Revista

Voces ensortijadas 157. Campanitas de viento. María Gabriela López Suárez

Campanitas de viento

Por Maria Gabriela López Suárez
Ilse se apresuró a guardar el pedido de tapetes bordados que debía entregar ese sábado por la mañana. Su rostro dibujaba alegría, ese ingreso extra ayudaría con algunos gastos pendientes en la casa porque la cuesta de enero se hacía presente. Salió rumbo al restaurante de doña Gertrudis, dejó una nota a Rogelio, su esposo: Regreso al rato, fui a entregar los tapetes. Besos. 
           Caminó un par de cuadras y llegó a la parada del colectivo que la llevaría a su destino. No tardó mucho esperando. Llegó puntual, doña Gertrudis la esperaba. 
          —Buenos días doña Gertrudis, ¿cómo le va? Aquí está el trabajo, en los colores y formas que requirió.
          —Buenos días Ilse, muchas gracias. Me muero de curiosidad por ver cómo quedaron, de seguro muy bonitos, como los vi en las fotos —dijo, mientras abría con rapidez la bolsa para ver los productos.
           Ilse estaba atenta a la mirada de doña Gertrudis y a conocer su opinión, el corazón le latía más rápido de los nervios. 
           —No me equivoqué, están preciosos los tapetes, las imágenes de las fotos se quedaron cortas. Seguro que a los comensales les gustarán mucho. Muchas gracias.
           La sonrisa de Ilse y el agradecimiento por confiar en su trabajo no se hicieron esperar, recibió su pago y se despidió. Mientras iba de regreso a casa recordó que le hacían falta algunas cosas para la despensa, decidió pasar a la tienda que estaba camino a su domicilio. Solo compró lo necesario. 
           Retomó el camino a su hogar, las calles estaban con bastante movimiento, aunque sin la algarabía de fin de año, ni del día de reyes que había pasado. Se quedó pensando que quizá la cuesta de enero era una de las causas.
           Observó a cada persona que pasaba cerca de ella, todas caminaban con prisa y llevaban algo en la mano, lo más común eran bolsas del mandado y cajas. Los rostros eran serios, cada quien en su mundo. De pronto, escuchó sonidos de campanitas de viento, ¿y eso de dónde venía? Siguió caminando hasta que unos pasos adelante de ella descubrió a un chico que llevaba en la mano derecha un colgante con una diversidad de campanitas de viento que sonaban al mismo tiempo. El sonido era muy agradable. Justo le daban el toque ameno al caminar en las calles de la ciudad.
           Para sorpresa de Ilse, el chico que llevaba las campanitas tenía audífonos puestos, de inmediato se le vinieron preguntas a la mente, ¿le disgustaba el sonido de las campanitas que vendía? ¿Prefería escuchar música? ¿Y si alguien lo llamaba para pedirle le vendiera un juego de campanitas? En esto estaba cuando una chica que pasaba a su lado dijo en voz alta,
           —Mami ¿y si hoy comemos pizza? 
           —¡La comida! —dijo para sí Ilse—, olvidé recordarle a Rogelio que hoy le toca cocinar a él, espero que se haya acordado porque ya me dio hambre.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 157. Series y películas para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Series y películas para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

En 2022 vi, según mi registro, 242 películas/ series. De ellas elegí, para compartir contigo lector, lectora, sólo doce. Espero que te interesen.
          1. La hija oscura (2021). Afortunado debut como directora de la actriz Maggie Gyllenhaal, que muestra con cierta ambigüedad el raro comportamiento del personaje interpretado magistralmente por Olivia Colman. Fuera de las peripecias mínimas (saluda o no saluda a los demás, roba una muñeca, etcétera) lo que vamos descubriendo es su pasado: abandonó a sus hijas, porque le estorbaban para su desarrollo personal. La película no plantea certezas: siembra dudas.
          2. Stutz (2022) es un documental basado en una larga entrevista que el actor Jonah Hill, convertido aquí en director, hace a su psiquiatra Phil Stutz, quien ha transformado su vida con sus terapias. Le pareció que el hombre (de 74 años, con evidentes problemas de salud) puede ayudar a quien lo vea. Y así es. Hay que ver y oír a este psiquiatra, abierto a demostrar no sólo sus conocimientos, sino su vulnerabilidad.
          3. Drive My Car (2021), dirigida por Ryusuke Hamaguchi. Es una película japonesa que se toma su tiempo para ir trenzando y destrenzando varias hebras: el amor incondicional de un actor y director de teatro por una mujer infiel (la ve, incluso, con su amante), su sapiencia para hacer el casting y dirigir “Tío Vania”, de Chéjov; su adaptación a las circunstancias. Hay elegancia y sobriedad en las actuaciones, y una producción irreprochable en esta adaptación de un cuento de Haruki Murakami  
          4. Stan & Ollie (2018), de Jon S. Baird, con Steve Coogan y John C. Reilly, que representan muy bien a los llamados El gordo y el Flaco, luego de que dejan de ser estrellas del cine y hacen una gira por teatros con diversa fortuna, pues muchos los consideraban retirados o muertos. Me parece que la película es, además, una gran lección sobre la amistad. 
          5. Duda razonable. Historia de dos secuestros (2021) es una miniserie de cuatro episodios, dirigida por Roberto Hernández, sobre cuatro tabasqueños acusados injustamente de secuestro, que estuvieron en la cárcel siete años (uno salió antes), pese a que se demuestra incuestionablemente que son inocentes. Es una terrible muestra de la injusticia de la justicia mexicana. Estar en la cárcel o fuera de ella, en nuestro país, si no eres millonario o amigo de los gobernantes, parece un azar, un volado. El documental logró que la Suprema Corte diera la libertad, el 8 de diciembre de 2022, a estos sentenciados a 50 años de cárcel. Sin el documental, seguirían allí, sin esperanza.
	6. Rainbow (2022), coescrita y dirigida por el también actor y comediante español Paco León. No le fue bien creo con las críticas, pero su reformulación sobre El mago de Oz me parece una magnífica apuesta de imaginación e inclusión. Muy recomendable. Las brujas, interpretadas por Carmen Machi y Carmen Maura, son una delicia.
        7. Noche de fuego (2021), escrita y dirigida por Tatiana Huezo, basada en la novela Prayers for the Stolen, de Jennifer Clement, es una historia que de nuevo retrata un México secuestrado por el narcotráfico, aunque esta vez el retrato está centrado en las adolescentes de una comunidad (que lamentablemente podría ser cualquiera) que deben esconderse (cortarse el pelo, vendarse los pechos) para que no las secuestren, violen y maten, y aun así hallar instantes de felicidad e ilusión. 
         8. Los ladrones. La verdadera historia del robo del siglo (2022). Es un documental sobre un espectacular robo de banco en Argentina, en 2006, dirigido por Matías Gueilburt. Lo cuentan, increíblemente, el hombre que lo ideó y todos sus cómplices. Esta original idea de asalto ha sido durante años la semilla de muchas películas y series. La casa de papel, esa exitosa serie, le debe todo a estos ladrones reales e inteligentes.
         9. En todas partes al mismo tiempo (2022), dirigida por Dan Kwan y Daniel Scheinert. Fue un suceso mundial. Es una puesta en escena que pone claridad en la compleja teoría de los multiversos, con una acertadísima composición cómica y una mezcla de géneros que hace que, verla, sea muchas cosas al mismo tiempo. Una maravilla.
         10. Comedians in Car Getting Coffee, una serie que tiene ya once temporadas (yo sólo he visto seis, comenzó en 2012) con el actor y comediante Jerry Seinfeld, que en pocos minutos muestra un coche, pasa por un o una comediante (están los famosos, los célebres y los emergentes de EUA), toma un café con él o ella y conversa. Aunque la charla suele ser divertida a mí me parece que en varios episodios logra tocar, con inteligencia, temas profundamente humanos. 
         11. Miss Revolución (2020), dirigida por  Philippa Lowthorpe, es la historia, contada sin evidentes sectarismos, basada en hechos reales, de cómo surgió la lucha en contra de los concursos de belleza que volvían a las mujeres (en este caso mujeres bellas) un desfile de cosas, de objetos, de carne, y sólo preconizaban la superioridad de las mujeres blancas y de ciertos países. La cinta termina con un repunte de esperanza de que las cosas cambien, pero los concursos, en nuestros días, siguen existiendo sin grandes transformaciones.
         12. Gladbeck: el drama de los rehenes (2022), documental dirigido por Volker Heise, hecho sólo con imágenes reales, sobre dos asaltantes armados (tres en realidad, con la novia de uno de ellos) que mantienen por 54 horas a rehenes, con final trágico, en agosto de 1988, en Alemania. Lo duro de las imágenes es que lo que vemos no son actuaciones, sino realidad filmada que hizo que, después de esta cobertura a detalle de los delincuentes, se legislara para que estos no se volvieran, como aquí, estrellas de televisión.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Librero del uroboro. 19. El principe destronado. Ilse Ibarra Baumann

El príncipe destronado

Por Ilse Ibarra Baumann

Delibes nos narra un día normal en la casa de Quico, un niño de tres años a punto de cumplir cuatro, desde que despierta: contento de no haberse hecho pis en la cuna, hasta que se duerme. Quico es el quinto de una familia de seis. Su hermana Cris lo ha destronado. Cada capítulo avanza por la hora del día. 
          Pese a no estar narrada en primera persona, y de ser Quico el protagonista, toda la novela se ve a la altura del niño, como de nuestras rodillas para abajo. Pero hay un acercamiento infantil de esa tercera persona, pues al narrar no dice “la mamá esto o lo otro” sino “mamá…”
          En esta novela sentí cierta afinidad con la película “Roma” de Cuarón. En la casa de Quico trabajan dos personas en el servicio: Domi y Vito. También aparece mucho su hermano Juan que no fue al cole por estar enfermo. La narración no es nada cruda. Tiene muchos diálogos, la mayoría son de Quico. En ellos hay modismos ibéricos que a veces no entendía por mi español de México. 
          Qué bella novela y su escritura. Por algo Delibes fue reconocido con tantos premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Letras 1982 y el Cervantes en 1993.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 156. La bóveda celeste. María Gabriela López Suárez

La bóveda celeste

Por Maria Gabriela López Suárez
Rosaura guardó sus archivos y apagó la computadora. Ordenó rápidamente su espacio y se despidió de sus colegas del trabajo. Tenía dos años de haber iniciado labores en una preparatoria, en el área administrativa. Se colocó su gorro y bufanda, el frío era intenso en la calle.

Caminó sin prisa hasta la terminal de camiones para tomar el transporte que la llevaría a casa. El tiempo aproximado de distancia para llegar a su hogar era de una hora con treinta minutos. Compró su boleto, subió al autobús, tomó su lugar en el asiento número 5, ventanilla. Se frotó las manos y se colocó un poco de crema, el frío resecaba sus manos. Posteriormente, frotó de nuevo las manos y se las llevó al rostro. Sentía la vista cansada por el trabajo en la computadora, había olvidado sus lentes en casa. 

El camión inició el recorrido. Rosaura se colocó sus audífonos, eligió escuchar a Chambao y cerró los ojos. Déjate llevar, por las sensaciones. Que no ocupen en tu vía, malas pasiones… No tardó en relajarse. Abrió sus ojos y miró hacia la ventana, había oscurecido muy pronto.  Revisó su reloj iba a mitad del camino. Ya faltaba poco para llegar a casa. 

Se quedó contemplando el paisaje en la ventana, la bóveda celeste estaba hermosa. Tonos oscuros, azules y grisáceos decoraban, algunas nubecitas blancas se dejaban notar por partes. Las estrellas titilaban dándole un toque bello a la oscuridad que rodeaba esa noche en la carretera. Rosaura agradeció que no había tráfico, no solo porque llegaría en tiempo a casa sino porque menos luces permitían contemplar mejor el paisaje.

No pudo evitar recordar las veces que contempló la bóveda celeste con Nacho, su expareja, era un deleite para ambos. Hacía algunos meses que habían terminado su relación. Casi le ganaba el sentimiento de nostalgia cuando se le vino a la mente un recuerdo de la infancia, observar el cielo estrellado con doña Celia, su abuelita materna, ambas sentadas en el pasto, en una noche en el campo.

—¿Qué estrella te gusta más Rosaura?
—La más grande y brillante abuelita. ¿Y a ti?
—A mí la que está junto a la que te gusta, es pequeña pero brilla mucho. Cuando te sientas triste, acuérdate de observar las estrellas en la noche, mira qué bonito es es cielo, es un regalo de la naturaleza. Es inmenso y nosotros somos pequeñitos ante él. 

¡Qué razón tenía la abuelita Celia! Sonrió para sí, siguió observando el paisaje, se asomaban las luces de su terruño, mientras tarareaba Esa pregunta que te haces sin responder, dentro de ti está la respuesta para saber. Tú eres el que decide el camino a escoger...que tu futuro se forma a base de decisiones...
Photo by Camille Cox on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 156. Música para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Música para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

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Spotify dice que he sido un gran explorador de música en 2022, porque he visitado muchos géneros. Me mandó un video muy bien armado sobre mis preferencias musicales y una lista de los cien números que más oí. De esa lista tomo doce para compartir contigo lector, lectora. Tal vez te interese escuchar alguno, si no lo has hecho.
          1. “La oración del remanso”, interpretada por Liliana Herrero (en su álbum Confesión del viento, 2003). Aunque la canción es de Jorge Fandermole y también él la canta, el algoritmo dice que yo la oí 16 veces (es la que más oí) en la voz de Liliana. Ella es una cantante argentina, cuya voz me encanta. La canción, publicada por su autor en 2018, en el álbum Navega, es sobre pescadores. Dice en un cuarteto: “Tengo el color del río y su misma voz en mi canto sigo: el agua mansa y su suave danza en el corazón. Pero a veces oscura va turbulenta en la ciega hondura y se hace brillo en este cuchillo de pescador”.
          2. “Tocarte” es una afortunada colaboración entre Jorge Drexler y C. Tangana (del álbum Tinta y tiempo, 2022, de Drexler) y es una canción, muy bien producida y ejecutada (los dos son músicos fenomenales), sobre el riesgo que significa o significaba abrazar y besar a nuestra pareja en los tiempos del Covid. Me enamoró desde la primera vez. Dice un fragmento: “Quiero que el barrio entero sepa de nuestra obsesión, y presumir de ti besándonos en el balcón. Idolatrarte hasta que te hartes. Y entrar contigo en brazos en la suite del Sheraton”.
          3. “Que ya viví, que te vas”, en la versión de Carlos Díaz “Caíto”. La canción es de Silvio Rodríguez (en Rabo de nube, 1980), pero Caíto hizo una versión en 1998 (en su álbum Canciones de amor y rosas) que me gusta mucho. Es sobre el amor fugaz, aunque su letra hace de ello un retrato más o menos sutil. Dice: “Creo que la luna ya es muy alta y en la caricia falta un viaje a la humedad. Creo que de noche me despierto con frío, al descubierto, tanteando oscuridad. […] Que te perdí, que ya no estás. Que ya viví, que te vas”.
           4. “Eco”, de El David Aguilar (de su álbum Siguiente, 2017). Me gustan las canciones de este joven cantautor mexicano. Aparecen varias suyas en mi lista. Escogí “Eco”, porque se amalgaman con fortuna melodía y voz, y con creatividad resuelve el lío de hacer lógicas las palabras con su eco. Dice el estribillo: “Una mariposa posa sobre tu cabello bello, porque tu tardanza danza hace la atadura dura, mientras yo a Cupido pido que entre mis compases pases a dejar de hacer en este hueco, eco”. 
           5. “Como la cigarra”, en la versión de Nación Ekeko (Diego Pérez) y Mercedes Sosa. Es una vieja canción escrita en 1972 por la poeta y compositora argentina María Elena Wash. Dice en su clásico arranque: “Cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí, a mi propio entierro fui sola y llorando. Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal que seguí cantando”. Nación Ekeko (en el álbum Qomindad, 2021), un músico que fusiona sones tradicionales con música electrónica, tomó la versión de Mercedes Sosa (ella ya había muerto) para actualizar esta belleza. El resultado me dejó muy complacido.
          6. “Como Madame Bovary”, de la compositora e intérprete Liliana Felipe (de su álbum Trucho, 2005) tiene dos filos. El primero es personal: “Como Madame Bovary, todos tenemos un amante por ahí. Como Madame Buterfly, todos tenemos un suicidio en stand by. […] esta ostentación grandilocuente, napoleónica y mayúscula, no exige responsables y pagamos, y pagamos, y pagamos”. El segundo tiene que ver con los países: “Como Madame Bovary, todos tenemos deudas con el FMI. Como Madame Buterfly, te jode un gringo y no te dice ni goodbye. […] Esta desmesura prepotente, monolítica y nefasta, no merece comentarios, pero el precio que pagamos es tan alto que la deuda, esa no nos la acabamos, y pagamos, y pagamos, y pagamos”. 
           7. “Blue Monk”, de Thelonius Monk (1917-1982). Fue de los fundadores del bebop (improvisación de giros rápidos) en el jazz y su manera autodidacta de tocar el piano era muy original en esos tiempos, pues incluso dejaba de tocarlo y se levantaba a bailar. Su vestuario ecléctico era también otra de sus características. Aunque nunca se ha precisado su posible enfermedad mental, fue paulatinamente desconectándose de la realidad. “Blue Monk” (escrita en si bemol, como muchas de Thelonius, grabada por primera vez en 1954) es una de las piezas que no me canso de escuchar.
          8. “Margarita”, de Juan Uría y Olga Román, interpretada por Olga Román y Joaquín Sabina (del álbum de Olga Seguir caminando, 2011), es una canción de ritmo pegajoso, con sabor a vieja fábula, sobre una muchacha que luego de varias peripecias encuentra el amor.  Olga ha sido durante muchos años corista de Joaquín. Dice la letra: “Margarita fue tirando sus orgullitos al cesto, sus duditas al desagüe, sus miedos por el balcón. Mira tú, qué cosa grande, que después de tantos años, tan durita como era, se hizo blando el corazón”.
           9. “Boricua en la luna” es un texto del poeta, escritor y periodista puertorriqueño Juan Antonio Corretjer (1908-1985), musicalizado e interpretado por Roy Brown (en su álbum Árboles, 1987). Este poema, esta canción resume este sinfín de historias sobre la pertenencia, sobre el amor a la patria. El hombre del poema canción nació en Nueva York, pero ama a su borinquen, que es como los nativos llamaban a la isla antes y después de que la rebautizaran. Me impresiona su final: “Dicen que la luna es una, sea del mar o sea montuna, y así le grito al villano: ¡Yo sería borincano, aunque naciera en la luna!”.
            10. “Milonga del trovador”, escrita por Horacio Ferrer, con música de Astor Piazzola, con base en la vida de Jairo, su intérprete (en el álbum a la que la canción da título, 1980). Jairo es extraordinario y tiene un gran repertorio. En esta milonga dice: “Mi casa es donde canto, porque aprendí a escuchar la voz de Dios que afina en cualquier lugar: ecos que hay en las plazas y en las cocinas, al borde de una cuna y atrás del mar”.
           11. “Ámame como si fuera nueva”, de la compositora cubana Miriam Ramos, interpretada por Guadalupe Pineda en su primer disco como solista, en 1981, luego de haber pertenecido al mítico grupo Sanampay. La Pineda tiene aquí una voz dulce, transparente. La canción era para sus tiempos muy directa: “Ámame como si fuera nueva, viájame despacio por las venas… […] Súrcame de besos desmedidos, líbrame de engaños y de olvidos; mírame de frente y desarmado, créeme si digo que te amo”. 
          12. La consagración de la primavera, de Igor Stravinzky (1882-1971), se estrenó como ballet en París en 1913, pero la música es tan poderosa que hizo su propia senda. Spotify dice que oí más la parte dos (“El sacrificio”), aunque la oigo completa cada vez que quiero y puedo. Hubo y hay música sinfónica medieval y barroca, existe el periodo clásico y el romanticismo. Gustavo Mahler fue, se dice, el primer músico moderno. Dentro de la modernidad, Stravinzky rompió con todo lo hecho antes e instauró una forma de hacer una partitura donde cabe lo que sea. Qué maravilla es La consagración…, qué sorpresiva, qué modo de sembrar, de renacer, de torcerle el cuello al cisne.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Fotografía: Anny Palacios Urbina




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 18. Y Murakami tampoco. Ilse Ibarra Baumann

Y Murakami tampoco

Por Ilse Ibarra Baumann

No sé porqué compré este libro (Como un espectro Miao Dao de Joyce Carol Oates). Si me lo recomendaron o lo leí en alguna novela. Joyce Carol es una estadounidense que escribe novela gótica. 
            Este tipo de literatura, donde siento que prendí el canal de Investigación Discovery, el de los asesinatos, no me gusta. Además sus comparaciones son tan simples que por dentro dices: “¡No, no digas eso!”
           La primera novela trata de una estudiante que se embaraza de su profesor de filosofía. Pasan los días y él la ignora. Después ella se involucra con un hombre de 60 años, otro profesor y poeta. Pretende usarlo para que la ayude con el embarazo. 
           En esta novela la misoginia llega a una situación tan extrema que termina en feminicidio. 
           En la solapa del libro viene una pequeña biografía de la autora. Al final dice que ella es una de las futuras candidatas al premio Nobel. Lo dudo. Como también lo dudo de Murakami. 

Antier me preguntó mi hija “qué ves de diferente en una literatura de premio Nobel, o del premio Princesa de Asturias contra la demás literatura”. “Veo sencillez en lo cotidiano y muchas veces lo amargo de ciertas situaciones comunes, además de una excelente forma narrativa que estás tan inmerso en la obra que no te fijas ni en los tiempos ni las voces narrativas”. 
           Hoy subí una cita de Miguel Delibes (premio Princesa de Asturias), es algo tan simple que podría pasar desapercibido en una mala obra, no en un excelente escritor. Pero, sobre Miguel Delibes hablemos en la siguiente entrega.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Polvo del camino. 155. The game. Héctor Cortés Mandujano

The game

Héctor Cortés Mandujano

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Mi amigo Rudy Laddaga me dio prestado The Game (Anagrama, 2019, traducción de Xavier González Pérez), de Alessandro Baricco.
	Antes de este ensayo, Baricco publicó otro (Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación), donde reflexionaba sobre el impacto que estaba sufriendo la sociedad debido al uso de nuestras tecnologías. Lo dice él, con un ejemplo, “gente que protesta porque están cerrando las lecherías”. Rudy y yo, por poner el caso, tenemos dos visiones acerca de eso: él es un especialista en los avances tecnológicos y yo soy analógico. Que me haya dado en préstamo un libro físico significa que nuestros mundos aún siguen dándose la mano.
	The Game habla de la transformación de todo a partir de los descubrimientos de las redes digitales (Google, Facebook, YouTube,Twitter, Tinder, Netflix, Spotify, etcétera), de estos muchos cambios sociales que Baricco llama la “insurrección digital” que ha provocado el cierre de cines, librerías, empresas discográficas y varias más que ya no son útiles porque todo se pueden conseguir con un aparato, un dedo y poco presupuesto.
	La transformación es general. Pongamos por caso los colores, dice Baricco (p. 28): “Decidimos que los colores son 16.777.216, y a cada uno de ellos les asignamos un valor numérico dado por una secuencia de 0 y de 1. Lo juro. El rojo más puro que existe, por ejemplo, después de haber sido digitalizado se llama así: 1111 1111 0000 0000 0000 0000. […] Cada vez que quiero ver de nuevo el color real le pido a la máquina que me devuelva, y ella lo hace”.
	No sólo ha ocurrido con los colores (p. 30): “En la práctica hemos empezado a trocear la realidad hasta obtener partículas infinitesimales a cada una de las cuales hemos encadenado una secuencia de 0 y 1. La hemos digitalizado, es decir, transformado en números. De esta manera hemos hecho que el mundo sea modificable, almacenable, reproducible y transferible por las máquinas que hemos inventado”. La Web dice más adelante Baricco ha (p. 88) creado una copia digital del mundo.
	Le enseñan en una proyección de cine una copia en celuloide (el viejo procedimiento) y una copia digital. No nota ninguna diferencia. Le explican que en el borde del celuloide hay como una vibración, que no existe en la copia digital (p. 166): “Con el celuloide la pantalla parece que respira, entendí. Con lo digital está clavada en la pared, y punto”.
	Todo se vuelve otra cosa. Nace Uber (si tienes tiempo y auto, puedes ganar dinero) y ya no necesitamos taxistas (p. 201): “Si la gente se organiza y comparte las cosas que posee sin recurrir a expertos, mediadores, sacerdotes y poseedores de licencias, obviamente alguien acabará perdiendo bastantes cosas”.
	Desde 2011 puedes subir todos los contenidos de tu ordenador a una nube, es decir, a la nada electrónica. Puedes perder tu ordenador, porque todo lo que tenías en él se ha puesto (p. 206) “a no pesar nada, a estar en ninguna parte, y a seguirnos sin ocupar ni espacio ni tiempo”.
	Dice Baricco (p. 240): “Algo ha cambiado, y si intento explicar qué es, debo recurrir a una metáfora, la de los naipes: en el pasado hacer negocios consistía en inventar juegos factibles con una determinada baraja de cartas preexistente: ganaba el que inventaba el mejor juego. Ahora hacer negocios coincide con inventar un mazo de naipes que antes no existía y con el que es posible jugar solo a una cosa: la que tú has inventado. Fin”.
	Hay mucho más en este libro. Vale la pena leerlo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Alejandro Nudding:

**Alejandro Nudding, «nacido en Veracruz, Mexico; radica actualmente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, preocupado siempre por la estancia temporal del hombre, su trabajo aún no definido pelea por lo etéreo y el carácter del humano, pensando que es un resultante del momento y fiel creyente que todo sucede un instante antes, su trabajo se empeña en el color fuerte y en la pincelada que se muestra, por que sabe que un instante después todo ha muerto.» (Fuente: artelista)

Voces ensortijadas 155. Entre cartones. María Gabriela López Suárez

Entre cartones

Por Maria Gabriela López Suárez
Juana se levantó más temprano que de costumbre, su hora de entrada a trabajar a la panadería era a las 8 de la mañana. Sin embargo, en la víspera del Día de Reyes ya debían estar a las 7,30 para preparar las roscas. Salió de su casa a las 6,30. Normalmente le tomaba alrededor de una hora para llegar caminando a su trabajo cuando iba a paso lento y unos 40 minutos a paso rápido. Ese día prefirió estar unos minutos antes y evitar llegar tarde.

Durante su recorrido pensó que las calles estarían silenciosas, con poca gente y coches. Por el contrario, el tráfico estaba fluido y ya había gente dirigiéndose a sus espacios laborales. Juana observó a personas adultas mayores que estaban acomodando sus vendimias de dulces tradicionales, otros más de tamales, atoles y champurrado. Se le antojó comprar un champurrado. Revisó su reloj, le daba tiempo.

Al detenerse para comprar, después de pedir y pagar su bebida,  esperó un momento.

—¿Ya para el trabajo chula? Es usted madrugadora. Permítame tantito, ahorita le doy su champurrado. Se esmera que no encuentro la tapita del vaso —comentó la vendedora.

—Hoy entro más temprano, ya ve que mañana es Día de Reyes, nos toca hacer roscas en la panadería donde trabajo. La espero, no se apure, tengo unos minutitos de tiempo. Se me antojó el champurrado —dijo Juana que respiraba profundo para no impacientarse.

—Aquí tiene, que lo disfrute. ¡Suerte con las roscas!

—Muchas gracias, que tenga buen día.

Retomó el camino rumbo a la panadería. Se percató que una persona estaba acostada a la entrada de una tienda abandonada, donde antes vendían ropa. La persona estaba sobre cartones y también se cubría con ellos, solo se veían sus pies. Juana pensó que ojalá no sintiera frío. Se dio cuenta que los demás transeúntes ni volteaban a ver siquiera hacia el lado donde estaba la persona. Un tanto triste siguió su ruta. Por fin llegó a su destino, 15 minutos antes.

La panadería aún estaba cerrada, había llegado antes que Ruth, la encargada de abrir. Se sentó en una gradita que había, buscó en su bolsa su botella con gel antibacterial. Después de aplicarse en las manos, se dispuso a tomar su champurrado. Se conservaba tibio. ¡Qué rico estaba! Se alegró de haber llegado antes y de llevar algo para tomar.
 
Siguió disfrutando su bebida. Comenzó a pensar que ojalá tuvieran buen pedido de roscas. La algarabía por el Día de Reyes no tardaría en empezar, no solo en la panadería sino en la calle, en las tiendas, en los mercados, en las plazas. No pudo evitar recordar a la persona entre cartones. Le dieron ganas de compartirle una rebanada de rosca y alguna bebida caliente. Seguro que le vendría bien. Se hizo el propósito de pasar por la misma ruta de regreso a casa, llevaría la rebanada preparada para dejarla con la persona y  si aún estaba algún puesto de comida le compraría una bebida. Sería como el regalo de Día de Reyes que ella podía compartir. En eso estaba que no se percató de la llegada de Ruth.

—¡Juanita siempre tan puntual!  Buenos días, ¿cómo estás? Vamos a iniciar para salir temprano.

—Buen día Ruth, bien, bien, aquí terminando mi champurrado para empezar con ánimo el día.

Ambas sonrieron mientras subían la cortina para abrir el local.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 34. Crónicas 12. Antonio Florido

Crónicas (12)
Calle desierta
Por Antonio Florido

                  
―Esto venía de antes, Tonio. Me lo dijo un compañero, que me fuera de Valdivia. Pero Valdivia era como mi casa. Mi trabajo estaba allí. Mi vida entera. Sin embargo, escuché que alguien me gritó comunista de mierda. No lo entendí. Ese alguien era un conocido. Trabajábamos juntos y me gritaba. Iba vestido de la aviación, se acercó:
         ―¡Abre el cajón, comunista de mierda, ahora soy yo el que da las órdenes!
          Estábamos en el despacho y me trataban como si hubiese acabado con alguna vida despreciable. Más tarde sonaron ruidos extraños en mi cabeza.
          ―Vete a Santiago, Toribio, hazme caso, sé lo que me digo.
Me lo decía mi amigo el teniente. Estábamos en mi departamento con la noche encendida. Llegó un poco alterado, miraba como un loco. El eco fue sucediendo y seguía sin comprender que la cosa se estaba poniendo fea. Hablábamos bajito, casi musitando un algodón de palabras en los oídos. 
          ―No puedo decirte nada. Eres listo. Sabes que lo de tu gobierno no funciona. Eso de querer alcanzar la felicidad por la vía que nadie entiende. Ya sabes.
           Me quedé callado.
           ¡Pensé tantas cosas!
           Chicho se equivoca. Tenía malas influencias. Pero, ¿acaso? Supuse que sus derroteros ya no le servían.
           Mi amigo no siguió insistiendo.
           Me palmeó suavemente, se fue. 
           La noche era hermosa, fría, tranquila. Septiembre empezaba y todavía había que tomarse los brazos con los brazos, o ponerse algo de invierno.
           Era un viernes, el 7. 
           Por la mañana tomé la camioneta de la empresa y rodé hasta la capital. Mi familia, mis padres. Pero la ciudad funcionaba como si tal. La gente boba continuaba siendo tan boba como antes. A nadie le iba la cosa. Todos transitaban. Marchaban con prisa, caminando por las aceras empedradas, abrigados.
           Las plazas deslumbraban con un paisaje nuevo. Miradas esquivas y codos quebrados…
           ¡Llenas de rocío, las plazas!
           ¡Claros ensueños tristes, penas de rabia! 
           Santiago surgió ante la cordillera diciendo, aquí estoy yo, que me hicieron los hombres para el disfrute. Me emocioné al vivir en las venas de mi querida ciudad.
           No suelo pedir nada, pero esa mañana me salió un rosario del alma, por lo futuro.
           Así me entiendo. Compréndanme.
«Si no te vas, yo mismo te detendré» ―me dijo. 
           El mismo sábado tomé hacia el sur y me acerqué a la ciudad del valle, mi pueblo chiquito. Mis padres estaban bien, mi familia toda.
           Los dos estudiantes eran muy amigos. Lo supe de siempre. A veces, por puro capricho, se detenía frente a la casa. El que manda tiene esas cosas, de parar cien hombres, veinte autos, de oír el silencio si así lo desea. 
           Encontré al médico de los pobres con el rostro serio. Mi padre no era así. Reía. No siempre. Pero a veces le llegaba algo y reía con la furia y la soltura. Sin embargo, dije: «¿Qué pasa?» «Tú mismo» ―respondió. «Vives muy cerca, le conoces. ¿Cuántas veces le dije que lo dejara? Quiero decir ese camino, la deriva imposible. Ahí le tendrás, supongo.»
Comenzó un revuelo. Todos intentaban arreglar el desaguisado. Olían a tedio, a miedo en lata.
            Tomé el teléfono. Hice llamadas como si fuesen las últimas de mi vida.  
            Regresé con él. Me miró un poco asustado, la voz imprecisa.
            ―Quizás no pase nada. El Chicho sabe defenderse y no permitirá…
            Por primera vez mi padre no fue capaz de terminar una frase.  Dudé. Iba envejeciendo. Un viejito con olor a cera. Imaginas que se te está yendo de las manos. Me dio pena. Él entendía de todo. Era imposible quedar sin su silueta allá en el rincón del patio, bajo las hojas. 
Salí al extremo de la calle. Las cuadras de siempre. La plaza y sus falsas acacias gigantes. Una deliciosa fragancia que sólo los hombres impares muerden a dentelladas. Caminé sin rumbo. Al fondo, el cerro. El cementerio a un costado, vacío, sin almas ni huecos. El suelo ajedrezado de Curicó se resistía al capricho terrible de las armas.
           «Mejor el plebiscito, un camino absurdo, lo sé, aunque mejor que nada.» Así lo soltó el viejo.  
          (¡Chicho, convoca, hazlo!)
          Eso masculló en un susurro, como para sí. Muy adentro quedaron esos hilos que pensaban. Pero yo pude oírlos. Soy de su sangre.
           Volví a Santiago. Estaba más tranquilo. La ciudad me recibió con la indiferencia de siempre, desnuda de sentimientos, sucia por encima, polvo acumulado, viento desmayado sobre las mismas torres; pero era mía, toda esa inmundicia me pertenecía, nací allí, en sus aceras colmadas de tristezas, en sus callejones sin salida. La amé como nunca.
           Las cosas que se van se derriten en la cabeza. Te fuerzan a sufrir, a recordar.
           Mi ciudad hermosa… Querían arrebatármela.
           En la empresa todo parecía igual. Los mismos semblantes atontados con sus rostros perdidos hacían lo de siempre. Estrellar oportunidades, olvidar las querencias por una vida en adelante. No sabían. Y otros, empero, ni siquiera eran capaces, con los arrestos acobardados.
           Cruzó la raya del 11. La madrugada. Más frío en la noche. Un compañero llamó. Descolgué, me puse. Dijo que había movimientos. Luego colgó, me dejó así. Nadando en un mar profundo. Me ahogaba. Mi padre no podía equivocarse, era eso, mi padre. Ninguno lo hace, es decir, errar en una afirmación como esa. Suelen ser eternos en confianza y en figura. Eso lo averigüé más tarde, cuando ya no había remedio porque estaba muerto. Me comí los recuerdos de mi viejito, le quise decir tantas cosas, las de su hijo solo, su familia, sus nietos, el mismo amigo horizontal y acribillado. Pero ya no podía. La vida no regresa, simplemente cae entre los dedos, al suelo, y sólo puedes beber la tibia tontura del alma que se quedó en ti. Triste. Triste comedia.
           Vial me lo confirmó. Hubo movimientos, en efecto. Me quedé en la madrugada con un desprecio manchado. Abandoné la oficina, me detendrían. Prendí la radio en el fondo arisco de la sombra. Necesitaba saber. Llovían las noticias. De manera volitiva, vertical en mis oídos, acezantes. Las horas las pasé sentado, oyendo. También cabeceé algún sueño raro, como de piedras que caían sobre el tejado de chapa, en aquel día.
           Me asomé a la ventana.
           Farolas amarillas clareaban las aceras de Santiago. Brillaban, eso es, recuerdo bien ese fulgor candoroso. Y los reflejos. Santiago se repetía como un eco de hombre indefinido. Eso fue antes de romperse las corduras, mucho antes. Faltaban horas y el hablero platicaba de cosas malas. Apagaron las voces de pronto. Quedó una. Una sola. Clara y alta, persuasiva. Era hermosa la voz, y el tono pues tanto así. Como el sollozo de un ñatito que hambrea. Así sonaban ellas, las palabritas asombrosas bajo la luz mortecina…
           …Que se iba yendo, lenta, humillada, en Santiago, la ciudad dormida que despertó con el rayo veloz de los bombardeos.
           Comenzó de esta manera la obradura del arte. Varias estallaron de golpe. En el centro. Yo las veía. Las oía con mis oídos sordos. La prensa exprimió las paredes altas. Todo se levantaba en polvo. Ventanas, molduras, gritos y ayes. Me dio mucha pena el palacio que se moría. Luego la voz se fue tornando hosca. Hablaba lo mismo. Deseaban embaucarnos con que la cosa no era por el pueblo.
           ¡La burguesía!
           ¡Fuera palurdos!
           No sé el tiempo que permanecí frente a la ventana, mirando, con la desidia del que no quiere hacer nada. Era un espectador. La tragedia del Chicho estaría bajo los cascos. El fracaso de un pueblo que lloraba como la forma del Chile, hacia el sur, en una raya delgada, larga. 
            Me llamaron de casa. Era mi madre. Dijo que me requerían. ¡Pero quién, madre, quién! Sólo entendí algo así como la oficina. Luego la línea desapareció. El hilo de mi madrecita se había cortado sin causa aparente. Me volví a sentir denso. Tomé mis ocurrencias y volé a Valdivia.
            Con el viento de cola. Así la camioneta avanzaba sobre los baches de la cortadura.
            Saqué las llaves. No vi a nadie en los pasillos. Abrí y se levantaron. Llevaban el sueño de toda la noche. Yo conocía al funcionario. Era joven, acababa de ingresar a la empresa. Me observó con asco. Podría haber sido mi hijo. Y me miraba con el desprecio de la ignorancia. Y del miedo a no cumplir con lo debido.
           Me esposó a la silla, las manos atrás, en la espalda encorvada. Me supe derrotado, inexpresivo, ausente. No leyó ni se refirió en nada a mis derechos. Sólo insistía en que estaba detenido, y en que callara. Tomaron las llaves, abrieron los cajones de mi mesa, los armarios, sacaron toneladas de papeles, montones. Buscaban algo. Sus manos sobre las letras y sellos. Después, al cabo, me trasladaron a la oficina del fondo. Caminaba por el pasillo con las rodillas anguladas, puertas abiertas a ambos lados, uniformes de la aviación, revoloteo, gritos y quejidos. 
            Mis compañeros estaban parados. Miraban a la pared, a dos palmos. Los reconocí, eran de mi familia. Los quería. Yo sólo fui uno más en la fila abstrusa. Ocho, nueve, diez hombres de pie. Miedo en las espaldas. Ojos cansados. El que llevaba la voz nos golpeó uno a uno. Preguntaba por los papeles. Creo que suponían algo imposible. Pero seguía golpeando. El decoro. Respeto. Una razón constructiva. Sin embargo, la irracionalidad surgió, como del fondo negro de un iceberg de piedra. Era el hombre en estado puro. Una por otra.
            Me convertí en un iconoclasta.
            Quise destrozar las apariencias de esos mandados. 
            Así el día. Imagino las horas. No pude contarlas. El dolor en el cuerpo se confundía con la imagen engañosa del odio. El miedo fue cayendo sobre nosotros. Alguien se desplomó. El cansancio le pudo, la desdicha de lo absurdo. Como la hermosa imagen de ese elemento cuando se la entiende del otro lado. Sí. Es un arma de doble filo. Placer y angustia. Querer salvarse y que alguien te mate. Justificación y desbarro, una mezcla para el ser solitario y mudo.
          La tarde.
          Continuaba el revuelo, la busca. Crecía el malestar entre los aviadores.
           La fila de la pared apenas lograba sostener el peso. Cuando intentaba relajar mis piernas, me golpeaban en los riñones. Debía convertirme en piedra. Aplasté la cara sobre la pared. La apoyaba mansamente. Necesitaba descansar. De nuevo más golpes. Hasta que llegó el grito que taladró la tarde. Me salieron de dentro la rabia y miedo. Era demasiado pronto todavía para que todo acabase.
           ¡Detened el tiempo, deshonrad las locuras de esos milicos! 
           Cuajó la oscuridad. Preguntaban por los dichosos papeles. Pero nadie sabía nada, no entendían. Quedé dormido. No sé cómo, pero lo conseguí. Los aviadores también fueron creando una capa de silencio y de tedio. Supuse que estarían echados sobre el suelo. Doblé el cuello. Vi unos niños con la ignorancia agarrada a la garganta y los cerebros gastados.
           Pasamos el tiempo rumiando el cansino transcurso del turno. Me hice las cosas encima. Todo. La humedad y el hedor nos cobijaron en el centro del mundo. Porque la tierra se había reducido a eso, sólo un puñado de barro sobre los ojos. Soñé con la poesía del horror, cuando se pudre en versos de odio. Poetas del alma, que gritan papel. Letras de olvido, sin nombres, nada. 
            En la mañana se nos volcó un crujido alto. Era el claro del día. Un hilo de carne sin fuerzas. Nos metieron en uno de los camiones. Militares chirriantes. Verdes distintos. Mímesis bella. Temibles razones.
De allí a la calle San Pablo.
          Santiago apareció vacía. La gente echada en el suelo. Abrazados.  Solos. Quietos. Muertos. Aceras llenas de odio y olvido, de unos amores perdidos que necesitaban un abrazo sincero.
         Edificios torcidos.
         Bajamos a las bodegas de un lugar sin nombre. Alguien preguntó hasta cuándo. Le respondieron que no pensáramos. No saldríamos.
Las familias, extraviadas.
           El futuro, ¿dónde?
           Luego nos llegó la noticia de la muerte del Chicho. Por sus risas lo averiguamos. Como un cerdo, decían. Así murió.
           ¡Qué tristeza en el alma, cuántos hombres locos!
           De ahí sólo logré la metáfora de la Angostura, donde las cordilleras se van enamorando. Así es mi Chile de lágrima. Hombre seco y tierno, abrasado y convertido en crema. Pero el mismo en todas partes, en las abras y la costa, de cabo a cabo.
            El chileno es, por decir, un arrebato. Un dolor erguido sobre su sombra. El triste buscador de la indulgencia. Se inclina ante la hermosura, le pide de rodillas, ruega, solloza, sueña…
            ¡Virtud! ―clama.
            ¡Virtud! ―implora.
            Violeta lo cantó en flores. Sones al compás de una cuerda vibrante. Los demás con las barbillas apoyadas en las palmas. Todos oyendo.  Los ojos cerrados en el corralón de la Parra. 
             Éramos comunistas. (Eso decían).
            Comenzaron los insomnios y los interminables interrogatorios. (Me acordé del gulag). Nos preguntaban una vez y otra, como un disco rayado, que dónde los papeles. De qué, por qué lo callábamos.
           La lista. Queremos la lista. Operación Z. Eso queremos. Los nombres. Los hombres. Familias. Direcciones.
           Yo no tenía noticias de esa lista, al parecer, tan importante. Nunca me dijeron nada. Sólo me debía a mi trabajo. 
           (Boudjedra pide agua. Está sobre la duna. Arriba del todo. Gira sobre su eje y busca, huele. Bastaría un leve rumor bajo sus pies. Parece que lo percibe. Se agacha y coloca sus rodillas sobre la arena ardiente. Los ojos se le agrandan. Aparece una ligera sonrisa de esperanza en sus facciones. Suda. Cava y cava. Con las manos abiertas va extrayendo la arena. La echa al lado, arena sobre más arena. Frenético el hombre sediento. Busca agua donde no la hay. 
          ¿Acaso no es absurda la conducta, el ser?
          No era necesario destruir para luego crear.
          Como buscar la utopía. Nunca se llega. Te mueres antes. Antes incluso de comenzar a buscar.
          Te precede el deseo incomprensible, la necesidad formada por otros, la falsa injerencia que solamente ansía torcer el armazón que te dieron. 
          Boudjedra no habla. Nadie está con él. Sólo la naturaleza y su agobio, el sentido excelso de la soledad. Sobrecoge otear su figura, tan pequeña, desde el alto imaginario). 
          Así comenzó todo. 

Calle desierta.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Librero del uroboro. 17. Vida y época de Michael K. Ilse Ibarra Baumann

Vida y época de Michael K

Por Ilse Ibarra Baumann

Desde mi parapeto, aquí donde no se mezcla uno con la pobreza, leí cómodamente la vida de Michael K. Un jardinero de labio leporino sin padre ni hermanos que, a instancias de su madre, se la lleva de Ciudad del Cabo en plena guerra civil para regresar al campo, a aquel recuerdo de su niñez donde no vivió tanta miseria.  La madre no llega a la tierra deseada, se muere en el camino, pero él, sí. Vive circunstancias que uno nomás de leerlo, sufre, o piensa en por qué no hace esto, o aquello, también llegan momentos donde lo entiendes. Entiendes su lógica tan extraña, tan de nadie. Y aunque utiliza varias voces narrativas, el lector no pone atención a ellas, está tan enfrascado en la historia que la primera, la segunda y la tercera voz del singular se vuelven insustanciales a primera vista. Vida y época de Michael K es también una novela circular: regresa a donde empezó. Como yo vuelvo a mi parapeto, aunque ahora, incomoda. 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.