Revista

Líneas de desnudo. 118. No hay descanso para mí. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 118

No hay descanso para mí
Por Manuel Pérez-Petit

Manuel Pérez-Petit es un personaje atípico. Poeta antes que nada, pero también animador cultural, un hombre de insaciable curiosidad y vasta cultura, de muchas lecturas pero también de muchas músicas y artes, con una irrefrenable tentación por la vanguardia allí donde esté naciendo, pero con esa pulsión clásica que deja que el idioma respire por los metros de la memoria. (…)

Marcos-Ricardo Barnatán, prólogo a Creo en los milagros, antología personal 1985-2009, de M. P.-P. (México, 2010, dos ediciones)

A María Espinosa Pino

En efecto, el pasado sábado día 26 de agosto tuve un infarto, tal y como conté en mi El ángel que siempre va conmigo, pero si tan solo fuera tan simple...
            Que he salido en un personaje atípico, y ni se imaginan la de veces que he maldecido esa condición ni lo que he luchado contra ello, ya lo asumí, incluso como derrota inapelable, hace mucho tiempo, a la par que me propuse la compleja e inevitable tarea de convertirlo en algo parecido a una virtud, que es lo que tiene no poder ser en realidad más que uno mismo, y por mucho que uno lo deje para luego llega la hora de afrontarlo, siendo tanto lo que hay por hacer. Una de las características de mi atipicidad es no haberme detenido nunca, no como fruto de ningún tipo de hiperactividad sino como consecuencia de un acto sólido y permanente de voluntad que supera mi propia voluntad, es superior a mí y aunque hace verdad aquello de que el idioma, ante mi propia sorpresa, “respire por los metros de la memoria”, pues no sé expresarme de otro modo que no sea con palabras, me llena de extrañeza ante mí mismo y me hace extraño a los ojos de cualquiera, pues soy muy libre. No es una elección sino una realidad muchas veces ininteligible con la que me he visto obligado a pactar una y otra vez, a precios incalculables tanto en lo bueno como en lo malo. Soy atípico, eso es cierto, como atípicas son las cosas que a veces me pasan.
            El pasado sábado día 26 de agosto tuve, en efecto, un infarto. Ingresé en el hospital a las cuatro de la madrugada del domingo. A las seis se me acercó la trabajadora social del centro y estuvo conversando conmigo. Fue la última vez que me permitieron tener acceso a mi teléfono. Lo hice para darle cinco números de teléfono. El primero y más importante el de mi tía Pilar, a la que solo había que escribirle un whatsapp. Yo ya sabía que iba a tener que someterme a un cateterismo, y para mí era condición que lo supiera mi familia. Además, di el de otras cuatro personas de México. Pasaron luego las horas y yo me iba estabilizando en tanto se sucedían varias pequeñas crisis y seguía preguntando si habían avisado a mi tía. A media mañana me subieron a planta, en tanto seguía todo el protocolo clínico. Firmé todos los consentimientos informados que me pusieron por delante. No tenía otro camino que intervenirme, y rápido, y sin embargo seguía preguntando una y otra vez si habían avisado a mi familia. A las cuatro de la tarde pregunté por última ocasión, y la respuesta fue que no, que de los teléfonos que yo había dado solo habían avisado a una persona, pero no a mi tía, la única que debía saber para administrar la información con mi familia... Ante la incomprensión general y hasta cierta agresión verbal de alguien de “¡Atención al usuario!” solicité con firmeza y calma el alta voluntaria, informando que saldría del hospital solo el tiempo necesario para avisar a quienes debían saber lo que pasaba y regresar. A las nueve y media de la noche estaba saliendo a la calle, con mi teléfono recuperado. Me fui a una cafetería, envié varios mensajes, todos esenciales para mí, reposé un rato y otra vez de madrugada reingresé por la puerta de urgencias. No me había quitado ni los electrodos. Pocas horas después, estaba siendo intervenido. 
            No puedo decir que sean cosas que pasan, pues a mí me pasan cosas que a nadie le pasan. Así es la vida, y hace años que ando convencido de que no hay descanso para mí, y estoy conforme.
No hay descanso para mí y nunca me canso. Fotografía de M. P.-P., tomada por Lilia López el 8 de agosto de 2016.
Fuente de la fotografía: Archivo personal de M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 189. Entre la nostalgia y la memoria. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                  Entre la nostalgia y la memoria
                    María Gabriela López Suárez

                      Dedicado a Juan Cristóbal Velasco Pérez (Riscko).

Lo efímero de la vida se le venía a la mente a Lourdes cada que uno de sus seres queridos fallecía. Últimamente habían sucedido varias partidas físicas de amistades y gente vecina, cercana a ella. La tarde de ese martes iría de nueva cuenta a un velorio, aún no se hacía a la idea de que Alfredo hubiera trascendido y dejado el mundo terrenal. ¿Cómo era posible? Un joven como él con tantos talentos, carisma y sobre todo gran persona, amigo y compañero.
          Tomó un taxi que la llevaría al domicilio, sintió que el corazón le latía con rapidez, reconocía esa sensación de nerviosismo y a la vez de opresión en la garganta, como formando una serie de nudos que en algún momento dejaría fluir.
          Llegó al lugar del velorio, con paso lento se dirigió a la entrada, al frente estaba el féretro, alrededor cuatro cirios y muchas flores. Depositó su ofrenda de rosas blancas. Saludó a quienes acompañaban, preguntó por los familiares de Alfredo, les externó sus condolencias. En esos casos, las palabras poco fluían pero el cariño se podía palpar al compartir ese momento tan intenso y triste.
          Se sentó y se percató que había llegado antes que sus demás amistades. Seguro estarían por ahí en un rato más acompañando al amigo Alfredo. El silencio se hacía presente, también el viento que movía las llamas de las veladoras blancas que yacían en el piso, frente al féretro. 
           Desde su espacio Lourdes se sumó al silencio que la rodeaba. Ahí, como una especie de película, fueron asomándose una a una, diversas experiencias compartidas con Alfredo. Entre la nostalgia y la memoria sintió que los nudos en la garganta fluían a través del llanto, desde el corazón le agradeció por los momentos que intercambiaron. Sintió una sensación de esperanza,  de algún día formar parte de ese polvo de estrellas en el que uno se convierte al trascender y poder coincidir con quienes se adelantan en el camino.
          La mirada de Lourdes se fijó en las llamas de las veladoras, como en un tercer plano alcanzó a escuchar algunas voces, no prestó mucha atención, siguió con la mirada fija en las llamas. Recordó el texto "Un mar de fueguitos" de Eduardo Galeano.
Posteriormente, se le vino a la mente el rostro de Alfredo, con esa sonrisa que lo caracterizaba y evocó el poema de Juan Cristóbal Velasco Pérez, Verte sonreír de nuevo, 
     
“Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis peores momentos, como en medio del miedo se reajusta mi política de soledad y el parlamento de mis defectos, son quienes me convencen de retroceder en cualquier momento.
       Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis episodios de tormento; palpar la tierra con la que me cubran y descubrir que tiene para mí el exceso de confianza y hacer las cuentas de edad perdida en el alcohol y su panfleto.
      A estas ganas de verte sonreír cuando acompasa el máximo sueño y es una oz que cosecha lo que me conmueve y me pide retirada y rendición como quien ha perdido todo y ya nada más tiene, pues está amargadamente incompleto.
     Ganas tengo de verte sonreír de nuevo, aun sea en mi mejor momento. En esas noches, que, a pesar del sueño, las auras de tu ser, no lactan en el desacierto de mi fe, ni en esa catártica frustración cuando se llora somnoliento”.

—¡Qué ganas de verte sonreír de nuevo! —musitó para sí, mientras dejaba fluir las lágrimas.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 41. Matar a un ruiseñor. Ilse Ibarra Baumann

                       Matar a un ruiseñor 

Mi hija recibió el libro de la paquetería. Esperó a ver que lo abriera. “¿Vas a leer ese libro? Mister Toby nos lo puso en la escuela”. Mister Toby era su maestro de literatura en el American School. Al otro día llegó mi hermano y lo vio en la sala. “¿Sabías que es un libro obligado en las escuelas de E. U.? Ya lo leí. Trata del racismo” ¿Será que Harper Lee es nuestro Juan Rulfo? ¿Será que hoy obligan en las escuelas a leer a Rulfo? Deberían hacerlo. Estuve con mi amiga Ixchel el miércoles; ella da clases en la politécnica de Suchiapa. “¿Cuál cuento de El llano en llamas los pondrías a leer?” Primero pensé en voz alta en “Talpa” y luego me arrepentí. Mejor no, porque ese me venía bien a mí; por haber estado casada. “Que lean `Macario’ o `El día del derrumbe’. La verdad, todo Rulfo es bueno.” 

Jean Louise (de cariño Scout), es una niña de ocho años, hija de un abogado cincuentón y huérfana de madre. Vive con su hermano Jem, su padre y Calpurnia, una mujer de raza negra quien los atiende y los instruye con principios morales y éticos. Scout narra sus aventuras infantiles en torno al caso de Tom Róbinson, un negro acusado de violación; su padre será el abogado defensor. 
         Harper Lee sitúa la historia en el pueblo imaginario de Maycomb en Alabama. 
         Scout es una niña segura, con mucho carácter. Y aunque la narración es fácil, escrita en primera persona, me resulta difícil creer que una niña pueda alcanzar por ratos tanta madurez de pensamiento. A diferencia de “Macario” que, paradójicamente, me oprime la falta de juicio de que es objeto.

Fotografíá: IMIB

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 189. Mirando por los visillos que dan al pasado. Héctor Cortés Mandujano

                        
                   Polvo del camino/189

          Mirando por los visillos que dan al pasado
                  Héctor Cortés Mandujano

El clangor del vigilante alado anuncia la raya de gis blanco en el pizarrón de la noche.
	—Tus ojos son como el canto del gallo: me dan claridad, me iluminan –dijo la mujer, en la tibieza del lecho y la semioscuridad de la alcoba.
	Él la besó en los labios, largamente, y se puso de pie. Ella, desnuda, se sentó en la cama, flexionó sus rodillas y se abrazó a ellas; puso su rostro en dirección al hombre, también desnudo, que comenzaba a ponerse la ropa interior.
	Apenas entrevió la línea de la poderosa espalda con un resplandor quizá imaginado.
	—¿Serás centauro, ahora?
	—Sí, cuando te amo monto una nube; debo ahora volver a la tierra.
	El hombre terminó de vestirse. Su ropa era la de un jinete, la de un vaquero. Abrió la puerta de madera y la luz entró veloz y puso miel en el cabello de ella, que no hizo más movimiento que ajustar su vista ante la mirada del poderoso Apolo.
	Frente al hombre había un largo corredor de ladrillos. Se iría al campo, al corral del ganado que ya mugía allá afuera, en el territorio que ya había sido poseído por el sol.
	—Me amaste con mucha suavidad. Me gustó. Gracias.
	El hombre fue hacia ella, se inclinó.
	—Eres mi jardín. Debo tener cuidado con tus hojas tiernas, tus pétalos suaves…
	—Pareces hecho de roca dura, pero tienes un centro dulce.
	Ella quedó callada, pensativa.
        Él la besó en la mejilla.
	—Pareces ausente…
	—Estoy pensando que con esta sesión de amor que me regalaste, algo cambió en mi cuerpo. Lo sentí en el mismo instante de mi orgasmo.
	Él se puso en cuclillas para escuchar la voz de su mujer. Sabía, por su tono, que iba a confiarle uno de sus secretos, una de sus premoniciones.
	—Acabo de quedar embarazada.
	—¿Será niña, será varón?
	—Niño. Se llamará Héctor.


Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 117. El ángel que siempre va conmigo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 117

El ángel que siempre va conmigo
Por Manuel Pérez-Petit

Escribo convaleciente, al comienzo de una convalecencia que me durará toda la vida y que comenzó hace justo una semana, cuando me encontré con la muerte, llegada por ensalmo con nocturnidad, soledad y alevosía para quedarse ya conmigo. Puede que el corazón sea el asiento del alma, como me ha recordado que es posible que sea Ladislao, y yo estoy convencido de que el ángel que siempre va conmigo sacándome esta vez del trance no ha hecho más que confirmar que soy el instrumento de una misión que es solo mía y no es delegable, que no llegó mi hora sino el momento de reaccionar, tomar por fin el toro por los cuernos, levantarme de mi propia limitación y desterrar lo accesorio, y más habida cuenta de que pareciera que tengo más vidas que un gato, como me decía Roberto, pero en el convencimiento de que de ningún modo puedo jugar con el objetivo de ser cada día de manera más plena yo mismo, y mucho menos en éste, del cual tengo conciencia de que es el último tramo de mi existencia.
            El pasado sábado 26 de agosto tuve por la tarde un golpe de dolor en el pecho y ambos brazos, que se disipó en unos minutos. Me encontraba en Toluca, en el marco de la Feria Internacional del Libro del Estado de México (FILEM), atendiendo el estand de la casa editora de mi querido Eduardo Villegas Guevara, Cofradía de Coyotes. No le di mayor importancia al hecho y quedé convencido de que era un golpe de ansiedad. Un par de horas después, mientras cenaba, me volvió ese dolor, esta vez más fuerte, que me duró como quince minutos y también pasó. Llegué a mi hotel, deshice la maleta y me preparé para dormir. Sobre las once y media de la noche, el dolor regresó para no irse. Nunca he sentido un dolor tan brutal ni asfixiante. Ya no solo afectaba a mi pecho y a mis brazos, sino también a mi cuello y, al rato, a mis antebrazos. Seguí sin darle importancia, pasé por el baño, hice ejercicios de respiración e intenté en vano conciliar el sueño en varias posturas diferentes. Comenzaron a dolerme las manos y ya entré en alerta. Busqué en internet, tomé conciencia de lo que me pasaba. Con calma rehice mis maletas, me puse ropa cómoda y bajé a la recepción. A las tres de la madrugada estaba llamando a la ambulancia. A las cuatro ingresé por urgencias al Centro Médico Adolfo López Mateos de Toluca... El lunes fui sometido a una angioplastia mediante la cual me implantaron un stent, dispositivo consistente en una malla metálica en forma de tubo que, colocado en un vaso sanguíneo, corrige el estrechamiento que pueda presentar, en la arteria coronaria izquierda, que tenía una obstrucción del 98 por ciento, quedando para mejor ocasión aunque no muy lejana intervenir la coronaria derecha, que presenta dos obstrucciones de menor consideración que la anterior. Podría parecer técnica la descripción, aunque si leyeran el informe médico... 
            Escribo, pues, convaleciente, después de haberme visto cara a cara con claridad juanramoniana aunque en nada lírica con la muerte, sabiendo que padezco una cardiopatía isquémica que ha de conversar siempre conmigo, cambia la voz con la que vivo y determina mis pasos definitivos. Yo no quería hacerlo público de momento y confiaba en el boca a boca, pero alguien tuvo la ocurrencia de publicarlo en una red social, y así como de ese modo se enteraron muchas personas queridas a las que tarde o temprano yo les iba a decir también se enteró quien yo no quería que lo supiera, y menos de ese modo, mi madre, quien ahora está más tranquila, pero que a sus lúcidos 93 años pasó uno de los peores días de su vida. Gracias a Dios todo quedó en calma, igual porque ese ángel que siempre va conmigo me iluminó para saberle explicar lo que me ha pasado...
__________
Nota del autor
Cuando a punto estoy de mandar el presente artículo a la revista, me entero de un maravilloso texto que mi dilecto Roger Octavio Gómez Espinosa ha tenido a bien dedicarme, titulado Indómito de corazón, y me ha emocionado. Gracias de todo corazón. Siempre hay que permanecer en pie, en efecto, y si uno se cae con más razón todavía. Y ya les contaré lo de que tuve que escaparme de la clínica para dar noticia a mis amigos...
Fuente de la fotografía: Archivo personal de M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Trabajo en alturas. 38. Indómito de corazón. Roger Octavio Gómez

Indómito de corazón
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

(…)Yo, dijo la Cigarra,
Á todo pasajero
Cantaba alegremente
Sin cesar ni un momento.

(…) *

Felix María Samaniego, en «La cigarra y la hormiga» (1882).

El pasado lunes 28 de agosto recibí un mensaje de voz de nuestro amigo Gabriel Mendoza García, me informaba que Manuel Pérez-Petit, colaborador de esta revista había sufrido “un infarto agudo al miocardio” dos días atrás. 
          Indómito como es, Manuel no sólo había sobrevivido a la insurgencia de su corazón, había escapado temporalmente de la clínica para poder dar aviso a sus amigos. Terrible y a la vez reconfortante noticia. Muy de Manuel: poniéndose de pie cada vez.
         Por mensajes de terceros nos fuimos enterando que Pérez-Petit había vuelto a la clínica y se había sometido a una cirugía de cateterismo. 
         Ratos de silencio, momento de rumores, hasta que recibí un mensaje de viva voz del mismísimo Manuel donde relataba en segundos su odisea. Que cambiaría muchas cosas de su vida a partir de esta experiencia, mas no el dejar de escribir. Es que para él, como para muchos de los que acá colaboramos, la escritura y la lectura es más que aliento, es vida.

Como casi todos los occidentales escuché en algún momento de mi infancia, junto a la cargada de fábulas con que nos alienaron en los primeros años, la de "La Cigarra y la hormiga". La hormiga trabajadora triunfal y constructora de graneros da lecciones de vida, al cobijo de su granero, en un duro invierno, a la bohemia cigarra que sólo concibió canciones para los viajeros. 
          Hay mucho, muchísimo trabajo en cada texto que las cigarras escribimos, pocas hormigas lo entienden. Hay no sólo corazón en las palabras, en las frases, en las notas, en el arte; también vísceras, sangre y un muy valioso más: alma... 
          Van mis palabras a Manuel Pérez-Petit y esas cigarras que de pronto quedan desamparadas afuera de los hormigueros, cubiertas sólo con la calidez del canto que las otras cigarras en la distancia les prodigamos.
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Polvo del camino. 188. El pez violeta del amor. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                   Polvo del camino/ 188

                  El pez violeta del amor
                       (Minificción)
                  Héctor Cortés Mandujano

Hay personas que caminan sin dudas, como flotando por la vida, como si no llevaran en ellas algo de peso. Pienso que incluso podrían salir volando. Veo que sonríen, conversan amigablemente, parecen felices. Yo siento que hasta me cuesta dar un paso, porque llevo un cargamento de rocas en la espalda, en las piernas; un puñal atravesado en la garganta, un amasijo de espinas en el corazón.
	Me parece un triunfo respirar, como si absorbiera veneno en cada aspiración, y mis pensamientos sólo me ofrecen torturas del infierno, demonios que me dicen suciedades, que me presentan rostros espantosos. Mis noches nunca tienen la placidez de la luna llena: son pesadillas sin pausa.
	Por eso decidí, luego de un paseo en apariencia trivial (no lo era, fue caminar sobre las brasas), llenarme las bolsas de pesadas piedras y tomar las más grandes que podía aguantar sobre cada una de mis manos.
	Dejé los zapatos en la orilla y entré descalza en la suave corriente, con los brazos abiertos, como santa. Mi cuerpo pareció sentirse mejor una vez que entendió que íbamos camino a la extinción de mi vida tortuosa. Ni siquiera pensé en alguna persona en especial (ninguna me importaba) y caminé hacia la parte honda de en medio. 
	La corriente tocó mi barbilla. 
Me detuve antes de dar el paso con el que mi nariz quedaría debajo del agua. Lo hice sólo por respetar cierto canon de suspenso. Lo di. 
Ya estaba dentro por completo. Lo que quedaba era no dejar que las piedras se me fueran de las manos.
	Abrí los ojos y vi que venía hacia mí con lentitud un pez, un enorme pez violeta con la cola como si fueran muchos velos sutiles del mismo color; de pronto parecía envuelto en ellos y luego estos semejaban larga cabellera. No parecía un pez, sino un ser cambiante, mágico, múltiple. Me pareció el mejor regalo en ese momento.
	No me di cuenta de que no estaba respirando debajo del agua de tan embebida que estaba con aquella aparición. 
El gran pez se puso frente a mí. 
        Nos vimos. 
        Me encantaron sus ojos verdes. 
        Sus labios no eran de pez, sino de humano: carnosos; sabrosos, pensé. Pareció leer lo que pensaba y me besó. Me besó interminablemente. El mayor y mejor beso que me habían dado. Un beso del pez violeta del amor.
	Y ya no supe más de mí.



Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 188. De todo un poco. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                           De todo un poco
                     María Gabriela López Suárez

Josefa estaba exhausta, situaciones personales le tenían con el ánimo bajito, el corazón sensible y una especie de cansancio. Se sentía lacia, lacia. Aprovechando que era fin de semana le propuso a su esposo Leonel que fueran a visitar a unas amistades que vivían en el campo, bastante retirado de la ciudad. El estar en contacto con la naturaleza le vendría muy bien a ambos. Leonel aceptó  la idea y se pusieron en contacto con Marlene y su pareja, Rosaura. Ellas aceptaron de mil amores que las llegaran a visitar.
         A Marlene y Josefa les gustaba cocinar pastel de zanahoria, así que Josefa también hizo llegar la idea y su amiga estuvo de acuerdo. Josefa conocía que sus amistades eran muy buenas anfitrionas, sin embargo, Leonel y ella siempre que las visitaban solían llevarles algo para compartir. Esa vez no sería la excepción. Decidieron comprar café, chocolate y queso crema que era el favorito de Rosaura.
          Se levantaron tempranito para viajar antes de que el sol comenzara a salir con todo su esplendor, acordaron que un tramo manejaría Leonel y el otro Josefa. Así lo hicieron y llegaron a buena hora, justo para el desayuno. Las amigas se alegraron mucho de tenerlos en casa, desayunaron y degustaron el café que habían recibido de obsequio. Posteriormente, les mostraron los cambios que habían hecho en la vivienda, el huerto que tenía más verduras, de ahí usarían las zanahorias para el pastel y lo nuevo que habían agregado, un corral con patos, gansos y gallinas.
           Luego de una amena charla entre las amistades, las visitas se fueron a instalar al cuarto que les prepararon; mientras Leonel tomaba un descanso Josefa decidió regresar al corral donde estaban las aves de traspatio. Se sentó sobre una piedra frente al corral. Se dejó acariciar por el viento que corría, la sombra de los árboles era muy buena compañera. Observó a cada ave, de las gallinas le gustó lo intrépidas de subirse a las ramas de los árboles, la manera tan sutil de beber agua y el color de su plumaje; de los patos quedó encantada del modo de andar, la cadencia y el ritmo sin prisa, cuando vio volar a un par de patos de un lado a otro se dio cuenta que era la primera ocasión en su vida en contemplar ese paisaje. Y de los gansos le agradó la manera en cómo acomodaban su largo cuello para enrollarse al dormir. Ahí se quedó un rato más en silencio,  contemplando a las aves. Sintió una sensación de paz interior que le confortó. Si ella fuera  un ave le encantaría tener de todo un poco de lo que le había gustado de las gallinas, patos y gansos. Sonrió para sí. A lo lejos se escuchó la voz de Marlene,
           —¡Jose, Jose!  ¿Dónde andas? ¿Vamos a cortar las zanahorias para el pastel?
          —¡El pastel! Lo había olvidado —se dijo Josefa— ¡Ya voy Marlene!
            Echó un vistazo más al corral, qué bella manera de alegrarle el corazón. Sabia naturaleza. Se levantó y dirigió sus pasos en busca de Marlene.

                        
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 40. Bestias del sur. Ilse Ibarra Baumann

Fotografíá: IMIB

                        Bestias del sur de Ulises Soto Ruiz

Hace unos días, Liliana (la correctora de estilo de mi novela) me invitó a la presentación de Bestias del sur. 
          El libro consta de dos obras: “Casting para un hermano” que ganó el Premio Nacional Manuel Herrera de Dramaturgia y “Cascajos”.
          La primera obra trata de la migración. El escenario es la frontera, el desierto, unos matorrales y la noche. Los personajes son: una niña de trece años y un niño de nueve. Este último es utilizado por sus padres como gancho para el tráfico de niños. El escritor utiliza al Cadejo (monstruo de las culturas mesoamericanas parecido a un perro) no sólo como elemento del miedo, sino que es parte del “juego” para engañar a los niños. El Cadejo, con ojos al rojo vivo, te mira el alma y te castiga.  

Hoy estuve al teléfono con Liliana casi tres horas trabajando, le comenté que ya había leído el libro y que la primera obra me pareció excelente. Los que leen y que viven aquí, en Chiapas, deberían ponerla en su lista de pendientes por leer, ojalá pudieran además leerlas en otras latitudes.  De “Cascajos” le dije que me rebasó, no la entendí. A veces siento que, los que intentamos hacer literatura, leemos variado, nos gusta enriquecer nuestras posibilidades, queremos abarcar otros estilos, nuevas técnicas, variar con los diálogos, en suma, salirnos de la norma. Es difícil y hay que intentarlo, aunque hayan veces en las que quizá podamos dañar el texto y dejarlo difuso.

Fotografíá: IMIB
Fotografíá: IMIB

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Líneas de desnudo. 116. 45 años no es nada. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 116

45 años no es nada
Por Manuel Pérez-Petit

Comentaba a mi anterior artículo, El discurso de San Crispín, el gran escritor y amigo de Sonora, México, Alaric Gutiérrez, “Mientras no quieras escarbar la tierra con los dientes, todo está bien”, y añadía en su amable respuesta a mi texto su convencimiento de que el poeta español Miguel Hernández (1910-1942) no tenía nada que envidiarle a Shakespeare (1564-1616), poetas del amor…

Para Rosa y Marcos

M. P.-P.
Pues sí, quiero escarbar la tierra… con los pocos dientes que me quedan, sometido como ando a una periodontitis que siendo un padecimiento crónico y hasta genético yo mismo me he encargado de cultivar con malos hábitos, desidia y un peculiar y secular descuido, pero esta vez lo quiero hacer como fruto de mi afecto, asombro y admiración. Un dia volveré a escribir, pues ya lo he hecho en varias ocasiones, del poeta de Orihuela y del Bardo de Avon, incluso poniéndolos en relación, pero hoy quiero escarbar la tierra con los dientes lleno de cariño y rendición hacia una de las historias de amor más luminosas e inspiradoras que he conocido en mi vida: la de Rosa y Marcos-Ricardo, con cuya amistad personal me siento honrado desde hace ya casi un quinto de siglo.
            Escribo de Rosa María Pereda de Castro (n. 1949) y de Marcos-Ricardo Barnatán Hodari (n. 1946), que sí que saben de poesía y de vida, pero en los que valoro sobre todo lo demás su entidad como personas y su historia de amor, que dio en un matrimonio que acaba de cumplir 45 años..., una efeméride que parece de otra época, en estos tiempos en que amor se acaba antes de decir ‘hola’...
            Se trata de dos de las personas más queridas del mundo cultural y artístico no solo de Madrid y de Santander, ciudades donde alternan hoy su residencia, sino de toda España, y de más allá de las fronteras españolas. No les contaré ningún secreto si les develo que su amor se lo deben nada menos que a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), pues la propia Rosa lo contó en unos de los libros, que leí en su casa de Santander en el verano de 2006. Hablo de memoria, pues hoy por hoy no tengo biblioteca ni archivos –esas cosas que siempre cultivé con pasión de relojero y de las que he sido expoliado no hace mucho, en mi último naufragio–, pero lo recuerdo con claridad por haberlo leído. Fue en Londres, en el hotel en que vivía por entonces el gran escritor cubano. Tan simple como que Marcos salía de platicar con su amigo y Rosa entraba, pues por entonces ella estaba elaborando una tesis doctoral sobre el autor de “Tres tristes tigres”, que fue a la postre la primera que se hizo sobre el escritor nacido en Gibara. En este encuentro casual comenzó a fraguarse una de las historias de amor más grandes de la historia contemporánea de la literatura en español, una que un día tendrá su lugar en los libros de texto, y sé que no es solo pasión de amigo cuando lo afirmo. 
            Se trata de una de las más grandes críticas culturales que ha dado la lengua española en los últimos cincuenta años y del más grande poeta español nacido en Argentina y uno de los más grandes escritores de su generación en todo el ámbito de la lengua de Cervantes. Rosa, hija del gran humanista cántabro Manuel Pereda de la Reguera (1919-1981), es, además, una novelista y ensayista extraordinaria, integrante de la primera Redacción del diario español El País, en donde permaneció por casi cuarenta años, y hoy, por si fuera poco, concejala del Ayuntamiento de Santander, una más de sus trincheras en su constante reivindicación de un feminismo culto y valioso por sus cuatro costados. Su vitalidad es un paradigma. Marcos es una figura incontestable, un poeta de primer orden, un narrador delicioso, un crítico de arte de primera fila, un ensayista lúcido y, además, el primero que tradujo al español a la Generación Beat, un especialista mundial en la obra de Jorge Luis Borges… Y como de casta le viene al galgo son los padres de Jimmy Barnatán (n. 1981), un extraordinario príncipe de la música que si no conocen debieran conocer.
            Por nuestra amistad más que por mis méritos yo tuve la enorme fortuna y responsabilidad de ser editor de una obra de cada uno, la novela La sombra del Gudari y el poemario Naipes Marcados, dos obras maestras publicadas en 2013 con mi viejo y pese a lo cual parece que aún vigente Sediento Ediciones. Uy, y a Marcos le debo, entre muchas otras cosas, el mejor prólogo sobre mi obra que nunca hubiera imaginado, el que me regaló para mi Creo en los milagros, nueva antología personal 1985-2009, publicada en México en 2010 y hoy, como las cosas buenas, inencontrable. Y a ambos, tantos y tan inolvidables momentos de convivencia que, como ustedes comprenderán, se siguen quedando para nosotros, pues no estoy acá para contar mis anecdotarios personales.
            Ya escribí de ellos en mi San Borondón como consuelo (https://letrasideayvoz.com/2021/11/07/lineas-de-desnudo-47-san-borondon-como-consuelo-manuel-perez-petit/), pero si en esta ocasión los traigo acá es, ya digo, es por la amistad y la admiración que les profeso. Y como reconocimiento por sus 45 años de matrimonio, hoy, 22 de agosto, cumpleaños de Rosa. ¡Qué más quisiera yo que haber tenido un matrimonio no de 45 sino de mucho menos tiempo alguna vez en la vida, con mis tres fracasos matrimoniales a cuestas, que son como el dolor de muelas de siempre que marca la voz con que me expreso! Así, pues, escribo esto también con sana envidia. Y con cuarenta y cinco brindis de felicidad.
Viernes, 11 de julio de 2014. Presentación en el centro de Arte Moderno, en Madrid, España, de Sediento Ediciones y de La sombra del gudari, de Rosa Pereda, y Naipes marcados, de Marcos-Ricardo Barnatán, sentados en la imagen a un lado y a otro de M. P.-P. En pie, Claudio Pérez Míguez, coordinador de el Centro, dando comienzo al evento.
Fuente de la fotografía: Archivo de Sediento Ediciones.
Propiedad: Centro de Arte Moderno, Madrid.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.