Polvo del camino/ 91

Apuntes de oído, V
"Cucurrucucú, paloma", una canción queer

Héctor Cortés Mandujano



En gramática, el epiceno es un sustantivo que designa por igual a individuos de ambos sexos. Los ejemplos varios son el gorila, al que para diferenciar su género tendrá que decirse si es gorila macho o hembra. Lo mismo ocurre con el águila (no se debe decir la águila), la rata, la cría (no se dice el cría), la víctima, la persona (masculina o femenina), etcétera.
	Sin embargo, el sustantivo la paloma sí tiene su contraparte masculina: el palomo.
	Explico esto porque quiero comentar la ambigüedad del alma que posee a la paloma en la famosísima canción vernácula “Cucurrucucú paloma”, del compositor Tomás Méndez (1926-1995), quien también compuso muchas rancheras famosas, entre otras “Las rejas no matan”, “Paloma negra”, “Huapango torero”, “Puñalada trapera”, “La muerte del gallero”…
	Una recurrencia es creer que los espíritus se vuelven mariposas, gorriones, aves en general. Dice Lord Byron en “La novia de Abydos” (Obras escogidas, Edicomunicación, 1999: 99): “No es necesario viajar a Oriente para encontrar la creencia de que las almas viven en los cuerpos de las aves. Recordemos la historia de lord Lytletom, de acuerdo con la cual la duquesa de Kendal había visto a Jorge I posarse en su ventana con la apariencia de un cuervo”.
	“Cucurrrucú paloma”, según Wikipedia, la escribió Tomás Méndez en 1954 y la cantó, en 1955, en la cinta Escuela de vagabundos, de ese mismo año, Pedro Infante. Pero la intérprete inicial de casi todo su repertorio –no sé si esta canción haya sido una excepción a la regla– fue Lola Beltrán. A Méndez, por supuesto, antes y hoy, lo han cantado muchas, muchos intérpretes. (Intérprete, por cierto, es otro sustantivo epiceno.)
	La canción cuenta la historia de un hombre que deja de comer y de dormir, hasta morirse, porque una mujer lo ha dejado: “Dicen que no comía, nomás se la iba en puro llorar; dicen que no dormía, nomás se le iba en puro tomar. […] Cómo lloró por ella que hasta en su muerte la fue llamando”.
	Luego viene la estrofa sobre el cucurrucucú de la paloma. ¿Quién es esa paloma que de pronto aparece en una canción sobre un hombre que acaba de morir? La incógnita se despeja con la siguiente descripción, donde nos pinta la “casita sola, con sus puertitas de par en par” que se supone ha quedado abandonada, dado que la mujer se fue y el hombre murió. 
        Inmediatamente después  alude a la paloma: “Cuentan que esa paloma no es otra cosa más que su alma, que todavía la espera a que regrese la desdichada”. Es decir, la paloma es el alma del hombre a quien el narrador explica, para que deje de llorar, sobre el material con que está construido el corazón de la ingrata: “Las piedras jamás, paloma, qué van a saber de amores”, y a quien da un último consejo, que más parece regaño, en la última línea de la canción: “Paloma, ya no le llores”.
         Me llama la atención, decía, que Tomás Méndez haya escogido a una paloma como representación de un alma masculina, cuando pudo haber elegido un palomo. Es evidente que cuando morimos desaparecen nuestros sentidos, incluido el sexo, pero queda la identidad: se dice, aunque ya no sean eso, murió el señor o la señora; la muchacha o el joven; el niño o la niña…
          Me parece interesante que en la canción ranchera, muy macha ella (nótese mi lenguaje inclusivo), se haya colado, en los oídos de todas/todos, una canción en la que un hombre (llorón, como suelen ser los héroes de estas historias) se convierte en una paloma, subvirtiendo la lógica de los géneros.
         Tomo de nuevo a Wikipedia: “Queer es un término tomado del inglés que se define como ‘extraño’ o ‘poco usual’. Se relaciona con una identidad sexual o de género que no corresponde a las ideas establecidas de sexualidad y género”, como el caso de esta (femenina) paloma que, desde su identidad masculina, llora por una mujer que lo dejó. 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com