textos no son más que trascripciones de mi actividad onírica.
	En ocasiones, alguien a quien he dado llamar mi maestro (a veces es joven, a veces viejo; hablamos en un castillo, en la selva, en la playa), me da charlas sobre la vida y la muerte, cuyos conceptos aparecen aquí y allá en lo que escribo.  
	Hago este prolegómeno porque ayer por la noche (este ayer sin fecha sobre el que suelo escribir) soñé que daba una clase de tres horas sobre un concepto que yo inventé en mi sueño, a partir de dos palabras (una cinematográfica, otra teatral) y que explicaba a mis oyentes: “Corte escénico –les decía– es cualquier párrafo que podemos aislar de una narración, en el que se pueden identificar el tiempo, el espacio, el tipo de narrador y varias instancias más de la técnica narrativa usada para construir el relato”.
	Ponía como ejemplo a mis alumnos un texto mío (que no he escrito en la realidad) que se llama “¿Quieres que te dé atole con el dedo?”, y era sobre dos amigos –un hombre y una mujer– que por distintas circunstancias tienen que pasar la noche juntos. Se acuestan en camas separadas y luego de desearse buenos sueños, ella le dice a él –ya están a oscuras– que siempre ha querido tener una noche apasionada con alguien que le finja amor con promesas y palabras encendidas, que no tengan que ser ciertas, pero que sean convincentes; y que si él puede hacerlo ella también lo hará, sin que al día siguiente la amistad sufra variaciones.
	Él acepta incondicionalmente y se besan, se juran amor, se dicen y escuchan todo lo que alguna vez hubieran querido oír, decir a alguien, y tienen una noche maravillosa.
	Cuando desperté, mi memoria caprichosa, como si pensara sola en un posible epígrafe para el cuento que no he escrito, recordó el bolero “Miénteme”, de Armando Domínguez Borrás, quien nació en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en 1921. Según mi top de canciones 2020, que hace en forma automática Spotify, el servicio electrónico donde generalmente oigo música, fue mi tercera canción favorita del año pasado. Me gusta mucho, en especial porque creo que la verdad exacta sobre el amor, la amistad, los cariños familiares no la podremos saber nunca, y tenemos que conformarnos con las mentiras bien hechas, es decir, aquellas que se dicen y tienen perfecta o aceptable concordancia con los actos. No querría ni quiero que alguien me diga que me quiere y me trate mal, por ejemplo.
	Yo, como en el bolero, suelo tener la convicción de que no hay diferencia entre la mentira (“Te quiero”) que es complementaria con el acto, porque ello parece “verdad” o es la verdad más aproximada que podemos conocer, es lo mejor a lo que podemos aspirar, porque si nos empeñáramos en pedirle juramentos irreprochables de amor, amistad o fidelidad a nuestros cercanos sería una pesadez y tal vez, eso sí, escucharíamos muchas mentiras flagrantes.
	Yo, como don Armando, si alguien le da “a mi vivir la dicha con su amor fingido”, no tengo empacho en pedirle “miénteme más”…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Daniel Dávila




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 82. Enamorados de la nada. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 82

Enamorados de la nada


Héctor Cortés Mandujano

Dormir y no llamarme Luis Daniel Pulido,

de verdad ser Tom Brady o Lio Messi

en «Sin islas para descansar», de Luis Daniel Pulido


¿Qué sé yo de nadie?, de Luis Daniel Pulido –editado este año por Editorial Arboleda, de San José, Costa Rica– ha sido para mí en primer término un boomerang. Hace tiempo escribí una obra de teatro, Trascripción, palimpsesto, que representamos este año, y en ella un poeta –cuyo modelo era Luis Daniel– se convertía en la ficción teatral en poco menos que un monstruo. Pedí permiso a Luis Daniel para dedicársela, porque evidentemente no tenían sus vidas más paralelismos que escribir poesía. Mi poeta escribía versos y en uno de ellos, al darse cuenta del profundo misterio que somos para nosotros mismos se preguntaba: “Qué sé yo de mí” y luego, ante el pasmo del enigma de la naturaleza humana se preguntó: “Qué sé yo de nadie” (Miguel de Cervantes también asegura el aserto en Don Quijote de la Mancha II, de 1615: “Que no sabe nadie el alma de nadie”).
	Luis Daniel me pidió permiso para titular así su poemario y aquel poeta, aquel verso me llegan de nuevo, en las olas de la amistad, en el título de este libro. 
	¿Qué sé yo de nadie? ha sido una relectura, porque al ser una antología de poemas ya publicados en libros o en el blog del autor, los he leído antes y ahora, reagrupados de otra manera, parecen postales de lugares visitados y queridos (“El regreso del halcón milenario, p. 34): “No creo en la paz como medida de agua mineral o porción de tierra, creo en los grandes barcos anclados de los apagones, en los bombarderos de sedantes, en el vaho que arroja cosas al vacío”.
	Es también el regreso a los años en que el poeta y yo no nos conocimos, y fue armando cada cual sus personalísimas mitologías, dado que escribir es darle patadas a la realidad o, lo que es lo mismo, enamorarnos de la nada (“¿Y si ella nadara conmigo?”, p. 29): “En el amor se tiene siempre esa sensación inestable de cuando se camina sobre la línea borrosa de un viejo cuaderno lleno de notas, seguro de que los resultados no se tratan de un original griego, una calca natural de la bondad, el misterio de las estampas orientales, la piedra donde florece el girasol y el iceberg”.
	¿Qué sé yo de nadie? es la muestra de cómo el tiempo tira y crea certezas, derrumba y construye muros, quita y pone panoplias, nos derrota y nos otorga pírricas victorias (“Kralice”, p. 14): “Cómo olvidar tu falda, tu pequeña falda contra el viento y yo mirando cómo te untabas yogurt en las piernas, las que luego abriste para perderme de por vida en ese bosque trenzado de cerezas”. 
	También es la vuelta de los héroes míticos –el Halcón Milenario, Spider Man, Kung Fu Panda, el Caballero de la Noche, el Gran Jefe Apache- que saltan de los versos para darnos la certeza de que el mundo, por lo menos el mundo que inventa Luis Daniel Pulido, aún puede ser salvado del desastre (“Jao contra Jao. Canto al pie de tu montaña”, p. 31): “Mujer se va a marchas con mujeres inmortales; amigas de mujer no tener miedo a Manitú, oso Grizzli, SAT, notificaciones de Hacienda”.
	¿Qué sé yo de nadie? es admirar la metamorfosis del Luis Daniel cada vez más Pulido, que se vuelve las muchas cosas que dicen sus poemas, las varias palabras que están nombrando múltiples mundos y que, por tanto, abren senderos que se bifurcan interminablemente; ¿Qué sé yo de nadie? es estar al tanto de que este libro-Pulido no es su autobiografía ni la de alguno que se llame y se apellide como él, porque la literatura –desde los vedas, los griegos, los romanos, las edades de piedra, y perdón por mi brochazo monumental– se ha desprendido de la certidumbre que llaman, desde este lado de la realidad, vida; de las veleidades que llaman, desde la fisicalidad y los matrimonios eternos, amor; de la mentira infinita que llaman yo, y ha instaurado la desconfianza como método, las preguntas que nadie nunca podrá responder plausiblemente: Qué sé yo de mí, qué sé yo de nadie, qué sé yo de nada. 

. Palabras leídas en la presentación de ¿Qué sé yo de nadie?, de Luis Daniel Pulido. Casa Disner. Viernes 30 de julio de 2021. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 81. Apuntes de oído, IV. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 81

Apuntes de oído, IV
Amaury Pérez: Y nos amamos, pese a nada


Héctor Cortés Mandujano

Amaury Pérez Vidal (La Habana, 1953), quien no usa su segundo apellido más que para diferenciarse de su padre, es hijo de dos personalidades televisivas, muy conocidas en su natal Cuba. Su bautizo, por eso, se hizo en vivo, en televisión.
	Su primera canción, “Vuela pena”, escrita cuando era un adolescente, se la cantó la gran Omara Portuondo y su disco debut, Acuérdate de abril, de 1976, ya tiene canciones distanciadas en música y letra del famoso trío de cantautores conocido como Nueva Trova Cubana: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, que pertenecen a una generación anterior de la de Pérez. Amaury, ni en ese primer trabajo ni en los otros, usa guitarra sola, sino orquestaciones más cercanas al bolero, a la balada, al pop (arreglos neobarrocos, de Mike Porcel, escribió Amaury en “Mis recuerdos”, en 2013), y sus letras no hablan de la revolución, sino de amores, desamores, amistad.
	[Es curioso, pero el tema de la amistad ha sido constante en su trabajo musical. Cito sólo tres ejemplos: “Murmullos” (en su primer álbum), “Yo tengo un amigo” (en No lo van a impedir, 1979) y “Amigos como tú y yo”, que grabó a dúo con Silvio Rodríguez (en Encuentros, 1993), quien le produjo, después, el álbum Trovador, en 2004; Alberto Cortez, con quien también tuvo amistad, le compuso a Amaury una canción: “Amaury”, en 1999.]
	Su segundo disco, donde musicaliza al poeta nacional José Martí (Martí en Amaury, 1978), también con Mike Porcel, se aleja de las clásicas guitarras, con que la mayoría de sus colegas se acompañan; elude los discursos políticos, que Martí tiene por montones, y se concentra en los poemas amorosos. Es decir, es un músico, un cantante, un compositor que hace su propio camino.
	No lo van a impedir, 1979, que apareció como Aguas en Cuba, es ya un disco redondo, con canciones de letras poéticas y música de talentosa orquestación: “fusión entre el jazz, el rock más progresivo, el pop, la balada romántica y la canción de autor”, según Amaury. Gran disco. Ya teníamos a alguien que decía cosas y sabía decirlas, con un agregado que tenía que ver con su pedigrí y que hizo levantar las cejas a los que vestirse bien les parecía antirrevolucionario: se vestía a la moda, como había visto en la farándula que conoció, por sus padres, de niño: Olga Guillot, Benny Moré, Celia Cruz, etcétera. Luego de varios avatares, incluso una detención, fue expulsado del movimiento de la Nueva Trova Cubana.
	En 1982 grabó Abecedario. Las aguas volvieron a su nivel, luego de terremotos y olas altas, y en 1985 grabó su disco Mitades, con arreglos más o menos básicos, pero ya era un cantautor popular, con un timbre personal, un discurso inteligente, poético, y sin haber necesitado parecerse a nadie ni contar con la aprobación oficial. Con su siguiente trabajo, De vuelta, de 1987, metió a sus canciones la computadora y la música secuenciada que fue marca, ya, en su siguiente trabajo: Estaciones de vidrio, de 1988.
	Ha grabado más de una veintena de discos; ha sido productor y conductor de exitosos programas televisivos, especialmente de entrevistas; ha publicado el volumen de cuentos El dorso de las rosas (2004) y las novelas El infinito rumor del agua (2006), y Diez meses y veintinueve días (2008).

“No lo van a impedir”, del disco homónimo, es una “canción multipropósito” como le dijo a Amaury Santiago Feliú y, entre otras cosas, en ello radica su riqueza. Puede referirse al amor (“No lo van a impedir ni andén ni esquina, ni el temor de la virgen si oscurece, ni el humo de las calles si llovizna, ni el canto del otoño que anochece”), a la justicia (“No la van a impedir ni el falso amigo, ni el que alimenta el cepo y la tortura, ni el pequeño ladrón de mano fría, ni el temible donjuán de cara dura”) o a la revolución (“No lo van a impedir del valle al cielo, ni reyes del honor ni periodistas, ni antiguos comediantes ni embusteros, ni estudiantes de leyes ni alquimistas”). No se puede impedir aquello que no pueden vencer ni las fuerzas contrarias ni el otoño, es decir, el tiempo: “A pesar del otoño: creceremos”.
         “Abecedario”, del disco homónimo, de 1982, es una canción no del todo lograda, pero con la ambición de hablar sobre el amor, de la letra a a la z (pongo en mayúsculas y negritas los inicios para hacer más explícito el ejercicio): “Amor, lo que nos lleva hasta el Barranco; barranco, lo que depara una Caricia; caricia es la antesala del Deseo…”, etcétera.
          “Amor difícil” (De vuelta, 1987) es muy atrevida para su tiempo, pues habla del amor de un hombre por un hombre, aunque la letra es ambigua y podría tomarse como un discurso de amor heterosexual: “Yo tengo un amor difícil contigo, aunque me pese lo contendré para siempre, porque más vale la oscuridad para un cariño que no tolera la gente diferente”. Amaury, sin embargo, explicitó lo implícito. Lo acusaron de gay, por supuesto. Una de las virtudes de la canción es esa, justamente: que un heterosexual, como Amaury, no limite su punto de vista por miedo a la torpe acusación de quienes, como dice Vargas Llosa (en su obra de teatro La Chunga), creen tener “el honor en el culo”.  

En síntesis, comparto algunas líneas de sus muchas canciones:
“Acuérdate de abril” (del disco homónimo, 1976): “Acuérdate de mí, si abril te viera tendida, fiel y amada en otros brazos; acuérdate de mí, si abril volviera con nuevo traje y nuevo lazo. […] Acuérdate de mí, si el pensamiento te libra del amor que te sujeta”.
         “Hacerte venir” (No lo van a impedir, 1979): “Si yo pudiera… enamorarte a media voz, cuando ni el viento me pueda oír. […] Tener tu boca y tu corazón cuando el deseo me quiera hervir; si yo pudiera de donde estoy, ay, amor, hacerte venir” (Amaury se sorprendió cuando vino a México y le explicaron que significa “venir” y “hacerte venir” en nuestro país. “Madre mía”, dijo).
         “Olvídame muchacha” (No lo van a impedir, 1979): “Bien pude haberte dicho que sin ti la lluvia no tiene otra tarea que golpear el polvo; bien pude haberte dicho que sin ti me asusta hasta el ruido del mar sereno, vivo y hondo”.
        “Dame el otoño” (No lo van a impedir, 1979): “Dame el otoño si apagué la llama urgente de un sueño atado al cinturón de la caricia, y la ansiedad cual penitencia, eternamente, si es que el deseo me robó la maravilla”.
          “Hay días” (Abecedario, 1982): “Es día de pulirse los anteojos, de atarse la cordura al calzoncillo. […] Se pueden confundir caricia y náusea, cadalso y oficina, hierro y trigo, embuste y trasparencia, piedra y grama, verdugo y confesor, sollozo y río…”. 
          “La ansiedad” (De vuelta, 1987): “Yo siento la ansiedad del fruto que le nace al árbol casi moribundo. Yo tengo la ansiedad del cielo, poniendo la rabia para el aguacero.”
        “Canción del miedo” (Estaciones de vidrio, 1988): “Por eso no tengo miedo a lo que traiga el día y, así, sostengo las rabias de mis mejores años; tenemos que refrescar la caballería, porque esta vez el combate parece largo.”

Mis dos discos favoritos: No lo van a impedir (o Aguas) y De vuelta. Mis diez canciones favoritas: “Hacerte venir”, “No lo van a impedir” (en la versión de Guadalupe Pineda y Caíto), “Dame el otoño”, “Para cuando me vaya” (en especial la versión de Nacha Guevara), “Amor difícil”, “Canción del miedo”, “Encuentros”, “Cuando miro tus ojos” (la versión de Sara González), “Opiniones” y “Tu nombre”. El subtítulo de esta columna corresponde a una línea de la canción “Opiniones”, de Amaury.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 80. Lo que Camilo no sabe. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 80

Lo que Camilo no sabe


Héctor Cortés Mandujano

Al Cami, mi amado nieto, en su cumpleaños


Lo que Camilo no sabe es que cada mañana, cuando me sonríe, hace que en ese instante se entrecrucen mi niñez con la suya, y me sepa, al mismo tiempo, parte de los nudos humanos originarios que lo trajeron al mundo.
	Lo que Camilo ignora es que una sonrisa suya le da sentido al sol que con su claridad llega a nuestros ojos, hace lógico que el árbol parezca danzar con la música incorpórea del viento y da certeza al día que apenas amanece y nos depara las horas múltiples que bifurcan en innumerables posibilidades nuestro destino común.
	No sabe que sus ojos juguetones son más mágicos que la sonrisa tendida en la nada del gato de Cheshire, más que el casco de los nibelungos que puede volvernos invisibles, más que la luna con el poder de hacer soñar a los románticos y aullar a los perros, los lobos, los coyotes…
	Lo que Camilo no sabe es que su lenguaje es muestra de una enorme síntesis, que supone una inteligencia privilegiada, y hace que tocarse la cabeza sea sinónimo de bañarse, abrir la mano signifique “mucho”, y abrir y cerrarla sea símbolo de una araña, una cucaracha o cualquier otro insecto.
	Camilo mueve hacia arriba las cejas para significar complicidad, coquetería, juego, y dice “am” para pedir comida, llama “nena” a cualquier gata o gato y me busca si algo le parece amenazante, porque seguramente cree que yo soy capaz de enfrentar los monstruos más poderosos y salir indemne.
	Lo que no sabe Camilo es que cuando se duerme en mis brazos se vuelve mi niño, es decir, yo mismo durmiendo conmigo; no sabe que dormirse junto a mí hace nacer la simbiosis, la anagnórisis y un montón de palabras raras que podrían cambiarse por la fotosíntesis: él es un sol y yo un árbol al que en su luz brotan nuevas hojas verdes.
Lo que Camilo no sabe es que me gustan sus silencios, porque sus ojos son más lenguaraces que una parvada de calandrias.
        Lo que Camilo sí sabe, porque se lo digo y se lo demuestro de mil maneras, es que lo amo entrañablemente. ¡Feliz cumpleaños, mi amor!




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Juventino Sánchez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 79. Luz. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 79

Luz
(Fragmento inédito de mi novela Tamma)

Héctor Cortés Mandujano

Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz

San Juan, XII, 36, citado por Tostói, en sus Aforismos

“Dar a luz” dicen cuando una mujer pare a un niño. “Alumbrar” le dicen al acto de permitir que algo nazca. ¿Toma la luz el recién nacido de la madre, lo recibe del mundo al que sale? La luz está en todas partes, todo es luz o todo puede serlo. 
        Parir es luz, nacer es luz, y los seres nacemos en el tiempo, que es “el oro de la vida”, y en el tiempo iluminado, del nacimiento a la “muerte”, recorremos nuestro existir: un día es el inicial y en el otro se termina, se supone, nuestra estancia en el mundo. Se apaga la luz. 
	Y el nacimiento y la muerte son los dos polos en la existencia del árbol, del animal, de la roca, del río… Pero hay otra existencia: lo que pensamos, lo que soñamos existe, se vuelve algo que cambia: la palabra “sol” se puede volver “soledad”, “soldado”, “solsticio”, y si sueño con un mar de ángeles, ese mar puede volverse una pintura, una canción, una novela: se ilumina.
	Pensé en el rostro de una pantera blanca. Y ya vive.  Y si planto la idea en otros seres, la pantera blanca existirá no sólo para mí.
	Nada muere. No sé quién fue un antepasado mío. Si investigo y descubro que se llamaba Pedro o Marte su existencia comienza a iluminarse, a llenarse de luz: se enamoró de una muchacha morena y se casó con ella; cuando él murió, ya sus hijos eran hombres de bien: uno fue relojero, otro campesino, otro… Ese hombre desconocido no ha muerto, porque después de muchos encuentros entre gente desconocida (para mí) nacieron los que serían mis conocidos abuelos, mis amados padres y finalmente yo, de quien nacerán interminablemente varias palabras, muchas cosas nuevas, quizás hijos que luego se multiplicarán por muchos años en los que, si me recuerdan y aunque no, seguiré viva. Seré una de las luces que podrá buscar en su interior cualquiera de mis descendientes.
	La vida es luz y los muertos son luz, porque no mueren: forman parte de nuevas vidas.
	El pájaro que canta en la rama, fuera de la ventana de mi casa, es la más reciente nidada que viene desde hace años aquí, desde hace mucho tiempo, y en su canto está el canto de muchos otros que se supone están muertos; están vivos en esas plumas brillantes, en esa canción eterna que oyeron otros oídos antes que los míos y que forman parte de mí.
	Nuestra vida transcurre en el tiempo y nadie es uno solo, sino la acumulación de distintas vidas que nos pueden dar luz, si queremos. Un hecho terrible puede poner oscuridad en nuestro corazón o luz, depende de lo que queramos. Lo que está dentro de mí puede ser amor u odio, depende de mí.
	Mi madre me abandonó para seguir a Seft, lo que podría haber sido oscuridad para mí; pero eso me hizo llegar hasta el castillo negro, hizo que me convirtieran en ratona y eso me hizo ayudar a muchas mujeres. El abandono de mi madre no fue, entonces, oscuridad, sino luz. No fue abandono, sino oportunidad. No lloro por eso, me alegro…
	Si aprendo que la luz que está en todo es también mía, me ilumino e ilumino más: el pájaro canta y soy parte de su canto al oírlo, el río queda en mí cuando me baño en él, el viento es mío, soy la noche, soy todos los hombres y todas las mujeres y todos los niños y soy una anciana y un recién nacido porque formo parte de la vida, soy la vida, y ésta se desarrolla hoy, en este día, en este instante, en este cuerpo que es una concentración de tiempos, luces, vidas. Soy del tiempo y nací en la luz: el tiempo es luz, soy luz, la luz.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 78. El rostro como un mapa. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 78

El rostro como un mapa
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano


Soy un gran vendedor porque sé interpretar los rostros de las personas. Sé, así, con quién cerraré un negocio y con quién no. Voy a la segura.
	En el terreno personal, por muy hábiles que hayan sido las mujeres con quienes me he ligado, descubro sus intenciones. Por eso soy soltero. Es difícil engañarme. Para mí, el rostro de una persona es un mapa, un dibujo minucioso con todas las indicaciones: peligro, arenas movedizas, pantano, animales feroces, cuidado con el perro…
	Digo esto porque muy recientemente tuve un desayuno de trabajo con, pongamos un nombre, Sergio. No somos amigos, pero él intenta convencerme y convencerse de que sí. Lo dejo hacer, pues me conviene.
	Ya habíamos acordado el asunto de negocios que a mí me llevaba y estábamos errando en una conversación tópica. En cierto momento él levantó la mano para saludar a alguien que llegaba y éste fue a nuestra mesa. Se saludaron con un abrazo efusivo. Me lo presentó. Fernando, pongamos.
	Se habían conocido de adolescentes, tenían muchos años de no verse y conversaron del pasado como de algo mágico. Los veía exultantes y esperé el momento oportuno para retirarme y dejarlos revivir su amistad a sus anchas. Antes de que lo hiciera, Sergio dijo que eran tan amigos que, incluso, tuvieron durante mucho tiempo la misma amante sin que ninguno de los dos se molestara. Noté un ligero pasmo en la cara de Fernando. “Ah, Claudia”, dijo Sergio, “cuánto placer le debemos”.
	Vi mi reloj y aduje un compromiso, me despedí de ambos. Saludé en otra mesa a otro de mis clientes, me entretuve unos momentos. Decidí ir a los sanitarios antes de abandonar el restaurante.
	No había bajado la palanca del depósito cuando escuché que alguien más entraba. Me pareció oír un quejido y después, ya con claridad, un llanto soterrado. Bajé la palanca y el hombre se metió en la cabina de al lado. Oí que respiraba con más tranquilidad y le escuché hablar por teléfono, con una voz en sordina y alterada por la rabia, el dolor. Reconocí a Fernando. Dijo lo que dijo con palabras gruesas que yo encubro porque me repugnan las vulgaridades.
	—¿Claudia? Estoy con Sergio y él me dijo algo horrible, que va a cambiar para siempre nuestro matrimonio. ¿Por qué nunca me dijiste que fue tu amante todo el tiempo que fuimos novios? 
  




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 77. ¡Ah, la pobreza! Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 77

¡Ah, la pobreza!

Héctor Cortés Mandujano




La llamaron en español Las pobres gentes (Editora Nacional, 1950, traducción de Alfonso Nadal). Es un error, que quizás no lo era cuando se publicó, agregarle una ese al sustantivo, pues la palabra gente es plural. Es la primera novela de Fedor Dostoiewski, publicada en 1846, en la revista rusa “Anales de la Patria”.
	Tuvo una historia previa singular. Dostoiewski tenía un compañero de vivienda, Grigorovich, a quien  –nos cuenta Nadal en la Noticia preliminar– leyó Fedor la novela de un tirón (p. 15) “sin descansar un momento”; después (p. 16), “Dostoieswski ha contado en su diario cómo (Grigorovich) le arrebató el manuscrito y se lo llevó inmediatamente a Nekrassov”, a quien se lo leyó, también, “en voz alta”. Nekrassov “dio a conocer el manuscrito a Bielinski” y éste lo hizo publicar. Lecturas en voz alta, de un tirón: maravillas que se han perdido.
	[Yo, modestamente, leí también en voz alta y sin pausa, a mi mujer y mi hija, mi novela Aún corre sangre por las avenidas, cuando recién la terminé de escribir. Las dos me escucharon atentas. Un beso desde estas líneas para ambas.]
	Las pobres gentes está escrita a base de cartas entre el pobre viejo Makar Dyevushkin y la joven huérfana Varvara Alexyevna, de quien está enamorado sin esperanzas (el tema lo usó Fedor con frecuencia. En La tímida (Editora Nacional, 1960), por ejemplo, otra de sus novelas breves, que recién leí, los personajes son muy parecidos. De hecho, el propio Dostoieswki, cuando ya era mayor, se casó con una jovencita). Los dos personajes son pobres en extremo (el título de esta columna la tomé de una de las exclamaciones de Makar), de allí que la decisión de Varvara sea dejar atrás al viejo enamorado y a la pobreza, aunque eso no le reporte necesariamente felicidad.
	Fedor no entronizaba su labor. Hace decir a su personaje (p. 154): “La novela es una estupidez escrita estúpidamente, sólo para entretener gente ociosa. […] Shakespeare es también un necio que escribió una serie de necedades para hacer reír a la gente”.
	Makar se sabe perdido cuando conoce a su rival en amores: es rico y, además, lo contrario que él (p. 229) “es un hombre guapo, guapo, muy guapo”; pero no entiende por qué una mujer puede aceptar a un hombre si no es por amor. Su pregunta a Varvara, sobre los lujos en el vestido, me hizo gracia (p. 242): “¿Para qué quieres golillas y perifollos?”.
	Con esta novela bien tramada (las cartas se mezclan con textos de diarios y trascripciones de libros) nació a la fama pública un hombre que sería capaz de escribir y regalarnos varias obras maestras; aunque Dostoiewski, dice mi ejemplar, nació en Moscú, en 1821, y murió, con toda precisión, “en San Petersburgo el 28 de enero de 1881, a las 8:38 de la noche”, evidentemente, sigue vivo.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 76. Evocadas páginas de otro libro/1. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 76

Evocadas páginas de otro libro/ 1
Uno de los condenados

Héctor Cortés Mandujano





Dos meses y diecisiete días después de que Noé cumplió seiscientos años, comenzó el diluvio. Ya tenía él construida el arca con todos los detalles –trescientos codos de longitud, cincuenta codos de anchura y treinta de altura– que Dios le había indicado.
	Esperaba ver aparecer en el horizonte de su vista las parejas de animales no limpios y las siete parejas de animales limpios que subirían a la amplia barca que sería la única donde sobrevivirían él, su extensa familia y los animales rastreros, volátiles, ápteros, silvestres y domesticados. Los elegidos. No sabía muy bien en qué consistía su limpieza, pero creía, confiaba en que los animales sí.
	No discutía órdenes y sabía que los demás seres humanos y toda carne que se moviera sobre la tierra, una vez que el arca abandonara la dársena donde se hallaba dispuesta (también eso le había sido especificado), serían muertos por Dios.
	No sabía ni estaba interesado en saber cómo se enterarían los animales de estos designios, pero no fue sorpresa para él ver la enorme fila que venía, con la naturalidad de los milagros, en dirección al arca. Algunos ejemplares le gruñían o silbaban, le barritaban o zureaban y a todos respondía Noé con monosílabos, un poco aburrido de esas menudencias, porque le había sido otorgado el don de las lenguas humanas y animales para realizar esta misión que, pensaba, sería conocida y repetida, quizá, en el futuro infinito.
	No eran conversaciones, por supuesto, sino sólo alguna palabra animal dicha como júbilo o alarma, como profecía o como bienaventuranza. A Noé le daba igual lo que le dijeran, porque él podía conversar con el mayor poder del mundo, de modo que poco le interesaba lo que le dijera este urogallo o aquel rinoceronte ignorantes de la amplitud del cielo, el fuego de los volcanes, la profundidad del mar.
	Resultaba cansado para Noé esperar a que la inmensa fila fuera acomodándose en la espaciosa arca y no era cómoda la lluvia que, fina y fuerte, se metía en sus ojos y volvía pastosos sus cabellos blancos. No era exactamente un portero, porque los animales sabían su cuento y su cuenta, ni verificaba a las parejas que en una y siete entraban a veces mudas y a veces, decíamos, con una exclamación. 
	No se le ocurrió que algún humano o gigante (“había gigantes en la tierra en aquellos días”) o animal no elegido llegara hasta allí, porque de esa separación entre los que serían sobrevivientes o asesinados por designio divino él no había sido más que informado.
	Al final de la inmensa fila que, por suerte, pensó Noé, ya estaba en su mayoría dentro de la barca, había un solo animal extraño. Noé preguntó sobre su pareja y escuchó su voz terrosa, pedregosa.
	—Soy el único, el último.
	—Dios no me habló de ti, ¿cómo te llamas?
	—Vanterro –dijo.
	—No creo que puedas subir. Sólo se admiten parejas.
	—¿Entonces?
	—Quédate. Estás condenado a morir.

Cuando Noé soltó amarras vio que aquel ser ya no estaba completamente en la superficie: parecía penetrar en la tierra, vivir debajo, como si fuera lodo reseco, piedra. Levantó la mano y le dijo adiós. 
El ser no hizo ningún movimiento en respuesta. Siguió hundiéndose, hasta desaparecer.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 75. Con él, conmigo, con nosotros tres. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 75

Con Él, conmigo, con nosotros tres*

Héctor Cortés Mandujano

¿Acaso no son los amantes casi siempre inocentes?

Maurice, en El fin de la aventura,
de Graham Greene



Por azar leí al hilo dos novelas, cuyas tramas son muy parecidas. Los títulos tienen, también, semejanza. Una es El fin de la aventura (Editorial Selecciones, 1955), de Graham Greene, traducida por Ricardo Baeza, y la otra El último encuentro (Ediciones Salamandra, 1999), de Sándor Márai, traducida por Judith Xantus Szarvas.
Los autores no fueron nada cercanos. Graham Greene (1904-1991) fue inglés y publicó originalmente El fin de la aventura en 1951; Sándor Márai era húngaro, publicó originalmente El último encuentro en 1942, nació en 1900 y se quitó la vida en 1989.
Las dos novelas tratan de dos hombres y una mujer casada con uno de ellos y amante del otro. La mujer se enferma y muere, en ambas ficciones, y los dos hombres, luego del deceso, se reúnen para hablar de ella. Ambos la amaban.

En El fin de la aventura Henry y Sarah son los casados, y Maurice el amante, cuyo oficio es escribir novelas. Comparto contigo lector, lectora algunas líneas que me interesaron. El epígrafe es de Léon Bloy y dice (p. 7): “El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor”.
Cuando está lleno de dudas sobre el amor-odio que siente por Henry y por Sarah, Maurice escribe (p. 28): “¿Habríamos sido capaces de decir, sólo por sus actos, quién, del celoso Judas o del medroso Pedro, fue el que amó realmente a Cristo?”.
Maurice, el amante, contrata a un detective para saber si Sarah lo engaña. El detective le consigue un diario de ella, que él lee y comparte con los lectores. Sarah, quien tiene otro amante, además de Maurice, escribe (p. 87): “Si soy una puta y una farsante, ¿no habrá nadie capaz de querer a una puta y una farsante?”. También escribe en una plegaria (p. 111): “Necesito a Maurice. Necesito el amor humano corriente y corrompido, Señor”.
Hay una reflexión sobre el tiempo, que dice a Maurice un sacerdote (p. 164): “San Agustín se preguntaba de dónde venía el tiempo. Decía que venía del futuro, que aún no existía el presente, que no tenía duración e iba al pasado que había dejado de existir”.

En El último encuentro Henrik y Krisztina son los casados (en las dos novelas el cornudo se llama Enrique, qué coincidencia) y Konrád, el amante. Henrik y Konrád fueron amigos, casi hermanos, dejaron de verse por 41 años y se reúnen cuando cumplieron los 73. Son dos viejos militares.
La novela es casi un largo monólogo de Henrik, quien dice (p. 94): “Las personas que entregan su alma y su destino a la soledad no tienen fe. Sólo esperan”.
Cree que Konrád le envidiaba (p. 120): “El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano”.
Filosofa (p. 151): “En la vida de un hombre no sólo ocurren las cosas […] Uno también construye lo que le ocurre”.
Otra de las frases de Henrik, definen el destino de los dos hombres de esta novela, y también el de los otros personajes de Graham Green (p. 182): “Nosotros dos hemos sobrevivido a una mujer”.

*El título es una de línea del enorme poema “Muerte sin fin”, de José Gorostiza


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 74. Retrato del pospretérito móvil. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 74

Retrato del pospretérito móvil

Héctor Cortés Mandujano

A Herminio y Carmen, por supuesto



Ella era delgada, tímida, blanca, con un corazón como diente de león deshaciéndose en el centro de un remolino, con la mudez que le fue impuesta por un padre muerto y una madre dominante e inmersa en la vorágine del himeneo incesante.
	Él era risueño, cantador, mago, domador de caballos, con un corazón como la corriente de una cascada que dejaba con rapidez e indiferencia, detrás suyo, amores, hijos, lo que fuera, y vivía feliz un presente perpetuo, sin memoria.
	Ella deambulaba por los terrenos cerriles de aquella finca, buscando un espacio de soledad humana para llorar, pues su llanto era la palabra que mejor sabía, que la interpretaba con mayor cabalidad, que más sacaba lo que no era capaz de explicitar con palabras.
	Él iba a la aventura de comprar o vender semovientes, y también con el ojo puesto en los árboles y el cielo; con los oídos abiertos al canto de los pájaros, a las palabras del viento; con la anuencia implícita de aceptar todo aquello que el azar le pusiera enfrente.
	Ella caminaba solitaria, silente.
	Él montaba su caballo retinto y silbaba, alegre, la tonadilla de moda.
	Ella era una rama tierna, pero ya seca de las puntas, con el tallo expuesto, las hojas caídas.
	Él era una selva llena de bejucos, árboles inmensos y plantas floridas.
	Ella, la luna cubierta con nubes negras.
	Él, un sol en el descaro de la mitad del cielo, mostrándose en su consciente e inconsciente lubricidad. 
	Ella, la sombra que trataba de esconder el cuerpo real, la inmovilidad de la piedra.
Él, un retablo de maravillas en movimiento, lleno de focos multicolores, con regalos al pie y una estrella en la cúspide que sería capaz de alumbrar la más lóbrega de sus desgracias.

Él la vio y en ese momento, presentáneo como era, decidió que le gustaba, que la enamoraría, que le propondría huir con él. Cómo no, si era un ángel flotando sobre el camino polvoso, una ninfa del bosque de cabellos rubios, una aparición bella e inexplicable, una nueva mujer para su falo insaciable.
	Ella lo vio y vio una orquesta de monos, un elefante de trompa inconmensurable y colmillos majestuosos, un centauro que con su lazo podía amarrar la luna en un árbol seco del patio, un río de variada corriente, un viento capaz de sacarla de esta realidad pacata y llevarla al cielo de las fantasías vastas e innúmeras.
	Él tal vez le dijo:
	—¿Quieres huirte conmigo, chula?
	Y ella no respondió, bajó los ojos y estiró la mano para que él la jalara y la montara en las ancas de su retinto. Lo abrazó como si no fuera un hombre, sino un regalo largamente esperado.
	Se fueron juntos. Yo comencé a latir en las bombas de dinamita de él, en la tierra ávida de ella. Algún día los vería, me verían, y les diría papá y mamá, y me llamarían con el nombre que firma esta página del móvil pospretérito que me hizo aparecer en el mundo.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Herminio y Carmen




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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