Polvo del camino/ 89

Cruzar el río


Héctor Cortés Mandujano
Una voz en sordina me dijo que mi hijo quería verme. Nada pregunté y nada más me fue dicho. Pensé de inmediato que en estas épocas el río que separa este caserío donde estoy del pueblo donde vive mi hijo estaba crecido y nadie se arriesgaría a cruzarlo. Menos yo, con mis más de ochenta años y mi ceguera total.
Pensé que el recado de mi hijo era tan escueto que ni siquiera me aclaraba si quería verme por razones de salud o de cambio de fortuna, es decir, porque me iba a dar una buena o una mala noticia; tampoco entendía si era necesaria mi presencia o sólo era un deseo dicho como se dicen tantas cosas (“Quiero dormir, quiero bañarme, quiero verte”) o si había premura como para plantearme la idea de buscar a alguien, no sé quién, que pudiera pasarme de un lado a otro del río caudaloso.
Por otra parte, no reconocí la voz; tal vez fuera nada más el viento que a veces le da por arrimar voces fantasmales al oído; no mostré emociones (mi cara es un pergamino inescrutable): permanecí impávido sobre este viejo sillón que hice con viejos maderos y lazos hallados en el camino, y con la intuición no perdida de mi antiguo trabajo de fabricante de muebles.
Quedé a la expectativa de que alguien se acercara a verme –en ocasiones alguien viene y me trae algún zumo y algo sólido para que mis ancestrales huesos aún sigan constituyendo mi esqueleto–, pero pasaron días sin que sintiera presencia alguna en este mundo de sombras en el que sobrevivo, sin más cambios que algún dolor, alguna necesidad, algún pensamiento extravagante que me saca de esta inmovilidad que pareciera concentración, meditación o alguna de esas zarandajas espirituales, y que no es.
Llegó alguien. Se detuvo cerca. No habló durante un rato. No hice señal alguna de notar su presencia. A las tantas, como si antes hubiéramos sido dos animales indiferentes, dos pedazos de madera, dijo:
—¿Quiere ir?
Dije, con un retintín de enfado:
—¿Y el río?
—¿Quiere ir?
—Sí.
Sentí su mano sobre el rostro y me desvanecí.

Abrí los ojos, por la lamentable costumbre de hacerlo cuando ya dan lo mismo abiertos que cerrados.
—Ya llegamos –dijo.
—¿Podría preguntarle a alguien por mi hijo?
—No hay nadie vivo. Estamos en el panteón.
—Se llama Manasés.
—Lo llevaré hasta su lápida y allí podrá hablar con él.
Sentí su mano en un brazo y caminé a su lado no más de veinte pasos.
—Es aquí –dijo–, puede meter sus dedos en las letras del nombre y así estará seguro.
Mientras él se alejaba, yo me hinqué y fui tentaleando hasta tocar la losa. Hallé las cavidades y busqué la primera. Era una M, luego una A, después la N… Sí, era la tumba de mi hijo.
Cuando recorrí su nombre completo, con mis dedos temblorosos, escuché su voz.
–Papá, qué bueno que viniste. Te llamé para que ya te quedes conmigo.
Me acosté sobre la tumba y poco a poco, como cuando me duermo, fui dándome cuenta que mi respiración cesaba, que mi corazón dejaba de latir, que entraba en la nada abarcadora, totalitaria, definitiva…

***

Ayer, sábado 2 de octubre de 2021, mi querido amigo Juventino Tito Sánchez me dio la gran y alegre noticia de que ganó un importante premio en Suiza. Me hace feliz que mis amigos triunfen. Un abrazo fuerte, querido amigo.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com