Polvo del camino. 96. Palinodia del cuerpo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 96

Palinodia del cuerpo
(Sobre la exposición de Juan Ángel Esteban Cruz)

Héctor Cortés Mandujano




1. La muchacha, enamorada de sí misma, ve sus pupilas hermosas en el espejo. Detrás de ellas, una bola blanca y sanguinolenta, llena de misteriosas conexiones, está oculta en el interior de su rostro, como sarmentosa raíz oscura, en el revés de su ojo. 
         Debajo de su ombligo lúbrico, piel adentro, las costillas flotan mientras la sangre escurre, camina, corre, brota de un manantial recurrente y cansino. Sus pechos opimos muestran a ilusos la majestuosa apariencia superficial de la belleza, mientras late debajo un corazón hecho de viejos y revueltos huesos sangrantes.  

2. Levanta el pedante su brazo admonitorio y cree decir palabras que no son más que ecos repetidos de la nada eterna y sucesiva. El hombre vivo es sólo el montón de huesos que sostienen la ilusión de los cabellos, los labios, el sexo. La vida es la última línea de claridad, en el ocaso, antes de que caiga sobre ella la noche definitiva, unánime.

3. Aquel hombre genial, esta mujer encantadora, ese niño inocente, y también la vieja sabia, el anciano insoportable… todas, todos, alguna vez seremos comida fácil para los insectos que acomodarán los cráneos mondos sobre sus patas implacables, para los zopilotes que esperarán con paciencia nuestro último suspiro y que desdeñarán nuestras joyas para yantar a gusto en nuestras vísceras, en nuestra carne magra. Nos volveremos sólo huesos que roer para quien, después, será comido por otros, hasta llegar al revuelto polvo al que nos integraremos antes de volvernos aire, luz, vacío, nada…

¿Cuántos órganos se involucran en el acto mágico de ver? Muchos, algunos tan invisibles como la memoria: veo esos ojos y recuerdo a una mujer a la que quise, miro la tarde y mi padre muerto me pide que caminemos juntos. Además, el color no existe. Y el tiempo es una mezcla inextricable de ayeres, este instante y tal vez mañanas. Vemos distinto cuando somos niños, cuando jóvenes, de viejos. Y somos todos los sexos, todos los animales, todas las posibilidades: los mundos, los universos.
	Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad que somos nosotros, que él es. Tiene la luz de la inteligencia y la sombra del arte que camina dando palos de ciego. Sabe que detrás de la bella escenografía están las maderas empatadas, los clavos enmohecidos, el cartón rompiéndose, y eso le importa más que la boca pintada con el uso maestro del bilé. 
         Esta exposición es su visión panóptica y su mirada fija; lo que ve, imagina y sueña en la duermevela, el sueño paradójico, la pesadilla.
	El otro salto es saber cómo nuestra mirada puede volverse esa raya, ese color, aquel dibujo, esta obra. Y allí ya entra el concepto, que es un quebradero de cabeza: arte. El arte es volver a nuestros orígenes, se ha dicho desde la filosofía. Y somos esqueletos, sangre, negruras, alimento para otros, carnada, misterio. Eso nos dicen estas imágenes.
	El ojo, el cerebro, la memoria, la mano, la vida de Juan Ángel Esteban Cruz están en estas representaciones que nos inquietan, nos inquieren, nos envuelven en algo que está más allá de él, que las hizo, y más allá de nosotros, que las contemplamos. 
        En ese más allá donde tiembla el agua del manantial interminable del arte eterno, de la muerte que nos espera, que nos hace señas obscenas y, a la par, guiños sugerentes. 

4. Parece que los cuerpos se retractaran de su vestido de carne en las pinturas de Juan Ángel: El gallo es una aparición de huesos y ectoplasma, que intenta cantar en el aire gris de la no materia. No termina la tortura en el esqueleto que se halla atado con alambre de púas y parece gritar piedad desde su boca seca, desde sus ojos huecos. Es bello el pez azul que, como Caronte de espléndida cola, parece arrastrar un cadáver en las aguas de la muerte, pero en las aguas rojas el pez también es una colección de huesos, una aparición que aletea, con la grandiosidad de su veste carmesí, en las profundidades de la nada…

5. Al imago no llegan estas imágenes, estas apariciones, son palinodia del cuerpo: el gazapo bicéfalo es devorado o alimentado, lo mismo da (¿quién dice que no es lo mismo estar vivo que muerto?), por un homúnculo femenino, mientras parecen caer en un abismo azul de resplandores rojizos. La muerte escarlata toca la tarantela de los muertos. La mujer y la calavera están a punto de pasarse, en un beso, el pez violeta del amor.

*Texto incluido en la exposición Palinodia del cuerpo, de Juan Ángel Esteban Cruz, inaugurada el 19 de noviembre de 2021, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas 



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 95. Tres piedras para Sísifo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 95

Tres piedras para Sísifo

Héctor Cortés Mandujano

¿Ha visto usted un tigre en una jaula?

Lo mismo es el hombre que quiere conseguir algo grande.

Va y viene frente a los barrotes

Roberto Arlt, en Los lanzallamas


Roxana Carbajal tuvo un padre que la marcó en dos sentidos: un territorio y un oficio, Chiapas y el teatro. Era actor y era chiapaneco. Roxana vino a Chiapas, se ha quedado hasta la fecha aquí, se volvió actriz y dio, además, un siguiente paso: es dramaturga.
          He tenido la suerte de acompañar sus procesos de creación, que hasta el momento se han concretado en tres obras de teatro: Mariposas posadas en el polvo, Salir al sol y Coyotes sedientos.
          Si tuviera que encontrar un hilo conductor en sus tramas diría que es el encierro y la necesidad, incluso la urgencia de escapar. En Mariposas posadas en el polvo la pareja protagónica está dando vueltas a una vida que ya ni siquiera tiene. Hablan desde lo interregno, como los seres de Comala, como los personajes de Un hogar sólido. En su vorágine de culpas y dolor también está dando vueltas su hija. Como Sísifo, los tres suben la piedra del sufrimiento hasta la cúspide y caen con ella para volverla a subir y volver a caer, eternamente.
           En Salir al sol, los jóvenes que hacen una huelga se encierran en un salón al que vuelven su centro de operaciones. Es curioso el contrasentido: los que buscan la libertad, se encierran voluntariamente y el quid de la obra es si van a decidirse a salir o se quedarán en su cárcel voluntaria de manera indefinida. Quedarse en la sombra o salir al sol es su disyuntiva.
          En Coyotes sedientos dos niños están encerrados en un pueblo que los castiga, los golpea, los segrega, los daña. Quieren escapar. Uno lo hace primero, en condiciones de subordinación; la otra lo hará sin que, en la obra, eso sea necesariamente una liberación. Ya no son niños, pero la soledad, el desarraigo, el dolor ya no los une, los separa en definitiva. Quién sabe si alguna vez puedan saciar su sed de saberse aceptados, queridos. Tal vez siempre sean coyotes sedientos.
          Hasta el momento, digamos, la poética de Roxana Carbajal está ligada a la infelicidad como santo y seña de la humanidad de sus personajes. Hay, de momento, poco lugar para la risa, aunque en Salir el sol y en Coyotes sedientos ya haya menos opresión, más ventanas que en Mariposas posadas en el polvo, en cuyas vidas perdidas las puertas están selladas. 

Pero estamos aquí para celebrar, justamente, la publicación de Mariposas en el polvo, editada por Tifón, con diseño e ilustración de Juventino Sánchez. En la contraportada escribí un pequeño texto, que les leo: “La historia ya pasó y los personajes estuvieron enamorados, fundaron una familia, tuvieron hijos. Ya no están. En qué consistió el amor, qué es el amor, por qué se termina, en qué se convierte.
          “Mariposas posadas en el polvo, de Roxana Carbajal, no sólo hace las preguntas, sino intenta las respuestas. Lo hace desde la conciencia femenina, desde una escritura que elude las obviedades y trata de calar hondo.
          “Es un privilegio ser testigo de cómo nace una nueva dramaturga y es alentador que no se quiera entretener con gracejadas inocuas, con caminos trillados. Este es su primer paso y es firme, asentado. Lo bueno de iniciar un camino es que hay poco pasado y mucho futuro. Roxana Carbajal tiene talento y disciplina para llegar lejos, hasta donde su imaginación la lleve. Ojalá nunca se conforme, nunca se detenga.”

*Texto leído en la presentación de Mariposas en el polvo, de Roxana Carbajal. 6 de noviembre de 2020. Galería Rodolfo Disner. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 94. Camino a Nothing. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 94

Camino a Nothing

Héctor Cortés Mandujano

Haré un poema sobre nada:

Guillaume de Poitiers (1071-1126), en «Canción»

—Se dice nathing; incluso, arrastras un poquito la t, para hacer el sonido de la th.
          —Yo digo nothing.
          —Está mal.
          —No me importa. Podría decir nething, nithing, nuthing, da lo mismo.
          —Si no vas a seguir las reglas, ¿por qué decidiste poner un título con una palabra en inglés?
          —Para mí nothing sólo es una palabra y yo soy dueño de todas las palabras que conozco, que existen y que invento. Puedo usarlas a mi antojo y darles incluso (como proponía Carroll, en su Alicia) el significado que quiera. Me da igual que estén en ruso, en esperanto o en jerigonza…
          —Es que, insisto, hay reglas.
          —Claro, algunas las conozco y las sigo, otras no me importan.
          —En fin, lo que ocurre es que tu título habla de ir rumbo a algo que se llama Nothing.
          —Podría llamarse de otra manera.
          —Nothing significa literalmente nada.
          —¿Ah, sí? Da igual: nada, todo, Tuxtla Gutiérrez, Tlaquepaque, New York.
          —Lo que escribes ¿es un cuento, un poema, un ensayo, una novela, una obra de teatro?
          —No sé. La palabra camino también es nada. Vamos a suponer que hablara del camino a Nothing. Si se habla del camino no significa que un personaje vaya para allá o esté allá, porque el camino, por antonomasia, es tránsito, no llegada; por otra parte, en ese camino puede venir alguien de Nothing en sentido contrario, es decir, ya fue y vuelve, lo que quitaría cualquier importancia a Nothing. Es decir, como te decía, “camino” y “Nothing”, aunque ésta esté en mayúscula y en cursivas, no tienen significado. Son palabras trasparentes, fantasmales.
          —¿Y la a?
          —La pobre a significa menos que nada. ¿Para qué serviría esa vocal puesta en mitad del margen superior de una hoja en blanco, qué significaría? Podría inducir a que alguien imaginara que se hablará de la vocal, de esa concretamente, pero no es el caso.
          —¿Entonces?
          —Lo que tú supones que es un título es nada, una página en blanco: camino, decíamos, es tránsito, movimiento del caminante, si es que hay alguno; si no, vía inmóvil; Nothing es nada, porque la propuesta es hablar del camino no del destino final, y la a es un animalito abandonado a su suerte, que sólo tiene sentido si existen las palabras de antes o de después.
          —¿Entonces?
          —Lo que quiero decirte es que nada de lo que se escribe, se lee o se dice significa algo concreto, salvo que tú conozcas de antemano el significado o el idioma en que se dice. Papá, corazón, amor, mundo valen lo mismo que perro, metal, odio, infinito y podrían ser intercambiables, no traen nada encima: tú se lo pones, tú les das la significación o la importancia que quieras. En otro idioma son nada, nothing. Las palabras por sí mismas –estas mismas con las que trato de explicarte– son espejos sin reflejo, piedras sin peso, venas sin sangre…
          —¿Entonces?
          —Entonces, nathing.


 


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Fotografía: Mario Robles




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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 93. El amor está en la cabeza. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 93

El amor está en la cabeza

Héctor Cortés Mandujano

Qué sentido tendría discutir si da más placer

un helado o un partido de futbol

Patricia Highsmith, en Carol


Vi la cinta Carol, de 2015, dirigida por Todd Haynes, protagonizada por la preciosa y elegante Cate Blanchett, y por la buena actriz Rooney Mara. Me gustó, pero no sé si en los créditos iniciales o finales se mencionaba que estaba basada en una novela de Patricia Highsmith.
	Se me hizo raro que la Highsmith, la gran autora de novelas policiacas (sólo con la invención de Tom Ripley podría pasar a la historia de la literatura universal), hubiera escrito una historia sobre una pareja lesbiana que, además, no terminaba en tragedia.
	Busqué el libro (Anagrama, 1991, traducción de Isabel Núñez y José Aguirre) y lo leí. Dice la Highsmith (1921-1995), en su prólogo, que la escribió después de Extraños en un tren, de 1948 –que supuso su catapulta al éxito– y se publicó, en 1952, con el título de The Price of Salt (El precio de la sal) y decidió firmarla con otro nombre (Claire Morgan) porque, le dijeron, por el tema, la podían etiquetar como (p. 11) “escritora de libros de lesbianismo”.
	Se volvió un éxito.
	La novela cuenta la historia de amor entre Carol, una mujer rica, elegante, en proceso de divorcio, bella (es curioso que la novela pareciera describir a la actriz Cate Blanchett, quien más de 60 años más tarde la encarnaría en cine), con una hija, y Therese, una joven escenógrafa de teatro que trabaja en una tienda de regalos. Allí se conocen. Le dice Carol, cuando empiezan a ser amigas (p. 62):
	“—Eres una chica extraña.
	“—¿Por qué?
	“—Pareces caída del cielo –dijo Carol.”
	Carol después dice a Therese, quien tiene problemas con Richard, su novio (p. 95): “La gente a veces intenta encontrar a través del sexo cosas que son más fáciles de encontrar de otras maneras”.
	Carol conoce a Richard, que es pintor, y él le pregunta (p. 120):
	“—¿Tú también pintas?
	“—No –dijo Carol con otra sonrisa–. Yo no hago nada.
	“—Eso es lo más difícil de todo.”
	Sin que siquiera se hayan besado, Therese se siente enamorada de Carol. Le escribe una carta, que no le envía, donde dice (p. 173): “Siento que estoy en un desierto con las manos extendidas y tú estás lloviendo sobre mí”.
	Carol invita a Therese para irse con ella de vacaciones (lo que significara que Therese deje definitivamente a Richard, y un enorme problema para Carol y para la relación de ambas, porque aparecen los detectives y los abogados de su exmarido). Therese deja todo para irse con la que supone es, será su gran amor, y hasta entonces (p. 212) se besan en los labios y tienen su primera relación sexual.
	Dice la Highsmith en el epílogo que (p. 321) “la novela homosexual de entonces tendía a tener un final trágico. En general, solía tratar de hombres”; agrega (p. 322): “En 1952 se dijo que The Price of Salt era el primer libro gay con final feliz”. Finalmente (p. 324): “El sexo se define por características físicas y debe indicarse en los pasaportes. El amor está en la cabeza, es un estado de la mente”.

 


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Fotografía: HCM




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Héctor Cortés Mandujano

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Polvo del camino. 92. Evocadas páginas de otro libro, III. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 92

Evocadas páginas de otro libro/ III
Trómpogelas o el sinnúmero bosque humano
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Castígame mi madre, y yo trómpogelas

Miguel de Cervantes, En Don Quijote de la Mancha II

Trómpogelas: «Engañar, burlar»

(Real Academia Española)

«Refrán para expresar que alguien hace, inmediatamente, lo contrario de lo que se le aconseja»

(Diccionario Abierto de Español)

Muerto de aburrimiento en el mundo recién creado, hombre solo como el que más, supe que podía extraer una mujer de mi costilla izquierda y lo hice. Quería escuchar una voz que no fuera la mía, pero ella hablaba sin parar.
	Quise el silencio y me extraje otra mujer con quien veía, callados, el amanecer. Ella me miraba con la complicidad de los ojos que lo pueden decir todo, y enlazadas las manos dormíamos sin decir más que lo puede decir el amor silente.
	No gustó mucho mi idea de crear más de una mujer; se vio como una burla, un engaño, y el paraíso se volvió una tierra para cultivar y hacer mil trabajos nuevos.
	Había que barbechar, sembrar, cosechar, y me saqué otra mujer de la costilla, con el procedimiento habitual, y ella me acompañó a los campos y me sorprendió su fuerza, su energía imparable, y su saber sobre plantas, frutos, animales, nombres de las nubes. 
	La primera mujer, parlanchina y observadora, notó lo fácil que era obtener otro ser de nuestro cuerpo y creó otro hombre al que le hablaba imparablemente. Éste le sacó el secreto de los partos mágicos y él se hizo de sí mismo un nuevo hombre, y dejaron a la mujer, se fueron a vivir juntos. Ella, Lilith se llamaba, se escapó entonces con el primer demonio que le prometió oreja atenta y sexo de buena factura.
	La mujer callada, obviamente sin pedirme opinión, tan callando, hizo a su propia mujer y un día, sin palabras, me abandonaron.
	La mujer fuerte que me ayudaba con los trabajos de cultivo decidió que yo era más débil de lo necesario y se creó un hombre puro músculo con el que laboraban casi sin descanso, alegremente.
	Yo decidí hacerme una nueva mujer y también un hombre para tener una visión de los dos mundos, y un día descubrí que quién sabe quién había hecho un campamento donde todas y todos sin ropa se ayuntaban con harto contento y sin pertenencia.
	Una de las mujeres hizo, mejorando mi experiencia, un hombre que genitalmente era a la vez mujer, y exploró la nueva experiencia de ser pareja de dos seres en uno.
	Y un hombre decidió ser pareja de una yegua, y una mujer de un perro.
	Hubo una mujer o un hombre, ya no me acuerdo, que decidió vivir en soledad y se fue a la montaña más lejana. Alguna vez volvía, aunque no hablaba con nadie.
	Y a alguien se le ocurrió que hombres y mujeres no debíamos aparecer mayores en la tierra, sino pequeños, limpios, como páginas en blanco. Y que ya nadie debiera sacarse nada de las costillas. Nacieron los bebés sólo de mujeres, sólo vaginales, y la idea se generalizó en las muchas tribus que ya éramos. Se aceptó con gusto.
	Y así, hasta hoy, se fue creando la humanidad.
 


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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 91. Apuntes de oído, V. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 91

Apuntes de oído, V
"Cucurrucucú, paloma", una canción queer

Héctor Cortés Mandujano



En gramática, el epiceno es un sustantivo que designa por igual a individuos de ambos sexos. Los ejemplos varios son el gorila, al que para diferenciar su género tendrá que decirse si es gorila macho o hembra. Lo mismo ocurre con el águila (no se debe decir la águila), la rata, la cría (no se dice el cría), la víctima, la persona (masculina o femenina), etcétera.
	Sin embargo, el sustantivo la paloma sí tiene su contraparte masculina: el palomo.
	Explico esto porque quiero comentar la ambigüedad del alma que posee a la paloma en la famosísima canción vernácula “Cucurrucucú paloma”, del compositor Tomás Méndez (1926-1995), quien también compuso muchas rancheras famosas, entre otras “Las rejas no matan”, “Paloma negra”, “Huapango torero”, “Puñalada trapera”, “La muerte del gallero”…
	Una recurrencia es creer que los espíritus se vuelven mariposas, gorriones, aves en general. Dice Lord Byron en “La novia de Abydos” (Obras escogidas, Edicomunicación, 1999: 99): “No es necesario viajar a Oriente para encontrar la creencia de que las almas viven en los cuerpos de las aves. Recordemos la historia de lord Lytletom, de acuerdo con la cual la duquesa de Kendal había visto a Jorge I posarse en su ventana con la apariencia de un cuervo”.
	“Cucurrrucú paloma”, según Wikipedia, la escribió Tomás Méndez en 1954 y la cantó, en 1955, en la cinta Escuela de vagabundos, de ese mismo año, Pedro Infante. Pero la intérprete inicial de casi todo su repertorio –no sé si esta canción haya sido una excepción a la regla– fue Lola Beltrán. A Méndez, por supuesto, antes y hoy, lo han cantado muchas, muchos intérpretes. (Intérprete, por cierto, es otro sustantivo epiceno.)
	La canción cuenta la historia de un hombre que deja de comer y de dormir, hasta morirse, porque una mujer lo ha dejado: “Dicen que no comía, nomás se la iba en puro llorar; dicen que no dormía, nomás se le iba en puro tomar. […] Cómo lloró por ella que hasta en su muerte la fue llamando”.
	Luego viene la estrofa sobre el cucurrucucú de la paloma. ¿Quién es esa paloma que de pronto aparece en una canción sobre un hombre que acaba de morir? La incógnita se despeja con la siguiente descripción, donde nos pinta la “casita sola, con sus puertitas de par en par” que se supone ha quedado abandonada, dado que la mujer se fue y el hombre murió. 
        Inmediatamente después  alude a la paloma: “Cuentan que esa paloma no es otra cosa más que su alma, que todavía la espera a que regrese la desdichada”. Es decir, la paloma es el alma del hombre a quien el narrador explica, para que deje de llorar, sobre el material con que está construido el corazón de la ingrata: “Las piedras jamás, paloma, qué van a saber de amores”, y a quien da un último consejo, que más parece regaño, en la última línea de la canción: “Paloma, ya no le llores”.
         Me llama la atención, decía, que Tomás Méndez haya escogido a una paloma como representación de un alma masculina, cuando pudo haber elegido un palomo. Es evidente que cuando morimos desaparecen nuestros sentidos, incluido el sexo, pero queda la identidad: se dice, aunque ya no sean eso, murió el señor o la señora; la muchacha o el joven; el niño o la niña…
          Me parece interesante que en la canción ranchera, muy macha ella (nótese mi lenguaje inclusivo), se haya colado, en los oídos de todas/todos, una canción en la que un hombre (llorón, como suelen ser los héroes de estas historias) se convierte en una paloma, subvirtiendo la lógica de los géneros.
         Tomo de nuevo a Wikipedia: “Queer es un término tomado del inglés que se define como ‘extraño’ o ‘poco usual’. Se relaciona con una identidad sexual o de género que no corresponde a las ideas establecidas de sexualidad y género”, como el caso de esta (femenina) paloma que, desde su identidad masculina, llora por una mujer que lo dejó. 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com





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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 90. Veste de caza. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 90

Veste de caza
(Fragmento de mi novela inédita Los estrígidos)

Héctor Cortés Mandujano

Desconfía del que ama: tiene hambre,

no quiere más que devorar.

Busca la compañía de los hartos.

Esos son los que dan.

Rosario Castellanos, en «Consejo de celestina»


Ciertos árboles (no sé si todos) producen, debajo de su sombra, condiciones específicas para que ninguna planta o arbusto pueda alimentarse, crecer, vivir. Prevalecer, para ellos, implica la desaparición del otro.
Soy un humano y he recibido descalificaciones, negativas, decepción. Creé mi propia sombra para que nada crezca desmesuradamente y me invalide, me anule. Soy por eso un árbol solitario, un cactus que si bien no da sombra tiene como superficie las espinas que no permiten el abrazo.
Busco un amor en tono menor, grisáceo, diminuto, transitorio. Huyo de la hoguera, del incendio, del sol de la pasión. No quiero que nada encarne en mí; quiero que todo acto que haga en compañía de alguien pueda lavarse y olvidarse; quiero que el sentimiento engendrado no se vuelva ni recuerdo ni nostalgia, que se vaya con el agua.
Y de pronto me encuentro con un árbol impensado, una flor, unos ojos, unas hojas (el monstruo exquisito que es todo al mismo tiempo), el silbido del viento que le habla a mi epidermis, que la roza con delicadeza, que se vuelve una voz que dice, para mí, palabras mágicas:
—Ya no puedo ser sólo tu amiga.
Son palabras comunes. Las dijo ella detrás de mí, a mis espaldas. Estábamos solos, en la casi penumbra del atardecer. Pudo estirar la mano y tocarme. No lo hizo, no hacía falta, porque ya había plantado su ser dentro del mío y yo empezaba a no ser yo sino ella, un yo-ella: eyo. Su voz suave parecía, dije, una brisa casi silente, pero sonó como una explosión en mi cerebro.
Mi sombra ahora tiembla, la tierra de mi pecho se remueve en el lado izquierdo, la semilla de tal vez una caricia o un beso se vuelve en un instante lo impensado: este temblor, esta respiración agitada, esta resequedad en la garganta, este miedo…
Mi sombra ya no existe, ya no es: está debajo de la sombra suya, es una parte de su sombra oscura y luminosa. Ella es el enormísimo árbol que me cubre por completo. Ella es el otro cuerpo que le ha nacido al mío. Ella es mi ángel, a quien, en momentos como éste, siento detrás de mis hombros leyendo esta carta de amor…


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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 89. Cruzar el río. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 89

Cruzar el río


Héctor Cortés Mandujano
Una voz en sordina me dijo que mi hijo quería verme. Nada pregunté y nada más me fue dicho. Pensé de inmediato que en estas épocas el río que separa este caserío donde estoy del pueblo donde vive mi hijo estaba crecido y nadie se arriesgaría a cruzarlo. Menos yo, con mis más de ochenta años y mi ceguera total.
Pensé que el recado de mi hijo era tan escueto que ni siquiera me aclaraba si quería verme por razones de salud o de cambio de fortuna, es decir, porque me iba a dar una buena o una mala noticia; tampoco entendía si era necesaria mi presencia o sólo era un deseo dicho como se dicen tantas cosas (“Quiero dormir, quiero bañarme, quiero verte”) o si había premura como para plantearme la idea de buscar a alguien, no sé quién, que pudiera pasarme de un lado a otro del río caudaloso.
Por otra parte, no reconocí la voz; tal vez fuera nada más el viento que a veces le da por arrimar voces fantasmales al oído; no mostré emociones (mi cara es un pergamino inescrutable): permanecí impávido sobre este viejo sillón que hice con viejos maderos y lazos hallados en el camino, y con la intuición no perdida de mi antiguo trabajo de fabricante de muebles.
Quedé a la expectativa de que alguien se acercara a verme –en ocasiones alguien viene y me trae algún zumo y algo sólido para que mis ancestrales huesos aún sigan constituyendo mi esqueleto–, pero pasaron días sin que sintiera presencia alguna en este mundo de sombras en el que sobrevivo, sin más cambios que algún dolor, alguna necesidad, algún pensamiento extravagante que me saca de esta inmovilidad que pareciera concentración, meditación o alguna de esas zarandajas espirituales, y que no es.
Llegó alguien. Se detuvo cerca. No habló durante un rato. No hice señal alguna de notar su presencia. A las tantas, como si antes hubiéramos sido dos animales indiferentes, dos pedazos de madera, dijo:
—¿Quiere ir?
Dije, con un retintín de enfado:
—¿Y el río?
—¿Quiere ir?
—Sí.
Sentí su mano sobre el rostro y me desvanecí.

Abrí los ojos, por la lamentable costumbre de hacerlo cuando ya dan lo mismo abiertos que cerrados.
—Ya llegamos –dijo.
—¿Podría preguntarle a alguien por mi hijo?
—No hay nadie vivo. Estamos en el panteón.
—Se llama Manasés.
—Lo llevaré hasta su lápida y allí podrá hablar con él.
Sentí su mano en un brazo y caminé a su lado no más de veinte pasos.
—Es aquí –dijo–, puede meter sus dedos en las letras del nombre y así estará seguro.
Mientras él se alejaba, yo me hinqué y fui tentaleando hasta tocar la losa. Hallé las cavidades y busqué la primera. Era una M, luego una A, después la N… Sí, era la tumba de mi hijo.
Cuando recorrí su nombre completo, con mis dedos temblorosos, escuché su voz.
–Papá, qué bueno que viniste. Te llamé para que ya te quedes conmigo.
Me acosté sobre la tumba y poco a poco, como cuando me duermo, fui dándome cuenta que mi respiración cesaba, que mi corazón dejaba de latir, que entraba en la nada abarcadora, totalitaria, definitiva…

***

Ayer, sábado 2 de octubre de 2021, mi querido amigo Juventino Tito Sánchez me dio la gran y alegre noticia de que ganó un importante premio en Suiza. Me hace feliz que mis amigos triunfen. Un abrazo fuerte, querido amigo.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 88. Evocadas páginas de otro libro/II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 88

Evocadas páginas de otro libro / II
Hijos como estrellas, como arena


Héctor Cortés Mandujano

Abram y Sarai se vieron, se conocieron, se amaron. Ella era estéril. Dejaron su Harán natal (Abram tenía 75 años) y los acompañó Lot, sobrino de Abram, casi su hijo.
	En Egipto, en su pobre casa, Abram fue despertado por Él. Le dijo que saliera a ver la noche. Que contara las estrellas. Que así de numerosa sería su descendencia.
	Le contó a Sarai y ella dijo:
	—Yo no te puedo dar hijos, ¿por qué no tomas a Agar, nuestra esclava, y la embarazas?
	Era fuerte Abram, potente. Nació Ismael, el hijo que depositó en el vientre de Agar, cuando él tenía 86 años. Ismael (es decir, Dios oye) era apenas su primera estrella.
	Dios decidió, entonces, cambiarles de nombre. Abram se volvió Abraham (o sea Padre de una multitud) y Sarai, Sara, es decir, Princesa.
	Y les dijo que serían padres. Sara, a sus 90 años, sonrió: ¿Tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?
	Y tenía cien años Abraham cuando nació Isaac, el hijo de Sara.
	Otra estrella.

Pero estaba el asunto de Sodoma y Gomorra. Serían destruidas. 
        Y en Sodoma vivía Lot.
        Llegaron los ángeles a Sodoma y Lot los recibió, les hizo un banquete, y ellos le dijeron que se fuera. Él pidió salvar también a su mujer y a sus dos hijas adolescentes. Y le fue concedido, sólo con una condición: no debían volver la vista atrás. La mujer de Lot lo hizo, y se convirtió en estatua de sal.
Las hijas de Lot, después, lo emborracharon, una por noche, y decidieron tener hijos de su padre. Lot las embarazó. De una nació Moab; de otra, Ben-ammi. Y fueron génesis de multitudes.

Sara murió y Abram, más que centenario, tomó a otra mujer, Cetura, y con ella, como si fuera un adolescente brioso, tuvo más hijos: Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Murió Abraham a los 175 años, y su mucha descendencia se multiplicó “como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”.
 



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*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 87. Parte de mi célula. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 87

Parte de mi célula


Héctor Cortés Mandujano

Las tres ilustraciones de mi querido y recordado Luisito Villatoro,

que he publicado en estas tres semanas,

me las envió Dámaris Disner. Muchísimas gracias, querida amiga.

Podría decir, sin dudar, que él había sido mi mejor amigo. Platicamos sin cesar de nuestras vidas, nos emborrachamos infinitas veces, es el padrino de mis dos hijos y mi mujer lo quiere como a alguien de la familia. 
Cuando llegó, por eso, nuestra preocupación disminuyó: él podría tranquilizarnos y decir que las malas noticias que nos habían dado la víspera eran falsas. No fue así.
Dan vino, pues, y frente a mis hijos y mi mujer dijo que todo estaba bajo control, pero me pidió que fuéramos a tomar un café y allí se sinceró conmigo. Lo hizo sin rodeos.
—Sé que te va a parecer duro: soy un infiltrado en la célula revolucionaria de la que formamos parte, trabajo para el gobierno.
—¿Es una broma, Dan? Tú me invitaste a participar en esta célula.
—Lo hice para probarte y por una instrucción de mis superiores.
—Eres un perro.
—Puedes decirme y pensar lo que quieras; sin embargo, es importante que sepas que logré que tu mujer y tus hijos no tengan ningún problema. Tú vas a pagar por todos.
—¿Y cuál es el precio?
—¿Te lo digo sin matices?
—Claro.
—Van a matarte.
—¿Y cómo?
—No será doloroso. O no lo será tanto. Deberá parecer un accidente. Te arrojarás o te arrojarán, según elijas, del acantilado.
—¡Será espantoso!
—Querían torturarte hasta tu último aliento, yo intervine para que conmutaran aquello por esto.
—Qué amable, me tranquilizas; así que aventarme de la cima del acantilado, según tú, parecerá un día de campo. ¿Con mi familia, de veras, no habrá repercusiones?
—Ninguna. Tú desapareces y ellos seguirán una vida normal. Por eso te pedí que hicieras esas inversiones, que compraras esos seguros…
—Lo hiciste bien. Creía que era por amistad y no como parte de tu trabajo de achichincle del gobierno.
—Bueno, vamos. Si te parece, te acompaño.
—¿Vas a ir conmigo al acantilado?
—Sí, debo cerciorarme de que te arrojes. Es parte de mi responsabilidad.

Llegamos. Dan bajó del coche conmigo y me abrazó. Yo ya había decidido lo que para él fue una sorpresa. Lo jalé conmigo. En una de esas rarezas tan comunes en mí, me dio un ataque de risa su grito desesperado mientras caíamos a una muerte segura, juntos, como los compañeros de la misma célula revolucionaria, como los grandes amigos que se supone habíamos sido…



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Ilustración: Luis Villatoro




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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