Polvo del camino. 76. Evocadas páginas de otro libro/1. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 76

Evocadas páginas de otro libro/ 1
Uno de los condenados

Héctor Cortés Mandujano





Dos meses y diecisiete días después de que Noé cumplió seiscientos años, comenzó el diluvio. Ya tenía él construida el arca con todos los detalles –trescientos codos de longitud, cincuenta codos de anchura y treinta de altura– que Dios le había indicado.
	Esperaba ver aparecer en el horizonte de su vista las parejas de animales no limpios y las siete parejas de animales limpios que subirían a la amplia barca que sería la única donde sobrevivirían él, su extensa familia y los animales rastreros, volátiles, ápteros, silvestres y domesticados. Los elegidos. No sabía muy bien en qué consistía su limpieza, pero creía, confiaba en que los animales sí.
	No discutía órdenes y sabía que los demás seres humanos y toda carne que se moviera sobre la tierra, una vez que el arca abandonara la dársena donde se hallaba dispuesta (también eso le había sido especificado), serían muertos por Dios.
	No sabía ni estaba interesado en saber cómo se enterarían los animales de estos designios, pero no fue sorpresa para él ver la enorme fila que venía, con la naturalidad de los milagros, en dirección al arca. Algunos ejemplares le gruñían o silbaban, le barritaban o zureaban y a todos respondía Noé con monosílabos, un poco aburrido de esas menudencias, porque le había sido otorgado el don de las lenguas humanas y animales para realizar esta misión que, pensaba, sería conocida y repetida, quizá, en el futuro infinito.
	No eran conversaciones, por supuesto, sino sólo alguna palabra animal dicha como júbilo o alarma, como profecía o como bienaventuranza. A Noé le daba igual lo que le dijeran, porque él podía conversar con el mayor poder del mundo, de modo que poco le interesaba lo que le dijera este urogallo o aquel rinoceronte ignorantes de la amplitud del cielo, el fuego de los volcanes, la profundidad del mar.
	Resultaba cansado para Noé esperar a que la inmensa fila fuera acomodándose en la espaciosa arca y no era cómoda la lluvia que, fina y fuerte, se metía en sus ojos y volvía pastosos sus cabellos blancos. No era exactamente un portero, porque los animales sabían su cuento y su cuenta, ni verificaba a las parejas que en una y siete entraban a veces mudas y a veces, decíamos, con una exclamación. 
	No se le ocurrió que algún humano o gigante (“había gigantes en la tierra en aquellos días”) o animal no elegido llegara hasta allí, porque de esa separación entre los que serían sobrevivientes o asesinados por designio divino él no había sido más que informado.
	Al final de la inmensa fila que, por suerte, pensó Noé, ya estaba en su mayoría dentro de la barca, había un solo animal extraño. Noé preguntó sobre su pareja y escuchó su voz terrosa, pedregosa.
	—Soy el único, el último.
	—Dios no me habló de ti, ¿cómo te llamas?
	—Vanterro –dijo.
	—No creo que puedas subir. Sólo se admiten parejas.
	—¿Entonces?
	—Quédate. Estás condenado a morir.

Cuando Noé soltó amarras vio que aquel ser ya no estaba completamente en la superficie: parecía penetrar en la tierra, vivir debajo, como si fuera lodo reseco, piedra. Levantó la mano y le dijo adiós. 
El ser no hizo ningún movimiento en respuesta. Siguió hundiéndose, hasta desaparecer.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 75. Con él, conmigo, con nosotros tres. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 75

Con Él, conmigo, con nosotros tres*

Héctor Cortés Mandujano

¿Acaso no son los amantes casi siempre inocentes?

Maurice, en El fin de la aventura,
de Graham Greene



Por azar leí al hilo dos novelas, cuyas tramas son muy parecidas. Los títulos tienen, también, semejanza. Una es El fin de la aventura (Editorial Selecciones, 1955), de Graham Greene, traducida por Ricardo Baeza, y la otra El último encuentro (Ediciones Salamandra, 1999), de Sándor Márai, traducida por Judith Xantus Szarvas.
Los autores no fueron nada cercanos. Graham Greene (1904-1991) fue inglés y publicó originalmente El fin de la aventura en 1951; Sándor Márai era húngaro, publicó originalmente El último encuentro en 1942, nació en 1900 y se quitó la vida en 1989.
Las dos novelas tratan de dos hombres y una mujer casada con uno de ellos y amante del otro. La mujer se enferma y muere, en ambas ficciones, y los dos hombres, luego del deceso, se reúnen para hablar de ella. Ambos la amaban.

En El fin de la aventura Henry y Sarah son los casados, y Maurice el amante, cuyo oficio es escribir novelas. Comparto contigo lector, lectora algunas líneas que me interesaron. El epígrafe es de Léon Bloy y dice (p. 7): “El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor”.
Cuando está lleno de dudas sobre el amor-odio que siente por Henry y por Sarah, Maurice escribe (p. 28): “¿Habríamos sido capaces de decir, sólo por sus actos, quién, del celoso Judas o del medroso Pedro, fue el que amó realmente a Cristo?”.
Maurice, el amante, contrata a un detective para saber si Sarah lo engaña. El detective le consigue un diario de ella, que él lee y comparte con los lectores. Sarah, quien tiene otro amante, además de Maurice, escribe (p. 87): “Si soy una puta y una farsante, ¿no habrá nadie capaz de querer a una puta y una farsante?”. También escribe en una plegaria (p. 111): “Necesito a Maurice. Necesito el amor humano corriente y corrompido, Señor”.
Hay una reflexión sobre el tiempo, que dice a Maurice un sacerdote (p. 164): “San Agustín se preguntaba de dónde venía el tiempo. Decía que venía del futuro, que aún no existía el presente, que no tenía duración e iba al pasado que había dejado de existir”.

En El último encuentro Henrik y Krisztina son los casados (en las dos novelas el cornudo se llama Enrique, qué coincidencia) y Konrád, el amante. Henrik y Konrád fueron amigos, casi hermanos, dejaron de verse por 41 años y se reúnen cuando cumplieron los 73. Son dos viejos militares.
La novela es casi un largo monólogo de Henrik, quien dice (p. 94): “Las personas que entregan su alma y su destino a la soledad no tienen fe. Sólo esperan”.
Cree que Konrád le envidiaba (p. 120): “El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano”.
Filosofa (p. 151): “En la vida de un hombre no sólo ocurren las cosas […] Uno también construye lo que le ocurre”.
Otra de las frases de Henrik, definen el destino de los dos hombres de esta novela, y también el de los otros personajes de Graham Green (p. 182): “Nosotros dos hemos sobrevivido a una mujer”.

*El título es una de línea del enorme poema “Muerte sin fin”, de José Gorostiza


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Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 74. Retrato del pospretérito móvil. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 74

Retrato del pospretérito móvil

Héctor Cortés Mandujano

A Herminio y Carmen, por supuesto



Ella era delgada, tímida, blanca, con un corazón como diente de león deshaciéndose en el centro de un remolino, con la mudez que le fue impuesta por un padre muerto y una madre dominante e inmersa en la vorágine del himeneo incesante.
	Él era risueño, cantador, mago, domador de caballos, con un corazón como la corriente de una cascada que dejaba con rapidez e indiferencia, detrás suyo, amores, hijos, lo que fuera, y vivía feliz un presente perpetuo, sin memoria.
	Ella deambulaba por los terrenos cerriles de aquella finca, buscando un espacio de soledad humana para llorar, pues su llanto era la palabra que mejor sabía, que la interpretaba con mayor cabalidad, que más sacaba lo que no era capaz de explicitar con palabras.
	Él iba a la aventura de comprar o vender semovientes, y también con el ojo puesto en los árboles y el cielo; con los oídos abiertos al canto de los pájaros, a las palabras del viento; con la anuencia implícita de aceptar todo aquello que el azar le pusiera enfrente.
	Ella caminaba solitaria, silente.
	Él montaba su caballo retinto y silbaba, alegre, la tonadilla de moda.
	Ella era una rama tierna, pero ya seca de las puntas, con el tallo expuesto, las hojas caídas.
	Él era una selva llena de bejucos, árboles inmensos y plantas floridas.
	Ella, la luna cubierta con nubes negras.
	Él, un sol en el descaro de la mitad del cielo, mostrándose en su consciente e inconsciente lubricidad. 
	Ella, la sombra que trataba de esconder el cuerpo real, la inmovilidad de la piedra.
Él, un retablo de maravillas en movimiento, lleno de focos multicolores, con regalos al pie y una estrella en la cúspide que sería capaz de alumbrar la más lóbrega de sus desgracias.

Él la vio y en ese momento, presentáneo como era, decidió que le gustaba, que la enamoraría, que le propondría huir con él. Cómo no, si era un ángel flotando sobre el camino polvoso, una ninfa del bosque de cabellos rubios, una aparición bella e inexplicable, una nueva mujer para su falo insaciable.
	Ella lo vio y vio una orquesta de monos, un elefante de trompa inconmensurable y colmillos majestuosos, un centauro que con su lazo podía amarrar la luna en un árbol seco del patio, un río de variada corriente, un viento capaz de sacarla de esta realidad pacata y llevarla al cielo de las fantasías vastas e innúmeras.
	Él tal vez le dijo:
	—¿Quieres huirte conmigo, chula?
	Y ella no respondió, bajó los ojos y estiró la mano para que él la jalara y la montara en las ancas de su retinto. Lo abrazó como si no fuera un hombre, sino un regalo largamente esperado.
	Se fueron juntos. Yo comencé a latir en las bombas de dinamita de él, en la tierra ávida de ella. Algún día los vería, me verían, y les diría papá y mamá, y me llamarían con el nombre que firma esta página del móvil pospretérito que me hizo aparecer en el mundo.




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Herminio y Carmen




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

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Polvo del camino. 73. Minucias cancioneras. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 73

Minucias cancioneras

Héctor Cortés Mandujano



No es que dedique mucho tiempo a eso, pero suelo darme cuenta de minucias, de pequeños cambios en versos o palabras en las canciones que oigo, aunque no sean mis favoritas. A veces, claro, se dan por simple ignorancia o desconocimiento del idioma (de esas hay muchas). Me llaman la atención cuando suponen una reconversión o un guiño. Hablaré de ello.
Una canción popular, “Acaríciame”, de Alejando Jaén, por ejemplo, la compuso él para cantarla, pero la vendió a Manoella Torres y modificó sus versos finales, que decían: “Acaríciame y no importa que no sepa ni tu nombre, pues mañana puede ser quizá otro hombre el que esté en tu lecho haciéndote el amor”; en 1977 la grabó Manoella y sonaba fuerte para esos tiempos. No era el hombre el activo, sino la mujer, que volvía suyo el acto: “Y no importa que no sepa ni tu nombre, pues mañana puede ser quizá otro hombre el que esté en mi lecho haciéndome el amor”. De un tu a un mi, la canción se vuelve otra.
Rocío Jurado grabó, en 1980, la canción “Señora”, de Manuel Alejandro, donde una amante le dice a la esposa que no puede dejar al hombre que comparten (“ahora es tarde, señora, ahora nadie puede apartarlo de mí”); años después, en 2005, Falete, un cantante abiertamente homosexual (su nombre artístico lo dice todo), la grabó y la diferencia es obvia: un hombre gay le dice a la mujer que no puede dejar al hombre que comparten (“Cuando supe que existía usted… ya llevaba dentro de mi ser su aroma”).
En sentido contrario, y con buen humor, Chico Che tomó la “Macorina”, a quien le pide “ponme la mano aquí”, es decir, un hombre habla a una mujer y hace una petición sin referencia a lugar específico: “Aquí”. Cada escucha debe suponer dónde se pondrá la mano. La canción original y revolucionaria la compusieron Alfonso Comín, poeta asturiano, e Isabel Vargas. El poema hubiera sido “normal”, de un hombre a una mujer, si no la hubiera musicalizado Chabela Vargas, quien también la cantaba, la canta. Se volvió una canción lésbica, dicha de una mujer a otra, lo que supuso un escándalo cuando se cantó y se grabó, en 1956. Dice “Ponme la mano aquí, Macorina”, pero también dice: “Después el amanecer, que de mis brazos te lleva. Y yo sin saber qué hacer, de aquel olor a mujer, a mango y a caña nueva, con que llenaste el son caliente de aquel danzón”.
Uno de los que más he oído que cambia (o le cambian) versos en sus canciones es Joaquín Sabina. En “Eclipse de mar”, por ejemplo, la versión de Guadalupe Pineda, en 1989, y la de él, en 1990, tienen un montón de cambios. Señalo algunos. Dice Sabina en el inicio: “Hoy dice el periódico que ha muerto una mujer que conocí, que ha perdido en su campo el Atleti y que ha amanecido nevando en París”; dice Guadalupe: “Hoy dice el periódico que ardió la casa donde yo nací, que falló de penalti Hugo Sánchez y que ha amanecido nevando en París”. Sabina: “Que han pillado un alijo de coca”; Pineda: “Que encontraron seis kilos de coca”. Sabina: “Que siguen las putas en huelga de celo en Moscú”; Pineda: “Que siguen los curas en huelga de celo en Moscú…”.
Por cierto, la imagen “eclipse de mar” está aquí usada como algo feo: “Pero nada decía el programa de hoy de este eclipse de mar, de este salto mortal…”, y Juan Luis Guerra usa la misma expresión, en “Te regalo una rosa”, en el mismo 1990, como algo lindo: “Ay, amor, eres la rosa que me da calor, eres el sueño de mi soledad, un letargo de azul, un eclipse de mar”.
También hay varios cambios en las versiones de “Peces de ciudad” que grabaron Ana Belén, en 2001, y Sabina, en 2002. Dice Sabina en el inicio: “Se peinaba a lo garçon la viajera que quiso enseñarme a besar…”; dice Ana Belén: “Se llamaba Alain Delon el viajero que quiso enseñarme a besar…”; la versión de Sabina alude al clásico mexicano Pedro Páramo, de Juan Rulfo: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”; la de Ana Belén hace referencia a Cien años de soledad, de García Márquez: “En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.
Me podría pasar horas con esto, por supuesto, pero basten estas mínimas muestras…




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Ilustración HCM




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Héctor Cortés Mandujano

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Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 72. Un león y muchas amantes. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 72

Un león y muchas amantes
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Todo fue un sueño, un sueño que perdimos […]
Un sueño breve y antiguo como el tiempo,
que los espejos no pueden reflejar

M. Trejo y Astor Piazzola,
en su canción “Pájaros perdidos”

Como la directora del zoológico y su invitada especial llevaban cosas frágiles en el Jeep y no íbamos a caminar más que unos 200 metros, me pidió que llevara abrazado a un león joven y flaco, que no era peligroso porque estaba más o menos enfermo, me dijo. 
¿Más o menos?, me repetí en silencio.
Recibí el costal de huesos y de inmediato puso una de sus garras sobre mi hombro y me encajó las uñas. Recordé que una de mis amantes me rasguñaba, estuviéramos o no en acción erótica. Ella era una maestra en encontrar el punto exacto. Sentí placer.
Luego el león me mordió cerca del pecho, con una mordida floja, carente de energía. Otra de mis amantes me mordía. Era muy buena en eso. Sus mordidas en la espalda me hacían conocer otros mundos.
Vi a los ojos al león y éste tenía una mirada triste. Me acordé de Amanda, de la última noche que pasamos juntos. Ella se iba a casar con otro, pero estaba enamorada de mí, me dijo. Tragamos nuestras lágrimas mientras hacíamos el amor.
Acaricié al león enfermo y pensé en Nury, en su desnudez. Le gustaba dejarse acariciar, más que nada. Se desnudaba y dejaba que yo la recorriera. Era un monumento palpitante.
Me di cuenta de que estaba cansado, que habíamos avanzado bastante, que yo sudaba a chorros. Decidí descansar y puse al león en el piso, luego de lograr, con cuidado, que no me encajara las uñas y dejara de morderme.
Intentó ponerse de pie y no pudo. Recordé a la mujer que murió en mis brazos. Un accidente terrible, que siempre he intentado olvidar. Lo acomodé debajo de una sombra para que no se sofocara.
Me senté a su lado y me acordé de la vez que vi amanecer en el mar con la mujer con quien pensé en casarme. También me acordé de la enorme estrella que vimos esa noche mágica. Era tan linda la noche, era tan linda ella.
Respiré agitado, suspiré, como si acabara de terminar una relación sexual.
Me puse de pie e intenté en concentrarme no en el pasado, sino en el ahora y me di cuenta de que el león agonizaba.
Murió, sin que pudiera hacer nada por él.
Pensé en los muchos amores que he tenido y han muerto para mí, y lloré por el león, por mí, por los amores perdidos. Y recordé a la directora del zoológico llorando, cuando pidió verme por última vez, porque se había enamorado de la visitante especial con la que iba muy adelante, quizás llegando a donde yo no llegaría porque decidí dejar allí al león e irme, y no volver nunca a este lugar tan lleno de recuerdos.



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Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 71. Apuntes de oído, 3. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 71

Apuntes de oído, 3
Noel Nicola: ¿Qué hay delante de la vida, por detrás de la muerte, al lado del amor?


Héctor Cortés Mandujano

Cuando murió Noel Nicola (La Habana, Cuba, 1946-2005) escribí un texto que titulé, en alusión a una de sus canciones, “Para un imaginario Noel Nicola”. Admiraba no sólo sus letras, su música y sus interpretaciones, sino cómo había se había apartado de las luces, de la fama, cuando pudo brillar tal vez aún más que sus compañeros Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, quienes se convirtieron en el referente más conspicuo de la ya vieja Nueva Trova Cubana.
         Noel, hijo de músicos, hizo un disco musicando poemas de César Vallejo (1986), y también puso música a un texto del Che Guevara (“Diciembre 3 y 4” ) de su diario en Bolivia (Así como soy, 1980); hizo un disco para niños, con niños (Tricolor, 1987); un poco antes de su muerte los trovadores cubanos, viejos y jóvenes, le hicieron el homenaje de cantar sus canciones y presumir con su arte de componer versos en voz alta: 37 canciones de Noel Nicola (2007). Ya había muerto Noel cuando el disco salió.
	Su canto fue libre, con explosiones de voz aguda, y su guitarra se tomó todas las licencias. Exploró distintas maneras de componer canciones y no le interesó volverse internacional ni popular, no le interesó grabar discos ni salir de Cuba para hacer conciertos en otras partes. Sus discos, por eso, incluyendo el de niños, el de Vallejo y otro que grabó con Santiago Feliú (Entre otros, 2002), no llegan a diez. Es el rebelde de la trova.
	Recuerdo que en la contraportada de mi viejo LP Así como soy, la nota de presentación decía que el disco era un acontecimiento, porque no era fácil convencer a Noel de que entrara a grabar las canciones que ya tenía años cantando. Cuando fui a Cuba (Noel aún vivía) traté de comprar algún nuevo disco suyo, en un mercadito de arte al aire libre. Me acerqué a un vendedor de discos pirata y le pedí me enseñara discos de él. Se río y me dijo: “Hermano, eso es underground. No tengo nada de él, pero sí de Silvio, Pablo, Amaury…”.

En “Detrás de esta guitarra” no sólo hay la pretensión conseguida de sacarle a la guitarra nuevos acordes y forzar la voz para llevarla a otros territorios. También busca bajar a la tierra al artista, que no se le piense especial, extraño: “Detrás de esta guitarra hay un tipo lleno de complejos, un tipo que no escapa a las leyes de nuestro universo, pegado a la tierra, urgente de besos”. Pero hay aliento poético: “Está la soledad, la compañía fiel, la muerte de papel, juguetes de peluche, alguna que otra herida chorreándole mujer.” Y la vuelta a la realidad: “Un tipo que camina y que hasta escupe, suda, come, traga”.  
           Me gustan las canciones breves de Noel. “Miedo a vivir” me parece filosófica y perfecta. Dura un minuto y dice más que muchas que se gastan en nada el tiempo. Toda la letra dice primero sobre la vida: “Miedo a vivir, luz encendida hasta la madrugada. En el sillón, frente a un espejo, sin ver la arruga que cruza tu cara. Un día de éstos viene la muerte y no ha pasado nada”. Luego sobre el amor: “Miedo al amor, cama tendida sin manchas en las sábanas. Sólo dos pies, sólo dos manos, un sólo rostro estrujando la almohada. Un día de éstos llega la muerte y no ha pasado nada”.
           “Son oscuro” dura casi cinco minutos, algo muy raro en la producción de Noel. Es una canción de amor linda, compleja, poética. Parece referirse lo mismo a la patria (Cuba) que a una mujer, que a la manufactura de una canción. En todo caso muestra lo inaprensible que es la realidad con las palabras, lo difícil que es hacer una canción que domestique lo mágico, lo multidimensional de una experiencia: “Espeso viento te da en la cara, la vida aprisa, piedra rodante, y tú en tu calma mágica. Violento espejo, mi canto te habla, y en tus silencios tú te le quedas pálida. Cuando se estruja mi alma, añora palma y pulpa de mamey; y, conmovida en sus raíces, salta, volcando al agua un sueño de papel”. La segunda parte no aclara mucho la dulce oscuridad a que alude el título: “Avieso invento el que te amarra, abre su poza, viene y se posa, como una deuda inválida. Acento viejo de la palabra, el universo de lo que siento te hace una mueca trágica. Segunda patria la noche, cerró con broche de oro el sueño aquel, puso su oscuro en la palabra, pero así y todo alumbra lo que es”.

Comparto contigo lector, lectora, algunas líneas de sus canciones:
          En “Yamile, la más bella flor” (Así como soy, 1980) es muy sutil su referencia al encuentro erótico: “Vamos a demostrar que estamos vivos la flor y yo, haremos que la palabra no necesite venir aquí”, y también su aserto sobre lo vagaroso que es el deseo masculino: “Quisiera poder dar más, ponerle un injerto aquí, pero un buen jardinero nunca lo hace así; si mira una bella flor, por bella que sea la flor, se lo come la ansiedad por mirar al jardín”.
           En “Es más te perdono” (Comienzo el día, 1977): “Te perdono andar como tú andas, tus zapatos de nube, tus dientes y tu pelo. Te perdono los cientos de razones, los miles de problemas; en fin, te perdono no amarme. Lo que no te perdono es haberme besado con tanta alevosía”.
            En “Por la vida juntos” (Así como soy, 1980): “Yo sólo te diré, sobre las cosas de esta hora, cómo es que siente aquí la inmensa mayoría: si somos igual que tú y tú no puedes feliz, ¿de qué nos valen todas nuestras alegrías?”.
            En “De cierto modo” (Así como soy, 1980): “Murió un amor, pero veo a unos niños jugar, pero siento la brisa del mar, de cierto modo eso es amar”.
En “Ay, no sabes” (Dame mi voz, 2000): “Ay, no sabes cuánto duele, que salga el sol y me faltes, que falte el sol y te sueñe”.
           En “Llueve en agosto de 1981” (Lejanías, 1985): “Llueve, se desmoronan las paredes de mi casa; el mundo buitre viene y se posa en mi espalda, con su antivida, su antiamor, su antipalabra. […] Llueve y ya la lluvia hoy es veneno, aunque llegaras; una canción atravesada en la garganta, un estallido de neutrones en el alma”.
            En “Elvia, que te quiero verde” (Comienzo el día, 1977): “Está mi mano buscando el sitio donde creces, para poner mi voz, para poner mi mano, para poner mi amor. […] Al pie del árbol donde yo sé que te despiertas, voy a poner mi cuerpo, voy a poner un beso, voy a ponerme yo. Voy a poner mi mano tocando el sitio del amor”.
           “Canción para un final razonable” (Así como soy, 1980): “Te vas sin sonreírme; total, ya no hace falta. Ya estamos convencidos de que el amor respira, de que estamos viviendo, de que existe la muerte”.
           “Nube, agua, ala y brisa” (Lejanías, 1985): “¿Adónde me llevas agua, cantora del aguacero, acaso a un rosal de enaguas o acaso a un abismo fiero?”. 

Mis discos favoritos: Así como soy (1980) y Lejanías (1985). Mis 10 canciones favoritas: “Cueca con tu nombre escondido”, “Son oscuro”, “Por la vida juntos”, “Tres estaciones”, “Llueve en agosto de 1981”, “Ay, no sabes”, “Cantiago desde cerca”, “Otro hombre, otra mujer”, “Canción para un final razonable” y “Nube, agua, ala y brisa”. El subtítulo de esta columna corresponde a la canción “Qué hay delante, detrás y al lado”.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 70. Hijo de mujer y fantasma. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 70

Hijo de mujer y fantasma


Héctor Cortés Mandujano

Aunque se publicó originalmente en 1943, El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga (1886-1978) es una novela que podría pasar por una recién escrita, recién publicada (mi ejemplar es de Random House, 2014).
	La mezcla de personajes históricos (Hernán Cortés, Colón, Moctezuma, Nezahualpilli…) con seres de ficción (Alonso, Xuchitl, Citlali, Cara-Larga…) es algo que aún ahora se explora narrativamente, lo mismo que los conciliábulos de palacio, las luchas cruentas y el erotismo que en El corazón… tiene páginas brillantes. Creo que esta novela, pues, es prodigiosa, especialmente en sus dos primeras partes.
	Cara-larga se siente borracho, es decir, según su dicho (p. 46): “Estoy lleno de conejos. […] cuatrocientos conejos era el nombre popular que se daba entre el pueblo al espíritu que se supone habita en el cuerpo del hombre borracho”.
	Es bonita la descripción de las sombras nocturnas y el amanecer (p. 54): “Las mujeres nocturnas habían desaparecido, abandonando las esquinas oscuras a los duendes del alba”.
	Ixcauatzin explica a Xuchitl el sentido de los sacrificios humanos, que está por encima del dolor de su madre (p. 234): “Gorrión no es sólo hijo de su madre; es también hijo de todos sus abuelos y bisabuelos, es decir, el hijo de todo el pueblo. De modo que, si muere por todo el pueblo, no hace más que devolver lo que le dieron”.
	[El corazón de piedra verde a que alude el título es un amuleto que produce deseos eróticos, fantasías, energía sexual; lo anda Nezahualpilli colgado al cuello y lo hereda a su hija Xuchitl y ésta lo regala a Alonso. El amuleto, incluso uno falso, atraviesa tangencialmente las historias, la novela.]
	Un consejo que le da a Alonso uno de sus preceptores, cuando pretende volverse sacerdote (p. 291): “Guárdate de delantera de mujer, de trasera de caballo, de costado de mula y de todo alrededor de un cura”.
	A Quintalbor le explica el padre Olmedo que no hay que hacer sacrificios humanos, porque ya antes un hombre-Dios se sacrificó por todos (p. 445): “Al fin oía de aquellos desconocidos palabras que tenían un sentido claro. El hecho de que un cordero muerto hacía 1500 años viviera para siempre en una oblea de harina era para él una proposición evidente que no necesitaba otra base que la posesión de poderes mágicos por parte del que había matado al cordero”.
	Doña Marina, la Malinche, antes de ser amante de Cortés fue amante del capitán Puertocarrero. No se va con él a España, porque (p. 458) “estaba enamorada de Cortés”. A Cortés le llamaban Malitzin, que no es un nombre femenino (p. 488): “Era el nombre que los naturales daban a Cortés, formado a base de su amante e intérprete, doña Marina, con el sufijo tzin, que equivalía a príncipe”. 
        A Citlali le explica Ixtlicoyu qué es la cruz (p. 534): “Representa un dios-hombre-animal que nació de una mujer y de un fantasma, y tan pronto es como un fantasma y anda por las nubes o sobre el agua -eso es cuando es dios”.
	Ya en plenas batallas de conquista, a los españoles les da terror y asombro cuando un grupo de guerreros europeos los insultan en náhuatl, pero (p. 688) “los veteranos que conocían las costumbres de los indios caían en la cuenta de lo que estaba ocurriendo: los guerreros de Cuauhtémoc habían desollado a los españoles y se habían vestido con sus pellejos”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración H.C.M




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 69. Sin remedio. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 69

Sin remedio


Héctor Cortés Mandujano

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora

Paul Verlaine (1844-1896),
en “Mi sueño familiar”


Durante años he soñado con una mujer –no se parece a alguien de la realidad–, que ha sido mi amante.
En mis sueños hemos tenido larguísimas sesiones eróticas y hemos explorado casi todas las posibilidades de ayuntamiento carnal. Es alta (más que yo), delgada, con un largo pelo negro y no ha envejecido desde que la sueño, hará unos veinte años.
Hemos terminado el romance algunas veces y llorado mucho; hemos hecho tríos y estado en orgías. Nos hemos hospedado en moteles de mala muerte: recuerdo uno donde llovía torrencialmente y nos caía una gotita en las espaldas, porque ella-yo estaba a veces arriba, a veces abajo. Nos reíamos y seguíamos besándonos, amándonos…
A veces nos hemos sentado en el pasto, bajo una frondosa sombra, y vemos hipnóticamente una laguna, con las manos enlazadas. Me gusta cómo juega con mi pelo y cómo es capaz de producirme torrentes de placer sólo con sus manos, sólo con su voz en mi oído, sólo con sus besos.
Era tan común vivir con ella mientras dormía, que me sorprendió mi sueño reciente: Estábamos atendiendo a unos amigos que habían llegado a visitarnos a nuestra casa de campo (llena de cristales, con bejucos floridos enredados a los altos árboles que convivían con la construcción) y a la mesa sin adornos llevábamos botellas de vino, vasos, platos… Nos sentamos, ella tronó los dedos y nuestros amigos desaparecieron.
Acostumbrado a esas magias oníricas, yo sonreí hasta que vi la expresión triste de ella, a quien por cierto nunca puse nombre.
—¿Te pasa algo?
—Sí, claro –me respondió.
Me vio con mirada dulce y me dijo sin temblores ni pausas:
—Esta es la última vez que estaré contigo.
Yo la vi, divertido:
—No sabes lo que dices, esto que estoy viviendo es un sueño y tú estás dentro de mí, porque yo te he construido del pelo al pie.
—Ay, Héctor, no sabes nada de los sueños, pobrecito. Lo que te digo es incontrovertible: nunca más estaré en tus sueños, me voy.
—¿Adónde?
—No importa. Llámalo cementerio de los sueños, tumbas de gloria, evanescencia, como quieras. Este es, querido, el último beso que recibirás de mi boca.
Me besó y de pronto sentí que ya no estaba. Abrí los ojos, me desperté y me di cuenta de que esa mujer me había acompañado durante tanto tiempo sin que nadie lo supiera. Y ya no estaría. Quedé triste.

En el desayuno, mi mujer (la real) me dijo:
—¿Y esa cara?
Le conté y mi mujer, que es toda tranquilidad, bondad y paciencia, me quedó viendo como se ve a los enfermos terminales que uno quisiera que sanaran, pero que ya no tienen remedio.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración H.C.M




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 68. Elipsis metafórica. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 68

Elipsis metafórica


Héctor Cortés Mandujano

  
Me gusta en Up: una aventura de altura (2009, dirigida por Pete Docter), cinta de dibujos animados que ganó dos premios Oscar, el rápido recuento de vida que hacen del viejo que será protagonista. En un abrir y cerrar de ojos: es un niño, conoce a una niña, se caen mal, son amigos, se enojan, crecen, se vuelven novios, se casan, van envejeciendo, ella muere y él, Carl Fredricksen, se vuelve un viejo solo, viudo. Allí arranca la trama.
Antes de esta cinta se hizo otra con un procedimiento similar, pero más extremo. Se trata de Mis vecinos los Yamada (1999, dirigida por Isao Takahata, de los Estudios Ghibli). Los protagonistas son un matrimonio, dos hijos y la suegra. Es difícil ver esta película porque uno ya se acostumbró a que las caricaturas (el anime en este caso) estén hechas con dibujos cuidados y llenos de colores. Los Yamada están mal dibujados y mal pintados. La calle, por ejemplo, es un espacio en blanco, unas rayas que simulan casas y un manchón verde que sugiere un árbol. La peli me gustó también por esos atrevimientos.
El joven y la muchacha se suben a un carrito que da vueltas y vueltas en un camino que sube y sube que, cuando la toma se abre, vemos que es la orilla del pastel de bodas. Mientras la juez habla, ellos empiezan a juntar tablas y hacen una barca que se convierte en barco en medio de una tormenta; el hombre busca cómo arreglar el casco dañado por el oleaje mientras se oye la voz de la juez que dice: “Enfrentarán grandes tormentas, pero si siguen unidos, vencerán”.
El barco se va haciendo pedazos y ellos se quedan en el centro que se vuelve un carrito que los lleva por un camino de la playa. Dice la voz: “Tengan hijos lo más pronto posible”, y ellos, en su carrito, atraviesan campos de coles que tienen muchos bebés en su interior; ven el cielo y hay un sinnúmero de cigüeñas con niños recién nacidos en el pico; el coche se vuelve lancha y entran en un río donde hallan un melocotón gigante que suben a la barca, lo abren y allí está su primer hijo.
Estas secuencias elípticas cuentan la vida con rapidez metafórica: la familia completa está en el mar, en una balsa, rodeada de tiburones, sin que ellos se den cuenta, mientras la voz dice: “Tengan cuidado cuando naveguen por aguas tranquilas”.
Después de estas prodigiosas secuencias, la cinta se centra en una serie de viñetas familiares, acompañadas por poemas de Basho y otros poetas japoneses, música de piano y fragmentos clásicos. Rara y bella peli, que se toma todas las libertades.
Por la capacidad de síntesis (en un minuto te cuento una historia), estas soluciones cinematográficas me hicieron recordar una frase leída en una de las novelas de Iván Turgueniev: Humo, que también contiene Primer amor (Bruguera, 1981). Las dos novelas tratan de amores mal sucedidos. El niño se enamora de la jovencita, pero ella se enamora del padre del niño en Primer amor, y Humo es el reencuentro de un hombre enamorado otra vez de quien fue su amor juvenil. Cae en la trampa amorosa de nuevo, pero ella es casada y él se va a casar. El amor se vuelve humo. Sin embargo, tienen horas de pasión y allí se dice la frase a que aludí y que podría encajar en las películas, en la vida, cuando se escancia y se bebe con rapidez y eficiencia el vino de la felicidad (p. 257): “Si disponemos de un día, disponemos de la eternidad”.

***

Con varias amigas y varios amigos, fuimos a ver la puesta en escena de Manual para bañar al gato, de Laura Jiménez Abud, con dirección de Lenin de Zunún y con las actuaciones de Enrique Heram, Carlos Ariosto y Hugo Saldaña. Salimos complacidos. Te invito lector, lectora a que vayas a verla; seguirá en temporada hasta el 24 de mayo, con funciones los viernes (a las 8 pm) y sábados (6 y 8 pm), en Telar Teatro: 9ª Sur Poniente 514, altos.




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Obra: Héctor Ventura. Foto: Linda esquinca

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 67. Equinus. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 67

Equinus*


Héctor Cortés Mandujano

Antes que hombres o dioses

eran caballos

Roberto Calasso, sobre los Asvin, en Ka

  
Tantos fonemas y su concreción deben obviarse
—abrir la puerta, meterlo todo, cerrar—
para que sea CABALLO el centro del blanco
(no como color, sino como diana):

El dueño de la flecha erótica ante unas ancas dispuestas.
La que produce protuberancias frecuentes al sur del cuerpo.
Domus libraria con todas sus adherencias.
El desvelo por el desecamiento o el calor excesivo:
          El Globo

          Sí, está Saint-John.
          No mucho más.

Sería empuñar el rojo manzano, mostrarlo lleno de
          campos y pacen,
          voces lóbregas, fantasmales,
          tropeles con ausentes bridas,
          sudor de carrera y viento que lo unta a la epidermis.

Sería cavar:
          cavo yo/ cava ya/ cava yo: caballo,
          sería el viento que es compañero de la saeta pequeña,
          niña, minotaura, masculina.
          Sería el pasado, evidentemente.
          Sería el ahora con la pausa puesta.

Campo e inclusive ciudad de los poetas:
           ¿ya no hay jinetes?

*Hace años escribí este texto. Era clarísimo, pero decidí hacer el juego de oscurecerlo, en
contra del parecer de Nietzsche quien escribió de los poetas, en Así hablaba Zaratustra,
como de aquellos que “enturbian todas sus aguas, para que parezcan profundas”. Me lo
encontré cuando revisaba mis archivos en busca de algo que no era esto. Yo sigo

encontrando alguna luz en esta bruma. Ojalá tú también lector, lectora. Si no, me podrás
embarrar en la cara lo de Nietzsche, que pongo a tus órdenes, en mi contra.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Foto: Catherine Bories
Fotografía: Linda Esquinca y Paloma, su yegua. Foto: Catherine Bories

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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