Polvo del camino/ 76

Evocadas páginas de otro libro/ 1
Uno de los condenados

Héctor Cortés Mandujano





Dos meses y diecisiete días después de que Noé cumplió seiscientos años, comenzó el diluvio. Ya tenía él construida el arca con todos los detalles –trescientos codos de longitud, cincuenta codos de anchura y treinta de altura– que Dios le había indicado.
	Esperaba ver aparecer en el horizonte de su vista las parejas de animales no limpios y las siete parejas de animales limpios que subirían a la amplia barca que sería la única donde sobrevivirían él, su extensa familia y los animales rastreros, volátiles, ápteros, silvestres y domesticados. Los elegidos. No sabía muy bien en qué consistía su limpieza, pero creía, confiaba en que los animales sí.
	No discutía órdenes y sabía que los demás seres humanos y toda carne que se moviera sobre la tierra, una vez que el arca abandonara la dársena donde se hallaba dispuesta (también eso le había sido especificado), serían muertos por Dios.
	No sabía ni estaba interesado en saber cómo se enterarían los animales de estos designios, pero no fue sorpresa para él ver la enorme fila que venía, con la naturalidad de los milagros, en dirección al arca. Algunos ejemplares le gruñían o silbaban, le barritaban o zureaban y a todos respondía Noé con monosílabos, un poco aburrido de esas menudencias, porque le había sido otorgado el don de las lenguas humanas y animales para realizar esta misión que, pensaba, sería conocida y repetida, quizá, en el futuro infinito.
	No eran conversaciones, por supuesto, sino sólo alguna palabra animal dicha como júbilo o alarma, como profecía o como bienaventuranza. A Noé le daba igual lo que le dijeran, porque él podía conversar con el mayor poder del mundo, de modo que poco le interesaba lo que le dijera este urogallo o aquel rinoceronte ignorantes de la amplitud del cielo, el fuego de los volcanes, la profundidad del mar.
	Resultaba cansado para Noé esperar a que la inmensa fila fuera acomodándose en la espaciosa arca y no era cómoda la lluvia que, fina y fuerte, se metía en sus ojos y volvía pastosos sus cabellos blancos. No era exactamente un portero, porque los animales sabían su cuento y su cuenta, ni verificaba a las parejas que en una y siete entraban a veces mudas y a veces, decíamos, con una exclamación. 
	No se le ocurrió que algún humano o gigante (“había gigantes en la tierra en aquellos días”) o animal no elegido llegara hasta allí, porque de esa separación entre los que serían sobrevivientes o asesinados por designio divino él no había sido más que informado.
	Al final de la inmensa fila que, por suerte, pensó Noé, ya estaba en su mayoría dentro de la barca, había un solo animal extraño. Noé preguntó sobre su pareja y escuchó su voz terrosa, pedregosa.
	—Soy el único, el último.
	—Dios no me habló de ti, ¿cómo te llamas?
	—Vanterro –dijo.
	—No creo que puedas subir. Sólo se admiten parejas.
	—¿Entonces?
	—Quédate. Estás condenado a morir.

Cuando Noé soltó amarras vio que aquel ser ya no estaba completamente en la superficie: parecía penetrar en la tierra, vivir debajo, como si fuera lodo reseco, piedra. Levantó la mano y le dijo adiós. 
El ser no hizo ningún movimiento en respuesta. Siguió hundiéndose, hasta desaparecer.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com